CAPITULO XIV
De las culebras
venenosas de aquellos Paises.
§. VII.
De otras culebras malignas, y algunos remedios contra sus
venenos.
Baxo esta prevencion, digo: que en aquellos Paises hay otras culebras, que llaman cazadoras, que en lo corpulento llegan á igualar á los buíos, pero en lo largo los exceden en muchas varas: éstas tienen librado su alimento en su velocidad, muy impropia de su pesada mole; y causa espanto la ligereza de rayo con que corren á la presa, sea venado, irabubo, ó qualquier otro animal; pues como le vea, le da alcance sin, remedio. Las he visto vivas y muertas, y de otro modo no me atreviera á afirmar, que sus colmillos son del mismo tamaño que los del mejor lebrél: no se sabe que éstas tengan veneno; pero ¿qué peor arma, que su velocidad, junta con lo tenáz de su diente? En mi tiempo, una de estas culebras cazadoras prendió del carcañal y tobillo de un pié á un Labrador. Era éste hombre de brio; y viéndose llevar arrastrando á la muerte, se asió reciamente del primer árbol, que le vino á las manos: cruzó contra el tronco sus brazos, gritando reciamente; y como á sus gritos acudiese gente, luego que la serpiente lo reconoció, apretó sus dientes, y cortando el carcañal mordido, se escapó con velocidad de rayo. Tanta como ésta es la fuerza de aquellas sangrientas bestias, y tal el peligro de los que andan no léjos de ellas.
El que éstas y otras culebras lleguen á tal corpulencia, proviene, como ya dixe, de lo vasto y desierto de aquellos bosques. En los de la Isla Española, topó el V. Hermano Bartholomé Lorenzo tales culebrones, que á no ser el P. Joseph de Acosta de la Compañía de Jesus, el primero que escribió la prodigiosa historia de su vida, no hubiera quien creyese la monstruosidad á que llegan (a). En los bosques de Coro, Provincia de Venezuela, dice Fr. Pedro Simon (b), que diez y ocho Españoles, fatigados en tiempo de aquella Conquista, se sentáron sobre uno, que tuviéron por tronco o viga tosca, y que á corto rato empezó á caminar; porque á la verdad no era sino un formidable culebron.
Mayor espanto causa lo que refiere Mr. Salmon (c) de los culebrones de la Isla de Makasar, ó Celébes de la India Oriental: dice, que hay allí tropas de monos, tan rabiosos, como los gatos monteses, y tan atrevidos, que si los hombres no caminan bien armados, los acometen y hacen pedazos, (especialmente á las mugeres,) y que ya destrozados, se los comen: y añade, que esta sangrienta especie de monos no teme, ni huye de otras fieras, por mas bravas que sean, sino de las disformes serpientes, de cuya velocidad y voracidad, por mas que corran, y se refugien á las copas de los árboles, no se pueden escapar: por este miedo andan dichos monos juntos en tropas, para hacer frente á las serpientes (d); pero en vano, porque arremetiendo ellas, ó ponen en fuga al esquadron de monos, ó se los tragan y engullen vivos. Mayor plaga es ésta, que todas las del rio Orinoco.
Otras culebras hay de menor tamaño, que se llaman cascabeles: tienen los sonoros en la extremidad de la cola, y sirven á los curiosos y á los Médicos: á aquellos para saber, despues de muerta, quantos años tenia la culebra, porque cada año le nace un nuevo cascabel; á estos de triaca y remedio para varias dolencias: y Dios dispuso, que tambien sirviesen de aviso á los incautos caminantes; porque así como el tigre Americano, ántes de acometer se sienta, y menea lentamente la cola; accion con que imita á los gatos quando quieren abanzarse á la presa; del mismo modo, ántes de fixar la culebra cascabel su venenoso diente, toca á rebato con la sarta de sus encadenados cascabeles, que sirven de aviso al caminante, no solo para evadir su furia, sino tambien para quitarle la vida, y lograr el apreciable despojo de los medicinales cascabeles, que se buscan con ansia, y se hallan con dificultad y costo.
