LIBRO DUODÉCIMO
 



El Licenciado Montaño pasa por Visitador de la Audiencia de Santafé. El Obispo D. Fray Juan de los Bárrios sube de Santa Marta y se halla en la visita de los Oidores y residencia de Armendariz.-. Rebélase el valle de las Lanzas, parte al castigo Hernando de Salinas y funda la ciudad de Victoria.- Puéblanse las villas de Nirúa y Nueva Valencia, en la provincia de Venezuela.- Montaño, enemistado con Briceño, procedo tiranicamente en su visita y discorda en la sentencia de los Oidores que ocurren, á Castilla por su desagravio: enriquece á sus hermanos, ajusticía á Pedro de Salcedo y á otros. Rebelase Alvaro de Hoyon en la ciudad de La Plata, saquea algunas ciudades y muere desbaratado en Popayan á tiempo que de Santafé partia Baltasar Maldonado á encontrarlo.-Moutaño pasa á gobernar la provincia de Popayan, donde procede injustamente: vuelve á Santafé y remite preso al Licenciado Armendariz á Cartagena, y baja á residenciarlo.-Disgústase con el doctor Maldonado, que gobernaba allí por el Adelantado Heredia.-Naufraga éste y los Oidores Góngora y Galarza en la costa de Zahara.-Fundase la ciudad de los Llanos.-El Capitan Ursua pasa a Panamá y por órden del Marqués de Cañete, Virey del Perú, allana los palenques de negros de aquella provincia y prende á su Rey Bayano.-Montaño remite preso á estos Reinos á Armendariz y pasa á Santa Marta y Rio de la Hacha aceleradamente, de donde vuelve á Santafé.-Saquean los franceses á Santa Marta; prosíguese la conquista de Venezuela, y el Capitan Diego García de Parédes funda la ciudad de Trujillo.-Montaño prosigue en sus desacíertos.-Celébrase el primer Sínodo de Santafé.-El Mariscal Quesada baja á gobernar á Cartagena y á residenciar al doctor Maldonado: vuelve al Reino, donde llegan despues el doctor Maldonado y Tomas López, Oidores nombrados para Santafé. -Despéchase Montaño con la poca mano que tenía en La Audiencia, y sus hermanos tratan de alterar la tierra.-Tomas López suspende á Montaño, llega Briceño á residenciarlo y remitelo preso con una cadena á Valladolid, donde le cortan la cabeza.-El Capitan Lanchero allana la provincia de los Muzos.-Francisco Martínez de Ospina funda la ciudad de los Remedios y Cristóbal Rodríguez Juárez la de Mérida.-Muere García de Parédes: trátase del Obispo Fr. Agustín de la Coruña, de la fundacion de San Vicente de Paz y villa de los Angeles, y de lo acaecido en el Reino hasta la entrada del primer Presidente.

 

CAPÍTULO PRIMERO
 


ENTRA EN SANTAFÉ EL LICENCIADO JUAN DE MONTAÑO CON LA VISITA DE LA AUDIENCIA Y RESIDENCIA DE ARMENDARIZ.-REFIÉRENSE LOS PRINCIPIOS DE SU VISITA, HASTA. QUE LLEGA EL OBISPO D. FR. JUAN DE LOS BÁRRIOS.

SOSEGADAS ya por algun tiempo las conquistas del Nuevo Reino de Granada, habia de ser consiguiente entrarse confiada la pluma en las acciones políticas de los ministros elegidos para mantenerlo en justicia. Pero sucede tan al contrario, que no habiéndose atemorizado al estruendo de los desórdenes militares de tantos Cabos guerreros, son poderosas las civilidades de un solo ministro para que se recele cobarde. Mas qué mucho, si habiendo de correr por las lineas de la verdad, es preciso engolfarse en odios, injusticias, crueldades y desaciertos, que por más de seis años corrieron sin freno al impulso de un genio tan peligroso, que llegó á Contagiar á cuantos concurrieron con él, ya fuese con disimulo á sus desatinos, ó ya con oposicion al ímpetu de aquella inmoderada ámala de castigar y vengarse, que para descrédito suyo forjo la ira en la fraguo de sus mal fundados discursos. Bien sé la veneracion que se debe á los Ministros togados en la forma de calificar y referir sus procedimientos; pero bien es que sepan que no se privilegian los malos de que la pluma los presento á los ojos de la posteridad, para que al recuerdo de la fealdad de los que así procedieron, se contengan los sucesores de exceder los límites de aquella autoridad en que los constituyen los puestos: pues á haberse acordado nuestro Rey D. Pedro de los cortes que tienen las plumas, hubiera quizá embotado los filos que tenia su espada.

