IXXX-Beatas de Santo Domingo y de Santa Catalina de Sena


1.-En el número 234, parágrafo 2, se hizo mención de Santa Catalina de Jesús Nazareno, con que excusando la repetición se advierte aquí que allí se hallará.

2.-Sor María del Rosario fue beata profesa en la ciudad de Cartagena de las Indias, y los principales ejercicios de su vida, en su mayor edad, de que hay memoria, fueron oración y actos de caridad, perseverante y fervorosa; gastaba la mayor parte de la mañana oyendo misas y de las tardes orando en la iglesia, muchas veces hasta las siete de la noche, que el cerrar el templo la sacaba; y quien la veía la juzgaba más estatua insensible que mujer viviente, puesta de rodillas, las manos levantadas con el rosario, los ojos fijos en el altar y elevado el espíritu sin perturbarla los ruidos y exterioridades.

Sucedióle, estando con salud, que saliendo de su casa para ir a la iglesia de Santo Domingo a su acostumbrado empleo de oración, la encontró en la calle un furioso toro que la acometió cogiéndola en las astas sin que nadie la pudiese favorecer, pero lo que pudo serle de ofensa le sirvió de triunfante carro discurriendo por algunas calles hacia la marina, de donde revolvió a la iglesia y a sus puertas, o (como otros dicen) a la peaña del altar de la Madre de Dios, la puso libre de daño. Fue tan heroica en la caridad (con ser tan pobre que nada tenía propio), que socorría abundantemente a los pobres, sustentando treinta y tres familias necesitadas (que parece casi imposible en Cartagena por la carestía de los mantenimientos) sin faltar a los mendicantes, como si tuviera grandes riquezas; es grande el tesoro de Dios, de donde lo sacaba. Premióla Su Divina Majestad aun en esta vida conservándosela para distribuir limosnas en su última y dilatada enfermedad que le imposibilitó totalmente hasta el moverse en la tarima dura que era su cama regalada que ni para recibir medicamentos, ni el sustento se podía ayudar, y se le administraban por mano ajena; solamente a la hora del mediodía se hallaba sin este afán, levantándose como si estuviera sana, sobre unos pantuflos altos que usaba y despendía en los pobres por su mano la limosna que Dios le había enviado por medio de sus devotos, y acabado esto se volvía a la cama tan imposibilitada como antes, con admiración y espanto de los que la asistían.

Llegó el término al fin y con todos los Sacramentos y serenidad entregó su espíritu a su Criador. (Dícese que por el año de 1620, poco más o menos).

Divulgóse luégo su muerte por toda la ciudad y sin convidar al clero, gobernador y republicanos, asistieron a su entierro que, como a religiosa, le había de hacer la religión Guzmana, y al sepultar el cuerpo fue general en sentimiento desde el mayor al menor; a porfía hombres y mujeres rindieron veneraciones y le tocaron sus rosarios con comunes lágrimas, justas cuando con la muerte se nos ausentan los amigos de Dios. Fue su entierro en el convento dominicano y la asistió el pueblo muchos años, ofreciéndole guirnaldas y flores; y en los dos primeros fueron tan continuas y grandes las lluvias en Cartagena, que siete días sucesivos en el mes de noviembre, que se receló inundación y se anegaron los edificios bajos y las iglesias profundándose los suelos (por robar el agua la tierra) tres cuartas de vara de medir, y solamente la sepultura de sor María del Rosario quedó en su ser, elevada de las demás por singular maravilla.

