JORGE ROBLEDO.

(CONQUISTADOR DE ANTIOQUIA).

 

I

 

¿Quién era Jorge Robledo, cual su posición social en España y de dónde era su familia? Preguntas son éstas á que no podremos contestar, ni nos ha sido posible averiguar los hechos con certeza, no obstante el haber consultado cuidadosamente las crónicas que refieren sus hazañas.

Cuando, en 1539, el conquistador del Perú, Francisco Pizarro, envió á la recién descubierta provincia de Popayán al capitán Lorenzo de Aldana para que diese alcance á Belalcázar y le tomase cuenta de su conducta, los cronistas por primera vez mencionan, entre los ayudantes de Aldana, á un joven llamado Jorge Robledo. ¿Por ventura éste había sido uno de los conquistadores del Perú, con Pizarro, ó de Guatemala, con Alvarado, ó había llegado recientemente á Indias? Tampoco lo sabemos, y sólo entendemos que desde entonces Robledo tenía mucha influencia sobre sus compañeros y era escuchado y acatado por Aldana.

Una vez que se tuvo noticia cierta de que Belalcázar se había alzado con el mando, y partido para España á pedir la separación de las tierras que había descubierto, de la Gobernación del Perú, Aldana resolvió llevar adelante el descubrimiento y colonización de aquellas magníficas comarcas que hoy día componen el Estado del Cauca. Robledo, dice Acosta, aconsejo a Aldana que siguiese para con los indígenas distinto método del que hasta entonces habían empleado los Conquistadores, y les tratase con consideración y dulzura; método que siempre surtió buenos efectos en donde quiera que se practicó, pero que, como era más lento y difícil que el ejercicio de la fuerza bruta, en breve fatigaba á tan impacientes guerreros, y volvían á tratar a los aborígenes con crueldad.

La primera población que mandó fundar Aldana, por medio de Robledo fué una en el valle Umbra, que debía llamarse Santa-Ana de los Caballeros, la cual fué erigida el 25 de Julio de 1539, dicen los cronistas; pero lo probable es que fuese el 26 de Julio, día de Santa Ana. Actualmente se encuentra un triste villorrio en aquel en aquel mismo lugar, llamado Anserma-viejo, cerca del río Risaralda, en una explanada, con una temperatura media de 17 gr. cent. y en terreno de minas de sal (1 ). Robledo había llevado a la nueva colonia muchos víveres, armas y equipajes, y algunos cerdos para formar cría, que compraron los colonos al precio de mil seiscientos pesos cada uno! Una vez fundado el pueblo, el joven conquistador hizo varias excursiones por los vecinos campos, con el objeto de sujetar a los indígenas de los contornos, á quienes trató en aquellas primeras campañas con humanidad y benevolencia.

Notando los buenos resultados que había obtenido, merced á sus propios esfuerzos, Robledo quiso formarse un nombre: se desarrollo en él desde entonces una loca ambición de mando que le llevó á su pérdida, y que no le extinguió sino con su vida. Hacía principios de 1540 nuestro Conquistador resolvió acometer una empresa de mayores proporciones: sacando de Santa Ana los hombres más robustos y mejor dispuestos, atravesó el río Cauca, y, ayudado por algunas tribus de Indios amigos, Carrapas y Picaras, se lanzo á hacer la guerra á los feroces habitantes de un sitio llamado Pozo (hoy día en territorio antioqueño). Aquellos naturales, antropófagos, eran el terror de todos los vecinos: tenían casas grandes y cómodas, y sobre los cerros más altos habían fabricado ciertas torres ó atalayas de donde divisaban los contornos; y eran tan belicosos; que jamás se separaban de sus flechas y macanas, de manera que las llevaban consigo a sus labranzas, aunque estuviesen en paz con sus vecinos. Atacados aquellos indígenas por los Españoles, se defendieron con tánto denuedo y bizarría, que pusieron en apuros a los contrarios; de manera que Robledo, por auxiliar á uno de los suyos, fué herido gravemente. Hay realmente en la vida de los hombres sitios funestos;  y si Robledo no murió entonces, como lo temieron los suyos, no muy tarde dejó de existir en aquel mismo punto.

