El cuadro de Santo Domingo revistiéndose tiene dos varas y media de alto y dos de ancho; las figuras son del tamaño natural. El Santo tiene puesta el alba, e hincado en una grada recibe la estola de manos de la Virgen que está de pie, y detrás hay unas nubes luminosas que descienden de arriba con unos angelitos. Detrás de SantoDomingo está hincado un corista apuntándose el síngulo que le ha ceñido. Vásquez incurrió en el defecto de introducir dos escenas en esta composición; aunque bien se le puede perdonar por la bella ejecución de la segunda, en que puso al santo en término más lejano diciendo misa en el altar, y al corista ayudándole. Esto se ve a toda luz en la parte de afuera por entre una puerta que está en el fondo del cuadro.
El dibujo es muy correcto: las actitudes fáciles y graciosas. La Virgen tiene una talla elegante con aire modesto: las ropas están echadas con mucha sencillez y facilidad; pero los colores están perdidos porque el azul de que usaban nuestros antiguos pintores era malísimo, y el carmín debía ser peor, si no era la chica. Así es que todas las ropas azules de aquel tiempo, están de un verde aceitunado oscuro y desapacible, y los rosados como si se les hubiera mezclado siena quemada.
Las carnes de la Virgen son puras y virginales; las manos muy bien dibujadas y la fisonomía del rostro es lo mismo que todas las de las vírgenes de Vásquez, que en viendo una pueden darse por vistas todas, porque todas son hermosas y de igual tipo.
La cabeza del santo es excelente; de un colorido fresco y
jugoso; llena de candor y mansedumbre su expresión es bondadosa,
noble y devota; recibe con amoroso respeto la estola que le
presenta la santa Virgen: la actitud es muy natural: el dibujo muy
correcto y el claroscuro, dado en masa, es magnífico. Como la luz
fuerte viene del resplandor celestial que trae la Virgen y hiere de
frente al santo, el cuerpo de éste produce una columna de sombra
hacia atrás; por consiguiente, el corista que está apuntando el s
queda comprendido bajo esta masa de sombra; pero como a Vásquez le
gustaban tanto los accidentes de luz, y los sabía disponer con
tanto acierto como gracia, dio al corista la actitud más natural y
la expresión más adecuada para figurarlo apuntando con gran
cuidado el síngulo, en cuya operación inclina un poco la postura, y
alcanzando a sacar un poco la cabeza fuera de la sombra, le pasa un
rayo tangente de luz por la parte superior de la frente que se ve
alumbrada como si le diera la luz del sol.
La vestidura blanca del santo se conoce que es de lino, y están perfectamente bien imitadas las quiebras que por todas partes presenta el género planchado, tan blanco como acabado de pintar, por donde se deja conocer que el aceite con que pintaba Vásquez era bueno, pues lo mismo se observa en todos los blancos y carnes delicadas de aquellos cuadros que no han sido maltratados.
El San Jerónimo está en su gruta, con túnica blanca y capelo de cardenal. Sobre una pequeña mesa de tabla asegurada en la misma peña, tiene el cristo, libros, plumas y una calavera. La fisonomía es grave y expresiva: la actitud es muy bien estudiada. El Santo doctor estaba leyendo en un gran libro que está sobre la mesa y encima del cual tenía echada la mano izquierda: sobre la derecha, doblados los dedos por la primera falange, cargaba la sien, mientras el codo descansaba sobre la mesa. Cruzaba la pierna derecha sobre la rodilla de la izquierda, entrando bajo el hueco de la mesa. En esto oye aquella temerosa trompeta que hiere su oído desde los cielos: vuelve la mirada atrás sin quitar la mano del libro, ni la cabeza de la otra en que se apoya. Vuelto, de medio cuerpo arriba para mirar atrás sin dejar la mesa, el otro medio cuerpo participa del mismo movimiento y vuelve al frente la pierna derecha cuyo pie queda en el aire por estar cargada sobre la rodilla izquierda. Y es tan bueno el dibujo y claroscuro, que parece se sale este pie fuera del lienzo.
La figura se proyecta sobre el fondo oscuro de la gruta, que coge una buena parte del cuadro, y desde ahí sigue luégo un paisaje de riscos y montañas. En un lejos de este paisaje colocó Vásquez un cazador corriendo con sus perros tras un venado.
Entre los cuadros de Vásquez que hay en el convento, uno de los más notables es el de Santo Tomás de Aquino con unos herejes a los pies. La composición es alegórica y de gran mérito tanto por lo bien agrupado de las figuras, como por el dibujo, claroscuro y colorido. Las figuras son menores que el natural y el cuadro tiene algo menos de dos varas de alto y un poco menos de ancho.
El Santo está sentado en una silla de muy buena perspectiva, casi de frente hacia el espectador. Con la mano izquierda tiene cogido un libro por la parte de arriba y lo apoya sobre la rodilla del mismo lado quedando el respaldo para afuera. Con la derecha parece que acciona hablando con el espectador sobre lo que ha leído. A sus pies están caídos por tierra tres herejes de los cuales uno queda todo en sombra tras de la silla y entra hacia el fondo del cuadro, que es de gran profundidad sin ser oscuro. Los otros dos, uno está bocabajo con un libro en la mano y como queriéndose levantar. El otro está con medio cuerpo levantado apoyándose en el brazo izquierdo que se ve desnudo y es excelente: la cabeza es calva, mira hacia el Santo, y se ve casi por detrás: es de un colorido algo tostado muy fresco y jugoso.
A la derecha del grupo hay un altar sobre el cual está la custodia con el Sacramento y de ahí parte el golpe de luz que lo ilumina y produce una sombra en el suelo que es la que cubre parte de las figuras que están a los pies del Santo.
Por la parte de arriba hay una gloria con angelitos en diversas y contrastadas actitudes sumamente graciosas: las carnes de éstos son preciosas y lo mismo las fisonomías, porque Vásquez tenía, como Alvano, gracia particular para pintar niños.
Las carnes del Santo son puras; está representado muy joven COn fisonomía animada; no tiene más defecto que tener los labios demasiado rosados y el medio lado de sombra un poco oscuro. El hábito blanco imita perfectamente bien el género y los pliegues son tan sueltos y naturales como si los hubiera tomado del natural. La actitud en que está sentado es igualmente natural y descansada: las piernas se contrastan muy bien, porque el pie derecho descansa naturalmente sobre el suelo y el izquierdo pisa sobre una de las figurase de modo que la rodilla sobre que apoya el libro está más alta, con cuyo accidente evitó Vásquez el paralelismo de los miembros, cosa que siempre tuvo presente en sus composiciones no sólo en cada figura sino entre figuras y figuras.