Mas traydora es la culebra llamada macaurél: esta, no solo acomete al caminante, sin darle seña; sí tambien con increible audacia, si pasa á pié, tira á fixarle su diente venenoso en la misma cara: ni queda satisfecha con el primer salto, sigue con porfia, y quanto mas se defiende el pasagero, con tanta mayor ira multiplica sus asaltos: ni pierde sus bríos, aunque á su furia se interponga algun ginete. El Capitan Don Domingo Zorrilla y Salazar, Cabo principal de la Escolta, que la Magestad del Rey nuestro Señor concede á nuestros Misioneros, natural de la Rioja, y hombre de notorio brío, exercitado en continuos ataques con Indios rebeldes y enemigos del nombre Christiano, como ya en otra parte apuntó, yendo á rechazar una partida de Guajivas, que amenazaba á la nueva Colonia de San Ignacio de Chicanóa, marchando, casi á media rienda, como lo pedía la urgencia, se vió asaltado de improviso de una culebra macaurél, con tal ímpetu, que el primer golpe le recibió en la capellada de la bota: al mismo tiempo dió un salto el caballo, y un bufido, (que hasta las bestias se temen unas á otras,) sacó su alfange el Capitan, y olvidado del riesgo ageno, puso todo su cuida do en el suyo: largo rato persistió la macaurél en sus saltos, y el Capitan en tirarle tajos; pero eran al ayre, por la suma velocidad de la culebra, hasta que fatigada ésta, se enroscó en el suelo para dar mas violento el salto, como lo acostumbran: entónces, aprovechándose el Capitan del intermedio, le disparó un trabucazo, dividiendo al enemigo en tantos trozos, quantas eran las roscas con que daba calor á su cabeza, que tenia en el centro de ellas. Un quarto de hora se pasó desde esta batalla, hasta que me la refirió dicho Capitan, y todavía no le habian vuelto sus colores naturales al rostro. ¡Tal y tanta es la saña de estas culebras!
Mas que todo esto es de temer la culebra sibucán, y mas irregular es su hechura: su color es térreo; tanto, que la tiene el pasagero á sus piés, y por ser su color de tierra ni la ve, ni la distingue; esto es, quando ella está tendida á lo largo; pero quando se recoge enroscada dentro de sí misma, se hace mas incógnita, porque á qualquira le parece que es una boñiga de buey, ya seca y descolorida á los rigores del Sol y del tiempo: no se puede percibir, ni entender, como una culebra larga se esconde entre sus mismos dobleces, y que da encogida, al modo que solemos recoger la calceta, ó la media, para calzárnosla con mas facilidad. No he visto sus huesos; pero imagino, que el espinazo, que en las demás culebras y animales se compone de junturas, que permiten algun juego y declinacion del cuerpo de uno á otro lado, en la culebra sibucán, no son junturas, sino, ó goznes, ó cañutos de hueso, que al tiempo de recogerse, ó (digámoslo así) de amontonarse, se entran unos dentro de otros; pero sea como se fuere, ella así recogida, se desenvuelve, y da tan ligero salto al mismo tiempo, que alcanza al pecho del caminante, si va á pié; y junto la rodilla, si va á caballo, con gran riesgo de uno y de otro, porque la ponzoña es mortal. La fortuna es, que de esta pésima especie de culebras, no hay, ni en lo que llamamos tierra fria, esto es, cerca de los páramos y picachos nevados; ni en lo que llamamos, y realmente es, tierra perpetuamente calida, que son las tierras que distan largas leguas de las cordilleras nevadas: solo viven, y se multiplican en