LIBRO PRIMERO

 


Trátase del sitio y calidades del Nuevo Reino de Granada: dáse noticia de sus Provincias, primeros habitadores y de las costumbres, ritos y leyes que usaban en su gentilidad.

 

CAPITULO PRIMERO




DEL SITIO Y CALIDADES DEL NUEVO REINO DE GRANADA

A Conquista del Nuevo Reino de Granada, hecha por las Católicas armas de los Reyes de España, no ménos triunfantes en sus numerosos ejércitos, que en el valor de una pequeña tropa de españoles, y la extirpación de la idolatría arraigada por tantos siglos en la barbaridad de sus naturales (empresas que la emulación extranjera oyó como sueños representados á la soberbia Española, y después de acreditada con los ojos atribuyó á en desesperación y codicia) es el asunto á que me llama este libro. Y cuando no hubiera otra causa más que el ver por falta de historiador sepultadas en el olvido tan heroicas hazañas, cuando otras de menos consecuencia se hallan ilustradas con premios, en fe de la ponderación de sus escritores, bastaba para que ocupase la pluma en trabajo tan mal agradecido aún de los más interesados. Y aunque los sucesos de que se ha de componer esta historia tengan poco más de doscientos años de antigüedad, son tan varias las fortunas que los Españoles corrieron, y su curiosidad tan poca en dejar estampadas las noticias de sus hechos, que con dificultad mucha he encontrado el hilo para salir del laberinto de grandes dificultades, en que mi desvelo no hallaba camino, por la generalidad con que los historiadores de Indias han hablado del Nuevo Reino de Granada: unos llevados de la confusión de las primeras noticias; y otros ocupando sus plumas en la parte que su afecto encaminó las alabancas.

Casi en todos ellos me he encontrado siempre con dos cuestiones proemiales, que dilatadas con varias erudiciones, no por ellas se libran de la nota de impertinentes, sin que estos dos términos les sean incompatibles; pues no hay tan malogrado tiempo, como el que se gasta en persuadir con discursos, por buenos que sean, á lo que ya no tiene remedio; ó en pretender que en la debilidad de las conjeturas se asiente la solidez de las verdades. Forman, pues, la primera contienda, sobre si debe quitarse el nombre América á esta cuarta parte del mundo, por no haber sido Américo Vespusio quien la descubrió, sino el famoso Cristóbal Colon, en cuyo obsequio debe llamarse Colona, ó Columbiana, como pretende el Maestro Fr. Antonio Calancha en el capítulo cuarto del primer libro de su Crónica del Perú; ó Segunda España, como pide Fr. Pedro Simón en el capítulo octavo de la primera noticia historial de las conquistas de Tierra-Firme.

Confieso que tengo mucho que admirar en las vivas alegaciones que ambos Cronistas hacen para fundar sus pretensiones; pero me admira más la eficacia ó coraje con que tan grandes ingenios se empeñan en que el nombre de América se haya de sepultar, sin que le hagan las honras las otras tres partas del mundo, que con ese nombre la tiene reconocida por hermana. Y aunque ingenuamente hallo que tienen razón para que ese nombre de América no se diese á estas Indias Occidentales; ya puesto y corriente por más de ciento y cincuenta años en cuantos libros extranjeros tratan de su descubrimiento, me persuado á que ninguno de los dos cronistas, que lo mirase á esta luz, negará hoy, que habiendo sido sus alegaciones para conseguir imposibles, deben pasar por la nota de impertinentes, por más que las hayan apadrinado de autoridades y vestido de erudiciones.

De aquí pasan á investigar la parte, el modo y forma con que después del diluvio pasaron desde alguna de las otras tres partes del mundo los primeros hombres y brutos pobladores de estas Indias Occidentales; porque estando separadas de Asia, África y Europa, como de presente lo están, y alumbrados estos historiadores con la certeza de fe de no harberse reservado de aquella inundación general más hombres ni brutos que los que la Sagrada Escritura refiere haber entrado en el Arca, y de la experiencia ocular de tanta inmensidad de individuos de todas aquellas especies de animales, como habitaban estas Indias al tiempo que fueron descubiertas por Cristóbal Colon, de que infieren haber sido precisa la navegación y trasporte por el mar que las divide; tropiezan luego en la dificultad de haberse podido hacer por alguna parte distante en tiempo que la noticia de la aguja de marear se ignoraba, y la ferocidad de muchos brutos indomables que hay en estas Indias repugna á la posibilidad de conducirlos y mantenerlos vivos en las embarcaciones, no siendo su trasporte de conveniencia alguna para la vida humana.

