CAPITULO XI
Variedad de
armas de estas Naciones: destreza en manejarlas, su fábrica, y el
tambor raro, con que se convocan á la guerra.
§. IV.
De sus embarcaciones: modelo y modo irregular de
fabricarlas.
Con fuego y agua, tiempo, flema y paciencia, reducen á candas ó á piraguas los troncos de los árboles, mas disformes de lo que puede pensar, el que solo tiene luz y noticia de los astilleros de Europa: de modo, que en una de aquellas piraguas, que en las costas de Cartagena y Santa Marta llaman seyvas, a mas de la carga ordinaria y bastimentos, se embarcan treinta Indios de guerra: da aquel mole es de una pieza, ménos las compuertas de popa y proa, que son añadidas; y hay muchas de una pieza, sin añadidura alguna. Para engolfarse mar adentro, como lo hacen con freqüencia, y para subir Orinoco arriba, en tiempo de olage, que son los cinco meses, desde Diciembre, hasta Abril, en que sopla indefectiblemente el viento oriental, que allí llaman briza, añaden á los costados de las piraguas, y al batidero de las olas, para que no entren adentro, una tabla por banda, corrida de popa á proa; y lo que hay mas que maravillar es, que en toda una piragua, y en toda una armada de cien piraguas, que se ven subir navegando á la vela, no se hallará un clavo, pues hasta las hembras y machos con que se gobierna y vira de una á otra banda el timon, son tambien de palo: ni se hallará una onza de estopa, ni de brea, ni de alquitrán, gastada en el calafate de las compuertas, ó de las tablas que añaden. Esto, como yo no lo quise, ni pude creer, hasta que lo vi y registré muy despacio pieza por pieza, y añadiendo muchas preguntas de que los Indios se reían mucho; lo dexo al juicio del curioso Lector, con la protesta de que no puedo enojarme, sino se cree aquello mismo que yo no creí, hasta que lo vi, toqué y palpé con mis manos. Con esta experiencia, y á ojos vistas, todo se me hacia factible, ménos el calafate, sin estopa, brea ni alquitrán; y aunque lo estaba viendo, no creía que pudiese aquel buque resistir al golpe continuo del olage, ó que no saltase para fuera con la fuerza que hace la piragua al andar á punta de bolina, ó quando vira forzada, toda á orza, porque hasta los barcos grandes, y tambien los navíos calafateados á toda costa, y á nuestro uso, suelen darse por sentidos en estos lances y modos de correr á la vela; pero ello es cierto que los Indios, los Españoles pasageros, los Padres Misioneros, y yo entre ellos, hemos navegado en dichas piraguas, con la misma seguridad y sosiego, que si fuera un buen barco de Cádiz.
Mi mayor dificultad, que lo será de todos, era el calafate de las junturas, que se abren entre la piragua y las tablas; pero salí de ella al ver que para ello juntan cantidad de cortezas de palo, que al modo del mangle, nace junto al agua, y dentro de ella, en las riberas del rio y del mar; las machacan bien, hasta que resulta una masa pegajosa, trabada de muchas hebras, que son los nervios de las mismas; y con esta masa llenan apretadamente las aberturas y costuras de la piragua; la qual siendo como es pegajosa, se agarra, mantiene y sacude el golpe del agua, sin daño y con facilidad.
Todo lo dicho, que á la verdad me causó mucha admiracion á los principios, hallé despues en Mr. Blaew (a), que lo practican los Indios bárbaros de las Islas Maldivias, que á diez y siete leguas del cabo de Comorin, corren ácia la Isla de Java, en el golfo de la India oriental. Dice este Autor que de solos los troncos de los cocos forman aquellos Indios sus embarcaciones, sin clavo alguno, Sino estrechando y uniendo las tablas con sogas, que tuercen, del cáñamo que sacan de las hojas de los mismos cocos; y aun aquí crece mucho mas la dificultad; porque en las embarcaciones del Orinoco, que como dixe, son de una pieza, tan largas y anchas, quanto puede dar de sí el mayor tronco, solo hay la dificultad de acomodar y afirmar la tabla, que a por el bordo; pero como los Indios de Maldivia unen sus tablas de coco, en forma de embarcacion, desde la quilla, hasta el bordo, sin clavos, solo con enlaces de cuerdas, es mucho mas arduo de hacer, y dificil de percibir.
