HISTORIA DE LA CULTURA MATERIAL
EN LA AMERICA EQUINOCCIAL TOMO III   
VÍAS, TRANSPORTES, COMUNICACIONES
VICTOR MANUEL PATIÑO
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(CONTINUACIÓN CAPITULO 17)

 

2.   Balsas de caules, estipes o troncos.

Las balsas más difundidas en América equinoccial para navegación de ríos en el sentido de la corriente, o para travesías de una orilla a otra, son las de este tipo, elogiado por un personaje que tuvo oportunidad de verlas en el Amazonas durante la expedición Ursúa-Aguirre (ALMESTO, 1986, 140). Se prefiere a cualquier material la guadua (Guadua spp.). Varios culmos de éstos juntos en número impar, con el del centro más grueso y largo que los demás, se atan bajo travesaños. Uno o varios palanqueros — según el tamaño de la armadilla y según el peso de la carga que se pone encima —van maniobrando con largas pértigas, por lo general de la misma guadua. Al final del viaje, la balsa se desbarata y las guaduas se venden, por ser este un material de construcción de primer orden.

En otro lugar, cuando se trató de la guadua, se dieron detalles sobre el uso de las balsas, especialmente en el río Cauca, donde parece que alcanzó la plenitud este medio de transporte (PATIÑO, 1975-1976, 133-135; RGNG, 44; CIEZA, 1884, 22; 1909, 177, 180, 224; PEÑA, 1892, 14; J. DE LA ESPADA, 1897, III, 66; BOUSSINGAULT, 1985, IV, 31, 57). Las usó Belalcázar para ir a someter a Jorge Robledo.

Otro material empleado para las balsas es el estipe entero, o bien sólo el ámago que es esponjoso y flotable, de las palmas llamadas barrigonas en ciertos ríos del Chocó (Socratea spp., Iriartea spp.). Se han usado estas balsas en los ríos Tamaná, Andágueda y otros (BRISSON, 1895, 88, 97, 99). Balsas numerosas hechas de vástagos de palma moriche, empujadas por una caña llamada marraca que se blandía a diestra y siniestra, encontró, entre los indios guajibos, un enviado de José Solano en 1756, en la parte baja del Meta hasta la altura de Macuco (CUERVO, 1893, III, 100-101; RAMOS PÉREZ, 1946, 204-206). También en Matto Grosso y Sierra de Parecís, donde no hay canoas, se utilizaban balsas de la palma burití (Mauritia vinífera) (EDWAIRDS, 1965, 13). En el Rionegro eran comunes (WALLACE, 1853). Canoas de palma tarapoto usaban los yameos del alto Amazonas (MARONI, 1889, 540), lo mismo que otras tribus del área (URIARTE, 1982, 32).

También la familia de las Moráceas suministra material para la construcción de balsas. En algunas partes, donde la guadua u otra madera apropiada no son asequibles, se echa mano de los yarumos (Cecropía spp.) (orumos dice VARGAS MACHUCA, 1599, 69-69v., 145), que por tener el tallo fistuloso con tabiques, son de bastante solidez y capacidad de flotación, y además poseen la ventaja de encontrarse siempre en las orillas de los ríos, pues son un elemento característico de la vegetaciónn priserial de avanzada en terrenos de nueva formación o recién despojados de la vegetación clímax. Así Pedro de Alvarado, en la costa ecuatoriana hizo balsas “de palos como higueras que llaman aurumas” (CIEZA, 1979, 331; —, 1984, I, 311).

Pero es la familia de las Bombacáceas la que suministra los palos de balsa por excelencia, de varias especies de Ochroma, género útil además por la fibra que se encuentra en los frutos. A diferencia de la guadua y el yarumo fistulosos, el balso es macizo, pero de una extrema solidez y flotabilidad. Éste es el palo usado para las balsas marineras de la costa ecuatoriana de que se hablará más adelante. Se dice que el inca Huayna Cápac, después de conocer las balsas en la costa, dispuso el envío de estos palos desde allí hasta el lago Titicaca (MURRA, 1983, 161, 199-200). Son conocidas la noticia y la figura dadas por Humboldt (1816-1824, II, 334-335; EDWARDS, 1965, 61-84). El balso se empleó tanto en el istmo de Panamá (WAFER, 1888, 36) como en el Caquetá (ROCHA, J., 1905, 30).

