LOS JESUITAS MISIONEROS.

 

I

 

En el estudio anterior, hablando de los trabajos evangélicos de San Luís Beltrán en las Misiones del Nuevo Reino de Granada, nos referimos al bien que hicieron en este ramo de la caridad cristiana los Religiosos de las órdenes Dominicana y de Franciscanos. Tócanos ahora decir, aunque sea brevemente-pues la naturaleza de este estudio no lo permite de otra manera,- cuáles fueron las principales obras que ejecutaron en esta reglón de América los miembros de la Compañía de Jesús. (1)

Nadie puede negar, y aun no se han atrevido á hacerlo los más tenaces enemigos de los Jesuitas, que éstos han sido los misioneros que en todas partes del mundo han practicado, mejor que las otras órdenes religiosas, el arte de catequizar, convertir y civilizar á las tribus salvajes, lo cual, particularmente en América, se ha experimentado con toda certeza. Perteneciendo á una orden religiosa nueva (2), llena de celo y de vigor, instituída con el objeto de luchar sin tregua en favor de la Religión Católica Romana, ninguno de sus miembros es admitido en las órdenes más altas de la Compañía, sino cuando su talento, su juicio y su completa abnegación le recomiendan de un modo especial. Pero si la orden era nueva, en compensación su actividad y su celo eran tales, que al principiar el siglo XVII los Jesuitas se encontraban yá trabajando con fruto en numerosas Misiones de América. En el Canadá, en la Florida, y desde Méjico hasta el Paraguay, el vestido negro del Jesuita era bendecido por los indígenas, de quienes aquéllos se habían constituído defensores. (3) En el Brasil habían logrado dominar á los antropófagos. Cuéntanse en el siglo XVII más de trescientos mártires de la Compañía de Jesús. Aunque muchos de éstos perecieron á manos de los salvajes, también, según Crétineau-Joly y otros autores, más de sesenta misioneros fueron víctimas del calvinista Santiago Sourié, quien, apresando los navíos en que iban embarcados en alta mar, les dió una muerte cruel y feroz.

Aunque los Jesuitas habían recorrido yá la mayor parte de las colonias americanas y fundado Misiones en muchas partes, al Nuevo Reino de Granada no llegaron oficialmente, sino cuando les trajo de Méjico el ilustrísimo señor Lobo Guerrero, Arzobispo de Santafé. Este Prelado fundó un colegio que llamó de San-Bartolomé, por ser su nombre patronímico, y lo puso bajo la dirección de los Jesuitas, al empezar el siglo XVII. Mientras se iba construyendo lentamente el hermoso edificio de calicanto que hoy día conocemos, los Jesuitas abrieron aulas de gramática, latín y filosofía, en un lugar estrecho é incómodo, y muchos de los Padres se dedicaron á estudiar á fondo los diferentes idiomas de los indígenas, descollando entre todos el Padre José Dadey, de origen italiano, que no solamente aprendió la lengua muisca, sino que compuso una gramática que sirvió mucho á los misioneros. Pocos años después yá había colegios de Jesuitas en Cartagena y Tunja. En esta última ciudad se estableció el noviciado. Sorprendidos los indígenas de los contornos de aquellas ciudades de la dulzura con que les trataban los nuevos Religiosos, y agradecidos al notar que para catequizarles procuraban aprender su lengua y para enseñarles la doctrina cristiana hablaban en los dialectos indígenas, se convertían por millares al Cristianismo, y escuchaban con religioso fervor las pláticas de los Misioneros. Así, pues, si la ruda manera de tratarles los encomenderos les alejaba y desviaba de la civilización, la caridad y benignidad de los Jesuitas les alentaba á abrazar la religión de Cristo y entrar en la vía de La cultura y buenas costumbres. Así fué como en los alrededores de Santafé se formaron los pueblos de Cajicá, Tenjo, Fontibón, &c., cuyos habitantes se habían manifestado muy arraigados á sus costumbres é idolatrías.

