PEDRO DE HEREDIA.

(FUNDADOR DE CARTAGENA)

 

I

 

El conquistador don Pedro de Heredia era oriundo de Madrid, (1*) de nacimiento hidalgo y de genio atrevido y pendenciero; galán de capa y espada, tipo de los héroes de Lope de Vega, y de Calderón. Andaba siempre de la seca á la meca, á caza de aventuras y metido en toda riña y alboroto que ocurriese en su ciudad natal. Yendo una noche por una encrucijada de las que entonces se encontraban en las calles de Madrid, no se sabe por que motivo (que él, sin duda, no dijo nunca) le atacaron con espada en mano seis caballeros. Sin arrendarse ni echar pié atrás, tiró el madrileño de su tizona y se defendió con tanto brío que puso en derrota á sus agresores, pero tuvo la desgracia de dejar la nariz en el campo, como trofeo bélico. En vano procuraron los más afamados cirujanos formarle la facción nueva con el molledo de su propio brazo, pues siempre le quedó defectuosa; y según asegura el cronista Castellanos, que le conoció íntimamente, tenía la nariz amoratada y  contrahecha, lo cual afeaba su rostro, bien que sus demás facciones eran de buen corte y parecer.

Cuentan que, para que se juntasen las carnes, mandaron los médicos que se estuviera quieto y sin moverse durante más de dos meses, al cabo de los cuales pudo volver á presentarse en el mundo. (2*) Pero mientras que sufría de aquella manera incómoda y cruel, don Pedro había acariciado la idea de vengarse de sus enemigos á todo trance, y no bien pudo salir de su aposento, buscó á los que tan mal hablan tratado su rostro, é inspirado por la pasión del odio y la venganza logró matar en duelo singular á tres de sus enemigos; y no mató á todos los seis, por no haber podido hallarles.

Temeroso en seguida de ser apresado por la justicia y castigado por aquellas muertes, el madrileño dejo en su patria á su mujer y sus hijos, y embarcándose pasó al Nuevo Mundo y se radicó definitivamente en la Española. Allí heredó á poco tiempo un ingenio de azúcar y una estancia que tenia un pariente suyo establecido en Haití. Pero su carácter no era para pasar la existencia en trabajos rurales: disgustado con una vida tan ajena de sus inclinaciones belicosas, quiso probar mejor fortuna buscando aventuras en donde las ganancias igualaran los riesgos; así fué que no tuvo dificultad en aceptar la plaza de teniente que le ofreció el nuevo Gobernador de Santa-Marta, nombrado interinamente por la Audiencia de Santo Domingo, en reemplazo de Bastidas.

Llegado Heredia á Santa-Marta con el Gobernador don Pedro Vadillo, Palomino prohibió que desembarcasen los recién venidos, con el pretexto de que la Audiencia de la Española no tenía facultades para nombrar Gobernador. Heredia entonces pidió licencia para hablar con algunos de los oficiales de Palomino, á quienes él había conocido en Santo-Domingo, y tuvo una entrevista con un Hernán Báez, á quien hizo grandes ofrecimientos si trabajaba por ganarse la tropa en favor de Vadillo, de manera que no hubiese dificultad en que le entregasen la persona del Teniente, de Bastidas. Pero Báez fué denunciado por los suyos á Palomino, quien le sorprendió en conferencias con Heredia, le mandó arrestar, y sin aguardar razones le hizo ahorcar delante de este, el cual se volvió mohíno y cabizbajo á las embarcaciones de Vadillo, que aguardaban en la vecina ensenada de Concha el resultado de la misión.

Tanto Vadillo como Palomino estaban resueltos á venirse á las manos, si fuera preciso, para arrancarse el mando el uno al otro; y no era posesión de mando no más lo que deseaban, sino facultades ilimitadas para saltear á los naturales y hacerse ricos á expensas de estos infelices. Sin duda hubieran llevado á cabo sus intentos belicosos, si no interviniesen los capellanes de los dos Jefes, quienes lograron apaciguarles y hacerles entrar en tratados, por los cuales ambos debían gobernar en compañía hasta que llegasen las disposiciones de la Corte española. Heredia pasó en Santa-Marta varios meses hasta que, habiendo muerto Palomino y viéndose apresado Vadillo, éste encargó á nuestro conquistador de gobernar en su nombre mientras no llegase de España el Gobernador legitimo, García de Lerma.

Entregó después Heredia la gobernación al gusto de García de Lerma, y llevando un buen acopio de oro, que había ganado en las entradas que hizo con Vadillo al Valle Dupar, se embarcó en 1529 y pasó á España, volviendo al seno de su familia después de muchos años de ausencia. Pero al regresar á la Península no intentaba cruzarse de brazos y gozar de la fortuna obtenida en el Nuevo Mundo: fermentaban en el corazón de aquel madrileño mil proyectos ambiciosos, y pretendía ganarse un nombre entre los conquistadores; el ejemplo del gran Cortés era la norma y el norte de todos los capitanes de su siglo. Al sur de las costas conquistadas de Santa-Marta demoraban inmensos terrenos no explorados todavía; ¿por qué no habían de hallarse allí ricos pueblos como los del afamado Méjico? Es cierto que no podía yá pedir licencia para continuar descubriendo á espaldas de Santa-Marta, porque eso pertenecía á esta Gobernación, pero la hermosa bahía de Calamar ó Cartagena podía ser un punto central de donde sería posible mandar explotaciones al interior del país, que se lo habían pintado riquísimo cuando estuvo en Santa-Marta. La llamada Nueva Andalucía, que había sido dada á Ojeda, permanecía vacante, y era tal la mala fama que tenían los naturales de aquellas costas, que nadie ambicionaba poseerlas. Dice Zamora que eran tan temidos esos indígenas, que los conquistadores que iban en vía para el Darién jamás se acercaban, y “miraban la tierra como sepultura de soldados españoles."

Apenas llegó Heredia á España, pidió y obtuvo fácilmente que se le concediera la gobernación de la Nueva Andalucía, obligándose á levantar una fortaleza y una ciudad, y señalándosele como término de sus tierras la línea equinoxial, de manera que quedaban comprendidas las provincias llamadas hoy Antioquia, Tolima, Neiva y una parte, del; Chocó, y en el litoral marítimo, por un lado del río Magdalena, y por el otro las costas del golfo de Urabá.

Los primeros colonizadores habían llevado siempre al Nuevo Mundo ricos equipajes, sederías, plumajes y espléndidas bajillas, con sirvientes de librea vestidos suntuosamente, y todo el tren usado por los hidalgos españoles; pero Heredia, experimentado yá en las costas de Indias, con el genio práctico que le distinguía y el conocimiento del país' que iba á poblar, no permitió semejantes despilfarros. El equipo de los soldados que llevaba con sigo fue sencillo, económico y apropiado al clima tropical. De otra parte, cuidó de hacer grandes acopios de harina, vinos, armas de toda especie, herramientas de diferentes clases, y fruslerías para obsequiar á los indígenas y rescatar oro, y para defenderse de las flechas dé los mismos, telas acolchadas y armazones de algodón. A la noticia  de la nueva conquista que se preparaba fueron á ofrecérsele muchos caballeros qué deseaban hacer fortuna en el Nuevo Mundo; pero de éstos sólo escogió ciento cincuenta de los más sanos y robustos, con la intención de conseguir los demás en las Antillas, entre soldados experimentados en las guerras con los indios.

La flotilla de Heredia (que constaba de un galeón, una carabela y un navichuelo que le sirviera para ir costeando y navegando por ríos pequeños) salió de Cádiz en Noviembre de 1532. En Puerto-Rico encontró don Pedro las reliquias de una expedición encabezada por el italiano Sebastián Cabot ó Gabotto, el cual regresaba del río de La Plata, después de una ruda e infructuosa jornada de seis años por el Sur del Nuevo Mundo. Algunos de estos compañeros de Cabot se engancharon con Heredia, y el principal de todos era un cumplido caballero y valeroso capitán, llamado Francisco Cesar, á quien, por informes que le dió el Jefe de la expedición, nombró Heredia por su Teniente general.

En la Española, á donde arribó Heredia, visitó sus haciendas y consiguió más embarcaciones, más gente valerosa y experimentada en las guerras con los indígenas, corazas hechas con cuernos aserrados, para hombres y caballos, crías de ganados, yeguas y cerdos, y, lo que le sirvió mucho, varios indios, y negros esclavos, unas pocas mujeres, españolas y una intérprete llamada Catalina, que habla sido robada por Nicuesa años antes, siendo niña, y que después de muchas aventuras había ido á dar á Santo- Domingo, en donde se la dieron como lengua al conquistador de Cartagena.

Después de pasar la fiesta de Navidad en Santo-Domingo, Heredia se hizo á la vela, y arribó á la bahía de Cartagena, que yá era conocida con este nombre, el 14 de Enero de 1533.