aquellas tierras intermedias, en que ni prevalece el frio, ni domina el calor, que se han levantado con el nombre de tierra templada, y realmente lo es: allí abunda la fatal plaga de culebras sibucanes, y no en otro lugar; y se multiplican con tanta fecundidad, por haber poca gente que las persiga, que habiendo el P. Juan de Ortega, exemplar de Apostólicos Misioneros, juntado, con la fatiga de no pocos años, á los Indios Ayricos, Eles, Araúcos, y otros muchos, y domesticadolos á las orillas del rio Macaguáne, donde hoy están; compadecido del calor intolerable que padecian en la vega de aquel rio, trató con ellos, y todos conviniéron en mudar su Pueblo á tierra templada, qual es al entrar en la cordillera de la Salina de Chita. Fué el Cacique, que vive todavía, con los Capitanes, á escoger el sitio que fuese mas al propósito, se pusiéron todos á desmontar con sus machetes la maleza que habia debaxo de un coposo árbol, donde habian de terminado dormir aquella noche; y me contó el Indio fiscal de dicha gente, que solo en aquel corto distrito, á que hacian sombra las ramas de aquel árbol, tuviéron contienda reñida con diez y siete culebras sibucanes; y que aturdidos y espantados de tan fatal persecucion, sin querer hacer noche allí, aunque ya era tarde, se pusiéron en camino para su Pueblo de Macaguane, conviniendo todos á una, en que valia mas padecer calor, que estar en tierra templada, llena de tales enemigos.
En las tierras calientes, especialmente donde hay abundancia de hormigueros, se halla una especie de culebras de dos cabezas, y de tan raras propiedades, que no extrañaré causen notable armonía y dificultad á los que no las han visto. Son de ordinario del grueso del dedo pulgar, pero no corresponde su longitud á su groseza, porque la mayor apénas llega á dos palmos: su movimiento es muy tardo; y por eso, aunque su diente es fatal, y de ponzoña muy activa, rarísima vez hacen daño; á mas de que son enemigas del calor, y así se meten en los hormigueros, donde logran el fresco de las cuevas, que las hormigas cavan para guardar la comida que buscan, y para criar sus hijos: en dichas cuevas las encuentran los Labradores quando cavan, y meten caños de agua para desterrar las hormigas, que destruyen los árboles del cacao, la yuca, el panizo, y todo quanto hallan, no con menor destrozo, que si fuera una manga de langosta: el único tiempo en que las dichas culebras salen de las cuevas, es despues que ha caido algun aguacero recio, industriadas del natural instinto, que les enseña el refrigerio, que contra el calor les dará la tierra mojada.
Salen en fin, y aunque su paso es tardo, les ha dado el Autor de la Naturaleza el alivio que, dió de otro modo á los cangrejos: estos caminan de lado; y si al andar á mano derecha se les antoja tirar por la izquierda, no dan vuelta, ni mudan de positura, sino que en la misma positura toman el movimiento contrario: á este modo las culebras dichas, van, v. gr. al Oriente; y la cabeza, que mira al Poniente, se dexa arrastrar: y quando toma el rumbo de Poniente, esta cabeza, que servia de cola, toma su viage, y arrastra á la otra.
El P. Manuel Rodríguez hace mencion de estas culebras de dos cabezas en su Historia del rio Marañón (e); pero sin duda no tuvo de ellas las demás noticias, que yo averigué despacio, y á todo seguro; y pondré aquí, no solo para curiosidad, sino tambien para utilidad del bien comun.
