LIBRO TERCERO
 



Trátase de las primeras conquistas de Santa Maria, hechas por Rodrigo Bastidas, García de Lerma y Pedro Badillo. Entra en el gobierno el Adelantado de Canaria, que sigue la guerra con los Tayronas. Nombra á don Gonzalo Giménez de Quesada para nuevos descubrimientos, que sale con el ejército por tierra y Armada de bergantines por el rio de la Magdalena hasta el pueblo dé la Tora, desde donde descubre el Nuevo Reino de Granada.

 

CAPITULO I



FÚNDASE LA CIUDAD DE SANTA MARTA POR RODRIGO BASTÍDAS, Á QUIEN MATA SU TENIENTE GENERAL EN UN MOTIN. SUCÉDELE EN EL CARGO GARCÍA DE LERMA, QUE SIGUE LA GUERRA DE LOS TAYRONAS CON MALA FORTUNA.

CÓMPRANSE las felicidades á precio de muchos desvelos, y la constancia en los trabajos es la que abro camino á ilustres progresos; porque el teson en las fatigas es medio que tiene por fin el descanso. Ninguno tan costeado por sufrimientos y afanes, como el que produjo la conquista del Nuevo Reino de Granada, hecha por los españoles (no sé que trasplantados perdiesen el nombre y la naturaleza). Sirvióles el descubrimiento de escuela para desdichas, y no tiene que extrañarlas quien las hereda: y si el referir miserias pudiera granjear atención á sus méritos, muy por menor las ternura á su cuenta la pluma, habiendo sido tan grande; pero llegan tan cansados los ecos de un mundo á otro, que solo sirven de testigos en la distribucion que se hace ámeritos forasteros de los premios, que corresponden á servicios naturales. Diré solamente lo que bastare para coger hilo en la historia que sigo: y volviendo á lo que muchos escritores refieren, es de advertir que descubiertas las Indias por el Almirante Cristóbal Colon, y continuadas algunas navegaciones á ellas por los españoles, eligieron dos puertos en Tierra firme, que sirviesen de escalas para las primeras conquistas: éstos fueron el de Panamá, puerto en el mar del sur, de donde salió el marqués don Francisco Pizarro á descubrir y conquistar en el Perú el más rico Imperio del orbe; y el otro puerto fué el de Santa Marta, que descubrió de paso Cristóbal Colon en el cuarto viaje que hizo á las Indias, y despues con más cuidado Rodrigo Bastidas, natural de Sevilla, corriendo la costa de Tierra firme desde el cabo de la Vela hasta el puerto del Retrete de la ensenada de Urabá, donde despues se fundó la ciudad de Nombre de Dios.

Habiendo, empero, servido este puerto de Santa Marta de plaza de armas para la conquista del Nuevo Reino de Granada, será forzoso advertir que, vuelto á Castilla este Rodrigo Bastidas, con créditos de hombre de mar, por asiento que hizo con su Majestad, año de mil quinientos y veinte y uno, con ciertas capitulaciones que precedieron, se le dió en Adelantamiento desde el cabo de la Vela hasta la boca del rio grande de la Magdalena, que son como ochenta leguas de frente, y costa con su centro al sur, en que se comprende el dicho Nuevo Reino, con órden de que fundase una poblacion de cincuenta vecinos, y licencia para que de las Islas de Jamaica, Puerto Rico y la Española, sacase la gente y ganados de que necesitase para la jornada, que dilató hasta el año de mil quinientos y veinte y cinco, en que tomó el puerto á veinte y nueve de Julio, día de Santa Marta, cuyo nombre puso á la ciudad, que dentro de pocos días fundó en su costa, para teatro de tantas infelicidades como en ella han representado el cuchillo y el fuego: siendo de los primeros fundadores de dicha ciudad y de las personas de más lustre y valor que llevó dicho gobernador en si compañia, su Teniente General Juan de Villafuerte, natural de Ezija; su Maestre de Campo, Rodrigó Alvarez Palomino ; Juan de Ledesma, primer Contador por nombramiento real; Capitanes Gonzalo de Vides, Antonio Ponce Carrion, Carranza y Reman Báez, portugues, con otras personas de cuenta, que después ganaron eterno renombre, como fueron Antonio Díez Cardoso, portugues; Juan de San Martin, natural de Búrgos; Francisco Gómez de Feria, Alonso Martin, portugues; Gaspar Gallego, Pedro de Espinosa, Francisco Lorenzo, Juan de Tapia Tríbulo, Montalvo de Guadalajara, Pizarro, Escobar, Pedro de Pórras de Sevilla, Montesinos de Lebrija, Gonzalo Cabrera de Málaga, el Alférez Juan de Cuadros, y otros de cuyo esfuerzo esperaba Rodrigo Bastidas el buen logro de cualquiera facción que intentase.

