JOSE MANUEL GROOT

Don José Manuel Groot, nacido en Santafé en el año de 1800, es una de las más venerables y simpáticas figuras de la literatura colombiana. Infatigable obrero de la pluma, sólo hubo de soltarla cuando la muerte puso rígidos sus dedos. Al morir, pudo contemplar sus propias obras a manera de una pirámide espiritual a cuya sombra podía esperar tranquilamente el veredicto de la posteridad. Ese fallo ha sido ya dictado. Groot fue un magno historiador de la vida nacional, un defensor tan autorizado como sincero de las creencias religiosas de la patria, un festivo y casi inimitable pintor de ciertos aspectos típicos de la sociedad, hacia la segunda mitad del siglo pasado, un poeta rea lista que arrancó a las costumbres ambientes cuadros de formidable realismo, en fin, un hombre de fé, un varón de acendrado patriotismo, un ciudadano de incansables energías para la realización del bien y un cristiano humilde y sincero que siempre fue a buscar, a los pies de la Cruz, no solo consuelos para su alma, sino respuestas para los enigmas de que vivió rodeado.

Su larga vida le permitió asistir a todas las transformaciones que sufrió el país durante el siglo diez y nueve, época en que se removieron todas los rocas subterráneas en busca del equilibrio estable de la superficie, y presenciar hechos tan importantes como los que hicieron  posible la aparición de una nación nueva en el concierto universal. De todo ello fue testigo incomparable, por la justeza con que supo observar, la claridad con que juzgó, la independencia moral que mantuvo frente a los sucesos, Y lo imparcial, minucioso y desinteresado del copioso relato en que hubo de resumir su no menos copiosa experiencia. Yérguese, frente a su época, con talla de testigo, de fiscal y de juez. Esta triple posición le otorga sitio de preferencia entre los historiadores nacionales y convierte sus escritos en fuente incomparable de información y de estudio, para quienes se acerquen a la historia con ánimo de interpretar el pasado rectamente y aquilatar los hechos a través de una conciencia procera donde sólo hallaron eco los fueros de la verdad.

La niñez dé Groot se desarrolló en el ambiente de estudio y de meditación que trajo consigo la celebérrima Expedición Botánica, a la cual se acogieron los primeros criollos redimidos ya del espíritu rutinario y teórico que había prevalecido, hasta ese entonces, en estas tierras consagradas a la inteligencia por la pluma diligente y experta de Quesada. Fueron esos los años de más fecunda actividad para el Nuevo Reino de Granada. La colmena laboriosa de los claustros educaba a dirigentes obreros de la naturaleza, que andaban indagando el secreto de estos campos todavía vírgenes, y donde los pólenes de la creación llevaban, de una selva a otra selva, su promesa de flores y de frutos que caían después a la tierra, no por mano del hombre, sino por obra de su espontánea plenitud. Dentro de ese marco se movían los hombres de la Expedición Botánica, y esa fue la atmósfera espiritual que respiró Groot, vástago de ilustre familia, e hijo de un hogar donde las tradiciones castizas y las linajudas costumbres no desentona han puestas en parangón con esa rústica y patriarcal cultura.

El año de la Emancipación concidió con la primera década de la vida de Groot, y ya es de suponerse la impresión que causarían en el ánimo de aquel novel observador de la vida, diestro ya en las artes de la pintura y del dibujo, circunstancias que reforzaban su natural inclinación a captar los aspectos más impresionantes de la realidad, aquellos sucesos que venían a remover desde los fundamentos las bases de la vida colonial. Quizás a la vista de aquellas escenas públicas nacieron en Groot sus primeras aficiones de historiador, y no es de extrañar que páginas enteras de su monumental Historia correspondan a la trascripción literaria de muchas de esas memorias que permanecen dormidas en el alma del niño, y surgen a la realidad del espíritu bajo el imperio de la reflexión constante.

