LIBRO DÉCIMO
 



Saquean los franceses á Santa Marta y Cartagena. Principios de Lugo en su gobierno con algunas prisiones. Anula los repartimientos hechos por los Quesadas. Prende á los Oficiales Reales por el dozavo, y quebrantadas las prisiones, huyen con otros á a Española y Domingo de Aguirre á Castilla. Vuelven los dos Quesadas de la jornada del Dorado, préndelos Lugo y ajusticia al Encomendero de Sachica. Felipe de Utre sale de Coro, y entrado en los Llanos, llega hasta Macatoa con la noticia de los Omeguas. Promúlganse las nuevas leyes, á pedimento del Obispo de Chiapa, y ordénase á Miguel Diez de Armendariz pase á ejecutarlas i visitar las provincias del Nuevo Reino. Destierra Lugo á los Quesadas. El Capitan Venégas descubre minas de oro y funda la ciudad de Tocaima. El Capitan Valdés entra en Muzo y pierde la batalla de Zarbe. Felipe de Utre descubre los Omeguas, retírase por falta de gente y córtanle la cabeza alevosamente. Lugo sale del Reino para Castilla, y embargado en el Cabo de la Vela, llega Armondariz á Cartagena. Lope Montalvo trata de convenirse con Juan de Cabrera. Benalcázar mueve guerra á los Picaras, y déjala llamado por el Virey Blasco Núñez Vela. Armendariz despacha por Teniente del Reino á Pedro de Ursúa, y de Antioquia á Robledo. Mata un rayo á los dos Quesadas. Martínes entra en Muzo y sale desbaratado. Lugo llega á la Corte, y despues de varios pleitos sigue la guerra en Europa hasta su muerte. Pedro de Ursúa entra en el Reino y prende á Lanchero y á otros de los Caquecios, y fúndase la ciudad del Rio de la Hacha.

 

CAPITULO I
 


LA ARMADA FRANCESA DE ROBERTO BAAL SORPRENDE Á SANTA MARTA Y CARTAGENA; Y EL ADELANTADO LUGO PRENDE AL CAPITAN RONDON Y Á OTROS: ANULA LOS REPARTIMIENTOS HECHOS POR LOS QUESADAS, Y APLÍCASE LOS TRIBUTOS.

LAS emulaciones que se tenían las dos coronas de Francia y España no erais de tal calidad que pudiesen por mucho tiempo contenerse dentro de los términos de una buena correspondencia; y así, rotos por este año de cuarenta y tres los conciertos de la paz, despertaron tan vivamente el fuego de la guerra en las entrañas de la Europa, que ardían las fronteras de Flandes con la invasion de las armas francesas por la parte de Sanquintin y no ménos trabajadas se veian las costas de Italia con la armada de Barbarroja, que llamado del Rey Francisco y unido con el Príncipe de Anguiano, acometió á Nisa (despues de arruinado Rijoles en el faro de Mezina) y si bien entró la ciudad con lastimoso estrago, no pudo rendir el castillo en muchos que lo tuvo sitiado, hasta que temeroso de la buena fortuna de Andrea Doria, que navegaba al socorro, levantó el sitio para infestar con ménos riesgo los puertos de Nápoles. No se contentó el Rey de Francia con solos estos acometimientos, sin que arrastrado de su coraje dispusiese que de incendio tan general prendiese tambien alguna centella en las Indias; y como para este efecto tuviese dispuestos navíos en la Rochela, hizo que este año navegasen á aquellas partes, ó para mostrar que su poder bastaba á inquietar toda la monarquía española, ó para divertir sus armas miéntras corrían los precipitados deseos que siempre tuvo de fijar el pié en Italia.