En 1620, yendo de paso para Antioquia algunos Jesuitas, llegaron á la nueva población de Honda, y se detuvieron allí algunos días. El naciente caserío dependía de Mariquita, y estaba yá tan poblado, que un cura no bastaba para atender á las necesidades espirituales de aquel lugar. Así éste, en unión del Gobernador de Mariquita, suplicó á los Jesuitas que pidieran al Provincial de su orden licencia para establecer allí un colegio, lo cual les fué concedido con gusto. Los primeros Jesuitas que entraron allí fueron los padres Ossat y Alitrán; éstos levantaron una iglesia de tapia y teja en la población, y algo retirado el edificio para el colegio de los Jesuitas, con su buen templo. En ambas Iglesias se celebraba el Santo Sacrificio de la misa, y en ellas se enseñaba todos los días la doctrina á los niños y á los indígenas. No se contentaron los Jesuitas con catequizar á los hondanos, sino que recorrían los caseríos de Indios de todos aquellos contornos, civilizando y haciendo brillar la luz del Evangelio en todas partes. En pos de los Jesuitas edificaron conventos é iglesias los Franciscanos y Agustinos, y un templo y un hospital los Religiosos de San Juan de Dios. Hoy día Honda ha retrogradado á tal punto, que los feligreses no alcanzan á sostener sino un Cura muy pobremente, y apenas se dice una misa por día en una población de cerca de 4,000 almas; sus conventos están en el Suelo, las iglesias en ruinas y el colegio de los Jesuitas se encuentra convertido en piedras ,y murallones derruídos, perdido entre la maleza.

En Pamplona una señora fué la primera que albergó y protegió á los Jesuitas, hasta que éstos, más conocidos y apreciados, lograron cautivarse la buena voluntad de sus habitantes, que les ayudaron á construír colegio é iglesia.

Los misioneros recorrían continuamente los contornos y poblaciones indígenas de los lugares donde tenía asiento la orden. Al cabo de algunos años de trabajos asiduos, viendo los superiores que, más ó menos, todos los habitantes del Nuevo Reino estaban en vía de cristianizarse, resolvieron entrar en las tierras de los salvajes que aún carecían enteramente de civilización.

Aunque varias veces habían intentado los Españoles domar las tribus indígenas que moraban en las faldas de las cordilleras que van á morir en los Llanos, con dificultad habían logrado atraer á unos pocos. Estas tribus pertenecían á una raza altiva, amante de su independencia; y escarmentadas con los malos tratamientos de los Españoles, nada odiaban tánto como á los blancos, quienes, ó se llevaban á los Indios cautivos, ó les hacían trabajar para aprovecharse de la riqueza que les proporcionaba su trabajo. (4)

 

II

 

Cuando las tribus indígenas de Casanare maliciaban siquiera que los blancos intentaban y querían catequizarles; se escondían en lo más espeso de sus selvas, y ocultos entre las breñas vivían allí largos años, sin salir á los sitios en que había riesgo de encontrar á los Europeos. Por otra parte, la feracidad de esos terrenos, regados por caudalosísimos ríos, y la innumerable riqueza de sus frutos, la cantidad de animales, monteses y de peces que habitaban los bosques y los ríos de los Llanos, eran táles, que los indígenas vivían sin carecer de nada y no necesitaban para cosa alguna á los Españoles. Posteriormente habían sacrificado á todos los extranjeros que se atrevían á pisar sus dominios, y atemorizados los blancos, ninguno quería penetrar hasta aquellos sitios peligrosos.

