ENERO DE 1834 A MAYO DE 1834
 



Enero, 1834.-
Con el mismo designio el secretario de relaciones exteriores, Pombo, había entrado en conferencias verbales con Lemoine, en las que se pusieron las bases de una transacción amigable, reducidas después a escrito en una nota del señor Pombo con fecha 9 de enero. Ofreció el gobierno granadino que serían castigados con arreglo a las leyes, los jueces y demás personas que hubiesen irrogado injurias al cónsul. Para probarlo, el secretario Pombo acompañó un auto del juez de l instancia de Cartagena, y otro del Tribunal Superior de aquel distrito judicial; por éste se mandaba procesar activamente a los jueces Castellón y Alandete, a causa de su conducta oficial respecto del cónsul Barrot, y por el primero a los que hubieran saqueado su casa y muebles.

Se ofreció también la remoción del gobernador Vezga por no haber dado protección al cónsul. Igualmente se convino, en principio, que se concedería una indemnización de los perjuicios sufridos por Barrot en su menaje de casa; y que se reinstalaría el consulado con pompa y solemnidad, a cuyo efecto se discutió la manera y términos con que se harían los saludos a la plaza y al pabellón francés. Después de haber ofrecido Lemoine que sometería a su gobierno las reparaciones ofrecidas por el granadino, pues él no tenía facultades para aceptarlas definitivamente, prometió que en caso de rechazarse, daría oportuno aviso, a fin de que el ejecutivo de la Nueva Granada supiera que se iban a romper las hostilidades.

Habiendo llegado la cuestión a este punto, el gobierno de la Nueva Granada ofreció por fin que enviaría a París un encargado de negocios para que arreglara definitivamente con el de Su Majestad el rey de Francia los pormenores de la satisfacción que debía dársele. El coronel Juan María Gómez, tesorero de Antioquia, aceptó comisión tan desagradable y siguió inmediatamente a desempeñarla. Marchó igualmente para Cartagena el general José H. López; éste iba a reemplazar en el gobierno a Vezga y a calmar en cuanto fuera posible algunas desavenencias y proyectos descabellados que promovían ciertos hijos de Cartagena contra el gobierno de Santander, a quien atribuían injustamente odio contra los habitantes de aquella provincia. López llevaba también la comisión de tratar y concertar los pormenores de la satisfacción que debía darse al gobierno francés, luégo que se presentara en las aguas de Cartagena el contra almirante Mackan u otro oficial superior encargado de dicha comisión.

Con estas providencias conciliadoras principió a calmar el alarma que habían causado a los granadinos los serios temores que antes hubo de guerra con la Francia. Una desgracia ocurrió entonces, causada por la naturaleza, que acibaró la tranquilidad que se principiaba a gozar. El 20 de enero desde la una de la mañana se sintieron en la ciudad y provincia de Pasto varios terremotos espantosos por más de cinco horas, los que se repitieron hasta por; dos días, según los informes oficiales. Si éstos no exageran, casi no quedó edificio que no viniera a tierra,  o que fuera muy estropeado. Sacáronse de las ruinas cincuenta y un cadáveres, e igual número de personas lastimadas. Cayeron cinco conventos con sus iglesias y otras tres correspondientes al público; además, un colegio que era la esperanza para instruirse los habitantes de Pasto. Desde Almaguer, hacia el Sur, hasta Tulcán, no hubo iglesia alguna parroquial que no se arruinara, y muy pocos edificios de paredes sólidas quedaron en pie. La consternación fue general, y los desgraciados habitantes de Pasto sufrieron por muchos días los ardores de un sol abrasador, y por la noche un frío intenso, por las escarchas o heladas, que aumentaban su miseria en aquellas frías alturas, y que agostaban las sementeras.

Hasta en Bogotá se sintió por el Norte, un ligero movimiento de la tierra a las siete y media de la mañana. Por el Sur, no pasó de Ibarra el terremoto; así es que se inclinaba más a extenderse hacia el Norte. En Popayán sufrió bastante el convento de San Francisco.