Bastantes órdenes se habian despachado á las Indias contra las prevenciones que amenazaban de la parte de Francia; y aunque ésta fué la causa que tuvo el Consejo para que Lugo acelerase más su viaje, ó porque la intencion de ésto fuese entrar poderoso en el Reino para disfrutado, ó porque no creyó que los franceses, sin conocimiento de la navegacion, se aventurarian á tan peligrosa empresa, no solamente se descuidó de asegurar puerto de Santa Marta, pero debilitó de suerte sus fuerzas sacando la más lucida gente para llevarla consigo, que lo dejó expuesto á cualquiera invasion de enemigos. En este estado pues, se hallaba la ciudad en que por ausencia de Lugo gobernaba Luis de Manjar cuando á los diez y siete de Julio parecieron sobre ella cuatro naos de guerra y un patache á cargo de Roberto Baal, que entrándose de flecha en el puerto y gritando España, España tuvieron por algun tiempo suspensos á los vecinos, hasta que saltando en los bateles cuatrocientos hombres armados y avanzando á la ciudad reconocieron ser franceses y ellos bastantes á la defensa. Pero aunque el acometimiento fué repentino, no tanto que no diese tiempo de retirarse todos con hijos y mujeres á la montaña vecina, que hace espaldas á la ciudad, y de escapar la mayor parte de oro y plata que tenian consigo: de que se que la entrasen sin dificultad alguna los enemigos, y en ocho dias que allí se detuvieron la robaron á su placer, pues aunque el despojo no correspondió á sus deseos, les bastó para entretener la codicia con que salieron de Francia.

La primera diligencia que hicieron al entrar en el puerto fué apresar y echar á fondo todas las canoas y barcos que habia en él para que no diesen aviso de su llegada en las demas partes de la costa; y asegurados así despues del saco, pusieron bandera de paz para tentar si por comercio ó contrato podian asegurar aquellas riquezas que se habian escapado en la montaña. Con este seguro salió Manjarrés á rescatar algunas pipas de harina para su gente y con esta ocasion le propusieron rescatase tambien la ciudad para que no quedase asolada; erecto que se seguiria no componiéndose luego en la cantidad que se le señalase. Mas como el Manjarrés no diese oidos á esta propuesta, ó porque no habia el dinero que le pedian ó porque le pareció accion indigna de españoles, fué tanto el enojo de los franceses que le pusieron fuego y arrasaron toda, hasta los cimientos, sin que de ello recibiesen mucho pesar los vecinos, porque siendo las más casas de madera, de que abunda grandemente la tierra, no tuvieron por considerable la pérdida, solamente la reconocieron grande cuando vieron que se llevaban cuatro piezas de bronce, y que para desfogar más la cólera francesa, talaban y destruian cuantas huertas, árboles y casas tenían para recreo: y lo peor fué o terminando en esto solamente la desgracia de los vecinos de Santa Marta, se hallaron impensadamente rodeados de nuevos peligros, porque viendo los indios pacíficos que con la invasion del frances se hallaban desordenados y faltos de aquella defensa que les dabas los edificios, les pareció que habian llegado á la cuyuntura de sacudir el yugo español, que aborrecian. Y así, dando parte á los Taironas, poco distantes, y socorridos de ellos, tomaron las armas, y con buen ánimo acometieron á los nuestros por tres ó cuatro veces; mas, como ya habian partido los franceses, y ellos perdieron la ocasion, cuando en el monte se hallaban los nuestros atemorizados, no fué difícil hacerles una valiente resistencia, porque Manjarrés valiéndose de algunas armas que habian escapado los vecinos, y animándolos con su ejemplo no solo sufrió los primeros encuentros, sino que pasando á más, los embistió en alojamientos con tan buena fortuna, que les obligó á que los desamparasen y á que a aprovechándose de la ocasion los siguiese hiriendo y matando hasta que pareciéndole sobrado el castigo, se retiró á la ciudad, donde vueltos al siguiente dia todos los Caciques que habian estado ántes de paz, y culpando á los Taironas, consiguieron el perdon con promesa de no tomar otra vez las armas.