 

II

 

El 15 de Enero, al rayar el día, desembarcó don Pedro de Heredia (1 ), y aunque los indígenas (que tenían un caserío rodeado de estacadas de árboles espinosos, adornados con gran número de calaveras humanas) al principio no le declararon la guerra, después, habiéndose internado el Gobernador con 50 hombres y 20 caballos, les salió á recibir de guerra toda la tribu, que era numerosa, y fué preciso librarla una reñida batalla que duró muchas horas, Heredia perdió la lanza en la refriega, y Cesar sacó treinta y dos flechas empatadas en el sayo de algodón que llevaba para defenderse.

Aunque con inminente riesgo de correr la suerte que Ojeda veinte años antes, al fin los Españoles volvieron victoriosos, y después de incendiar el pueblo y matar á miles de indígenas, se volvieron á la playa. No obstante haberse persuadido de que en toda aquella tierra no había más agua potable que la que cae del cielo cuando llueve, Heredia encontró tantas otras comodidades, que resolvió construir allí la ciudad y la fortaleza que le había mandado fundar el Gobierno español. Así fue que el 21 de Enero, con todas las formalidades del caso, el Gobernador fundó la ciudad en donde se halla hoy, bajo la advocación de San Sebastián, para que les librara de las flechas envenenadas de los indígenas comarcanos. Cartagena es la tercera de las ciudades que se fundaron en la República.

En las entradas que después hizo Heredia en los pueblos circunvecinos, notó que no solamente los indígenas eran muy belicosos, sino que sus mujeres eran tan valientes como sus maridos: no tenían empacho en entrar en la pelea, armadas con arcos y flechas, y no desamparaban el campo de batalla hasta que no acababa el combate.

Después de una de aquellas guazabaras  en que fueron derrotados los indígenas, los Españoles encontraron sentado en el quicio de una choza un indio viejo, desarmado y blanca la cabeza de canas, lo que es prueba de mucha ancianidad en su raza; preguntáronle por qué no había desamparado el caserío, con los suyos, y contestó que,  como no tenía fuerzas para correr, los demás le habían abandonado en aquel lugar. Heredia le trató

muy bién, y por medió de Catalina, la interprete, lograron catequizar al viejo, que llamaban Corinche, y este, en unión de un mohán llamado Carón, sirvió mucho al Gobernador para atraer á los indígenas al campamento español. En breve muchos, de ellos se prestaron á aliarse con Heredia y á cambiar oro y perlas por espejillos, bonetes encarnados, cascabeles, peines, navajas, tijeras y otras baratijas europeas, que los indios tenían en mucho, sorprendiéndose de que los Españoles cambiasen aquellas preciosidades por  joyuelas de oro que de nada servían, pues los indios no se ataviaban con ellas, ni tenían horadadas las narices y la boca para usarlas.

Pero si los indígenas se manifestaban valientes y denodados, el arrojo de los Españoles era extraordinario, y para ellos el peligro de perder la vida era un placer que no desperdiciaban. Cuentan los cronistas que, habiendo querido Heredia enviar á su embajador Carón á tratar con uno de los jefes más aguerridos, el cacique de Bahaire, el indio se negó á cumplir con su misión, si no le acompañaban dos Españoles como muestra de lo que eran los europeos, pues los indígenas de aquellas partes les consideraban como seres feroces y de repugnante aspecto.

Heredia titubeaba, y temía conceder lo que pedía el mohán; pero apenas se habló del asunto en el campamento, cuando dos jóvenes de aspecto apacible pero de alma varonil, á quienes nada arredraba, pidieron licencia al Gobernador para acompañar al embajador, el cual ofrecía volverles á su campamento con toda seguridad. Llamabanse aquellos mozos arrojados Pedro de Ábrego y Francisco Valderrama, el primero sevillano y el segundo cordobés. El cacique tenia su asiento en las inmediaciones de lo que hoy se llama Pasacaballos, en los límites de la bahía de Cartagena y del caño llamado del Estero, enfrente á la Isla de Barú.

Embarcáronse los aventureros andaluces en una canoa con Carón (que bien hubiera podido ser el de la mitología), y al cabo de algunas horas se presentaron delante de Bahaire, quien les recibió con aspecto serio, y dijo al mohán que se maravillaba de ver aquellos blancos tan amables, cuando pensaba serian unos vestiglos espantables y crueles. Además, los Españoles llevaban obsequios, para el cacique, de parte de Heredia, ofreciéndole otros mejores si trataba con él. Carón, en tanto, ponderaba el valor y la nobleza de los invasores, que eran unas divinidades, si se les recibía bién, y nada se les resistía una vez que tomaban las armas.

Persuadido con las palabras de Carón, agasajado con los obsequios de los Españoles, y deseoso de ir á ver por sus ojos á estos extraños invasores, resolvió aceptar la amistad de Heredia, castigando con muerte repentina á un anciano guerrero que se atrevió á aconsejar que se declarase guerra á muerte á los cristianos invasores. El señor de Bahaire no sólo se alió con Heredia, sino que estableció una confederación para que se uniesen en su amistad con los Españoles todos los caciques comarcanos, quienes les llevaban alimentos en abundancia y cambiaban oro por utensilios europeos.

Merced á actos de arrojo como el de los Andaluces, que los salvajes sabían apreciar en su justo valor, y al genio conciliador y cortés que desplegó Heredia en aquellas circunstancias, fueron sometiendo poco á poco todas las tribus en muchas leguas á la redonda. Algunas veces el Gobernador hacía uso de paciencia y halagos, y otras les persuadía con el lenguaje más claro de las armas y el denuedo, si los naturales desdeñaban los regalos de los conquistadores. Cuando estos medios no surtían el efecto deseado, Heredia se acordaba de lo que habían hecho los Reyes de España con los Moriscos: fomentaba la guerra entre dos tribus enemigas, y cuando ayudaba á un partido, se enseñoreaba de él, despajes de vencer al otro. De estos mismos medios se valieron Cortés, Pizarro y Quesada en sus conquistas.

Una vez pacificada toda la tierra vecina á la recién fundada ciudad de Cartagena, Heredia quiso probar fortuna más lejos, y emprendió marcha, con parte de su gente, á través, del país, hasta llegar á las orillas del río Magdalena, límite por aquel lado de su Gobernación; viaje feliz y pacifico, en el cual no derramó sangre y rescato muchísimo oro. Cuando, al cabo de cuatro meses, regresó á Cartagena, llevaba medio millón de castellanos de oro macizo. Una de aquellas presas era un ídolo que representaba un puerco espín: pesaba cinco arrobas y media de oro, " y fué, dice Acosta, la pieza más considerable que los Españoles hallaron en la Nueva Granada" (Colombia.) De regreso al campamento, Heredia distribuyó entre sus soldados los tesoros rescatados hasta entonces, y apartados los quintos del Rey, del Gobernador, de la Iglesia, de los hospitales y de los enfermos, tocaron á, cada soldado seis mil ducados. “Semejante fortuna,” dice el mencionado historiador, “que tal podía llamarse la adquisición de esta suma en aquella época, no lograron ni los conquistadores del Perú, ni los de Méjico y Bogota."

Pero no se crea que Heredia había olvidado la misión que llevaba de hacer catequizar á los indígenas, como se lo tenía mandado el Rey, y como él, cristiano ferviente, deseaba ejecutarla. Llevaba consigo varios sacerdotes misioneros, frailes unos, clérigos otros, los cuales se ocupaban con los intérpretes en tratar de cristianizar á aquellas gentes y someterlas al Rey de España. Muchos de los naturales se dejaban bautizar pacíficamente, pero sin entender en realidad lo que aquello significaba; y en cuanto á decirse vasallos del Rey de ultramar, también lo decían sin dificultad, pues si Heredia, que se decía enviado por su Soberano, les tenía subyugados y era dueño de sus personas y sus bienes, ¿qué trabajo podía costarles el reconocer á los reyes ausentes?

Entre tanto, sea porque necesitase con urgencia conciliarse la buena voluntad de los indígenas, que eran tan numerosos y hubieran podido destruir á un puñado de extranjeros con el menor esfuerzo, ó sea porque realmente Heredia era poco sanguinario y amaba la paz y la conciliación, lo cierto es que el Gobernador fué, durante el primer año de su conquista, un dechado de virtudes y de caridad cristiana: tenía prohibido á sus soldados que maltratasen á los naturales, que les robasen cosa alguna sino que pagasen en efectos europeos lo que necesitasen para mantenerse; y la disciplina era tan severa en su campamento, que se castigaba cualquier desliz, la menor injuria que se hiciese á los aborígenes, con penas muy duras.