Según las averiguaciones que hizo el gobernador de Pasto, el foco de este fenómeno terrible estaba en la cordillera oriental, hacia las fuentes del Putumayo y del Caquetá (1). Hablóse al principio como que lo habla producido un volcán llamado Patascoy, noticia que no resultó exacta. Los exploradores hallaron que a la derecha de la laguna de Sibondoy un pequeño cerro había arrojado mucha piedra y arena de su seno; que alrededor del páramo llamado Bordoncillo vieron aberturas largas y profundas; que casi la mitad de este páramo o cerro se había derrumbado, así como otra loma bastante elevada que hay entre Sibondoy y Aguarico, cubriendo las ruinas de la cordillera un grande espacio de terreno y formando fangales inmensos; que estos mismos derrumbamientos detuvieron el curso del río Balsayaco, y la avenida que esta represa causara destruyó las casas y sementeras de los pueblos de Sibondoy, Santiago y Putumayo, situados a las márgenes del Putumayo; en el pueblo de Santiago se echaban menos como ochenta personas. Súpose también que en el mismo pueblo y en sus montañas adyacentes hubo fenómenos terribles, según la narración de su cura fray Pedro León López;  éste aseguró haber visto que la tierra hacía oleajes como el mar; que en uno de éstos se hundió su casa, y que estuvo en una concavidad de la tierra sin esperanza alguna de vida, pero que otro movimiento lo arrojó a la superficie: añadía que una selva antigua, en las cercanías de Santiago, que tenía poco más o menos seis leguas cuadradas, había desaparecido, sin que se viera una sola copa ni raíz de los antiguos árboles, pues todos quedaron sepultados entre montones de piedra y arena que formaron como una playa.

No puede uno menos de llenarse de estupor al considerar la inmensidad de las fuerzas ocultas que la naturaleza ostentara en este terremoto. Extendióse por cerca de dos grados de norte a sur y de oriente a poniente, donde la gran cordillera de los Andes se eleva a la altura de las nieves perpetuas en varios de sus picos, que al mismo tiempo son volcanes en actividad. Mover más de setecientas leguas cuadradas de enormes rocas, sacudiéndolas, rompiéndolas en muchas partes y llenando el territorio de profundas grietas, son fuerzas verdaderamente sublimes, que no podemos explicar, y en que tenemos que referirnos con humildad a la Omnipotencia divina. Es muy singular que en tales circunstancias en que aparecía conmovido en aquel espacio todo el interior de nuestro globo, los volcanes activos de Pasto,  a cuyo pie yacen esta ciudad y Cumbal, así como los apagados del Azufral y Chiles, situados en la misma provincia a pocas leguas de distancia, no hubieran dado la menor señal de vida, y que permanecieran tranquilos, a pesar de que en sus cercanías, o más bien bajo su mole, estuvieran en tremenda ebullición las entrañas de la tierra.

Los pueblos granadinos, y acaso otros varios, atribuyen estos grandes movimientos acaecidos en lo interior de la tierra, a las secas y heladas que hay y hubo entonces en los altos valles de los Andes, en algunas temporadas, como en los meses de diciembre, enero y febrero. Mas de ningún modo parece posible que estas variaciones atmosféricas puedan tener relaciones tan inmediatas con el interior del globo terráqueo, distante algunas leguas de la superficie, y causar efectos de tanta magnitud como los que se han referido, en su fuerte, sólida y pesada costra.

Para aliviar las desgracias de tanto infeliz, el poder ejecutivo envió a Pastro tres mil pesos, y dispuso que en todas las. provincias se abriera una suscripción voluntaria, que produjo buenos efectos. Estas providencias alentaron a los habitantes de Pasto, que habían pensado abandonar sus hogares para trasladarse a Túquerres, y emprendieron reedificar la ciudad. El cabildo se manifestó muy reconocido al gobierno, y le dirigió las más solemnes protestas de su adhesión a la unión granadina. 

Pocos meses después se sintió en las costas del Atlántico, especialmente en Santa Marta y Cartagena, otro terremoto que maltrató sobremanera a la primera ciudad, el 22 de mayo a las tres de la mañana. Sus templos y casas sufrieron mucho y causó una consternación general, aunque sólo hubo unas pocas personas estropeadas. En Cartagena también sufrieron algunos edificios. La opinión más general fue entonces que el foco de este terremoto estaba en la Sierra Nevada, que desde el mar levanta a una grande altura sus picos nevados que yacen al poniente de Riohacha. Los cerros y colinas más bajos de esta cordillera quedaron despedazados, cubriendo con sus ruinas largos espacios.

Este movimiento de la tierra no fue el último ocurrido en el presente año; el 8 de junio a las cuatro y media de la mañana se sintieron otros sacudimientos no muy fuertes, aunque más generales, pues desde las costas del Atlántico llegaron hasta Popayán. sin causar daños sensibles.

