CAPITULO V
 

ENTRAN NUESTROS MISIONEROS A LOS LLANOS, Y PRINCIPIAN SUS FERVORES CON LOS GENTILES.

Ya es tiempo de que veamos salir á campo contra las potestades del infierno á nuestros valerosos soldados y fervorosos misioneros, y de que notemos también los prodigiosos empeños de valor con que dieron principio a nuestras misiones de los Llanos, y del Orinoco después: su constancia en las adversidades, el espíritu fogoso con que, como verdaderos hijos de Ignacio, acometieron esta empresa, y los montes de dificultades que vencieron para entablar la reducción; circunstancias todas que habían de haber notado nuestros émulos para no precipitarse, como se precipitaron, en decir temerariamente, que no había hecho nada la Compañía en los Llanos; razonse hijas de la envidia y de la pasión, como se ira viendo, y se conocerá claramente que estaban poseídos sus ojos de aquel humor infame y desgraciado de las aves nocturnas, á quienes la luz más clara la sirve de nube y estorbo para percibir el objeto.

Hecha, pues, la permuta de Tópaga con la doctrina de Pauto, se dispuso la primera misión y envío de operarios y aquí fue de reconocer el mucho fervor y espíritu de nuestros sujetos, saltando las llamas interiores con que arden todos, en muy vivas centellas que salieron á lo exterior en muchos que se ofrecían de grado á estos empleos, tan propios como más principales de nuestra sagrada Compañía; Padres ancianos, que tenían gastados los años y la salud en servir á la religión; maestros de teología actuales, con no menos achaques que desvelos en sus tareas y ocupaciones, deseaban con ansia ocuparse en este glorioso ministerio alguno de éstos pidió ser enviado á esta empresa, con repetidas instancias á los superiores.

El venerable Padre Gaspar de Cujía, cuando era Provincial y rector del Colegio Máximo de Santa Fe, suspiraba ardientemente por este empleo, deseando trocar el aplauso de estos oficios honrosos, por lo humilde y trabajoso del empleo entre gentiles; y vez hubo en que manifestó la verdad de estos apostólicos deseos con lágrimas vivas; todos se alentaron, todos se movieron, y como generosos hijos de Ignacio se ofrecieron muchos á arriesgar la vida por ganar almas para el cielo. Cúpoles la suerte y apostolado á tres fervorosos misioneros, sujetos de todas prendas, y que sólo pudo por entonces enviar la Providencia por la carestía de sacerdotes: fueron éstos los Padres Alonso de Neira, Ignacio Cano y Juan Fernández Pedroche, á los cuales añadió la divina Providencia otro insigne misionero, que valió por muchos, para que no faltase la cuarta rueda á este carro misterioso de la gloria de Dios, á quien trajo desde la Francia á estos Llanos, con la ocasión que se dirá después, y fue el Padre Antonio de Monteverde, nacido en los países viejos de Alemania y criado en Francia.

Salieron de Santa Fe los tres Padres con el alborozo que se deja entender de su fervoroso espíritu, dejando su asignación y afortunada suerte y santamente envidiosos á muchos en el Colegio Máximo. Pusiéronse en viaje bien aviados en un todo, no sólo de lo necesario para sus personas, sino de ornamentos y cálices, con todo lo demás para el adorno de cuatro iglesias, lo cual franqueó liberalmente la Compañía, como lo acostumbra siempre, y más interviniendo, como intervenía en esto, la conversión de los gentiles. Ya presumía el demonio desde entonces la guerra que le venían á hacer tan valientes soldados, y por esta causa, y para prevenir como astuto los ánimos de los gentiles contra los que pretendían su bien, previno su artillería de antemano, avisando por medio de sus hechiceros y ministros a los demás gentiles, que no creyesen á los Padres.

Ya dijimos en el libro primero, cómo entre los Tunebos y lame hay una gran laguna, Cátedra en este tiempo de Satanás, en donde se les aparecía á los Petates en forma de una horrible serpiente, de cuya mortífera boca, como de oráculo, recibían respuestas y consejos los indios, encaminados todos á su perdición. Poco antes de entrar nuestros misioneros en los Llanos, fueron los Tunebos á la laguna á consultar al demonio; halláronla turbada toda en tormenta desecha, porque las olas que levantaba ponían horror con sus bramidos, y parecía quererse rozar con las estrellas. Quedaron los indios atónitos y espantados, y suspendiéndoles el temor en las márgenes de la laguna, á breve rato salió de entre sus senos la serpiente, con cuya vista se recobraron de sus temores; hablóles entonces la serpiente y les dijo: "Que pronto vendrían a sus tierras unos hombres blancos con ropas largas y negras, y venían á enseñarles cosas diferentes y contrarias á las que ella les había dicho siempre; que no les creyesen, porque eran embusteros y engañadores; y que aunque ella no podría hacer nada contra los de ropas largas, ni les podía estorbar que viniesen, que no se desconsolasen ni dejasen de recurrir á ella en sus necesidades, que les ayudaría como hasta allí"; con estos diabólicos consejos y promesas de tal autor, se zambulló la serpiente entre las olas, dando silbos horribles.

