EL PROYECTO DE MONARQUIA

(Historia Eclesiástica y Civil, Capítulo CIII)

Proponer monarquía para Colombia después de libertada de los españoles y de establecida la república, era algo más que herejía política. No era posible concebir idea de monarquía sin despotismo, tiranía, abyección y cuanto puede envilecer y degradar al ciudadano; no se podía formar idea de monarquía separadamente de estas tachas; no se podía formar idea de monarca, sin la identificación de Fernando VII, objeto de odio y aborrecimiento para los americanos.

Pues esta idea detestable fue con la que identificaron al libertador sus enemigos para hacerlo odioso entre los republicanos, atribuyéndole el proyecto de monarquía, a pesar de todas las pruebas que daba de su desprendimiento, de su republicanismo y de su aversión al mando. Pero llegó la malhadada ocasión en que hollaron los malignos sobre que. hacer pie para dar aire de verdad a la calumnia, y fue cuando por parte del gobierno se proyectó erigir a Colombia en monarquía. Esto tuvo lugar en 1829, y con tan favorable ocasión lograron revivir contra el Libertador las malas ideas que antes habían hecho concebir contra él, atribuyéndole querer plantear la constitución boliviana, ideas que ya habían desaparecido desde que se le vio sosteniendo el orden constitucional establecido. En efecto, hubo el proyecto de monarquía para Colombia; y se trató de ello con los ministros de Francia e Inglaterra; pero:

¿Fue el Libertador el que concibió el proyecto?

¿Se trabajó en él con su consentimiento?

¿Lo aprobó?

¿De quién emanó el proyecto?

¿Quién trabajó en él?

Esto es lo que importa saber y lo que vamos a decir, empezando por oir a uno de los autores de ese proyecto, al señor Restrepo, ministro del Consejo de Estado, quien con toda sinceridad dice:

"Al ver muchos de los hombres de experiencia y de influjo en los negocios, residentes en Bogotá, el estado alarmante que tenía la subsistencia de la unión colombiana; al considerar que el único vínculo que ligaba a las diferentes partes de esta hermosa república era Bolívar, su fundador, cuyas enfermedades y vejez prematura no prestaban garantía de que viviese lo bastante para dar cima a la obra comenzada: al meditar finalmente las fuertes antipatías que existían, por desgracia, entre granadinos y venezolanos, y las que profesaban contra ambos los hijos del Ecuador, naturalmente miraba con ansiedad el porvenir de Colombia, que no podían juzgar duradero. A tales motivos fundados de temor se añadían las revueltas originadas en las elecciones de presidente y vicepresidente que habían puesto a Colombia a punto de dividirse, y la inmensa lista militar compuesta en gran parte de jefes audaces y ambiciosos, émulos algunos del Libertador, que aprovecharían la primera ocasión que pudieran atrapar, a fin de dividir el territorio y mandar con independencia en la sección que les tocara. Todos estos y otros varios motivos reunidos hacían escogitar a muchos antiguos y verdaderos patriotas cuál sería el remedio para que subsistiera largo tiempo el magnífico Estado de Colombia.

"Después de muchas meditaciones pareció a algunos, entre los cuales se contaban los miembros del consejo de ministros, que Colombia no podía subsistir regida por instituciones republicanas que prescribían un jefe electivo cada cuatro años, según lo estableciera la Constitución de Cúcuta, pues infaliblemente se dividiría por las antipatías y rivalidades existentes, y las que excitaban las cuestiones eleccionarias. Fueron, pues, de opinión que el único gobierno que daría al territorio colombiano garantías de orden y estabilidad sería el monárquico constitucional, llamando al trono a un príncipe extranjero de antiguas dinastías de Europa.

"Pero al mismo tiempo creyeron que era preciso combinar con esta idea capital, qué se haría en tal caso con el Libertador. Parecía que su grande influjo era necesario para hacer la transición y consolidar a Colombia; ésta, además, no debía olvidar los eminentes servicios que le había prestado para conseguir su independencia, y que los pueblos estaban acostumbrados a obedecerle. Creyeron, pues, algunos resolver el problema estableciendo: "que se adoptara en principio la monarquía constitucional en Colombia, y que Bolívar, mientras viviera, mandase en ella con el título de Libertador presidente; pero que desde ahora se llamase a un príncipe extranjero a sucederle, quien sería el primer rey, y hereditario al trono en sus descendientes. En cuanto a la elección del príncipe, pareció a algunos que sería acaso lo más con teniente escoger de la familia reinante en Francia entre los hijos del duque de Orleans".