 

III

 

Poco menos de un año después de la fundación de Cartagena, esta ciudad había tomado un incremento maravilloso, el cual, si hubiera continuado en constante progreso, á los pocos años igualara á cualquier puerto europeo. Fabricáronse templos y edificios de piedra tan buenos, que aún se conservan los cimientos, aunque varias veces la ciudad fué reducida á cenizas por los piratas que asolaron esas costas durante los Siglos XVI y XVII. Los buques que llevaban y traían mercancías con dirección á Panamá y al Perú, se detenían en Cartagena, y dejaban allí parte de sus ricos cargamentos; convirtiéndose en breve esta plaza en depósito de toda suerte de mercancías, tanto europeas como indígenas, lo cual obligaba á todos los mercaderes del Nuevo Mundo á traficar con tan próspera ciudad.

Las vista de las mercaderías alegraba el ojo á los conquistadores, quienes, en lugar de guardar el oro que habían ganado, lo gastaban en toda especie de comodidades, y compraban en toda ocasión, dice Castellanos, “fanfarrona seda y ricos y costosos atavíos.” Llenóse la ciudad de mujeres españolas en solicitud de maridos y fortuna, y en aquellos lejanos parajes, sin duda, la doncella más fea y sin gracia y la dueña menos joven encontraban acomodo, como que ninguna se volvía soltera. Todas se jactaban de tener parentela noble, y sin cuidarse de que en su tierra fueron tal vez labradoras, se acomodaban el doña sin reparo, y obligaban á los soldados á que las tratasen como á princesas reales, que visitaban aquellos apartados parajes sólo por curiosidad, y nada más. (2 ).

Naturalmente la disciplina se comenzó á relajar en una ciudad que empezaba á darse al boato y á gastar sin reparar en los medios; además, yá todos los conquistadores habían perdido una gran parte de sus ganancias anteriores, en vicios muchos, en malos negocios otros, y algunos habían enviado á España el oro para, que sus familias se pusiesen en camino para irles á acompañar en Cartagena. Así, pues, todos los hombres de guerra estaban deseosos de que el Gobernador emprendiese otro nuevo viaje de descubrimiento que les permitiera rellenar sus cofres ya vacíos. Heredia no deseaba otra cosa: yá tenía mayores recursos para el caso, abundancia de caballos, armas, comestibles y vestidos que había comprado á los mercaderes venidos de España y de las demás colonias; y además, todas las tribus comarcanas vivían sometidas á los Españoles; la colonia iba viento en popa; el gobierno civil se había establecido con todo sus requisitos, y por tanto, no era yá necesaria la presencia del Gobernador en Cartagena y podía alejarse sin cuidado.

Escogió, pues, cincuenta jinetes de los mejores de la tropa, llevando cada uno dos ó tres caballos de remuda, gran número de peones y algunas bestias de carga, armas de toda especie, pertrechos suficientes para una jornada larga, hachas, machetes, barras, azadones y mantenimientos abundantes. Así emprendió marcha, con dirección á los tesoros de la tierra del Zenú, el 8 de Enero de 1534, y llegó á un pueblo llamado Guatena, en donde le recibieron de guerra y le hicieron algunos daños. Continuando su marcha y atravesando una sierra baja, pero difícil para los caballos, llegó á una extensa llanura de más de quince leguas en contorno; á poca distancia encontró veinte casas juntas, espaciosas y ventiladas, en clima sano y templado. Llamaban los indígenas aquel lugar Fincenú (3 ) (allí demora la villa de San Benito Abad), en donde les recibió con cariño la cacica.

Pero hasta aquí habían llegado la prudencia y templanza de Heredia. Viendo en torno de una casa grande, que resultó ser el principal templo de la comarca, árboles más ó menos corpulentos en cuyas ramas sonaban campanillas de oro, y que tenían debajo sepulcros rellenos de este metal, ordenó á sus soldados que, desoyendo las súplicas de los indígenas, abriesen los sepulcros, sacasen los tesoros, y despojasen los ídolos del templo de las planchas de oro que los adornaban. Después de sacar por valor de ciento cincuenta mil pesos de oro de los sepulcros, Heredia persuadió á los soldados que dejasen el saqueo por entonces y continuasen su marcha más lejos, en busca del Océano Pacífico que consideraba muy cerca.

Sea que en la primera expedición Heredia hubiese puesto freno á su natural carácter, manifestándose benévolo y considerado con los aborígenes, y haciendo gala de una humanidad que en realidad no sentía, o que después la fortuna, el mando ilimitado, las riquezas encontradas, y el sentimiento de la gloria de haber fundado una floreciente colonia le hubiesen endurecido el corazón, la verdad es que en aquella su segunda expedición en la tierra adentro, su carácter duro, cruel y dominante con los indígenas no desarmonizó con el del común de los conquistadores. En lugar de hacer guardar entre su gente la severa disciplina que le distinguió en su jornada á barlovento, é impedir que asaltasen á los inermes naturales, al contrario, les azuzaba para que robasen, despojasen y maltratasen á los míseros habitantes de todas aquellas tierras.

Empero aquella jornada, de la cual sacó cuatrocientos mil pesos de oro, no fué venturosa como la primera, y al regresar á Cartagena apenas llevaba una parte de la gente que había sacado, y ésta parecía una tropa de espectros: tan flacos y desnudos regresaron, (4 ) aunque todos ricos con los despojos de los indios, con los cuales pudieron celebrar espléndidamente la fiesta de San Juan, el 25 de Junio del mismo año en que habían salido. Aunque gastaron mucho en plumajes, cadenas de oro con medallas, dice Fr. Pedro Simón, y lucían en sus vestidos rica pedrería, no por eso el Gobernador y principales capitanes olvidaron de acudir con gruesas limosnas al hospital y á la iglesia catedral, que se fundó por este tiempo.

 

IV

 

Al regresar á la ciudad el Gobernador, encontró allí á fray Tomás de Toro, religioso dominicano, consagrado Obispo de Cartagena y con facultades para que erigiese silla episcopal en la nueva conquista; al mismo tiempo tuvo el gusto de abrazar á un hermano mayor que tenía -don Alonso de Heredia, -á quien siempre profesó el más tierno cariño. Don Alonso había pasado al Nuevo Mundo al mismo tiempo que su hermano, pero, dejando á Santo-Domingo, se había ido á buscar fortuna en Guatemala, de la cual fué uno de los primeros conquistadores; mas cuando tuvo noticia de la brillante posición de que gozaba don Pedro en Cartagena, resolvió ir á acompañarle. El Gobernador, que yá empezaba á disgustarse de la gran popularidad que tenía Francisco Cesar entre los soldados, le quitó el destino de Teniente General que tenía desde su llegada, para conferírselo á don Alonso de Heredia. Este acto de injusticia le fué funesto al Gobernador, porque desde entonces se granjeó mortales enemigos en el ejército; enemigos que le persiguieron hasta el fin de sus días y le ocasionaron muchos sinsabores.

Deseosos los Españoles de apoderarse del oro que había quedado en las sepulturas del Zenú, rogaron al Gobernador que volvieran pronto en persecución de los tesoros, y él nombró jefe de la expedición á su hermano don Alonso, el cual se puso en marcha en Agosto del misino año. (5 ) Llevaba 200 hombres y los esclavos, acémilas é instrumentos necesarios para abrir todos los sepulcros sin dejar ni uno intacto. Mucho tuvieron que sufrir durante la jornada al Zenú, por haber entrado yá el invierno; pero todo lo hubieran dado de barato, al no haber hallado vacíos los sepulcros. Según tuvieron noticia entonces, los naturales temerosos, con razón, de que los invasores volviesen á allanar las tumbas de sus mayores escapadas de la rapiña, habían sacado los huesos y el oro, y ocultándolos en las montañas, en un sitio llamado Faraquiel, en donde se decía tenían otro templo. Lo cierto es que los tesoros de los sepulcros se perdieron para siempre, pues nunca han podido encontrarse ni en épocas posteriores; por lo cual hay quien crea que los Españoles habían sacado todo el oro la primera vez, y que por jactancia decían que quedaban aún sepulturas sin abrir.

Desde la llegada de don Alonso á Cartagena, el cual tenía mucha influencia sobre el espíritu de su hermano, el carácter de don Pedro, que, desde su jornada al Zenú se había manifestado duro y cruel, empeoró visiblemente; de suerte que cometía muchas injusticias no sólo con los indígenas, sino también con los Españoles. El odio que, sin ningún motivo, había cobrado el Gobernador á Cesar, fué creciendo á tal punto, que con un pretexto baladí le hizo prender, juzgar como desobediente y condenar á muerte. Pero, como hemos dicho antes, los colonos idolatraban al caballeroso Cesar, que jamás pronunció una palabra contra su jefe, y no se encontró quien quisiese ejecutar la sentencia de muerte.