Miéntras se combatia así en Santa Marta, habian corrido la Costa las naos francesas hasta ponerse á vista de Cartagena, donde pensaban mejorarse de presa, y sucedióles tan bien, que llegando de noche al puerto de Boca grande, que estaba á dos tiros de ballesta de  la ciudad, y al presente se ha cerrado de arena, surjieron en él, sin que fuesen sentidas y  esperando á que rompiese el alba de los veinte y siete de Julio, arrojaron á tierra la gente,  que guiada de un corso que habia estado otra vez en la ciudad, la entró por armas, sin que hallase más defensa que la flaca de algunos vecinos que luego fueron presos, porque los demas, con la noticia confusa de que habian surgido algunos vasos la noche ántes, se retiraron al monte. Con este buen suceso de los franceses se repartieron en dos tropas, y encaminada la una á la casas del Obispo D. Fr. Francisco de Santa Maria y Benavídez, religioso gerónimo, que poco ántes habia llegado, le prendió y robó los bienes; y pasando la otra á las del Gobernador D. Pedro de Heredia, la acometió con daño de algunos negros que acudieron á defenderla, viendo que el Heredia, con una pica en la mano, y D. Antonio, su hijo con la espada, los animaban á combatir con los enemigos; pero sintiéndose herido el hijo en un brazo, del tiro de un arcabuz, y reconociendo el padre la temeridad de oponerse á tantos, saltaron por una ventana, y retirados al monte con los demas, y atentos al peligro que podia correr Portobelo, despacharon en una barqueta á Juan de Reinaltes para que diese aviso de todo.

Luego que el Gobernador desamparó su casa, la ocuparon los franceses deseosos de encontrar en ella tesoros muy considerables, y no se engañaron mucho, porque cayó en sus manos gran parto de lo mucho que malamente habia adquirido el Heredia en el curso de sus conquistas. De allí pasaron á saquear toda la ciudad, donde hallaron bastante riqueza que se les aumentó más con haber encontrado en las arcas reales cuarenta y cinco mil pesos de oro, que pudieran pasar por descuento del rescate del Rey Francisco, á no haber pasado primero por la manos de tan cosarios ministros. Con este buen suceso les pareció no detenerse más que los ocho ó nueve días que se gastaron en tales robos y en el de muchas preseas de estimacion que habia en la ciudad; y determinados á seguir su derrota hasta la Habana, donde pensaban terminar sus empresas, pusieron en libertad al Obispo y á los pocos vecinos que habian aprisionado, y sin pasar á los estragos que habian ejecutado en Santa Marta, se hicieron á la vela poniendo las proas á la Habana, donde apénas llegados arrojaron á tierra la gente, por la parte que hoy llaman la Punta, cuando heridos de la artillería y acometidos de los nuestros, fueron rechazados con tal ardimiento, que muertos treinta de los más señalados, y puestos en desórden los demas con el espanto y miedo que concibieron, trataron de embarrarse con tal confusion, que á seguirlos nuestra gente con la misma osadía que los habia rebatido, no quedara frances á vida. Pero malograda esta ocasion, la tuvieron para desembocar y volver con próspero viaje á Francia, donde creciendo más la fama de las riquezas de Indias y el rumor de esta presa, dispuse nuevamente los ánimos de aquella nacion para continuar el viaje, si bien los sucesos siguientes no correspondieron al primero, como veremos despues.

Casi por el mismo tiempo que corrían estas adversidades en la Costa, se disponían otras iguales en el Reino, ocasionadas del absoluto dominio con que Lugo dió principio á su gobierno: pareció siempre que viviría violento, mientras no fuese en la Corte de España, donde participando del aura favorable que gozaba Francisco de los Cobos, Comendador mayor de Leon y Secretario del despacho universal, que era cuñado suyo, podría conseguir nuevas mercedes para aumento de su casa; y como para este fin tenia por medio el más eficaz dar vuelta brevemente á Castilla con la mayor riqueza que le fuese posible, y no sea fácil pasar un ministro en pocos días desde el extremo de la miseria al de la prosperidad sin que la tiranía y disolucion dispongan los medios que tan violentas mudanzas requieren; descubrió luego designios tan encontrados á la justicia y paz que se gozaba en el Reino, que veremos presto en él turbada aquella tranquilidad que corría en sus provincias, y tan partida en bandos su corta colonia de españoles, que solamente reinen en ella odios y enemistades que aumentándose más cada dia con el fomento de Lugo, levanten olas tan perjudiciales de obstinacion, que no puedan sosegarse en largo tiempo, hasta que la propia ruina los desengañe de que la codicia de Lugo fué el instrumento principal de su futura miseria.

