VASCO NUÑEZ DE BALBOA

 

I

 

Balboa, como, Nicuesa, como Ojeda, como Cortés, Ponce de León y otros descubridores pertenecía á III clase de caballeros aventureros que no sólo buscaban oro, sino también gloria y honores. N o eran soldados oscuros como los Pizarros, Almagros y Belalcázares, que habían salido de las últimas capas sociales, pero cuyo valor, audacia y un dón de mando particular les levantaron al primer puesto entre los conquistadores del Nuevo Mundo.

Habiendo nacido Vasco Núñez en Jerez de los Caballeros, había pasado sus primeros años en la casa de don Pedro Portocarrero, señor de Moguer, en calidad de paje, aprendiendo prácticamente cuanto necesitaba saber un hidalgo de aquella época.

No se sabe a punto fijo el año de su nacimiento; pero se cree que estaría aún muy joven cuando se enganchó con Rodrigo de Bastidas en su expedición por las costas de Tierra-Firme, en 1501, descubriendo en su compañía las tierras que demoran entre el cabo de La Vela y el golfo de Urabá.

Sin duda con las ganancias de aquella expedición compró una posesión en la Española, en donde le encontramos años después establecido y ocupado en negocios agrícolas, en la vecindad de la ciudad de Salvatierra. Pero el carácter de Balboa no era propio para semejantes negocios; los hizo tan malos, que perdió cuanto había ganado en sus excursiones marítimas, y lleno de cuitas y deudas resolvió abandonar la agricultura y tentar fortuna en otra parte.

Tuvo en 1511 noticia dela armada que preparaba el bachiller Enciso para ir a socorrer á Ojeda en el golfo de Urabá, y se propuso fugarse de la Española sin ser visto de sus acreedores que le acosaban, Temiendo que Enciso no quisiese recibirlo ocultamente,

metiose en una pipa vacía, que hizo trasladar a una de las embarcaciones del Bachiller con el resto de los víveres, y no se dió á conocer sino cuando la armada estaba en alta mar. Disgustado y sorprendido Enciso, quiso dejarle abandonado en una isla desierta, pero cautivóle el aire marcial y gallardo del joven, que además había visitado yá aquellas costas y podía serle muy útil en su expedición, y no solamente le perdonó, sino que le dio, un empleo.

Al llegar á Cartagena la armada de Enciso, se encontró con Francisco Pizarro y sus compañeros. Estos refirieron que, habiendo trascurrido los cincuenta días que Ojeda les había dado de plazo para regresar con recursos á San-Sebastián de Urabá había resuelto abandonar la colonia; pero viendo que todos no cabían en los dos miserables barcos que les habían dejado, aguardaron á que las enfermedades y las flechas de los indígenas redujeran el número de aquellos infelices. Así sucedió; á los pocos días habían muerto tántos, que los restantes cupieron fácilmente en las carabelas. Una vez embarcados, el mar se encargó de disminuir á la mitad á los colonos, porque á la salida del golfo de Urabá Una de las carabelas se fue a pique y se hundió con toda la tripulación, sin que se pudiese salvar ninguno.

¡Qué suerte tan negra la de todos los descubridores de nuestras costas! .Si los indígenas que ellos asaltaron, robaron y destruyeron en gran parte, hubieran tenido en su poder el vengarse de los invasores, jamás idearan tormentos más crueles que los que sufrieron de manos de la Providencia, Durante todo el primer siglo de la conquista de nuestras costas, aquellas playas inhospitalarias blanqueaban literalmente con los huesos de los Españoles muertos allí de diferentes maneras!. (1*)

Enciso persuadió á Pizarro y á los suyos á que, ya con armas y recursos, se devolviesen á San-Sebastián á aguardar á Ojeda, cuya suerte se ignoraba.

De paso por frente á la desembocadura del rio Zenú, Enciso detuvo sus embarcaciones con el objeto de explorar el país, en donde tenía noticia de que los sepulcros encerraban grandes riquezas y que en los torrentes se pescaba el oro en redes. (2*) Saliéronle á recibir los dueños de la tierra con aparato guerrero, y como; Enciso, cumpliendo con las órdenes del Rey les hizo leer el requerimiento del cual hemos hablado en la vida de Ojeda, ellos escucharon atentamente; pero, según lo dice el mismo Enciso en su Suma de Geografía, respondiéronle : " que en lo que decía que no había sino un Dios, y que éste gobernaba el cielo y la tierra, y que era Señor de todo, que les parecía que así debía de ser; pero que en lo que decía que el Papa era señor de todo el universo en lugar de Dios, y que él había fecho merced de aquella tierra al Rey de Castilla, dijeron que el Papa debía de estar borracho cuando lo fizo, pues daba lo que no era suyo, y que el Rey que pedía y tomaba tal merced, debía de ser algún loco, pues pedía lo que era de otros, y muy atrevido, puesto que amenazaba á quienes no conocía." Además, ofrecieron matar á los que se atreviesen á atacarles. Enciso que, aunque letrado, no era cobarde, no tuvo inconveniente en declarar la guerra á aquellos indígenas, que se defendieron con tanto denuedo, que mataron á dos Españoles; por lo que los demás resolvieron embarcarse y no perder el tiempo y la vida en una empresa que parecía tan difícil por entonces.

