Las Fortificaciones de la Plaza
En las bahías se libraba el primer episodio de un drama que los ingenieros de Cartagena imaginaron siempre como una pieza en dos actos. La victoria naval no significaba necesariamente la rendición de la ciudad. No hay mejor prueba que la inscripción del mausoleo de Edward Vernon en la abadía de Westminster: . . . sometió a Chagras, y en Cartagena, conquisto hasta don de la fuerza naval podía obtener la victoria. El piadoso sobrino del almirante, autor del epitafio, se lava las manos ante el descalabro del brigadier general Thomas Wentworth, comandante de las fuerzas terrestres, quien se estrella contra la plaza fuerte.
Esa plaza fuerte la componían fundamentalmente las cortinas y baluartes de Cartagena y como obra avanzada, el castillo de San Felipe de Barajas. Hacia fines del siglo XVIII, consecuente con las teorías en boga sobre la horizontalización de las defensas y con sus propias inclinaciones, Antonio de Arévalo hizo construir algunas baterías sobre las vías de acceso a la ciudad, de las que no quedan vestigios. En dirección de la avenida de la Cruz Grande, instalo las baterías de Mas en Marbella y de la Quinta de Crespo casi al extremo norte de la pista del aeropuerto. Erigió además el hornabeque de Palo Alto, a medio camino hacia la Boquilla, a orillas de un caño que entonces comunicaba la ciénaga de la Virgen con el mar abierto. También construyo, contiguas al convento de la Popa, tres baterías para dominar ese valle crucial que encaraba San Felipe y que nunca estuvo muy lejos de sus preocupaciones.
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Fig.18. Baluartes de Cartagena de Indias. Las zonas punteadas corresponden a los tramos de muralla desaparecidos. |
Pero lo esencial era la plaza "real", sus baluartes y cortinas, (fig.18), y el cerro de San Lázaro, incomodo padrastro donde se hizo y deshizo la suerte militar de Cartagena. Serla muy largo y repetitivo contar la historia de cada baluarte y cada tramo de cortina. Baste decir que la sola muralla de la Marina fue, parcial o totalmente, desbaratada no menos de media docena de veces por las olas embravecidas y otras tantas veces reconstruida. Existen, sin embargo, algunos baluartes que, por su importancia para la protección del recinto, merecen una biografía.
De la misión de Bautista Antonelli en 1586, provocada por la urgencia de atender a la defensa del imperio, gravemente minado por la actividad corsaria,resulta para Cartagena el diseño de un recinto amurallado, correcto y practico, que se ajusta disciplinadamente a las circunstancias topográficas. Ese proyecto sirvió casi trazo por trazo, excepción hecha de una hacia el Cabrero, a fin de estrechar el frente de tierra, para planear las construcciones y refuerzos alrededor de Calamarí, asiento de la primitiva Cartagena, hasta 1810 (fig.19).
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Fig. 19. Plano de Cartagena y sus fortificaciones enviado al Consejo de Indias por el gobernador don Pedro de Acuña en 1597. La planta incluye ya la extensión del recinto de Calamari en dirección del Cabrero, un poco mas allá de lo previsto por Bautista Antonelli. El arrabal de Getsemani sigue desocupado aunque se observan, a orillas de la bahía de las, ánimas, las bodegas del Arsenal; desde allí se aprovisionaba a Los Galeones. |
El baluarte de Santodomingo
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Baluarte de Santodomingo. Aquí se inició la construcción de las murallas de Cartagena a principios del siglo XVII. El baluarte protegía el acceso a la ciudad desde la península de Bocagrande por donde penetró Francis Drake en Cartagena antes de que se construyeran sus murallas. A la derecha, en el primer plano, está el baluarte de Santiago con el que cruzaba fuegos para cubrir la cortina adyacente. (Foto de Elena Mogollón). |
Es en el baluarte de Santodomingo, hacia 1602, donde el esquema de Antonelli comienza a plasmarse y es Cristóbal de Roda, su sobrino e ingeniero como el, el primero de esa pléyade de hombres de armas que nunca faltaron en Cartagena hasta la independencia y cuyo aliento, inteligencia y conocimientos se aunaron a la piedra, al terreno y al mar para hacer de Cartagena de Indias un bastión casi impenetrable. Roda decide cimentar el primero de los grandes baluartes sobre la avenida por don de se habla colado Francis Drake. Aun estaba fresco el infortunio de 1586 cuando el corsario -somete, gracias en parte a su abrumadora superioridad numérica, la débil resistencia cartagenera. La ciudad no tenla aun entonces reductos de piedra y sus pocos defensores, apostados en una trinchera apresuradamente dispuesta en el estrecho istmo que separaba Bocagrande de la ciudad, justo por donde pasa hoy la avenida Santander, nada pudieron hacer frente al invasor.
Del episodio queda un curioso documento en latín, firmado por el Draque, don de acusaba recibo del sustancial rescate arrancado a las autoridades refugiadas en Turbaco y, unos años mas tarde, la decisión de cerrar la avenida de Bocagrande con el baluarte de Santodomingo o San Felipe, cuyas culebrinas abrían de cubrir el istmo de tan ingrata recordación. San Felipe fue modelo de las proporciones regladas por la Escuela Italiana de fortificación. En su cuello o gola se abrían, a ras de piso, las plazas bajas para Cañones que debían flanquear las cortinas de ambos lados, cruzando fuegos, a derecha e izquierda, con los pequeños baluartes vecinos de Santiago y la Cruz (fig. 20). A principios del siglo XVIIL durante las sustanciales reformas y reconstrucciones del ingeniero Juan de Herrera y Sotomayor, desaparecieron las plazas bajas, pero subsisten, a ambos lados de la rampa, las bóvedas que les servían de acceso, también quedan, veinte metros a la izquierda en la contramuralla, los testigos del dintel de la tapiada puerta de San Felipe. Don Juan de Herrera la traslado a sitio mas seguro en el flanco opuesto del baluarte, por donde todavía se puede transitar tranquilamente. De esa misma época deben datar los ingeniosos canalillos que llevan las aguas, desde los mas apartados resquicios del baluarte, al aljibe publico cuyo brocal nos recuerda que hasta hace no muchos años Cartagena fue una ciudad sin agua corriente. Herrera, hijo barroco de su tiempo, añadió el gariton que corona el ángulo capital del baluarte, apuntándole al mar.