El primer traje de que vistió el semblante para encaminar sus pretensiones luego que le recibieron en Vélez, fué de una soberanía tan opuesta á la llaneza que usaba su padre con los mismos conquistadores, que extrañándola éstos, se lastimaban entre sí de no ser tratados con la veneracion debida á su calidad y servicios, pues en lugar de mostrársele grato por tan ilustres hazañas como habian hecho en el Reino, para que él fuese de los primeros que cogían el fruto, se les mostraba severo, majestuoso y tan altivo, que no le faltaba sino mandar que de la adoracion le hiciesen obsequio, para que afianzada su intencion sobre rendimientos serviles, pudiese lograr los intereses á que aspiraba, sin la contradiccion que temia. No era esto modo de portarse connatural á su inclinacion afable, sino artificio de que pareció valerse para que los pretextos del buen tratamiento de los indios, con que pensaba introducir sus máquinas, parecieren efectos de un celo cristiano, determinado a romper con los abusos y no trazas de un ánimo codicioso, atento á cebarse con el sudor y sustancia de los primeros que derramaron su sangre en la conquista. Y porque entre las noticias que le habian dado de todo, no faltó quien le ponderase que Gonzalo Suárez Rondon era la persona de más caudal que se hallaba en el Reino, habiéndolo adquirido con la parte que le cupo en la reparticion general de las presas y con los tributos que le daban los numerosos pueblos de Jeacabueo y Turmequé, y que así mismo era la persona en quien se hallaba autoridad bastante para oponerse, en caso que pretendiese alterar el gobierno que habian dejado entablado los Quesadas; determinó dar principio al suyo, aprisionándolo con cadenas y guardas, y dando á entender no se moviera á tan fuerte resolucion si no fuera movido por la justicia, que le dictaba castigase el mal trato que habia hecho á los indios en  los asedios de Lupachoque y Ocabita, y el poco ajustamiento con que se habia portado en la observacion de los órdenes reales que tenia en esta materia, y ejecutólo así con sentimiento general de cuantos conocian sus prendas.

Preso Gonzalo Suárez, fueron tambien consiguientes las prisiones de todos sus parciales, y así pasaron por la misma fortuna muchos de los vecinos más nobles, entra quienes fueron Garci Arias Maldonado, Fernando de Rójas, Fernando Beteta, Juan Gómez, Cristobal de Miranda, Pedro Enciso, Juan de Salamanca y Pedro Vásquez de Loaysa, cuñado de Suárez, por haber casado con doña Catalina Suárez, su hermana: y para que se concibiese temor de que la entereza de Lugo miraba á la reforma de los desórdenes cometidos hasta allí, empezó inmediatamente á fulminar procesos contra ellos, atribuyéndoles culpas tan graves, que disculpasen su resolucion arrojada, como si ya todos no le hubiesen traslucido la intencion, así por sus palabras encaminadas al propio interes, como por ver que los instrumentos de que se valia para mover la máquina de sus conveniencias, eran Francisco Alvarez y Antonio Lujan, personas de inquieto natural y hábiles para conducirla hasta el fin, aunque se aventurase con sus medios la inquietud de todos. Y aun era público que en cuanto á fomentar enemistades era el Francisco Arias tan diestro, que habia sido en el Perú el que sembró las discordias entre Pizarro y Almagro, de que se originaron tan civiles encuentros, que por muchos años inundaron con sangre española las campañas de aquellos Reinos: delitos que castigó la justicia divina brevemente, pues considerando el Arias que eran tales que lo tenían mal quisto en todas las Indias, y que solamente podría asegurar la vida pasando á Castilla, se embarcó en el rio grande con toda su hacienda, que pereció o cerca de Santa Marta, en un repentino naufragio ocasionado de las brisas que se levantan ordinariamente en aquellas partes. Pero volviendo á lo que decíamos, como éste era gran papelista, y en esto no excediese á Lujan, juntábanse los dos, y eran los consejeros por cuyo arbitrio gobernaba Lugo las más acciones que se reputaron por indignas de su persona, pues en realidad, fuera de la codicia que dominaba en él, no se le reparó en el Reino otro vicio alguno que sobresaliese para descrédito suyo.