Marzo, 1884.-Entre tanto abrió sus sesiones ordinarias el segundo congreso constitucional, lo que verificó el 2 de marzo. En el mismo día presentó el secretario del interior el mensaje constitucional del Presidente. Este decía sentir la mayor satisfacción al anunciar que en el tiempo transcurrido desde la última sesión legislativa, se habían hecho considerables progresos, y aunque lentos, confiaba por lo mismo en que serían duraderos. Manifestó que las relaciones exteriores se hallaban en buen estado, que la base de su conducta había sido respetar fielmente los tratados públicos y dispensar a todos los pueblos extranjeros justicia e igualdad. Dijo que sólo había dos cuestiones pendientes; la una con la Francia, sobre los insultos que se hicieron en Cartagena al cónsul Barrot, cuyos acontecimientos se complicaron por la independencia del poder judicial, y la conducta irregular de algunas autoridades; pero que este desagradable negocio se hallaba en vía de terminarse satisfactoriamente a ambos pueblos, por medio de un encargado de negocios que había dirigido a París. La otra cuestión era con el gobierno del Ecuador, por el modo con que había hecho la ratificación del tratado de Pasto, sobre cuyo negocio hablaría separadamente al Congreso. Participó igualmente haberse ajustado con el gobierno de Venezuela un tratado de amistad, alianza, comercio, navegación y limites.

Tratando del estado interior del país, anunció que gozaba actualmente de tranquilidad, pues aunque hubo una conspiración de hombres perdidos, fueron descubiertos y castigados con arregló a las leyes. Menciono especialmente los progresos que hacía la hacienda pública,  que por el orden legal existente y un asiduo trabajo y severa economía, se presentaba cubriendo los gastos. El ingreso del año de 1833 había sido de 2.485,015 pesos 7 y medio reales, presentando un aumento de $ 202,628. El egreso o los gastos en el mismo tiempo fueron $ 2.240,308, de cuya suma debían hacerse algunas deducciones, en virtud de las cuales quedaba reducido el verdadero gasto del año último a $ 1.964,320. Añadía ser éste un resultado muy lisonjero y hasta entonces desconocido en la Nueva Granada, el que se debía a las leyes que dictara la Convención, al decreto orgánico de hacienda, a las economías decretadas por el congreso e imitadas por el poder ejecutivo, y al celo e inteligencia de muchos de los empleados en la dirección, recaudación y administración de las rentas públicas (2).

Otro ramo importante en que el presidente Santander presentó pormenores fue la instrucción pública.  Expresó que había 530 escuelas de primeras letras,  de las cuales fueron establecidas en el curso del último año 152; que concurrían a ellas 15,169 niños y 1,841 niñas; que en las tres universidades de Bogotá, Cartagena y Popayán, que estaban suficientemente 'dotadas, y en 18 colegios que había en las provincias, ya públicos, ya privados, cursaban en aquel año 1,700 alumnos. Era éste un prospecto lisonjero de la instrucción de los granadinos, que ofrecía felices resultados para el sólido establecimiento de la república.

En los días siguientes, los secretarios de Estado, Pombo, del Interior y relaciones exteriores; Soto, de hacienda, y Antonio Obando, de guerra y marina, presentaron sus respectivos in formes al congreso con mayores detalles,  que apoyaban las opiniones emitidas por Santander. Dichos informes concurrían a probar que el país adelantaba, consolidándose la  paz interior, el orden y el trabajo de las masas. Era esto debido, en gran parte, a la administración firme, económica y ordenada del presidente y de su secretarios.

Por medio del de relaciones exteriores se recibió en 22-de marzo una noticia placentera para los pueblos católicos de la Nueva Granada. Se supo con certeza que el Santísimo Padre Gregorio XVI había admitido el 21 de septiembre último, en audiencia privada, al señor Ignacio Tejada, encargado de negocios del gobierno granadino cerca de Su Santidad. Tejada, que era uno de los antiguos servidores de Colombia en Europa, presentó en seguida al Sumo Pontífice una carta oficial que el general Santander le dirigía en calidad de presidente, y como a Padre universal de los fieles. Esta carta fue contestada muy afectuosamente en 3 de octubre. Su Santidad ofreció remediar en cuanto estuviera de su parte, y atender a todas las necesidades de la Iglesia y de los fieles cat6licos de la Nueva Granada.