Lo primero que hizo fué asentar paces con los Caciques de dura y de Taganga, que á sotavento y barlovento de dicha ciudad son los más inmediatos vecinos, y que las han guardado (con la fe católica que recibieron) hasta los tiempos presentes, sin dar sospecha de lo contrario; y asentadas éstas, salió luego contra los Bondas, distantes cuatro leguas, que lo recibieron de guerra, en cuyo primer encuentro fueron desbaratados los indios, y cogida de ellos una buena presa de oro, que los soldados pretendieron se les repartiese; y porque el gobernador, de quien se hallaban mal contentos, no quiso sino aplicarlo para la paga del costo de la Armada en que fué, se amotinó su Teniente Villafuerte, y conjurado con Montesinos, Pórras, Montalvo, Samaniego y Serna (que le hicieron alto), Dió de puñaladas á dicho Gobernador, que halló acostado en su cama, á cuyas voces que daba (despues que lo dejaron por muerto los agresores), acudió su Maestre de Campo, Palomino, á tiempo que volviendo los conjurados para acabarlo de matar, pudo impedirselo defendiendo la puerta con un montante, de que agradecido el Bastidas lo entregó el baston de Teniente general, mandando á los vecinos le obedeciesen: y embarcándose para Santo Domingo por dar gusto á tantos como le aborrecian por su áspera condicion, arribó á Cuba por el año de mil quinientos y veinte y seis, donde murió de las heridas, desengañado de que no es lo mismo regir leños dejándose gobernar de los vientos, que mandar hombres sin dejarse gobernar del consejo.

Pocos dias despues Villafuerte y Pedro de Pórras (presos y remitidos por Palomino) fueron ajusticiados en la Isla Española por sentencia de su Real Audiencia; que despachó á que gobernase en ínterin á Santa Marta á Pedro Badillo, que llevó por su Teniente á don Pedro de Heredia, natural de Madrid, á quienes no quiso admitir el Rodrigo Alvarez Palomino, de que sentidos el nuevo Gobernador y su Teniente, trató éste (valiéndose del pretexto de parlamentar en tierra sobre el caso), de matar al Palomino con la ayuda que le ofreció el Capitan Hernan Báez, á quien su gente contradijo la fealdad del hecho, dando parte del trato á Palomino, que prendió al capitan y lo ajustició, miéntras Heredia, despechado y vuelto á sus navíos, fué costeando hácia los Ancones de Taganga y Concha que están á barlovento, y Palomino por tierra con su gente bien ordenada para impedirle el desembarque: hasta que el Pedro Badillo, no hallando otro remedio, hubo de elegir el de que gobernasen juntos la provincia y tratasen de pacificarla, que se consiguió el año de veinte y siete por diligencia de algunas personas eclesiásticas; y en ejecucion del concierto, dispusieron entrar de compañía hácia las tierras de la Ramada, en cuya entrada se adelantaron Pedro Badillo y el D. Pedro de Heredia por embarazos que retardaron á Rodrigo Alvarez, para que siguiéndolés en tiempo de lluvias se ahogase al esguazar el rio que baja de la sierra Nevada, y de presente se llama de Palomino en recuerdo de esta desgracia, si no es que ella y las que van referidas se ocasionasen del mal tratamiento que hicieron á los indios, hasta venderlos por esclavos en la Isla Española: accion que refiere la pluma con el mismo horror que la oyeron en estos Reinos los Consejeros de Indias. Poro volviendo á ellas, es de saber que el fin desastrado de Palomino dió lugar á que Pedro Badillo, con la gente y sin dependencia de acompañado, pasase á las sabanas de Orino, pobladas de Guagiros, donde se repartió á gusto el oro que se había apresado en la jornada, que fué mucho en opinion de algunos, y de allí se fué entrando por el gran valle de Upar, en cuyas campañas el D. Pedro de Heredia dió las primeras muestras de su nobleza y valor en algunos reencuentros, especialmente en el que tuvo con los indios de Sezare, que despues de una batalla bien reñida le obligaron, aunque vencedor, á que diese vuelta á Santa Marta.