Y en primer lugar digo, que es muy dificil matar una de estas culebras al que no está inteligenciado del modo; porque si le da v. gr. una cu chillada en medio, cada cabeza de por sí busca á la otra, y luego que se encuentran, de comun acuerdo se apartan, unen las extremidades cortadas, y sirviendo la misma sangre de liga, quedan otra vez unidas. Si le dan dos cuchilladas, y que da dividida en tres partes, cada cabeza busca el pedazo y lado que le toca, y unida aquella parte, pasa á unirse con la extremidad de la otra cabeza, en el modo dicho. El modo de matarlas es, cortando ambas cabezas con muy poca parte del cuerpo, ó enlazadas con un cordel, colgarlas de una rama; y aun este modo segundo no es seguro, porque si alguna ave de rapiña no se las come, se llega á podrir el cordel, y las culebras sacas á los rayos del Sol, caen; y luego que llueve, reviven y toman su camino. Ello parece increible, y por tal lo tuve á los principios; pero habiéndome encargado el Hermano Juan de Aguilón, Boticario, Médico y excelente Químico del Colegio Máximo de mi Provincia de Santa Fe, que le enviase de estas culebras, sacó de su obrador quatro, que tenia secas, y colgadas en el ayre; y me aseguró, que con estar tan áridas, puestas en el suelo, empapado en agua, á las veinte y quatro horas revivian; y así, que las que me pedía las secase bien al humo de la chimenéa, y bien res guardadas de toda humedad, se las remitiese, porque eran muy útiles. ¿Quál es su utilidad? le repliqué yo: y diciendo y haciendo, sacó un cristal con polvos de dicha especie de culebras, y certificó, que era un específico maravilloso para soldar y reunir los huesos quebrados por caida, ó por golpe; asegurándome, que tenia de ello repetidas experiencias. A un hombre, que era buen Religioso, y por otra parte erudito, no es razon negarle su autoridad.
La eficacia de estas culebras se confirma con la que nos enseñáron las culebras de cierta especie en Filipinas, en una yerba ordinaria, que en el lenguage de aquellos Indios se llama ductung-ajas, que en castellano quiere decir une-culebras: porque si parten por medio una ó muchas de aquellas culebras, corren luego cada una, con el cuerpo, que quedó unido á la cabeza, come de aquella yerba, refriega las heridas con la que trae en la boca, hasta dar con la parte que le falta; y hecha esta diligencia, arrima la una cisura contra la otra, se une luego, y huye apriesa. Con esta la lección hacen los Filipinos esta misma diligencia, ahorrándose de pagar Cirujanos, quando por riña ó por otra desgracia les dan una cuchillada; porque con la confricacion de la yerba ductung-ajas, se une luego la una tajada de carne con la otra. Esto me aseguró el P. Procurador General de la Provincia de Filipinas, de la Compañía de Jesus (f), en esta Corte, de resultas de haberle referido yo lo que llevo dicho de la culebra de dos cabezas.
De dicha especie de culebras, y de la yerba, que buscan para reunirse, habla Mr. Salmon en su Historia Universal, tratando de las Isla Filipinas (g): y aunque no dexa de insinuar algun género de duda; bien puede deponerla con todo seguro: por que el sugeto citado, que me dió la noticia del ductung-ajas, á mas de su larga experiencia, adquirida en muchos años de Misionero, en aquellas Islas; está adornado de todo lo que concurre á formar una grande autoridad.
Ya considero fastidiado al Lector, (y con mucha razon,) á vista de tantas y tan formidables serpientes, y así omito una gran multitud de va rías especies de ellas, de las quales unas, esto es la gran variedad de vívoras, infestan los páramos y tierras frias; otras en número innumerable de especies distintas, llenan las tierras calientes; otras en fin, como acabamos de decir, acompañan á las sibucanes en la tierra templada: solo las culebras corales, llamadas así, porque prevalece en ellas el color encarnado, veteado de negro, pardo, amarillo y blanco, se hallan bien en cada uno de los tres temperamentos dichos; aun que segun la variedad de ellos, varían mas ó ménos sus colores, que á la verdad enamoran y arrebatan la vista, aun con verlos, en sabandijas tan detestables; pero aunque varían de color, no varían de humor; tal, que entre todas quantas culebras hay hasta hoy por allá conocidas, ninguna llega á la violencia del veneno de las corales, aunque el de las culebras macaureles se le parece mucho: pero hablemos ya de los remedios.