El segundo arbitrio de que usó para abrir camino más ancho á sus intereses fue proponer á los Cabildos de las cuatro ciudades que halló fundadas, la nulidad que parecia el repartimiento hecho por los Quesadas, como personas que no habian tenido jurisdicción en materia de tanta importancia, y que privativamente tocaba al Gobernador de Marta, y para sanar este yerro convendría que representándoselo á él jurídicamente declarase por vacas todas las encomiendas que se habian proveido; y porque no pensases que su intencion era de privar á los conquistadores de lo que tan justamente habian merecido, les daba palabra de no innovar en las provisiones si no fuese para mejorarlos porque su ánimo era solamente de usar del derecho que le pertenecia en cuanto á este punto, y en lo demas asegurarlos y confirmar sus posesiones para que no fuesen revocadas por el Consejo. Bien claramente se descubria en la propuesta el fin á que tiraba el Adelantado; pero como las prisiones y molestias que ya se experimentaban fuesen muchas y los pareceres de los hombres sean tan diferentes entre sí, no faltaron vecinos que, por lisonjearle el gusto á pesar del sentimiento interior que ocultaban, aprobasen su dictamen; si bien otros de corazones más desahogados se lo contradijeron públicamente, y en Vélez donde fueron los primeros pasos que dió en esta materia, no quedó gustoso de la entereza con que se le opusieron Alonso de Poveda, Gonzalo de Vega y Alonso Fernández de Hiniesta, Regidores de aquella ciudad. Mas como el Adelantado se habia revestido de autoridad tan despótica que no la sujetaba á leyes de la razon; ni bastaron estas contradicciones ni las que hicieron con resentimiento de la propuesta las ciudades de Santafé, Tunja y Málaga para corregir sus intentos; ántes empeñándolos más dió luego por vacas todas las encomiendas proveidas hasta entónces, y sin tratar de repartirlas de nuevo, como habia prometido, empezó á cobrar para sí todos aquellos tributos que pagaban los indios á sus encomenderos. Y como esta forma corrió por más de catorce meses, vino á ser tan considerable suma la que recogió, que los que más la moderan afirman pasar de doscientos mil pesos de oro; verdad es que los indios, ya fuese por consejo de los encomenderos, ya por su industria y propia malicia, no le dieron el oro con aquellos quilates que debía tener, ni el Adelantado conoció el fraude, engañado con la apariencia y color del metal, hasta que haciéndose en España los ensayes, se halló con el artificio menoscabado el caudal que aseguraba el peso.

