Nada de raro tendría que de tales motivos o que de alguno de ellos solamente naciera la laxitud. El hecho es que tal estado de ánimo trascendió hasta el ilustre Cabildo de Santafé y que sus ediles, apreciadores de la enorme importancia del libro, resolvieron elevar una representación al Rey por medio de la cual impetraban de su graciosa Majestad la expedición de una orden o mandato que obligara al fiel vasallo a proseguir con la labor emprendida. Hé aquí el curioso documento, por cierto muy honroso para el autor de las Genealogías:
"Esta ciudad tiene ya informado a Su Majestad, en carta del año de 1650 (por haber ocurrido materia para ello), del buen proceder de don Juan Flórez de Ocáriz, Escribano de Cámara más antiguo de su Real Chancillería; y ahora lo repite por la atención e igual ánimo con que se porta y lo ha continuado, sin faltar a la obligación de sus oficios y de su noble sangre, como persona que en el servicio de vuestra Majestad ha obrado y obra en todo con nuevos créditos y mayor vigilancia y puntualidad. Es muy inteligente, no sólo en su oficio sino en los negocios de gobierno; muy buen republicano; celoso de la paz común y con muchos hijos y familia y poco para su pasadía por ser el oficio de corto aprovechamiento; y además de acudir a sus despachos donde tiene, continuamente, ocupado el tiempo, está entendiendo en una obra para dar a la estampa, útil, y en beneficio de las familias desta República y Reyno; con que ha dado más motivos a este Cabildo para representar a vuestra Majestad sus buenas prendas, y suplicar le haga la merced que fuere servido y, juntamente, mandar concluya la obra referida, que se tiene por muy esencial y necesaria en esta tierra. Guarde Dios la Cathólica y Real Persona de Su Majestad como la Cristiandad ha menester. Santafé y abril dos de mil seiscientos sesenta y dos años. Francisco Ruiz Galeano, Alcalde más antiguo; don Antonio de Vergara y Azcárate, Juan Chacón, Josef de Rojas, don Diego de Lugo, Antonio González, Diego Florido Tirado, Francisco de Urretabizque.-Por mandado de Su Majestad, en Santafé, Diego de Agudelo Arias, Escribano".
Su Majestad, enternecida ante la elocuente representación del Cabildo santafereño, no tan sólo atendió a su solicitud, pero la mejoró en cinco y raya cuando ordenó en su Real Cédula de respuesta que el meritorio Escribano, ultra de quedar obligado a seguir avante con las genealogías, debía también escribir la historia del Nuevo Reino... ¡Bendigamos en esta ocasión al Rey de las Españas y de estas Indias del Mar Océano, porque tal exigencia, a no dudarlo, fue el pábulo para que el obediente súbdito añadiera a sus intrincadas disquisiciones genealógicas el famoso Preludio que ilustra y avalora en grado máximo su libro sin rival!
Y, brillante efecto: diez años después, de haberse expedido la dichosa Real Cédula, o sea en el año de gracia de 1672, hallábanse aparejados para entrar a las prensas los dos primeros tomos de las Genealogías, según se desprende del informe fechado en Santafé el 27 de agosto de dicho año, y signado por don Luis de Berrío y don Francisco de Colmenares, y en el cual, a vuelta de dar concepto muy favorable sobre el trabajo, dicen los informantes que la obra había sido escrita "a instancia del Cabildo de esta ciudad de Santafé". Por donde se ve el alto espíritu cultural y patriótico que había venido dominando, en aquellos lejanos tiempos, en ese cuerpo colegiado.
En julio de 1673 estaban los dos tomos en Madrid listos para imprimirse y, obtenidas las licencias oficiales de rigor, la última de las cuales fue expedida en enero de 1674, entró el manuscrito a los talleres de José Fernández Buendía, donde se dieron tan buena maña, que el tomo primero vio la luz en ese mismo año de setenta y cuatro. Dos años después salía el segundo tomo.