En la parte oriental de Suramérica (Guayana, Brasil), para las balsas o jangadas se usan el jangadeiro o paudejangada por excelencia, la Apeiba tibourbou Aubl., y el Heiocarpus, ambos de la familia de las Tiliáceas; Cordia superba Cham., de las Borragináceas, y el escapo de la piteira “pau de mecha” (Agatve, Furcraea) (CORREA, 1919, 104).

Las balsas marinas de la costa ecuatoriana, llamadas huampu en quechua (ROSTWOROSKI, 1981, 88, 104), constituyen la forma más adelantada de construcción naval de los pueblos americanos. Una de ellas la vio por primera vez un europeo, cuando el piloto Bartolomé Ruiz de Andrade, en 1526, hacía el reconocimiento de la costa desde la boca del Patía hasta el sur de la línea ecuatorial, durante la expedición de Pizarro y Almagro. Esto ocurrió cerca a la isla de La Plata al sur de Manta (ZÁRATE: VEDIA, 1947, II, 466; CIEZA, 1960, II, 165-166, 189; —, 1979, 150, 171, 173; SAVILLE, 1910, 5, 27, 247; OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 299; V, 99-106; Ruiz DE ARCE, 1933, 32, 34). En la época prehispánica sólo iban por el sur hasta el río Chira; pero, después del dominio español, llegaban hasta Paita (LEÓN BORJA, 1964, 395, 396-398; ROSTWOROSKI, 1981, 88); y al norte, hasta Puerto Viejo (GUTIÉRREZ DE SANTA CLARA, 1963, III, 244-245; MONTESINOS, 1930, 110-111). Una descripción de mediados del siglo XVII, parece que confunde en uno solo los diversos tipos conocidos (COBO, 1895, IV, 221). Se refirieron a estas balsas varios autores, entre ellos el licenciado Salazar de Villasante, quien da esta descripción:

...y son como palos grandes atados uno con otro, ni más ni menos que la escalera de una carreta, digo como una carreta quitadas las ruedas, salvo que van los palos juntos; el de en medio es más largo y es la proa de la balsa, en la cabeza del cual va siempre gobernando un indio, y a los lados van cada tres, o cada dos o cada cinco indios, según son las balsas y la carga que llevan; porque algunas son de siete palos; y de aquí no suben; van llanas por cl agua, que algunas veces las baña el agua; y los regalados y gente de respeto hacen poner unas tablas sobre unos palos atravesados, y allí van echados. Otras veces hacen poner a los lados unas estacas y atravesados palos como las varas de carreta, por si llevan niños no caigan en el agua; y ansi subí yo con mi mujer y hijos; y por el sol hacen un dejadillo [tejadillo?] de paja, de manera que cuando esta balsa va ansi, parece choza de pastores. Es de ver, cierto, los indios que las llevan lo que trabajan, porque se tardan tres días en subir hasta El Desembarcadero desde la ciudad de Guayaquil, en los cuales no duermen ni descansan, sino es cuando allegan a algún lugar de los que están a la ribera, que paran para comer y surgen al orilla y luego tornan a remar; y aun algunos crueles españoles no les dejan hacer esto, sino que remando les hacen que coman, porque allí en las balsas se llevan las comidas y lo mismo los españoles y allí comen. Con todo esto, van siempre cantando en su lengua y haciendo grandes regocijos; van desnudos, en cueros, sólo con sus pañetes (J.DE LA ESPADA 1881, I, 11, 12, 13).

Descripciones similares, aunque mas concisas, hacen otros autores (ANDAGOYA: CUERVO, 1892, II, 109 ; BENZONI, 1965, 193, 242-243; DAMPIER, 1927, 102-104; WAFER: JUAN Y ULLOA, 1748, I, 261, 265), que enriquecen el conocimiento con detalles inadvertidos por otros observadores (Fig. 7); lo propio ocurre con Estrada (1957, núm. 3, 47-55). En una balsa como éstas, el antropólogo Thor Heyerdahl hizo su célebre travesía transpacífica, iniciada en El Callao en mayo de 1947 y terminada en Tuamotu.

No discrepa de las anteriores la descripción que hizo en 1741 Dionisio de Alcedo y Herrera; pero añade que se usaba una vela para ayudarse, y que los viajes se hacían aprovechando las mareas de subida o de bajada. También la caseta en algunas balsas ya no era la choza de pastores sumariamente descrita por Salazar de Villasante, sino que estaban algunas mas cuidadosamente construidas y con repulgos de cierto lujo y comodidad. Había balsas menos lujosas, y las destinadas solamente a carga eran toscas y fuertes. Alcedo añade el siguiente dato, importante para establecer un progreso en la construcción naval y la mejora de la navegación.