De todo lo referido, bien informado el Emperador Cárlos V, por el año de mil quinientos y veinte y ocho, y habiendo declarado, á instancia de Pedro de Espinosa (Procurador general de Santa Marta enviado para el efecto), haber pertenecido el interin del gobierno de aquella provincia al Teniente nombrado por Rodrigo Bastidas, que debe ser circunstancia muy reparable, eligió en propiedad á García de Lerma su gentil hombre de boca y natural de Búrgos, caballero ilustre y prudente, aunque más á propósito para el gobierno civil que militar: concediéronsele todos los sueldos y preeminencias que se estilaban dar á los que iban á semejantes gobiernos, y diósele órden para proceder contra los amotinados, que mataron á su antecesor, y castigar el desorden, que se entendió haber pasado en el fraude de quintos reales. Prohibiose que de la isla Española se fuese á rescatar á la provincia de Santa Marta, por atajar el escándalo que se daba con la venta de los indios: y porque en el mismo año capitularon los Belzaros, de nacion alemanes, el descubrimiento y conquista desde el Cabo de la Vela hasta el de Manacapana con sus islas, exceptuando las comprendidas en la capitulación hecha con Juan de Ampuez; tuvieron ocasion de convenirse con dicho García de Lerma, en que, como confinantes en las conquistas, los auxiliasen siempre que llegase ocasión de hacerlo; en cuya conformidad fuese por capitan de sus tres navios alemanes que tenian dispuestos, y hallando pacífica la ciudad de Santa Marta de las alteraciones y motines que resonaban en la Corte, sacase solamente de ello cincuenta hombres que quedasen en la ciudad y los demas pasasen á la provincia de Venezuela, con calidad de que si para pacificar ésta lo llamasen, fuese en persona; y excusándose, quedase á eleccion de los alemanes, nombrar Gobernador para su distrito. Todo lo cual fué confirmado por su Majestad Cesarea, como tambien el que para el crecimiento de la ciudad de Santa Marta, asentase asimismo dicho García de Lerma, con Sebastian Bello de Herrera, portugues, que llevase cincuenta hombres de su nacion, los veinte y cinco casados y los demas inteligentes en diferentes artes mecánicas y en el cultivo de las semillas que se habían de llevar de estos Reinos para experimentar las tierras de aquella provincia.

Prevenido en esta forma el nuevo Gobernador y llevando en su compañía por protectores de indios á Fr. Tomas Ortíz para la provincia de Santa Marta, y á Fr. Antonio de Montesinos para la de Venezuela, ambos á dos del Orden de Predicadores, con otros religiosos de su hábito y del Orden de San Francisco y con asignacion á los dos protectores de los frutos decimales para que los distribuyesen á su voluntad en obras pías, en el ínterin que se preveía de prelado; y entre muchas personas seculares se cuenta á su teniente general Arbolancha, á Juan y Pedro de Lerma, su primo y sobrino; Berrio, capitan de su guarda, Juan Muñoz de Collántes, natural de la Alhambra de Granada, Villalóbos, Benavides, Quiñones, mestizo isleño y valeroso, y á otros, arribó á la Isla Española y de allí despachó al factor Grajeda contra el Gobernador Pedro Badillo, sobre la ocultacion de los quintos de oro que se decia haber hecho en diferentes entradas que hizo en la tierra con su Teniente general. En cuya comision procedió el Grajeda tan rigurosamente, que le dió tormento para la averiguacion, desnudándolo para el efecto y tratándolo sin las demas atenciones debidas á su puesto; hasta que llegado García de Lerma, templó aquellos procedimientos, que pareciendo de injustos no se castigaron. Aunque necesitado da dar cuenta de todo, hubo de remitirlo preso á estos Reinos, en cuyo viaje murió ahogado en Arenas Gordas, que fué otra fatalidad repetida en el segundo Gobernador de Santa Marta y muy semejante á la que aplaudió en su émulo Rodrigo Alvarez Palomino; aunque algunos la atribuyen á la ocasión que dió en la Isla Española para que se levantaseo el Cacique D. Enrique, por no haber querido hacerle justicia siendo teniente el año de diez y nueve, que pagó con la sobra de justicia que en él ejecutaron siendo Gobernador, a los diez años de su culpa.