Permanecía aún el Capitán en prisiones con otro oficial, amigo suyo, cuando el Gobernador volvió á enviar á su hermano á otra expedición con dirección al río San Jorge, por tierras del cacique de Ayapel; pero era talla mala voluntad que tenía don Pedro de Heredia á Francisco Cesar, que le mandó con una cadena al cuello á la Expedición, más bien que dejarle en Cartagena, en donde, sin duda, sería para él una viva reconvención que le haría su conciencia. En aquella expedición don Alonso descubrió el río Cauca; pero fueron tantas las hambres, guazabaras de los indios, fuertes lluvias y toda suerte de penalidades que sufrieron, sin haber hallado nada de provecho, que cuando don Alonso dió la orden de contramarchar, de regreso á Cartagena, no llevaba yá sino una tercera parte de los expedicionarios que habían emprendido marcha.

De todos los habitantes de la nueva Cartagena, el único que había conservado su fortuna, que fué cuantiosísima, era el Gobernador: decían que la tenía enterrada en la isla de Codego, que dista como una legua de la ciudad y tiene cuatro leguas de circunferencia. (3*) Habitábala todavía el cacique Carex, uno de los jefes indígenas que permanecieron siempre leales á los Españoles, y á cuya guarda Heredia había confiado sus tesoros. La envidia de los que habían disipado sus riquezas creció cuando hubo quien dijera que el Gobernador había hecho pesar el oro delante de testigos antes de enterrarlo, y que había pesado tres mil libras; inmensa suma que jamás logró reunir para sí ningún otro conquistador del Nuevo Mundo.

Aquellos rumores, que despertaban la envidia entre los colonos, unidos á la conducta impolítica, por no decir otra cosa, que había observado don Pedro, con Francisco Cesar, -el caudillo favorito de los soldados- acabaron por producir un descontento general en la ciudad; tánto más, cuanto el Obispo y el Gobernador habían tenido disgustos con motivo del mal trato que se daba á los indígenas; de quienes era defensor el Prelado. Por aquel tiempo, y como para patentizar la mala voluntad de los vecinos de Cartagena para con su Gobernador, sucedió un caso que, dice Acosta, "caracteriza las costumbres de la época, y manifiesta que los lances de guapos y espadachines, tan comunes en España, se transportaron de las encrucijadas de Madrid á las calles de Cartagena, en donde los hidalgos sin capa, porque el clima no la tolera, se portaban como los de capa y espada en la metrópoli." Vedlo aquí:

Promediaba el año de 1535, cuando un buque mercante dejo en la playa de Cartagena á nueve caballeros que iban á aquella plaza, á buscar fortuna (6 ). Eran éstos de la casta de espadachines aventureros, de aquellos en cuya compañía había deleitado sus juveniles años el Gobernador, y por ellos conocido en Madrid. Presentáronse al momento á don Pedro, con señales de grande amistad y cariño, recordándole los lances y sucesos de su primera edad. Este, que yá era hombre grave y de respeto y detestaba que le recordasen sus pasados deslices, sintióse sumamente contrariado con aquellas pláticas. Recibióles con aire altivo, circunspecto y frío, aunque no por eso dejaba de ser cortés; pero no les ofreció su casa, fingiendo ocupaciones que no le dejaban atenderles. Sorprendidos y hondamente heridos los hidalgos con una conducta tan inhospitalaria, se retiraron confusos y de mala gana, en compañía de un Alonso de Saavedra, Tesorero, que odiaba al Gobernador. Aquél, afeando la conducta ruin de Heredia, les llevó á su posada; é hizo cuanto pudo para poner en mal al Gobernador á los ojos de los forasteros, excitándoles á que hablasen contra su antiguo camarada, que tan orgulloso se había vuelto. Cada día Saavedra les llevaba algún cuento contra el Gobernador, y los madrileños, á medida que pasaba el tiempo, más furiosos se ponían, profiriendo por calles y plazas hirientes amenazas contra Heredia, hasta que, envalentonados por los descontentos, insultaron un día á algunos criados del Gobernador. Súpolo éste, y más y más enojado, se presentó en casa de Saavedra una noche á reconvenirle; el Tesorero le contestó con insolencia, y Heredia, encolerizado, le asestó un golpe tál con una partesana de que iba armado, que dió con él en tierra. En seguida se fué á su casa á aguardar las consecuencias de lo que había hecho, y púsose á pasear con un amigo por frente á su puerta, hasta que negó la noche.

Azuzados los madrileños por Saavedra y otros descontentos, se dirigieron á las nueve de la noche á buscar al Gobernador. Iban bien armados y para resguardarse mejor, llevaban cotas acolchadas. Apenas avistaron á Heredia le dirigieron palabras  injuriosas, y en seguida se le fueron encima todos nueve con las espadas desenvainadas; él les aguardo, ayudado por su amigo, y los dos se defendieron con tanta valentía que pusieron en aprieto á los forasteros, quedando dos heridos y fuera de combate. Los siete restantes gritaban sin cesar como para animarse unos á otros:

-¡A él, á él, hidalgos de Castilla!

Aquel ruido de armas, despertó á los vecinos, que ya sé hablan retirado á sus viviendas; pero como entendieran que el combate era un ataque al Gobernador, no quisieron salir á auxiliarle, hasta que el Alcalde y un oficial, no pudiendo hacerse los sordos por más tiempo, no se presentaron, en el campo de batalla. Lanzóse el primero en medio de los combatientes, con espada en mano, y les separo exclamando:

-¡Aquí del Rey !

Los madrileños entonces, temiendo qué los arrestasen, pusieron pies en polvorosa y se refugiaron en la casa de Saavedra. El alcalde quiso apresarles, pero ningún vecino se presto á ayudarle y el se retiro tranquilamente á su casa: Entré tanto Heredia, por extremo sentido y descontento con los vecinos, que no habían querido defenderle ni castigar á sus enemigos, y temiendo además que acabasen por rebelarse contra su gobierno, determino poner fin á todo tomando una sangrienta venganza de los cartageneros. No bien había clareado el siguiente día, cuando ya estaba Heredia lejos de Cartagena, y, desembarcando en la Isla de Codego, llamó á su amigo el cacique y le pidió auxilio contra los suyos. Éste, dice Castellanos,

 

" En un instante sacó de su tierra

Mil indios armados para guerra."

 

El cronista exagera, sin duda, y no era necesaria tanta gente para alarmar á los vecinos: la ciudad carecía casi de guarnición, estando los más útiles y guerreros en una expedición con don Alonso de Heredia, y en Cartagena lo que más había era mercaderes, enfermos, mujeres y niños. Al ruido de los atambores, pífanos, y gritas de los indígenas, á cuya cabeza iba el Gobernador, se unió, para llevar el terror á todos los pechos, la noticia, que Heredia hizo esparcir mañosamente, de que él pensaba poner fuego á la ciudad después de dejarla saquear por los naturales. Alarmada la población, los comerciantes, creyendo ver yá destruidas sus mercancías, y las mujeres temiendo perder la vida, salieron llorando y gimiendo á la playa, y despacharon algunos á tratar con Heredia, quien, sin duda, no había pensado en cumplir lo que anunciaba. Su intención era ajustar á las gentes y hacerlas comprender que si habían permitido que á él le ultrajaran, no por eso carecía de fuerzas para vengarse, si lo tenía á bién.

A las quejas que expuso Heredia sobre el desamparo en que le habían dejado, viéndole atacar por sus enemigos sin acudir á defenderle, le aseguraron que se equivocaba, y la prueba era que habían desterrado á los madrileños de su seno, mandándoles en un barco á Santa-Marta, con prohibición de volver jamás á Cartagena. Además, le aseguraban atenderle y obedecerle en adelante como á su señor, de manera que jamás volviese á tener motivo de disgusto. Heredia vino en lo que le decían, pero con semblante adusto y ceño fiero; devolvió en el acto á los indígenas á su isla, mas no, quiso entrar  en Cartagena, fingiendo continuar sentido con los vecinos. Sin duda debía de estar avergonzado de haberse dejado llevar á tal punto de la ira, que olvidara sus obligaciones para con los súbditos de su Rey, á quienes puso en peligro de ser desbaratados por los indios. Y si los naturales hubiesen rehusado obedecerle, y en lugar de volverse á su isla se empeñaran en saquear la ciudad, ¿cuál no hubiera sido el remordimiento de Heredia?

 

V.

 

Un tanto alicaído y mohino, pero con humos de soberbia, el Gobernador pasó al golfo de Urabá, en donde su hermano, en nombro suyo, estaba tratando de restablecer la antigua población de San Sebastián, que" fundada por Alonso de Ojeda y desamparada por Enciso después, permanecía abandonada. Pero don Alonso encontró allí gran resistencia, para llevar á efecto su propósito, en un Julián Gutiérrez, enviado del Gobernador de Panamá, el cual, unido á Francisco Cesar, que había dejado el servicio del Gobernador de Cartagena, no quería permitir que se poblase á San Sebastián, pretendiendo que el Gobernador de Panamá tenía jurisdicción en todas las márgenes del golfo de Urabá.