He aquí todo el proyecto de monarquía en Colombia; la corona no era para el Libertador, como lo han pensado algunos sin conocer el asunto.

Pero este plan debía ser apoyado por el comisionado del gobierno francés M. Carlos Bresson, que se hallaba en Bogotá hacía poco tiempo y cu ya misión era la de examinar el estado de la república relativamente a las probabilidades de orden y estabilidad que presentara, para ver si S. M. Cristianísima podía entrar en relaciones diplomáticas o no con ella. Este, desde el día en que fue presentado al consejo, hizo grandes elogios de las virtudes y talentos del Libertador, y dijo "que los votos de su gobierno eran por la tranquilidad de Colombia, por su prosperidad, por el desarrollo de sus inmensos recursos y por el establecimiento de instituciones libres y fuertes".

El señor Bresson había venido por Venezuela, y desde que estuvo en Caracas, dio a conocer sus opiniones y las de su gobierno sobre lo que llamaba instituciones libres y fuertes, que era la monarquía constitucional; de consiguiente, el comisionado francés acogió con mucho gusto la idea de establecer en Colombia semejante gobierno.

"Era la condición precisa de todos los que opinaban por el establecimiento de una monarquía constitucional en Colombia", dice el señor Restrepo, "que fuera sostenida por la mayoría de la nación, y que la acordaran los representantes de los pueblos, reunidos en congreso. Cualquier paso que se diera sin estos firmes apoyos, era un insulto a la voluntad nacional, suprema ley en un negocio de tamaña trascendencia".

Los ministros, guiados por los sentimientos de un puro y desinteresado amor a su patria, estaban muy lejos de querer imponer reforma de tal naturaleza contra el voto nacional, y por eso antes de adelantar más en el proyecto quisieron sondear la opinión de la capital y reunieron una junta de personas notables de los diversos estados de la sociedad el día 30 de junio, en la cual se encontró uniformidad de sentimientos con los del consejo de ministros.

Los individuos interesados en este proyecto, y con el cual pensaban salvar a Colombia de su disolución y de la anarquía, estaban persuadidos en vista de los hechos existentes en todas las repúblicas de Sud-América, de que el mal consistía en el sistema, que no era calculado para pueblos acostumbrados al régimen colonial. Tampoco se preocupaban creyendo que, con decir república, se decía libertad, y que con decir monarquía, se decía tiranía, porque observaba monarquías como la del Reino Unido de la Gran Bretaña, donde había más libertad y garantías individuales que en algunas repúblicas, como las nuéstras, donde los militares m atrevidos echaban abajo todas las garantías el día que se les antojaba pronunciarse a nombre de la ley; y observaban que de todos los Estados de la América meridional sólo se mantenía en paz, orden y progreso, el del Brasil, que se había constituido en monarquía.

Se trató también de inquirir sobre la opinión de los jefes militares, respecto al proyecto en cuestión, y se halló que la mayor parte de ellos lo aceptaban. El general Páez fue consultado, aunque él había sido el primero que en Colombia propuso la monarquía, contestó que necesitaba saber cuál era la opinión del Libertador. El consejo no pudo contestarle sobre esto, porque, aun cuando estuviera dando pasos sobre el particular, era sin contar con aquél, y Páez tuvo entonces que enviar al comandante Austria cerca del Libertador, para in formarle sobre el negocio.