3.-Sor Ana María de San José fue hija de Pedro Gómez de Miranda, y su madrastra doña Catalina Romero de Saavedra la casó en la ciudad de Santafé el año de 1620 con Eugenio Bajas Pérez de Páramo, natural de la villa de Fuensalida, cinco leguas de la ciudad de Toledo, que había sido casado en su patria con Marina de Palacios, en quien tuvo el año de 1615 una hija, María; ella lo era de Juan de Mesegar y de María de Palacios, su mujer, y nieta de Francisco de Mesegar y de su mujer Francisca Sánchez y de Pedro García Lobo y Brígida de Palacios, su consorte; y él era, cuando casó la segunda vez, de edad de cuarenta y cuatro años, de mediana estatura y buen rostro, hijo legítimo de Juan Bajas y de Antonia Pérez de Páramo y nieto de Alonso Bajas y de su mujer Ana Sánchez, y de Alonso Pérez y Catalina López, su mujer; todos cristianos viejos, limpios de mala raza y sin nota, según consta de testimonio de información hecha en Fuensalida el año de 1616, por el mes de agosto, ante Tomás Díaz Romero, alcalde ordinario, y Antonio de Herrera, escribano, y que había estado en Indias diez años antes, y se hallaba en su patria para volver a ellas con su primera mujer y hija; y de su segundo matrimonio en Santafé tuvo tres hijos, que el mayor y el menor (que quedó póstumo) murieron niños y sólo permaneció el otro que es el maestro fray José de Miranda, religioso de predicadores desde el año de 1638; profeso desde el de 1639 y el padre murió ahogado en un pantano, junto al pueblo de indios de la Serrezuela, del distrito de la ciudad de Santafé, cuya pérdida y trabajo sufrido de la mujer con resignación en Dios, le dio después motivo para recebir hábito y profesión de beata de Santa Catalina de Sena, guardando su regla hasta su muerte, que fue de mediado el día seis de junio de 1657, como en edad de sesenta años; y la mañana siguiente la sepultaron en la capilla mayor del convento de Santo Domingo.

Su vida fue muy recogida y de edificación, conservando la rectitud del instinto religioso (aunque quedó enferma de pasmo desde su segundo parto) y con gran frecuencia de los Sacramentos y del sacrificio de la misa, y no menor de la oración mental, muy limosnera, socorriendo necesidades ocultas, y tan modesta, que causaba compostura el verla.

Pedro Gómez de Miranda era natural de la villa de Zafra y de origen portugués, hijo legítimo de Hernando López de Miranda y de Blanca Alvarez, cristianos viejos, limpios de toda mala raza y mácula, como parece por testimonio de información que hizo en su patria por fin del año de 1588 ante Juan de Aguilar, alcalde ordinario, y Alfonso Esteban, escribano, con señas de ser delgado, alto de cuerpo, barbitaheño y con una señal de herida sobre el ojo derecho, y por de edad de cuarenta y cuatro años; pasó a Indias, y provincial de las Charcas, con licencia del rey en busca de su hermano Diego López de Miranda, que estaba muy rico; y después bajó al Nuevo Reino de Granada, y su mujer doña Catalina Romero de Saavedra fue natural de la ciudad de Sevilla (hija legítima de Alonso Ruiz Tamaris y de Leonor de Saavedra) y casó de primer matrimonio en Carmona con Juan Cerón de Alamilla, sin tener hijos ni de don Pedro Gómez de Miranda, con quien estuvo casada veintiocho años y en el de 1621 murió.

Era su sobrina María Magdalena de Jesús, beata del Carmen, como se hallará en el número . ... a quien crió, y a la Ana María de San José y a Juana de Jesús; y por el logro de la crianza se puede colegir cual sería quien las doctrinó. La Juana de Jesús era natural de la ciudad de Pamplona de el Nuevo Reino de Granada, y por lo materno del linaje y apellido de los Bastos de aquella ciudad; y por lo paterno vascongada; trajéronla pequeña sus padres a la ciudad de Santafé, viniendo a un pleito, en cuya prosecución murieron, dejándola desamparada, y como a tal la recogió la doña Catalina Romero de Saavedra y la instruyó en buenas costumbres; tomó el hábito y profesión de beata dominica y fue de grande oración vocal en que se ocupaba desde las dos de la madrugada hasta el amanecer, continuándola entre día mientras ejercitaba ministerios caseros, y de su ordinario y incesante obrar, por ser gran trabajadora de que resultaba el sustento de toda la familia. Era abstinente en el comer, negándose del todo a comidas de carne, de manera que casi eran ayunos de pan y agua sin los especiales que hacía. Usó por cilicio una cadena de hierro, y según se presume, por consejo de su confesor se la quitó continuando en su lugar un sayo de cerdas punzantes (que fue de la Madre María Magdalena de Jesús) conociéndola muy limosnera, y conservó íntegra su virginidad, y murió miércoles 7 de febrero de 1657, y está enterrada en el convento de Santo Domingo de Santafé