De poco tiempo a esta parte [1741] han introducido una especie de fábrica de Barcos longos, de una puente corrida, con quilla muy corta, y plan estendido, a modo de chata, que se manejan con vela; y son tan seguros, que salen del Río al Mar, hacen viages largos (aunque siempre a la vista de la costa) a los Puertos de Payta, y a Tumbes, de la jurisdicción de Piura, a los del Chocó, y a los de San Buenaventura, Palma Real, y Tumaco, de la Provincia de Barbacoas (ALCEDO Y HERRERA) , 1741 [1946 fac.], 63-65). Esto ya no era balsa.

 

Fig. 7. BALSA EN LA COSTA ECUATORIANA EN EL SIGLO XVIII. Reproducido de Juan y Ulloa, 1748, I,261, 265. En reemplazo de la de Humboldt

La descripción de Andrés Baleato de 1820 no indica nin guna modificación en la construcción de las balsas (BALEATO, 1887, 75-78). Este autor menciona como embarcaciones usadas en Guayaquil y su costa en ese tiempo, barquitos, chatas, canoas, buques y balsas (ibid., 75). Un tipo de tales embarcaciones, que fue justamente el primero que vieron los europeos, tiene dispositivos para navegar contra el viento, pues, además de la vela, podían utilizarse las guaras o timones en forma adecuada para cruzar o hacer las maniobras que el caso indicase (REQUENA, op. cit., 110-111; ESTRADA, op. cit., 53-54; ESTRADA y MEGGERS, 1961, 935-936  y Figs. 933-934; EDWARDS, 1965, 61-84; J0HNSTONE, 1980, 228).

Pero, de todos modos, resultó más práctico en los primeros dos siglos de la dominación española que las balsas navegaran de la costa ecuatoriana a Panamá y que, después de vender el cargamento, los tripulantes regresaran en barcos para evitar ci viento contrario (DAMPIER, 1927, 104). Una balsa o plataforma sobre tres curiaras se hizo durante el viaje de Miguel de Ochogavia, Apure abajo, a mediados del siglo XVII. Fue construída por Gabriel de Medina Jaramillo, criollo de Tocaima residenciado en Tocuyo (CARVAJAL, J., 1956, 159-160).

3.   Balsas de frutos.

Se usaron también balsas de frutos, concretamente calabazas Lagenaria siceraria (Mol.) Standl., en el lago Chad en África, la India, China (LAGERCRANTZ, 1945, 116, 117), y en Méjico (CARLETTI, 1983, 65-66; EDWARDS, 1965, 92-93) y en el Perú (Anónimo, 1958, 27-28). En una de ellas pasaron los primeros españoles que con Pizarro costearon desde Atacames hasta Piura (PATIÑO, 1964, II, 248-249). En el río Santa, durante toda la época colonial se continuó usando este modo de pasar de una orilla a otra. He aquí cómo eran estas balsas: Fórmanlas de muchas calabazas secas y enteras, con no más disposición y orden que meter buena cantidad dellas en una red, y cada redada es una balsa, encima de la cual se pone la gente que ha de pasar, y los balseros o bogadores van a nado, uno o dos delante, tirando della con unas cuerdas asidas de la frente a manera de caballos de carroza, y otros detrás, también nadando, que, puestas las manos en la popa de la balsa, la van echando adelante, haciendo fuerza con los pies en el agu,(COBO, 1895, IV, 220) Otros autores coinciden (VÁZQUEZ DE ESPINOSA, 1948, 397; COREAL, 1722, Par., 325-327). Ya no se usaban en 1859 (EDWARDS, 1965, 59-60).