Iban y venían mensajeros de un campamento á otro, sin resolverse á irse á las manos, cuando llegó á Urabá el Gobernador Heredia, el cual, usando de la sutileza y pericia que le distinguían en todo lo concerniente á la guerra, en breve logró sorprender una noche á Gutiérrez y vencerle, después de haber matado algunos Españoles y saqueado el oro que los panameños habían ganado en el Darién. Aunque Cesar se había escapado, Heredia volvió muy ufano á Cartagena, llevando preso á Gutiérrez, y apenas desembarcó mandó poner en prisiones al Tesorero Saavedra, que había protegido á los madrileños, y á otros que le eran desafectos.

Esta imprudente conducta hizo crecer la mala voluntad que tenían á Heredia en Cartagena; por lo que, cada vez que se les presentaba oportunidad, los cartageneros escribían cartas de quejas contra el Gobernador. Unos aseguraban que se había hecho poderoso sisando los quintos reales; otros denunciaban hechos arbitrarios que había cometido con los Españoles; y el Obispo y los misioneros lamentaban amargamente la situación de los indígenas encomendados á su cuidado, los cuales eran arrancados de su tierra por los encomenderos y vendidos en las Antillas como esclavos, sin. que Heredia quisiese poner coto á semejantes depredaciones.

En estas excursiones y querellas se había pasado todo el año de 1536, y empezaba el de 1537, cuando llegó á Cartagena un enviado de la Corte á que tomase cuenta á los hermanos Heredia de la conducta que habían observado en los últimos cuatro años. El primer Visitador nombrado por el Consejo de Indias murió en la mar, y en su lugar la Audiencia de Santo- Domingo creyó conveniente mandar otro comisionado á que averiguase la verdad de aquellas reiteradas quejas contra el Gobernador. Desgraciadamente el encargado de remediar los males resultó ser más cruel é inhumano con los naturales que los delincuentes á quienes iba á juzgar. Llamábase Juan de Vadillo, y era hermano del Gobernador de Santa-Marta bajo cuyas ordenes había servido Heredia en 1529. Tenia éste antigua amistad con el Oidor, y así fué que cando en Santo-Domingo se tuvo noticia de las riquezas halladas por los exploradores de las tierras recién descubiertas, Vadillo envió á dos sobrinos suyos, recomendados al Gobernador para que les pusiese en vía de buscar fortuna. Pero los jóvenes eran delicados y no pudieron soportar los trabajos y penalidades de una jornada de aquéllas, en las que sufrían horriblemente hasta los hombres más aguerridos y robustos; y fue que se dejaron morir, sin quenadie pudiese socorrerles. Llegó la triste nueva á oídos de su tío el Oidor, pero acompañada de la falsa especie de que aquellas muertes habían sido causadas por los malos tratamientos que les dieran los Heredias.

Por esto, cuando nombraron al Oidor Vadillo Visitador y Juez del Gobernador de Cartagena, aquél recibió gozoso el nombramiento, pensando vengar en sus antiguos amigos la muerte de sus sobrinos. Apenas llegó á la ciudad, mandó prender y residenciar á los dos hermanos, y sumirles en una mazmorra tan húmeda y malsana, que don Alonso quedó tullido para siempre, de manera que cuando Castellanos le conoció, andaba en silla de manos.

"Pues á cualquier lugar que se mudase

Había de tener quien le llevase." (7 )


Vadillo, que sólo pensaba en sacar provecho de la residencia de los Heredias, puso en tormento al dicho don Alonso y á los criados y esclavos del Gobernador para que declarasen en dónde había ocultado éste sus tesoros, y estos infelices lo denunciaron en parte, sacando así el Visitador como cien mil pesos de buen oro, que mandó á Carlos V para grangearse su buena voluntad con bienes ajenos. Pero cuando el Emperador supo de dónde provenía aquella cantidad, se lo hizo devolver á su dueño. (8 ) A la sombra do este dinero, Vadillo mandó también por su cuenta mucho oro para que lo invirtiesen en haciendas propias en España. Más, como sucede siempre, la pasión del oro, como todo vicio, es insaciable, y una vez que Vadillo despojó hasta donde pudo á Heredia, persiguió á cuantos tenían alguna hacienda, y en lugar de proteger á los indígenas, fué su más cruel tirano; les martirizó y robó sin misericordia, y mandó á más de quinientos naturales de Zipacúa (pueblo de las Hermosas) á trabajar en sus ingenios y estancias como esclavos, sin contar otros muchos que hizo vender en las Antillas.

Pasábanse las semanas y los meses, y no mejoraba la situación, tanto de los encarcelados Heredias como de los infelices naturales, que jamás habían sufrido tánto, cuando llegó á Cartagena Francisco Cesar, que regresaba de una excursión por Urabá y el interior de Antioquia. Al arribar había cerrado la noche, y los viajeros vieron á lo lejos una luz tan viva en medio de la ciudad, que creyeron hubiese incendio; pero al desembarcar les dijeron que la luz que habían visto provenía de la casa en que velaban al venerable Obispo fray Tomás de Toro, el cual había muerto de la pesadumbre de ver las desgracias de los indios, y de remordimiento por haber participado en la venida á Cartagena de un hombre tan cruel como Vadillo, causando así la prisión de los Heredias. Inmediatamente que Cesar tuvo noticia de la suerte de los Heredias, olvidó sus antiguas rencillas con ellos, fué á visitar ocultamente al Gobernador, llevóle la parte de oro que le tocaba de la última jornada, y por último, haciendo uso de su influjo en la ciudad, obligó al Visitador á que enviase á don Pedro á que le juzgasen en España, y soltase á don Alonso, dándole la ciudad por cárcel.

Aquella noble conducta era digna de los verdaderos hidalgos de su tiempo, imitando con ella la, de Nicuesa con Ojeda, en ese mismo lugar, la de Gonzalo de Guzmán con Bastidas, y de tantos Españoles, cuyo noble y generoso carácter era el distintivo de los caballeros de aquel siglo. Pero Cesar fue más que caballero hidalgo: se manifestó un verdadero varón cristiano, en una época en que no se perdonaban las injurias, aunque sí se olvidaban las ofensas, pues la conducta los Heredias para con el Capitán Cesar habían llegado á un punto tal de crueldad, que pocos en su tiempo hubieran creído que el honor permitiera olvidarla.

 

VI.

 

Cuando al fin del año de 1539 regresó don Pedro de Heredia de España, venía yá muy corregido y mejorado, y desde entonces no hacen mención las crónicas del tiempo de que hubiese vuelto á soltar riendas á su carácter demasiado arrebatado é impetuoso. Habiendo llegado á Espafía cn prisiones, fué al momento puesto en libertad, y aprovechó la oca- sión para presentarse en la corte del Emperador tan gallardamente y con modales tan cultos y cortesanos, que el monarca le escuchó con atención ,y le mostró muy buena voluntad, Este precedente (y sin duda los obsequios que haría á los jueces con la fortuna que le quedaba, después de las depredaciones de Vadillo) hizo que los que conocieron en su causa diesen informes tan favorables, que no sólo el Emperador le perdonó, sino que mandó, como dijimos antes, que le devolviesen el oro que el Visitador había sacado de su casa, y le nombró nuevamente Gobernador de Cartagena y Adelantado de las conquistas que después hiciese en la tierra adentro.

A su vuelta á Cartagena aquella vez, sin duda don Pedro llevaba yá toda su familia, que consistía en dos hijos: Antonio, que en adelante le acompañó en todas sus empresas, y Juan que, dice Ocariz, se estableció en Mompox y dejó allí descendencia. Además, llevaba varias sobrinas; pero no dice la tradición que le acompañara su mujer, de la cual hablan los cronistas en la vez primera que regresó á España.

Regentaba el Obispado de Cartagena por entonces el Ilustrísimo señor Loaysa, religioso dominicano que después, en 1542, fue ascendido al Arzobispado de Lima. Este Obispo nunca tuvo la más mínima desavenencia con Heredia, aunque era más rígido que el señor Toro, y el Gobernador contribuyó gustoso con sus tesoros á las obras de construcción de iglesias y conventos en la ciudad. “El señor Loaysa, dice el señor Groot, prohibió á los clérigos que saliesen á las conquistas á estilo militar, como hasta entonces lo habían acostumbrado muchos dé ellos para participar del botín de los indios, como conquistadores, y poder regresar luego á España con alguna riqueza... y mandó que fuesen únicamente en clase de capellanes, con traje y las maneras propias del sacerdote, y de ningún modo ejerciendo funciones de militares, &c.” (9 )

Como se ve, empezaba á alborear la época de la civilización y después de descubrir el Nuevo Mundo y conquistar á los aborígenes, yá se trataba con seriedad de convertirles, cristianizarles y civilizarles de todas veras. A medida que los gobernantes civiles y eclesiásticos iban descubriendo los abusos que cometían los conquistadores, los que eran honrados y de conciencia trataban de remediarlos y hacían esfuerzos para que los colonizadores obrasen con justicia.¡ Desgraciadamente, los que llegaban á estás tierras lejanas se corrompían en breve, y muy pocos salían airosos de la prueba! pero no  por los desafueros que  cometían algunos ,se debe juzgar á todos; pues si en aquellos tiempos se consumaron tantas injusticias y crueldades, no hay que desconocer que hubo muchos hombres cuya conducta fué intachable, sobre todo entre los religiosos y misioneros.