En este estado se hallaban las cosas cuando el rompimiento del convenio de Girón por los pe ruanos, cosa que acabó de afectar el ánimo del Libertador, matándole toda esperanza de orden y estabilidad en las repúblicas Sud-Americanas, pues que no se podía contar con la buena fe de los tratados, ni, por consiguiente, con regla alguna de derecho internacional; a lo que se agregaban ya otros síntomas revolucionarios en Colombia, y por parte de quien menos debía esperar el Libertador, como era del general Córdoba, que ya parecía alistado en las banderas de los del 25 de septiembre. Venezuela tenía muy malos síntomas, y los aprestos de una fuerte expedición española en las islas de Cuba y Puerto Rico, formaban un nublado tan horrible que, el Libertador, como desesperado de todo bien, dirigió al secretario de relaciones exteriores, doctor Estanislao Vergara, un oficio en que, haciendo la más triste pintura del estado de Colombia, le decía que privadamente hablara con los enviados de los Estados Unidos y de la Gran Bretaña; con el primero, a fin de solicitar la mediación de su gobierno con el objeto de poner término a la guerra del Perú, como que era la nación escogida, por el convenio de Girón para intervenir en las diferencias entre las dos repúblicas; y con el segundo, para exponerle las pocas esperanzas que había de que se consolidaran los nuevos gobiernos americanos, y las probabilidades de que se despedazasen mutuamente si una potencia poderosa no intervenía en sus diferencias o tomaba a la América bajo su protección. Según el resultado que tuviera una conferencia privada, autorizaba al ministro de relaciones exteriores para entablar un oficio de negociación, siempre que hubiese probabilidad de buen éxito.

Al consejo de ministros, con quien se mandaba consultar este proyecto, dice el señor Restrepo, que le pareció sumamente extraño, hijo sólo de momentos de exaltación y de absoluta desconfianza sobre el porvenir de las nuevas repúblicas, y que lo meditó con la debida circunspección: que hallando imposible la abertura de semejante negociación, el consejo por medio del secretario de relaciones exteriores, ofició al secretario general del Libertador, representando los inconvenientes que hallaba para iniciar tal negociación. Sin embargo, éste insistió en la idea, dice el mismo señor Restrepo; a causa sin duda, de hallarse cada día más desconsolado con la suerte futura de las repúblicas americanas, habiendo recibido en aquellos días noticias alarmantes de nuevos excesos, revoluciones y crímenes que hacían cada vez más negra la historia de la América española, y que se hablaba de una fuerte expedición marítima y terrestre que la España reunía en la isla de Cuba.

Antes que el secretario de relaciones exteriores recibiera esta comunicación, ya había tenido algunas conferencias preliminares con el señor Bresson, quien manifestó cuál era el objeto de su misión, según hemos dicho antes, recalcando siempre sobre que su gobierno no podría establecer sus buenas relaciones con Colombia por el estado vacilante e incierto en que se hallaba. Esto mismo se decía en Europa a los ministros de la república establecidos en Londres y París, doctor José Fernández Madrid y Basilio Palacios, y por cuyas razones, que ellos no podían desvanecer, porque los hechos lo probaban, poco era lo que adelantaba en la vía que antes se había presentado tan fácil y feliz. El señor Bresson, pues, hallaba la idea de la monarquía muy conveniente; porque ésta había sido siempre la del gobierno francés respecto a los nuevos Estados americanos, y antes lo había expresado el secretario de relaciones exteriores de Francia al ministro Gómez, enviado de las Provincias Unidas, diciéndole "que reflexionando sobre los verdaderos intereses de esos países, estaba convencido de que esto dependía enteramente del establecimiento de un gobierno cuya influencia pudiera gozar de las ventajas de la paz, y que él creía que dicha forma de gobierno no sólo podría ser una monarquía constitucional con un príncipe europeo a la cabeza, cuyas relaciones pudieran inspirar y aumentar el respeto al Estado, y facilitar el reconocimiento de su independencia nacional".

Viendo, pues, los ministros las disposiciones de la Francia; teniendo ya datos sobre la popularidad en favor de su proyecto; sabiéndose ya el resultado de las elecciones para el congreso, que había recaído en hombres patriotas, desinteresados y juiciosos; y en fin, creyendo análogo su proyecto de monarquía con el del Libertador, como conducente al mismo objeto de asegurar la existencia de Colombia bajo la protección de una potencia europea, creyeron que era tiempo oportuno para dar curso a las negociaciones sobre el establecimiento de monarquía en Colombia; y después de algunas meditaciones bastante detenidas, se decidió el consejo a extender un acuerdo, el 3 de septiembre, tratando en él de resolver el difícil problema recomendado con tanto empeño por el Libertador, de adquirir para Colombia la ayuda y protección de una poderosa nación europea, sin comprometer de modo alguno la independencia nacional (Véase el número 51).