Fr. Pedro Simón á vista de estos inconvenientes, facilita mucho este transporte de los animales feroces, sin responder con la demostración de algún particular interés de los hombres á la falta de motivo que se opone de contrario para conducirlos; y no asiente á que la noticia de la aguja ó calamita se ignorase después del diluvio hasta los dilatados tiempos que el Padre Acosta refiere, pues doscientos años ántes de ellos la tuvo, y se valió de ella Fabio el Napolitano de Melphy: y de que no estaría ignorante Salomón para las navegaciones de Ofir. Y es muy de extrañar que vencidas, como piensa, estas dos graves dificultades, y gobernándose por conjeturas, se incline á que los primeros pobladores de Indias hiciesen su tránsito por el estrecho de Anian, á Groelandia, en cuya corta distancia bastarían canoas ó juncos para el trasporte, dejándonos frios con la espera de alguna dilatada navegación, que comprobase el uso de la aguja ó calamita, que presume haber habido desde aquellos tiempos inmediatos al diluvio; de que no vemos otro fruto que el de haber perdido tiempo en la resolución de una duda impertinente.

El Maestro Calancha, curioso investigador de las tablas de los más aplaudidos cosmógrafos, después de impugnar los pareceres contrarios (cosa más fácil que defender el propio, cuando también se funda en conjeturas) y persuadido á que los animales feroces no pasarian por mar ni serian llevados de los hombres, por no serles de conveniencia alguna su conducción: no solamente se inclina, sino resuelve haber pasado los primeros que poblaron las Indias por tierra, que presume estaria seca y continuada luego que se recogieron las aguas del diluvio en aquellos dos estrechos de á ocho y diez leguas de mar que hoy embarazan el tránsito enjuto de Tartaria á Groelandia, parte setentrional de la Noruega y de Groelandia ó Estotilandia, que ya es parte de las Indias, y se continua hasta Méjico, según las tablas de Abrahán Hortelio. Fúndase para esto en haber dicho Plinio que diversas veces y en varios Reinos se ha visto ser hoy mar lo que ayer fué tierra; y si añadiera que también dice haberse visto por lo contrario, ser hoy tierra lo que ayer fué mar, no parece tuviera por más clara la prueba de que en los estrechos se descubría la tierra, que la de que á las dos islas cubrían las aguas, la cual no es posible sea clara, ignorándose, como se ignora, la forma en que uno y otro elemento quedaron despues del diluvio.

Descúbrese más la debilidad de este fundamento en habernos mostrado la experiencia que el descubrimiento de las Indias no se hiciese en tanto número de años en que ya corria el uso de la aguja por esta parte de los dos estrechos que demuestran las tablas de Abrahán Hortelio, y se viniese á hacer por los españoles, navegando más de mil leguas que hay desde Cádiz hasta la isla Española; y fué casualidad no haberse hecho desde la Francia, por no haber admitido su Rey la propuesta de Cristóbal Colon. Cuyo suceso demuestra que la cercania de la Tartaria á las Indias por Groelandia no es premisa de que se deba inferir la certeza de haber sido por esa parte el tránsito de sus primeros pobladores; siendo de ménos fundamento la imposibilidad que el maestro Calancha pone en la conducción de los animales feroces por mar, no teniendo en ella conveniencia alguna los hombres; pues sin otra que la de un gusto estragado, vemos cada dia llevar á Italia y traer á España tigres de la América, elefantes del Asia y leones de África, y lo que es más, conducir de estos últimos á las Indias Occidentales, como se han visto en la ciudad de Cartagena, sin haber príncipes en ella, en cuyo obsequio hallase disculpa su conducción. Además que no es de poca conveniencia para los hombres manifestar la superioridad de su especie sobre todos los Individuos de las otras, con el arte de reducirlos á su obediencia; y pues el fin de salvarlos Dios en el arca fué conservar sus especies para que nuevamente se dilatasen por toda la tierra, visto es que para el cumplimiento de este fin ni le faltarian hombres ni embarcaciones en que trasportarlos de unas partes á otras, ni disposición para que, domesticados de su Providencia, entrasen en ellas como haban, entrado en el arca.