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Fig. 20. La mural la de la Marina. Incluye el sector de las bóvedas con el que se termina, en 1796, el cerramiento de Cartagena. |
Mucho antes de Juan de Herrera, el baluarte había sido rebautizado con el nombre de Santa María, pero al fin de cuentas ni San Felipe, ni Santa María, hicieron carrera. El vulgo termino por llamarlo, como a la puerta contigua, Santodomingo, por el Convento vecino que desde el siglo XVI presto su nombre a la toponimia de ese rincón de Cartagena.
Los baluartes de Santa Catalina y San Lucas
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Baluartes de Santa Catalina y de San Lucas. Su función era taponar la estrecha franja de tierra que unía a Cartagena con el Cabrero (avenida de la Cruz Grande). Para facilitar la defensa, se les situó en el punto mas angosto entre la Ciénaga y el mar a pesar de que as! se ampliaba el recinto amurallado bastante mas allá de 10 necesario para albergar la población. (Foto de Elena Mogollón). |
A pesar de la actividad de Roda, en esos primeros años del siglo XVII, el cerco de Cartagena no adelantaba con gran celeridad. En el trasiego de juntas y cédulas reales eran muchas las dilaciones y parte de lo ya edificado se desmoronaba; lo construido inicialmente con tierra y estacas había sido fácil presa de las olas en casi todo el cerramiento que encaraba al mar.
La situación cambia radicalmente con el nombramiento del gobernador Diego de Acuña, quien al poco tiempo de llegado a la ciudad (1614) redactó este "Ynforme" para el rey Felipe III:
"El día de Nuestra señora 8 de septiembre con toda solemnidad que se acostumbra en semejantes fortificaciones como en las que yo me he allado, abiertos los cimientos y por manos de un Sacerdote de la Orden de Santo Domingo tenido por gran sierbo de Dios, asistiendo el Dean y Cabildo desta Sancta Iglessia con todos los Sacerdotes y Eclesiasticos y el pueblo se pusso la primera piedra poniendo en la Caxa della uno medalla de oro con la efixie de VuestraMajestad con monedas de todas las suertes y una lamina con el mes y el ano y demás memorias que conserban la antigüedad de semejantes Fortalezas... For la Yndustria del capitán Xpoval de Roda, Yngeniero"
El que Acuña sea uno de nuestros precursores en materia de primeras piedras, no le resta importancia a su diligencia edilicia militar y civil; su impulso es definitivo para la consolidación de Cartagena.
El gobernador construye en piedra y confía en su recién llegado ingeniero, da luz verde a Santa Catalina y San Lucas que, por el noreste de la ciudad, eran tan vitales como Santodomingo por Bocagrande. Estos baluartes se encargaban de impedir el acceso enemigo por la peligrosa avenida de Cruz Grande, lo que hoy llamaríamos el Cabrero, Marbella y Crespo hasta la Boquilla. Cristóbal de Roda, siempre siguiendo la traza de su tío Antonelli, pero acomodándose mejor al terreno, avanza los baluartes en dirección de la Boquilla, dejando tras ellos los terrenos baldíos que habían de conformar la huerta del convento de San Diego y paliar no poco, con sus frutos y la abundancia de jagüeyes, los rigores de los sitios a que sería sometida la ciudad.
Los primitivos baluartes de Santa Catalina y San Lucas, el primero contra el mar y el segundo sobre el caño de Juan Angola, flanqueaban desde sus plazas bajas, como Santodomingo, la cortina que cerraba el recinto y que abrigaba en su centro la puerta de Santa Catalina. Impecables en su diseño, emanaban de ideas italianas de abaluartamiento, ya algo pasadas de moda, y provocaron una querella entre el nuevo gobernador de Cartagena (1629), Francisco de Murga, quien venía de Flandes con el concepto de extender la fortificación, oponiendo fosos y revellines avanzados para dificultar la aproximación del enemigo, y don Cristóbal, con casi treinta fructíferos años de servicios en Cartagena. El gran ingeniero muere en 1631, anciano y achacoso, y quizá desprestigiado, pero deja una ciudad distinta de la que encontró, prácticamente en estado de indefensión en los albores del siglo y que ahora, detrás de sus murallas, va a gozar de años de paz y prosperidad, a pesar de formar parte de un imperio declinante.
Terminados en 1638, San Lucas y sobre todo Santa Catalina, sufrirán mucho por los embates del mar y por las voladuras de los franceses del barón De Pointis. La reconstrucción en 1719, como la de todas las averiadas defensas de Cartagena, correrá a cargo del incansable y competente Juan de Herrera y Sotomayor. Igual que en Santodomingo, desaparecen las plazas bajas y se reubica la puerta al otro lado del baluarte de San Lucas en su emplazamiento actual. Se reparan, además, los aljibes públicos y sus canales colectores y se le roba al mar, construyendo espolones con cajones de madera rellenos con piedras, una pequeña playa que proteja el baluarte de Santa Catalina de los temporales y que será la antecesora del terreno rescatado de las olas, por donde hoy pasa la avenida Santander (fig.21).