Dada la grosedad de estos volúmenes y el alto costo editorial en aquellos siglos, es de suponer que el desembolso rebasaba las modestas capacidades económicas de Ocáriz. Aceptado lo cual, y visto el interés que desplegó el Cabildo en la realización de la empresa, no sería descaminado pensar que los ediles decretarían quizá algún auxilio monetario que viniera a robustecer las héticas posibilidades del autor. Igualmente inferimos que el Ilustrísimo señor Melchor de Liñán y Cisneros, Presidente y Capitán General del Nuevo Reino de Granada, fuera también mecenas de la obra, según se desprende de la dedicatoria que lleva el libro traducida en un acróstico que se desarrolla en el siguiente descomulgado soneto:
L ey es de la razón buscar amparo
I ncontrastable, a cuanto e publica
N ivelando la acción, que se dedica
A apoyo grande, para gran reparo.
N ada se libra del contagio avaro
I ndicioso desmán que perjudica
C on que aun lo más selecto se sindica
I más lo que ha corrido sin amparo.
S i yo recurriera a tal patrón
N i dijera le dio a esta obra la vida,
E stuviera ofuscada la razón.
R ecurro a su grandeza conocida
O (puesta a calumniosa sinrazón)
S atisfaciendo así deuda debida.
¡Apága y vámonos, hermano Apolo!...
Dejemos a un lado estas disquisiciones poético-económicas y
volvamos al meollo.
El título esencial del trabajo es el de Libro de las Genealogías del Nuevo Reino de Granada. Su primer volumen consta de 492 páginas en folio, de las cuales dedica las primeras 58 a una erudita disertación heráldica; apecha luégo con el famoso Preludio historial que lleva hasta el folio 274 y que, sin discusión alguna, es la parte más valiosa de toda la obra.
Arrancá el tan celebrado estudio con los datos generales sobre las primeras y más notables exploraciones y conquistas de nuestro territorio hasta traer las mesnadas de los tres conquistadores a la sabana de Bogotá; luégo entra con la serie de los Catálogos, y aquí es en donde luce el diligente Escribano sus grandes dotes de investigador, de constructor de un edificio qua, al golpe de largas y laboriosas rebuscas en los archivos del Nuevo Reino, logró levantar airosamente desde sus más profundos cimientos.
Allí las nóminas de los conquistadores que subieron a estas alturas bajo los gonfalones de los tres conocidos capitanes, y quienes, cual nuevos, pero enrevesados tres reyes magos, llegaron al portal de Bogotá a llevarse, que no a traer, el oro, el incienso y la mirra de los ingenuos zípas y de los zaques incautos. Nóminas éstas que, si defectuosas, son las mejores y más completas que se han compuesto y, en todo caso, superiores a las que trabajaron Rodríguez Freile y Simón. A estas nóminas suma el genealogista las de los mílites de Lebrón y de Lugo, en lo relacionado con aquellos soldados que se establecieron en este Nuevo Reino. Todas estas listas vienen esmaltadas con muchos datos biográficos, referentes a una gran cantidad de los capitanes y soldados en ellas citados.
Continúa el infatigable cronista con el catálogo de los Presidentes, Oidores y Fiscales de la Real Audiencia, acarreando muy puntuales datos sobre la vida y milagros de todos esos personajes. Monografía de inestimable valor, porque a su sombra quedan consignados en jugoso relieve los anales políticos y administrativos de nuestra patria durante los primeros ciento veinte años de su existencia como entidad civil, vale decir, desde el año de 1550, en el cual se estableció la Real Audiencia, hasta el año de 1672, en que el señor Liñán aceptó el Arzobispado de Charcas.
Prosigue el Preludio con la condensada pero preciosa relación histórico-geográfica de todas las ciudades y villas del Nuevo Reino en ese entonces existentes, estudio cuajado de valiosísimas noticias de primera mano sobre tan importante materia. Tras de este catálogo viene el de nuestros Arzobispos y Obispos, amén del de los Canónigos y de otras dignidades metropolitanas, capítulo de historia religiosa que compite en valor y en laboriosidad con el ya mencionado dé los gobernantes civiles.