Esto supuesto, las indias Occidentales, que acreditaron haber nuevo mundo, por los dilatados espacios que ocupan, tan retirados á las noticias de la antigüedad, que afirmó ser del todo inhabitables, generalmente se dividen en dos partes, que la una, mirada de la línea al septentrión, se llama Nueva España, y la otra, de la línea al austro, se llama Perú. Y parece que, próvida la naturaleza en apoyar esta división, puso por lindero para reconocer los términos de cada una, el Istmo ó garganta que está entré Panamá y Puerto-velo, y sirve á un mismo tiempo de embarazo á la comunicación del mar del sur con las aguas del Océano; pero (como áun divididas en esta forma las Indias, cada parte de por sí podia por su grandeza aspiran al nombre que gozan unidas) determinó la providencia humana, para ménos confusión de los comercios y conquistas, hacer nueva división de la parte del Perú, conservando este nombre de la parte de la línea al sur, corriendo hasta los términos de Chile, y desde la garganta que la divide de Nueva España, siguiendo la costa de Panamá, hasta el estrecho de Magallanes.

Baste lo dicho del Perú y Méjico para inteligencia de la historia, y volviendo á la nueva división, generalmente se llamó Nuevo Reino la tierra firme que hay de la línea á esta parte del Norte, y desde la costa de Barbacoas, Chocó y Darien en el mar del Sur, y corriendo el mar del Norte, desde la de Urabá hasta las bocas del Marañon, que desaguan á barlovento de la isla de la Margarita, de suerte que, mirando en esta forma el Nuevo Reino, tiene de longitud más de ochocientas leguas y de latitud cuatrocientas, en que se comprenden las provincias que hoy se llaman equinocciales de Antioquia y Popayán, y las de Cartagena, Santa Marta, Venezuela, Caguan, Mérida, Guayana, Cumaná, Maracapana y San Juan de los Llanos, en cuyos términos se hallan rios tan caudalosos como ricos de minerales, de los cuales el Orinoco, que por la parte de los Llanos corre á desaguar enfrente de la isla de la Trinidad, es de tan crecidos raudales que sólo cede ventaja al Marañon, que sirve de foso y lindero al Reino del Brasil y al Nuevo de Granada.

El de la Magdalena y el de Cauca, casi iguales en la grandeza, cuyas arenas, sin encarecimiento, son de oro, nacen casi juntos en la provincia de Popayán, y corriendo divididos por más de trescientas leguas, se juntan nueve leguas más abajo de la villa de Mompox, y pasando entre las provincias de Cartagena y Santa Marta, dividen sus términos y entran en el Océano  tan pujantes que más de cuatro leguas dentro del mar se cogen dulces sus aguas; y es muy de reparar en los prodigios que obra la naturaleza haber dispuesto su Autor que en toda la distancia que hay entre estos dos rios desde que nacen hasta que se juntan, apénas se hallará palmo de tierra que no sea mineral de oro ó de plata. Riegan también las provincias por diferentes partes otros rios poco menores, como son el Meta, el rio del Oro, que lo lleva tan fino que es de veinticuatro quilates, el Sogamoso, el de Zulia, el Opon y otros muchos, que tributan al rio grande de la Magdalena por las vertientes de una y otra banda, y se tratará más en particular de ellos cuando lo pida la historia.