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Fig.21. Baluartes de San Lucas y Santa Catalina. A la derecha de ellos, el Espigón, que desde 1779 impide el acceso a la playa creada por Antonio de Arévalo para proteger de las olas la muralla de la Marina. |
Cuarenta años mas tarde, Antonio de Arévalo, cansado de ver los Nortes destruir por tramos la muralla de la Marina, a todo lo largo de la moderna avenida, encuentra la solución definitiva, En efecto, la crónica colonial cartagenera registra numerosas y violentas tempestades que arrasaron una parte de la muralla e inundaron la ciudad causando estragos en comercios y conventos. Arévalo les pone coto (1765-1771), después de un sesudo análisis sobre la acción de las olas en el sector, construyendo una escollera paralela a la muralla para sedimentar las arenas. Este estudio, que aun hoy nos deja asombrados, recoge las enseñanzas de las precursoras ideas de Herrera y antecede, por su diseño y su éxito, los espolones modernos que en nuestros días defienden casi todas las playas de Cartagena desde Marbella hasta Bocagrande.
Tan rápidamente se crea la playa, cuando Arévalo es víctima de su propio invento. En 1779 se ye obligado a proyectar un espigón, mal conocido como la Tenaza, para cerrar el paso al enemigo, que bien podía intentar una sorpresa aprovechando la amplia faja de arena que ahora separaba del mar a Santa Catalina.
Perfeccionando más tarde con aspilleras y banquetas paramos queteria, parapetos y fosos internos, el espigón de Arévalo se une al baluarte por una galería para el fácil y seguro movimiento de las tropas.
El baluarte de San Ignacio
Los Cañones de San Ignacio apuntan hacia la bahía de las Ánimas, la misma que hoy acoge el tráfico de cabotaje y que entonces, antes de los rellenos recientes, se extendía por todo el playón entre la avenida Santander y las cortinas de la ciudad Por allí navegaban, obligadamente, las pequeñas embarcaciones que servían de puente entre los galeones surtos en el fondeadero, allá frente al Club de Pesca y la base naval, y el muelle de la Contaduría, muy cerca del actual despacho del alcalde mayor (fig.22). Su misión era desestimular cualquier intento contra el muelle o contra las riberas del arrabal de Getsemani y cooperar en el cubrimiento de Bocagrande.
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Fig. 22. Muelle de la Contaduría. Allí atracaban las embarcaciones menores que llevaban y traían pasajeros y mercancías a los galeones surtos en el surgidero. La entrada obligada a la ciudad era por la puerta de la Contaduría, en los bajos de la Aduana (actual alcaldía), para facilitar el cobro de derechos. Se observa la estacada con que se vedaba el acceso al muelle en caso de necesidad. Una igual existía en la otra boca del caño de San Anastasio, por el costado de Chambacú. |
San Ignacio, llamado originalmente baluarte de los Moros, debió de quedar terminado hacia 1630. La obra de Cristóbal de Roda habría de soportar, sin embargo, mas de un sinsabor jurídico, en esta primera y agitada etapa de su existencia castrense. En efecto, sobre la cortina contigua, y previas las autorizaciones de rigor, la Compañía de Jesús construye su claustro y colegio en el sitio mismo que aun ocupan. La anexión religiosa de una construcción militar sobre el' 'frente de plaza' , que, además, se perfora con dos pequeñas pero peligrosas surtidas o puertas, provoca una de esas largas y estériles disputas que hacían quizá mas llevadera la casi inmutable tranquilidad colonial. Y es así como, por mas de treinta años, los ingenieros militares pugnan por desalojar a los jesuitas, obteniendo inclusive una orden de demolición, y estos se defienden con acciones dilatorias, alegando falta de recursos para mudarse a otra parte.
Al fin, y tras mucho va y viene de engolillados expedientes, la Corona transige salomónicamente y ordena construir, por cuenta de los jesuitas, una nueva cortina, unos metros mas adelante, dejando entre la mas reciente y la vieja edificación el espacio reglamentario para el paso de ronda. Se ha perdido, desafortunadamente, entre los baluartes de San Ignacio y San Francisco Javier, un tramo de esta muralla, pero desde la parte superior, convenientemente restaurada, se puede observar la antigua fortificación, asiento del claustro jesuita, con la huella de las surtidas y el espacio de la calle de ronda.
Avanzada la cortina según lo dispuesto por orden real, fue también necesario desplazar el San Ignacio. Gracias a Juan de Herrera y Sotomayor, el baluarte adquirió finalmente, hacia 1730, su dimensión actual, su gran garitón barroco y su rampa de acceso, resurgida esta ultima hace unos años en el curso de la restauración que demolió el estéticamente desacertado Monumento a la Bandera (fig.23). también de la época de Herrera data, quizá, su nombre actual, San Ignacio, por la iglesia cercana, hoy de San Pedro Claver, que formaba parte del establecimiento de la Compañía. Mejor, por supuesto, el santo de Loyola que unos Moros para defender a Cartagena, donde estaba ya bien enraizada la tradición de bautizar fuertes y baluartes con todo el santoral. Las legiones celestiales eran ciertamente bienvenidas en caso de apuro.
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Fig. 23. Baluartes de San Ignacio. San Francisco Javier y Santiago. El tramo de cortina entre los dos primeros no existe hoy. |
El arrabal de Getsemaní
En las postrimerías del siglo XVI, Cartagena comienza a desprenderse de su aspecto de caserío en bahareque para adquirir el mas respetable de su pueblo en mampostería. Ocupaba todavía, sin embargo, sólo una parte de Calamari, la isla que la vio nacer, extendiéndose apenas hasta la plaza de los Jagüeyes (hoy Fernández de Madrid).
En la vecina isla de Getsemani o Gimani, a la que se unía por un endeble puente de madera, no existían mas construcciones que un modesto convento de San Francisco y la carnicería. El primitivo viaducto, "una puente levadiza mas porque no huyan los amigos que no por miedo a los enemigos" como diría un visitante avergonzado por la capitulación ante Drake, se prolongaba en trocha por entre la vegetación de Gimani y seguía hasta Tierra Firme, en las inmediaciones del cerro de San Lázaro. Este último no pasaba de ser, por el momento, un mero accidente geográfico, una de tantas colinas que formaban parte del sistema de la Popa, sin ninguna importancia urbana o militar.