No es mi intencion controvertir, si es lícito ó ilícito, útil ó nocivo el juicio y regular de las visitas generales que se despachan á las Audiencias y ciudades de las Indias, pues siendo estilo del Consejo que las gobierna, solo me toca cautivar el entendimiento en obsequio de las resoluciones de Tribunal tan Supremo  á lo que si me hallo precisado es á poner á su inspeccion las acciones que el Licenciado Juan de Montaño obró como Visitador del Nuevo Reino de Granada, para que, investigando la poca diferencia con que se han portado los más de los Visitadores, que despues han pasado á Indias, se tenga presente la precisa obligacíon de pesquisar (antes de elegir semejantes ministros) no solamente las inclinaciones que por los conductos de padres á hijos se heredan, sino los resabios que por falta de buena educacion se traslucen, ó en el manejo de los negocios que se les han cometido descubren; pues con la indicacion de los menores en que bastardearen, será muy fácil venir en conocimiento de los mayores en que han de perderse, para que mirado esto así, no consiga alguno por gracia un puesto que aun parece incomportable conferido en justicia.

Exámen es éste que sin llegar á tan exactas diligencias, podrá correr en las elecciones de Visitadores que obran dentro de los términos de estos Reinos de España, donde el presto remedio apénas tiene encendidos los perjuicios cuando los tiene apagados. Tambien pudiera no extrañarse en las de Presidentes y Gobernadores que pasan á Indias, pues aunque unos y otros tengan mucha jurisdiccion en las manos, es parte de grande alivio para los quejosos saber que tienen limitados los cargos por mal que los administren, y la de haber Audiencias que los amparen; ni para los ministros de éstas débieran aplicarse mayores escrupulos, pues cuando tal vez no falten algunos que se apasionen, casi siempre se hallan compañeros que los contengan, ó Presidentes que los repriman. Pero en los Visitadores generales que se despachan á Indias, como llevan la jurisdicción tan privativa y sin límite, y á partes tan retiradas del Príncipe, es tan preciso que anteceda el exámen de su génio y costumbres, que si éste se omite y las costumbres desdicen de las obligaciones del puesto, en vez de remitir un Juez que medicine irá un tirano que apeste, pues no templando el pulso alterado de los quejosos con el castigo de los culpados, irritan el de toda una República con generales incendios, de que resultando la destruccion de los vecinos con las parcialidades que se introducen, no logran más interes las Arcas Reales que el de costear loe salarios que no se deben: y así parece fuera de menos inconveniente dejar el gobierno en los Oidores, aunque no fuesen buenos, que ponerlo en un Visitador con resabios de malo.

Profundicemos más la razon de esta advertencia. La más sana política enseña que el gobierno de muchos no es tan bueno como el de pocos, y que el gobierno de uno es mejor que el de pocos y muchos; porque si el mejor gobierno se endereza á conservar la union y paz de la muchedumbre de súbditos, cosa cierta es que esta union la podrá fundar mejor el que fuere solo uno que los que fueren pocos ó muchos, donde cabe disconformidad, que es la que más aparte del fin de la unidad á que debe mirar el gobierno. Pero síguese de aquí mismo que, siendo malo el gobierno, será menos perjudicial el de muchos que el de pocos: y por consiguiente, será peor el de uno solo que el de muchos y pocos; porque si la democracia se opone á la policía, por ser ambos gobiernos que se ejercitan por muchos, y la aristocracia á la oligarquía, porque uno y otro gobierno es de pocos, de fuerza se habrán de oponer el régio y tiránico, porque son entrambos de uno; y pues ya se ha mostrado que el buen gobierno de uno os el mejor, y ninguno ignora que lo más opuesto á lo mejor es lo peor, bien claro se deduce que el mal gobierno de uno es más nocivo que el de pocos y muchos: pues así como es más útil que la fuerza que obra sea una, y no dividida para ser más poderosa, así será siempre más dañoso el poder que obra mal; si fuere de uno.