Esto es por mayor el Nuevo Reino de Granada, que en la gentilidad se llamó de Cundinamarca; pero lo que al presente conserva el nombre, y es la parte más principal de todas, tendrá (midiéndolo por el aire) ochenta leguas de norte á sur y pocas ménos leste ó éste; que si se midiera por tierra, respecto de los rodeos y vueltas de caminos á que obligan las fragosidades que se encuentran, tendrá muchas más leguas de las referidas. La principal de sus poblaciones y corte del bárbaro rey que la dominaba era Bogotá, puesta en cuatro grados y medio de la línea de esta banda del norte, que al presente está cinco leguas de la ciudad de Santafé y conserva el antiguo nombre que tenia. Por el oriente cercan el Nuevo Reino hasta el mediodia la espaciosa grandeza de los Llanos de San Juan. Al occidente tiene montes y bosques inaccesibles y continuados por mucho espacio Y al septentrión más de doscientas leguas de montaña que rematan en las costas del mar Océano. Al fin, es el Nuevo Reino de Granada á la manera de una caja guarnecida por todas partes de asperezas tan fuertes por naturaleza, que para entrar en él sólo se hallan tres ó cuatro caminos remotísimos los unos de los otros, y de tantas angosturas y riesgos en diferentes partes por donde necesariamente se ha de pasar, que se imposibilita cualquiera invasión de enemigos con muy poca defensa que le apliquen; y así considerados los peligros y entradas por los rios Orinoco y el de la Magdalena, y los que hay por las partes de Popayán y Maracaibo, no habrá hombre de grande ó mediano discurso que no confiese ser el Nuevo Reino de Granada el más seguro de la monarquía española.

Contiénense dentro de él las provincias de Bogotá, Vélez, Pamplona, La Grita, Mérida, Muzo, Ebaté, Panches, Neiva, Marquetones, Sutagaos, Ubaque, Tensa, Lengupá, Sogamoso y Chita, con toda la sierra: gozan de buenas aguas y caudalosos rios, que las fecundan y dan hermosura. A la provincia de Bogotá el rio Eunzha, que ha mudado el nombre en el de la provincia, y será tan grande como Guadalquivir por Sevilla. A la de Tunja el rio Sogamoso, poco menor. A la de Tensa el Garagoa, que todos tres nacen de los páramos y cordilleras de Gachaneque enfrente de Turmequé, y distante poco más de una legua por ser la parte más alta del nuevo Reino. A la provincia de Vélez riega el rió Sarabitá, que al presente se llama de Suárez, por lo que diremos adelante. A la de Pamplona el rio del Oro y el de Zulia, mayor que todos, que desagua en la gran laguna de Maracaibo. A la de Muzo el rió Zarbe. A los Marquetones Gualí y Guariñó: A la de Neiva el rio grande, Cuello, la Sabandija, Cabrera y otros. A. la de Sutagaos el Fusagasugá. A los Panches, rio Negro, Bogotá y otros menores, y otro rio Negro á Ubaque.

Tan deleitoso sitio es el del Nuevo Reino, que apénas se imaginará deleite á los sentidos que falte en la amenidad de sus países. Hay eminencias limpias y descolladas, vegas apacibles en los rios, arroyos y fuentes en abundancia, lagunas de aguas y pocos muy saludables. La de Tota, puesta en lo más levantado de un páramo, tiene seis leguas en contorno, formada en circulo perfecto, tan profunda que apénas puede sondarla el arte; sus aguas claras y suaves son de color verde-mar en el centro, inquiétanse á la manera de un golfo, y de continuo hacen en las orillas la batería ruidosa que el Océano en las arenas. Refiérese de ella que á tiempos descubre un pez negro con la cabeza á manera de buey y mayor que una ballena. Quesada dice que en sus tiempos lo afirmaban personas de gran crédito y los indios decían que era el demonio; y por el año de seiscientos y cincuenta y dos, estando yo en aquel sitio, me refirió haberlo visto doña Andrea de Várgas, señora de aquel país. Otra de Fúquene de más de diez leguas de longitud y tres de latitud, abundante de peces y origen del gran rio Sarabita. La de Guatavita, tan celebrada por los tesoros que los antiguos Caciques depositaron en sus aguas en ofrendas que le hacian como á Dios que adoraban, aunque al presente muy menoscabada la riqueza por la violencia con que la tiene despojada la industria.