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Fig. 24. Traza de la calzada y batería de la Media Luna, Circa 1631. Esta era la única comunicación de Cartagena con el continente. Al fondo se observa, aun sin fortificar, el cerro de San Lázaro, que dominaba la puerta de la Media Luna. Para reforzar la defensa, la calzada contaba con un revellin, una tenaza y tres fosos. |
Con el despuntar del siglo XVII, Cartagena se extiende. En pocos años casas y calles cubren a Getsemani, refugio de la gente menor: artesanos, buhoneros, burócratas de poca monta, pero sin que las seis o siete mil almas del núcleo urbano rebasen los limites del Arrabal. Mas allá se entraba en el "arcabuco" o monte cerrado, aun incipientemente civilizado y dominado desde la agreste cima de La Popa por el aislado convento de los agustinos recoletos. Pasaran algunos años antes de que las exigencias del camino real las romerías de los cartageneros y de la gente de mar al altar de la milagrosa Virgen de la Candelaria de la Popa, los tejares y las haciendas de pancoger, desbrocen y civilicen al valle frente al cerro de San Lázaro. Mientras tanto, casi en sus faldas, al otro lado del camino real, manos piadosas dotan el hospital de San Lázaro y la pequeña colonia para exiliar a los leprosos y a sus familiares. De esta fundación deriva su nombre la adyacente colina, asiento futuro del San Felipe de Barajas y clave indiscutida de la seguridad de la plaza.
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Fig. 25. Panorámica de la calzada y batería de la Media Luna en 1869. Sobre la calzada se aprecia el revellin. La cruzan tres fosos de agua corriente. |
Poblado el Arrabal se hace imperativo defenderlo y Francisco de Murga ordena, hacia 1631, el cerramiento de Gimani que queda así incorporado definitivamente al casco urbano. La obra mas importante de este cerco amurallado es la batería de la Media Luna de San Antonio (o San Francisco), llave de la comunicación con las estancias de Tierra Firme que aseguraban los "bastimentos" de la plaza y los Galeones. La ciudad recibe hoy a sus visitantes con el pintoresco monumento a los Zapatos Viejos donde, entonces, la curiosa muralla cóncava de la Media Luna, fuertemente artillada, batía la calzada de su nombre, con su revellín y sus tres fosos de "agua corriente" que en cualquier momento permitían cortar el único acceso a Cartagena desde el continente (fig.24 y fig.25). además de la Media Luna, desaparecida a fines del siglo pasado para dar paso a suministros urbanos que ya no cabían por el estrecho ingreso de una ciudad colonial, el maestre de campo Francisco de Murga hizo construir por Lucas Báez, su maestro albañil de confianza, todas las cortinas y baluartes de Getsemani. Para 1633, el Arrabal quedaba completamente fortificado desde el baluarte de Barahona que ha cedido su lugar al Centro de Convenciones, hasta San Miguel de Chambacu (fig.26). De este último perdura solo la mitad; la otra mitad le fue cercenada para dar vía al difunto ferrocarril de Calamar. Casi un siglo mas tarde, Juan de Herrera modernizo el recinto de Getsemani, al que también contribuyo, después del ataque ingles, Lorenzo de Solís, pero ambos respetaron en lo esencial el carácter y la traza de lo que les lego Murga.
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Fig. 26. Murallas del arrabal de Getsemani. Esta era la primera línea de defensa de la plaza fuerte e incluía la Media tuna, desaparecida. Su amplio foso húmedo natural contribuía a la seguridad de Cartagena. |
Donde se levantan los altos edificios de la Matuna, señoreaba, salpicado de manglares, el Caño de San Anastasio. Para prevenir sorpresas, sus dos bocas, la de Chambacu y la de la bahía de Ánimas, se trancaban con sólidas estacadas de madera cada vez que la plaza se sentía amenazada (fig.18). Se constituía así un respetable circuito, muy ajustado a las exigencias del arte militar, que cobijaba las dos islas cartageneras al amparo de sólidas murallas y al que protegía un amplio y profundo foso húmedo natural sin mas solución de continuidad que angostos istmos por Bocagrande y el Cabrero y la bien defendida calzada de la Media Luna. Cabe anotar que no todos los vecinos de Getsemani miraban con buenos ojos aquel reconfortante cerco. La alta muralla entre Barahona y el Reducto (San Lorenzo), pasando por el baluarte de Santa Isabel, era para ellos, menos un aditamento bélico que un instrumento fiscal, erigido por la Corona, entre el surgidero y el muelle de la Contaduría, para poner coto a los pequeños tráficos con que, ¡oh inveterada tradición!, se defraudaban las aduanas
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Puerta del Puente y bahía de las Ánimas. De la puerta del Puente (del Reloj) a la derecha, hoy rematada por una torrecilla moderna, partía el viaducto que unía las dos islas cartageneras: Calamari y Getsemani. La explanada frente a la puerta era una ciénaga, rellenada en época reciente. A la izquierda arriba esta la bahía de las Ánimas; el cabotaje atraca hoy en 10 que fuera el muelle de la Cartagena colonial. El Centro de Convenciones ocupa ahora el sitio del antiguo mercado municipal, a la izquierda (centro). (Foto de la Corporación Nacional de Turismo). |
Bien puede decirse que Francisco de Murga ostenta, con justicia, el titulo de gran constructor de la Cartagena amurallada. El terminó y consolidó sus cortinas y sembró de fuertes su Bahía Interior en un despliegue de actividad que no se repetirá con parecida intensidad por mas de cien años. Al cumplirse, en 1633, el primer centenario de una fundación ilustre, Cartagena podía darse por bien servida.