Los años de la Reconquista fueron para Groot de dura prueba a causa de las prisiones que sufrieron su padre y muchos de sus parientes más cercanos. El sacrificio de la mayor parte de los hombres que habían integrado la Expedición Botánica debió anular su espíritu de patriota; pero bien debió anular su espíritu patriota, pero bien pronto las dianas de Boyaca levaron al convencimiento de que aquella sangre no había sido estéril. La libertad nacía, y como acontece siempre, el rostro de la nueva deidad se reflejaba en la sangre estancada todavía al pie de los patíbulos. Groot vivió plenamente la epopeya emancipadora. Sus páginas históricas tienen la vibración inconfundible que comunica al estilo la participación del autor en los sucesos que narra, y el hecho de resucitarlos, no del fondo de los archivos, sino de los depósitos vivos de una memoria caldeada por el fuego del patriotismo. Tal es el caso de Groot.

Intelectualmente tocóle, de igual manera, presenciar el auge de varias tendencias literarias que se desenvolvieron en torno suyo al compás de los sucesos políticos, aunque no guardaran con ellos estrecha semejanza. Su razón se despertó bajo los halagos de la literatura científica de la Expedición. Más tarde, en la aurora de la Independencia, pudo observar la influencia del seudo-clasicismo francés del siglo diez y ocho en espíritus como el de Vargas Tejada, revolucionario en política y académico en gustos literarios, lo mismo que Fernández Madrid y José María Salazar, traductor, este último, del Arte. Poética de Boileau. Trascurren los años, y a semejanza de un viento que, junto con la destrucción, trae simientes que van a depositarse en los propios terrenos barridos por la ráfaga arrasadora, aparece el romanticismo como tendencia que concuerda exactamente con el carácter nacional, con sus tradiciones populares y con el paisaje de la patria. Groot queda envuelto en la nube dorada. Viene la reacción, y una literatura de sabrosa llaneza sucede a los arrebatos de la musa romántica. Es el realismo.

Como historiador propiamente dicho, Groot, sólo perteneció a la escuela de la verdad, pero como literato fue el realismo la zona en que debemos ubicar su inteligencia. Este realismo se manifiesta, como tendencia literaria, en sus cuadros de costumbres y en sus romances; pero en sus grandes obras de historia también aparece, si nó como cánon de escuela, sí como tendencia innata de su espíritu, y como cualidad intrínseca de su estilo. Innumerables episodios de su monumental "Historia Eclesiástica y Civil de la Nueva Granada" se desarrollan como cuadros de costumbres, y tienen el mismo sabor de esa literatura. Groot sabía que no le era posible sustraerse a esa especie de fatalidad de su talento narrativo, que acaso era en él cuestión de raza y se complace en tratar el tema histórico con técnica de "costumbrista", recalcando en los detalles, en las circunstancias típicas o características de los hombres y de las cosas, en los rasgos más llamativos y pintorescos de los sucesos y de los lugares, en fin, en todo aquello que, confiado a la memoria, se queda en ella como acontece después de haber contemplado una pintura muy minuciosa, en la cual el detalle ahoga el conjunto. De allí que mucha parte de su historia sea simplemente anecdótica, y siga las huellas de aquella tendencia, tan reciamente nacional, que arranca de Rodríguez Freyle, y ha producido, a todo lo largo de nuestra vida espiritual, generaciones de cronistas en cuya pluma la historia patria se resuelve en colores, como por efectos de un prisma. Sólo que Groot, no obstante las desigualdades de estilo que le ha anotado la crítica, y las transiciones bruscas en la línea de la narración, jamás pierda su dignidad de historiador, ni le hace concesiones al espíritu paradoja burlesco, que tan cercano se halla del género realista.

Como autor de "cuadros de costumbres" Groot no tuvo rivales en Colombia, no obstante la profusión con que se cultivó este género, y la incalculable popularidad que alcanzó a mediados del siglo pasado. Plumas severas, dedicadas a los problemas de la política y de la sociología, rindieron también tributo a este género, Y puede afirmarse que fueron escasos y muy contados los literatos de ese tiempo que permanecieron inmunes al contagio costumbrista. Groot no tuvo que violentarse para formar en la fila de esta clase de escritores, y, por el contrario, su pluma, aprestigiada en arduas disciplinas históricas y apologéticas, dio autoridad magistral a una literatura de simple distracción, un poco endeble, aunque enteramente autóctona. Porque esta es la característica que redime tanto escrito ajustado más o menos al mismo molde, con tendencias análogas, y con finalidad muy semejante. Los "cuadros de costumbres" leídos en conjunto, acaban por producir una irremediable impresión de monotonía; pero tomados aisladamente, resultan admirables. Son un gracioso y fiel retrato de la sociedad de entonces, un reflejo auténtico de esas costumbres, un eco de aquellas almas refinadas a consecuencia de la cultura, pero sujetas a todas las limitaciones de un medio humano donde prevalecían aún los hábitos coloniales. La reacción, en el sentido del humor y de la sátira inofensiva, no tardaría en producirse, y el costumbrismo es la resultante de aquella oposición. Esos caballeros santafereños, que viven de las ideas europeas, que han viajado, y que gustan del lujo, se encuentran rodeados de cosas pobres y caseras, en medio de usos cándidamente populares y de aspectos tan humildes como entrañables de la realidad cotidiana. Y entonces resuelven burlarse un poco de cuanto los circunda, y hacer zumbar la mosca crítica en torno a los oídos de aquella sociedad pacata, amodorrada y ranciamente tradicional.