Demas de esto, si el gobierno crece á más injusto, cuanto más se aparta del bien comun de muchos (que es la segunda parte del fin á que debia mirar) y busca el particular de quien lo administra ; y en la oligarquia y democracia se aparta ménos que en el tiránico, porque en éste se procura el bien de uno solo y en los dos primeros de algunos ó muchos, y en cualquier generalidad se hallan siempre más propincuos los muchos que los pocos y los pocos que uno solo, bien se reconoce  que el mal gobierno de tino es el peor de todos, y cuanto ménos perjudicial será que gobiernen mal pocos á muchos Oidores, que poner el juicio de una visita en sujeto que no dejare afianzada la seguridad de obrar bien con el en entero exámen de sus costumbres. Ademas que, para comprobacion de lo que va referido, cuando no basten las inquietudes y alteraciones acaecidas en otros Reinos y provincias en el progreso de muchas visitas, tenemos entre manos los procedimientos del Licenciado Juan de Montaño en la suya, para que haga palpables tantos inconvenientes representados y lo mucho que se aventuró en la apresurada eleccion de tan violento ministro, pues aunque por accidente se le dió conjuez para que obrase acompañado, en las ejecuciones veremos que obró como solo.

Libres ya los dos Oidores Góngora y Galarza del embarazo en que los puso el empeño de favorecer á Miguel Diez de Armendariz en la residencia que le tomaba el Licenciado Zurita, y estrechados cada dia más con el Mariscal Quesada, daban rienda al buen natural de que los habia dotado el cielo con tan crecido interes de benevolencia, que la que no les granjeaban los beneficios por singulares les conseguia la cortesia por general. Jamas les oyeron los reos palabra que desdijese del puesto, ni se empeñaron como Jueces entre partes, sin que intentasen primero ser amigables componedores; de que resultaba la quietud de las provincias, buen progreso de las conquistas, ricas minas de oro y razonable cosecha de esmeraldas, con que gustosos los vecinos del Reino vivían olvidados del encono de sus parcialidades y de las futuras desgracias que anunciaban aquellas dichas presentes: si bien para el reparo, siempre atenta la Providencia Divina, inspiré á los Consejeros de Indias atajasen aquel riesgo que amenazaba al Reino con la visita de Montaño, dándole por conjuez en las comisiones que llevaba al Licenciado Francisco Briceño, en caso que lo hallase en el ejercicio de su plaza de Oidor, pareciéndoles que, templado el ardimiento del uno con las detenidas resoluciones del otro, habria lugar para que, sin el error de nueva eleccíon, hallasen sujeto que ocupando la silla de Presidente de aquella Audiencia, ajustase las dependencias del Reino.

Con estos despachos habia salido Montaño de la Corte y tomado puerto en Cartagena, como dijimos, y sin que tuviese de ellos noticia, había salido de Popayan el Licenciada Briceño, y corriendo ya el año de mil quinientos y cincuenta y tres, entró en Santafé por el mes de Febrero, con aplauso general de sus vecinos, por las noticias anticipadas de que la docilidad de su genio no desdecia de la turquesa en que se habian labrado los de sus compañeros; donde á los cuatro meses de recibido, que fué por el mes de Junio, llegó tambien el Licenciado Juan de Montaño, á Juan Lavado, como se llamó en sus primeros años por Alcuña, que así mismo heredaba. Era natural de Ayamonte, con orígen del Maestrazgo de Santiago en Leon, porque de un leon y de un monte no se extrañase haber nacido una fiera; pero con tal providencia del cielo, que, para templar mucha parte de sus arrojos, le dió por consorte á doña Catalina de Somonte, mujer de rara virtud y prudencia, y á cuyos dictámenes pudiera corregir el suyo, si, como otro desatento Nabal, no despreciara los consejos de tan prudente Abigail. Llevaba tambien en su compañía cuatro hermanos suyos llamados Pedro Escudero, Rodrigo Montaño, Sebastian Herreruelo y Cristóbal Montaño el menor, una prima de su mujer y muchos criados, que al reclamo de la visita habian partido ansiosos de conveniencias y prontos á inclinarle á cualquiera precipicio.