La pujante y próspera ciudad indiana, en poder y riqueza se inclinaba sólo ante las capitales virreinales del Perú y México y creta reposar eternamente tranquila a detrás de sus murallas. Cartagena se equivocaba. Su segundo siglo de existencia coincide con el lento declinar de España. En Europa, desmembraran poco a poco las pertenencias de la Casa de Austria, y en América, si bien el imperio se mantendrá fundamentalmente invicto, sus componentes se verán expuestos a repetidos insultos. Cartagena, plaza de guerra. Llave y ante mural del Reino, Caxa de Comercio, y una de las mas principales para la defensa y conservación de estos dominios de S. M. no escapara a una dramática constatación en carne propia, antes de finalizar el siglo.
La furia de los impredecibles Nortes que arrasaran periódicamente la muralla de la Marina, las jugarretas de las corrientes de la bahía, los progresos de la artillería y de la navegación a vela y, sobre todo, la incuria oficial darán al traste con la ilusión de fortificada inmutabilidad La verdad es que después de Murga, y con excepción de las enérgicas gobernaciones de Pedro Zapata de Mendoza fundador de San Felipe de Barajas e impulsor de San Luis de Bocachica, la consolidación de la Cartagena castrense sufre un fatal eclipse que culmina en la vergonzosa rendición de la plaza ante el corsario Jean Bernard Desjeans, barón de Pointis, en 1697. Durante la segunda mitad del siglo XVII, los presupuestos para la reparación de fuertes y murallas tienden a desviarse hacia destinos distintos de piedra sillar, argamasa, cureñas frescas, y forjas, y las nóminas de los regimientos se engruesan sin que aparezcan los efectivos que cobran los sueldos. Cuando en 1697, Sancho Jimeno de Orozco defiende por dos días el San Luis, con mas valentía que medios, cuenta apenas con quince soldados profesionales de las 200 plazas pagas previstas en su guarnición.
La puerta del Reloj
Ciudad isleña, Cartagena debía, recién fundada, saltar por entre los manglares para llegar al futuro arrabal y desde allí al continente. Hacia 1540, existía ya una calzada "massissa" con dos "ojos" para que, por debajo, discurriera mansamente el Caño de San Anastasio, hoy enjaulado en la Matuna por dos grandes cañerías subterráneas. Por el momento no existía puerta; la calzada desembocaba libremente sobre lo que mas tarde habría de llamarse la plaza de los Coches.
Sólo cuando se concluye el cerramiento de Calamari hacia 1631, adquiere Cartagena, como toda plaza real que se respete, una puerta principal. Era el único ingreso a la ciudad propiamente dicha. Contra su angosta bóveda descargaba el puente que ya se conocía como San Francisco, por el convento en Getsemani que poco a poco bahía ido creciendo, alrededor de la plaza del mismo nombre. No debía de ser gran cosa esta primitiva puerta del puente, de significación mas que todo ceremonial. Militarmente, la opacaba la vital puerta de la Media Luna, mucho mas expuesta y mejor defendida.
Sólo quizá por un símbolo del orgullo cartagenero, los franceses destrozaron la puerta del puente. Detrás de ella y una vez ocupado el arrabal, la resistencia, si así puede llamarse el susto de gobernantes y gobernados, se redujo a sufrir dos interminables jornadas bajo el fuego de la artillería enemiga, bien aprovechadas, para influir en el animo de un gobernador pusilánime, por los partidarios de izar bandera blanca y salvar parte de sus caudales. Mientras progresaba, contra San Felipe y la Media Luna, el profesional ataque de las tropas del Rey Cristianísimo y sus aliados los "hermanos de la costa" reclutados entre los bucaneros de Haití, la puerta había servido únicamente para instalar "guardias dobles [... ] para que no la desampararan [a Cartagena] del todo los vezinos cuyo horror, asombro y miedo a las bombas es imponderable".
Hacia 1704, Juan de Herrera repara la brecha dejada por los franceses y resuelve regalarle a Cartagena una puerta en regla, de acuerdo con los dictados del Arte. La dota de tres bóvedas a prueba de bomba, hoy todas abiertas, pero donde originalmente sólo la del medio servia para el tránsito ciudadano. Las dos laterales estaban destinadas a cuerpo de guardia y almacén de pertrechos y abrían exclusivamente hacia la central. Herrera embellece su puerta con la portada barroca que aun subsiste y la corona con un cuerpo rematado por un chapitel y una pieza para el alojamiento del reloj de la ciudad y de la campana de aviso. Aunque consciente de su imitada significación militar, don Juan cumple estrictamente con lo señalado por las normas de la escuela Vauhan; la puerta del puente se situaba equidistante entre dos baluartes: el desaparecido de San Pedro Apóstol y el de San Juan Bautista, que desde sus flancos debían protegerla como a uno de los puntos más expuestos de plaza (fig. 27).
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Fig. 27. La puerta del Puente y los baluartes y cortinas desaparecidas hasta San Pedro Mártir. El tramo se derriba para desahogar la ciudad y permitir la expansión de la urbe moderna a hacia la Matuna. |
Para principios del siglo XVIII, el puente de San Francisco se bahía encogido y cruzaba con un solo arco una disminuida corriente de agua. Bajo el resto de la calzada, se bahía sedimentado una amplia zona, especie de mercado al aire libre que desde Getsemani parecía la prolongación de la plaza de San Francisco. El puente era, sin embargo, el único punto de contacto entre el Arrabal y Calamaari, y hasta este siglo las dos islas continuarán separadas porcaños y manglares.
