HISTORIA DE LA CULTURA MATERIAL
EN LA AMERICA EQUINOCCIAL TOMO III   
VÍAS, TRANSPORTES, COMUNICACIONES
VICTOR MANUEL PATIÑO
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CAPITULO XVII

 

EMBARCACIONES

Vocabulario.

Embarcaciones.

NAVE, NAO, NAVEGACIÓN, del latín navis; “barco, nave”; NAVEGAR, NAVEGANT NAVÍO; NAVAL (ME-RE, 219).

BARCA, BARCO, EMBARCACIÓN, EMBARCAR, BARQUERO, del latín tardío barca    (A-CA,  507-508).

BALSA, ALMADÍA, voz prerromana (A-CA, 480481). Corres ponde a jangada.

ALMADÍA Del árabe. De uso antiguo en España. Balsa (A-CA, 182).

JANCADA, changadam de Malabar, nombre importado por los portugueses al  Brasil    (VAZQUEZ CUESTA, et al., 1971,1,209).

ESQUIFE = Del italiano al través del catalán, “barco” (CE-F, 756-757). De allí se han derivado EQUIPAJE, EQUIPAR (CE-E, 651.652).

BOTE = Del inglés medieval bat, embarcación pequeña (A-CA, 643).

BUQUE = Del catalán buc, “vientre” (A-CA, 696).

CHAMPÁN = Del malayo campán, y éste, a su vez, del chino san pan. Embarcación de fondo chato del Asia surorien­ tal, término aplicado a una usada en el Magdalena (CE-E, 320).

BONGO= Canoa grande, ancha y profunda para navegación fluvial; se guía con timón y no con  can alete (REVOLLO, 1942, 34; ALAMO DI FILIPP0, 1983, I, 95). “Créese que es voz malaya”   (ALVARADO, 1953, I, 48).

PIPANTE = Embarcación comparable al cayuco. Se ignora el origen de aquella palabra, la  cual se aplica en Costa Rica.

REMO. También se dijo RIMO. Del latín remus. REMERO; REMAR (ME-RE, 870).

CAYUCO = Canoa pequeña, usada en la costa de Venezuela (ALVARADO, 1953, I, 96).

TIMÓN = TIMONEL; TIMONEAR = Del latín temo-onis (RI-x, 492).

PILOTO = Del latín, algo relacionado con TIMONEL, aunque no significa lo mismo (ME-RE,  544-545).

TRIPULACIÓN = TRIPULAR, TRIPULANTE, de origen indirecto, por “mezclar” (RI-x, 641-642).

ESGUAZAR = Del italiano sguazzare, guazzare, “chapotear en el agua”; “vadear” (CE-E,   724-725).

PIRAGUA = Piraua en varias lenguas venezolanas; barca (ALVARADO, 1953, 1, 292).

CUMALA = Del karib kuliala, kuliara, kuliare, embarcación menor que la canoa              (ALVARADO, 1953, I, 132).

ACAL Del náhualt a(atl)-calli. “casa del agua” (ROBELO, s.f., 11, 15, 43).

CANOA = De las Antillas (A-CA, 795; CUERVO, R. J., 1939, 424, 684-685).

ULU = Canoa en lengua cuna (NORDENSKIOLD, 1938, 10: 124).

CANALETE = Al parecer, palabra americana derivada de canoa (A-CA, 795).

 

En América equinoccial, los vehículos para movilizarse por el agua fueron tomados predominantemente del reino vegetal. No se ha registrado ningún caso de uso de pieles de animales, como ocurría en el Pacifico sur, en la costa meridional del Perú y en la de Chile, donde eran comunes botes de pellejos de lobos marinos (ZAPATA GOLLÉN, 1940, 27-28; MARÑO DE LOBERA, 1960, 367; ACO5TA, 1954, 74; COBO, 1891, II, 150-154; HORNELL, 1945; ARIAS DIVITO, 1978, 80).

Ahora bien, el uso de materiales vegetales adoptó diversas formas: 1) cortezas de ciertos árboles, dispuestas de manera de poder flotar y navegar; 2) el tronco descortezado y ahuecado de un árbol de mayor o menor dimensión, ya sea solo o bien con la adición de un sobrebordo de palos o tablazón para aumentar la profundidad; o con dispositivos adicionales para aumentar la capacidad de flotación; 3) varias unidades de culmos o tallos atadas en gavillas; cálamos, tallos o estipes puestos juntos; 4) frutos, también agrupados de diferentes modos.