Que los Indios orientales Maldivios formen las velas para navegar, del material que dan las hojas de los cocos, es industria, que practican los naturales del rio Orinoco, especialmente para las canóas, en que salen á pescar; porque aquellas mismas esteras, que texen de los cogollos de la palma muriche, les sirven por la noche, de colchon y de colcha, y de día hacen el oficio de vela para navegar. Y si llega el caso, como sucede, de haber vendido las esteras, los he visto salir á pescar, asegurando en medio de la canóa un arbolillo coposo, que es suficiente para que el viento empuje la embarcacioncilla rio arriba y hecha ya la pesca, baxan con la corriente del agua.
Por lo que toca al modo de carpintear y trabajar sus embarcaciones, así las mayores, que llaman piraguas, como las menores, que llaman canóas, en las Naciones, que no tienen aun noticia de la herramienta, ni de su grande utilidad, con la misma flema, con que diximos, labran sus arcos, flechas y lanzas de macana, palo durísimo; pero si en aquellas maniobras cortas gastan dias y semanas, en la de las embarcaciones consumen muchos meses, y á veces años.
Y es la razon, porque cortado el árbol con las hachas de pedernal, y desmochado por la parte conveniente, con el afan y costo de tiempo, que diré en el Capítulo XIX. de esta segunda Parte, van gastando con fuego desde la parte superior del tronco, dexando tres dedos de casco por uno y otro lado, hasta que en el fondo solo queda un grueso semejante al de los bordos: concluida esta tarea, llenan de agua aquel tronco cóncavo, y con hojas secas de palma le van arrimando fuego manso; siendo cosa muy digna de notarse, el ver como el calor por la parte de afuera, y el agua por la de adentro, concurren, y van ensanchando el hueco, abriendo y retirando los bordos á uno y otro lado: al mismo tiempo cooperan los Indios, encaxando por lo interior de la canóa barrotes y atravesaños de madera firme, y muy ajustados, que ayudan á abrirla, y despues de abierta, no la dexan cerrar: en el lugar que corresponde al árbol, que ha de llevar la vela, duplican los atravesaños mas fuertes y mas corpulentos, para afianzar contra ellos el dicho árbol: y concluida la maniobra, apartan el fuego, apagan el que se prendió en la superficie exterior, y con gran prolixidad gastan muchos dias en desbastar el carbon de adentro y de afuera, hasta que toda la canóa queda con un lustre como de azabache, que resulta del carbon bruñido: y es de saber, que aquel poco carbon exterior que le queda, es una defensa grande, para que el agua no dañe, ni pudra las embarcaciones.
Para navegar por el Orinoco, y por los otros nos que entran en él, si el tiempo amenaza borrasca, para asegurarse mas, y resistir mejor á los golpes del olage, usan de dos canóas, algo separadas una de otra, pero unidas, con maderos firmes por la proa y popa, y por la mitad del buque: con que por recio que sea el olage, jamás se trabucan las canóas, y yo he navegado en ellas repetidas veces con recios temporales, y con toda seguridad. Este arbitrio causó notable novedad á Mr. le Mayre (b) en tas costas de la Nueva Guinéa, maravillándose de ver en alta mar unidas, ó por mejor decir uncidas con tres yugos, de dos en dos las canóas de aquellas Gentes bárbaras, que por mas que lo sean, no les falta ingenio y trazas para mirar por su seguridad y utilidad: instinto, que ha concedido Dios á las fieras y animales, para su conservacion y propagacion; y así no es mucho se halle en aquellos hombres, que parecen fieras.
Aquí parece que corresponde el hacer mencion de los inventos ó artificios, de que usan los indios, de quienes voy hablando, para pasar los rios caudalosos, que les niegan el vado en los viages que emprenden por tierra, y á que se acomodan los Misioneros, que caminan con ellos, por la precision en que los pone la falta de puentes y de embarcaciones.