Hállanse páramos á quienes el rigor de los frios hizo inhabitables, y sirven de morada á mucha abundancia de ciervos, osos, conejos, dantas y gatos monteses, donde la inclinación de la caza halla interés y desahogo en los cuidados. Hay llanos de tierras fértiles para todas semillas, principalmente en las Provincias de Bogotá, Tunja, Sogamoso y Vélez. Otros para dehesas y pastos de todo género de ganados de los que se crían en España, particularmente en la Provincia de Bogotá y Neiva, donde hubo tantos, que más servian de embarazo en la tierra que de provecho. Los bosques son muchos y deleitosos por la variedad de aves que crían para sustento y de pájaros para divertir con su melodia: de éstos los más celebrados son el toche, de color gualdo y negro: el siote, negro todo, con visos de oro en las plumas: el azulejo celeste y el babaguí amarillo y negro, en cuya comparación no corren el silguero, ruiseñor ni el canario, especialmente con el toche, que aventaja á todos en la voz y en el instinto, y de tanto cariño al dueño que aunque le suelte y se vea en libertad, le vuelve el amor á la prisión de la jaula.

Con tanta diversidad de temples crió Dios las Indias Occidentales, que á muy pocas distancias encuentra la experiencia mudanzas en los temperamentos, ya de frios, ya de muy calientes, ya de templados; pero generalmente hablando, se compone el Nuevo Reino de Granada de temple frio y caliente: el frio, en lo que se habita, no es de suerte que se necesita de braceros, ni de otros artificios para resistirlo; mas el temple caliente en su calidad, es más desapacible aunque muy provechoso. Y porque no hará daño á las noticias, será bien referir el temple de que gozan las ciudades, que al presente están fundadas en aquellas partes. De la región fria participan Santafé, Tunja, Pamplona y Mérida; y de la cálida Cartagena, Santa Manta, Antioquia, Muzo, Mariquita, Neiva y San Juan de los Llanos, sin otras ciudades que por no ser tan nombradas excuso ahora. En las regiones cálidas todo el año es casi igual en el calor, al modo que en España lo rigoroso del verano; y en las frias, es igual el frio á la manera que se experimente por la primavera, porque en estas partes no se conocen los cuatro tiempos, solo se llama verano cuando no llueve, aunque hiele y haga frio; y se llama invierno cuando llueve, aunque haga calor, y aun en los tiempos de la lluvia no hay consistencia ni certidumbre por la variación con que se introducen las aguas, si bien las más ordinarias suelen ser por Octubre y Febrero: y siendo estas mudanzas tan contrarias al órden que guarda la naturaleza en las otras partes del mundo, y estando el Nuevo Reino tan debajo de la línea, le bañan aires tan saludables, que es de las tierras más sanas que hay en lo descubierto.

Goza tan felices influjos, que en él se cría el oro en tantas partes, que sus minerales exceden á los que están descubiertos en el resto de las Indias: y en las ciudades de Antioquia, Zaragoza, Cáceres, los Remedios, Anserma y el rio del Oro no corre plata, porque el oro es la moneda usual con que se comercia. Lo mismo se experimenta en la Ciudad de Guamocó, donde se halla como en las vetas de Pamplona y Llanos de San Juan. Hay plata y tan fina, que es la más estimada de Indias: sus minas en los Marquetones y Montuosa alta y baja de la Provincia de Pamplona, y tan caudalosas, que á no estar falto de naturales el Reino para labrarlas, excediera la saca á la del Potosí, respecto de rendir lo más ordinario á dos marcos por quintal, y algunas veces á ocho. El cobre y el plomo son metales de que no se hace caso para labrarlos, habiendo muchos en diferentes partes. Las esmeraldas exceden á las del Oriento con muchas ventajas, y por ellas se ha hecho célebre la provincia de Muzo, donde se crian las mejores, porque las de Somondoco en la Provincia de Tensa, aunque son buenas, no las igualan en la fineza, y lo más singular de sus minas es criarse en ellas las pantauras finas de todos colores, y pintas de oro por la parte interior. Hállanse en las minas de Antioquia y Guamocó diamantes dentro de las puntas de oro, aunque pequeños; jacintos, piedras de cruz de especial virtud para calenturas y reumas, y granates finos con abundancia, de que nace la poca estimación que tienen. El rio de la Hacha es bien conocido por la cria de las ricas perlas, que goza las más celebradas del Occidente y Timaná por los amatistas y pantauras, que tanto han acreditado sus países; como á los de Pamplona, Susa y Anserma, las turquesas, girasolas, gallinazas y mapulas.