Sin embargo, apenas se trató entró los Jesuitas el asunto de las misiones á los Llanos, cuando muchos de ellos se ofrecieron á ir á ofrendar su vida, si era preciso, á trueque de catequizar y civilizar á los indígenas. Pusiéronse, pues, en marcha en 1628 cinco misioneros, llegando á mediados del año al pueblo de Pauto, y en breve empezaron á llevar á efecto su misión, encargándose cada uno de ellos de una tribu. Pero antes de entrar en campaña, cada Jesuita se esforzó por aprender el idioma de la tribu que debía tomar á su cargo. Esto les fué menos difícil de lo que parece; pues, según el Padre Cassani, aquellas lenguas no eran sino dialectos derivados y corrupciones de la lengua muisca que ellos yá habían aprendido en la sabana de Bogotá. En poco tiempo los Jesuitas yá tenían cada uno un centro de civilización en una iglesia, que levantaban en todos los lugares donde los aborígenes se habían manifestado más dóciles. Al lado de la iglesia se fabricaba la casa del doctrinero, en donde ellos encontraban toda clase de auxilios materiales y espirituales. Atraíales el Misionero con dádivas abalorios brillantes, espejos, agujas, herramientas y prendas de vestido para cubrir su desnudez. Si estaban enfermos les proporcionaba remedios eficaces; en su convalecencia les llevaba golosinas, y si morían, él mismo les enterraba. Muchas tribus y fracciones de tribus se manifestaron rehacias é indómitas, y á medida que los Misioneros avanzaban en busca de ellos, los indígenas se alejaban, ocultándose en recónditos lugares.

Pero esa repugnancia misma era motivo para que los Misioneros trabajasen en domarles, y jamás desmayaban en su empresa. Para llevarla á cabo, hé aquí lo que hacían, según cuenta el PadreGumilla: *Buscaban entre sus feligreses á dos mozos bien inteligentes, les enseñaban é instruían en todo lo necesario, y cargándoles después con toda clase de baratijas, -abalorios, &c.,- les mandaban como embajadores á los Indios alzados y retirados en el fondo de los bosques, que se deseaba atraer a las Reducciones de los Jesuitas. Los mozos llevaban sin dificultad á los ranchos de los indígenas, y distribuyendo, entre todos los obsequios, les decían que el Misionero les mandaba aquello porque era su amigo y les quería mucho. Los salvajes son curiosos siempre, y naturalmente hacían mil preguntas á los Mensajeros acerca del Padre, y movidos por la contestación de los otros, al fin manifestaban deseo de conocer á aquel que así les regalaba. Cuando se creía que yá sería tiempo de visitarles, el Jesuita emprendía marcha hacía los caseríos de los indígenas, con un corto acompañamiento, compuesto de algunos de sus feligreses. Antes de llegar mandaba adelante á algunos á anunciárselo; pero aunque los aborígenes supiesen el día y la hora en que aquello debiera suceder, la etiqueta de esas tribu mandaba que no saliesen á recibir al huésped. Éste encontraba un rancho que le habían preparado á la entrada del caserio, y allí entraba con su comitiva, y colgando su hamaca debía acostarse en ella á descansar hasta que el Cacique le fuera á visitar, bien pintado y aderezado para el caso. Apenas le avistaba, desde lejos exclamaba el indio en su lengua :

-¿yá viniste?

-Ya vine, contestaba el Misionero en La misma lengua; pero no debía moverse de su puesto.