En consecuencia, el consejo creyó llegado el caso de entablar negociaciones con los ministros extranjeros de Francia e Inglaterra, y el secretario de relaciones exteriores inició sin tardanza las negociaciones acordadas por el consejo. Tanto el señor Bresson como el señor Campbell se manifestaron complacidos de comunicación tan importante, y pidieron que se les hiciese por escrito, lo que se verificó inmediatamente. Al ministro de la Gran Bretaña no se le habló de intervención en aquellas circunstancias, ni se le indicó al encargado de negocios sobre la probable elección de un príncipe francés. Las instrucciones que se dieron a los ministros de Colombia en Londres y París, fueron conformes a las bases acordadas por el consejo de ministros, encargándoles que procediesen con suma circunspección en este asunto.

El consejo de ministros dio cuenta al Libertador con todos los documentos de la materia, y concluía diciendo que esperaba que tales providencias fueran de su aprobación.

El Libertador recibió en Popayán estos documentos, que le sorprendieron demasiado, pues que habiéndole escrito antes particularmente sobre el proyecto de . monarquía, lo había desaprobado. Aunque se haya escrito, después de muerto el Libertador, que había guardado silencio sobre el particular, consta por carta escrita al señor Madrid, lo que acabamos de decir. (Véase el número 52).

El Libertador contestó al secretario de relaciones exteriores con fecha 22 de noviembre improbando rotundamente todo lo hecho y protestando que no reconocería por acto suyo otro que, someterse como ciudadano al gobierno que diera el congreso constituyente, y que de ninguna manera aprobaría la menor influencia en aquel cuerpo de parte de la administración actual. (Véase el número 53)

Dice el señor Restrepo que, "al terminar la lectura de esta nota, fue uniforme el sentimiento de los miembros del consejo de ministros, la indignación". Y agrega: "creyéndose sacrificados a la popularidad de Bolívar y que, sin consideración a sus largos y fieles servicios al gobierno de Colombia y a la independencia de su patria se les había dejado deslizarse por un camino peligroso. El Libertador pudo y debió hacerles evitar los riesgos y multitud de sinsabores, hablándoles desde el principio con franqueza, a fin de que no contaran con su apoyo en aquella difícil empresa. Esta conducta habría sido noble, leal y generosa, propia de Bolívar con sus antiguos amigos".

El señor Restrepo, en muy sentidas palabras, añade en una nota, que desde el mes de mayo le habían escrito cartas particulares anunciándoles el plan que meditaban, sin que les hubiese dado contestación en los cuatro meses corridos hasta septiembre.

Por la carta del Libertador escrita al señor Madrid, se ve que había contestado a la correspondencia particular dirigida sobre el asunto, que había contestado manifestando su improbación sobre el plan de monarquía; el lector formar sobre estas dos aserciones el juicio que le parezca.

Ya hemos dicho que nosotros no somos fanáticos en política para creer que los partidarios del gobierno monárquico hayan de considerarse como sectarios de la tiranía. Nada de eso; y bien se ha visto que los pobres déspotas son los que, como dice el apóstol San Pedro, toman la libertad por velo de sus siniestros designios. Antes se ejercía el despotismo por reyes, porque esos eran los gobiernos de la época; en los tiempos del liberalismo los déspotas ejercen su oficio con el gorro de la libertad en la cabeza, porque la corona ya no está en moda, y a los pueblos se les engaña con apariencias. Así, pues, nosotros estamos muy lejos de reputar como malos patriotas a los que promovieron y trabajaron en el plan de monarquía para Colombia, y si se hubiera verificado, quizá habríamos marchado como ha marchado y marcha el Brasil; pero tenemos que fallar en el pleito y es preciso estar a los autos.

Los ministros del consejo no han podido hacer inculpación al Libertador, quejándose de él, por no haber dicho antes que no prestaría su asentimiento al proyecto que meditaban, aun admitiendo que habiéndole dado aviso de ello, pasasen cuatro meses sin decirles nada, porque según repite en muchas partes el mismo señor Restrepo, el Libertador siempre combatió la idea de levantar tronos en América, y nos cita nada menos que estas palabras dirigidas al congreso de Bolivia: "¡Legisladores! Los príncipes flamantes que se obcequen. hasta construír tronos encima de los escombros de la libertad, erigirán túmulos a sus cenizas que digan a los siglos futuros cómo prefirieron su fatua ambición a la libertad y a la gloria".