Por último, y para no extendernos demasiado, enunciaremos apenas los temas de los subsiguientes catálogos, ya que sus títulos darán la idea necesaria para comprender cuánta es su importancia y cuánto su aquilatado valor:
Catálogo de los curas de las cuatro parroquias de Santafé, provinciales y priores de las órdenes religiosas del Nuevo Reino y de los conventos de Santafé, con la historia de la fundación de muchos de ellos; reseña histórica sobre los hospitales, casas de expósitos, colegio de indios y Colegios del Rosario, San Bartolomé y Santo Tomás; relación de las capellanías existentes en Santafé y narración histórica sobre las imágenes famosas de la Virgen existentes en todas las ciudades y villas del Nuevo Reino, más las reliquias de santos mártires que se veneraban en sus iglesias; vidas de sacerdotes y de conventuales ejemplares, de beatas famosas y de personas seglares virtuosas; catálogo circunstanciado de todos los Gobernadores de las distintas Provincias en que estaba dividido el Reino; id. de Corregidores; id. de Alcaldes, Procuradores, Generales y Mayordomos de Santafé; id. de Alcaldes de la Santa Hermandad; y, finalmente, catálogo de sujetos naturales del Nuevo Reino de Granada, notables por sus luces o por sus hechos, estudio inapreciable para nuestra historia literaria, civil o militar, con el cual da gallardísimo remate al extenso Preludio de su obra.
Terminado este trabajo, que constituye uno de los mejores monumentos levantados a la más remota historia de la Colombia colonial, entra el autor en pleno goce de su inigualada pasión por las genealogías, y entonces surge en la mente del lector la más ferviente admiración hacia este cerebro privilegiado, no hallando qué encarecer más en él: si la erudición, si la paciencia, si el método, si la minuciosidad, o bien la laboriosidad o aquella prodigiosa facultad de tejer y entretejer linajes sin enredar jamás el hilo de sus complicadísimos e intrincados hilvanes genealógicos!
En el primer tomo nos regala 271 folios que contienen los árboles relativos a Jiménez de Quesada, Galeano y Suárez Rendón, los ilustres fundadores de las tres primeras ciudades levantadas en estas tierras del altiplano. En el segundo, que cuenta 500 folios, desarrolla los árboles de cuarenta conquistadores notables, tejiendo con sin igual maestría así las líneas ascendentes, en las cuales remonta sus lucubraciones a los lejanos siglos de los anales españoles (y aun del mundo romano) como también las descendentes, enriquecidas con todas sus concomitancias colaterales, de donde resulta que cada árbol, además de la línea directa de varón que desarrolla firme y certera, presenta una jugosa ramazón proveniente de enlaces de sangre, a cuya sombra van surgiendo nombres y más nombres de otras ilustres familias que se fueron fundiendo con los descendientes de la troncal que gobierna el árbol, presentándose así, en cada uno de esos árboles, el más sustancioso mosaico genealógico y biográfico de conquistadores y de personajes que brillaron en el Nuevo Reino en aquellas edades. De manera que cada árbol resulta, en línea general, el más rico conglomerado biográfico que pudieran desear los más eruditos y avezados investigadores en estas materias. ¿Sería la intención de Ocáriz estudiar en su obra las descendencias, ascendencias y entronques de todos los cuatrocientos y tantos capitanes y soldados conquistadores que subieron hasta estas alturas en el año de 1539? Tal lo parece, ya que el título de la obra así lo indica o hace pensar, puesto que se refiere, en lo general, a genealogías del Nuevo Reino; sentado lo cual decimos que el mero proyecto, la mera intención de acometer tan magna. obra, pone pasmo en el espíritu y temblor en la pluma mejor templada para esta clase de labores. Y tan cierta y positiva era su idea que, en prosecución de ella, alcanzó nuestro amigo a terminar un tercer tomo, que a mediados del siglo pasado encontrábase manuscrito en poder de don José María Quijano Otero, tomo que pasó a los ricos fondos de nuestra Biblioteca Nacional junto con las demás obras que compró el Gobierno a los descendientes del benemérito historiador. Este tomo, que sepamos, contenía, entre otras, las genealogías de Sebastián de Beralcázar y de Pedro del Acebo Sotelo, Secretario de Quesada. El manuscrito pasó inadvertido en los anaqueles de nuestra Biblioteca durante unos cuantos años, y hay noticias ciertas de que, hasta los dos primeros lustros del presente siglo, aún se conservaba. En 1913, año en que lo averiguamos, ya estaba perdido y nada se ha vuelto a saber de él.
En 1935 tuvimos noticia positiva sobre una copia de él que paraba en manos del ilustrado caballero y devoto estudioso de nuestra historia, don Alfredo Ramos Urdaneta, quien, dado su reconocido patriotismo, habrá sabido conservarlo. Se nos dice también que otra copia se halla en poder de los herederos de don Miguel Antonio Caro. Pueda ser, y así lo anhelamos, que algún día logre el Gobierno o quizá nuestra Academia adquirir alguna de esas copias para publicarlas en mejor ocasión...