El Cacique entraba entonces en e tambo, seguido de los principales señores de su corte, y se sentaba en el suelo frente al Misionero; después entraban sus mujeres y las de los otros Jefes, las que también iban formando rueda en torno de la hamaca y sentándose en cuclillas, sin hablar una sola palabra. Cada una de esas mujeres llevaba para regalo del huésped una totuma de chicha y un plato con algún alimento, lo cual iba poniendo en frente del Padre hasta que se llenaba el rancho de platos y totumas. El huésped se enderezaba entonces y comía del plato que le había llevado la Cacica, y después fingía tomar un sorbo de chicha de todas las demás totumas ofrendadas. Esta ceremonia era indispensable, porque si no tomaba un sorbo de cada una de las totumas, las mujeres se resentían y sus maridos consideraban esto como un desaire. Una vez concluída la comida, los Indios de la comitiva del Misionero entraban en el tambo y sacaban fuera los comestibles, regalándose con ellos á su sabor. Aquel era el memento en que el Cacique arengaba á su huésped, contándole la historia y las aventuras de sus antepasados. Al fin de cada párrafo el Cacique exclamaba con tono lastimoso: Es verdad, sobrino, es verdad! Y por último, concluía su discurso haciendo muchos cumplimientos al Misionero, cuya venida comparaba á la lluvia sobre una sementera después de un largo verano, ó la de un pájaro de dulce canto y vistoso plumaje. El Misionero debía contestar en el mismo tono y estilo, acabando por decirle que, en prueba del cariño que tenía á la tribu, había llevado algunos regalos para obsequiarla. En seguida distribuía lo que les había llevado, teniendo cuidado de que ninguno quedase descontento; y visitando luégo las casas de los enfermos y de los ancianos que no podían salir, llevaba á cada uno alguna cosa. El Misionero no hablaba de bautismo, aunque sí les enseñaba, cada vez que podía, algo de la doctrina, y recompensaba con regalitos á los que se portaban bien. Hubo vez que un Misionero permaneciese hasta un año con los salvajes, aguardando á que ellos le propusiesen acompañarle á la Reducción. Al fin anunciaba el Jesuita su partida, y rara vez los indígenas, echando de menos al Padre que les consolaba, cuidaba y regalaba, dejaban de ir á poco tiempo á la Reducción á pedir ellos mismos el bautismo, para poder gozar de los bienes de la civilización.

De esta manera los Jesuitas convirtieron, sin sangre y sin disgustos, á gran número de indígenas de los Llanos, del Tolima, del Cauca y de Antioquia. Una cuarta parte de la República, dice un escritor nacional, fué reducida, conquistada y civilizada por los Jesuitas.

 

III

 

Pero las noticias mismas de los adelantamientos tan notables que hacían los Jesuitas en las reducciones, y las conquistas pacíficas que llevaban á cabo, les suscitaron enemigos, tanto entre el clero secular como entre las otras órdenes religiosas, que habían perdido por completo su influencia en todas partes en que se hallaban colegios de la compañía de Jesús. Los encomenderos, á quienes ellos impedían resueltamente que salteasen y maltratasen á los indígenas, formaron una cábala contra ellos, de tal suerte bien urdida, que el Arzobispo les mandó retirarse de las Misiones de los Llanos y volver á las ciudades y poblados. Preciso fuéles obedecer y abandonar aquellos sitios, testigos de sus sufrimientos, pero también testigos de los triunfos del Cristianismo.

Aquel rechazo no les hizo desmayar en su misión", y atareándose á trabajar en los colegios y escuelas que fundaron en las ciudades, continuaron en su obra de civilización con la Cruz en la mano.

Entre tanto, las Misiones se habían ido deteriorando, y las otras órdenes religiosas y los curas que nombró la autoridad eclesiástica, careciendo de la disciplina y del celo apostólico de los hijos de San Ignacio, no supieron conservarlas, ni mucho menos alimentarlas. Por otra parte, los gobernantes civiles se hicieron tan odiosos para con los salvajes, que algunos perecieron asesinados por éstos. Así transcurrieron treinta años, al cabo de las cuales el nuevo Arzobispo de Santafé convino con el Gobierno seglar en que era preciso volver á mandar á los Jesuitas á los Llanos, pues si no lo hacían, todo aquel territorio volvería á caer en la barbarie.

Los Jesuitas obedecieron gustosísimos las órdene de sus superiores, y á principios del año de 1659 emprendieron de nuevo, viaje á sus antiguas posesiones. Los indígenas les recibieron con júbilo, pues bien recordaban los ancianos que durante los tiempos en que les catequizaban eran muy felices. Como yá los Jesuitas antiguos no existían, los nuevos tuvieron que volver á aprender la lengua de los Airicos, Jararas, Achaguas, Sálivas y demás tribus que deseaban conquistar.