Habíase ocupado en estos Reinos de Castilla en algunas comisiones y residencias de que hubiera dado tan mala cuenta como de las de Santafé, si el remedio que se tiene tan á la mano no deslumbrara manchas que en la tela de semejantes Jueces se hallan á cada paso, con que tuvo arte á fortuna para acomodarse en una Relatoria de Valladolid, de deudo lo sacaron para la visite de que vamos tratando, aunque con algunas noticias de sus procedimientos, de que se dió Parte al Consejo despues de tenerlo proveido en el cargo de las comisiones que llevaba. Era la una para visitar á los Oidores, y en caso de no hallarlos notablemente culpados, darle á Juan López de Galarza el título que con ella le dieron de Oidor de Guatemala en lugar de Tomas López, que habia de pasar á Santafé ; y á Beltran de Góngora otro para Santo Domingo, en la plaza de Alonso de Zurita, que tambien iba promovido á Guatemala. La otra comision era para residenciar nuevamente á Miguel Diez de Armendariz, á quien se le ordenaba saliese de la isla española en que se hallaba en aquella ocasion, y pareciese personalmente en Santafé á sor residenciado; pero en las dos comisiones habia cláusula, como dijimos, de que en caso que el Licenciado Briceño estuviese en el servicio de su plaza, no procediese solo Montaño, sino acompañado con él; que aunque no sirvió para todo el efecto que pudo esperarse, fué en algunas ocasiones leve medicamento que templó genio tan escabroso como el de su compañero.

Con estas comisiones y muchas esperanzas de propias conveniencias, salió de estos Reinos y subió al Nuevo de Granada, desde la Costa, tan persuadido á que Briceño no se habria desembarazado de los negocios y gobierno de Popayan, que todas las ideas que formaba en la navegacion del rio se enderezaban á que únicamente  habia de visitar el Reino y gobernar la Audiencia á su arbitrio, que venia á ser el blanco á que tiraba la desordenada ambicion de mandar y aprovechar á los suyos. Pero entrado en Santafé, hallo al Licenciado Briceño, que no lo fué poco sensible; y aunque á primeras vistas no desagradó la persona, depositábase en ella una alma tan fea, que á dos horas de conversacion que tuvieron el primer dia de su llegada, cenando juntos, le decoró Briceño cuantos caractéres arrebesados le tenia esculpidos la imprudencia en el corazon; ó porque lo tenia en los labios, á porque penetrando la intencíon de sus palabras, reconoció el fuego de crueldad y codicia que humeaba venganzas al bramadero de la boca, y asi, volviendo á su casa, le dijo á un amigo que le acompañaba: Oh desdichado Reino! Sabed que ha venido, no de España sino del infierno, un hombre que lo destruya y lo aniquile. Notaron los filósofos que los truenos que se fermata al amanecer son los más peligrosos; y así debió notar Briceño que los vicios que descubría Montaño en ha primera entrada del puesto, habian de ser rayos tan perjudiciales para el Reino, que lo obligarían á levantar la voz como trueno: y para que no saliese vano el discurso, tomada la posesion de su plaza comenzó á brotar en espinas todos aquellos vicios y siniestras inclinaciones que desde sus tiernos años habla cultivado en el campo estéril da su mal natural, de quienes era la zarza el descaro con que los ejecutaba, para ingeniarse en demostraciones de Juez formidable.