Finalmente en 1888 y por mano de don Luis de Jaspe, el remate de Herrera cedió el paso a ,dos cuerpos octogonales con un nuevo chapitel y que, conjuntamente con lo anterior del ilustre ingeniero y el reloj, se ha convertido en la carta de visita de la ciudad misma. Los cartageneros, por su parte, nunca le han dado al portal de la plaza de los Coches la importancia de puerta principal; para ellos era, y es, sólo la Boca, el Puente, aunque el puente se baya convertido en el paseo de los Mártires y la explanada del Centro de Convenciones, hasta caer, como en otros tiempos, en la plazoleta de los teatros Cartagena y Colon, antes iglesias de la Veracruz y de San Francisco.
Las bóvedas
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Arquería de las Bóvedas. El pórtico servía de comunicación entre las bóvedas a prueba de bomba con las que se concluyó en 1798 el cerramiento del recinto amurallado de Cartagena |
Los tratadistas de la fortificación permanente abaluartada no concebían el perfeccionamiento de una plaza fuerte sin albergue adecuado para tropas y abastecimientos. Se comenzaba por resguardar la pólvora tras gruesos muros y sólidas bóvedas de medio Cañón "a prueba de bomba". De allí se pasaba a los almacenes para toda suerte de pertrechos y para los víveres de la guarnición. Y, finalmente, era necesario proveer al reposo de los soldados, a su plácido descanso, exento de inquietudes aun en medio de un ataque.
Aunque en Cartagena existen bóvedas diseminadas en casi todos los rincones de sus murallas y destinadas, teóricamente, a los propósitos previstos por los tratadistas, la ciudad careció, hasta poco antes de la Independencia, de un refugio apropiado para sus tropas. El regimiento Fijo tuvo que contentarse largos años con la caserna de la calle del Cuartel, nada idónea para el sueño reparador bajo un bombardeo. La atención a este último detalle de la plaza fuerte correspondió a Antonio de Arévalo, quien, desde 1773, había propuesto la construcción de bóvedas a prueba de bomba. Bien decía, al reflexionar sobre los proyectiles sólidos que destruían los tejados y sobre las balas explosivas disparadas por morteros, que "no al medio para evitar su caída, pero si lo ahí para embarazar su efecto...".
Las veinticuatro bóvedas de Cartagena de Indias comienzan a construirse en 1789, y para 1795 ya se utilizaban parcialmente como cuartel (fig. 20). Los cuarenta y siete pórticos exteriores no se terminan, sin embargo, hasta 1798, fecha del primoroso escudo de mármol que adorna su portada. Casi dos metros de tierra apisonada separan las claves de las bóvedas del solado o piso superior, suficiente para dormir tranquilo, en la confianza de que Arévalo había"embarazado", el castigo enemigo.
Como contribución activa a la defensa de la plaza, las bóvedas cubrían la playa adyacente con fuego de mosqueteria desde las aspilleras que perforan su fachada externa o escarpa. Estas servían, además, para su ventilación. Y a falta de climatización artificial, contaban adicionalmente, con el tiro de dos chimeneas (en los extremos del gran edificio) que distribuían ingeniosamente el aire a trabes de simétricos pasadizos interbóvedas. Esta comodidad la aprovecharon muy diversos inquilinos: primero las guarniciones realistas, patriotas y republicanas, luego algunos ilustres colombianos, huéspedes contra su voluntad, como Francisco de Paula Santander, Mariano Ospina Rodríguez y su hermano Pastor, y recientemente, los destilados de la Industria Licorera de Bolívar, que durante muchos años completaron allí su añejamiento. Cabe preguntarse que opinión tendría Arévalo, en su cripta de la catedral, sobre este último y poco marcial destino.
Es simbólico que Arévalo, sin lugar a dudas el mas grande ingeniero militar de España en América, sea también quien complete el cerramiento de Cartagena. En efecto, el sector entre los baluartes de Santa Catalina y Santa Clara permaneció, desde la fundación de la ciudad hasta 1796, apenas protegido por una "estacada sencilla", como quien dice, una simple cerca de madera. Es posible que lo apartado del paraje y la potente protección que ofrecían Santa Catalina y San Lucas hubiese desestimulado el gasto en una cortina terraplenada que, según la experiencia, tarde o temprano habría de llevarse el mar. Pero es mas probable que los responsables de las Cajas Reales hayan considerado injustificadas las expensas para preservar de las inundaciones a solares baldíos y huertas. Conviene recordar que la muralla de la Marina protegía a Cartagena no sólo del enemigo a flote sino también de esas frecuentes tempestades que la dejaban bajo medio metro de agua.
El teniente general de los ejércitos Antonio de Arévalo muere en Cartagena el 9 de abril de 1800, a los ochenta y cinco años, cuarenta y ocho de ellos al servicio ininterrumpido de Cartagena. La suya es una época de continuos sobresaltos pero también, y gracias a el en gran parte, es para la ciudad una época de paz. Después de Vernon, el enfrentamiento colonial hispano-ingles registra por lo menos media docena de choques ' 'por las llaves de los dominios españoles en el área del Caribe", pero ninguno envuelve a Cartagena. La plaza es demasiado fuerte.
Fuerte de San Felipe de Barajas
No habla aun terminado Francisco de Murga el cerramiento del Arrabal cuando ya señalaba con preocupación la presencia del padrastro de San Lázaro, "llave de la Puerta de Tierrafirme", y proponía fortificarlo con un "bonete". Muy dentro de los conceptos flamencos de fortificación esposados por Murga, aquello equivalía a avanzar la fortificación a anteponer un obstáculo mas a los progresos del enemigo. La Junta de Guerra hace caso omiso de la sugerencia del gobernador, en parte por considerar que lo ya hecho por el, y era mucho, bastaba ampliamente para atender a la protección de la plaza.