El efecto de este cuadro es magnífico por la inteligencia del claroscuro Y el tono general tan armonioso y suave. Las dos figuras que están caídas y vienen de la silla para afuera al primer término, se salen enteramente; mientras que la tercera que está en sombra, se retira al fondo del cuadro donde se ve una puerta al lado derecho y por entre ella se descubre como un claustro claro a lo lejos. Este es uno de los mejores cuadros del convento de Santo Domingo; pero el del niño dormido sobre la cruz es admirable.
Este precioso cuadro sirve de puerta al sagrario pequeño del altar mayor; tiene media vara de alto y algo menos de ancho. De todos los cuadros de Santo Domingo, éste fue el que más llamó la atención al barón Gros.
Al pintar este cuadro, Vásquez coincidía en la idea con Alvano, dando por cuna al Niño Jesús la cruz en que habia de morir; pero Vásquez profundizó más el pensamiento y lo ejecutó con más osadía porque Alvano se contentó con poner el niño acostado sobre la cruz horizontal visto de lado y de consiguiente en su extensión natural, mientras que Vásquez representó el suyo acostado sobre la cruz en perspectiva vista casi por el pie, originando en la figura algún escorzo que, con su buen sentido y su acostumbrado acierto, supo moderar levantando la cruz por la parte superior que carga sobre una pequeña columna; de manera que el niño quedase sobre un plano inclinado en ángulo muy agudo. Se ve, pues, en este cuadro que la figura se extiende de adentro para afuera, lo que es de más difícil ejecución. Además puso Vásquez a la Virgen y a San José cada uno a un lado del niño hincados de rodillas en actitud contemplativa y en lo alto una gloria con variedad de angelitos lindísimos. Esto respecto a la ejecución.
Respecto a la parte ideal, Vásquez desarrolló más el pensamiento en la contemplación de la Virgen y San José, que es profundamente misteriosa, pues que en la expresión del Patriarca parece hallarse algo de sorpresa, mientras que en la Virgen se ve la calma de quien lo sabe todo y nada ignora respecto de aquel niño.
Por otra parte, adelantando Vásquez la idea de la dolorosa cuna, esparció a sus lados los instrumentos de la pasión, como se esparcen al derredor de la cuna de los niños los juguetes de su recreo.
El conjunto de esta composición es bellísimo, por la disposición de las figuras, como por lo armonioso y brillante del colorido. Las luces están dirigidas con el mayor acierto: las sombras diáfanas y correspondientes a cada objeto según su naturaleza: las carnes de la Virgen son puras y hermosas como las de los ángeles: las de San José son de hombre de trabajo; pero tienen un tono dorado bellísimo: lo que más brilla en este cuadro es la delicadeza y la ternura con que está ejecutada cada cosa. El Niño duerme con la tranquilidad de la inocencia; las carnes son tan puras, tan mórbidas y blandas que parece se le nota la respiración: todo está hecho con medias tintas claras pero de tanto efecto que parece de bulto: los contornos son redondos y suaves. La actitud es enteramente natural y descuidada: el cuerpo se inclina poco sobre el lado izquierdo y recuesta la cabeza en el brazo que doblado por el codo y cargado sobre el de la cruz deja colgar la mano naturalmente. El brazo derecho echado también con negligencia sobre el cu lleva la mano a la cadera, y la pierna izquierda se oculta un tanto bajo la derecha. No le cubre más que una ligera toalla por la cintura. Y este hermoso niño que duerme tranquilo sobre tan duro lecho, es el que atrae las miradas y la atención de todos los personajes de la escena porque él es el objeto principal de ella así para los que están en los cielos como para los que están en la tierra.
Este es uno de los cuadros por donde se puede juzgar mejor del mérito de Vásquez, por ser los dos que pintó con más esmero y estar bien conservado, si se exceptúa la alteración de aquellas partes en donde ha entrado el azul.
Por éste y por el del martirio de un santo, fue que un inglés ofreció quinientos pesos al Padre Galvis en 1833; y don Francisco Domínguez había ofrecido, en tiempos anteriores, sólo por el del Niño trescientos pesos y hacer de nogal los guarda-ropas de la sacristía, lo que era mucho ofrecer en ambos casos atendido el poco aprecio con que se ha dispuesto de tantas y tan buenas pinturas de Vásquez.
Uno de los cuadros más conocidos de todos y más generalmente estimados es el que representa la huída de la sacra familia a Egipto. Hállase en la sacristía de San Agustín y está muy bien conservado, con la particularidad de permanecer los colores, aun el azul, con poca alteración. Las figuras son como la mitad del natural. La Virgen en su mula con el niño que duerme reclinado sobre su pecho: San José que va al pie de la mula conversando con su casta esposa: un ángel que lleva la bestia de cabestro y otro pequeño que vuela sobre el grupo con una hacha encendida para alumbrar el camino, son las figuras que forman este precioso grupo.
La noche es oscura aunque se ve la luna por entre rasgadas nubes. Los viajeros andan por un camino montuoso, y por entre los grandes árboles se ve a lo lejos un grupo de soldados de caballería que se han detenido y como que conciertan sobre la ruta que deben tomar. Pero estos detalles no aparecen al primer golpe de vista que sólo presenta oscuridad por todas partes; es necesario fijarse un poco para percibirlos.
El grupo principal tiene mucho movimiento y expresión: se nota perfectamente que andan a paso largo, ya por las actitudes, ya por la diestra dirección de las ropas flotantes que están hechas con magisterio y gracia. La luz les viene de la hacha que lleva el ángel y produce un claro-oscuro fuerte dirigido con tanta sabiduria que nada deja que desear al observador inteligente.