¿Cómo pudieron, pues, los que sabían estas palabras del Libertador figurarse que apoyara el proyecto que tenían entre manos? Aun hay más: escribiendo al mismo secretario de relaciones exteriores doctor , en 1828, desde Hatoviejo, le decía: "No me gusta que intervengamos entre los argentinos y el emperador sino en el caso de que pudiéramos inducir al último a la idea justa de dejar la Banda oriental en libertad de formar un gobierno propio, y de ninguna manera debemos entrar por la erección de un nuevo trono en América. Esto no es bueno ni nos sería honroso como republicanos acérrimos" 1.

¿Con esto cómo pudo el secretario de relaciones exteriores, miembro del consejo, formarse idea de que el Libertador pudiera recibir bien alguna vez el proyecto de erigir nuevos tronos en América? Y la carta a Páez en que el Libertador improbaba ese mismo proyecto y en que se extendió manifestando todos los inconvenientes que en Colombia se presentaban al tal proyecto, no era otra prueba que el consejo tenía a la vista para juzgar lo adverso al proyecto?

Es preciso convenir en que el consejo procedió en esto con demasiada ligereza, porque la prudencia exigía, que en materia de tanta gravedad, no debiera darse paso alguno antes de consultarlo con el Libertador. Los ministros se quejaban de que éste, con su áspera improbación, los había dejado en un comprometimiento fatal; pero ellos no reparaban en comprometer, de una manera peor, al presidente de la república al proyectar, sin su anuencia, el cambio de la república en monarquía, cosa que si el Libertador hubiera aceptado por no dejar comprometidos a sus ministros, lo habría comprometido a él, y dado fundados motivos a sus enemigos para acabarlo de perder en la opinión pública, pues que habrían dicho, y con apariencia de toda razón, que el proyecto era suyo.

La disculpa que daban los ministros para evadir el cargo de haber procedido arbitrariamente en tan delicado negocio, no parece de hombres serios. Decían que no habían hecho otra cosa que dar aplicación, del modo que era posible, a la orden del Libertador, de solicitar la ayuda y protección de alguna potencia europea para las repúblicas de la América española, porque esto no se habría podido conseguir sin fundar un gobierno que diera garantías, orden y estabilidad a Colombia; y añadían que antes el consejo había hecho menos de lo que prevenía la orden, reduciendo los términos en que se creyó acequible, a sólo Colombia. Esto quería decir que sin reducirla habrían formado el proyecto de monarquía para toda la América del Sur, y como esto habría sido absurdo, se sigue que el modo de aplicar la idea contenida en la orden fue absurdo, porque los principios deben aplicarse por medios consiguientes a ellos y no por medios incompatibles, porque la orden era solicitar protección para las repúblicas y no para monarquía, sistema en desacuerdo con los principios proclamados por los pueblos y por el mismo Libertador. Así, pues, la disculpa era inadmisible, porque no se puede admitir en principio, que cada cual, para cumplir las órdenes que se le prescriban, pueda usar de medios incompatibles con la intención del que las ha dado. Y si así no fuera, también el Consejo habría podido adoptar para Colombia la religión protestante, a fin de que la Inglaterra nos tomase bajo su protección; podría haber proyectado, igualmente, tratados degradantes con esta u otra potencia europea; y si nada de esto habría podido hacerse para cumplir la orden del Libertador, tampoco podría hacerse la república monarquía. Mando yo que me reparen mi casa porque se está cayendo, y me hacen de ella Una iglesia. ¡Buen modo de cumplir mis órdenes! ¿Tendría razón para quejarse de mí el arquitecto si yo le hacía desbaratar lo hecho?

Verdaderamente, quedaron los ministros del consejo en una situación bien penosa con la declaratoria hecha por el Libertador contra el proyecto de monarquía, en que tanto se había avanzado. Se hallaban en comprometimiento con el ministro inglés y con el comisionado francés, Este, a quien tanto cuadraba el dicho proyecto, había despachado prontamente, con las comunicaciones que lo contenía el duque de Montebello para la corte de Francia, y él había suspendido su partida por aguardar los resultados de aquella comisión. Los ministros de la república en Londres y París, a la fecha habrían ya dado pasos sobre el negocio cerca de los respectivos ministros de relaciones exteriores. Estas cosas consideradas por todos y cada uno de los ministros del consejo, eran un tormento insoportable y serían mucho más dignos de compasión si ellos mismos no tuvieran la culpa de sus trabajos.