Aunque los Españoles alcanzaron la victoria, era tal la rabia que tenían al ver herido a su Capitán, que soltaron sobre los vencidos y prisioneros inermes los perros que llevaban, los cuales devoraron una parte, mientras que los aliados Carrapas y Picaras se comían crudos á sus infelices compatriotas. Después de la victoria volvieron al campamento español con doscientas cargas de carne humana que les sobraron ( no sin haberse hartado), con el objeto de remitir este botín á sus tierras; en prueba de haber vencido á sus enemigos. Una vez repuesto de su herida, lo primero en que se ocupó Robledo fué en despedir a los indígenas aliados (sin duda horrorizado con sus bárbaras acciones), y en seguida continuó su marcha, en dirección al Norte, recorriendo ricos terrenos en que abundaban las comidas, el oro y los habitantes. Estos eran casi todos valientes, y se defendían á veces con extraordinario denuedo; todos se presentaban en los combates adornados con plumas y chapas de oro que relucían al sol, lo cual enardecía la pasión del lucro de los Conquistadores, que creían haber encontrado allí el Dorado de sus locos ensueños. A pesar del brío con que estos indígenas defendían sus territorios, Robledo, usando algunas veces de halagos, y otras aprovechándose del terror que infundían á los naturales la vista de los Caballos y la ferocidad de los perros de presa, al fin logró someterles. Les domó y espantó á tal punto, que ellos mismos le fueron á buscar á su campamento para pedirle la paz, llevándole valiosos obsequios de oro y cestillas de palma trenzada; y aquellos pobres ignorantes no sólo obsequiaban al caudillo español y á sus soldados, sino que trataban de congraciarse los caballos, llevándoles joyuelas de oro, con las cuales creían que se alimentaban estos brutos.

Viendo que los indígenas mostraban buena voluntad, Robledo se detuvo en la provincia de Arma, por parecerle la mejor dispuesta, y mandó un destacamento por la orilla del río Cauca para que siguiese su curso hasta su desembocadura. Pero no bien se hubo dividido la tropa, cuando los indígenas cayeron sobre unos y otros, y tuvieron que juntarse otra vez los Españoles para poder resistir. Estaba Robledo tan furioso con el mal comportamiento de los indígenas, que resolvió, una vez que les hubo vencido,  castigarles de una manera cruel: hizo cortar las manos, las orejas y las naricea á los prisioneros, y en seguida les mandó que fuesen á mostrarse á sus Caciques para que éstos supiesen cómo se vengaban los Conquistadores.

Viendo la dificultad que había para continuar camino por enmedio de un país erizado de montañas casi intransitables y poblado de bárbaros antropófagos, Robledo resolvió volverse hacia el Sur, y entrando en una provincia llamada Quimbaya, se encontró con tribus menos feroces y que no eran antropófagas. Allí se detuvo para que descansase su tropa, mientras enviaba adelante á uno de sus oficiales, Suer de Naba, á fin de que eligiese un sitio propio para fundar una población española. El Oficial encontró un sitio ameno á orillas del río Otún y no lejos del Quindío, y allí fundó una villa, á fines de 1540, que llamó Cartago, por haber sido poblada por los cartageneros que habían quedado rezagados de la expedición de Vadillo. Poco después la población se trasladó al sitio que ocupa hoy día, en un llano pintoresco, dominado por risueñas serranías, en terreno fértil, con una temperatura de 24 gr. cent. y regado por el bello río La Vieja.

 

II

 

Entrado yá el año de 1541, y estando Robledo ocupado en la erección de la nueva villa de Cartago, tuvo noticia del arribo á Cali de don Pascual de Andagoya, quien pretendía tener dominio sobre todos aquellos territorios desde el río San-Juan. Robledo no vaciló en reconocer al nuevo Gobernador, creyendo que sería más fácil para él sacudir el yugo de un letrado como Andagoya, que no el de un soldado como Belalcázar, cuyo regreso de España se aguardaba por momentos. Además, para agradar al recién venido le llevó una gran suma de oro como obsequio, con lo cual vió confirmadas todas sus disposiciones, pues Andagoya le mandó tan sólo que quitase el nombre de Santa Ana á la primera población fundada, y le pusiese el de San-Juan.