Existía, además, la reacción contra la literatura romántica que había conducido a punibles excesos en cuanto a la expresión de los sentimientos. Todo se habia exagerado no solo en lo relativo a los efectos sino en cuanto a la expresión. Por un lado, hipertrofia de los sentimientos, y por otro, hinchazón retórica. Las ideas mismas de justicias de libertad, de humanitarismo, fuera de incontables teorías de orden social y político, o de tesis robadas al "cientifismo" de esos días o al llamado "filosofisco" (evolución, progreso indefinido, selección de los séres, autonomía de la conciencia, eclipse de lo sobrenatural por efectos de la crítica raciona lista, etc), todo eso había sido llevado a la lírica y aún a la crítica literaria, produciéndose una poesía declamatoria y tribunicia, más propia de la plaza pública, que del ambiente sosegado de las almas. Los poemas de Rojas Garrido, de Santiago Pérez, de Diógenes Arrieta, de Antonio José Restrepo, las prosas de Juan de Dios Uribe, de acerado timbre lírico, y muchas otras producciones del jaez, fuera de todas las "sensiblerías" semi-románticas" al decir de Silva, contra las cuales se vio precisado a protestar en uno de sus prólogos nada menos que José María Rivas Groot,  todo eso exigía un cambio de frente intelectual y el retorno hacia la llaneza descriptiva y hacia los temas aparentemente vulgares, tomados de la humilde y sencilla realidad. Y fue lo que sobrevivió en forma desbordante. La reacción fue más allá de los justos límites. La antigua Musa beligerante, de alas de fuego, si no alcanzó a tomar el traje de una ilustre fregona, sí se disfrazó de ama de llaves, tan fisgona como maliciosa. Por otra parte, lo mismo había acontecido en España, aunque en términos de mayor ponderación.

Los cuadros de costumbres de José Manuel Groot, tales como "La tienda de don Antuco", "Nos fuimos a Ubaque", etc. son de una asombrosa realidad. Parece imposible que un escritor sea capaz de retener en la memoria y después trascribir literariamente tánta agradable minucia y tánto detalle sorprendente, sin perder la noción del conjunto ni los propósitos de la composición. Pero así es. El poder descriptivo de Groot no es alarde de la fantasía, sino trabajo de la memoria que reconstruye el tiempo perdido con desesperante exactitud. Cada detalle parece vivir vida propia, en esos cuadros. Cada uno de ellos podría servir para caracterizar un aspecto dé la realidad nacional, pero de la realidad de esos días, naturalmente. Y decimos esto porque si confrontamos el ambiente social contemporáneo con aquellas descripciones, encontramos que muchas cosas, acaso todas, han cambiado de entonces a hoy. Acaso el carácter nacional se haya modificado menos que el medio ambiente y que las mismas costumbres. En todo caso, resulta agradable retroceder a aquellos tiempos, llevados por la sugestión de esas páginas retrospectivas, que forman una de las más notables fuentes de información para quienes estudien los años finales del siglo diez y nueve, que ya llevaban el germen de profundas trasformaciones. Groot, a través de sus cuadros de costumbres. resulta tan profundo historiador como cuando redactaba las páginas de su "Historia Eclesiástica y Civil".