Aprovechándose el congreso granadino de estos paternales sentimientos del que presidía la Iglesia Católica, determinó elegir las personas que debían presentarse a Su Santidad para las mitras vacantes. Escogió, pues, en 27 de marzo al canónigo doctoral y provisor del obispado de Popayán, doctor Manuel José Mosquera,  a fin de que el gobierno de la Nueva Granada lo presentara a Su Santidad, según lo disponía la ley colombiana de patronato, para el arzobispado de Santa Fe de Bogotá; para ser obispo de Antioquia eligió al obispo de Santa Marta, doctor José María Estévez; para titular de Cartagena, al vicario apostólico obispo de Leuca, doctor Juan Fernández de Sotomayor; y al doctor Juan José Cabarcas, deán de Panamá para este obispado. Poco tiempo después fue preconizado por Su Santidad obispo de Calidonia, Fray José Antonio Chaves, destinado a las misiones de Casanare. El congreso acordó igualmente que se pidiera a la Silla Apostólica la erección de un obispado en la provincia de Pamplona, atendida su distancia de la capital de la república, donde residía el arzobispo de la diócesos, de quien dependían los distritos parroquiales de la mencionada provincia.

Otro grande beneficio que la Silla Apostólica hizo a la Nueva Granada fue la reducción de días festivos, que tantos males causaban a los pueblos, así por la pérdida de tiempo como por los excesos que se cometían en los mencionados días. Su Santidad, por un breve de 31 de enero, redujo los días festivos a los domingos y a doce fiestas de las más solemnes que celebra la Iglesia Católica. Por el mismo breve redujo también los días de ayuno en las fiestas suprimidas; los trasladó a los viernes y sábados de adviento de Nuestro Señor Jesucristo.

Dicho breve se pasó al congreso por el ejecutivo a fin de obtener el pase correspondiente. Diólo por un decreto de 30 de marzo de 1835.

Entonces fue cuando se publicó en debida forma, y vino a ser ley de la república.

Las alteraciones que el mencionado breve introdujo en la antigua disciplina de la Iglesia de la Nueva Granada, causaron novedad en los pueblos. Hubo muchas personas que continuaron observando los primitivos días de fiesta y ayuno. Creían que no estaban seguros en conciencia, omitiendo oír misa y ayunar en ellos; esto, a pesar de que el metropolitano de Bogotá y los demás obispos habían apoyado y cumplido por su parte las disposiciones de la Santa Sede, que los autorizó para examinar y decidir si las preces en virtud de las cuales se habían concedido tales gracias, eran o no verdaderas y exactas. Mas poco a poco fueron cediendo y calmándose estos escrúpulos. Se vio claramente la importancia de la supresión de tantos días festivos, para aumentar el trabajo y por consiguiente la riqueza de los granadinos, muchos de los cuales se entregaban en los días de fiesta a la holganza, embriaguez y otros excesos.

Abril, 1834.-En Venezuela iban extendiéndose las ideas filosóficas en materias religiosas.

El congreso de este año había declarado en a7 de febrero lo siguiente: "No está prohibida en la república la libertad de cultos". Antes de la declaratoria vino a Caracas el obispo de Barbada y de las Antillas de Sotavento, Mr. Guillermo Hart Colevidge, con el objeto de consagrar un cementerio para los protestantes. Venficólo con asistencia del presidente de Venezuela, de los consejeros y de las principales autoridades. Bendijo también una capilla para sus correligionarios. Esta ha sido, según nos parece, la primera ceremonia pública de otro culto diferente del católico, que se ha practicado  en Colombia; ella principia una época de tolerancia que sin duda tendrá vastos resultados. No estaba a la sazón en Caracas el arzobispo doctor Méndez, quien, por su celo exaltado en favor del catolicismo, acaso se habría opuesto vigorosamente a tales actos.

En la misma época un periódico del partido liberal trabajaba por difundir en la Nueva Granada iguales doctrinas. El Cachaco que, según dijimos antes, atacaba con denuedo las antiguas prácticas religiosas y políticas, así como la reputación de los que eran contrarios a su partído, se atrajo por esto una tempestad que no pudieron conjurar sus redactores (3). Ellos publicaron en los números 55 y 56 dos proyectos de decreto para que los adoptara el congreso actual. Por el uno se concedía en la Nueva Granada la tolerancia de cultos; y por el otro se proponía la supresión de todos los conventos de regulares, y que sus bienes se aplicaran a la hacienda nacional. Tales proyectos aumentaron la irritación pública que había excitado El Cachaco, y se hicieron más acres las publicaciones por suponerse a Santander autor de algunos artículos insertos en él. Bajo este supuesto, el clero se concitó contra el presidente por la publicación de los mencionados proyectos de decreto, y tuvo el gobierno que enviar predicadores a varias parroquias de la provincia de Bogotá, a fin de que dijeran a los pueblos que ellos no emanaban del poder ejecutivo, sino que eran la opinión de particulares.