Los montes son depósito de fieras y animales bravos, principalmente en las tierras cálidas, tigres de notable fiereza, leones aunque pequeños, chuncos, erizos, zainos, faras, arditas, á la manera de hurones voraces, y de la misma calidad las comadrejas, coyas, escorpiones, viboras, culebras de muchas diferencias y grandeza; y entre todas la más temida, la culebra taya, por su bravosidad y ligereza: es de color pardo, y más pardo repartido en listas, y diferénciase de las demás, en que todas huyen del hombre si las sigue, y esta sólo le acomete sin que la ocasionen. En las aguas de algunos rios, como son el de la Magdalena y el de Fusagasugá, hay caimanes de catorce y diez y seis piés de largo, á la manera de cocodrilos; y así en éstos como en otros rios; ciénegas y lagunas, se hallan lobos marinos, nútrias, rayas y culebras tan grandes, que en la Provincia de San Juan de los Llanos se tragan un hombre. Y como de ordinario suele hallarse junto al riesgo la conveniencia, se encuentran en los mismos rios y ciénegas muchos géneros de peces buenos para el sustento, en tanta cantidad, que no hay arroyo, por pequeño que sea, donde no se halle alguno á propósito.

Entre todos el más aplaudido, así de los extranjeros como de los naturales, es el capitán, de que abundan las Provincias de Bogotá, Tunja, Panches, Ebaté y Sutagaos, si bien por la diferencia que hay en la forma de la cabeza, le nombran bagre en unas partes y en otras chimbe; pero en el que tiene el rio de Bogotá, ha observado la curiosidad un prodigio grande, y es, que divididos los huesos ó espinas de la cabeza, representa cada uno de por sí una de las insignias de la pasión de Cristo nuestro Señor; de suerte que se mira la lanza, la cruz, los clavos, y así de los demás, como yo lo he visto muchas veces. De la misma manera que se hallan peces provechosos en las aguas se hallan también en los montes, así de tierra fria como cálida, muchos animales á propósito para el sustento, aunque no tan buenos como los de Europa, liebres, venados, lochns, cuíes y zainos, con que se sustentaban los naturales ántes de pasar á Indias los ganados de España. En los mismos montes se hallan maderas de mucha estimación, cedros, nogales, biomatas, ébanos, granadillos; la celebrada madera del Muzo veteada de negro y colorado; la de guayana de pardo y negro; el taray apetecido para vasos; el brasil para tintas; el salsafras para medicinas; la grana en Sogamoso; el cacao en Carácas, Mérida y Santa Marta, en que exceden al resto de las Indias; el bálsamo rubio, el menjui, el estoraque, el incienso y el arbolillo de la vainilla.

Hállanse flores de toda hermosura y fragancia; y como las tierras gozan de una continuada primavera, siempre se ven árboles y campos verdes, y siempre floridos, porque el tiempo de las frutas no embaraza el de las flores: de todo goza juntamente y en un mismo sitio, y áun las flores que se han llevado de España, participando aquel clima, siempre lucen en sus jardines, sucediéndose unas á otras, sin que las matas de que proceden lleguen á tiempo de verse desnudas de su hermosura. Y porque las frutas de que goza el Nuevo Reino de Granada son las mismas que hay en el resto de las Indias (de que hay tanto escrito) en particular solo diré, que en la provincia de los Marquetones y en la de los Muzos se cría cierta especie de palmas tan altas, que parece imposible coger la fruta de sus copas; pero como á quien tiene alas nada se le hace dificultoso, gozan las aves de ella, y comiéndose la carne, cae á la tierra el hueso ó pepita, que es noguerado y áspero por las puntas que tiene, y quebrándolo se saca de él el almendrón por alguna semejanza que tiene á la almendra, pero más grande y de mejor gusto: es fruta de mucha estimación para quien la conoce y ha comido de ella.

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