CAPITULO XIV
De las culebras
venenosas de aquellos Paises.
§. VI.
De algunas señas para filosofar sobre la dicha virtud
atraente.
Supuesto que se procede bien arguyendo á simili, infiriendo unos efectos á vista de otros , y conjeturando las causas de unos y de otros, guiándonos por la similitud de ellos, no debe despreciarse en la filosofia natural la argumentacion á contrariis, careando entre sí causas y efectos contrarios, para divisar, aunque á lo léjos, las raices heterogéneas de ellos: y ésta es una de las veredas que se pueden tomar, para buscar la raiz incógnita del efecto de que tratamos, averiguando ¿quál es la atraccion actual del buío, donde reside, y en que consiste esta virtud atraente? Voy á decir algo en particular.
Y para explicarme, fixemos la vista en uno de aquellos árboles, que naciéron á las orillas de las selvas ó bosques en tal terreno y positura, que solo les baña el Sol por un estado; y reparando en ello, notarémos, que este lado dichoso está bellísimo, abundante de ramas frescas y frondosas; y al contrario, en el lado sombrío se ven pocas ramas, áridas y desmedradas. Reparémos mas en aquella inclinacion y propension con que se abanza toda su mole por la parte frondosa, hasta violentar y encorvar gran parte del tronco, por mas rollizo que sea, atraido, tirado y agoviado por aquellas ramas y cogollos, que mudamente protestan, que si en lugar de las raices tuvieran piés, corrieran en pos de su atraente benéfico, para lograr por entero de sus influencias: lo que nos da motivo para pensar, que si fuera factible á dichos árboles mantener su verdor sobre ruedas ligeras y fáciles al movimiento, siguieran al Sol, cuyo calor las fecunda y las atrae.
Atrae el Sol aquella parte coposa que baña, habilitando con su influxo los órganos, dilatando y purificando los sucos que dan todo el vigor al vejetable, como dexó apuntado el Mantuano (a): porque su calor abre los, poros, dilata las fibras, y la mutua comunicacion de los, ventrículos ó bululas; por lo qual corren con mayor abundancia, y mas facilidad los fluidos, que extraidos por las raices, circulan por todo el árbol, repartiéndole vigor con tanta mayor abundancia, quanto mas fácil hallan los fluidos el tránsito, como con grande propiedad lo cantó aquel moderno, pero célebre Poeta (b); y al contrario, por faltar en la parte, y lado sombrío del mismo árbol el influxo dicho del Sol, no corren sino con estrechéz los sucos, y crece la decadencia de aquellas tristes ramas.
De modo, que los sucos y fluidos mencionados, á nuestro modo de entender, corren con ímpetu por sus conductos, inclinándose con el árbol, todo quanto éste puede consentirlo, hácia el Sol, cuya actividad es la virtud atraente.
Y he aquí descubierta ya, aunque de paso, la raiz de la misteriosa propension y ahinco indefectible, con que el girasol ó el yotropio inclina al Sol sus cogollos, desde que nace, hasta que se pone, logrando con su teson diario, beber cara á cara, y de hito en hito, los agradables influxos del Sol los que agradecido recoge en sus senos, y le retorna liberal, ofreciéndole la belleza de sus flores, cuyo hermoso círculo procura trasladar y gravar en él la magestuosa imángen de su bienhechor activo.
Seame lícito ahora filosofar de este modo: el Sol con sus influxos es el atraente, que llama para sí la inmoble é insensible planta todo quanto ella puede dar de sí; luego por los términos contrarios, el fatal buío es el atraente, que transtornando con la malignidad de sus efluvios el curso natural de los espíritus animales del paciente, y trabucada ya su natural conducta, le impele, contra toda su inclinacion, á un movimiento contrario, hácia su ruina y péstiferas fauces del buío atraente.