El dibujo es muy correcto. La figura del ángel que guía es bellísima; y Vásquez que era de fecunda imaginación no lo pintó simplemente llevando el cabestro de la mula, sino que haciéndose cargo que no se anda de noche por un camino escabroso con la misma facilidad que de día, lo representó un poco inclinado como quien repara por dónde anda; y como la luz viene de arriba, la cara y el pecho quedan en sombra, mientras que el hombro y brazo parte de la espalda reciben la luz fuerte tambien la recibe en otras partes del cuerpo contraponiendose las oscuras sobre las iluminadas produciendo multitud de accidentes y contrastes tan oportunos para separar los miembros y aislar la figura, que bien puede servir de estudio en esta parte de la pintura. A esto se agrega el colorido de las carnes que es puro y hermoso. En el hombro y en el brazo izquierdo es donde más se nota su belleza; es el brazo de un joven delicado y noble, cuyas carnes son tan frescas como naturales. La cabeza, que está iluminada por encima, es igualmente bella por la blandura y sencillez con que están pintados los rubios y encrespados cabellos. La Virgen tiene una fisonomía bellísima: San José va hablándole y aunque la cara está vuelta hacia el Santo, la mirada no se fija en él Sino como que atiende con el oído y lleva algún cuidado.
El angelito que va volando y lleva el hacha es muy bello y tiene aquella soltura que se advierte en todas las figuras aéreas de Vásquez. El claroscuro de éste es muy particular pues le da la lumbre de cerca y por debajo; de modo que en el rostro se encuentran las sombras donde se ven los claros comúnmente y los claros en lugar de las sombras, y con todo, nada tiene de repugnante sino antes por el contrario, es muy gracioso.
El celaje tenebroso, el terreno oscuro y lo mismo los grandes árboles, que apenas tienen algunos topes claros como si les diera la luna, todo está perfectamente ejecutado y da un fondo excelente al grupo.
Es de sentirse que esta pintura esté tan mal colocada, pues que recibiendo la luz de la ventana del frente no se puede ver sin reflejo sino con mucha incomodidad por un solo lado, sin poderse poner a la distancia correspondiente por estar allí la mesa de revestirse, y por el otro lado la pared, porque el cuadro está junto al ángulo de la pieza. El lugar que le conviene es el de la testera del frente en que da la luz oblicua; pero allí tienen los padres un nacimiento de Figueroa, maestro de Vásquez, en lugar de tener la huída a Egipto que lucina mucho más y se conocería todo su mérito.
En el coro de la iglesia de los Padres de la Candelaria hay un descendimiento que no es de mejor de Vásquez aunque el Cristo tenga una pierna escorzada de mucho mérito. Al frente de éste, está otro de Jesús desnudo, atado do las manos y sentado en una piedra. El fondo es muy oscuro porque se representa de noche y como en una prisión. La luz le viene de una lámpara que está colgada del techo. Este es otro desnudo tan bueno mejor que el Cristo de Santo Domingo: las carnes son un poco más blancas, quizá por haber estado mejor tratado; la posición es tan buena que parece tomada del natural: el dibujo es excelente, no hay más defecto que tener la pierna izquierda un poco larga de la rodilla para abajo, pero no es defecto que se note si no se hace cuenta exacta las proporciones; así es que, en lo general, nadie lo echa de ver. Está atado de las manos que carga sobre las rodillas e inclinado el cuerpo sobre ellas como descansando; y como se ve un poco más por el lado izquierdo, este brazo, vuelve el codo para el espectador y la otra parte, hasta la mano, vuelve adentro en escorzo. Es de un efecto admirable toda la figura pero sobre todo este brazo que se separa y sale fuera. En la musculación se observa la misma delicadeza; la misma exactitud que en el Cristo de Santo Domingo, aunque aquí parece de más edad. La cabeza es excelente y la expresión divina, pues aunque se nota padecimiento, no se nota bajeza ni debilidad. La mirada es imponente, parece que penetra el pensamiento.
El claro-oscuro es fuerte; pero hay tal suavidad en los contornos y tal ternura en las tintas, que todo presenta un conjunto suave y un relieve magnífico. La estatura es casi del natural.
No puedo prescindir de dar noticia de algunos cuadros que están en casas particulares y sea el primero el de la huída de Lot que posee uno de los prebendados. Tiene de largo este cuadro una vara y dos tercios y de alto vara y tres pulgadas: las figuras tienen más de tres cuartas de estatura. El grupo se compone de seis personajes que son: Lot y su mujer; sus dos hijas y dos ángeles.
El dibujo es correcto y elegante; el claro oscuro perfectamente bien dirigido, y el colorido fresco y hermoso tiene un tono dorado que los franceses llaman chaude y que nosotros no podemos expresar bien diciendo jugoso.
En el centro del grupo van Lot y su mujer; en seguida sus dos hijas: un ángel va adelante y atrás otro. Lot parece que deja con sentimiento su morada o que deplora la desgracia de la ciudad, pues está en ademán de andar y al mismo tiempo con las manos juntas vuelve el rostro a un lado como si quisiera detenerse un momento para mirar atrás; pero el ángel que guía la tira del manto y dirigiéndole la mirada la muestra con la mano izquierda para adelante. La figura de este ángel es airosa y bellísima: se ve por la espalda de la cintura para arriba, y un poco más de perfil de la cintura para abajo; lo que le da un movimiento tan natural como expresivo, porque es lo mismo que si fuera andando y al detenerse Lot volviera el cuerpo para no dejarlo parar un instante Se descubre en este ángel gran parte de la espalda para mostrar unas carnes bellísimas; el brazo derecho también se ve todo desnudo, y el ala del mismo lado queda escorzada de frente al espectador, y como por un lado está en sombra y la luz hiere de lleno sobre la espalda, parece que esa ala se sale del lienzo y viene afuera. La luz del amanecer da de frente al grupo y a lo lejos se ve el relámpago del rayo que parte sobre la ciudad nefanda. Así, la cara del ángel que vuelve a mirar a Lot como para decirle que no se detenga, está en sombra.
La mujer de Lot, que apenas se descubre de los hombros para arriba por entre éste y el ángel, es una anciana venerable en cuyo rostro se pinta el pesar y la confusión. Va agachada y enjugándose las lágrimas con un paño blanco.
Las dos muchachas esbeltas y robustas, parece que tambien andan de mala gana y que quieran detenerse a mirar para la ciudad, pero el ángel que va detrás, con ademán pronto y animado las impele para que anden aprisa.
Las carnes de estas tres figuras son tan bellas como las del otro ángel: todos los ropajes son excelentes y sus pliegues con toda aquella soltura y dirección que indica el movimiento que llevan.
