CAPITULO VII
 



EN QUE SE PROSIGUE LA MATERIA DEL ANTECEDENTE

YACE la provincia de Iraca (que mudó el nombre en Sogamoso) ocho leguas distante de la ciudad de Tunja, á la parte del oriente. Es casi toda ella de tierras llanas, dilatadas en buena proporcion, y las mejores y más fértiles de todas cuantas tiene el Nuevo Reine de Granada. Fertiliza esta provincia con sus aguas, y divídela en dos partes, el valiente río Sogamoso, cuyo origen repartieron entre sí las ciudades de Tunja y de Toca, donde reconoce sus principios. Corre esta provincia por las faldas de la cordillera que sirve de lindero entre los Llanos y Nuevo Reino, con temple muy saludable, en que estaban pobladas muchas y diferentes naciones sujetas al Sogamoso; y toda la distancia ó que alcanzaba su señorío es la que llamaban tierra santa, por haber muerto en ella, como decian, el Bochica primer intérprete de su relígion, dejando por herederos de su potestad á los Caciques que le sucediesen, aunque los indios de aquella provincia refieren el caso de esta manera.

Dicen que en los tiempos antiguos hubo un Cacique nombrado Idacanzas, que en su idioma quiere decir luz grande de la tierra, y que este tal tenia gran conocimiento de las señales que demostraban mudanza en los tiempos, como son de serenidad ó tempestades, de hielos y de aguas ó vientos pestibenciales, que reconocía por los planetas y signos; otras veces por las nubes ó las aves, ó por los animales de la tierra, que le pronosticaban los futuros acaecimientos. Y aunque esto es muy creible, siendo este Idacanzas el mismo apóstol que llaman Bochica los Bogotaes, en caso que no lo fuese, sino otro algun indio de los que veneran, tengo por más verosímil que seria por medio de los pactos, que como hechicero tendria con el demonio, ó que son muy inclinados los Sogamosos; pues este enemigo comun, como gran filósofo que es, le comunicaría lo que por su ciencia alcanzaba en catas materias para tener pervertidos siempre con sus engaños ó aquellos bárbaros que tan sujetos le estaban. De aquí resultó que como los indios experimentasen la puntualidad de sus pronósticos, lo empezaron á venerar en tanto grado, que de todo el Nuevo Reino acudian á él con dones y presentes, consultándole como á oráculo las cosas más graves, y pidiéndole lluvias ó serenidades, granizos ó sequedad, segun la conveniencia de cada uno; pareciéndoles que era el autor por cuya disposicion se gobernaban los efectos de las causas naturales, y en cuyo arbitrio estaba la salud y enfermedades que experimentan los hombres: y en orden á estos fines hacían de todas partes romerias á Sogamoso millares de indios para conseguir sus pretensiones, sin que la hostilidad de la guerra impidiese ó maltratase á quien llevaba el salvoconducto de semejante peregrinacion; y aun por esta causa y el conocimiento que de Idacanzas tenian los Zipas, y de que por su mano se distribuian los buenos y malos temporales, le daban cierto tributo en cada luna país tenerle grato, y le servian con muchos dones siempre que por medio de sus embajadores lo consultaban.

Esta misma opinion, que tenian todos de Idacanzas, se fué continuando en los demas Caciques que le sucedieron: y de aquí es que cuando helaba en las tierras y la escarcha les abrasaba los maizales, tenian costumbre de cubrirse con manta blanca para imitar los hielos, retírarse da la comunicacion poniéndose melancólicos y tristes, y dando muestras con su desabrimiento afectado de ser ellos la causa de aquellos temporales, y no los vapores gruesos, que con el frio se convierten en hielos en la ínfima region del aire. De esta ceremonia tan perjudicial han usado aun despues de recibida la fe católica con el Santo Bautismo, sin que la predicacion continua del Evangelio baste á quitar el engaño de aquellos Caciques: pues en tiempos del señor D. Fr. Luis Zapata de Cárdenas, Arzobispo que fué de aquel Reino, visitando aquella provincia se le averiguó con sus mismos indios al Cacique D. Felipe (que lo era entónces), que de continuo se enojaba con sus vasallos, y los reprendia del poco respeto y temor que le tenian, sabiendo todos que estaba en su voluntad afligirlos con pestes, viruelas, reumas y calenturas, y que pendia de su potestad la produccion de cuantas yerbas, legumbres y plantas necesitaban. Pero á esta dignidad de Cacique (que más bien debio llamarse de supremo agorero) y cabeza de los Jeques, no se entraba por herencia sino por eleccion de cuatro Caciques, que lo eran los de Gámeza, Busbanzá, Pesca y Toca; y en caso de discordia se valían del Tundama para que regulase: siendo domas de esto costumbre inmemorial que el electo fuese de las naciones de Tobazá y Firabitoba, sucediéndose alternativamente.