El mas comun, y al parecer mas seguro, es el que llaman taravita, y vulgarmente cabuya; del qual nadie se puede librar, si sube á la Capital del nuevo Reyno, por el camino de Mérida y Pamplona. Este da el paso por el ayre en los nos de Chama y de Chicamocha: la maniobra consiste en sola una maroma, que atraviesa de barranca á barranca, bien elevada en el ayre, y afianzadas sus extremidades en maderos fixos y sólidos: de la maroma está prendido un garabato de madera fuérte, con dos sogas fixas en las dos partes ínfimas; la una soga tiene las veces y oficio de asiento, y con la otra afianzan al pobre pasagero por la cintura, y por debaxo de los brazos, tan ajustadamente, que si al pasar se rompe la taravita ó el garabato, es preciso que se ahogue el pasagero; pues allí no hay valor que valga: y el hombre mas valeroso se pone mortal, (hablo por experiencia,) luego que ligado, se ve volando por el ayre; y llega á la otra banda del rio, sin color en el rostro, y sin habla á veces; y no falta quien llega desmayado. Del mismo modo pasan las cargas de una en una. Si el pasagero es persona de distincion, pasa metido en un canasto firme, afianzado en dicho garabato; pero no creo que esto disminuya el susto y miedo. Del garabato ó taravita hay dos sogas prendidas, la una llama la carga para el otro lado del rio, y la otra hace retornar la taravita, transportar nueva carga, ó nuevo pasagero. Donde el rio es muy ancho, como en Chicamocha, para pasar la carga, atan la soga del garabato á la cola de un caballo, que esté ya enseñado á dar un galope hasta cierto término, que equivale al ancho del rio: en Chama y otros nos menores, hace uno de aquellos hombres este oficio, á fuerza de brazos, y de ordinario concurren dos, que tiran al desventurado pasagero por aquellos ayres con notable velocidad.
Esto, que con razon causa horror á los forasteros, es tan familiar á las gentes de aquellos Paises, que no necesitan de pagar a nadie que los pase: ellos mismos se atan, aunque vaya uno de ellos solo, y tomando la soga, que está afianzada en el otro lado del rio, se transportan sin susto. ¡Tanto como esto puede la costumbre!
Otro artificio mas peligroso es el de los puentes de Páya y de Siáma, que son una especie de red colgada en el ayre de banda á banda, y afianzadas ambas extremidades árboles, y en estacas firmes la red es de bejucos correosos, á modo de largos sarmietos: en el fondo de la red ponen guaduas, que son cañas huecas, y muy gruesas, una en pos de otra, desde la una á la otra barranca: en una y otra orilla de la red ponen de las mismas guaduas, trabadas unas con otras, las que sirven de barandillas; y las del fondo de la red, para ir poniendo los pies: por aquí se pasa con mucho cuidado, porque todo ayuda y provoca á desmayarse en la travesía: la red toda se conmueve y balancéa, y al llegar á la mitad de ella, los balances son mayores: el río esta muy abaxo, y pasa con estrépito entre peñascos: la vista se turba, y muchos caen desmayados, pero quedan dentro de la red, y entónces va un Indio, carga con el pasagero, y le pone en tierra; y despues va y vuelve por dicho puente ó red, transportando las cargas, con tanta frescura, como si fuera un puente de cal y canto: yo confieso ingenuamente, que con la repeticion de pasar por ellas, llegué á perderles el miedo. Pero es todavía mas arriesgado el otro artificio de las balsas, que son las mas usadas, porque se reducen a unas tres tandas de maderos, de guaduas, ó de haces de juncos, atados unos sobre otros; en las quales, aunque medio hundidas en el agua, se atraviesan los ríos; y á los Padres Misioneros se les ofrecen con freqüencia ocasiones de valerse de ellas para largos viages de rio abaxo.