A la entrada del golfo de Urabá y al doblar la punta de Carivana, naufragó uno de los barcos, que iba repleto de provisiones; armas y bagajes, y aunque no se perdió ninguna vida humana perecieron los cabállos, yeguas y cerdos que llevaban paro la colonia. Llegando al pueblo fundado por Ojeda y abandonado por Pizarro, encontráronlo completamente destruído por los indígenas, lo cual afligió sobremanera á los recién llegados; pero Balboa ofreció entonces conducirles á un paraje que él había visitado con Rodrigo de Bastidas diez años antes, sitio fértil, de deleitable clima y habitado por indígenas que, si no eran mansos, al menos no usaban flechas envenenadas, cosa que era el terror de los Españoles.

A pesar de que Enciso sabía muy bien que todas las tierras que demoraban al otro lado del golfo pertenecían á la Gobernación de Nicuesa, en semejante aprieto, en que les amenazaba el hambre, y tal vez una muerte segura, no tuvo empacho en pasar al otro lado en busca de la salvación.

Resolvieron, pues, embarcarse en las dos desvencijadas naves, y continuando por toda la orilla del golfo, detenerse en el sitio conocido por Balboa. A su izquierda, las costas anegadizas cerca del golfo se levantaban poco á poco en el interior de la tierra, formando colinas cubiertas de montaña espesa en unas partes, y en otras, donde el terreno era menos blando, veíanse aldeas indígenas, cuyos habitantes salían á mirar las embarcaciones europeas con aspecto y señales de guerra. Así pasaron por frente á un puerto bien abrigado llamado hoy Pisisí, en donde existe una aldea miserable, tal vez más pobre hoy día que en tiempo de la conquista. Atravesando el semicírculo que forma el seno del golfo, á poco andar empezaron á encontrar los diferentes caños o bocas del río Atrato o Darién. Aquel punto es un pantano peligroso, cubierto de altísimas yerbas acuáticas que crecen mucho, y poblado de una exuberante multitud de animales de toda especie, desde el caimán hasta las enormes arañas peludas; todo aquel reino animal era enemigo del hombre. Ha- biendo pasado por frente de las quince bocas del río Atrato, al fin llegaron á un sitio que les pareció cultivado y poco anegadizo, el cual dijo Balboa era el que él conocía. A alguna distancia en la tierra adentro, cerca del río, vieron una aldea indígena bien poblada. Enciso atacó á los naturales, que se defendieron bien, pero les venció é hizo huir á los vecinos bosques; en seguida tomó posesión de la tierra solemnemente, bautizando la futura población con el nombre de la Virgen que se venera en Sevilla, Santa- María de la Antigua, como lo había ofrecido antes de librar batalla á los indígenas. Aquella población fué la primera fundada en Colombia, que subsistió algún tiempo y que tuvo visos de ciudad civilizada; pero que yá no existe, por haber tenido que abandonarla los Españoles, pocos, años después de haberla poblado, siendo el sitio por extremo insalubre.

El buen éxito que tuvo la indicación de Balboa ,y lo bien que se encontraron los Españoles en un lugar en que hallaron abundantes comidas, dieron suma importancia á su descubridor entre sus compatriotas. Además, Balboa era valiente, audaz, alegre, decidor franco con sus compañeros de armas, bondadoso con sus inferiores, cortes con sus superiores, humano con los naturales, como pocos conquistadores de la época, generoso, nada codicioso de oro, sino ambicioso de mando y de glorias, aunque esto último lo ocultaba; pero

preparaba el terreno para lo porvenir, ejerciendo una grande influencia entre los soldados de, Enciso ,y volviéndose muy popular con la generosidad que manifestaba en los repartos del botín.

Enciso era, al contrarió, muy poco querido entre los suyos. Nada flexible en sus opiniones, era aficionado á disputar, como todo hombre de leyes; rígido hasta el exceso, tenia todas las manías dé un escribano viejo y toda la codicia del que había abandonado la vida tranquila por buscar aventuras que lo proporcionasen el oro suficiente para volver á la existencia pacifica. No hay duda que Balboa explotó aquellos defectos con suma destreza y habilidad diplomática (que la tenia en alto grado) para hacer odioso á su rival, pues, él aspiraba a apoderarse del gobierno de la colonia.