Heredia se encontraba aún sano y fuerte, y, deseoso de ganarse un nombre más glorioso, no había regresado á Cartagena á gozar de una vida tranquila y relajada, sino á prepararse una expedición en busca de aquella tierra de oro por la cual todos los conquistadores de la costa de Tierra- Firme anhelaban, ofuscados por los prometidos tesoros de Dabaibe, de que tánto les hablaban los indígenas. Empero, antes de emprender aquella riesgosa jornada, pasó á la recién fundada ciudad de Mompox, que se había rebelado contra su hermano don Alonso, y habiéndola pacificado, inmediatamente emprendió marcha después, siguiendo el curso del río Atrato en toda su parte navegable hasta la isla de Bojayá. Pero el viaje había empezado con tan malos auspicios, habiéndole salido á atajar el paso nubes de naturales, que resolvieron Volverse á San-Sebastián de Urabá. Allí, se encontró con don Jorge Robledo al cual, considerándolo como usurpador de su gobernación, prendió y envió a Cartagena para que le remitiesen á España, á donde mandó poderes para que lo juzgasen.

Rehechos los soldados de Heredia en San-Sebastián, emprendieron nuevamente la jornada el 16 de Marzo de 1542, tomando otra vía. Acompañaban á Heredia su hermano don Alonso aun estando tullido, y su hijo don Antonio, joven gallardo y valeroso. Dirigiéndose por la misma ruta que había tomado Vadillo tres años antes, y á medida que se internaban por medio de las sierras de Antioquia más dura era la tierra, más agrios y escarpados los montes, las quebradas más abruptas y estrechas, más hondos y peligrososo los cauces de los ríos, y más peligros corrían no sólo los con los trabajos que les causaban la tierra tan quebrada, sino á causa de las hambres y necesidades que sufrían. Esta entrada sería digna de que la cantase un poeta: tántas fueron las aventuras, lances extraños y casos curiosos que les acontecieron, las costumbres bárbaras que presenciaron, los animales y plantas raras que encontraron, los paisajes sorprendentes que vieron aquellos europeos, perdidos sin rumbo, enmedio de cerrados bosques, montes, y campos. nunca vistos, por ojos, cristianos, sin guías, sin norte, ni otro imán que la loca pasión de adquirir oro y más oro, y sin contenerse jamás ni satisfacerse con ninguna cantidad que lograsen amontar.

Cuando Heredia llegó á la ciudad de Antioquia, fundada por Robledo, se declaró su Gobernador, por estar situada en su jurisdicción, y en seguida continuó su marcha al Sur. Yendo por aquellos desiertos, encontróse á pocas Jornadas con otra partida de españoles que venían del Sur; rompiendo monte, vadeando ríos, batiendo tribus indígenas y atravesando centenares de leguas de Sur á Norte, desde el Perú hasta Antioquia, Aquellos hombres venían al mando de Juan Cabrera, oficial que enviaba Sebastián de Belalcázar á Antioquia á tomar posesión de la ciudad fundada por Jorge Robledo, en nombre suyo.

Cabrera prendió á Heredia (como éste lo había hecho con Robledo), calificándole de usurpador de jurisdicción ajena y le mandó con escolta á la presencia de Belalcázar. Los soldados de Heredia habían tratado de defender á su Jefe, pero no pudieron: tan flacos, enfermos y débiles se hallaban, después de una jornada tan dura, que parecían sombras más bién que seres humanos! Así, les fué preciso someterse á su suerte, y verse robar los bienes que con tánto trabajo habían conseguido! Negros esclavos, caballos, vituallas, armas, oro: todo cayó en manos de Juan Cabrera y de sus soldados, los que tranquilamente se repartieron el botín de sus compatriotas, de la misma manera que éstos habían salteado á los dueños de la tierra. Don Antonio de Heredia, que estaba herido en un brazo, por tratar de defender á su padre, -herida que le impidió hasta el fin de su vida el uso de la mano, -don Alonso, que estaba rematado de reumatismo, y otros oficiales, marcharon con escolta en busca de Belalcázar, mientras que Juan Cabrera incorporaba en su tropa los soldados de Heredia y cambiaba de sitio la ciudad que había fundado Robledo en el valle del Frontino, pasándola á un llano, cerca del río Tonusio y no lejos del Cauca, en donde se encuentra hoy día.

Entre tanto, los prisioneros continuaban su marcha por enmedio de los cerros más escarpados de todo el país, pasando indecibles trabajos, hasta que llegaron á las cercanías de Cartago, en donde estaba acampado Belalcázar. Algunos cronistas dicen que este conquistador trató con cortesía al Gobernador de Cartagena y á sus parientes; pero Piedrahita asegura que Belalcázar no le quiso ver, sino que dispuso le llevasen con guardias hasta Panamá, para que la Audiencia establecida allí le juzgase como á usurpador de territorios ajenos. En Panamá logró Heredía que le pusiesen en libertad para volverse á Cartagena, á donde llegó derrotado y vencido, y perdiendo cuanto botín había ganado durante los largos meses de increíbles sufrimientos y penalidades de una marcha de más de un año por  tántos climas diversos.

Alonso de Heredia llegó derecho á la cama, de donde no se volvió á levantar, aniquilado al fin por las enfermedades; pero don Pedro no se dió por vencido, y con la terquedad y constancia que Dios había puesto en los corazones de todos aquellos conquistadores para que llevasen á cabo su misión, empezó á ocuparse de nuevo en reunir bastimentos, armas y soldados propios para emprender otra expedición por la misma ruta en que tánto había sufrido. Realmente, los hombres de aquel siglo eran de hierro, y si de hierro eran sus cuerpos, sus almas no lo eran menos !

 

VII

 

Entre la familia del Gobernador no habíamos mencionado á una hermana (cuyo nombre no dicen los cronistas Castellanos y Simón), la cual había concertado matrimonio con un Capitán Mosquera: aprovechándose de la permanencia de Heredia en Cartagena, antes de que volviese á emprender viaje quisieron celebrar la fiesta nupcial con gran boato, señalando para la ceremonia el día del patrono de España, Santiago, 25 de Julio de 1544. Antes de clarear el día, despertóse la población de Cartagena al ruido de muchas trompetas, añafiles y clarines; pero nadie se alarmó; creyendo todos que tales músicas formaban parte de la fiesta nupcial que comenzaba. Mas no era así: la fiesta nupcial se convirtió en pesadumbres y lágrimas, cuando se supo que los clarines y atambores daban la señal de asalto y saqueo general, y que estaba la ciudad en poder de un cruel piloto francés llamado Roberto BaaI.

Había sucedido un caso el año anterior, en el cual nadie había hecho alto, y era que un Teniente Bejinés castigó con doscientos azotes á un piloto que había cometido una falta grave. Cuando se puso al reo en libertad éste desapareció de la ciudad, y nadie se acordó mas de él. Entre tanto el piloto había pasado á Francia, que estaba entonces en guerra con España, y encontrando, que un corsario preparaba sus buques para ir á buscar fortuna en las posesiones del Emperador, aquél lo convido á que fuese á Cartagena, en donde hallaría buena presa, y ofreció meterle en el puerto sin que fuese sentido. Baal aceptó gozoso semejante oferta. De paso por Santa-'Marta, redujeron la ciudad á cenizas, y después de haber tomado lenguas de lo que sucedía en Cartagena aprovecharon el descuido en que vivían allí por no haber sido asaltada la ciudad antes, para entrar en el puerto sin ser vistos y desembarcar y rodear la ciudad mientras dormía toda la población.

El terror los habitantes fué tál, que nadie se acordó de que era posible defenderse con las armas en la mano, y cada cual saltó de la cama como estaba en ella, y vestidos y desnudos sólo pensaron en poner en salvo lo que más amaban. Veíanse hombres y mujeres en paños menores atravesar la ciudad para irse á resguardar en los bosques, que entonces estaban cerca: unos llevaban á sus tiernos hijos; otros, olvidados de la familia, huían llevando en sus brazos el oro que tanto trabajo les había costado ganar; los de más allá ponían los gritos en el cielo porque no podían cargar con sus mercaderías, y preferían perecer con todos sus bienes más bien que salvar una vida que consideraban inútil si no era dorada. Una vez que el vengativo piloto hubo metido á los corsarios en la ciudad, no pensó en saquear, sino en apagar la sed del odio que le animaba. Dirijióse prontamente a la casa del teniente Bejinés y aguardó en la puerta á que saliese: Á poco rato se abrió precipitadamente el portón y se presento el que buscabá. Los primeros albores del sol naciente iluminaron la faz convulsa del piloto, el cual, atravesando á su enemigo por el corazón con un acerado puñal, exclamaba:

-Bellaco! ...¡Este pago debe llevar quien sin razón afrenta á los buenos!