En los años siguientes, la propuesta de Murga cobra fuerza. No se trata ya simplemente de una batería adelantada sino de que los progresos de la artillería ponen en peligro la seguridad de la Media Luna, vulnerable al fuego enemigo desde la cima o las faldas del cerro. Nada se concreta, sin embargo, porque la Corona esta corta de fondos y tiene demasiados quehaceres en Europa, donde las cosas andan mal. Pero no hasta negar el dinero y cerrar los ojos para que la colina y la potencial amenaza del Cañón enemigo sobre el padrastro se esfumen como por arte de magia. Los gobernadores insisten. AI fin, por Real Cédula fechada en septiembre 20 de 1647, se dispone que en lo
". . .que toca a la fortificación [. . . ] en la Montañuela de San Lázaro Por la Parte que corresponde a aquel sitio lo más Dévil y de menos defensa de esa plaza [. . . ] Dispondréis que se haga en aquel Cerro un Castillejo o plataforma ligera donde con cuatro o seis piezas de artillería y treinta hombres se franqueen las abenidas que tiene el enemigo. . ".
Solo que decretar no es ejecutar y el fuerte o "castillo" de San Felipe de Barajas deberá esperar diez años a que la iniciativa de Don Pedro Zapata de Mendoza, uno de los mas vigorosos y emprendedores gobernantes de Cartagena, se conjugue con las amenazas externas que con tanta frecuencia darán impulso a las obras de defensa. Al efecto, después de sus sangrientas guerras civiles, la Inglaterra de Cromwell ha redescubierto su vocación marítima yen desarrollo de lo que la historia conoce como el Proyecto Occidental, decide apoderarse de un trozo del Caribe español. El principal esfuerzo ingles, primera gran operación anfibia transcontinental, precursora de Vernon, fracasa en Santodomingo pero, como premio de consolación, la armada captura, en 1655, la mal defendida y poco poblada isla de Jamaica; los informes de los prisioneros señalan a Cartagena y a La Habana como los próximos objetivos.
En 1656, los marinos de Cromwell saquean a Riohacha y merodean agresivos por los mares de Tierra Firme. De esta crisis nace la implantación definitiva sobre el cerro de San Lázaro en 1657. El primer San Felipe de Barajas, nombre con el que don Pedro Zapata quiso honrar a Felipe IV, monarca de turno, y el titulo nobiliario de sus mayores, los condes de Barajas, no es gran cosa: un preámbulo apenas de la imponente construcción de hoy. El fuerte ocupa, como era militarmente deseable, toda la cima del cerro con una plataforma triangular, inmodificada en su diseño hasta nuestros días, que a mas de ser económica, se acomoda a las limitaciones topográficas del paraje. Su exigua dotación montaba ocho Cañones servidos por veinticinco infantes y cinco artilleros (fig.28).
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fig. 27. La puerta del Puente y los baluartes y cortinas desaparecidas hasta San Pedro Mártir. El tramo se derriba para desahogar la ciudad y permitir la expansión de la urbe moderna a hacia la Matuna. |
Claro esta que las razones del rey, por absoluto que sea, se nutren con frecuencia de la opinión publica. Para lo de San Felipe, consta en el expediente (1694) levantado contra Francisco Vera, mulato libre, de oficio barbero, que:
". . .en tiempo de Don Pedro Zapata por recelo que se tenía del enemigo,a las once de la noche las cabras del ejido llegaron al Cerro de San Lázaro y se jusgó que era un exercito y hubo otro rebato por cuya causa se fundó el castillo de San Felipe de Barqjas ".
Explicablemente, no fue difícil para don Pedro obtener un gracioso 'préstamo' , de los vecinos notables para sufragar las costas de la construcción.
El pequeño fuerte de campaña no sufre modificaciones significativas hasta un siglo más tarde cuando, en 1762, Antonio de Arévalo crea el formidable complejo defensivo actual, obra de ingeniería militar sin par en América. Pero ese gran bastión es todavía cosa del futuro cuando San Felipe se rinde ante el as alto francés de 1697. Allí se pierde la plaza, luego de una tímida defensa, porque De Pointis, tal como lo habían previsto todos los entendidos, utiliza el cerro para emplazar la artillería de sitio que bate en brecha la Media Luna.
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Falsa braga del fuerte o "castillo" de San Felipe de Barajas. Servía de comunicación con la batería de Santa Bárbara (a la izquierda) y para acomodar, sobre la banqueta corrida, compañías de mosqueteros. Al fondo el cerro de la Popa y el amplio valle que acomodó, dos veces, el cuartel general de los sitiadores de Cartagena. (Foto Becky de Mayer). |
Al reparar los estragos del ataque, Juan de Herrera reconstruye el fuerte, reforzándolo casi a su estado actual, si se exceptúan los merlones y troneras que pertenecen a Arévalo, pero sin ampliarlo ni apartarse de la traza original en el ápice del cerro. Poco antes del ataque de Vernon se añade la primera de las que serán, más tarde, las baterías colaterales del fuerte de Arévalo. Se trata de un hornabeque que vedaba el asalto por la estribación norte del cerro, la menos escarpada, donde hoy campea la batería de San Carlos y los Apóstoles. El refuerzo es especialmente significativo porque por esa pendiente tratan de escalar, precipitadamente, 3.500 granaderos de Wentworth, la madrugada del 20 de abril de 1741, en lo que debía ser la etapa definitiva de la conquista de Cartagena por la escuadra del almirante Vernon. Los ingleses dejan en el campo 450 muertos y cien heridos graves,
"...rechazados al fusil por mas de una hora y después de salido el Sol en un fuego continuo y biendo los enemigos la ning,a esperanza de su yntento [. . . ] se pusieron en bergonzosa fuga al berse fatigados de los Ntros los que cansados de escopetearles se abanzaron a bayoneta calada siguiendolos hasta quasi su campo... ".
Y dejan en su fuga, al pie de San Felipe, buena parte de su arrogancia y la humillación de haber acuñado, prematuramente, las medallas conmemorativas de una victoria en Indias que nunca se materializo.