En el ánimo del Libertador, tan angustiado como estaba en aquella época, también había causado un tormento grande el proyecto del consejo, pues bien sabía que de poco necesitaban sus enemigos para desacreditarlo más y más. Era tal el estado de desaliento o de desesperación en que se hallaba, que a poco escribió a los ministros que él se separaba absolutamente del mando, que había dado orden de cerrar su secretaría general, enviando todo lo pendiente a los respectivos minis tros y que ejercieran ellos el gobierno en todos sus ramos.

El consejo no admitió esta delegación, manifestando al presidente que a él exclusivamente era que los pueblos habían concedido las facultades de un dictador, y que habiéndolas aceptado no podía dimitirlas sino ante la representación nacional que debía reunirse el 1° de enero.

El general Páez, como se ha dicho antes, había mandado al comandante Austria cerca del Libertador para inquirir su opinión sobre el proyecto del consejo de ministros. Desde Popayán contestó a Páez manifestándole su opinión. Hablábale también sobre la necesidad de sostener la unidad colombiana y añadía: "Mucho y mucho más podría decir a usted en esta carta que sería nunca acabar. Por lo mismo me refiero en todo a lo que diga a usted Austria que va bien empapado de mis ideas, que se reducen a dos palabras: sostener el congreso". Austria, manifestando a Páez los sentimientos del Libertador, concluía así: "su excelencia ha dicho antes que jamás cambiaría su título de Libertador por el de emperador ni rey, y que este ha sido y es el voto m sincero de su corazón; y por último, que aun cuando Colombia entera, del modo más decidido y resuelto, quisiera un rey, S. E. no sería monarca".

Estos testimonios han sido publicados en Venezuela por los mismos enemigos del Libertador, como publicó también el general José María Obando en posterior época, en sus Apuntamientos para la historia, que el Libertador, cuando recibió las primeras cartas sobre el proyecto de monarquía, lo llamó aparte y le dijo: "No ve usted cómo quieren estos hombres perder la república y a mí con ella? vea usted estas cartas", y agrega que le mostró las contestaciones que había dado a los ministros improbando el proyecto.

Sin embargo, los enemigos del Libertador, desentendiéndose de todo, siempre han continuado cultivando la calumnia de atribuirle el haber querido coronarse en Colombia 2.

El consejo dio contestación en 8 de diciembre a la nota de 22 de septiembre con la exposición de las razones que había tenido presentes para prodecer sobre el proyecto de monarquía; la principal era lo que antes hemos indicado, a saber: la de dar cumplimiento a la negociación indicada por el Libertador para solicitar el apoyo y protección de alguna potencia europea en favor de la América. Esta nota del consejo fue contestada con fecha 18 de diciembre por la secretaría general del Libertador que ya se hallaba en el Cauca. (Véase el número 54).

"Confesamos francamente, dice el señor Restrepo, que los fundamentos aducidos por el Libertador para fundar la improbación del proyecto de monarquía eran muy poderosos. Aun sin haberlo consentido, sus enemigos se valieron de este pretexto para calumniarle, y para despedazar su reputación, haciendo creer maliciosamente a los in cautos e ingorantes, que Bolívar, el fundador de tres repúblicas, había querido coronarse y establecer un trono en Colombia" 3.

El consejo resolvió suspender las negociaciones sobre este asunto y el ministro secretario de relaciones exteriores dirigió en 31 de diciembre los señores Bresson y Campbell nota comunicándoles aquella resolución. Estos contestaron al secretario, y en las contestaciones no deja de traslucirse la extrañeza que les causara tan repentina mutación en negocio que parecía tan meditado. (Véase el número 55).

La negociación en Francia no había tenido resultado alguno, porque el ministro Polignac, acérrimo legitimista, no quiso oir proposición alguna de los Estados americanos, por respeto a los derechos que creía tenía la España sobre sus antiguas colonias.