Ni con solo este medio se contentó el ansía de su codicia, ántes se valió de otros muchos para enriquecer con la ruina de todos. Rara polilla de un Reino la de un Gobernador codicioso! y Monarca infeliz el que pasa entre las sombras del disimulo una culpa tan clara! La primera señal de impotencia para reinar que dió Enrique el Cuarto de Castilla, fué la permision que dió siendo Príncipe á Pedro Sarmiento para que sacase doscientas acémilas cargadas de los robos que, como Gobernador, habia hecho en Toledo. Y volviendo á Lugo, recibía con agasajo el oro y esmeraldas que le daban muchos de los vecinos para tenerlo propicio y engañábanse de suerte que los que más cabida juzgaban tener con él por este medio, eran los que más expuestos quedaban á que los despojase de todo; porque reconociendo por las dádivas el jugo que imaginaba en los dueños, les pedía prestadas cantidades gruesas que despues no tenian más paga que en vestidos y galas que habia estrenado en la Corte á título de ser suyas, y en aquellas tierras faltas de comercio le salían vendidas por veinte y treinta veces más de lo que le habian costado. A esto se añadió la forma que tuvo en la venta de los caballos que sacó de la montaña y le valieron una grande suma, porque habiéndolos dejado por algun tiempo pastar en las mejores dehesas, luego que los vió lozanos y briosos, dispuso que algunos picadores en diferentes días los paseasen en aquellas partes donde más ordinariamente asistían los vecinos á verlos pasar la carrera, á que se hallaba presente, y luego preguntaba con disimulo á la persona que le parecía de caudal suficiente para pagárselo, qué le parecía del caballo: y como la lisonja sea tan connatural á quien depende más con deseo de seguirle el gusto que de explicar el propio sentimiento, le respondía que era digno de que la persona real montase en él, y que no se pagaba tan perfecto animal con mil pesos de oro, y otros pasaban á dos; y aunque al decirlo no habia cosa de que estuviese más léjos que de comprarlo, con todo esto se hallaba á la noche con él en su casa y con un criado que de parte de Lugo lo representaba el afecto con que miraba sus prendas, y que, para muestra de su buena voluntad, le remitía aquel caballo por el mismo precio que él le habia puesto. Qué habia de hacer, pues, el que dependía de su arbitrio i miraba tan distante el recurso contra la violencia, sino exhibir el dinero y pagar con él la pena de su adulacion?

Junta ya de esta suerte gran suma de riquezas en poco más de un año, le pareció tiempo de repartir la tierra, y no como habia prometido á los principios, sino como le aconsejó despues su conveniencia, acomodando parciales y amigos en los repartimientos que habian poseído los de Quesada, de que se originó tan grave sentimiento entre todos, que ya no murmuraban de Lugo en secreto, como á los principios hacian, sino en público y con tal desahogo, que maldecían á voces su gobierno como injusto y tirano: no se oían por las calles de Vélez, Tunja y Santafé sino quejas y amenazas que produce la desesperacion, sin que bastase á reprimirla ni el consejo de los más cuerdos ni el sufrimiento de los más lastimados: culpaban su poca fortuna, viendo que despues de tanta sangre derramada en servicio de su Rey, quedaban expuestos á mendigar como pobres y á ser mofados en la paz los que más habian trabajado en la guerra. De estas quejas llegaban los ecos á Lugo, y quizá más sangrientos que las mismas voces, con que receloso de algun movimiento ponia más la mira en oprimir la parte de los Quesadas y fomentar á los Caquecios (así llamaban á los que militaron con Fedreman y Lope Montalvo, por haber pasado por los pueblos de los Caquecios, indios que demoran en los Llanos y confinan con los Ibuyes): y aunque á los principios fué este nombre de desprecio, despues corrió tan generalmente, que no se disgustaban de él los interesados, antes lo tenian por seña para reconocer los que eran de su faccion, á la manera que pasaba entre Chilenos y Pizarristas, y se vió entre Guelfos y Gibelinos, siendo infernal abuso que necesita mucho de remedio en todas partes y más en las Indias; porque éste es ordinariamente el origen de las parcialidades y la basa en que ha cargado el poso de tantas guerras civiles, en que los hombres que han perecido han igualado al número de lo desafueros que se han ejecutado, porque entre españoles principalmente toman las armas los pueblos sin más causa para destruirse con ellas, que la de inclinarse á los apellidos ó linajes, preceda ó no agravio que lo disculpe.