Era tanto el deseo que tenia de parecerlo y causar temor en todos, que para conseguirlo despues de principiada la visita, y mal contento de que no sindicasen á Góngora y Galarza, como él quisiera, gastaba todos sus primeros cuidados (asistiendo personalmente en las herrerías) en forjar esposas, disponer grillos y labrar cadenas, y entre ellas una de tan desmedida grandeza y pesados eslabones, que puso todo el conato en concluir su fábrica, como si no hubiera de ser el Perilo que la estrenase, dejándola por este suceso con el renombre de Montaña: siendo el fin de todos estos indecentes afanes dar á entender á los pueblos que los reos de sus comisiones habian de ser tantos que no bastasen para oprimirlos las prisiones que tenian las cárceles; ó que habla de ser tan crecido el número de los que remitiese á estos Reinos, que se necesitase de cuantas labraba para el resguardo. Para lo cual, y que no fundasen alguna esperanza en Briceño, publicaba así mismo tener comisiones especiales, cometidas á él solamente, para proceder contra conquistadores, con cuyo género de gente tenia la más declarada antipatía; de que procedía derramarse un temor tan servil entre las personas de más lustre del Reino, que cuanto más valerosas se hablan mostrado en la guerra, tanto mas acobardadas vivian de un Juez que tan sin escrúpulo tiraba á quitar haciendas y vidas, y mas en un Reino en que á la más templada voz de un ministro real se encogen las alas de los más elevados espíritus. Raro dictamen de algunos! pensar que ha de interesarlos más el rigor que el agasajo, sin que baste ver lo poco que pueden para quitar una capa las violencias del viento, y la facilidad con que se suelta á los templados cariños del sol; y haber visto que á toda la artillería del magnánimo Alfonso se resistió Gaeta rebelde, y á la humanidad que mostró con un villano del país, se le rindió voluntania.

No era de inferior motivo para temerle el odio, que ya declaradamente brotaba contra los visitares, como si no fueran de la misma profesion y tráje que el suyo: circunstancia que suele aprovechar mucho, aun entre las naciones opuestas. Pero si en el juicio de la visita, en vez de sindicaciones escuchaba alabanzas, ¿quién duda que había de mirar aquellos elogios como acusaciones de su injusto dominio? porque los tiranos más se temen de los buenos que de los malos, pues tanto más espantosas les son las ajenas virtudes, cuanto más gratamente acarician la parcialidad de los vicios. á ninguno pareció tan formidable Boecío como á Theodorico, cuando tirano; y así no era posible en Montaño disimular el desórden con que su ambicion miraba á los visitados, no como á reos de culpas, sino como á acreedores del puesto que indignamente obtenia, y de todos los demas que pretendia ocupar. Por esta causa no desdeñaba medio ilícito de que valerse pura que resultasen culpados; intencion que desvanecía el crédito asentado de los Oidores, y el sano proceder de Briceño, de que resultó encenderse tanto en ira el Montaño contra él y todo género de gentes, que por sí solo hizo prender á muchas personas honradas, condenó algunos á muerte de horca por causas leves, y ejecutó las sentencias sin más título ni facultad que decir que pues el Consejo había respondido á los Caquecios, cuando se quejaron de que los amigos de Armendariz trataban mal á los indios de sus encomiendas, que allá iba Montaño y haria justicia, era indubitable que él solamente era Juez privativo de aquel género de reos, pues aunque su compañero era Oidor, como él, se debia entender en el juicio ordinario y no en el delegado, ménos en la visita y residencia de Armendariz, en que iba expresado.

No fué, empero, ésta la crueldad más sensible que ejecutó con tan falso pretexto, sino que irritado de que se le afeasen tales injusticias, pasó (como dice Quesada) á la de enfrentar con infamia de azotes á uno de los descubridores y conquistadores del Reino, porque lo recusó sin aquel estilo de voces que usan los lejistas y no practican los militares; aunque yo bien me persuadiera á que lo mismo obrara la recusacion por sí sola, por modesta que fuese, pues las que en estos Reinos de España son de derecho natural para la propia defensa, en las Indias se miran por los ministros superiores como delitos obrados contra el derecho de la Divinidad, que se arrogan. Pero sea como fuere, él ejecutó cuanto quiso como Juez y parte, cometiendo semejante indolencia; pues aunque despues restituyeron al agraviado en la honra que ántes gozaba, quedó al fin como suele quedar aunque se restituya: y como para el reparo de tales resoluciones no tenían los miserables reos otras defensas que las que aplicaba como Letrado el Mariscal Quesada por sus escritos, revolvió Montaño tan apasionadamente contra él, que lo obligó á recusarle tambien: golpe que sintió tanto, que puso al Mariscal en tales peligros y lances, que á no poner de su parte el sufrimiento, y reconocer Montaño de la suya la mucha autoridad que tenia en el Reino, hubiera intentado algun arrojo de aquellos en que suelen prorumpir los Jueces iracundos. Echóse ménos en cierto ejército uno de dos infantes que hablan salido juntos á correr el campo: dieron parte de ello al Auditor, sospechando lo habia muerto el compañero. Contra quien estaba el indicio, dominaba la ira en el Juez, y sin más probanza que la sospecha, condenólo á muerte. Conducíalo el Centurion al suplicio á tiempo que se encontró con el infante que había faltado. Qué habia de hacer con tal desengaño? Volvió con el reo á dar parte al Juez del suceso; y encendido más en ira que nunca, prorumpió en este decreto tan parecido á los de Montaño: Mando que muera el reo, porque ya estaba condenado; y que así mismo muera el que ha parecido, por haber sido causa de la muerte del camarada; y juntamente condeno al suplicio al Centurion, porque dejó de ejecutar mi sentencia. Estos son los efectos de un Juez iracundo, pues cuando ménos se piensa, quita como puñal de tres cortes, de un golpe tres vidas, pareciéndole que cuanto le dieta el furor es conforme á justicia.