El primer ángel que es el que está más hacia el primer término, es muy acabado. Lot y su mujer que se retiran un poco más, están tocados con más ligereza. En la cabeza del anciano, cuya fisonomía es noble y venerable, hay cosas que están sin retocar, principalmente en el lado que está en sombra y la barba; pero esto no lo dejó Vásquez así por desidia sino porque así convenía al efecto generala que es divino, pues parece que se puede pasar por entre las figuras que se ven enteramente separadas.
Las muchachas llevan bajo el brazo sus líos de ropa y una canastilla con unos pomos de plata o yacijas de tocador; un perrillo les acompaña y va corriendo adelante de todos.
El campo es sumamente oscuro; y sólo se perciben las quiebras del terreno; un río con puente; la pequeña población de Sogor y un grande árbol tronco está en primer término; no se ven de él sino algunas grandes ramas por los toques de luz que tienen en las puntas de las hojas que dan para la parte de donde viene la luz; lo demás no se percibe en la oscuridad y los otros detalles tan poco se perciben sino en fijándose mucho. Todo el color con que está pintado este fondo es trasparente y dando al campo mucha profundidad realza las figuras del grupo de una manera sorprendente.
He dicho en otro aparte que Vásquez era tan hábil en lo grande como en lo pequeño; voy, pues, a hablar de dos cuadros en latón y de pequeñas dimensiones que, en mi concepto, son de lo mejor que hizo en este género. Sus dimensiones, son siete pulgadas de alto y diez de ancho.
Representa el uno a la Virgen en su casa cocinando, cerca de la hornilla a cuya lumbre tiene puesta una olla de fierro. El Niño Jesús, como de trece años, con su túnica morada y su cabellera crespa y linda, esta barriendo con la escoba en las manos. En el taller de un carpintero había sin duda algunas virutas que barrer: San José está en segundo término junto al banco cepillando un palo; pero ¡qué contraste! cuando los dueños de la casa, pobres y humildes, desempeñan semejantes oficios, los sirvientes son dos ángeles; uno que recoge las astillas del suelo para que sirvan de leña a la hornilla, y otro que se acerca a la Virgen, que está en actitud de meter la cuchara en la olla para rebullirla, vuelve en este momento a mirar al niño y parece que encantada se recrea en aquella criatura tan graciosa.
La perspectiva de la pieza es excelente; hay una pared que viene del fondo para afuera que hace un efecto magnífico: por una ventana que en ella hay se ve fuera un campo muy alegre y claro: la luz de esta ventana es la que ilumina todos los objetos, que están dispuestos de modo que produzcan el buen efecto que producen con los diversos accidentes de luces y sombras, que se comunican o que se contraponen. El dibujo es sumamente correcto, y el colorido por el mismo estilo del otro cuadro, que paso a describir y que representa una escena en parte ideal, porque la Virgen viene a visitar a Santa Isabel después de nacido el Bautista; cosa que no refiere la sagrada historia, sino antes del nacimiento del Santo Precusor.
La Virgen, sentada de frente, vuelve el rostro para hablar con su prima mostrándole con la mano al lado opuesto la cuna que allí está preparada para acostar al niño y cuyas cobijas desdobla un angelito que vuelve la mirada a Santa Isabel como para decirle que ya está todo pronto. La santa sentada en una silleta baja a la derecha de la Virgen, tiene al Bautista sobre sus piernas dormido y abrazado con ambos brazos, y el cuerpo un poco inclinado hacia adelante como que va a levantarse para llevarlo a la cima donde dirige la mirada con la palabra que se le conoce tiene en los labios y que sin duda dirige al angelito que aqui tambien hace veces de sirviente El niño duerme con la tranquilidad de la inocencia; está vestido con una camisa blanca y de la cintura para abajo envuelto en pañales. Como las figuras grandes son de cinco pulgadas de alto, la del niño tendrá en toda su extensión como catorce líneas, y sin embargo, el rostro, manos y pies están bien pintados como pudiera estarlo en mayores dimensiones siendo de admirar los pinceles con que Vásquez ejecutaba estas cosas cuando no había facilidad para conseguir de Europa útiles para las artes, y el hacerlos en el país se comprende que no carecía de dificultad. La naturalidad con que descansa el niño entre los brazos de la madre es admirable. Esta le tiene echado el derecho por encima del estómago, para encontrarse con el izquierdo que viene por debajo de la espalda de la criatura, la que deja su bracito con abandono por encima del derecho de la madre. Las piernas del niño salen al lado opuesto por debajo del brazo de la santa envueltas en el pañal; pero con el pie izquierdo descubierto, el cual se ve por debajo de la planta.
Todo esto está ejecutado con talento y primor. La figura de Santa Isabel es perfecta, expresiva y natural; tiene los caracteres de las ancianas que pintaba Rafael en sus sacras familias. La túnica es verde, el manto amarillo y una toca blanca envuelta en la cabeza le da un aspecto venerable. La silla en que está sentada es de nogal y tiene el espaldar forrado en paño colorado con tachuelas de cobre. Se ve casi todo porque estando Santa Isabel inclinada hacia adelante deja un hueco entre la espalda y el espaldar de la silla. Al lado de acá está una canasta con los pañales cuya ropa blanca es magnífica. Al opuesto y contra la pared se ve una especie de aparador con una gotera o guarnición también de paño colorado con su galón amarillo por la orilla: sobre el aparador está un plato de plata con frutas, que se ve por debajo, y un frasco de vidrio. Todos estos detalles son primorosos; hechos con tanta sencillez como finura y ligereza.
Pero en llegando al viejo Zacarías que está sentado en su alta silla de brazos detrás de Santa Isabel, todo lo demás es nada. Parece que Vásquez tuvo una inspiración particular al pintar esta figura, pues no se comprende cómo, en esa cabeza tan pequeña, pudo hacer tanto y con tanta libertad como en una de las cabezas del cuadro de la cena. ¡Qué variedad de tintas, qué transparencia de sombras, qué juego de luces, qué colorido tan propio de un viejo quebrantado por los años! Pero sobre todo: ¡cuánta expresión! ¡cuánta verdad! Sin trabajo, sin timidez y sin determinar las cosas demasiado, todo está acabado en esta figura.