Los primeros son los llamados “conchas” o ubás de los brasileños. Los dos siguientes tipos son las canoas, piraguas o curiaras, con modelos más o menos elaborados y perfeccionados que han recibido otros nombres. Los últimos son las balsas. Se dirá de cada uno un poco.

a)          CANOAS.

1.          Canoa de corteza.

La canoa de corteza o concha ha tenido un uso y una dispersión limitados en el área ecuatorial. Se han mencionado de Chiriquí en Panamá (COCKBURN: LOTHROP, 1937, I, 19), de la Guayana venezolana y del Oyapok (ALVARADO, 1945, 61-62; —, 1954, II, 146), y de la Guayana inglesa (SCHOMBUROK, 1922, I, 206; 1923, II, 378; im THURN, 1883, 292), así como del área amazónica. El geógrafo Codazzi describe el procedimiento, como sigue:

El tacamahaca, que también dicen curucai los indios del Orinoco [Protium spp.], es de un grosor enorme; abunda en Cumaná, y es tan común en Guayana, que los indígenas se sirven de la corteza para formar sus piraguas o canoas portátiles. Para ello la extraen perfectamente del tronco sin romperla, enrollan y atan sus extremos con bejucos y alrededor le pasan otro grueso que afirman de distancia en distancia por medio de otro más delgado. De este modo queda formada una embarcación que no tiene de espesor más de cuatro líneas, y en cuyo centro colocan dos palitos atravesados que amarran al bejuco de los bordes para impedir que estos se doblen o unan. Algunas he visto capaces de diez personas, y para impedir que en las puntas se introduzca agua, suelen poner barro en uno y otro extremo. He aquí pues, una corteza que por su ligereza, consistencia y estructura proporciona al salvaje medios fáciles para recorrer los numerosos ríos de Guayana, interceptados a cada instante por peligrosos raudales que no permiten el paso de las canoas. Si el tránsito de tierra es corto, el indio se echa al hombro su embarcación, pero si es de muchas leguas, la deja en el bosque y pasada la catarata dispone en menos de media hora de una concha semejante (CODAZZI: ALVARADO, 1945, 62; PITTIER, 1926, 103).

Los maopitangs de la Guayana inglesa hacían de un solo tronco de yaruyaru o mararen (Copaifera) dos canoas de corteza (SCHOMBURGK, 1923, II, 378). Aun en este siglo se han fabricado para 25-30 personas; fuera del Hymenaea se ha usado Peltogynum sp. (FANSHAWE , 1950, 14). En el Amazonas las construyen de corteza de jutahí (Hymenaea) y las cubren con una capa de tabatinga impermeable (MARQUEZ MIRANDA, 1930, 742). No hace mucho tiempo, todavía las fabricaban los juíkura (CARNEIRO, 1987, 55); los muras (RODRIGUES Y OLIVEIRA, 1977, 23-50, 40); los chácobos de Bolivia (BOOM, 1987, 59)* Una excelente descripción del procedimiento seguido, todavía a mediados del presente siglo, por los indígenas del río Xingú, afluente meridional del Amazonas, se halla en Lima, 1950.

Parece un tanto bizantino generalizar si la canoa de corteza precedió a la de tronco excavado, como lo sugiere un autor (GIBS0N, 1948, 14), con la mejora de los utensilios a disposición de los indígenas.

2.    Canoa monóxila.

Las primeras noticias sobre las canoas convencionales de las Antillas se encuentran en el relato del viaje inicial de Cristóbal Colón. Refiriéndose a los indios de la isla de Guanahaní, dice:

Ellos vinieron a la nao con almadías, que son hechas del pie de un árbol, como un barco luengo, y todo de un pedazo, y labrado muy a maravilla según la tierra, y grandes en que en alguna venían cuarenta o cuarenta y cinco hombres, y otras más pequeñas, fasta haber dellas en que venía un solo hombre. Remaban con una pala como de fornero, y anda a maravilla; y si se le trastorna luego se echan todos a nadar, y la enderezan y vacian con calabazas que traen ellos (COLÓN, H., 1947, 106).