Estas fueron las primeras zanjas de enemistad que se abrieron en el Reino y por muchos años no pudieron cegarse sin que precediesen efectos muy perjudiciales, y así empezó Lugo á introducir aquellos odios en que sus vecinos expusieron la quietud y las haciendas al arbitrio de muchos jueces pero porque ya se reconocia que la codicia de Lugo á la manera de un raudal furioso corría á destruir las provincias, y que seria bien detener aquel ímpetu que á ninguna advertencia se corregía, le pareció á Gonzalo Suárez, con parecer de otros, que habia llegado el tiempo de valerse de algun medio bastante á detenerlo, aunque en la ejecucion aventurase la vida y así, dispuso que los Cabildos requiriese á Lugo con una Real Cédula del Emperador ganada por el General Quesada, y remitida al Suárez con el mismo Lugo, sin que hubiese tenido noticia de ella, en que ordenaba ninguno de los Gobernadores que pasasen á Indias despojase á sus conquistadores de los repartimientos que tuviesen hechos, sin que precediese determinacion de su Consejo donde debian remitirse las causas para que tomase resolucion en ellas, por pertenecerle privativamente su conocimiento. Y aunque bastó esta diligencia para que Lugo diese muchos pasos atras en lo comenzado y para que entrase en alguna consideracion de sus malos procedimientos, con todo esto no bastó á reprimirlo del todo, pues aunque dejó algunos conquistadores en pescaron de los repartimientos que les habian hecho los Quesadas, a otros muchos despojó de lo que tenian, por aplicarse así las Encomiendas más gruesas de Santafé y Tunja, y por acomodar á muchos de los que llevó consigo y de los Caquecios parciales suyos, como dependientes y amigos que se mostraban de Lope Montalvo, su deudo, aunque entonces se hallaba con Hernan Pérez en la jornada del Dorado, y en aquella ocasion fué cuando se encomendaron los primeros indios á Gerónimo de Aguayo, Pedro Niño, Francisco de Manrique de Velandia, Juan de Sandoval, Juan Mayorga y otros que habian ido con Lugo.
Tampoco bastaron las quejas y amenazas de muchos á divertirlo de aquel teson con que proseguía en buscar pretextos para destruir todos los hombres ricos que fingia culpados con el apoyo de algunos de mala intencion: y como el principal á que habia tirado siempre era Gonzalo Suárez, y éste en vez de templarlo con dádivas le habia irritado más con la inhibicion de la Cédula, hizo tantos aprietos y diligencias para descubrirle bienes que, faltando á los términos legales, puso á cuestion de tormento á Pedro Vásques de Loaysa, sin más causa que ser cuñado de Gonzalo Suárez, y parecerle que seria parte  en la ocultacion de bienes que habia hecho; y como en la realidad fuese así, y este género de vejaciones sea la raya hasta donde puede llegar la amistad en materias de interes, declaro Loaysa tan conforme á su gusto, que descubrió el sitio donde el cuñado habia ocultada el caudal y de que le habia hecho sabedor, de donde le sacó Lugo para quedarse con él, del jando de tal suerte aniquilado á Gonzalo Suárez, que aun para el sustento no tenia de que valerse, habiendo sido poco ántes uno de los caballeros más poderosos del Reino. Y comé pruébase con haber montado las cantidades que le quitó Lugo á más de cincuenta mil de oro, plata y esmeraldas, y entre ellas una del tamaño de un pomo de espada de aquellos tiempos, y de limpieza y color excelente, para que se vea cuán ciegamente procede un más Juez en las Indias, que por considerar tan distante el recurso para el agravio, obra como quien no tiene superior que lo castigue, y roba como quien confía en lo mismo que roba. Y porque supiesen que no eran delitos sino riquezas de Gonzalo Suárez las que desvelaban á Lugo, apénas las vió en su poder cuando mostrándose compasivo lo puso en libertad mandó que le alzasen las guardas despues de nueve meses, en que á treinta pesos de oro por dia, le llevaron una suma sin ejemplar, y que aun pareciera grande en delitos muy calificados.

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