Heredia fué el único que no perdió la cabeza enmedio del espanto general. Viendo que no era posible salvar la ciudad, dispuso que se librase sú familia femenina del peligro que la amenazaba. Así, mientras que los corsarios destrozaban las puertas y se apoderaban de don Alonso, -que, como hemos dicho, no se podía mover de la cama,-don Pedro defendía como un león un pasadizo, en tanto que descolgaban á su hermana y sobrinas por un balcón interior que daba á un solar comunicado con la bahía, en donde tenía un barco aderezado. Una vez puestas en salvamento las mujeres, él se descolgó por é mismo balcón con grande agilidad, (10) y saltando en el bote, en que yá se habían embarcado las mujeres, atravesó á romo la bahía, y se fue a guarecer al monte, en donde permaneció oculto mientras duró el saqueo.

Los corsarios continuaban en tanto ocupados en el saqueo, encerrando en estrecha prisión a don Alonso de Heredia y al Obispo

(que lo era entonces fray Francisco de Santamaría y Benavides, de la orden de San Gerónimo), con las personas de más importancia que se pudieron haber a las manos. Una vez concluido el saqueo pusieron los presos al rescate, obligando a los vecinos a entregar lo poco que habían podido ocultar. Baal fué uno de los corsarios más corteses de aquel tiempo, puesto que no injurió a nadie, y no perdió la vida otra persona conocida sino el Teniente Bejinés, sin contar la muerte de algunos negros, cuyas miserables existencias apenas las computaban sus amos como equivalentes a la de un animal doméstico.

Los piratas sacaron de aquel puerto mucho oro: en las arcas reales no más encontraron cuarenta y cinco mil duros de oro, y el Gobernador dio cuantiosa suma para rescatar a su hermano y al Obispo; además, los Franceses se llevaron todas las mercancías de precio que hallaron en la plaza, las cuales amontonaron en las orillas del mar para irlas llevando en los barcos poco a poco hasta los buques que habían quedado lejos de la playa. Los desnudos y afligidos habitantes miraban con dolor sus bienes que se llevaban alegremente los corsarios, haciendas que habían sido el fruto de tántos sudores, trabajos, afanes y tal vez crímenes; quedando de la noche á la mañana mas pobres que cuando hablan salido de España, pues entonces la esperanza les aligeraba la pesada carga de la pobreza (11). A pesar de este contratiempo, Heredia no se desalentó, y aunque perdidos los recursos que había allegado, se ocupó al momento en reunir nuevos para emprender la expedición á Antioquia, con la intención de reclamar lo que consideraba perteneciente á su Gobernación.

A las pocas semanas del asalto del pirata Baal, ya Heredia navegaba en vía para el golfo de Urabá, y pasando por San-Sebastián tomó el camino más conocido y trillado que le condujo á la ciudad de Antioquia, sin mayores contratiempos. Allí se hizo reconocer como legitimo Gobernador; removió repartimientos y nombró para ellos á sus parciales (¡era la cuarta vez que se repartía aquella tierra !); doblegó ("ya por blanda paz, ya por castigo ") (12) á los indios circunvecinos; fundó otra población, que sin duda no ha subsistido, llamada Maritúe, y al cabo de un año de ausencia, entrado el de 1548, regresó á Cartagena, en donde encontró una novedad bien grave, y era el advenimiento del Visitador don Miguel Díez de Armendáriz, quien traía poderes para residenciarle. Inmediatamente que llegó Heredia, Armendáriz mandó dar principio á la causa contra él y contra su hermano don Alonso. "La residencia de don Pedro de Heredia, dice Piedrahita, vino á parar ( como todas las demás que toman letrados y gobernadores) en quedarse el Visitador con el Gobierno y remitir á España al visitado."

No dicen los cronistas contemporáneos cuánto tiempo permaneció Heredia en España aquella vez. Pero había manejado su causa con tan buen éxito, que volvió libre de toda mancha á Cartagena, á hacerse de nuevo cargo de su Gobernación. Mas desde aquella época la fortuna empezó á mostrársele esquiva decididamente. Acababa de regresar á su casa en Cartagena, cuando llegó á la ciudad Sebastián de Belalcázar, el cual iba á la corte de España, después de haber sido condenado á muerte por el Oidor Briceño en castigo de la que él había dado á Jorge Robledo. Heredia llevó á su casa á su antiguo émulo, y á pesar del cariño y consideración con que le trató, Belalcázar enfermó y murió de pesadumbre, dejando sus huesos en Cartagena.

Heredia lamentó mucho aquella desgracia, y según dicen los cronistas, vistióse de luto por el conquistador de Quito. Yá nuestro Gobernador estaba fatigado con una vida tan agitada como la que había llevado, y tenía hecho el propósito de estarse quieto y pasar los arios que le faltaban en el mundo en ponerse bien con Dios; por lo que, olvidándose de sus antiguas glorias terrestres, se ocupaba en el reparo de las iglesias y la construcción de conventos y hospitales, y pasaba todo el tiempo que no dedicaba á los asuntos de su Gobernación, rezando y oyendo misas y sermones. (13)

En el mismo año en que murió Belalcázar acaeció un espantoso incendio en la ciudad, en el cual perdieron sus habitantes cuanto tenían. Heredia, que al primer grito de alarma había corrido á tratar de salvar la iglesia y sus paramentos, olvidó acudir á su casa, la cual, abandonada por los criados, se convirtió en pavesas; perdiéndose en ella los últimos restos de las riquezas ganadas en los sepulcros de Sinú, los cuales, según la opinión de los cronistas, jamás produjeron otra cosa que no fueran desgracias y pesadumbres.

Poco antes de aquel triste acontecimiento, Heredia había sofocado una conspiración urdida por unos bandidos para asesinarle, así como a los principales vecinos de Cartagena. La descubrió don Pedro casi al estallar, y con su acostumbrada actividad pudo debelarla á tiempo y castigar á los más culpados. Llamas esta rebelión en la historia El alboroto de los frailes, que fue el nombre que el pueblo le puso, porque habían tomado parte en ello dos religiosos alzados, culpados yá de otro a1zamiento en Nicaragua. Aquellos suceso desgraciados debieron hacer grande impresión al anciano Gobernador; cuya vida estuvo tan llena de acontecimientos extraordinarios, que que daría temas para veinte novelas de grande espectáculo en manos de un Alejandro Dumas. Pero aun no era tiempo de tomar descanso, y Dios había declarado que así como había sido su vida, sería su muerte.

En 1554 sus enemigos que nunca le dejaron de mano, dieron tan reiteradas quejas a la Corte contra Heredia, que esta mando a residenciarle por la cuarta vez, a un oidor Juan Maldonado. Estaba implicado en las acusaciones Alvaro de Mendoza, casado con doña Francisca, sobrina del Gobernador, y aunque Maldonado trató con respeto al anciano conquistador, éste decidió ir secretamente a la madre patria á contestar los cargos que se le hacían. Conocía que estos eran principalmente hijos de la envidia, que envenenaba el corazón de muchos de los cartageneros, y creía que en España le harían justicia, como había sucedido otras veces. Desgraciadamente por aquella época el mar estaba agitadísimo, y en el de las Antillas fue acometido por temporales tan recios, que estuvo a punto de naufragar dos veces, y fuéle preciso mudar de embarcación también dos ocasiones. Avistaba al fin las costas españolas, cuando la nave en que iba fué destrozada por una fiera tempestad. Don Pedro había sido en su juventud un nadador afamado; así fue que cuando vió que la nave hecha trizas se iba a estallar contra las rocas de un paraje de Zahara, confiando en sus antiguas fuerzas se arrojó al agua y pretendió nadar hacia la orilla; pero le hicieron traición los años, y lo que lograron otros más mozos no lo alcanzó él. Al ver que se iba consumiendo, probó sobreponerse al ímpetu de las olas, y efectivamente tocó la tierra con las manos; pero ensañóse el mar contra el conquistador, y como no pudo tomar pie á tiempo, el agua le hundió bajo la espuma, que le quitó la respiración. Tres veces se sobreaguó y tres veces fué vencido por ella, hasta que exánime, aturdido y sin alientos, se dejó llevar por la resaca que le arrojó á la alta mar. ...Su cuerpo desapareció para siempre, y en vano don Alvaro de Mendoza le buscó en la orilla durante varios días. Esto sucedió el 27 de Enero de 1554, veintidós años y siete días después de la fundación de Cartagena. (14)