Este anciano de fisonomía noble por sus rasgos y venerable por su espaciosa y arrugada frente que se prolonga en una calva rodeada de algunas canas, está sentado e su ancho sillón detrás de su esposa la cual le cubre hasta las rodillas por estar en asiento más bajo. San José, que sin duda habría tenido su rato de conversación con Zacarías, ha salido fuera a dar pasto a la bestia en que ha venido la Virgen, y se ve a lo lejos, por entre la puerta que da a un campo de lindo paisaje. Mientras las mujeres conversan, el viejo, con los brazos cruzados y la blanca barba sobre el pecho, se ha quedado dormido e inclinándose poco a poco hacia adelante se le ve cabecear. Es la tranquilidad de la santa vejez la que está pintada en aquel rostro. ¡Qué vida la que hay en aquel sueño! ¿De dónde ocurrió a Vásquez esta idea? Sin duda era bastante filósofo y quiso significar aquí que la vejez vuelve a hacer a los hombres niños. ¡Qué contraste entre el niño recién nacido y el viejo octogenario y ambos durmiendo!
No se puede formar idea exacta de la expresión de esta figura, ni del efecto que produce con aquellos tonos tan suaves y transparentes entre las sombras del rinc6n en que queda tras el grupo que forman, Santa Isabel, la Virgen y el angelito de la cuna, sino viéndola Este grupo produce un sombrío transparente oscuro que comprende al viejo en la parte posterior y el efecto que causa por entre una silla y otra es enteramente mágico.
Esta composición aunque tan sencilla es de gran mérito por la verdad que le da vida; por su elegancia y correcto dibujo; por la grande inteligencia con que está dirigido el claroscuro y finamente por su tierno y brillante colorido. Nada diré del plegado de los ropajes que es tan bueno como todos los que hace Vásquez, pudiendo decir en general que ninguno hizo malo.
No concluiré estas noticias sin hablar de otros dos cuadros en tabla que siempre me han llamado mucho la atención; uno es de propiedad particular y el otro es del monasterio de Santa Clara.
El primero representa el prendimiento de Cristo; tiene 22 pulgadas de alto y 18 de ancho. La composición consta de nueve figuras. El momento elegido por el artista para representar su escena es aquel en que Judas daba el brazo a su Maestro. La noche es oscura y el grupo está iluminado por la luz de unos candiles que sobre unas astas tienen en alto al lado derecho dos esbirros. Jesucristo está casi en el centro del cuadro un poco vuelto para el lado de las luces, que es por donde lo abraza Judas, y de consiguiente toda la figura se presenta bañada de luz siendo más intensa de la altura para arriba: la luz por su color se ve que es artificial; tras el Señor están dos soldados que se ven por encima de sus hombros y alzan las manos para echarle las sogas al cuello. Algunos pasos más acá, otro soldado, con armadura completa de cota de malla, se dirige al Señor en ademán de sacar la espada que tiene al cinto; y da casi la espalda al espectador marchando para el fondo del cuadro. En primer término se pasa un episodio tan vivo como acalorado: es que el celoso apóstol San Pedro ha caído con sable en mano sobre uno de aquellos indignos ministros; lo ha tirado al suelo a largo, y con rodilla en tierra le tiene cogido del pelo con la mano izquierda y con la derecha a brazo extendido, le dirige el sable como para darle una puntada. Malco lo mira espantado y apoyándose en el brazo izquierdo deja caer contra el suelo la linterna, que aún no apagada la vela, se ve salir la luz al través del vidrio y alumbrar la tierra.
La figura de Cristo es noble y majestuosamente humilde; su rostro es pálido como de larga vigilia sus ojos bajos, no miran al traidor que le obraza, quizá por no confundirlo; sus brazos y manos extendidos en ademán de hablar, parece que dice a la infame turba: "Como a ladrón habéis venido a aprehenderme con espadas y con palos? Más, esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas". ¡Qué manos tan bien dibujadas!, qué cabeza tan noble y agraciadas aunque en el semblante se vea la amargura del corazón, las penas de la humanidad! La túnica de un morado claro tan bien puesta y sencilla, que sin pegarse enteramente al cuerpo, señala su buena conformación; el manto echado con naturalidad y elegancia viene de la espalda a caer por encima de los brazos dejando descubierto todo el frente.
Judas le habla al echarle los brazos; y se ve en la expresión de esta magnífica figura, el modo atrevido con que se acerca al Señor; la resolución del crimen y la valentía del cobarde que cuenta con sus guardias. Esta cabeza es de un mérito extraordinario en cuanto a la ejecución pues siendo pequeña está trabajada con valentía; tiene una frente espaciosa; el pelo ralo y bermejo; el colorido excelente; el contorno está tan perdido en el fondo oscuro que no se determina absolutamente, lo cual la desprende y le da gran relieve.
El soldado que marcha hacia el Señor poniendo mano en el puño de la espada, tiene mucho movimiento y expresión: la luz le hiere de lo alto, y como lleva morrión con gran viscera, ésta le hace sombra y sólo recibe un golpe fuerte de luz en la inedia cara, del ojo para abajo, lo que esta ejecutado con atrevimiento; lo mismo que todas las demás luces que de diversos modos reflejan en la armadura, cuyo claroscuro por estar del lado acá de las luces, es diestramente caprichoso. Los tonos son más decididos y las formas más pronunciadas.
En San Pedro y Malco, está todo más marcado; y esta fuerza que progresivamente se va aumentando a medida que vienen acercándose los objetos, produce entre ellos perfectamente los efectos de las distancias y del aire intermedio. La figura de San Pedro es una cosa excelente: los tonos son muy vigorosos, pero sumamente suaves; nada de dureza; las tintas perfectamente fundidas y los contornos perdidos; el dibujo es magnífico; el brazo que tiene el sable está desnudo hasta el codo y viene en escorzo hacia el espectador, de adentro para afuera, haciendo tal efecto que se ve salir de la superficie en que está pintado.
Este cuadro presenta un conjunto maravilloso, y para mí tengo, que no lo habría hecho mejor Vandick. El cuadro que he dicho pertenece a las monjas de Santa Clara y que se halla en el codo del monasterio, también es pintado en tabla. Sus dimensiones son, poco más o menos, 16 pulgadas de alto y 24 de largo. Representa a Santa Cecilia hincada junto al órgano en actitud de recibir una corona de mano de un ángel que ha descendido en una nube luminosa en que hay otros diversos ángelitos, y con airoso continente se dirige a la Santa. A espaldas de ésta, a un poco de distancia, está un noble personaje muy bien vestido que con rodilla en tierra y respetuoso semblante, mira al ángel, y parece que por un movimiento involuntario de asombro, alarga también la mano para recibir la corona que se presenta a la Santa.