Desearon los Padres después, cuando llegaron á las misiones, comprobar la verdad de este caso, del cual tuvieron noticia, y para esto hicieron apretadas diligencias para haber á las manos alguno ó algunos indios de quienes con más probabilidad se sospechaba este aviso. Quiso Dios darnos esta buena suerte, trayendo á algunos de ellos, ya con la fama de que tratábamos con amor a los otros, ya con la noticia de que les repartían machetes, hachas y otros donecillos, que paladean mucho á sus naturales codiciosos. A estos hablaron los misioneros muy despacio, propusiéronles la verdad de nuestra santa fe, la inmortalidad del alma, la certeza de que hay otra vida; que Dios es el Supremo Gobernador del mundo, que el demonio es criatura suya, y que, como Juez Supremo lo echó á los infiernos por sus pecados: que es embustero y engañoso, y que les prometía mentiras para llevarlos al abismo, y otras cosas de esta cualidad, todas las cuales oyeron con atención, hasta que llegando el Padre a baldonar al demonio y á probar que era Padre de mentiras, interrumpió el razonamiento uno de ellos, de los más principales y con furia diabólica empezó a defender al demonio con tales palabras, y empeño de razones exquisitas, que se mostraba bien el magisterio de donde salían, y que era satanás el que las dictaba. Confesaron hablarles éste en la laguna; y como el Padre les fue satisfaciendo, por último quedaron amigos, y llevando algunos donecillos, se partieron con promesas de venirse á agregar con nosotros y asistir á la iglesia.

Todo esto lo he traído para que se vea por aquí cuanto sentía satanás la entrada de nuestros misioneros a los Llanos, como quien presumía desde entonces las innumerables almas que habían de sacar éstos, con su predicación y doctrina, de su tiranía y servidumbre para poblar el cielo; gloria grande de la Compañía de Jesús, que sea tan temida su enseñanza, su celo, fervor y espíritu, hasta del mismo infierno, que tan de antemano se previene para resistir á su fuerza.

Ahora, pues, antes de que lleguen nuestros misioneros á la provincia de los Llanos, será bien que se sepa la ocasión con que vino a ellos, desde Francia, el Padre Antonio de Monteverde, quien, según se colije de una carta, llegó á estos sitios algún tiempo antes que llegasen los Padres de Santa Fe. Hallábase un Padre francés misionero de Matalino, doctrinando á los indios Araucas; este jesuíta pues, deseoso del mayor fomento de la reducción de los gentiles, pasó á Francia en busca de compañeros que le ayudasen. Los bárbaros en ese tiempo, valiéndose de la oportunidad y de la ausencia de su doctrinero, hurtaron sacrílegamente los ornamentos de la iglesia, y añadiendo maldades á maldades, quitaron bárbaramente la vida, instigados del demonio, á un muchacho á quien había dejado el Padre por guarda de su casa é iglesia. Dio la vuelta de Francia algún tiempo después, y trajo en su compañía al Padre Antonio; salieron al recibimiento los indios, entre quienes salió uno muy ufano, vestido para mayor autoridad de una sobrepelliz hurtada, en lugar de camiseta; viendo esta indecencia tan intolerable los nuestros, como era ver á un bruto con tan venerable insignia, procuraron con buen modo trocársela por otra cosa más útil para él; de aquí empezaron á filosofar los indios que habían de ejercitar los Padres en ellos algunos castigos.

Para prevenir este lance trataron de dar la muerte á los misioneros, y hubiéransela dado, si ellos entonces, con la escolta francesa que tenían, no se hubieran defendido, con muertes no pocas de los contrarios, entre los cuales hallaron flamencos tocados de herejía, embijados como indios, que así se disfrazan aquellos herejes. Salieron huyendo los misioneros, no tan bien librados, que no le alcanzase una bala en la refriega al Padre Antonio de Monteverde, de la cual salió mal herido; en fin, después de tres meses de asistencia entre estos indios, y después de muchas calamidades, y naufragios padecidos por la gloria de Dios, salió á los Llanos el Padre Antonio, en donde, con el beneplácito de los superiores, se quedó, para tanto bien de las almas, como iremos viendo en el discurso de esta historia.