Una modalidad diferente existía en Chinchipe, alto Marañón: indios solían llevar comida en calabazos largos bajo el pecho o el sobaco, nadando (J. DE LA ESPADA, 1897, IV,XVLII)

4.   Balsas de tinajas.

No sólo el reino vegetal suministró materiales para construír medios de flotación y navegación. En por lo menos dos casos se mencionan balsas de tinajas”, de las cuales, infortunadamente, no se da descripción alguna. Cuando Sebastián de Belalcázar, después de su encuentro con Hernán Pérez de Quesada, cerca del río Venadillo, decidió dirigirse a la Sabana de Bogotá, a principios de 1538, atravesó el Magdalena con su gente, en unas tinajas que servían de balsas (CIEZA, 1877, 406). Por la misma época se usaban en el alto Marañón y lo cuenta quien dice haber utilizado este sistema de transporte: Pásanlo [el río Bagua] indias que están al pasaje como barqueros en España. Tienen unas tinajas grandes en las cuales la ropa o carga que los españoles llevan en otros indios que por allí pasan, meten dentro en la tinaja y atan la boca con unas hojas de árboles que llaman bilhaos [así], y con una soguita de dos brazas atada a la boca de la tinaja, se echan al cuello; y el español, que sepa nadar o no, asidos a la tinaja con un arte de sogas que va atado a la tinaja por donde se asían las manos, y se echan al agua. Y la india va nadando hasta echarlos fuera del río (LÓPEZ PERO, 1970, 73).

El principio es el mismo de las balsas de calabazas. Serían, desde luego, más riesgosas, pues si una o varias tinajas fueran rotas por palos flotantes, tucos ocultos o rocas, podrían sumergirse. Sin embargo, las balsas de barro, son de uso tradicional en el Nilo y en la India (LAGERCRANTZ , 1945, 115, 117, 119).

Aculturación inversa.

Aunque España en la época de los descubrimientos no estaba tan adelantada como Portugal en la técnica naval, merced al interés del infante Don Enrique, era una de las naciones más avanzadas en ese renglón. No obstante, después del descubrimiento de América, las condiciones locales hicieron necesario que los españoles, junto con sus galeras y naos, se valieran de las embarcaciones indígenas adaptadas para travesías cortas o medianas.

Esta aculturación inversa no ha sido cosa de poco tiempo, sino permanente, y dura hasta nuestros días, en la época de los barcos atómicos. A mediados del siglo XVI dice un autor, refiriéndose a las canoas de los antillanos: de las cuales usan para sus guerras y saltos y para sus contractaciones de una isla a otra, o para sus pesquerías y lo que les conviene. E asi mismo los cristianos que por acá vivimos, no podemos servirnos de las heredades que están en las costas de la mar y de los ríos grandes, sin estas canoas (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, I, 149).

Un siglo después, otro naturalista afirma respecto a ellas: En muchas partes usan destas embarcaciones los españoles, y yo he navegado en ellas hartas veces” (COBO, 1895, IV, 217).

Las canoas desempeñaron un notable papel en algunas de las primeras exploraciones dc los españoles en el Mar Caribe. Colón, durante su cuarto viaje, cuando llegó a Jamaica tuvo que detenerse allí, por habérsele dañado los navíos; para pedir auxilio, envió a uno de sus hombres, Diego Méndez, a la Española, distante veintiocho leguas; Méndez hizo el viaje con indios en canoas (algunos autores dicen que una, y otros, que varias), y por este hecho, tenido como una gran aventura, se le dio una canoa por escudo de armas y él ordeno que en su tumba se grabara la palabra canoa (MORALES PADRÓN, 1952, 20, 90-98). Parecería, sin embargo, que si bien Diego Méndez merecía aplausos y recompensa por su valor, como español, por atreverse a hacer un recorrido que ningún europeo había hecho aún en una canoa de canaletes, y por su lealtad con Colón, las mayores loas las merecían los indios que bogaron y pilotearon la canoa, ya que Méndez, que no era marino, iba en ella solamente como pasajero (CASTILLEJO, 1951, 87).

Una travesía semejante a la de Méndez entre Cuba y Jamaica, hizo en 1511 Pedro de Ordaz, de la desbaratada expedición de Ojeda al Urabá (CASTILLEJO , 1951, 88). Un viaje más prolongado y arriesgado que los anteriores, esta vez desde Tierra Firme — aunque no se conozca el trayecto real recorrido en canoa —, fue el de Pedro de Porras y Martín de Roa, de los conjurados contra Rodrigo de Bastidas en Santa Marta en 1526, que al llegar a Santo Domingo fueron ajusticiados (CASTELLANOS , 1955, II, 310). En cuanto a las balsas, en ellas pasaron, desde la isla Puná hasta Túmbez, los caballos y el equipo de Pizarro en la primera expedición de conquista del Perú. Los españoles no las supieron maniobrar ni construír (GARCILASO 1944, I, 49, 206-207).

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