El tono general del fondo de la sala en que pasa la escena parece oscuro en contraposición de la gran luz que despide el celestial mensajero; pero este sombrío es tan armonioso y transparente que deja ver muy bien todos los detalles que hay en la pieza sin que salgan tanto que distraigan la vista de lo principal. Los primeros accesorios, como el órgano, se ven más y están perfectamente detallados.
El golpe de luz general es magnífico, perfectamente bien dirigido, lo mismo que las luces accidentales y reflejas que resultan en mil diestras y variadas contraposiciones. Hay un tono singular y misterioso en el ambiente de este cuadro que presenta las figuras perfectamente aisladas, y ese tono suave y armonioso está difundido en toda la composición de manera que la vista descansa y se recrea sobre el conjunto de todos los objetos.
A esto se agrega un colorido pastoso y bello y muy bien conservado, y las carnes, sobre todo, parecen acabadas de pintar. La figura del ángel llena de luz, es realmente celestial: la fisonomía es divina; en su talla y continente, airoso y noble y expresivo. Sus vestidos flotantes son magníficos, ya por la inteligencia con que están plegados como por su brillante colorido. La cabeza de esta figura es de lo más precioso; los cabellos rubios y rizados son tan leves que parece se les lleva el viento hacia atrás cuando camina. El color local de las carnes es puro y brillante, las medias tintas unas de frescor y otras azuladas o moradas tan fundidas como la cera, le dan una morbidez y un relieve magnífico perdiéndose en las sombras que son de un tono claro y transparente por recibir los reflejos luminosos de la nube por todas partes. A esto se agrega, para completar el efecto y belleza, lo gracioso, ondeado y suave de los contornos que encierran la figura.
La de la Santa, perfectamente bien dibujada, es candorosa y
virginal. El rostro y manos son bellísimos, y las carnes tan buenas
como las del ángel. Está graciosamente vestida y los ropajes como
pudieran estar en el natural.
El personaje que le acompaña, está en una actitud momentánea lleno
de expresión y de vida; la fisonomía es noble y agraciada y el
dibujo sumamente correcto. Aquí varían de tono las carnes que son
varoniles pero frescas y jugosas; entra en ellas algo de amarillo
con el rosado, y algo de verdoso en las tintas, lo que le da un
tono caliente y dorado. Los vestidos son excelentes.
Este cuadro como el de la huida de Lot, es uno de los mejores de Vásquez por su armonioso y brillante colorido, parece que para pintarlo hubiera estudiado nuestro artista las obras de Ticiano, de Murillo. Hacía juego con otro que a principios de este siglo fue remitido a México por encargo que, de una pintura de Vásquez, había hecho un sujeto de aquella ciudad. Tales habían sido en otro tiempo los ecos de la fama del pintor granadino, de quien decía el padre Zamora al hablar de las pinturas de la Capilla del Sagrario: "Obra toda del pincel de Gregorio Vásquez Ceballos en quien se han renovado los primores, viveza y gallardía que hasta los tiempos presentes celebran en el de Apeles los que entienden de este arte prodigioso". 1
Antes de pasar este cuadro a ser propiedad del monasterio de Santa Clara, lo fue del doctor Benedicto Domínguez en cuya casa lo vio el barón Gros, ministro francés, en el año de 1843. Este sujeto, tan inteligente en el arte, vio algunas obras de nuestro artista, aunque no las de la Capilla. Le gustaron extraordinariamente algunos cuadros, según testimonio de sujetos inteligentes que se los hicieron conocer. En este de Santa Cecilia no pudo menos que decir, después de observarlo largo rato: "Si como U. U. dicen, de este hombre que nunca salió de aquí, hubiera estudiado en Europa, habría sido el primer pintor del mundo".
Yo siempre he dicho lo mismo que el barón Gros: si Vásquez hubiera existido en Europa y entre los pintores sus contemporáneos, los habría superado a todos. Por ese mismo tiempo florecieron Rubens, el Guerchino, Vandick, etc. y particular- mente en España Rivera, Morales, Velásquez, Murillo. Zurbarán, Alonso Cano y tantos otros cuyas obras admira hoy el mundo y casi se les tributa un culto artístico en los museos nacionales y en las galerías de los grandes. Yo quiero convenir en que las pinturas de Vásquez no lleguen a las de Murillo ni de Velásquez, que son pintores de primera fuerza en la escuela española; pero sí creo que las hizo iguales y aun mejores que muchas de las que hicieron los demás afamados maestros de esa escuela, aún de la italiana. Creo tener alguna seguridad para decirlo, porque conozco el cuadro de la negación de San Pedro del Guerchino, que está en el palacio arzobispal de Bogotá, y lo hallo inferior al de la oración del Huerto, al de la Cena, al del Lavatorio y a otros de este género que pintó Vásquez. He comparado el San José de Murillo, que se halla en la capilla del mismo palacio 2 con un San José de Vásquez del mismo tamaño, que posee el general París, y me atrevo a decir que éste es mejor que aquél, sobre todo en las carnes del niño, que son más blandas, frescas y hermosas, y de un relieve admirable. Ambos cuadros se pueden ver y comparar bajo el mismo punto de vista; con la circunstancia que el de Murillo ha estado muy bien tratado porque está colocado en lo alto del altar desde que lo trajo el señor Góngora de España, y el de Vásquez que ha andado pasando trabajos de una casa a otra.
Pero no hagamos comparaciones de cuadros, consideremos a Vásquez nada más que como un pintor aventajado, puesto que se ha hecho increíble a muchos extranjeros, a algunos hijos del país, poco impuestos en la historia, que sus pinturas hayan podido ser hechas en el país, lo que es tanto como dar testimonio de su mérito. No cotejemos las obras del uno con las del otro, sino el teatro y las circunstancias que cupieron a los otros, para ver si Murillo, Velásquez, Rivera, etc., puestos en el teatro de Vásquez, metidos en ese elemento de miseria artística en que él se forma, habrían podido hacer lo que él hizo; y si Vásquez, habiendo hecho lo que hizo entre tanta miseria, no habría hecho más que lo que ellos hicieron en Europa y con tantos recursos.