"Fué notable el sentimiento de esta muerte en la ciudad de Cartagena citando cuando llegó la nueva, en especial por parte de sus sobrinas; pero el sentimiento común fué extremado, por ser mucho el amor que los más de sus vecinos le tenían, así por fundador de ella, como por padre, de la Patria y sus estimables costumbres: como era ser fácil en perdonar al enemigo, reportado en el castigo, justo, medido en sus palabras, piadoso para los necesitados é inclinado á hacer paces y allanar discordias, y otras buenas costumbres que de estas comunes y generales se originan.” (15)

 

 

(1 )
Celebró la primera misa en altar portátil, el franciscano fray Clemente Mariana. -GEOGRAFÍA DE CARTAGENA por J.J. Nieto
(2 )
Salen á luz vestidos recamados,
Con admirables frisos guarnecidos:
Relumbran costosísimos tocados
Que de rayos del sol eran heridos;
Otras sacan cabellos encrespados
Y en redecillas de oro recogidos;
Y ansí con vestiduras excelentes;
Llevan tras sí los ojos de las gentes.
No dejan los plateros á la balda,
Pues les ocupan en labralles oro:
Engástase la perla y esmeralda
Y otras piedras anexas á tesoro;
Tiene yá cada cual paje de falda,
Por más autoridad y más decoro:
Adórnanse los dedos con anillos;
Penden las arracadas y zarcillos.
Del galán á la dama corre paje
Con blanda locución y bien compuesta;
Óyese por las partes el mensaje;
Vuelve no menos grata la respuesta;
La dulce seña sirve de lenguaje
Do la palabra no se manifiesta;
Estaba todo lleno, finalmente,
De todos tractos y de toda gente.
y siempre sucedían compañeros
Que llegaban de todas direcciones,
Pues que vinieron hasta melcocheros,
Y gozaron de tales ocasiones,
Que volvieron cargados de dineros
De vender sus melcochas y turrones,
Por estar todo tan de oro hecho
Que nadie daba paso sin provecho.
(Castellanos- VARONES ILUSTRES,-Parte III-Historia de Cartagena).
(3 )
Era una tradición fabulosa de los naturales que los nombres de Fincenú, Pancenú y Zenúfana eran los de tres espíritus malignos, hermanos, que gobernaban la tierra, y de los cuales el más poderoso era el cacique Zenúfana, que tenía un santuario lleno de tesoros, al que los Españoles llamaron Bujío del Diablo, y cuyas riquezas no se les escaparon, á pesar de tener ese origen. Decían también que cuando estos caciques diablos se murieron, al retirarse para el infierno, dejaron su autoridad á sus hermanos, con la condición de que siempre fuesen cacicas las que gobernasen, y que aunque éstas se casasen, sus maridos debían heredar el nombre de los Zenúes.
(4 )
Llegaron á Cartagena enfermos y con rostros tan amortiguados, que parecía que les habían sacado de los sepulcros de que no cesaban de hablar... Aquellas riquezas parecían, empero, fingidas y de sueños, pues no les lucieron ni fueron heredadas de nadie; todas ellas desaparecieron en breve para los que violaron los sepulcros, ó la mayor parte de ellos murieron pobrísimos y en hospitales.
Fr. Pedro Simón-NOTICIAS HISTORIALES-Parte III. Noticia I-Capítulo 23
(5 )
"La fama que adquirieron desde entonces los sepulcros del Zenú (ó Sinú) nos autoriza para hacer una descripción circunstanciada de ellos. El cementerio del Zenú se componía de una infinidad de túmulos de tierra, unos en forma cónica y otros más ó menos cuadrados. Luégo que un indio moría, acostumbraban abrir un hoyo capaz de contener el cadáver, sus armas y joyas, que colocaban á la izquierda, mirando al oriente, y al rededor algunas tinajas de chicha y otras bebidas fermentadas, maíz en grano, piedra para molerlo, sus mujeres y esclavos, cuando era hombre principal, los cuales se embriagaban previamente, y luégo cubrían todo con una tierra roja que traían de lejos. Después comenzaba el duelo, que duraba mientras había que beber, y entre tanto seguían amontonando tierra sobre el sepulcro. Era así éste más elevado mientras más duraba la borrachera, continuando de esta manera la desigualdad de fortuna, aun en este estado casi salvaje, después de la muerte. Entre otros, había un túmulo tan alto, que se distinguía á distancia de más de una legua y que llamaron los Españoles, según su costumbre respecto de todos los objetos algo extraordinarios, la Tumba del Diablo; y quiso éste que gastaran mucho dinero para remover sus entrañas sin hallar las joyas de oro que en más ó menos abundancia se hallaban en todas las demás. En algunos de estos santuarios encontraron, en objetos de oro que eran imitaciones de figuras de toda especie de animales, desde el hombre hasta la hormiga, por un valor de diez, veinte y treinta mil pesos. Ciertamente era preciso que estos habitantes fueran laboriosos para poder, después de proveer á las necesidades de la subsistencia, reunir estas cantidades de oro que representaban el tiempo consagrado á hilar, tejer y fabricar las hamacas y otras telas, ó á recoger la sal y secar el pescado, que eran los artículos que cambiaban por el oro que de muy lejos les venía. Se habían hecho tan prácticos los Españoles en estas excavaciones, que sólo descubrían el lado izquierdo de cada túmulo, pues en el resto no hallaban oro " No sería imposible que estas tumbas pertenecieran á una raza más antigua y civilizada, puesto que en una de las crecientes del río, en Tolú, se encontró posteriormente un madero de guayacán curiosamente esculpido, que representaba danzas y juegos, con una perfección que no se observaba yá en el tiempo de la conquista. "-Acosta,---COMPENDIO HISTÓRICO.-Página 127.
(6 )
Uno de los cuales, dice el señor Jiménez de la Espada en su introducción á las obras de Cieza de León, de apellido Ludueña, tenía, según parece, alguna antigua cuenta de honra que ajustar con su paisano don Pedro, pues este Ludueña era hermano ó pariente de uno de los que mató Heredia en Madrid antes de venirse á Indias.
(7 )
VARONES ILUSTRES-Parte III-Canto V.
(8 )
Castellanos,-Parte III--Canto V.
(9 )
HISTORIA ECLESIÁSTICA-Tomo 1º, página 19.
(10)
“Dejando de hacer frente á los Franceses, saltó por el mismo lugar, por ser hombre suelto, tras ellas para ponerlas del todo en seguro, llevándolas en un barco hasta dejarlas en la montaña.”
Fray Pedro Simón-3a NOTICIA HISTORIAL-Cap. XV.
(11)
Cuenta Castellanos que un tal Nuño de Castro no pudo resignarse á su suerte, pues nada le habían dejado:
y ansí, viendo poner en la ribera
Gran cuantidad de ropa y fardalaje,
Al tiempo que la gente forastera
Aderezábase para su viaje,
Pasó con una yegua muy ligera
Apriesa por enmedio del pillaje,
y arrebató, pasándose de claro,
Ropas y Lienzo para su reparo.
Al monte se retrajo como viento
Que no parece que la tierra pisa;
Quedó de ver aquel atrevimiento
El Capitán francés muerto de risa,
Porque todas sus armas y ornamento
Eran tan solamente la camisa,
Sin calzas, sin zapatos, y de talle
Cual no vean un perro de la calle.
VARONES ILUSTRES-Parte III--Canto VIII.
(12)
Castellanos, &c. &c.
(13)
Mas, aunque ya con horas y rosarios,
Eran sus tractos y conversaciones
Teniendo los avisos necesarios
En nunca perder misas ni sermones.
(Castellanos-Parte III-Canto IX)
(14)
Cuenta el cronista don Juan Rodríguez Fresle una especie que prueba hasta dónde puede llegar la credulidad de los sencillos y cándidos historiadores de aquellos siglos. Dicé que á la mañana siguiente de la noche en que naufragó la Capitana (la nave en que iba embarcado Heredia con los Oidores Góngora y Galarzi, de la Audiencia de Santafé) amanecieron en las paredes de la capital del Nuevo Reino varios cartelones anunciando haberse perdido la Capitana, y ahogándose los Oidores y la mayor parte de la gente que iba con ellos. Hecho sobrenatural que fué imputado, dice, á ciertas brujas malignas que después fueron castigadas.
(15)
Fray Pedro Simón.-3.a NOTICIA HISTORIAL.
(1*)
Sus padres se llamaban don Pedro de Heredia y doña Inés Férnández.
(2*)
Y sin se menear estuvo quedo
Por más espacio de sesenta días,
Hasta que carnes de diversas partes
Pudieron adunar médicas artes,
A mí se me hacía cosa dura
Creello; pero con estas sospechas
Hablándole, miraba la juntura;
y al fin me parecían contrahechas
Según manifestábalo su hechura,
Por ser amoratadas y mal hechas;
Certificábanlo muchos antiguos,
Que todos ellos fueron mis amigos.
CASTELLANOS,-Varones ilustres,-Parte III,-Canto 1.
(3*)
Nieto -GEOGRAFÍA DE CARTAGENA.
 
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