Ya dixe arriba el modo bárbaro, cruel y necio, con que los Indios en su ciega gentilidad, curaban ó por mejor decir, no curaban á los mordidos de culebra. Ahora será muy del caso, supuesto que este Libro tambien se ordena al bien de aquellas pobres gentes, apuntar aquí brevemente los remedios usuales, que los Padres Misioneros tienen prontos, y llevan tambien en sus espirituales correrías, para bien de aquellos pobres ignorantes Indios, á cuya noticia no habia llegado la especie de tales antídotos.
El primero y principal remedio, es el bejuco de Guayaquil, de que latamente hablé en el Capitulo tercero de esta segunda Parte; pues el que puede conseguirle, no tiene necesidad de buscar otro; pero la distancia, dificulta su logro. Es tambien remedio universal la hoja del tabaco, que mascado en cantidad, parte tragado, y parte aplicado á la mordedura sajada, continuándole tres ó mas dias, es remedio muy eficáz contra la mordedura de qualquier culebra que se fuere; y á mas de la larga experiencia en los heridos, la tengo hecha tambien repetidas veces en las mismas culebras. He probado despues de aturdida la culebra con un golpe, de cogerle la raiz de la cabeza con una horquetilla, de manera que apretando con ésta, luego la culebra abre la boca; entónces, á todo seguro, le he puesto tabaco mascado en ella; en virtud del qual luego le da un temblor general; y pasado éste, queda muerta la culebra tiesa y fria, como si fuera un baston duro.
El tercer remedio general, es la piedra oriental: esto es, la asta de aquellos venados, aserrada en chicas piezas, las que se tuestan hasta tomar color de carbon; se saja la mordedura, y se aferra dentro, aquel quasi carbon, que chupa el veneno; pero á veces no bastan quatro ni seis, y lo mas seguro es, que juntamente masque tabaco el herido:
El quarto remedio, es, si la mordedura está en sitio capáz de admitir ventosa, el aplicar hasta quatro ventosas: la primera, seca: la segunda, sajada, y ésta chupa un humor amarillo: la tercera, da el mismo humor con pintas de sangre: la quarta, ya saca la sangre pura, y queda evacuado el veneno, y sano el paciente.
El quinto remedio, cierto y practicado, es una buena porcion de aguardiente fuerte, tinturado con pólvora, repetido; y á la tercera vez ya se superó, y amortiguó el veneno.
El sexto remedio, y muy bueno, es el bejuco de playa, llamado así, porque nace en las playas de casi todos los rios de tierra caliente. No es grueso como el bejuco de Guayaquil, ni se en reda en árbol alguno, porque nace en arenal limpio: su color es tan verde como sus hojas: su virtud es contra todo veneno de culebras, pero con una circunstancia rara, por la qual se usa de él rarísima vez; á saber que si tomado el zumo de este bejuco, toma el paciente qualquiera de los demás remedios ordinarios, luego le cuesta la vida: tan zeloso como esto es: y como comunmente los heridos de culebra no se contentan, ni se pueden contener con tomar una sola medicina, por eso, este remedio casi no está en uso. En fin el colmillo del caymán ó cocodrilo, antídoto general contra los tósigos y venenos, que maliciosamente se dan, es contra la ponzoña de las vívoras y culebras, como diré adelante, en el Capítulo diez y ocho.
(a) |
P. Acosta, apud P. Euseb. in vita. |
(b) |
Histor. Conquista del Nuevo Reyno, Noticia 2. cap. 2. num. 2. pag. mihi. 57. |
(c) |
Tom. 2. part. 2. cap. 3. pag. 298. |
(d) |
I serpenti peró, o li mettono in fuga, o gl'inghiottiscono vivi. |
(e) |
Lib. 6. cap. 3. pag. 377. |
(f) |
El P. Joseph Calvo. |
(g) |
Tom. 2. cap. 9. pag. 228. |