Desembarazado así de negocios García de Lerma, salió luego á reconocer la tierra, pasando á Bonda, que estaba de paz, y de allí por el valle de Buritháca, entró en demanda de minas de oro con que lo acudieron muchos indios. Tanta era la sujeción en que los había dejado Rodrigo Alvarez Palomino, á quien atendian aun después de muerto para no intentar novedad, y por esta causa pudo pasar García de Lerma á dicho valle  sin embarazo alguno, y atravesando grandes poblaciones y asperísimas Sierras llegar á Posihueyca, ciudad famosa de los Tayronas, y de allí bajar al valle de Coto y volver libre á Santa Marta, en que gasté parte del año de mil quinientos y veinte y nueve, cuya felicidad nacida de la reputación que entre aquellos bárbaros conservó el valor de Palomino, debió de atribuir ménos cuerdo el Garcia de Lerma á su propia virtud, pues lo confirmaron así sus dictámenes, tanto ménos seguros, cuanto más fundados en la confianza de que tenia puesta en temor toda la tierra, engaño propio de los que piensan que los sucesos de los tiempos presentes no pueden ser producidos de causas pretéritas. Al fin, persuadido á que podia regentar en la escuela de la milicia sin haber pasado por los estudios del riesgo, trató con el parecer de Juan de Céspedes Pizarro y Tribiño (los más inteligentes y prácticos en la provincia) de repartir las encomiendas, punto que jamas á librado de oposiciones por pedir graduacion en concurso de méritos; y así no pareció justificada, de suerte que las quejas de mal contentos se contuviesen dentro de los términos del propio conocimiento para no sindicar la accion, obligando con las ponderaciones de los agravios recibidos á que de órden de su Majestad se hiciese otra revocando la primera.

Miéntras se trataba del ajuste referido y perteneciente al gobierno político, no olvidado García de Lerma del concepto que tenia hecho de si para el militar que prevalecía en las Indias, dispuso que su Teniente general, con Pedro de Lerma, su sobrino, y con los Capitanes Gaspar Gallego, Alonso Martin y Juan de S. Martin, entrase á los indios de la Ramada, que corrian con fama de los más poderosos en riqueza, si bien el suceso salió muy contrario á la opinion. Y para remedio del poco fruto con que dieron la vuelta, resolvió nueva salida contra el valle de Tayrona, á cargo de Pedro de Lerma y de los Capitanes Alonso Martin, Juan Muñoz de Collántes y Francisco Gómez de Feria, que con detención de cuarenta dias en la empresa, volvieron á Santa Marta con sesenta mil castellanos de oro, sin lo que se dijo haber ocultado, por ser aquel valle el centro donde ocurría todo el oro de la provincia á la fundacion y platería de joyas que en él estaba. Pero como este valle dió nombre á la nación de los Tayronas, tan celebrada por su valentia que justamente la equipara Ceballos á la de los Araucos y Pijaos, que han sido los mas guerreros en los Reinos de Chile y Bogotá, aunque de ellos no ha quedado más que el nombre esculpido en las ruinas de sus antiguos asientos, será conveniente advertir que de este valle (en que no cupo estrechada su ambición y dominio) se fueron extendiendo en su antigüedad por todas las sierras de Santa Marta, desde la Nevada (asiento de los cobardes Aruacos) hasta las últimas extremidades, que rematan en la Ciénega y provincia del Chimila; en cuyas cumbres, serranías y quebradas se hallaron ricos minerales de oro, que después se llamaron de Buritaca, Córdoba y Sevilla, y tal vez uno de ellos punta tan grande, que pesó más de seiscientos castellanos, segun parece de los primeros libros reales de Santa Marta, en que se tomó la razon del quinto; de cuya riqueza eran dueños los Tayronas, como de las canteras ó minas que eh dichas sierras se hallan de pórfidos y mármoles jaspeados, piedras de hijada, sangre y riñones, labradas con extraordinario arte y curiosidad para el arreo de las mujeres; sin que además de lo dicho se hallase nación alguna dentro de este término y del que corre desde las cumbres más altas hasta las riberas del mar, que no estuviese á la protección ó dominio de dichos Tayronas, con más ó ménos sujecion á sus armas, en que asimismo eran comprendidos los Urabaes que habitan entro la provincia de Cartagena y el Darien, y al parecer fué motivo para que los primeros títulos de Gobernadores de Santa Marta se despachasen comprendiendo las vertientes de las serranías altas que se ven de la otra banda del rio de la Magdalena.