4.-En esta ciudad nació, vivió y murió Isabel de San José (hija legítima de Francisco Navarro y de Francisca de Ledesma); fue en su mocedad bizarra en galas, bien vista y divertida por tener muy buen parecer. Casó con el capitán don Alonso de Espinosa Saravia y enviudó sin haber tenido sucesión y con desengaño de la vanidad del mundo, por habérsele pasado los dos primeros tercios de su edad; recibió el hábito de beata dominica y profesó mejorándose cada día en la virtud y frecuencia de sacramentos, de tal modo que recibía la comunión todos los días sin perder en ninguno misa, permitiéndolo su salud, de que padeció falta (a veces con rigor y cama y otras con alivio y en pie) algunos años antes de su muerte que fue día de Nuestra Señora de las Nieves, a la madrugada, cinco de agosto de 1660, y en el mesmo la enterraron en la capilla mayor del convento de predicadores. Túvose por señal de su obediencia que estando dos días antes en mucho aprieto de su enfermedad y casi como expirando, asistiéndola otra beata más antigua, sor Margarita de Penagos, por quien corría el cuidado de la comida para la religión de Santo Domingo en el día de su fiesta, porque no le fuese estorbo le dijo, que por obediencia le mandaba no muriese hasta pasar la festividad de su santo padre y parece lo observó, pues se estuvo en aquel ser el mismo día, y el de cuatro de agosto, expirando al principio del siguiente. Había en su vida casado una entenada desapropiándose de su hacienda, y en su muerte le dejó lo más della, porque el ordinario trabajo de su casa para adquirir el sustento dio para lo uno y otro; dispuso capellanía de una misa cantada que se celebra los días de San Bartolomé en el altar de la Madre de Dios del Rosario, donde se pone un pequeño cuadro del santo que debía de ser de su devoción, y otras misas en otros días, sin las demás obras buenas que ordenó.

5.-Sor Margarita de Penagos fue natural de la ciudad de Santafé, hija legítima de Juan de Soto Collantes y de Isabel de Penagos, hija natural de Francisco, que lo fue de un cacique de Popayán, en quien la hubo Juan de Penagos, caballero hijosdalgo natural de la villa de Santander, señor del lugar de Estaños, hijo legítimo de Pedro de Penagos y de Leonor Sánchez de Cos, como se dice en el árbol del mesmo Juan de Penagos, en el número 1.

Permaneció la madre Margarita en estado de doncella y en su mocedad usó de afeites y galas hasta que advertida que semejantes cosas podían perderla, les dio de mano y se acogió al hábito de beata del glorioso patriarca Santo Domingo, de quien fue devotísima y fervorosa sirviente y de su iglesia, sacristía y religiosos, ejercitando ardiente caridad con ellos y en común con enfermos y difuntos de todos estados, a los unos en la enfermedad, asistiéndolos y administrándoles los medicamentos y regalos con amor y perseverancia, y a los otros en amortajarlos, velándolos y acudiendo a sus entierros y honras. Tenía sinceridad de ánimo y con fervor devoto a veces imprudencias (porque no todos los dones se juntan en un sujeto) y sin faltar a su estado era conversable y entretenida, muy oficiosa y única en curiosidades de conservas y guisos y muy limosnera; y con ser pobre (a fuerza de diligente solicitud), remediaba muchas necesidades, profesando en sí pobreza con tanta rectitud, que sólo lo que se le daba de limosna vestía, y aun esto con moderación, teniéndola mayor en su comer; dormía vestida y con su hábito. Solemnizaba todos los años el día y fiesta de Santo Domingo Soriano, juntando entre devotos para el gasto y las del Santísimo Sacramento del Altar, y en sus procesiones iba echando perfumes.