No satisfecho Montaño de que semejantes acciones lo darían bastantemente á temer, elegía unas veces el desatino de tocar cajas, hacer alardes y prevenir armas, como que se recelaba de rebeliones y tumultos, y de aquel desacuerdo saltaba en otro de formar juntas de religiosos, en que sus propuestas se componían de cosas tan sin fundamento, que no descubrian más sustancia que la de tener atemorizados los pueblos y traerlos en la continua perplejidad de no comprender los fines de aquellas imprudentes resoluciones. Y si préguntamos qué hacia en estos lances el Licenciado Briceño con la misma jurisdiccion y con la Presidencia de Oidor más antiguo, hallaremos que ninguno más temeroso vacilaba confuso, porque como sabia que ningun Juez puede obrar más que lo que lícitamente se puede, y lo que obraba el compañero excedia tanto de los límites de la razon, ni sabia qué hacerse, ni en su natural encogimiento hallaba disposicion para repeler con violencia la que usaba con todos Montaño, pues por haberle advertido en algunas ocasiones el peligroso camino que seguia, se lo habia declarado tan fiero enemigo, que públicamente mostraba serlo con médios tan escandalosos como el de reducir á voces todas las conferencias en que concurrían, aunque fuese en Estrados, y el de ir á la Audiencia siempre cercado de gente armada, que para la timidez de Briceño era el más fiero torcedor, y para los vecinos del Reino una accion tan extraña, que los tenia atónitos, y con el recelo de que aquel hombre intentaba la ruina de todos.

En este estado se hallaban los principios de la visita, cuando casi por un mismo tiempo entraron en Santafé el Obispo D. Fr. Juan de los Bárrios y Miguel Diez de Armendariz; éste, en cumplimiento de lo que le ordenaba el Consejo, y el Obispo con pretension de trasladar la Catedral de Santa Marta á aquella ciudad, que vivamente lo deseaba para su lustre. Iban con Armendariz algunos de los Caquecios que habian pasado á la isla española, á que se le notificase el órden del Consejo para comparecer en el Reino; y el primero que lo acompañaba era el Capitan Luis Lanchero, que siempre le habia ido pisando las huellas; pero con tal respeto á su persona, que en la baja fortuna de reo jamas alteró las veneraciones con que lo miró siendo su Gobernador: clara demostracion de su buena sangre, saber corregir el desgarro militar en que se había criado, al impulso de las obligaciones con que habia nacido. Y en la comitiva del Obispo sobresalían el Licenciado D. Francisco Adama, Dean de Santa Marta y natural de la Villa de la Serena; D. Pedro García Matamoros y dos Canónigos, que lo fueron Alonso Ruiz y el Bachiller Francisco Mariño, todos con el mismo deseo de permutar los peligros y soledades de Santa Marta por las delicias y conveniencias de Santafé. Este prelado habia sido de los primeros religiosos Franciscos que pasaron al Perú á ocuparse en la conversion de los indios; y como en él se acompañaba la autoridad episcopal con la virtud y letras que lo habian colocado en el puesto, sirvió su presencia, si no de atajar las sinrazones que obraba Montaño, por lo ménos de suspenderlas por algunos dias, en que cebado con haber puesto en prisiones las personas de Armendariz y de Alonso Téllez, máquinaba tratas para derramar entre nuevas inquietudes el veneno de sus iras.

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