Un año después de su nueva entrada, yá los Jesuitas tenían fundados varios pueblos ó doctrinas (hoy día de nuevo arruinados), con sus iglesias, sus escuelas de artes y oficios, de agricultura y de enseñanza práctica de la vida civilizada. Pero esto no era por cierto obra fácil: el clima malsano, las epidemias que reinaban allí, los insectos, los animales ponzoñosos, las fieras de aquellos bosques, la índole indómita de los aborígenes, y la guerra que les hacían los encomenderos, que pretendían llevarse como esclavos á los indígenas, todo eso causaba á los Misioneros mil molestias, peligros y desvelos. Pero la actividad de aquellos hombres, el valor moral y físico que desplegaron, y sobre todo el gran conocimiento del corazón humano que distingue á la orden de San Ignacio, fueron más fuertes que sus enemigos, y al cabo vencían todas las dificultades que se les presentaban. Además de los vicios naturales en el salvaje, lo que más trabajo costaba á los Jesuitas era desarraigar en ellos el amor inveterado al hurto y al engaño. Viendo que ni con buenas palabras ni recompensas lograban corregir esos defectos, y que la dulzura y la indulgencia no surtían buen efecto, tentaron, al cabo de siete años de paciencia, castigar á los delincuentes más obstinados.

En el pueblo en que se llevó á cabo el castigo, dice el Padre Cassani, "no fué menester más para que se acordasen de sus abuelos y de su nacimiento, y en una noche desampararon la Doctrina tan por entero, que sólo amanecieron en ella el Padre Jesuita y la familia del Cacique." Fué preciso cambiar al Doctrinero para que volviesen al pueblo los indígenas, y el que fué enviado allí tuvo que desplegar una santa paciencia para lograr que no solamente regresasen, sino que estuviesen contentos. Varias veces los indígenas alzados atacaban las Reducciones, las saqueaban, y después de incendiarlas se llevaban cautivos a cuantos habitantes encontraban.

De los Llanos de Casanare, los Jesuitas trataron de ponerse en comunicación con Guayana, aunque todo el trecho que media, entre aquellos lugares estaba poblado de indios feroces, caribes, y antropófagos. Pero por falta de recursos y de la debida protección del Gobierno español, esa empresa gigantesca no se pudo llevar á cabo. (5 )

Entre aquellas tribus las mujeres eran tan desgraciadas, y las maltrataban tánto sus maridos, que las madres, al dar á luz niñas, deseando evitarlas la desgracia de vivir, en ocasiones las mataban. En sus bodas, dice el Padre Cassani, las parientas de la novia celebraban los desposorios con lágrimas y gemidos, y en lugar de felicitarla, cada mujer, al acercarse, la decía:

-Ay! ay! desdichada! que erais libre y sois, esclava!

Los Misioneros trabajaron mucho en aliviar la suerte de las pobres Indias, y ellas, más que los hombres agradecidas, les atendían y escuchaban, les respetaban y obedecían. Merced á los avisos que ellas frecuentemente daban de lo que se tramaba entre los indígenas contra los Jesuitas, éstos lograron salvarse y huir para conservarla vida.