Anunció su muerte despidiéndose de algunas personas de su conciencia y se dispuso a morir con toda providencia para su alma; distribuyó de su mano entre quien la asistía las pocas alhajas y libros de devoción que tuvo y se hizo olear con tiempo, y para ello bajarse de la cama al suelo en donde murió, jueves, a las nueve de la noche, 27 de enero de 1661, y está enterrada en la capilla de Nuestra Señora del Rosario en sepultura de su abuelo, junto a las barandillas del altar principal y de su bóveda hacia el nicho de San Miguel.

A los nueve meses cabales de su muerte se hubo de enterrar un niño, su sobrino, en la mesma sepoltura, y abriéndola se halló el cuerpo entero y como cuando le enterraron, sólo roto un lado de la toca (que pudo ser de algún azadonazo) y descosido un zapato, descubriendo el pie muy blanco y sin secar, como también las manos y el rostro, siendo en vida trigueño), de suerte que ni aun en la corpulencia del cuerpo no se había minorado ni consumido, y la volvieron al mismo lugar. Era apersonada, carillena, las mejillas altas, nariz corva y pequeña, boca grande y en el todo ni hermosa ni abominable de fea y de edad de más sesenta años. Atribúyese su enteresa a privilegio de la virginidad.

6.-Sor Bárbara Suárez, beata profesa de Santo Domingo, fue natural de la ciudad de Santafé, hija legítima de Alonso Martínez de Oviedo y de Isabel Juárez, como se dice en el árbol de Domingo de Guevara, en el número 7. Casó con Pedro de Luque, de quien tuvo hijos, y pasados algunos años de viuda, en los últimos de su edad, con repugnancia de su yerno el Gobernador Fernando Lozano Infante Paniagua, se vistió el religioso hábito. Era muy ajustada en vida y recogimiento, continua en oír misas y rezar y en comuniones. Sufrió con tolerancia algunos trabajos que tuvo y fue muy bien parecida y aun hermosa, y entrada en carnes.

Murió a 5 de mayo de 1659; enterráronla el día siguiente en el convento de Santo Domingo, en la capilla de San Andrés, propia de sus padres; y en 4 del mismo mes y año habían enterrado una nieta doncella; y a 12 y 25 la mujer de Fernando Lozano Infante Paniagua, doña Ursula de Luque, y su hijo mayor fraile profeso que siendo estudiante seglar cegó de madrugar al estudio y de escrúpulos de conciencia perdió el juicio casi. en su niñez; y todo este estrago y más en la familia hizo la enfermedad de tabardillo que se apoderó desta casa dejando sólo a doña Josefa Paniagua, mujer de don Francisco de Chaguren y Murga, que a breve tiempo quedó viuda sin hijos.

7.-Agustina de San Pablo fue una de los once hijos que tuvieron Juan Pérez de Vargas, natural de la Fuente del Maestre, en Extremadura (hijo legítimo de Gonzalo Pérez de Vargas y de doña María Diosdado), y de Francisca de Rosales, hija legítima de Rodrigo Caro y de Damiana de Rosales; llamóse Agustina de Meneses y casó el año de 1614 con Ciprián de Avalos, encomendero de Tambia, en el distrito de Nuestra Señora de Altagracia de los Sutagaos, (hijo legítimo del Capitán Juan Bautista Dávalos y de doña María del Campo), no tuvieron hijos, y viuda se hizo beata de Santa Catalina de Sena, procediendo con toda honestidad y recogimiento, atesorando virtudes, y acrisolada en trabajos y testimonios que padeció y se aclararon serlo; y habiendo nacido o bautizádose en la ciudad de Santafé en 11 de septiembre del año de 1592; murió miércoles 28 de julio de 1666 a las dos de la tarde, y a la noche la llevaron al convento de Santo Domingo y la enterraron la mañana siguiente como religiosa.

LAVS DEO

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