Una vez preparados los ánimos coma lo deseaba, Balboa atacó al Alcalde Mayor en su mismo terreno, en el de las leyes, diciendo que no tenia jurisdicción ninguna en la colonia, porque la nueva ciudad no se encontraba: en el territorio señalado á Ojeda, que era del otro, lado del golfo, y que aquélla estaba en la Castilla de Oro, la cual pertenecía á Nicuesa. Convocó una junta de todos los principales colonos; y expuestas sus ideas, pidió que se depusiese á Enciso como á un usurpador. Descontentos como estaban todos casi unánimemente se acordó que le sería notificada su separación del gobierno al Alcalde Mayor, lo cual hicieron tumultuosamente profiriendo palabras descorteses y proclamando que en adelante no le considerarían como á su Gobernador. Aquél fué el primer motín popular que aconteció en el Istmo de Panamá, costumbre que desgraciadamente, al cabo de siglos, ha sido muchas veces continuada.

 

II

 

Depuesto Enciso, los colonos de la Antigua no sabían á quién poner en su lugar; algunos estaban en favor de un Samudio, otros en el de Balboa, y mientras no resolvían cuál de los dos había de obtener el mando supremo, eligieron Alcaldes en compañía á los dos émulos.

De esta manera duraron viviendo un año, edificando entre tanto casas, una fortaleza y una iglesia, y haciendo de cuando en cuando entradas al interior de la tierra, á la busca de alimentos y oro, que se repartían entre sí equitativamente, apartando el quinto para el Rey con suma religiosidad.

Empezaba el año de 1511, cuando una mañana los colonos oyeron cañonazos del otro lado del golfo; contestaron por el mismo medio, y poco después vieron arribar dos carabelas bien abastecidas de víveres, al mando de un Rodrigo de Colmenares que andaba en solicitud de Nicuesa; otros dicen que por abastecer á Ojeda.

"Nunca, dice Gomara, españoles se abrazaron con tántas lágrimas de placer como éstos; unos por hallar, otros por ser hallados. Recreáronse con la carne, pan y vino que las naves llevaban, y vistiéronse aquellos trabajados Españoles, que traían andrajos, y renovaron las armas."

Durante los primeros años de la conquista, los Españoles no podían enseñarse á las comidas de los naturales, y si no tenían efectos europeos se creían muertos de hambre, aunque abundasen los del país; tanto más cuanto las producciones de la tierra escaseban; y sin duda entonces, como ahora, las frutas les procuraban fiebres malignas é intermitentes que á tantos han causado la muerte.

Aconsejados los colonos por Colmenares, -quien parece haber sido hombre amante de la paz y del buen gobierno,-consiguió que llamasen á Nicuesa á que gobernase la Antigua, y él se encargó con gusto del mensaje ante el legítimo Jefe de la colonia, Pero este arreglo no convenía de ninguna manera á Enciso, que deseaba recuperar el mando, ni á Balboa, que ambicionaba gobernar solo; así fué que se hallaron en armonía para hacerle la guerra á Nicuesa, ayudados por los enemigos personales del infeliz Descubridor. No cesaban de intrigar unos y otros para que rechazasen al mismo á quien habían mandado llamar; pero no sabían cómo eludirle, cuando se le ocurrió á Balboa que lo mejor que se podía hacer en aquellas circunstancias era impedirle que desembarcara. Así sucedió: salió todo el pueblo á prohibir á Nicuesa que tomara tierra en la Antigua, pero obraron con tanta crueldad, que Balboa que, como hemos dicho, era humano y de bondadoso corazón, comprendió que el manejo con el legítimo Gobernador de Castilla de Oro era demasiado duro, y trató de interceder por él, pesándole en el alma haber levantado la tempestad. Pero una vez azuzada; la furia popular, no hay quien la enfrene, y sucedió como sucede siempre, que le amenazaron á él mismo con su cólera si continuaba abogando a favor de Nicuesa. Fuéle preciso estarse quieto mientras que el desdichado se hacía á la vela y desaparecía para siempre en el horizonte.

A pesar de este acontecimiento, Balboa no perdió su prestigio entre los suyos, y á poco logró que le reconocieran como jefe de la colonia, mientras que el Bachiller Enciso se embarcaba (sin duda en el bergantín de Colmenares) en vía para España, con el objeto de irse á quejar en la Corte de la conducta de Balboa.

Pero Vasco Núñez no estaba aún contento; temía al partido que había apoyado á Samudio; y deseaba sacar á éste á todo trance de la colonia, así como á otro competidor que había tenido,-un tal Valdivia,- por lo cual mandó al primero á España á que le defendiera el pleito que intentaba Enciso, y á Valdivia á la Española á que contratase soldados y provisiones para la Gobernación. (3*) Además, Samudio llevaba todo los poderes de Balboa para que contratase en la Corte su nombramiento de Gobernador del Darién, y una fuerte suma para Miguel de Pasamonte, Tesorero en la Española, con el objeto de que ejerciera su influencia con el Rey para que le diera lo que pedía. Todos estos manejos diplomáticos y la facilidad con que gobernaba á las gentes, probaban que Balboa era hombre notable é importante y que había nacido con el dón del mando.

