HISTORIA DE LA CULTURA MATERIAL
EN LA AMERICA EQUINOCCIAL TOMO III   
VÍAS, TRANSPORTES, COMUNICACIONES
VICTOR MANUEL PATIÑO
© Derechos Reservados de Autor

 

CAPITULO II

 

RUTAS PREHISPÁNICAS

 

Lo que se sabe del hombre primitivo, indica que éste, para sobrevivir, debió observar cuidadosamente el comportamiento de los animales, escudriñando las migraciones que en determinadas ¿pocas del año las manadas o greyes, o los animales sueltos, hacían a determinados lugares, como aguadas, enclaves donde abundaban alimentos cíclicos, territorios de machos polígamos, etc. Por lo menos, del hombre de Cromagnon se sabe que acechaba en sitios estratégicos a determinadas bestias que le suministraban alimento o pieles.

En cuanto al origen de los caminos abiertos por el hombre, inicialmente debieron de seguir las huellas y trochas dejadas por las piaras o manadas perseguidas. Así parece haber ocurrido en América intertropical con las brechas dejadas por las dantas (Lopes, 1956, 118). Un misionero de Guayana de fines del período colonial, dice de estos animales que “tienen tal fuerza cuando huyen de sus enemigos, que se llevan por delante cuantos palos y bejuqueros encuentran” (BUENO, 1965, 104).

La danta y el venado suelen usar siempre el mismo sendero para atravesar la selva (OBEREM, 1970, 1, 160; CARR, 1953, 19-20), así como los borugos (CAMPOS Rozo, 1987, 252). Es verdad que, a veces, las huellas de animales confunden al bisoño, pero no al indígena que sabía distinguir la ruta adecuada (GILII, 1965, II, 94, 108).

Cosa semejante ha debido de ocurrir con trillos de animales como los puercos de manada, tatabros o váquiras, que dejan huellas bien visibles (IRRIBARREN, 1847, 15). Un autor añade el oso frontino o de anteojos (Tremarctus ornatus), para la “ruta de Losada” entre Tocuyo y Caracas (Arte prehispánico: CRUXENT, 1971, 29-30; VALERY, 1978, 3-4, 9-11). Debe tenerse presente que este mamífero vive, de preferencia, en las cordilleras de bosque de niebla.

A propósito de trillos de animales, se trae a cuento un caso histórico: Perdidos unos filibusteros en el istmo de Panamá en 1681, con varios indígenas cunas acompañantes, éstos siguieron las huellas de saínos o puercos de monte, que suelen conducir a cultivos de yuca y maíz, y así lograron reencontrar la ruta adecuada (WÁFER, 1967, 15).

El indígena americano empleó varias maneras para orientarse, aprovechando las expediciones de caza, como ir marcando la ruta con ramas rotas o señales hechas con sus instrumentos de piedra, en las cortezas de ciertos árboles. De esto y del sentido de orientación que tenían, así como de la noción del tiempo, se hablará cuando se trate de los guías y baquianos y de las distintas señales, en el capítulo XXIV.

Las trochas, una vez pergeñadas y definidas, se mantenían abiertas mediante la frecuentación y el pisoteo, con las excepciones que se verán en el próximo apartado.

Limitantes geógenas y topográficas.

El presente estudio sobre los caminos en la América ecuatorial, se hará siguiendo las grandes divisiones geopolíticas establecidas por los geógrafos. Los factores climáticos tienen mucho que ver con la mayor o menor facilidad para la apertira, consolidación y mantenimiento de los caminos.

Los climas lluviosos inducen el crecimiento de una vegetación natural exuberante, que tiende a cubrir completamente el suelo. Cuando la vegetación ha sido removida con algún propósito (cultivo, asentamiento de población, etc.), pero no persiste la interferencia humana (la animal es mínima), se reconstruye rápidamente. De allí que los caminos y los sitios abandonados se cierren en pocos años (PATIÑO 1975-1976,105-107).

El camino del Opón por donde Quesada penetró al Nuevo Reino, en 1538, estaba cerrado cuando entró Lebrón en 1541 (SIMÓN, 1981-1982, IV, 69-70), y peor cuando, en 1545, llegó Alonso Luis de Lugo (AGUADO, 1956, 1, 389). Lo mismo ocurrió después de fundada Mérida en 1558, cuando el camino se cerró en el sector de Bailadores y el soldado guía casi no podía hallarlo para regresar a Pamplona (AGUADO, 1956, II, 162). Igualmente acaeció en el camino de la serranía de Abibe que comunicaba el golfo de Urabá con la región minera del Cauca medio (véase adelante). Al finalizar la campaña de exterminio entre los pijaos, realizada por el presidente Juan de Borja en 1606, quedaban “todos los caminos cerrados al arcabuco por no haber gente que los frecuentase, las casas caídas y sin tener los soldados donde poderse albergar, ni sementeras de qué sustentarse” (SIMÓN, 1953, IX, 107).