Y ahora que tratamos de publicaciones, es el momento de recordar que los dos tomos impresos de las Genealogías se han convertido en una de las rarezas bibliográficas más exquisitas, no digamos de nuestra propia bibliografía, sino aun de la bibliografía universal. Los contados ejemplares que de ellos existen hállanse encarcelados en ciertas famosas bibliotecas o en manos de algún dichoso bibliófilo o bibliómano, y cada día que pasa se siente aún más la ausencia de una obra de consulta tan necesaria para los historiadores. Nuestra Academia posee solamente el tomo I , y en la Biblioteca Nacional se guardan los dos volúmenes y un duplicado del segundo. Labor en extremo laudatoria haría la Academia si impulsara la reimpresión del libro, y si ello se dificultare, propender al menos para la reimpresión del Preludio, cuyos capítulos llenarían perfectamente un volumen de nuestra ya famosa Biblioteca de Historia Nacional. Con ello se prestaría a las patrias letras un servicio positivo y a los amantes de nuestra historia la posibilidad de aprovechar un libro que, dada st rareza, puede considerarse cual si estuviera inédito.
Escritores como don Joaquín Acosta y don José María Vergara y Vergara, al ocuparse de la obra de Ocáriz reconocen los méritos indiscutibles del Preludio, pero en cambie juzgan con frialdad la parte relativa a los árboles genealógicos, considerándola poco menos que inútil. No compartimos en manera alguna esa crítica que pudiérase calificar de ligera.
Porque en primer lugar, los estudios genealógicos recrean el espíritu, engrandecen el alma, retemplan el acero del carácter y ennoblecen la vida. La genealogía es espejo en donde se miran las descendencias así para procurar la conservación de las virtudes de la estirpe como también para procurar robustecerlas con nuevos ejemplos que vengan a vigorizar y a glorificar aún más aquel árbol cuyo tronco sirve de pedestal a la familia, al hogar. ¿En la vida cotidiana no tropezamos con millares de personas que se enorgullecen de ser hijos, nietos, biznietos, hermanos, primos, sobrinos, etc., de individuos que brillaron en las letras, artes, armas, política, ciencias, etc.? Este caso, que vemos a diario, indica que todo ciudadano que tenga siquiera un leve sentimiento de propia estimación, es un genealogista en potencia, y un prosélito instintivo de tan noble ciencia; de donde se saca que, quienes como Ocáriz dedicaron sus desvelos a tan laboriosos estudios, en lugar de labor inútil realizaron obra muy meritoria y muy precisa para los miles de descendientes de tántos y tántos nombres que pululan en la trabazón de sus verdes árboles.
En segundo lugar, porque descontando el interés y estímulo de los descendientes de los genealogiados, queda en pie la enorme utilidad que derivan de tales estudios los simples investigadores de nuestra historia, como que la genealogía es cantera preciosa de la cual se pueden extraer infinidad de datos útiles a la importantísima rama de la biografía. El mismo Vergara, que dispensa a Ocáriz en este ramo una despectiva sonrisa, utilizó la obra del Escribano a más y mejor en su Historia de la Literatura en la Nueva Granada. Aún más: si tan benemérito escritor no hubiera contado con el jugoso venero de las Genealogías, nos habría dado un estudio muy pobre y muy menguado con relación a las vidas y obras de escritores que florecieron en este Nuevo Reino en las edades cobijadas por el ramaje de la arboleda que con tánta curia y tánta paciencia levantó la diestra pluma del escritor cuya memoria hoy elogiamos.
Además de su obra maestra, nos legó don Juan Flórez de Ocáriz otra de no menor importancia, como aquella que rotuló Tratado de las Encomiendas del Nuevo Reino de Granada, en la cual nos dejó la historia de la creación y evolución sucesora de todas las encomiendas que se titularon en nuestra patria desde su origen hasta el año de 1670. En ella se sigue la trayectoria legal, etapa por etapa, de cada titulación, trayendo a cuento los cambios de encomenderos, fechas de los nuevos títulos y otros detalles ilustrativos pertinentes al caso. El manuscrito lo vio el insigne historiador de Cartagena don Francisco Escudero en poder de uno de los descendientes de Ocáriz, y de él extractó muchos datos para escribir su estudio sobre las encomiendas de la Provincia de Cartagena. Y comoquiera que el señor Escudero visitó a Santafé hacia el año de 1770, tenemos que para esa época aún se conservaba tan curioso trabajo. Ojalá que cualquier día aparezca y podamos así gozar de las interesantes noticias que él encierra en un ramo tan importante y tan desconocido en nuestras historias.