Y aquí ocurre acordar un favor singular que hizo mi Gran Padre San Ignacio á un Padre que me acompañó muchos años en las Misiónes, y de cuya boca le oi repetidas veces, ya por via de agradecimiento, ya para excitar la devocion y confianza para con tan santo y amable Patriarca: fué el caso que navegando rio abaxo por el que se llama Sarare, (cuyo nombre pierde al entrar Apure,) por donde había ya baxado en balsas otras veces, al doblar una vuelta del rio, no léjos del sitio llamado Masibúli, fué arrebatada la balsa repentinamente de un furioso raudal, por donde en las crecientes últimas se había hecho paso el rio, derribando cedros, y destrozando toda aquella parte de bosque, por donde corria precipitado. Quatro Indios catecumenos y aun bozales, que con quatro varas largas y gruesas gobernaban á su modo la balsa, hiciéron todo esfuerzo para evitar el peligro que amenazaba de hacerse pedazos y ahogarse todos; mas no alcanzando las varas al fondo del rio, quedó la balsa sin gobierno, se atravesó luego, é iba á estrellarse contra un tronco de los muchos que allí había: era el riesgo en la mitad del rio, y ya no quedaba esperanza de escapar la vida sino nadando; porque de la balsa hasta el escollo solo habria seis varas de distancia. En este urgentísimo conflicto exclamó el Padre Misionero diciendo: Padre mio San Ignacio, asistidnos: y al mismo tiempo, olvidado con la turbacion, de que sobre la sotana traía apretado el ceñidor, trabajaba para sacarla por encima de su cabeza; lo que á fuerza de tirones consiguió en parte, quedándole el rostro cubierto con la misma parte de ropa que habia atraido de las espaldas : y á la verdad ni el Padre sabia ya lo que se hacia ni donde estaba, ni lo que pisaba: en este estado, el Capitan Don Domingo Zorrilla, de quien en otras partes de asta Historia se hace mencion muy debida á sus méritos, tomó al Padre por la mano, y le dixo: ¿Padre, qué es lo que hace? Hijo mio, respondió el Padre, ropa afuera, y nademos. Ya San Ignacio glorioso no puso en la playa, replicó el Capitan; y los mismos Indios, absortos del prodigio decian todos á una, y á gritos: Tugaday, Tugaday. San Ignacio ausucañutó. ¿Day dia qué? Verdad, verdad. San Ignacio nos ha favorecido. ¿Cómo es esto? A estas voces apartó el Padre la sotana del rostro, vió la balsa encallada en la playa, y volviendo los ojos al raudal y al tronco del riesgo, le vió en medio del rio, frente á frente exdiámetro de la arena, en que estaba varada, la balsa; y con tal maravilla y favor excitó de nuevo las veras, con que dicho Capitan y los quatro Indios alababan á Dios, por el favor que por a intercesion del Santo Patriarca habian recibido; y los que viven de ellos, todavía mantienen reciente en su corazon el agradecimiento al beneficio, siendo así que sucedió á principios de Febrero del año de 1717. Instó mucho el Padre al Capitan, que supuesto que habia estado con la vista desembarazada, dixese cómo habia sido aquel transporte de la balsa, sin descaecer rio abaxo, y con tanta brevedad. Respondió constantemente, que no sabía cómo fué, y que ni pudo reparar en ello; porque oir la invocacion de San Ignacio, y hallarse en la playa, le pareció que todo fué al mismo tiempo.
Y aun creo que fué Mayor favor, y mas evidente la maravilla que obró el Santo en las otras siete balsas, que llenas de Indios Gentiles, pero deseosos del santo bautismo, capitaneados por un Indio buen Christiano, llamado Don Antonio, navegaban en compañía del dicho Padre; porque arrebatadas las siete balsas frágiles y recargadas de Indios, baxáron por todo aquel largo raudal, dando repetidos porrazos, ya contra los palos, ya unas contra otras, sin desbaratarse alguna de ellas, sin que cayese Indio alguno en el agua, y sin perder los pobres, pero muy necesarios bastimentos que llevaban: por lo que diéron todos repetidas gracias al Señor, como era justo.
Y yo refiero aquí estos casos, para que todos, y en especial sus hijos, nos valgamos de la poderosa intercesion de nuestro benignísimo Padre San Ignacio, en quien con especialidad deben confiar mucho los Jesuitas Misioneros, por el grande amor que el Santo Patriaca tuvo y tiene á tan santa y apostólica ocupacion.
(a) |
Atlas Indie part. 2. pag. mibi, 3. ibi: Notatu dignum, naves hic confici ex solis harum arborum lignis, que non clavibus, sed funibus, ex hac ipsa arbore factis solidé nectunt. Folia pro velis sunt, &c. |
(b) |
Diario de Mr. le Mayre. |
