CAPITULO XI
Variedad de
armas de estas Naciones: destreza en manejarlas, su fábrica, y el
tambor raro, con que se convocan á la guerra.
§. II.
Sus caxas de guerra, fábrica y sonido.
Las caxas de guerra las labran con fuego y agua en el modo dicho, y el lustre exterior se lo dan á costa de tiempo, y con cascos de caracol; pero como se recatan para esta maniobra, nunca vi fabricar caxa alguna, y todas las que vi eran ya perfectamente concluidas. Ni hallo términos con que explicar su arquitectura, por ser maniobra tan extravagante, que sin verla, no se puede hacer cabal concepto de ella. Voy á explicarla como pudiere.
En las casas de los Caciques, y en lo mas des embarazado de ellas, hay fixados tres palos, que forman ni mas ni ménos que una horca: del atravesaño de encima, con dos bejucos de á quatro ó seis brazadas cada uno, está colgado el tambor por las dos extremidades, distante una media vara del suelo. La caxa es un tronco hueco de un dedo de casco, tan grueso, que dos hombres apénas le podrán abarcar, y de tres varas de largo, poco mas ó ménos: es entero por todo el circuito, y vaciado por las extremidades de cabo á cabo á fuerza de fuego y agua. En la parte superior le hacen sus claraboyas, al modo de las que acá tiene el harpa, y en medio le forman una media luna, como una boca, por donde la repercusion sale con mas fuerza: en la madera que hay en el centro de la media luna, se ha de dar el porrazo para que suene; pues en qualquiera otra parte que se dé so lo suena como quien da en una mesa, ó en una puerta: y aunque se aporree en el centro de la media luna, sino es con uno ó dos mazos, envueltos en una resma, que llaman currucay, no suena: y lo que es mas, aunque le den con dichos mazos, si abaxo en el centro de la caxa, en sitio perpendicularmente correspondiente á la media luna, no hay fixado con el betun que ellos llaman peramán, un guijarro de pedernal, que pese unas dos libras, tampoco suena. Puesto el pedernal en su lugar, tapan ajustadamente las dos bocas extremas de aquel disforme tronco hueco, y ésta es la última diligencia de la obra, que, como dixe, ha de estar pendiente en el ayre, de aquellos dos correosos sarmientos, que llaman bejucos; y si topa, ó en el suelo, ó en otra parte, tampoco da sonido alguno; y esta tropelía de requisitos, y en especial el del pedernal, que parece no ser del caso, es lo que me ha causado notable armonía, y creo la causará á todos.
Pues su ruido y eco formidable, ¿quién le podrá ponderar? Y ya ponderado, ¿quién en Europa lo querrá creer? El que no quisiere creerlo, no por esto incurrirá en pena ó multa alguna; y si le pica la curiosidad, con pasar al rio Orinoco, podrá salir de sus dudas: yo refiero ingénuamente lo que he visto y oido, y protesto, que es fiero y extravagante el ruido y estrépito de aquellas caxas; cuyo eco formidable, fomentado del eco con que responden los cerros los bosques, se percibe á quatro leguas de distancia; y nuestros Indios dicen, que las caxas de los Caverres, á quienes se atribuye la invencion, se perciben mas; ó porque les dan mejor temple, ó porque son mayores, ó porque es mas á propósito la madera: lo cierto es, que en el año de (1737, habiendo mil Caribes, y cinco Hereges, que los capitaneaban, asaltado la Mision de nuestra Señora de Los Angeles, al romper el dia, fuéron sentidos á tiempo, y tocando á rebato el Cacique Pecári con su caxa, al punto se oyó desde el Pueblo de San Ignacio, al de Santa Teresa, distantes quatro leguas; con el qual aviso, el Padre Ignacio Agustin de Salazár puso en cobro la gente de Santa Teresa, y se retiró al Castillo ó Fuerte de San Xavier, para guardar su vida; y los Indios del Pueblo asaltado, que estaban en sus pesquerías, á gran distancia, todos oyéron el toque del rebato, y los otros especiales toques, que durante el combate, (que desde el amanecer duró hasta las tres de la tarde , ó las quatro,) se tocáron incesantemente hasta que los Caribes, cargando con sesenta muertos de los suyos, y con mas de cien heridos, se retiráron vergonzosamente, sin haber de nuestra parte ni uno levemente herido; en que se vió el amparo de María Santísima y de San Francisco Xavier; y con los ecos de la pavorosa caxa se evitáron muchos daños, poniéndose en cobro los otros Pueblos, y las gentes, que fuera de ellos andaban dispersas. No se llevan á la guerra dichos tambores ó caxas; pero como se ve, aunque el combate sea á mucha distancia, se oyen, y sirven de aliento á los combatientes. Con el arbitrio de estas caxas, cuyo sonido pasa de Pueblo en Pueblo con gran brevedad, se han mantenido los Caverres firmes contra los asaltos de los Caribes, juntándose con gran presteza todos al aviso de las caxas, que al punto corre por todos sus Pueblos.
Ruego al erudito Lector trayga á su memoria la tan antigua como celebrada cornetilla de Alexandro Magno; con cuyo sonido y eco, quando convenia, llamaba á sus Gefes, que la oian á distancia de quatro leguas siendo así, que no era grande, ni de metal selecto, y todo su eco dependia de la singular hechura; puesto que muchas cosas, que parecen imposibles, suelen depender de un accidente muy corto. Llevan tambien á sus guerras tambores manuales, y hechos casi como los d Europa, que les sirven para sus bayles y dias de bebida general; en los quales usan tambien de variedad de flautas, como ya dexamos dicho en su lugar.