¿Cuáles no serían los sufrimientos de aquellos hombres,-muchos de ellos hijos de hidalga cuna, recién llegados de Europa, y enseñados á las comodidades de la vida civilizada,-en medio de estúpidos y feroces Salvajes, en desiertos horribles, rodeados de toda especie de fieras, comidos por los tábanos y los mosquitos, que á veces les formaban llagas en todo el cuerpo? ...Así vivían aquellos nobles operarios, de la civilización y del Cristianismo, consumiendo allí los mejores años de su vida; y después de diez, veinte y hasta cuarenta años de semejante existencia, sin recursos, sin compañeros de su raza; enmedio de tribus indómitas y rehacias á las buenas costumbres, morían al fin, unas veces ahogados en los ríos, otras víctimas de las epidemias y de las fiebres, cuando no era a manos de los salvajes mismos por quienes sacrificaban su vida! Cuando los indígenas enfermaban de disentería ó de viruela (epidemias importadas del Antiguo Mundo, que cundieron con una presteza asombrosa por toda la América hasta el fondo de los bosques), los Misioneros se constituían al mismo tiempo en médicos del alma y del cuerpo y enfermeros; ellos mismos confeccionaban las bebidas como podían, y asistían sin descanso á los indígenas, á veces basta morir ellos mismos, contagiados. (6 )

Cuatro Reducciones tenían establecidas los Jesuitas en las orillas del Orinoco, y después de cristianizadas aquellas poblaciones de indígenas, y adelantadas en la civilización, sucedió que en 1684  se presentó simultáneamente en ellas una turba de Caribes que se arrojaron sobre aquellos pueblos gobernados por cuatro Jesuitas; los indígenas, que se aterraban sólo con el nombre de los Caribes; se ocultaron temblando en los bosques; los Misioneros permanecieron firmes en su puesto, tratando de impedir la profanación de la iglesia pero aquellos antropófagos (7 ) asesinaron á los Padres Fiol, Beck y Teobast, y revistiéndose con los Ornamentos sacerdotales se gozaron en devorar los cadáveres palpitantes de los Misioneros, y después de quemar la población se dirigieron sobre la otra Misión para ejecutar los mismos actos. (8 ) Sin embargo, el jesuita de la última tuvo tiempo de salvarse con un parte de sus feligreses, huyendo, con inauditos trabajos, por lugares incultos, por enmedio de montañas vírgenes, de caudalosos ríos, hacía las Misiones de Casanare, sin más rumbo que la corriente de las aguas y sin otra esperanza que la de encontrarse lejos de los Caribes. Al fin, después de un viaje de ciento cinco días, llegó el Padre Vergara con sus veinticuatro compañeros á las Misiones de Casanare, en donde los indígenas fueron incorporados.

Pero ni aun este triste drama desanimó á los Misioneros, los cuales volvieron nuevamente á tratar de civilizar las regiones del Orinoco. El Gobierno se negó á proporcionarles recursos, y los que entraron otra vez en las tierras de los Sálivas estaban en tal escasez, que se mantenían con gusanos, ratones, hormigas y lagartijas. Los Caribes, al saber que habían intentado de nuevo los Jesuitas fundar Misiones, sin más amparo que su fe, sacrificaron otro misionero que andaba por aquellos desiertos con un capitán Español y dos tiernos niños. A todos cuatro les asesinaron cruelmente, pagando esos inocentes con su sangre la que los Españoles habían derramado en la Conquista y después de ella.

Otro de estos sublimes soldado de Cristo, el Padre Cavarete, se internó por esas montañas, solo, en busca de almas que convertir al cristianismo. Le citan los historiadores de aquellas Misiones, Cassani y Gumilla. Este último dice, hablando de él: " Entró en Airico, 200 leguas de nuestras Misiones, á emplear su celo entre aquellas gentes; pero cuando reconoció la dureza y terquedad de ella, junto con incesantes riesgos de morir á sus manos, no tuvo forma de retirarse, por falta de guía para tal camino, por lo cual insistió nueve años en su empresa, bautizando sólo á los párvulos y a los adultos en artículo de muerte. Pasado este tiempo tuvo oportunidad de volver á sus antiguas Misiones; pero yá para entonces no le había quedado otra ropa que una manta raída y destrozada de las que usaban los Indios del Nuevo Reino Con este vestido, que apenas alcanzaba á cubrir su desnudez, después de grandes jornadas, fatigas y continuas hambres, por que sólo de frutas y raíces se mantenía, dió vista a una cabaña del territorio de Santiago de las Atalayas. Luégo que los dueños vieron aquellos bultos, y con arco y flechas al Indio que guiaba al Padre, creyeron que eran espías de los bárbaros Guahibos, que solían robar y quemar las casas distantes de las ciudades. Salieron al punto con las escopetas, y les hubieran muerto de no haber gritado el Padre,

-Mire que somos cristianos!