Regresó Robledo á Cartago, resuelto á apartarse de la Gobernación de Popayán en primera ocasión, y mientras tanto se ocupó en llevar á cabo varias correrías por el Sur de lo que hoy día es Estado de Antioquia, y por el alto Tolima. Así se pasaron muchos meses, hasta que al fin de 1541 llegó Belalcázar á Cali y le mandó orden para que fuese á tener una entrevista con él. Pero bien se guardó Robledo de obedecerle: escribió al Gobernador, reconociéndole como su legitimo jefe, y ofreció ir después á darle cuenta de sus obras; pero en lugar de acudir al llamamiento, escogió cien hombres de los mejores de su tropa, y llevando las vituallas y los pertrechos que pudo conseguir, emprendió marcha con dirección al Norte, á hacer nuevos descubrimientos por: su cuenta. Esta conducta más, que sospechosa de Robledo, alarmó un tanto á Belalcázar; pero como no podía por entonces ir tras de él á pedirle cuentas, nada dijo, y guardo su rencor para después.

Continuaba, mientras tanto, el Conquistador de Antioquia su camino, y esguazando el Cauca por la provincia de Arma, siguió con más ó menos fortuna hasta la provincia de Zenúfana en donde con tratos amistosos con los naturales consiguió muchas preseas, joyuelas y vasijas de oro macizo, con que le obsequiaron, y también algodón en rama, de que necesitaba con urgencia para fabricar armaduras acolchadas que defendiesen los hombres, los caballos y los perros, de las flechas enemigas. Sin embargo, no en todas partes tuvieron la fortuna de hallar indígenas bien dispuestos, y frecuentemente se vieron obligados a conquistar las tierras por donde pasaban, haciendo uso de la fuerza. Al fin, el 4 de Agosto de 1541, Robledo avistó un hermoso y fértil valle, que los naturales llamaban de Aburrá y los Conquistadores bautizaron con el nombre de San-Bartolomé, y que después llamaron de Medellín (2 ). La vista de aquellos fieros invasores con sus caballos y sus perros de presa espantó tánto á los Indios que habitaban el valle, que unos huyeron despavoridos, y otros, embargados por el terror, se ahorcaban, colgándose de los árboles, con sus propias mantas y fajas. Ocurrió á Robledo hacer alto en aquel punto, y mientras descansaba su tropa envió descubiertas por diferentes partes á recorrer el país de los contornos. Pero como no se hallara nada digno de atención por aquellos lados, Robledo abandonó el valle, y repasando la cordillera fué á buscar de nuevo las márgenes del río Cauca.

Después de haber tenido varios encuentros muy reñidos con los Indios, en los cuales perecieron algunos Españoles, Robledo torció camino y empezó á escalar un territorio sumamente agrio y escarpado, poblado de tribus tan salvajes como el país en que vivían. Habiendo llegado al valle de Hebégico, que hoy día se llama Frontino, resolvió fundar una población con el nombre de Santafé-de-Antioquia (3 ), en memoria, dicen los cronistas, de la antigua Antioquía, que fué el punto de partida de la Cristiandad. Los habitantes de aquellas serranías eran por extremo belicosos; pero Robledo, ya por medio del rigor de las almas y la ferocidad de los perros, ya empleando la suavidad y los obsequios, al fin logró pacificar y rendir las tribus que se habían manifestado hostiles, y solemnizó la paz obtenida con una fiesta religiosa á la cual concurrieron los Caciques sometidos.

El triunfo de nuestro Conquistador era, pues, completo; y si desde muy temprano en su carrera se había manifestado lleno de ambición y deseoso de no someterse á sus superiores, ¡cuánto más no se aumentaría su sed de mando cuando se vió tan lejos de todo gobierno civilizado y como perdido en el fondo de un país en donde su voluntad era ley! Repugnábale mucho la idea de tener que rendir cuenta de su conducta á un Jefe á quien él no concedía méritos mayores que los propios. Así, impelido por su ambición, resolvió no volver á Popayán y partir para España con el objeto de pedir al Emperador la Gobernación de las provincias conquistadas por él. No había para Robledo otro camino que el que habían tomado las expediciones de Cesar y Vadillo, y resolvió seguir aquella vía.