Veinte años después de Vernon, un nuevo sobresalto revive las inquietudes sobre la debilidad de San Felipe; en 1762 los ingleses ocupan a La Habana. Por encargo virreinal, Arévalo elabora un nuevo y minucioso "Proyecto General de Defensa" que lo lleva inexorablemente al cerro de San Lázaro como el punto neurálgico para la protección de la ciudad. En el repite que, de las "avenidas" abiertas al avance enemigo, solo el valle de la Popa y las colinas aptas para acomodar artillería de sitio que circundan a San Lázaro son motivo de recelo. La precipitud de Wentworth, acosado por la fiebre amarilla, había salvado la plaza; un poco mas de estudio de su parte hubiese esclarecido las debilidades del fuerte y evitado la masacre provocada por un ataque inconsulto por el flanco mejor defendido.
El gran ingeniero razona que ". . . ese escarmiento en lo venidero les haría proceder con mas cautela. . . ", y decide corregir los defectos. Las baterías de la Redención, La Cruz, El Hornabeque, San Carlos y los Apóstoles y Santa Bárbara por el norte, y San Lázaro por el sur quedan cortadas sobre el lomo del cerro en solo siete meses, listas para atender cualquier emergencia. Este complejo de baterías colaterales con cabida para cincuenta Cañones de diversos calibres, rodea y complementa el antiguo fuerte de Zapata y Herrera. Cada una se adapta perfectamente a la topografía y entre todas cubren, entrelazadas, un sector especifico del terreno circundante. No hay, sin embargo, ni baterías, ni parapetos que-apunten hacia la plaza. Las domina el fuerte, y se dominan entre si, de tal manera que es prácticamente imposible la ocupación de una batería, sin apoderarse al mismo tiempo de todo el sistema. Galerías y bien protegidos pasadizos en superficie facilitan el transito de tropas; a pesar de la gran extensión del área fortificada, los efectivos podían movilizarse, rápidamente y sin percances, hacia los lugares mas expuestos (fig.29).
Las baterías colaterales, "formadas del terreno natural", para atender el apuro de 1762, se perfeccionan activamente hasta 1769, aunque todavía en 1798 se están agregando algunos refinamientos. Entre angustias militares y limitaciones presupuestales, Arévalo talla las piedras que hoy cubren el cerro, dispone cuarteles subterráneos a prueba de bomba para albergar hasta 350 hombres, construye aljibes bajo la explanada de batería de San Lázaro y horada las galerías contraminas cuya perfecta acústica asombra a los visitantes. Todo el perímetro del cerro esta perforado por una galería magistral, casi a nivel del mar, y de donde parten, hacia el exterior de la colina, ramales ciegos terminados en forma de martillo para acumular toneles de pólvora que permitan volar a voluntad bajo los pies de tropas de asalto, los frentes de aproximación. Por último, para desembarazar los alrededores del fuerte de todo impedimento, Arévalo decide relocalizar el vetusto hospital de San Lázaro y su caserío. El leprocomio, con edificio diseñado por el mismo, se traslada ahora a Caño del Loro, isla de Tierrabomba, donde permanecerá hasta 1948.
En San Felipe nada es superfluo. Todo obedece a un especifico fin castrense que no incluye largos y misteriosos túneles para comunicarlo con la catedral. Las galerías subterráneas del fuerte no salen de la colina mas que para convertirse en los terribles ramales u hornillos, trampas mortíferas para enemigos incautos. La comunicación con la ciudad se aseguraba por una caponera, una simple trinchera con parapeto, excavada entre la rampa de acceso al fuerte y el primer foso de la calzada de la Media Luna (fig.29). Es que Arévalo, como sus predecesores, debía responder por los haberes del monarca y sus estimativos y gastos se sometían a minucioso escrutinio. Ningún ingeniero colocaba una piedra o le hacía una venia a la estética sin producir un informe; su obligación era proteger, al menor costo posible.
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Fig. 29. Planta de San Felipe de Barajas en 1763, después de las ampliaciones iniciadas por Antonio de Arévalo un año antes, frente a una nueva amenaza inglesa. La construcción cubre ahora todo el cerro de San Lázaro, con el fuerte original de 1657 en la cúspide. La rampa y la caponera hacia la Media Luna eran la única comunicación con la ciudad. |
Aunque las pragmáticas soluciones de Arévalo a los problemas planteados por la existencia misma del cerro de San Lázaro inspiraron siempre respeto -San Felipe nunca mas volvió a ser atacado- no todos los expertos estuvieron de acuerdo sobre su valor militar. Su traza no correspondía a la geometría clásica que enseñaban los manuales de ingeniería y mas de un superior de Arévalo propuso seriamente, o arrasarlo a lomo de burro, borrando fuerte y cerro del panorama cartagenero, o construir sobre el actual un nuevo fuerte, mas acorde con las nociones clásicas de la arquitectura militar de la época. Afortunadamente, a San Felipe lo salvo el presupuesto; nunca fue posible justificar ante el virrey, en Santa Fe, y la Junta de Fortificación y Defensa de Indias, en España, el enorme costo de tales propuestas, y el fuerte sobrevivió en burocrática tranquilidad.
Años mas tarde, obsoleto ya, sin utilidad militar alguna, casi desaparece convertido en cantera y cubierto de malezas. Menos mal que la actividad edilicia cartagenera no fue intensa hasta bien entrado este siglo. Ello le permitió a la Sociedad de Mejoras Públicas encargar, a partir de 1928, la restauración, casi puede decirse reconstrucción, de San Felipe de Barajas a ese ignorado apóstol de las fortificaciones, Carlos Crismatt Es a el, a quien debemos, en treinta y cinco años de tesonera e inteligente labor, la recuperación de la fisonomía del fuerte que hoy se yergue ante nuestros ojos, fiel reflejo de todo su esplendor del ideado por Antonio de Arévalo hace mas de doscientos años.

