No podemos cansarnos de admirar á aquellos hombres tan santos, y cuyos nombres son dignos de que se conserven en la memoria de nuestros hijos Estos misioneros son verdaderos héroes, cuyo ejemplo seria provechosísimo entre nosotros, en donde olvidamos todo lo bueno y sólo sabemos alabar lo que brilla, y es ruidoso: las armas, las charreteras, las victorias y el fragor de las batallas; y rara vez nos acordamos de los que han ofrendado su vida por el amor de Dios y el bien de la Humanidad.

 

(1 )
Aunque no citaremos los nombres particularmente, cada vez que se ofrezca, de los autores que hemos consultado, hé aquí la lista de los principales que nos han servido de basé: Cantú, “ Historia Universal ;" Groot, “Historia Eclesiástica;" Vergara, "Historia de la Literatura;" Gumilla, "El Orinoco Ilustrado;" Cassani, "Historia de la Provincia de la Compañía de J esús;" “Chronologie Historique de l’Amérique;" .D'Orbigny, "Voyage dans l’Amérique Méridionale; " Crétineau-Joly, "Historia de la Compañía de Jesús;"' el Padre J. Fernández, "Apostólica vida del venerable Padre Pedro Claver; " Longano degli Oddi, “Vita del Venerabil servo de Dio P. Pietro Claver: " Fleuriau, " La vie du vénerable Père P. Claver;" J.J. Borda, "Historia de la Compañía de Jesús en la Nueva Granada.”
(2 )
San Ignacio fué nombrado General de la Compañía de Jesús el 22 de Abril de 1541, pero yá la orden había sido aprobada por el Papa Paulo III, en 1540.
(3 )
Las Misiones del Paraguay que fundaron los Jesuitas son realmente maravillosas. Desde el principio de la llegada de los Europeos á, aquellas regiones, habían procurado reducir á las innumerables tribus indígenas que las habitaban. Un franciscano había logrado convertir á gran número de Guaraníes; pero los demás, feroces é indomables indígenas, estaban resistidos á aceptar una civilización que el Gobierno español no acertaba á presentar, sino bajo un aspecto repugnante para los salvajes; y así la propagación del Cristianismo entre los Paraguayos andaba muy lentamente. En 1583 algunos Jesuitas emprendieron aquellas Misiones, y no se había terminado el siglo cuando yá la Compañía de Jesús tenía establecida, en un inmenso litoral, una República cristiana más artística, civilizada y afortunada que todas las demás colonias de América. El Padre Charlevoix dice, hablando de ella: “Fundada en el centro de la barbarie más feroz, ha presentado un ejemplo más perfecto que el ideado por Platón, el canciller Bacón y el ilustre autor de Telémaco, y cuyos jefes la cimentaron con su propia sangre y grandes fatigas” Los Jesuitas abolieron las encomiendas, y no solamente convirtieron á aquellas tribus feroces, sino que sus Misiones han sido citadas como el modelo más perfecto en su género, desde Voltaire mismo hasta muchos modernos enemigos del Cristianismo. Don Pedro Fajardo, Obispo de Buenos-Aires, escribía al Rey de España (dice Crétineau-Joly) : “No creo que en esos establecimientos se cometa un solo pecado mortal por año.” Aunque tal vez en aquellas palabras haya exageración, diremos que M. D'Orbigny, que visitó las Misiones en 1831, se sorprendió al ver el adelantamiento y la civilización que habían reinado en esos lugares en tiempo de los Jesuitas. “Los ancianos, dice, recordaban con dolor la expulsión de los Misioneros. ‘¡Ellos, exclamaban, nos hicieron cristianos; ellos nos hicieron conocer á Dios. y con ellos fuimos felices!” El mismo Viajero añade más lejos ( Viaje