Volviendo ya á nuestros caminantes, llegaron por último de la ciudad de Santa Fe y se hallaron en sus deseados desiertos, habiendo hecho muchas proezas por el camino, en las estancias y pueblos: luego se dividieron como apóstoles cada uno á la nación y pueblo para el cual vino destinado. Al Padre Ignacio Cano se le entregó la doctrina de Pauto, á cuyas expensas (bien cortas) se habían de mantener los misioneros. El sitio ó pueblo de Casanare fue el que le cupo al Padre Alonso de Neira; los Tunebos al Padre Juan Fernández Pedroche, y la educación de lame, ó por mejor decir, las reducciones todas, por cuenta del Padre Antonio de Monteverde, cuyo fervor, celo y agigantado espíritu abrazaba en su seno muchos mundos para convertirlos á Dios.

De cuánta gloria suya ha sido esta empresa se puede colegir de lo que queda dicho del miserable estado de estas almas en que se hallaban por este tiempo en Pauto, en donde había doctrinero; estaban los indios tan ignorantes en un todo, después de tántos años de asistencia, que ni las cosas necesarias para la salvación sabían, porque ignoraba el doctrinero su lengua, contra lo que está decretado por los Sinodales de Santa Fe y Lima, que mandan apretadamente que se aprendan las lenguas, sin cuya noticia ni puede cumplir con su obligación el párroco, especialmente no habiendo intérprete de satisfacción, ni puede doctrinar las almas de los que están a su cuidado; y si en este pueblo se hallaba tánta ignorancia después de la asistencia de su pastor, qué sería la población de Casanare, en donde rarísima vez entraba el cura, por lo que se dijo ya, y entonces lo hacía sólo por decirles misa algún domingo ó día de fiesta, sin otra doctrina y enseñanza.

Había a la sazón en el puerto, cuando entró el Padre Neira, cuarenta indios, y otros que no lo eran, pero tan montaraces y libres, que no se podían llamar poblados, y en nada se distinguían de los gentiles más remotos: con la falta de doctrina se habían quedado en sus ritos gentílicos; ignorantes del verdadero Dios; no usaban de sacramentos ni aún los moribundos, y morían miserablemente, unos sin bautismo y otros sin confesión: si tal vez se casaban conforme a los ritos de la iglesia, era sin conocimiento del sacramento que se les administraba: de aquí se seguía que repudiaban á su voluntad, y tomaban otra mujer, y á veces dos juntas, pues sólo tenían de cristianos el nombre y el bautismo, aunque dudoso en muchos por falta de conocimiento de lo que recibían, siendo en lo demás gentiles.

Ya dijimos el estado en que se hallaban lame y los Tunebos cuando entraron á estos sitios los exploradores. Sólo debo advertir ahora que de los 450 indios de lame, que se hallaron entonces, sólo se hallaron esta vez 60 ó 70 indios; de donde se colije haberse retirado las madrigueras, y recorriendo los rincones mas retirados de que salieron de los Llanos los Padres Francisco Jimeno y Francisco Alvarez. En la población de los Tunebos halló el Padre Juan Fernández como 40 ó 50 indios por todos, iglesia y algunas casas hechas á diligencia del Padre Antonio. Este fue el estado triste en que hallaron nuestros misioneros las reducciones de los Llanos, y los fundamentos sobre los cuales levantaron la fábrica de esta iglesia y cristiandad nueva.

Apenas llegaron á estos sitios, y ocuparon sus puestos, cuando cada uno comenzó a hacer alarde de su Fervoroso celo, y luego, sin detención alguna, trataron de ir recorriendo las montañas, buscando las madrigueras, y recoriendo los rincones más retirados de aquellos países, para ir agregando cuantos pudieran, y formar las poblaciones con fundamento: bien se dejan entender las calamidades y miserias que pasarían los Padres en estos principios, en tierras incultas, aguas, montañas, entre tánta penetración de ríos, lagunas y ciénagas, sembrados los caminos de espinas, y abrojos, encontrándose á cada paso leones fieros, tigres formidables; tropezándose con víboras y culebras en numerosa multitud de especies diferentes, todas venenosas y mortíferas, que aunque son mucho mas apacibles estos territorios que los del Marañón y los Mamas, pero con todo, son comunes las inclemencias en estas soledades.

No por estas correrías dejaron de atender á lo principal de este ministerio que es el estudio de las lenguas, para desbaratar con ella, como lo hace la osa con sus cachorros, la tosquedad informe de los bárbaros, conculcar sus errores, deshacer sus tinieblas y supersticiones, y los ritos gentílicos, abominaciones bárbaras, y todo lo demás que se requiere para arrancarlos de sus vicios y formar perfectos cristianos; pero como esta materia pide mayores capítulos aparte, por ser muy necesaria su noticia para los que se dedican á este empleo, me ha parecido poner aquí los ritos, usanzas y costumbres de estas naciones, mientras dejamos á nuestros misioneros por ahora bien empleados en recorrer los montes, y en el estudio de la lengua, formando vocabularios y traduciendo catecismos.

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