Cabe también recordar otro libro de no menor fuste que el anterior, cual fue el llamado de la Recopilación de las Ordenanzas, Reales Cédulas y Autos de buen gobierno correspondientes a la Real Audiencia de Santafé, trabajo hecho en dos volúmenes y que, habiendo merecido la más calurosa acogida de parte de don Diego de Egues y Beaumont, Presidente del Nuevo Reino, y de los Oidores de la Real Audiencia, fue enviado para su revisión al Consejo de Indias, habiendo sido aprobado por tan alto tribunal. Esta obra, sin duda preciosísima, como vademécum en materias legales, y más preciosa, si se quiere, por su intrínseco valor historial, parece que se halla también perdida.
Según se echa de ver, la labor de don Juan Flórez de Ocáriz fue en extremo fecunda, y sobre fecunda, útil y benéfica en grado sumo para la patria. Labor realizada conscientemente, devotamente y que por desgracia hoy se halla poco menos que perdida, porque una buena parte de ella no fue publicada y porque nuestra incuria la ha dejado extraviar, porque la parte publicada no se consigue, no se puede consultar, no se puede disfrutar fácilmente.
Y así, entregado a sus arduas disciplinas históricas, q barajaba con sus labores chancillerescas, se fue deslizando apacible y sosegada vida de nuestro héroe, en medio de cristiano hogar; y los años fueron labrando aquella naturaleza hasta que sobrevino el de 1692, cuando viéndose don Juan en la cumbre de los ochenta de su edad, y sintiéndose quizá con aquellas ansias de la muerte que acongojaban a Cervantes, decidió extender su testamento y últimas voluntades, cual cumplió ante el Escribano Real Juan de Escobar, a h diez y ocho días del mes de julio del ya citado año de gracia del 92 1.
Por esta larga pieza, que fue descubierta y publicada por nuestro querido colega don Enrique Ortega Ricaurte, admiramos de cuerpo presente la figura moral y material de nunca bien alabado autor de las Genealogías. En aquella cláusulas y disposiciones comprendemos mejor su carácter comprendemos mejor su espíritu, que se dibuja diáfanamente como al través de un claro cristal. Más que testamento es un autobiografía en la cual podemos seguir todos los vaivenes de la vida del testador, quien, así como gozó de satisfacciones padeció también de amarguras y tristezas y desengaños, balance fatal que pesa sobre todos los vivientes de esta flaca humanidad... Posiblemente en ese mismo año rindió el viejo Escribano su alma al Señor, porque es el hecho que ya para el año siguiente se liquidaba su mortuoria.
Pero si la muerte redujo a la nada la figura del buen hidalgo, en cambio ella no pudo acabar con su memoria, y a cerrarse la tumba se abrió la cuna de la inmortalidad de aquel espíritu genial; porque el recuerdo jamás abandona al nombre que da lo mejor de su cerebro y lo más precioso de su tiempo a las expansiones del pensamiento. Pereció la memoria de miles y miles de contemporáneos de Juan Flórez de Ocáriz que en aquellos lejanos tiempos brillaron por sus posiciones oficiales, por sus riquezas, por su vida social, por sus faenas en las armas, etc. Hoy de muchos de esos nombres (cuya suerte envidiaría en ocasiones el mismo Ocáriz) apenas si resta alguna borrosa huella, cuando no el olvido total. ¡En cambio, el nombre de Juan Flórez de Ocáriz, que ocupara un lugar tan opaco al lado de esos personajes y de esos magnates, brilla y explende con propia y radiante luz en el cielo de nuestra patria y en el libro de oro de nuestra literatura!
Enrique Otero D'Costa
1 |
La muerte de Flórez de Ocáriz debió acaecer en los primeros
días del mes de agosto de 1692, pues existe en el Archivo Histórico
Nacional el siguiente documento, digno de tenerse en
consideración:"Recibí del señor Contador don Joseph Flórez de Acuña
cinco patacones del ataúd que sirvió al señor Secretario don Juan
Flórez de Ocáriz. Santafé, agosto 14 de 1692.-Mateo de
Céspedes."
|