Entre tanto que se aclaraba su posición usurpada en aquella Gobernación, Balboa, que sabía cuán perniciosa era la ociosidad, se preparó al mismo tiempo á ganar méritos con nuevas conquistas. La primera expedición que emprendió fué al territorio del cacique Careta, que tenía fama de poseer grandes sementeras y súbditos consagrados a la labor de los campos. Ganóse la, buena voluntad de aquel cacique, el cual ofreció suministrar los víveres suficientes para la colonia, si Balboa le ayudaba á derrotar á otro Cacique, su enemigo; en prueba de su sinceridad le entregó una hija suya para que francamente la tomase por esposa, la que Balboa aceptó. Ambos cumplieron religiosamente lo pactado, y siempre vivieron en buena armonía.

En otra expedición que hizo nuestro descubridor á las tierras del cacique Comagre, en el interior del Istmo, encontró que aquel indígena era el más civilizado de cuantos había visto hasta entonces: dentro de su cercado tenía casas de madera bastante cómodas, y sus súbditos fabricaban bellas telas de algodón; más lo que pareció todavía mejor que todo á los Españoles fué que se adornaban con joyuelas de oro fino, y regalaron á los invasores una gran cantidad de ellas. Estando en aquella aldea indígena el hijo del cacique, mozo inteligente y animoso, dijo á Balboa que en las orillas de otro mar, que demoraba al Sur de sus Estados, había muchísimo oro y perlas, y que sus habitantes andaban vestidos como los Españoles y navegaban en barcos con velas: aquella fué la, primera noticia que tuvo Balboa del Océano Pacífico, y desde ese momento se abrieron nuevos horizontes á su elevada ambición. Inmediatamente se volvió Balboa á la Antigua á comunicar á España aquella sorprendente noticia, y pedir hombres y recursos para ir á la busca de ese mar desconocido, en cuyas riberas, al parecer, vivían poblaciones ricas y civilizadas.

Mientras que le llegaban los recursos necesarios para emprender el gran descubrimiento del mar del Sur, acometio Balboa la exploración de las márgenes del río Atrato, con el objeto de ir en persecución de los tesoros de Dobaiba, que tenían gran fama entre los indígenas, pero que jamás hallaron los Españoles. Balboa recorrió la tierra por varias bocas del Atrato hasta un punto llamado Murindó, venciendo á cuantas tribus indígenas le trataron de impedir el paso. Aterrados los naturales con la audacia de los invasores, resolvieron reunirse las principales tribus para hacerles parecer á todos, antes de que se internaran más en sus selvas, y urdieron una conspiración con el objeto de dar un golpe sobre el campamento español y sacrificarles á todos sin dejar uno.

Pero la suerte estaba echada: había sonado la hora postrera del dominio de la raza indígena en el Nuevo Mundo, y resultó que del seno de los mismos aborígenes debía levantarse quien salvara á los Españoles. Sucedió que una mujer indígena que había cautivado Balboa tuvo noticia del proyecto sanguinario que maduraban sus compatriotas, y no pudiendo resistir al deseo de salvar á su amo, le reveló con todos sus pormenores el secreto que le había sido confiado. Balboa marchó al punto hasta el centro del campamento enemigo, sorprendiendo á los indios descuidados, apresó á los Jefes é hízoles ahorcar para escarmiento de los demás. Aquellos naturales, que hubieran podido sacrificar al puñado de aventureros en un momento, se espantaron tánto con el arrojo de Balboa, que, llenos de supersticioso pavor, se inclinaron ante una suerte inevitable y huyeron á ocultarse en el fondo de sus bosques.

Algunos historiadores han improbado duramente este hecho de Balboa, quizá el único sanguinario que se encuentra en su vida; pero es preciso comprender la situación del Jefe español, rodeado de enemigos á punto de levantarse contra la colonia, que hubieran destruido, y reflexionar que era indispensable matar o ser muerto por ellos: el instinto de la conservación es más poderoso que todo en un caso semejante.

 

III

 

De regreso á la Antigua, Balboa tuvo noticia de que el Gobierno español, instigado por las quejas elevadas contra él por el Bachiller Enciso, tenia intención de enviar otro Gobernador en su lugar; además, la inacción entre los soldados causaba mil males, por lo que resolvió, sin aguardar los recursos pedidos, emprender marcha sin demora en busca del mar del Sur y de las riquezas que allí se encontraban. Era tal el denuedo ó valor audaz que le distinguía, y veíase acompañado de tantos que tenían su mismo carácter osado y temple de hierro, que no titubeó en su propósito, De otra parte, acaso pensaría que lo más que podría sucederle era morir en demanda de una gloria segura, y entre ser removido de su empleo ó rendir la vida en la lucha, era mejor buscar la fortuna en el peligro, la que tal vez le seguiría sonriendo como hasta entonces en todo lo que había acometido.