¿Bajo qué condiciones y circunstancias pintaba Vásquez? En un país de América recién descubierto; recién conquistado a los salvajes, y en una ciudad pobre y metida en el último rincón de este país; cuando todo estaba por crear; sin artes, sin letras, sin gusto; sin modelos para formarlo, sin gloria; sin espíritu de nacionalidad; miserable colonia sin más que un gobierno para conservar el orden entre los colonos y hacerles justicia. Sin comunicación con el extranjero si no era en una o dos veces al año cuando venían los galeones de España y esto para traer algunas órdenes del gobierno o algunas cartas a uno que otro negociante. No había estímulo ni recursos para las artes ni aun las mecánicas. No había libros en qué estudiarlas, ni dónde estudiarlas. El único estímulo que en aquel tiempo se ofrecía a los pintores era el que presentaba la religión que levantaba conventos e iglesias que necesitaban de imágenes. lo mismo que la piedad de los particulares. Pero éste no era un grande estímulo, porque las gentes eran pobres y no pagaban bien las obras, cuyo mérito ni conocían. Bajo estas condiciones se formó Vásquez y éste fue su teatro.
No así sus contemporáneos los pintores europeos formados en las opulentas cortes cuyos monarcas, grandes y señores, se hacían un deber de proteger a los artistas colmándolos de honores y de riquezas. En medio de todos los recursos de las ciencias y las artes; en presencia de los modelos del antiguo en que se habían formado sus predecesores, y con las obras de éstos a la vista para estudiarlas y para saber los pasos que habían dado para llegar a la perfección: con magníficas academicas de estudio para el desnudo y escuelas para aprender las matemáticas; con los tratados de pintura a la mano; con los colores y demás útiles necesarios para trabajar con facilidad y perfección. Y sobre todo con el grande estímulo que los monarcas presentaban a esos artistas. Ellos eran solicitados por los príncipes que se los disputaban como una joya de su corona, y cuando llegaban a conseguirlos se tenían por dichosos y no sabían cómo honrarlos. Luis XII, rey de Francia, colmó de honores y beneficios a Leonardo de Vinci que a pesar de ellos, regresó a Florencia de donde volvió a Francia instado por Francisco 1º, quien lo recibió como a un príncipe y en su muerte lo tuvo en sus brazos el mismo rey. Todos saben los honores de que los reyes y los papas colmaron a Rafael y a Miguel Angel. Este último trabajaba en las obras del Vaticano bajo el pontificado de Julio II. Un día fue a entrar a la cámara del Papa y no se lo permitieron. En el momento, sin decir palabra, se fue a Florencia. El Papa despachó cinco correos Linos tras otros llamándole; pero Miguel Angel no quiso volver, hasta que por último tuvo Julio II que influír para que el gobierno florentino lo mandara a Roma con el carácter de embajador. Así volvió a la corte romana donde lo recibió el Papa con mil agasajos y consideraciones.
El Guerchino tuvo entre otros protectores al Papa Gregorio XV. Fue creado caballero por el duque de Mantúa, y no queriendo abandonar su patria, rehusó después los títulos de primer pintor del rey de Francia y del de Inglaterra. La reina Cristina fue a verle a Bolonia, le tendió la mano y se la apretó diciendo que quería estrechar una mano que tan hermosas cosas había creado.
Se lee en la vida de Ticiano que se negó constantemente a admitir los ofrecimientos de León X y de Francia I, que le instaba para que dejase su patria y viniese a su corte. En 1529 fue llamado a Bolonia para retratar al emperador Carlos V que le colmó de honores. Iban juntos a paseo y el emperador le daba siempre la derecha. Supo que los grandes murmuraban de esto, y dijo a uno de ellos: "Me es muy fácil hacer un duque, pero no sabría hacer un pintor como Ticiano". Este mismo emperador le armó caballero del hábito de Santiago en el palacio de Bruselas señalándole una gran pensión en Nápoles; y después le creó conde palatino en Barcelona. Muchos honores recibió de Felipe II, quien le señaló rentas crecidísimas a más de pagarle a muy altos precios sus cuadros. En sus cartas lo trataba como a su amigo y por ellas se ve lo que apreciaba su mérito 3.
Sabida es la protección que dispensó a Vásquez el conde duque de Olivares y las pensiones y honores de que le colmó el rey Felipe IV, quien lo envió a Roma con una embajada, le señaló rentas cuantiosas; le dio casa dentro de su palacio y lo armó caballero del hábito de Santiago, sirviendo él mismo de declarante de su nobleza en las informaciones que se practicaron, y habiéndose hecho retratar con toda la familia real y a Velásquez en el mismo cuadro en actitud de retratarlo, el mismo rey, que sabía pintar, tomó la paleta y los pinceles y le pintó la insignia de la orden al pecho. 4
Murillo fue nombrado pintor del rey por Carlos II, y todos saben la fortuna que hizo.
Ahora bien. Esto es algo para formarse idea de los estímulos y recursos que tuvieron esos pintores para llegar al grado de saber qué alcanzaron. Compárense con los de Vásquez. Traslándense esos genios al teatro de Vásquez, a ver si habrían hecho lo mismo que en Europa. Trasládese Vásquez a Europa a ver si no habría hecho más que ellos.
¿Qué fortuna y qué honores se le brindaban a Vásquez en cambio de su trabajo? La miserable paga de gentes pobres y que no sabían apreciarlo. ¿Y los honores? Julio II le mandaba cartas a Miguel Angel, y lo hacía nombrar embajador para que le acabase las obras del Vaticano. El pobre de Vásquez que se tardaba con las de la Capilla, fue metido a la cárcel por mano del alcalde..... ¡y las obras de este hombre pueden figurar al lado de las de célebres artistas europeos y aun con ventaja respecto de muchas de ellas!
Ya lo he dicho, y lo repetiré para concluír: Vásquez fue un genio para la pintura como Pas cal para la geometría; porque si éste adivinó los teoremas de la ciencia antes de conocerla; aquél adivinó las reglas del arte, que en verdad no pudo aprender de su maestro que no pasaba de un artista rutinero.