Viendo algunas personas de influjo los malos efectos que producía El Cachaco, lo manifestaron a Santander, quien se convenció de los perjuicios que causaba a su administración este periódico. En consecuencia, usó de su influjo con los redactores, que se despidieron en el número 57, diciendo "que callaban porque los enemigos del gobierno habían dicho que ellos también callarían si  El Cachaco guardaba silencio".

Ocurrió entonces un suceso que parecía insignificante, pero que debía tener excelentes resultados para la industria agrícola y la riqueza de la Nueva Granada. Tal fue la venta en Londres, en pública subasta, de sesenta zurrones de tabaco de Ambalema, enviados a Europa por cuenta del gobierno granadino, como un ensayo. Lo dirigieron muy bien los señores Powles, Illingworth, Wills y Compañía, por cuyo conducto se hizo la remisión. Se vendieron a tres y cuatro reales la libra, precio que pareció excelente, sobre todo porque en Londres no se hizo distinción de primera, segunda y tercera clases. Estas circunstancias dieron esperanzas de que el estanco de tabaco auxiliado por la exportación de una gran parte de las cosechas de las factorías granadinas; podría ser origen de una considerable renta. En consecuencia, se dispuso la venta, en almoneda pública de varías porciones de tabaco de Girón y de Ambalema, destinadas precisamente para los mercados extranjeros (4).

Mayo, 1834.-El congreso granadino dio al mismo tiempo varias disposiciones con el objeto de fomentar las riquezas del país y de que tuviera artículos de exportación que pudieran competir con los de otras naciones en los mercados del mundo comercial. Suprimió, pues, el diezmo eclesiástico en las nuevas plantaciones que se hicieran de cacao, café y añil. Dispuso también que el Poder Ejecutivo pudiera distribuir a cada una de las nuevas poblaciones que se establecieran, hasta 12,000 fanegadas de tierras baldías (5), dando a cada familia 60. Eximió de pagar diezmo por veinte años a los nuevos pobladores, e igual disposición acordó en favor de los que cultivaran tierras baldías o establecieran en ellas hatos de ganados. Estas providencias indicaban que los legisladores granadinos meditaban ya desde entonces modificar la renta de diezmos, como gravosa en extremo a la agricultura, que no dejaba prosperar, mientras que podía ser abolida enteramente. Acordó el congreso algunas otras leyes que merecen especial mención.

Por la de 8 de mayo designó las armas y pabellón de la Nueva Granada. Dividió el escudo de armas en tres fajas horizontales. Hacía el primer papel en la superior una granada abierta adornada con varios frutos,  y en la cima el gran cóndor que domina y reina despóticamente en las altas cordilleras de los Andes; en la del medio puso un gorro enastado en una lanza; y en la inferior el istmo de Panamá con un navío de velas desplegadas en ambos mares. Los signos del escudo granadino carecen de belleza, tanto pintados como en las monedas, especialmente las dos fajas inferiores.

Los colores nacionales decretados por el congreso fueron el rojo, azul y amarillo, distribuidos en el pabellón en tres divisiones verticales de igual magnitud. La más inmediata al asta, roja; la división central, azul; y la última, amarilla. Hasta entonces había usado la Nueva Granada de las armas y pabellón colombiano, que adquirió tantas glorias en la guerra de independencia. Por algún tiempo más se continuó usando el peso, ley y tipos de las monedas emitidas por Colombia.

La misma ley prescribió que no se pusiera en los escritos y sellos oficiales la anterior fórmula de "Colombia-Estado de la Nueva Granada", sino "República de la Nueva Granada". Sancionóse, pues, definitivamente la disolución de aquella república y la formación de las tres, Venezuela, Nueva Granada y Ecuador. Todo el mundo se habla familiarizado con esta idea; así es que no hizo ruido la citada ley. Generalmente los granadinos estaban contentos con la separación, aun los que habíamos sido de opinión contraria.

Entre la Nueva Granada y Venezuela estaba pendiente el tratado de 14 de diciembre último sobre amistad, alianza, comercio, navegación y límites de ambas repúblicas. Esto era muy importante para el comercio mutuo de los dos países hermanos y que lindan por extensas fronteras. Así el congreso granadino como el venezolano lo mutilaron negando varios artículos esenciales. Uno de éstos fue el que fijaba los lindes por la parte de los valles de Cúcuta, manteniendo a la Nueva Granada en su antigua posición del territorio de la parroquia de San Faustino, a la derecha del río Táchira.