Dejando el país pacificado y en la ciudad los enfermos y menos aptos para la guerra, Balboa escogió ciento noventa hombres entre los más robustos y prácticos en la tierra, los cuales iban acompañados de una docena de perros adiestrados en la cacería de indios, que causaban más espanto á los naturales que las armas de los Españoles.(4*)

Después de haber atravesado por enmedio de sierras fragosísimas y caminado durante veinticinco días por diversos climas, librando combates á los indígenas que les salían al encuentro, nuestros descubridores llegaron el 25 de Septiembre de 1513 á una alta cima, de donde Balboa por primera vez pudo contemplar el Océano Pacífico. “Un poco antes de llegar arriba, dice el cronista Gomara, mandó parar su escuadrón y corrió á lo alto. Miró hacia el Mediodía, vió la mar, y en viéndola arrodillóse en tierra y alabó al Señor que le hacía tal merced." Después de alabar todos juntos á Dios, los Españoles erigieron en aquel punto un monumento de piedras amontonadas, y sobre 'éste levantaron una cruz hecha de madera bruta, la primera señal del cristiano que vió aquel mar, ó al menos la primera que sabemos históricamente fué levantada en esas soledades del Nuevo Mundo.

Pero no bastaba ver, el mar: era preciso tomar posesión de él, lo cual hizo Balboa cuatro días después, bajando por la opuesta serranía hacia el golfo de San Miguel. En un lugar llamado Yaviza, se entró en las aguas con la espada desenvainada y tomó posesión del mar, en nombre del Rey de España y de su hija doña Juana. Era el 29 de Septiembre, y por eso llamó el golfo por el Santo del día.

Después de haber sometido á varios caciques de aquellas comarcas y hecho acopio de oro y perlas que abundaban en las islas de todo el litoral, Balboa regresó triunfante y lleno de alegría á la Antigua, en donde le recibieron con señales de gran respeto y consideración, y celebraron regocijos públicos en su honor. A sí fué como aquel caballero aventurero, sin más protección que su talento, ni más títulos que su denuedo, supo ganarse la buena voluntad de sus compañeros de armas, que le obedecían sin dificultad, bien que entre ellos se hallaban algunos futuros conquistadores (como Pizarro), los cuales no se denegaban á considerale superior á ellos y se sujetaban dócilmente á su voluntad.

 

IV

 

Hasta aquella época la estrella de Balboa había ido subiendo sin cesar, hasta colocarse entre las constelaciones más brillantes del cielo de la fama; pero á poco empezó á menguar, hasta que se oscureció entera. mente, arrojando su último rayo sobre el patíbulo del héroe.

Apenas le fué posible despachar una embarcación con un mensajero para España, lo hizo Balboa, enviando al Rey al mismo tiempo oro y perlas preciosas de las ganadas en el mar del Sur, y pidiendo con instancia le enviasen el despacho de Adelantado y Gobernador .de las tierras que había descubierto. Desgraciadamente el mensajero llegó tarde á la Corte, y el Rey no solamente había nombrado yá Gobernador del Darién. (Como llamaron aquella colonia), sino que éste había partido algunos días antes de que llegase el comisionado de Balboa. Eran tan lentas las comunicaciones entonces á través del Atlántico, que en Abril de 1514, cuando salió de Cádiz don Pedro Arias Dávila, el nuevo Gobernador, aun no tenía noticia en España del descubrimiento del mar del Sur, acaecido el 25 de Septiembre del año anterior.

El Obispo de Burgos, don Juan Rodríguez Fonseca, fué siempre enemigo gratúito de Balboa, como lo había sido antes de Cristóbal Colón y lo fué luégo Hernán Cortés; y al mismo tiempo protegía á hombres como Bovadilla, el perseguidor de Colón, y Pedrarias (Pedro Arias), el cruel verdugo de Balbóa.

Empero, nuestro descubridor nada sabía de lo ocurrido, y con la paciencia característica del verdadero genio, aguardaba tranquilamente el resultado de su mensaje á la Corte, cuando una mañana del mes de junio le fueron á notificar que se hallaba en las aguas del golfo la escuadra del Gobernador nombrado por el Rey para que tomase á su cargo la colonia. Aunque Balboa se sintió herido hasta el fondo del alma con tamaña injusticia, no dejó conocer su indignación, y recibió al nuevo Gobernador sin mostrar disgusto, le hospedó en su casa con toda su comitiva, y al momento le entregó el mando, impidiendo que sus compañeros de armas manifestasen el natural descontento que sentían.