Estos son los genios que honran al país que los vio nacer y de los que deben enorgullecerse sus compatriotas 5. Por eso en la Grecia se disputaron continuamente la nacionalidad de Homero entre los colofonios, los de Chío, los de Salamina y otros, pretendiendo cada cual para su país el honor de haber producido al cantor de Ulises 6. Y entre los españoles y los franceses no se disputan al autor de Gil Blas?
Todo esto es tan natural como patriótico; pero yo no he leído que los ciudadanos de parte alguna se hayan empeñado en repudiar un genio y enviarlo a otra parte, como entre nosotros, que sin hacer cuentas con la tradición ni con la historia, quieren algunos hacer a Vásquez europeo o sus cuadros traídos de España.
Yo sé que hay cuadros suyos que figuran en los museos de Europa, llevados por extranjeros que los han vendido a precios bien altos, como obras de autor desconocido de la escuela sevillana7; y también sé cuánto han perjudicado la reputación de Vásquez las malas pinturas que otros han exportado en su nombre. Pero, en fin, el tiempo y la concurrencia de extranjeros inteligentes vendrán a elevarlo al grado que merece; y yo, que esto escribo, habré rescatado para mi patria el pincel granadino que otros se empeñan en botar al otro lado de los mares.
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"Historia de la provincia de San Antonio del Nuevo Reino de
Granada del orden de predicadores, por el padre M. F. Alonso de
Zamora su cronista hijo del convento de Nuestra Señora del Rosario
de la ciudad de Santafé, su patria", página 507. Y atendiéndose que
el padre Zamora escribía su obra por los años de 1682; es decir,
viviendo Vásquez. Sirva ésta noticia para los que dicen que las
pinturas de Vásquez fueron traídas de Europa, y que no existió tal
pintor en Santafé.
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2 |
Estos dos cuadros los trajo el ilustrísimo señor don Antonio Caballero y Góngora. Arzobispo y Virrey que fue del Nuevo Reino de Granada; hombre de grande ilustración, benéfico y amigo de las ciencias y las artes. Los trajo junto con otros cuya lista tenia en su poder el ilustrísimo señor Mosquera, y entre ellos una Concepción de Murillo, que se perdió, y un asunto de la fábula de Ticiano. Este fue a poder del señor Antonio Garcia, a quien lo regaló el ilustrísimo señor Compañón. El cuadro quedó en la familia, que lo vendió al coronel Joaquín Acosta en el año de 1833, en cuya casa lo vi yo muchas veces. Después se lo llevó a Europa para restaurarle algunos datos y de vuelta lo destruyó el comején en Cartagena. |
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CARTA QUE EL REY FELIPE II ESCRIBIO A TICIANO DESDE FLANDES.Amado maestro:Vuestra carta de 19 del pasado he recibido i holgado de entender por ella lo que escribir que teniades acabadas las dos fábulas, la una de Diana en la fuente i la otra de Calixto: y porque no suceda el inconveniente que sucedió a la pintura del Cristo, he acordado que se envíen a Génova para que de allí se me encaminen a España i escribo a Garei Fernández sobre ello; vos se las entregaréis a él, i procuraréis que vengan mui bien puestas i en sus cajas, i empacadas de manera que no se gasten en el camino. I para esto será bien, que vos que lo entiendéis, las pongaís de vuestra mano, porque será gran pérdida que llegasen dañadas. También holgaré mucho que os déis prisa a acabar el Cristo en el Sepulcro, como la que se perdió, porque no querría carecer de una tan buena pieza. I os agradezco el trabajo que ponéis en hacer estas obras, que las tengo en lo que es razón, por ser como de vuestra mano; i me ha desplacido que no se haya cumplido lo que mandé, que se os pagase en Millón y Génova; ahora he mandado tornar a escribir sobre ello, de manera que tengo por cierto que de esta vez no habrá faltas.De Gante, 13 de julio de 1558. - YO EL REI. |
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MERCEDES QUE EL REY FELIPE IV HIZO A DON DIEGO VELASQUEZ DE SILVA, SU PRIMER PINTOR DE CAMARA.En 1630 le señaló 12 reales de ración diaria y un vestido de noventa ducados al año. Hízole merced de un paso de vara de corte que se regula en 4.000 ducados. Hízole merced de casa de aposento distinta de la que le tocó por sus plazas valuada en 200 ducados cada año. Idem, de una pensión de 300 en 1626. Idem, una ayuda de costa de 500 ducados de plata , al año en 1637. Idem, de un oficio de escribano acreditado en el repeso mayor de la Corte, igual al que ponen los escribanos del crimen y se regulan en 6.000 ducados. Desde 1640 para adelante, le señaló una pensión de 5.000 ducados al año pagaderos en los ordinarios de la dispensa real. Idem de la vivienda capaz en la casa del tesoro dentro del mismo palacio. En 1658 hallándose con el rey en el Escorial, le dijo éste que escogiése de las tres órdenes Militares y el habito que gustase, Velásquez eligió el de Santiago y el rey lo armó caballero sirviendo él mismo de declarante en las informaciones de nobleza. Hízole además diferentes mercedes para su yerno y nietos en la casa real y en plazas de audiencias de mucha consideración. (Palomino, Museo Pictórico. Tomo III). |
5 |
Y no sólo el país que lo vio nacer, sino aun su siglo. Un célebre autor, de nuestros días, hablando sobre la civilización de la Francia en el siglo XVII, dice: "que produjo los Paussien, Le Sueur, Corneille, Moliere, Bossuet, Pascal, Deseart,es, Cassini; por no nombrar sino los príncipes, sin descender a la multitud de otros genios, el menor de los cuales bastaría para honrar su siglo". (Del Protestantismo, por Mr. Augusto Nicolás. Lib. 3°. cap 3°). |
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Cicerón en la oración por el poeta Arquias. |
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El señor Manuel Cordovez Moure, inteligente en el arte y conocedor de las pinturas de Vásquez, me aseguró haber visto en Inglaterra uno de sus cuadros bajo esa clasificación. El señor Ket, secretario de la legación británica, llevó a Inglaterra en el año de 1834 un cuadro de Santo Tomás de Villanueva vestido de Arzobispo, y con dos familias dando limosna a un pobre que la recibía hincado, alargando la mano para recibirla en el sombrero. Las figuras son del tamaño a natural, y según me dijo él mismo, lo había comprado a un lego de la Candelaria por ocho pesos y una pintura común de la Virgen. |