Como no podía dejar desamparada la nueva población, dejó en Antioquia toda su tropa, y con sólo doce hombres emprendió marcha el 2 de Enero de 1542. Atravesando los valles de Nor y Guaca, y al acaso la sierra de Abibe, á través de montes cerrados y cercado de toda suerte de peligros, al fin salió al Atrato, bajó hasta el golfo de Urabá y desembarcó en la ciudad de San-Sebastián, nuevamente fundada por Heredia. Pero la alegría que experimentó al encontrarse al fin en país de cristianos, se convirtió en indignación cuando el Gobernador de Cartagena, que se hallaba en aquel punto, le hizo apresar, se apoderó del oro que llevaba y le sumió en una prisión con el pretexto de que le había hallado con gente armada transitando por tierras de su Gobernación. Al fin Robledo obtuvo de Heredia que le permitiese embarcarse para España, en donde, dijo él, el Rey le juzgaría y castigaría si le hallaba culpado.

Sabedor Belalcázar de la manera con que Robledo había abandonado la nueva población fundada en Antioquia, le declaró alzado y desertor, é hizo levantar sumarios contra él, con el objeto de inhabilitarle si lograba que le diese el Rey algún cargo honroso en la Gobernación. Una vez en España; Robledo presentó sus títulos al Gobierno, pidiendo le diesen el mando de los territorios descubiertos por él; mas á pesar de la influencia que tenía en la Corte la familia de su esposa, doña María de Carvajal, de la noble casa de Jodar, nuestro Conquistador encontró grandes dificultades para obtener lo que deseaba: apenas le dieron el insignificante título de Mariscal, y le notificaron que Díez de Armendáriz llevaba autorización para estudiar los fundamentos que tuviese, para sus pretensiones, y le aseguraron que si el visitador los encontraba justos, se le concedería lo que solicitaba.

Tres años permaneció Robledo en España, al fui de los cuales se embarcó en la Armada Real con el Visitador Armendáriz y con su esposa, doña María de Carvajal, que se hacía llamar Mariscala, y llevaba consigo un gran séquito de parientes, criados y paniaguados. Durante el viaje, Robledo supo granjearse la buena voluntad de Armendáriz, de manera que á su llegada á Cartagena obtuvo el nombramiento de Gobernador de las tierras descubiertas por él, desde Cartago hasta la nueva población fundada en el valle de Hebégico. Según parece, y se dijo después, Armendáriz no hizo aquel nombramiento con todos los requisitos del caso, y así no tenía la validez que se requería; sin duda esto lo hizo con su segunda intención, y con el objeto de quedar bien con los enemigos de Robledo, si éstos llegaban á predominar algún día en la corte española.

 

III

 

Dejando á doña María en San-Sebastián de Buena-Vista, rodeada de gran boato y ofreciendo avisarla cuándo había de ponerse en marcha para ir á reunirse con él, Robledo emprendió camino por el Atrato, siguiendo la vía que antes había tomado, en demanda de la villa de Cartago, la cual pensaba erigir en capital de sus territorios. Pero aunque yá aquel camino había sido un tanto transitado por las expediciones de Heredia y las enviadas por Belalcázar para tomar posesión de aquellas tierras,  no era en realidad un camino, sino una mala senda abierta por enmedio de espesísimos bosques y escarpadísimos cerros que hoy día se consideran enteramente intransitables. Robledo marchaba, sin embargo, con los pocos soldados y sirvientes que llevaba consigo, lleno de esperanzas y acariciando un risueño porvenir. Yendo un día por en medio de una montaña, de repente se encontró con una partida de Españoles que iban escoltando unos prisioneros compatriotas, aherrojados con colleras de hierro, como si fuesen criminales de la peor especie. Robledo se detuvo á preguntar qué significa aquello: contestáronle que eran reos de una conjuración que se había descubierto en Cartago, contra el Gobernador, y les llevaban á Cartagena para que fuesen Juzgados como conspiradores. Entre los presos iba un antiguo amigo de Robledo, Gaspar de Rodas, el cual fué puesto en libertad por instancias del Mariscal, y continuó con él hasta Antioquia. En la nueva villa Robledo se hizo reconocer sin dificultad como Gobernador de aquellas tierras, y como no quería  perder tiempo, se traslado inmediatamente después á la villa de Arma, en donde tambIén presento sus despachos.