A esta relacion añaden que en cierta vacante en que pertenecia el Cacicazgo á los de Tobazá, acaeció que un caballero de Firabitoba, á quien la naturaleza señaló con barba larga y roja (cosa pocas veces vista entre ellos), usurpó tiránicamente la dignidad con el favor que le dieron seis hermanos suyos todos valerosos y ejercitados en las armas; de que sentidos los Tobazaes, dieron noticia á los Electores, y ellos, ofendidos de la tiranía y víolencía del Bermejo, llamado así en su idioma, determinaron hacerle guerra, tanto por haber quebrantado estatutos tan fundamentales en menosprecio de su autoridad, como por haber aprisionado al Elector de Gámeza y justiciádolo públicamente, sin más causa que la de haberle faltado con su voto. Convocaron, pues, sus gentes, y no rehusando el Bermejo entrar en batalla, como quien les excedia en ánimo y bravosidad, resultó del rompimiento que éste salió victorioso y los electores se hallaron obligados á retirar su campo á sitios fuertes, sin desistir de su primer intento; Antes mucho más sentidos con la rota pasada dieron bando con penas capitales, para que ninguno de la provincia de Sogamoso obedeciese al Bermejo, pues les constaba ser tirano, y como á tal lo declaraban por incapaz de la suprema dignidad que violentamente usurpaba segun sus leyes: y pudo tanto esta diligencia, que los Sogamosos, de quienes se componía la mayor parte del ejército del Bermejo, abandonaron su partido pasándose al de los Electores; con que sin dificultad le rompieron en el primer encuentro, y le privaron del Estado y de la vida, aunque la vendió á precio de muchos de sus contrarios, dando señales en la muerte del esfuerzo grande con que lo privilegió la naturaleza. Bien quisieran los Electores (y les costó gran diligencia) hallar el cuerpo difunto, para que puesto en una escarpia fuese desquite de la sinrazon hecha por el Bermejo, haciendo lo mismo en desprecio del Elector de Gámeza; pero los hermanos lo defendieron tan varonilmente, que lo sacaron de lo más peligroso de la batalla y retirándolo del campo, le dieron sepulcro en parte tan oculta, que jamas tuvieron noticia de él.

Concluidas con tan feliz suceso las guerras civiles y pacificada la tierra por los Electores, colocaron en la silla de Sogamoso, á voluntad de todo el reino, un caballero de Tobasa llamado Nompanim, que quiere decir vasija de leon; y á éste le sucedió otro de Fírabítoba que se nombraba Sugamuxi, que significa el encubierto, y á éste hallaron en la silla los españoles cuando entraron en el Reino; y por el nombre que tenia el Cacique, trocó la provincía el de Iraca en el de Sogamoso, corrompida la voz. Y por conjeturas de los tiempos en que reinaron parece haber sido Nompanim ó quien pidió socorro el Cacique de Tunja en la ocasion de esta guerra, que le movió el Zipa Neméquene, como vamos tratando. Este, pues, se lo dió de más de doce mil hombres conducidos por su persona á la ciudad de Tunja, donde ya se hallaba Quimuinchatecha con ejército de más de cincuenta mil indios. Y sabiendo estos dos Caciques de sus espías, cómo la vanguardia del ejército del Zípa, gobernada por Saquezazipa, habia arribado á las tierras de Turmequé haciendo tantas ruinas y estragos, que sus moradores, por no hallarse con fuerzas bastantes para resistirle, desamparaban las ciudades y se retiraban al corazon del Reino, determinaron salirle al encuentro con resolucion de no excusar la batalla, de quien ya pendia una esclavitud infame ó gloriosa libertad. Las resoluciones arriscadas, cuando el peligro no deja otro camino para la defensa, muchas veces produjeron efectos bien afortunados. Si el Tunja esperara dentro de su Corte, se encontrara en ella con un ejército victorioso, que trueca el movímiento que produce la violencia en el natural, con que se sigue una buena dicha; y entónces difícil de atajarse, por no haberla resistido desde sus principios. Estas noticias llegaron á Saquezazípa, que cuerdo y experimentado en la guerra de los Panches, supo iras retrayendo hasta íncorporarse en Chocontá con el grueso del ejército de Neméquene, sin detener la marcha, que con buen órden hacian los dos príncipes en demanda de sus contrarios, fiados en la multitud de sus gentes, de tal suerte, que á pocas distancias se descubrieron unos á otros los indios sobresalientes ó batidores de los campos, y haciendo alto en el arroyo, que hoi se llama de las Vueltas, y entónces fué quien dividió los ejércitos, les hicieron señal para que ejecutasen lo mismo, miéntras cada cual de los cabos ordenaba sus tropas con fin de tenerlas á punto de batalla.

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