De esta jurisdicción tan dilatada que ocupaban los Tayronas, y de no haber permanecido de ellos, de setenta años á esta parte, persona alguna que pudiese sacarnos dé duda, se ha originado la variedad con que hablan los historiadores y vecinos de Santa Marta, en cuanto á demostrar la parte en que está el valle de Tayrona; pues de estos vecinos, atendiendo los unos á la significacion de la palabra Tayrona, que es lo mismo que fragua, quieren que su sitio sea en la cabeza del monte más alto, que se descubre el primero á los que navegan por la Ciénega desde Rio Grande para Santa Marta, fundados en la tradición y relaciones de algunos indios que dicen haber penetrado su cumbre, y afirman haber en ella rastros de hornillas y otras señales de que allí fueron las fundaciones antiguas; y observadores los otros de que fué valle y de que abundaba de frutos de la tierra, calidades que no pueden hallarse en la eminencia pedregosa de aquel monte frio, lo asignan diferentes sitios, sin más autoridad que la de su presunción; y aun Herrera en su historia general de las Indias, habiendo escrito con las mejores noticias, anduvo, al parecer de algunos, tan vario, que en el segundo tomo lo pone á seis ó siete leguas de Santa Marta, y en el tomo tercero lo pone á diez y ocho leguas de dicha ciudad, por la costa del mar la vuelta de la Ramada, seis leguas la tierra adentro; lo cual tengo por más verosímil si pretendemos averiguar el solar primero y originario de los Tayronas, pues á la distancia referida hay valle que corre á una de las riberas del rio que hoy llaman Don Diego con todas las señales para que sea el que pretendemos; lo cual no excluye que á distancia de seis leguas más y ménos estuviesen otros valles de los Tayronas, ni el monte referido lo fuese, pues, como llevamos dicho, por todas las montañas y valles de aquella dilatada sierra se extendia esta nación con poblaciones muy crecidas, que no por nombrarse de Posigueyca, Mongay, Aguaringuia, Sinanguey y Origueca, dejaban de ser de Tayronas, de que resultó hallarse en las relaciones de los primeros conquistadores los servicios de algunas entradas hechas á los valles y lugares de Tayronas que estaban á seis y siete leguas, y de otras hechas á los que demoraban á diez y ocho en el camino, que entónces era de la Ramada, y que guiado Herrera por ellas variase al parecer en sus escritos sin faltar á la verdad.

Esto sabido para inteligencia de la guerra que se prosiguió con esta nación, y poderado Garcia de Lerma de los sesenta mil castellanos que apresó el sobrino, y no bastaron para satisfacer aquellos buenos deseos con que los Gobernadores de Indias salian por la barra de Sanlucar; y por otra parte sentido de que el cabo y gente de otra escuadra que entró á Mongay hubiesen vuelto con más puntas de flechas en los cuerpos que de oro en las manos, que llevaron en la cabeza, dispuso entrar personalmente á Posigueyca, ciudad populosa, como dijimos, con el campo más numeroso que le fué posible, para que, á vista de la ostentación de su gente de armas, se aumentasen las cantidades que, con nombre de presente, tributaban los Tayronas en cañutillos de plumas llenos de oro, desde que temerosos ó aMartalados del valor y artes de Rodrigo Alvarez Palomino, dieron principio á semejante costumbre. Pero llegado á Posigueyca (que lo recibió de paz) se detuvo tres dias contra el parecer de los capitanes más antiguos de Santa Marta, que le advirtieron no diese ocasión deteniéndose, para que indios tan belicosos como los de aquel país, se alterasen con alguna sospecha máxima que observó Rodrigo Alvarez para conseguir con arte lo que no pudiera con violencia ; pero como los que gobiernan ningunos elogios oyen con más desabrimiento que los que se dan á sus antecesores, despreciando García de Lerma la advertencia, respondió pretendía estarce de asiento en aquel sitio para desengañarlos de que sabria salir con honra de peligros, que divirtió Palomino con maña; y en ejecución de su intento hizo que le armasen su tienda con cama, mesa y aparador: pero descubriendo poco despues gran número de indios encaminados á su real, eligió tres sitios fuertes para el rechazo, poniendo en ellos á los Capitanes Berrio, Ponce y Muñoz; mas viendo este último la furia con que los indios cargaban, desamparó el sitio el primero, con pretexto de que iba al real por más gente, por cuya causa fué su compañía desbaratada y puesta en huida, aconteciendo lo mismo á Ponce y los suyos, en que no fué más dichoso Berrio, aunque después de haber hecho rostro valerosamente hasta que mal herido en una pierna, de que quedó lisiado, se retiro sin órden, dando lugar á que los Tayronas, reconocida tan ilustre victoria, cargasen con más ímpetu sobre García de Lerma, que sintió á espaldas vueltas el desengaño de su mal capricho, sin dejar á los nuestros otro remedio que el de tratar de salvarse como mejor pudiesen, y á los enemigos el despojo de su vajilla y tienda con los demás aparatos que llevaba, mucha parte de su gente muerta y herida y los Tayronas tan soberbios, por la inconsiderada resolución de este Capitan, como lo acreditaron después los sucesos.