Sugirió esta negativa la diputación de Mérida. Por disputar un terreno de treinta y seis leguas cuadradas que incontestablemente correspondían a la Nueva Granada, Venezuela perdió la ocasión de ajustar un tratado muy ventajoso, lo que jamás se le volverá a presentar. En la península de la Goajira y en las márgenes a la izquierda del Orinoco se le habían hecho extensas concesiones.

Al tiempo de firmar el tratado no se conocían bien los documentos que probaban los derechos claros y evidentes que tiene la Nueva Granada por el principio reconocido del uti possidetis del gobierno español en 1810 a casi toda la península Goajira hasta la desembocadura del caño Paijana y la línea del Orinoco hasta el Ríonegro. Halláronse después los mencionados documentos en los archivos del virreinato, los que pusieron en claro los derechos de la Nueva Granada, cuyo territorio debía extenderse desde la embocadura del caño Casiquiari, en el Guainía, e izquierda del Orinoco, hasta la confluencia del Meta con este caudaloso río, territorio Inmenso y navegación muy valiosa (6).

Por otro acto legislativo intervino el congreso en la cuestión internacional pendiente con el Ecuador, sobre el tratado de Pasto. El Ejecutivo Granadino había sabido que el congreso ecuatoriano, en vez de aprobar dicho tratado, dijo solamente "que lo respetaría". Esta expresión inconstitucional y desusada en el derecho público de las naciones, fue reclamada oficialmente. El ministro de relaciones exteriores del Ecuador contestó que el tratado subsistía entera y completamente mientras que se ajustara otro. Nada satisfecho el presidente Santander con tal respuesta, dio cuenta al congreso. Este expidió un decreto que prescribía reglas al ejecutivo sobre el modo de terminar el negocio, y lo autorizaba hasta para hacer la guerra,  en caso que no se obtuviera la ratificación por medios pacíficos. Inmediatamente se hizo la reclamación oficial,  y el presidente, para activar el negocio,  envió a Quito al sargento mayor Alfonso Acevedo. Como el Ecuador se hallaba entonces en guerra civil, la que impedía se reuniera un congreso legítimo, Acevedo obtuvo solamente promesas y buenas palabras para lo venidero. Los negocios ecuatorianos se complicaban más y más, y el ejecutivo granadino tuvo que esperar largo tiempo para conseguir la aprobación y ratificación legal del tratado de Pasto. Dióse al fin en 15 de diciembre de 1835, y hasta entonces no se concluyó este importante negocio.

Túvolo en cuenta el congreso al decretar el pie de fuerza armada que debía existir en este año: fue de 3,230 hombres de tropa, distribuidos en cuatro batallones de infantería, tres escuadrones de caballería y batallón y medio de artillería; sin contar los cuadros del ejército permanente, destinados a la composición, arreglo y disciplina de la guardia nacional. En el caso de conmoción interior se podía elevar esta fuerza hasta 10,000 hombres, y por un peligro exterior hasta 20,000. La fuerza marítima no podía exceder en el Atlántico de tres goletas, tres pailebotes y tres flecheras; y en el Pacífico de una goleta y dos flecheras. Estas fuerzas, aunque pequeñas en si, costaban a la república, con los demás establecimientos militares, la suma de $ 1.272,447, que era harto gravosa a su pobre erario, pues ascendía a la mitad de sus ingresos.

 

FIN

 

 

(1) 
Entre latitud Norte de 1º a 1º y 35º.
(2)
Son curiosos los pormenores sobre la renta del tabaco. En el año último sus productos en bruto ascendieron a $963,845. Se vendieron 28.000 quintales , cuyos principales y costos fueron de $ 565,987; produjeron, pues, la utilidad líquida de $ 397,858
(3)
En esta misma época oro periódico, La Prensa, que redactaba el señor Joaquín Acosta, le trajo también fuertes ataques.
(4).
Los pormenores de esta venta en Londres se detallan en el número 135 de La Gaceta de la Nueva Granada.
(5).
Todo el mundo sabe en la Nueva Granada que tierras baldías son las incultas que corresponden a la república.
(6)
Hasta 1858 aún no se han podido arreglar las cuestiones de limites con Venezuela. Creemos que nunca se conseguirá un arreglo sino por transacción, cediéndose mutuamente algunos territorios.
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