En Arma había gran número de amigos y protegidos de Belalcázar, y el Cabildo se negó a admitir á Robledo como su Jefe, alegando que no se tema aún noticia oficial de que el Emperador hubiese dado facultades al Visitador Armendáriz para quitar y poner nuevos Gobernadores. El Mariscal declaro que si no le recibían de buen grado él les obligaría á reconocerle por la fuerza, y entrando a mano armada en la población, quebró la vara del Alcalde, puso presos á los miembros del Cabildo, y, después de dejar fuerza armada en la plaza, siguió caminando con dirección a Cartago. Entre tanto que sucedían estas cosas, Belalcázar, que había recibido noticias de lo que pasaba, se apercibió y puso en armas con la intención de salir á atajar a Robledo en su marcha antes de que cundiese el desfecto entre los suyos.

En Cartago y en Anserma Robledo obtuvo la misma respuesta que en Arma, y también se apoderó á mano armada de estas poblaciones; y como tuviera necesidad urgente de recursos pecuniarios, a despecho de los Regidores rompió las arcas reales y sacó los tesoros pertenecientes al quinto del Rey; cosa que produjo inmenso escándalo y le hizo perder gran parte de su popularidad en todo el país: tal era el respeto con que se miraba todo cuanto pertenecía al Soberano. Durante todo aquel tiempo se cruzaron sendas misivas Belalcázar y Robledo, requiriéndose uno á otro para dejar el mando. Al fin, viendo el Adelantado que el otro rehusaba abandonar los territorios de que  se había apoderado, resolvió poner término á una posición tan tirante,  y se puso en marcha á la cabeza de ciento cincuenta hombres bien armados y escogidos entre los veteranos de su tropa. Súpolo Robledo y armó a setenta hombres, los cuales, mal armados y pertrechados, y más inclinados á desobedecer que á sostener el orden, no presentaban por cierto un aspecto muy respetable.

Con esta malhadada tropa se puso á aguardar á Belalcázar, situándose en un punto estratégico, en una loma llamada del Pozo, sitio que le había sido fatal años antes; de allí envió mensajeros al Gobernador de Popayán, proponiéndole transacciones y que dividiesen amigablemente aquellos territorios tan extensos, en los que había lugar para dos Gobernadores; y para que se asegurase la paz, ofrecía dos parientas que su mujer traía consigo para esposas de los dos hijos de Belalcázar. Según parece, Belalcázar no rehusó resueltamente aquellas proposiciones; y con el objeto de adormecer al Mariscal y que confiara en que no le atacaría, le dejó alguna esperanza de que al fin entraría en tratados con el. Efectivamente, Robledo no se retiro a la villa de Antioquia, como se lo aconsejaban muchos, en donde tenía amigos y hubiera podido hacerse fuerte, sino que, enviando otros mensajeros al Adelantado, permaneció descuidado en la loma del Pozo. Belalcazar aprisionó á los últimos enviados de su émulo, y marchó prontamente hacia el campamento enemigo antes de que éste pudiese ponerse á la defensiva.

Era el primer día de octubre de 1546 cuando, al promediar la noche, estando Robledo dormido, despertó repentinamente con el clamor de uno de los suyos, el cual, entrando en su tienda, le gritó con acento de terror: "Levántese, señor Mariscal! que yá el Adelantado está sobre nosotros!(4 )" Púsose en pié Robledo apresuradamente, requirió sus armas, y calzado con una sola bota salió corriendo á reunirse á los suyos; pero yá era tarde, y viéndose rodeado de la gente de Belalcázar tuvo que entregar su espada y rendirse á discreción.