Entre tanto, Pedrarias, haciendo uso de las facultades concedidas por el Rey, y yá repleto de envidia y odio hacia Balboa, cuyos merecimientos no podía desconocer y le hacían sombra, mandó pregonar la residencia del Descubridor; y como los Jueces le encontraron inocente de todo cargo grave y criminoso, Pedrarias se enfureció sobremanera, mas tuvo que ponerle en libertad; aunque contra todo su deseo. Pero sucedió que todo fué tomar á su cargo la gobernación de la Antigna el protegido del Patriarca de las Indias, cuando los indígenas de los alrededores dejaron de llevar á la ciudad el producto de sus sementeras. Los naturales habían auxiliado con gusto al Jefe anterior, porque se manifestaba humano y considerado con ellos, mientras que los secuaces de Pedrarias les trataban mal, salteaban y robaban sus sementeras y aun tomaban algunos cautivos para esclavizarles.

N o había trascurrido un mes desde la llegada de Pedrarias, cuando la colonia, antes pacífica y floreciente, se hallaba hambreada y falta de recursos, y además, se había dividido en dos bandos: unos que tomaban la defensa de la conducta del nuevo Gobernador, y otros, partidarios de Balboa, que se quejaban amargamente de la situación en que se hallaban por culpa de la codicia de los recién llegados. No habla concluído el año de 1.514, y yá de los mil quinientos hombres que habían desembarcado con Pedrarias apenas quedaban setecientos, enfermos y quejosos. Entre los nuevos colonos había jóvenes hidalgos, vestidos de seda y adornados con plumas y joyas, que habían dejado sus comodidades en España para ir á buscar fortuna en el Nuevo Mundo, y que se dejaban morir literalmente de hambre por las calles de la Antigua, ó se ocultaban en algún rincón para fallecer de fiebre, sin que hubiese tiempo de auxiliarles.

Pero en aquellos afanes y angustias, Pedrarias sólo pensaba en que su rival debería burlarse de él, por su inexperiencia y mal manejo de la cosa pública, y crecían su odio y mala voluntad. Como quiera que Balboa le criticase ó no, lo cierto es que los cronistas de su tiempo le alaban por su prudencia, y aseguran que, al contrario, procuraba calmar los ánimos é impedir desórdenes. No pudiendo el Gobernador encontrar nada que poder castigar en Balboa, trataba de vengarse despreciando sus servicios y dejándole sin empleo en la colonia. Enviando á otros a hacer descubrimientos importantes por el Istmo, ideó un medio de sacar de enmedio á su rival, y fu mandarle con poca gente y mal pertrechada por las orillas del río Atrato, en donde sabía que los naturales eran feroces y numerosísimos.

Balboa, bién resuelto á evitar que le imputasen todo pensamiento de rebelión contra el poder del Gobernador, obedeció sus órdenes, aun cuando tenia el convencimiento de que el otro sólo ansiaba su pérdida. Su conducta en aquellas circunstancias es altamente notable, y prueba que poseía no sólo un carácter noble y levantado, sino también sentido diplomático. Desgraciadamente, como veremos después, olvidó el conocimiento que había adquirido de las malas cualidades de su enemigo, y descuidó su defensa, creyendo en la sinceridad de un pérfido.

De aquella expedición resultaron, como la había pensado Pedrarias, innumerables desventuras y grandes desastres. A poco de haber salido de la ciudad, los indígenas se aprovecharon de la situación angustiosa de Balboa, no sólo para derrotarle y matarle casi toda la gente que llevaba consigo, sino que también le hirieron grave, aunque no mortalmente. Pedrarias recibió la noticia con señales de alegría tan marcadas cuanto impropias de un hombre serio. Creía que si Balboa no moría, como él lo había deseado, al menos su honra como Capitán y su gloria quedarían oscurecidas con tan ignominioso rechazo.

Pero no siempre las previsiones del odio se cumplen. No sólo no murió Balboa de la herida, sino que su fama no sufrió absolutamente; todos comprendieron que la derrota había sido preparada por su enemigo, y al contrario, aquella incalificable injusticia del Gobernador hizo crecer el cariño y la admiración de los colonos por el descubridor del mar del Sur. De otra parte, la humanidad tiene propensión á amar más bien lo brillante y lo amable que lo antipático y desagradable. Balboa estaba entonces en todo el vigor de la edad varonil: no había cumplido treinta y ocho años; era gallardo, rubio, lleno de brío, generoso con los suyos, y "amigo de sus amigos," como el condestable Manrique; mientras que Pedrarias era un hombre de edad avanzada, de genio atrabiliario, pequeño, raquítico, egoísta y mal humorado con todos. ¿Sería raro que la mayoría estuviese más bien a favor del joven que del viejo? Además, abogaba por Balboa fray Juan de Quevedo, el primer Obispo de Tierra-Firme que había llegado á aquellas partes con Pedrarias: "religioso de mucha prudencia y piedad, dice Acosta, que trajo algunos eclesiásticos que, junto con el pastor, vinieron á ser testigos aunque no partícipes, de las violencias y rapiñas con que destruyeron aquellas tierras Pedrarias y sus oficiales”. Mas si Balboa gozaba de la popularidad del mayor número, Pedrarias, en compensación, tenia la fuerza, el prestigio que le daba el empleo, y se sabia que el Rey lo favorecía, lo cual bastaba para hacer callar al más intrépido colono.