Pedro Mártir parece haber registrado con mucho interés los diversos nombres locales de la canoa. Dice que en Curiana las llamaban galitas (ANGLERÍA, 1944, 82); en Urabá, urú (ibid., 149); en las islas de Las Perlas del Golfo de Panamá  aunque en este caso puede ser una traducción equivocada, porque chucha era la ostra —, chulchas (ibid., 287); y en Méjico, acates (ibid., 375).

Manufactura.

En cuanto a la estructura de las canoas y a la técnica de fabricarlas, pocas variaciones hubo sobre el patrón básico descrito por Fernández de Oviedo así:

Cada canoa es de una sola pieza o sólo un árbol, el cual los indios vacian con golpes de hachas de piedra enhastadas, como aquí se ve en la figura della; y con estas cortan o muelen a golpes el palo, ahocándolo, y van quemando lo que está golpeado y cortado, poco a poco, y matando el fuego, tornando a cortar y golpear como primero; y continuándolo así, hacen una harca cuasi de talle de artesa o dornajo; pero honda e luenga y estrecha, tan grande y gruesa como lo sufre la longitud y latitud del árbol de que la hacen; y por debajo es llana y no le dejan quilla, como a nuestros barcos y navíos (OVIEDO y VALDÉS, 1959, I, 149.150). Este sistema se seguía usando a mediados del siglo XVII (COBO, 1895, IV, 217) y continúa al presente. Descripciones similares a la de Oviedo dan otros autores (AGUADO, 1918, I, 52-53; CASTELLANOS, 1955, II, 16-17).

No cabe duda de que una de las ventajas que los indígenas vieron en las herramientas introducidas por los europeos, fue la de que les permitía acelerar la construcción de las canoas y concluírlas sin tanto trabajo como el que implicaba escarbar la madera con sus hachas de piedra y quemar poco a poco la parte medio cortada, o utilizar, como en la costa del Caribe, conchas de Strombus y otras para raspar lentamente el madero (RELCHEL-DOLMATOFF, 1965, 129). En l a mayoría de los casos, este sistema exigía meses de lenta manufactura (MA G NIN, 1940, 184).

Con todo eso, el número de canoas era grande. Cuando bajaba la flota española que llevó las fuerzas de Quesada a La Tora, o sea, la del licenciado Gallegos, más de 2.000 canoas la hostilizaron (AGUADO, 1916, 1,172). Aun a principios del siglo siguiente, ya muy diezmada la población indígena y mermado el número de bogas indios, en el Magdalena se contaban más de 1.000 canoas (SIMÓN, 1981-1982, IV, 541).

Aunque potencialmente todos los miembros de una tribu adquirían los conocimientos necesarios para la construcción de sus canoas (y es un hecho observado la confección de canoas de juguete por los niños en muchos grupos indígenas), parece que algunas tribus tenían expertos o especialistas en ese menester. Así acontecía con los caribes, según afirma un pasaje de Pedro Mártir en que relata una incursión de éstos a la isla de Puerto Rico, durante la cual mataron a un cacique amigo de los españoles: “La ocasión que tomaron fue que aquel reyezuelo violó el derecho de hospitalidad con siete caribes maestros de hacer canoas que habían quedado allí para hacer algunas, porque la isla de San Juan cría árboles más corpulentos para hacer esos monóxilos que no la isla de ellos, llamada Santa Cruz” (ANGLERÍA, 1944, 178-179; APPUN , 1961, 391; WILBERT: BEN5ON, 1977, 1646; SCHOMBURGK, 1922, I, 111). Los jíbaros tenían interdicciones para los miembros de la tribu encargados de hacer las canoas, y éstas se echaban al agua con ciertas ceremonias (KARSTEN, 1935, 112-113). Los tupinambás practicaban algunos ritos cuando hacían canoas de corteza o ubá (THÚVET, 1944, 235-236; MÉTRAUX, 1979, 152). Los paeces soplan remedios sobre los palos con que van a construir canoas, para librarlas del “sucio o ptans” (BER NAL VILLA, 1954, 235).

* Y los yanomamis de Venezuela (LIZOT, 1974, 25-31). V.B. A. (regresar*) 

 

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