Pero demos otro paso mas, y por via de divertimiento, fixernos algo la vista y la atencion en los remolinos que resultan del cheque de dos vientos encontrados, ya en tierra, ya en los mares; de modo, que no cediendo ninguno de los dos el campo, se unen á formar el círculo violento; el qual se precipita hasta dar sobre el agua, ó sobre la tierra, y algunas veces con estragos considerables: los de tierra han arrancado, atraido y arrojado á gran distancia carrascas, robles y olivos rollizos y corpulentos: los del mar (á quienes los Españoles llaman mangas, y los Franceses tourbillón) baxan desde el nublado dentro de una nubecilla piramidal, cuyo pié queda fixo en el nublado negro; y luego que la cúspide topa en el agua, se ensancha, se condensa, y empieza á chupar, atraer y elevar gran cantidad de agua; y si hay navíos por aquel contorno, entra con el susto la diligencia de disparar la artillería, para romper el ayre á cañonazos, y desbaratar el remolino, ántes que se acerque á la nao, no sea que despues de llevarla al retortero, al romperse la manga ya re cargada, queden sumergidos la nave y los navegantes.
No es menester averiguar aquí cómo, y de qué manera crece la fuerza atraente, que en el centro de dichos remolinos y mangas: para nuestro propósito bastará creer, que al paso que los vientos opuestos toman el movimiento circular, v. gr. en un fiero nublado, si no se abren paso con estallido y trueno recio, (que es lo mas ordinario,) cede y da de sí lo mas denso del nublado, al ímpetu del remolino que baxa con la manga hasta el agua, sin perder, ni disminuir su movimiento circular; allí, con la accesion de los vapores crasos y húmedos, toma la manga por la superficie exterior mas cuerpo, se ensancha y consolida; y al mismo tiempo, por la parte interior, se purifica, dilata y sutiliza el ayre encerrado, en virtud del continuo movimiento y agitacion violenta, dexando en el contorno interior de la manga embebidas las partículas mas crasas. En este estado, quando mas sutil y dilatado queda el ayre interior, tanto mas tira á sublimarse, y tras de él el agua, para evitar el vacuo, que tanto aborrece la Naturaleza.
Segun este diseño, puede el curioso filosofar acerca de la virtud atraente dibujo, guardando la debida proporcion, y figurarse, que de las fauces del culebrón sale un torbellino de efluvios malignos; cuyo centro, despues que ha inficionado al paciente, vuelve con fuerza hácia la fuente de donde dimanó, que es el buío, atrayendo la presa, al modo que la manga dicha atrae al agua: pensamiento que se confirma, viendo, que así como el único remedio de los navegantes es romper á cañonazos el ayre, y con él la columna, que formó el remolino, así en las Américas, y en los demás Paises, que arriba insinué, no han hallado otro remedio, que romper el ayre intermedio, que hay entre el buío y el paciente; de que se infiere, aunque no se vea, que en dicho ayre está el torbellino ó remolino de efluvios venenosos, y en su centro la virtud atraente.
Ni fuera extraño el considerar la virtud atraente de este venenoso torbellino del buío, á la similitud de la bomba aspirante y atraente, con cuyo movimiento se extrae el agua de la sentina y fondo de los navíos, arrebatada contra todo su peso é inclinacion natural hácia lo alto del navío, sin que hallemos otra razon que dar en esta maniobra, sino la de que sube el agua, y dexa violentamente su centro para evitar el vacuo (c) que, por mas experimentos que se hagan, tiene la Naturaleza desterrado á los espacios imaginrios.
Y en fin, todo Físico instruido en la direccion y atraccion magnética, eligiendo el sistema que mas le quadrare de los muchos que han pro puesto los Sábios modernos, puede sin violencia acomodarle á la virtud atraente del huío, sin mas variacion, que la de las voces; porque siendo tan uniformes los efectos de los efluvios y vaho del buío, con los de la piedra imán, en órden á la atraccion, no puede ser muy diversa la exp1icacion de la virtud atraente.
Y pues queda largamente establecida la existencia del buío, la accion y vibracion de sus nocivos efluvios, y la fuerza atractiva de ellos; y apuntadas varias sendas para la inteligencia de su virtud atraente, ya es hora de correr otra cortina, y poner á la vista otros espectáculos, que llamen con la curiosidad, la atencion en unos, y la admiracion en otros.
(a) |
Seu plures calor illevias, &c ceca relaxat. Spiramenta, novas veniat, qua succus in herbas. Lib. I. Georg. vers. 89. |
(b) |
Succus enimtenues subit abs radice meatus. Per vaditque comas, &c vertice lapsus ab alto, Circuit, ac laté plantam defertur in omnem. El P. Vaniere. |
(c) |
Plutarch. de Placitis Philos. lib. I. cap. 18. Aristoteles de Natural. auscul. lib. 4. cap. 10. &c cap. 14. |