En Inglaterra la negociación iniciada por el ministro de Colombia produjo todos sus efectos. El señor Madrid tuvo dos conferencias oficiales con el secretario de relaciones exteriores de S. M. Británica lord Aberdeen. De estas conferencias resultó: l° que el gobierno inglés nada aconsejaba ni aconsejaría a Colombia sobre alteración en la forma de su gobierno; pero que lejos de oponerse al establecimiento de una monarquía, lo celebraría, porque el gobierno de S. M. Británica se hallaba convencido de que esto contribuiría al orden y prosperidad de esta parte de la América; 2° que el gobierno inglés no opondría objeción alguna, si el pueblo colombiano proponía al Libertador para su monarca; declaración que hizo espontáneamente lord Abordeen, no habiéndose tratado por parte de los ministros ni del enviado de Colombia, de coronar a Bolívar: 3° que la Inglaterra tampoco tendría que hacer objeción alguna si el príncipe que se eligiese era de la familia real de España; pero escogiéndose de cualquiera otra dinastía sería este negocio de sumo interés para la Gran Bretaña, cuyo gobierno de ningún modo permitiría "que un príncipe de la familia reinante en Francia cruzase el Atlántico para coronarse en el Nuevo Mundo". Al mismo tiempo declaró, que el gobierno de S. M. no se prestaría, aun cuando se lo propusiese, a que un príncipe de la real familia inglesa fuese a reinar en la América española; declaración que hacía para manifestar que ningún espíritu de concurrencia ni aspiración alguna motivaba aquella declaración. Después de esto decía en particular el ministro inglés al de Colombia: "Me parece, además, que el proyecto, como se ha indicado es irrealizable: él es demasiado vago e incierto para que pueda satisfacer a nadie. ¿Cómo es posible que ningún príncipe de las grandes naciones de Europa acepte un nombramiento que no podrá llevarse a efecto sino después de la muerte del Libertador? Si se cree que la monarquía es necesaria en Colombia y que convendría un príncipe europeo, llámese a éste desde luego; de otro modo, ustedes no podrán encontrar un individuo de las primeras dinastías europeas que pueda llevar consigo el lusfre y consideraciones que desean: encontrarán a lo más, algún pequeño príncipe alemán, con el que poco adelantarán ustedes. ¿Pero qué necesidad tienen ustedes de hablar ahora de la sucesión ni de príncipes europeos? Continuando el Libertador al frente de Colombia, ya sea durante su vida, o por un cierto número de años, ustedes podrán después resolver en lo sucesivo lo que sea más conveniente".

Tal era el concepto que el gabinete británico había formado del Libertador.

No pasó de aquí el ruidoso proyecto de monarquía en Colombia. Baralt y Díaz han hecho un crimen de que los ministros del consejo hubieran proyectado proponer al congreso la adopción del gobierno monárquico, y dicen que se les debía haber juzgado y castigado. El fanatismo político de los liberales debía también tener su inquisición para quemar a los que no opinaran por la democracia, y los venezolanos debían haber empezado sus autos de fe por Páez, los Carabaños, Tobar y otros de sus paisanos monarquistas. El señor Restrepo les ha contestado perfectamente bien a esos dos historiadores; pero se le olvidó lo mejor, y era que cuando el consejo estaba dando pasos sobre esto, no sólo había libertad para opinar en política, sino que a poco vino la circular en que se excitaba a todos los colombianos a proponer sus ideas respecto al sistema de gobierno que hubiera de adoptarse, y en el cual se decía "que todas las opiniones por exageradas que parecieran, serían igualmente bien acogidas".

1
Copiado del original autógrafo que conserva la familia del doctor Vergara.
2
Cuando el general Santander estuvo en Europa por causa del 25 de septiembre, suministró un largo artículo para la "Enciclopedia Británica" que se publicó bajo el rubro de "Colombia". Este opúsculo fue traducido en tiempos posteriores por el doctor Lorenzo María Lleras. en Bogotá, agregándole algo más en. el sentido calumnioso del texto relativamente al Libertador. En el año de 1848 el editor de "El Aviso", en una serie de artículos titulados "Los Cuatro Administraciones", volvió a las calumnias sobre el proyecto de monarquía en Colombia, atribuyéndolo a ambición el Libertador y callando maliciosamente, como lo hablan hecho Lleras y los otros enemigos suyos, la improbación explícita a que tal proyecto había dado. Ninguno más impuesto de los negocios del consejo de ministros que el editor de "El Aviso" señor José María Vergara Tenorio, hijo del señor Vergara, secretario de relaciones exteriores. La calumnia de la monarquía de Bolívar es una cosa parecida a la forjada contra el Papa con el cuento de la condenación de Galileo. Se han publicado los documentos que la desmienten: se repiten todos los días y sin embargo, el cuento se repite también todos los días, come que si nada se hubiera dicho en contrario. Así procede la mala fe, porque dicen que de la calumnia algo queda.
3
Historia de Colombia.
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