Dicen algunos historiadores que Belalcázar no tenía intención de hacer ningún mal á Robledo; pero que, habiendo encontrado entre un baúl del Mariscal unas cartas escritas por él para ser remitidas á Armendáriz en las cuales llamaba traidor al Adelantado, éste, en un rapto de cólera indomable, le hizo sentenciar á muerte. Otros dicen que la especie de las cartas fué una farsa inventada por los amigos de Belalcázar para disculparle, y que quien tuvo parte en aquella tan injusta sentencia fué Hernández Girón, hombre perverso y de sanguinarios instintos, quien hizo creer al Adelantado que Robledo tenía mucho partido entre los colonos y grande influencia en la Corte; por lo que, si no se deshacia de él a tiempo, en breve se vería suplantado y perdería irremediablemente el fruto de tántos años de trabajos y luchas.

Notificaron al Mariscal la terrible sentencia, y sin demora se preparo para la muerte, haciendo testamento y confesándose devotamente. Sacado al fin al campo libre, en unión de tres oficiales superiores de su tropa Robledo fué ajusticiado públicamente el 5 de Octubre, declarándosele " alborotador del Reino, usurpador y opresor de la Real justicia." Aunque él reclamó que debía morir decapitado como caballero, Belalcázar le hizo dar garrote como para mayor ignominia. “ Sepultaron los cuerpos de los cuatro ajusticiados, dice Acosta, en una casa que quemaron antes de abandonar aquel lugar, á fin de borrar toda huella de las sepulturas; pero nada valió, pues los Indios de las inmediaciones las descubrieron, y desenterraron los cuerpos para comérselos con aquel apetito voraz y desenfrenado de carne humana que caracterizaba á estas tribus, casi salvajes. Así el cráneo del mariscal Robledo probablemente adornaría por mucho tiempo alguno de esos palenques de guadua, situados en los lugares testigos de sus primeras hazañas.”

No nos ha llegado ninguna descripción personal del desdichado Robledo, ni hemos podido averiguar cual fué el lugar de su nacimiento, ni la edad que tenía cuando murió. Como dijimos antes, el Mariscal fué casado con doña María Carvajal, noble dama española. Ésta, habiendo regresado á Cartagena, supo allí la desastrosa muerte de su esposo, y entonces hizo viaje á Santafé á pedir justicia y tomar venganza del matador de Robledo. La Audiencia escucho sus lamentos con lástima y nombró al oidor don Francisco Briceño para que se trasladase á la Gobernación de Popayán á indagar el hecho y residenciar á Belalcázar.

Mientras tanto se habían pasado más de tres años; doña María de Carvajal se había casado con el Tesorero don Pedro Briceño, y á poco de muerto Belalcázar de pesadumbre en Cartagena, aquélla, viuda segunda vez (5 ), había dado su mano de esposa, en terceras nupcias, al Oidor don Francisco Briceño, sin duda como una tardía recompensa para el que había sentenciado á muerte al matador de su primer marido; á lo menos esto dicen los cronistas contemporáneos, en aquel tiempo las mujeres españolas eran tan escasas, que se veían asediadas por los pretendientes á su mano, y solían casarse hasta cuatro veces sucesivamente tanto más cuando los hombres perecían con facilidad en las contiendas con los indígenas y por otras calamidades, y pocas eran las que permanecían viudas y no volvían á contraer matrimonio.

 

 

(1 )
Parece que en idioma indígena anser significa sal.
(2 )
En el valle de Aburrá mandó el Gobierno español, en 1674, que se fundase una villa, la que tomó el nombre de Medellín, por ser el Conde de este título Presidente del Consejo de Indias en aquel año. Esta ciudad es la capital del Estado de Antioquia, y ha progresado mucho últimamente; cuenta yá hoy día más de 30,000 habitantes de población Goza de un clima de 20 gr. cent., por término medio.
(3 )
Aquella población no duró mucho tiempo en el lugar en que la fundó Robledo, porque á poco un capitán de Belalcázar, Juan de Cabrera, la trasladó al lugar que ocupa ahora, en temperatura cálida, á 27 gr. cent. Cuenta hoy día más de diez mil habitantes y progresa notablemente.
(4 )
Piedrahita,-CONQUISTA DEL NUEVO REINO-l.a Parte-Lib. XI.
(5 )
Don Pedro Briceño murió en los Pasos de Rodrigo, en un combate con los Indios Taironas.
 
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