Atemorizados los españoles con esta rota, no se atrevieron á salir por la tierra en muchos dias, en que solicitaban ocasiones de ausentarse de la provincia con gran sentimiento de García de Lerma, que para templarlo, despachó al sobrino á los valles de Upar y Cesáre con los Capitanes Cardoso, Juan Muñoz de Collántes, Carranza, Gaspar Gallego y Escobar, y con orden de que corriesen la tierra por aquella banda del rio de la Magdalena, como hicieron hasta el rio que hoy se llama de Lebrija, como sesenta leguas del mar, volviendo despues de muchos trabajos por la Ramada á persuasión de los que allí tenian repartimientos de indios, de quienes sacaron de pasada hasta cuarenta mil castellanos de oro y algunos esclavos de indios de guerra, con los cuales llegaron á Santa Marta por los fines del año de mil quinientos y veinte y nueve, en que se erigió su iglesia en Catedral y se nombró por su primer obispo á Fr. Tomas Ortiz, que, como dijimos, habia pasado por protector general de indios, y á quien (como refiero Quesada en su historia general del Nuevo Reino) prendieron sus mismos frailes el año siguiente y remitieron preso á Castilla, donde, afligido de trabajos, murió sin consagrarse.

Concluida esta facción de tan poco fruto para García de Lerma, y noticioso de la riqueza de los pueblos sujetos á los Tayronas que habitaban entre la Ciénaga y Posigueyca, que fueron muchos, y de las grandes cantidades de oro que ponían en sus sepulcros, hizo salir nuevamente de Santa Marta á los mismos capitanes y gente á quienes agregó la compañía de Juan de San Martin y con ello á Fr. Tomas Ortiz, que sin tener noticia de su leccion los acompañó en la jornada con el fin de que la conquista no se redujese á las armas en caso que admitiesen la predicación evangélica, cuya diligencia se malogró siempre, aunque en el ministerio era famoso y ejercitado: pues repitiendo segunda vez la entrada, fué resistida con tanto esfuerzo por la nacion de los Caraybes, que en la batálla que dieron á los españoles, mataron quince de ellos y muchos caballos, siendo tantos los heridos, que si bien quedaron superiores, necesitaron de dar la vuelta á Santa Marta poco ménos que derrotados en cuyo tiempo se encendió friego en una de sus casas ó por diligencia de los indios enemigos ó negros aliados que estaban retirados hacia la Ramada, como sospecharon algunos; ó en continuación de las desgracias que suelen encadenar los accidentes para que acometan juntos, como lo discurrieron mejor otros, pues avivado el incendio del soplo furioso con que allí vientan las brisas, las ábrasaron todas sin que se librase otra que la del Gobernador, por ser de piedra y cal, donde se amparó la gente de las invasiones que recelaba y salieron inciertas aunque no las del hambre y desnudez, por no haber podido escapar bastimento ni ropa para el remedio; desdicha que obligó á que se aventurasen los Capitanes Cardoso y Céspedes á salir de la ciudad, este último para Gaira, de donde escapó de milagro con la vida y dos fanegas de maíz de socorro, y Cardoso para Guacháca, camino de la Ramada, con tres caballos y otros tantos infantes, de donde (usando de algunas artes con los indios de aquel territorio) pudo volver con buena cantidad de maiz; aunque mucho más no fuera bastante para templar la extrema necesidad en que se veían los vecinos de Santa Marta, si piadosa disposición de la Providencia Divina no hubiera conducido á su puerto un navío isleño cargado de bastimentos.

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