Balboa, una vez repuesto de su herida, vagaba un día, sin ningún empleo, por la ciudad de la Antigua, cuando arribó un buque, directamente de España, llevando despachos para la Gobernación del Darién, y una carta del Rey dirigida á Balboa, en la que le felicitaba por su descubrimiento del mar del Sur y le nombraba Adelantado y Gobernador de las tierras descubiertas por él en las en las márgenes del mar del, Sur, con otras mercedes. Pero el Patriarca de las Indias, que, como hemos dicho, tenía mala voluntad á Balboa, logró que á aquellos favores les pusieran una traba: la necesidad de pedir permiso á Pédrarias para emprender expediciones á través de la nueva Gobernación.

Naturalmente Pedrarias se negó á permitir que su rival se hiciese cargo del empleo, y puso toda especie de impedimentos en su camino para que llevase á efecto ninguna expedición. Entonces el Obispo, que lamentaba las desavenencias que había en la Antigua, hizo un último esfuerzo para amistar á Pedrarias con Balboa, y lo consiguió, por medio de un matrimonio proyectado entre el descubridor del Pacífico y una hija que tenía Pedrarias en España, Como el envidioso Gobernador se resistiese á conceder la mano de su hija al hombre á quien tánto odiaba, el buen Obispo le ponderó la fama que yá tenía Balboa en España, lo cual tarde o temprano le procuraría nuevas glorias, que él, Pedrarias, no podría evitar; y entre tanto, le añadía, él estaba yá de bastante edad, y pronto necesitaría alguna persona de su confianza que le ayudase en sus propias empresas; ¿y quién mejor para el caso que un yerno como aquel ?

Una vez que se proclamó la unión y pacto de amistad concertado entre los dos rivales, todas las personas juiciosas de la colonia lo celebraron con regocijos públicos, muy contentos de que terminasen las asonadas y revueltas que continuamente turbaban la paz de la población. La Antigua fué almácigo en donde se hicieron á las armas muchos conquistadores de América, como Pizarro y Almagro, conquistadores del Perú y Chile, Belalcázar, uno de los descubridores y jefes militares más importantes del Nuevo Reino de Granada los futuros conquistadores de Centro-América, y muchos subalternos que sería largo señalar. Veíase allí también á hombres de talento y escritotes de historias como Gonzalo Hernández de Oviedo y Valdés, antiguo paje del príncipe Juan; nombrado Superintendente de las fundiciones Castilla de Oro.

 

V

 

Á pesar dé la amistad con que el concertado enlace de Balboa con la hija de Pedrarias debía unirles, el cruel Gobernador del Darién hacía cuanto estaba á su alcance para retardar la partida de su futuro yerno en su viaje de descubrimiento y conquista por las orillas del mar del Sur. Pero al fin tuvo que permitirle sacar ochenta hombres de la Antigua para proseguir en su expedición, con la condición de que antes de emprender viaje á través del Istmo fundara, en norobre de Pedrarias, una aldea en un sitio de la Costa llamado Acla, en donde yá estaba fundado un fuerte, y cuyo clima, se decía, era más sano que el de la Antigua; Balboa, sin murmurar ni negarse á ello, partió, como se lo mandaba su futuro suegro, á cumplir con su deseo. ¿En donde estaban situados aquel fuerte y aquella población y aquella que hablan los cronistas del tiempo? Ni aun siquiera se conoce á punto fijo dónde se halla el sitio que guarda las cenizas de Balboa. Según la relación de mando de don Antonio Caballero y Góngora, (5*) la ciudad de Acla estaba fundada cerca del río Sacareli (¿querría decir sasardi?); pero probablemente fue más bién en las cercanías de los ríos llamados hoy día Aclatomate y Aclasénica; entre el cabo Tiburón y golfo de San Blás, costas hoy día tan salvajes y abandonadas como antes de la conquista.

Como Balboa necesitase recursos para conseguir los enseres con qué fabricar las embarcaciones que debía labrar en el mar del Sur, varios habitantes del Darién le proporcionaron los fondos suficientes; y viendo que la madera propia para los barcos era mala y escasa del lado del Pacífico, resolvió hacer cortar y transportar á través del Istmo cuanta podía necesitar, en hombros de indios desdichados y de algunos negros recién importados de África. Por dos veces tuvo que hacer aquella penosísima operación, habiéndose ahogado en ana inundación la primera partida que logró transportar. Pero aquella gente no se desanimaba nunca, y con una paciencia y fortaleza que hoy día nos parecen maravillosas, no se daban por vencidos sino cuando la muerte les interrumpía la carrera.