También escribió versos José Manuel Groot, pero en ellos no hizo más que cambiar de instrumento, pues el procedimiento sigue siendo el mismo, así como los temas y el ambiente de su poesía. Es costumbrismo en verso. Con la circunstancia favorable de que en esos breves y graciosos cuadros el rigor del metro y de la rima obligan al escritor a ser mucho más conciso y rápido que en sus narraciones en prosa. El realismo de esos relatos aparece allí más escueto y valiente, y la gracia corre con mayor libertad, hasta convenirse el cuadro en un esbozo de caricatura. Cada rasgo es definitivo, en la caracterización de un personaje o de una situación.

Vista en conjunto, la obra de Groot asombra por lo extensa y variada. Es necesario agregar a lo ya enumerado, la Vida del pintor Gregorio Vásquez y Ceballos, con la descripción de algunos de sus cuadros, obra que escribió como tributo de admiración hacia el gran pintor colonial, y donde compiten el erudito con el hombre que asimismo manejó el pincel, y que puede hablar con absoluta propiedad de los méritos de aquel artista. A esta obra es necesario sumar la biografía de San Pedro Claver, escrita con pasión de historiador y piedad de cristiano, así como la refutación a la "Vida de Cristo", de Ernesto Renán, su trabajo de más largo aliento en este género de literatura.

Groot, como lo hace notar uno de los más notables críticos colombianos, no pudo competir con Renán ni en los campos de la filología ni en los de la arqueología, que fueron las dos trincheras desde las cuales disparó su artillería pesada el estilista francés; pero situado en el terreno de la historia eclesiástica, que conocía a fondo, en el de la teología, que no le era extraña, en el de la exégesis bíblica, que dominaba ampliamente, y en el del sentido común, su refutación es convincente y rotunda.

Nada escapa al poder de este dialéctico formidable, que había templado sus armas al calor de la discusión periodística de todos los días, frente a enemigos de la fe tan poderosos como muchos de los radicales y librepensadores colombianos que habían sido adoctrinados por don Ezequiel Roja en la filosofía del inglés Bentham. Siendo de advertirse que Groot, como Arboleda, como José Eusebio Caro, como Florentino González, como Samper, y como muchos otros que, o reaccionaron contra esa enseñanza o templaron los ímpetus de sus años mozos bajo el influjo de la filosofía espiritualista, también sufrió el hechizo espiritual del célebre filósofo de Miraflores que tenía, a lo que es de suponerse, un poder subyugante de convicción, si juzgamos por el fanatismo admirativo que supo despertar en sus discípulos, aún en algunos de los que renegaron después de sus enseñanzas. Pues bien, Groot, en su primera juventud, se afiló en la escuela de la negación religiosa, pero bien pronto su alma eminentemente sensible a los estímulos de la belleza y del bien, se volvió hacia el lado de las verdades reveladas, y, desde ese momento, fue un soldado de Cristo, no sólo en teoría, sino en la práctica. Al final de la batalla pudo mostrar el pecho cruzado de cicatrices, señal evidente de que se había acercado al enemigo cuerpo a cuerpo, como en los combates de los gladiadores, y de que había literalmente bebido el aliento de quienes lo retaron al campo de la controversia.

La lista total de los e de Groot es larga. Abarcó infinidad de materias y de temas, y mucho de eso fue confiado a los periódicos que fundó o en los cuales colaboró asiduamente. De constitución vigorosa, sano de cuerpo y de alma, no conoció ni las languideces de la fatiga, ni las amarguras del desengaño. Sabia que estaba peleando la buena batalla, y eso bastaba a las ambiciones de su inteligencia, y a los propósitos de su voluntad. Restauró muchas veces la verdad histórica con in calculable denuedo. Los grandes ideales de la religión de la patria, del espíritu la tuvieron a su servicio incondicionalmente, pues cada vez que vio ofendida o escarnecida la religión de sus mayores saltó a la palestra armado de todas armas, y otro tanto hacía cuando era el nombre de la patria y los supremos ideales de la conciencia humana, el objeto del ataque por parte de los eternos operarios el rencor o de la venganza. Nada turbó el equilibrio de su espíritu ni la augusta serenidad de su mente. Al morir, arrastraba consigo la historia patria de casi un siglo, carga sagrada que él depositó a orillas de la tumba, como testimonio de su patriotismo y de su fé, en tanto que su alma, aligerada del peso de las memorias terrestres, iba a fundirse en el piélago de la misericordia infinita.

R.M.

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