La selva se tragó las ciudades mayas abandonadas, y sus ruinas sólo se descubrieron siglos después, como ocurrió también con Machu Pichu y Vilcabamba en el Perú. La selva pluvial opone tremenda resistencia a la penetración humana e inhibe el fácil desplazamiento (NEWBIGIN, 1949, 152, 190).

Dicho factor debió de influir en el rumbo de los caminos prehispánicos. Puesto que las crestas de las serranías son las más escurridas, fueron las preferidas para fines viales. Es un carácter de pueblos primitivos trazar veredas por las cumbres y casi en línea recta. Así, los timotes de la Sierra de Mérida (ACOSTA SAIGNES, 1961, 48) y los nativos del oriente peruano (SPRUCE, 1908, II, 85). Como los españoles no hicieron, en la mayoría de los casos, más que seguir, con pocas variaciones, las rutas indígenas, merecieron la censura injustificada de algunos (RESTREPO E., 1870, 18). No podían hacer otra cosa.

Una consecuencia del clima lluvioso es la presencia de barro en los caminos. Sobre esto hay gran cantidad de referencias para la América ecuatorial. Un autor del siglo XVIII los llama “descaminos”(RECIO , 1947, 451) y otro del siglo XIX, por antítesis, “barriales caminosos” (CAMACHO ROLDÁN , 1892, 1, 562). Hasta época relativamente reciente, el mal estado de los caminos, principalmente por este motivo, fue un factor limitante. A causa de estar intransitable el del Quindío en 1880, los congresistas de la provincia de Buenaventura debieron dar la vuelta por Panamá para ir a Bogotá (EDER, 1959, 363). Aun en regiones de alta densidad de población y ricas desde el punto de vista agropecuario, como en el sector vallecaucano de Amaime y Palmira al paso de La Torre sobre el Cauca (Yumbo), en 1843, el camino era lo que los transeúntes abrían con sus cuerpos (Memorias, 1843). La falta de caminos adecuados causaba el estancamiento del Valle a mediados del siglo XIX (PEREZ F., 1862, 136). No se podía exportar el tabaco de Palmira por falta de ellos (POMBO M., 1936, 91-92, 94-95). Otros datos sobre esto se darán cuando se trate de cada camino en particular.

Ahora bien, no hay que insistir en el carácter montañoso exagerado en el territorio colombiano   de la región andina. De allí la dificultad para el trazado, construcción y mantenimiento de vías, con las limitaciones y perjuicios consiguientes para el intercambio económico (VERGARA Y VELASCO, 1974, 1, 158). Un visitante argentino a la Nueva Granada en 1882, afirma que “en sus montañas, una milla de camino vale tanto como una milla de ferrocarril en nuestras pampas” (CANÉ, 1907, 81). Esto se puede generalizar a gran parte de la América intertropical. El franciscano Francisco Ximénez, refiriendo las peripecias que sus cofrades tuvieron con el terreno en Guatemala para desplazarse, dice que “cuestas y puentes de España son salas barridas en comparación con éstas” (XIMÉNEZ, 1929, 1, 332).

Factores culturales limitantes.

Pero no solamente los fenómenos naturales han hecho difícil y costosa la actividad caminera en el área estudiada. Factores de tipo cultural influyeron para que en la ¿poca prehispánica, en la porción ecuatorial, no existiera una red diseñada con inspiración unificadora.

La división y subdivisión de los pueblos indígenas en tribus y grupos más o menos heterogéneos, suscitó una situaci6n de conflicto armado permanente. En esas condiciones, algunos pueblos preferían atrincherarse en enclaves poco accesibles, para no ser víctimas de la asechanza y el asalto de enemigos, en gran parte gratuitos, pues no existió apenas la apetencia de apropiaciones territoriales.

Durante la incursión de Pedro de Heredia hacia el interior luego de su desembarco en Carex, en 1533, constató que “los caminos de estas partes son como los de los conejos, emboscados y cerrados, que por la mayor parte es necesario irlos abriendo con hachas e puñales; e con mucho trabajo se anda la tierra adentro, porque, como son las gentes della salvajes, no tienen esa forma de caminos ni los quieren, por más seguridad suya, sino de la forma que les parece, por estar más fuertes y encubiertos” (OVIEDO y VALDÚS, 1959, LII, 150).

A este respecto es diciente lo que ocurría en jurisdicción de Tenerife, orilla derecha del Magdalena, con zonas planas donde no existen impedimentos topográficos para mantener buenas vías: “Y fortifican sus palenques y cierran los caminos porque no vayan a su pueblo, y no tienen abierto caminos sino el del pueblo que tiene por amigo; que los demás no los abren porque no les vengan a hacer mal” (RGNG, 167).