á la América meridional, tomo II, página 618): "A la vista de cada nueva Misión, me sorprendía verdaderamente pensando cómo habían sido fabricados esos monumentos por hombres casi salvajes, bajo la dirección de los Jesuitas. No me cansaba de admirar los progresos increíbles que esta orden había obtenido en tan poco tiempo. Sobre todo en San-Rafael, los talleres y los objetos que se trabajan, tanto en muebles como en obras de herrería y de tejidos, son de tal suerte perfectos, como no los había visto en las ciudades más civilizadas de Bolivia. ¡Y todo eso había sido enseñado por los Jesuitas! " Además, en la época de las Misiones no se veía nunca un hombre ebrio, y no se conocían ni los crímenes ni los vicios en aquel gobierno. Desgraciadamente los Jesuitas se volvieron comerciantes para ayudar á los gastos de la Misión, y los émulos en ese ramo empezaron á manifestar al Gobierno español que una obra tan estupenda como la que llevaban á cabo, era un mal para la supremacía del Rey. Esta consideración y la mella que hacían las ideas anticatólicas que cundieron en el siglo XVIII en toda Europa, influyeron en Carlos III para que desterrase de todos los territorios españoles á los Jesuitas. Por supuesto que las Misiones del Paraguay, así como las de todo el mundo, se vinieron abajo, y creyendo obrar en nombre del progreso, la civilización dió un paso atrás. De 300,000 indígenas civilizados que dejaron los Jesuitas en el Paraguay, en 1821 apenas quedaban 3, 000 en las Reducciones, y éstos seguían á toda priesa por la vía de la corrupción y de los vicios que habían causado la pérdida de los demás.
(4 )
En 1606 había penetrado hasta sus bosques, á orillas del Meta, el capitán Alonso Jiménez. Salieron á recibirle 4,000 Achagas con la mayor afabilidad, Les hizo fundar iglesia y les prometió tratarles bien; pero un día dió á sus soldados orden de prenderles en la misma iglesia, y con sogas y colleras les sacó de sus tierras para venderles á los hacendados. La mayor parte de los cautivos murieron de susto y de rabia; los demás se internaron en sus bosques, llevando el recuerdo indeleble de aquella ferocidad. “Quedó tan horrorizada esta nación, dice el padre Rivero, con la invasión pasada, que yá no se fiaba, como antes, de los que miraba desde ese tiempo, no como si fueran hombres, sino como á monstruos del abismo, nacidos para su mal y destrucción del mundo, cuya noticia y hostilidades habían volado y extendido hasta lo más remoto." (LOS JESUITAS EN LA NUEVA GRANADA, por J. J. Borda.)
(5 )
Véase Cassani, HISTORIA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN EL NUEVO REINO DE GRANADA-Capítulo XX.
(6 )
Dice M. Alcides d 'Orbigny que en el Paraguay, una vez que fueron desterrados los Jesuitas de las Misiones, los Indios morían por centenares, porque nadie se tomaba la pena de cuidarles cuando enfermaban.
(7 )
Humboldt refiere que cuando visitó el Orinoco, yá los Caribes habían olvidado su gusto por la carne humana.
(8 )
De los tres mártires, Beck, Fiol y Teobast, era el segundo Español, y los otros, Flamenco el uno y Alemán el otro. Según el Padre Cassani todos tres eran hombres de buena familia, y el último erudito teólogo y profesor de literatura, muy útil en las cátedras del colegio de Santafé Todos habían pedido con instancia que les enviasen á las Misiones, pues deseaban padecer por la fe de Cristo
*
Orinoco ilustrado.

 

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