Los caquetíos y ciparigotos del occidente de Venezuela tenían caminos especiales para guerrear entre vecinos, “no utilizándolos para otros fines” (FEDERMAN, 1958 , 115).

Hay subyacente en esto una especie de fatalismo que se señala de paso, sin que por el momento se pueda profundizar en ello. Las tribus ecuatoriales norteandinas y amazónicas fueron, en general, difíciles de sojuzgar. La arisca topografía y la falta de caminos les permitían esquivar el dominio de gentes mejor equipadas tecnológica y psicológicamente. Pero donde hubo buenos caminos, mejores que los españoles de la época, como en el Imperio incaico, el sojuzgamiento fue rápido y fulminante, porque se aprovecharon las facilidades de las vías por donde en casi todo el trayecto podían andar caba llos, sin necesidad de ser izados mediante cuerdas como en Abibe.

Los factores limitantes culturales españoles reflejaron, parcialmente, el punto de vista indígena; no se podían hacer buenos caminos, porque se aprovecharían de ellos los piratas y contrabandistas. Pero, también la herencia goda de dejar perder las vías romanas porque eran más importantes las iglesias, dentro del contexto católico de que esta vida es transitoria y la de ultratumba permanente, explica, en parte, que se haya dejado perder el camino incaico y que no hubiera política concertada de vías en la época colonial. Sobre esto se volverá donde competa.

Factores económicos.

La influencia de la topografía en América equinoccial para formar y conservar localismos y regionalismos, debe ser traída a cuento para aplicarla a los transportes y comunicaciones. En último término, el localismo es consecuencia de la dificultad para ponerse en contacto unos grupos con otros. Mientras más facilidad haya para movilizarse por lugares diferentes de aquel en que se ha nacido, menos agudos serán los antagonismos regionales.

Poco se sabe sobre las relaciones dc comercio que existían entre las diversas regiones de la América equinoccial, tanto de las costas marítimas hacia el centro y viceversa, como entre los distintos lugares poblados —acasarados o de viviendas dispersas —del interior mismo. Pero se sabe lo suficiente para asegurar que esas relaciones existían, y que había caminos de varias clases, fuera de elementos de navegación bastante eficaces y adaptados al medio, como se verá adelante.

Excepto en la parte ecuatorial interandina, y eso al parecer sólo durante poco más de medio siglo antes de la ocupación española, no hubo animales de carga (llamas) en la América equinoccial. Por consiguiente, todos los objetos que eran materia de trueque e intercambio entre unas regiones y otras (conchas, sal, algodón, oro y demás metales, piedras semipreciosas, ornamentales y preciosas, plumas, etc.), las transportaban los indios sobre sus espaldas. Se ha demostrado en otro lugar, que la vegetación predominante en el área de este trabajo era selvática, y se han señalado los lugares donde existían las sabanas (PATIÑO, 1975-1976, 35-81). También se ha visto que los útiles de que disponían los indígenas para el corte de maderas eran hachas de piedra y, menos difundidas, las de cobre, bronce o tumbaga (PATIÑO, 1965-1966, 86-91). Por consiguiente, en tales condiciones climáticas y con tales instrumentos, los caminos debieron ser solamente trochas o senderos, ensanchados por el pisoteo de los viandantes. La necesidad de disminuir los efectos de la humedad y las lluvias, impuso el sistema de construir trochas por los filos de las lomas y de serranías, donde el drenaje fuera más efectivo por escurrimiento. Tan así es, que los caminos construidos después de la ocupación española para comunicar nuevas regiones copiaron tales sistemas, que han sido usados del mismo modo en la época republicana y hasta en la actualidad, dondequiera que ha habido penetración de colonos a regiones selváticas lluviosas.

En los lugares planos o depresiones por donde necesariamente hubiera que pasar, en los cuales el piso era blando por haber humedad permanente, se usaría el sistema de paloteada, quizá primero la paloteada longitudinal, o sea, colocando maderos en el mismo sentido de la ruta, y después la paloteada transversal. Esto por lo menos ha sido la práctica tradicional en el Chocó y la costa del Pacífico, procedimiento adoptado para las pocas carreteras que allá existen. De algún camino en Guatemala, como el de Totonicapa, se dijo que era una mala vía “empalizada de gruesos e incorruptibles maderos” (FUENTES Y GUZMÁN, 1972, III, 33). Las corrientes de agua que no se podían eludir o esguazar, se pasaban en la forma que se detalla adelante (véase capítulo IV, “Cruce de cursos fluviales”).  

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