Corría el año de 1517 cuando Balboa, dueño yá de dos carabelas que había logrado labrar y tripular, se hizo á la vela por primera vez en el mar del Sur, en solicitud de aquellas poderosas naciones de que tánto le habían hablado los indígenas. Pero no estaba dispuesto por la Providencia que este descubridor,  uno de los más estimables de cuantos vinieron al Nuevo Mundo, encontrase el Perú; así fué que apenas llegó á la Punta de Piñas (que dista 46 millas al Sur de la Punta Garachiné), el confín del golfo de San Miguel descubierto cerca de cuatro años antes, y de allí tuvo que devolverse, con intención de concluir las otras embarcaciones y en seguida emprender seriamente su viaje de descubrimiento.

Pero mientras tanto el pérfido y envidioso Pedrarias en ausencia del Obispo (que había regresado á España á dar cuenta al Rey de la situación de su grey), se había vuelto á dejar llevar por el odio que las glorias de Balboa le inspiraban. Este odio creció más y más cuando tuvo noticia del buen estado en que se hallaba la expedición de su futuro yerno, y resolvió poner fin á una existencia que tánta sombra le hacía. Pedrarias había abandonado casi por entero la Antigua y establecídose en Acla; de allí escribió á Balboa una carta, que éste recibió á poco de haberse devuelto de Punta de Piñas, diciéndole que deseaba darle algunas comunicaciones que no se atrevía á escribir por ser muy reservadas. Así, pues, suplicábale, con fingidas expresiones de cariño, que antes de emprender viaje pasase á verse con él y á recibir su abrazo de despedida.

Balboa, que había olvidado sus reyertas con Pedrarias, y cuyo noble corazón no podía abrigar sentimientos bajos, no titubeó un momento, y dejando recomendadas las embarcaciones que yá tenía listas para hacerse á la vela, se dirigió alegremente á Acla á ponerse a las ordenes del malvado Gobernador. Momentos antes de llegar á Acla se encontró con una escolta, comandada por su amigo y compañero Francisco Pizarro, quien le puso preso por orden del Gobernador; y no bien hubo llegado á la población, cuando le remacharon cadenas, acusándole como traidor, por haber tenido denuncia, dijo Pedrarias, de que Balboa intentaba independizarse del Rey de España, erigiéndose en soberano de las tierras que descubriese. Semejante acusación tan absurda en toda época y más aún en aquel tiempo, causaría risa, si no fuese tan doloroso el desenlace que tuvo.

Sorprendido Balboa, negó con indignación aquel fárrago de sandeces, y pidió que le enviasen á España ó á Santo Domingo, siquiera para que le juzgasen. Pero no convenía al miserable envidioso que le quería, perder, el que le juzgasen en otra parte, y apresuró los trámites de la causa, temeroso de que hubiese un motín en la población si aguardaba á que la gente volviera en sí de su sorpresa. Como el Alcalde Mayor, Gaspar de Espinosa, no se atreviese á condenarle, siendo los cargos vagos y traídos por los cabellos, Pedrarias le ordenó por escrito que le condenase á muerte, junto con tres infelices más, para fingir que la condenación de Balboa no era inspiración del odio, sino de la justicia, y que la conspiración del descubridor del mar del Sur tenía raíces en la colonia, que era preciso cortar con tiempo.

A pesar del dolor y el espanto que causó en Acla aquella inexplicable condenación, los colonos temían tanto á Pedrarias, cuyo carácter sanguinario les aterraba, que no se atrevieron a impedir aquel acto bárbaro, y vieron a Balboa subir al cadalso, Sin protestar. Cuando el pregonero, según la costumbre del tiempo, gritó, al sacarle á morir:

“Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro Señor, y Pedrarias, su lugarteniente, en su nombre, á este hombre, por traidor y usurpador de las tierras sujetas á su real corona;"

Balboa, indignado, no pudo contenerse y exclamó: “Es mentira! es falsedad ! lo atestiguo delante de Dios, ante quien voy a comparecer, y de los hombres que me escuchan! Deseo que todos los súbditos del Rey sean tan fieles como lo he sido yo!”

Inmediatamente después de aquellas palabras se cumplió la sentencia; le cortaron la cabeza en la plaza de Acla, y su cadáver quedó tirado allí hasta el día siguiente, sin que nadie osase levantarlo, de miedo de disgustar al miserable Gobernador, que se había gozado con el suplicio, oculto detrás de un cercado vecino. Vasco Núñez de Balboa perdió la vida; pero Pedrarias quedó manchado para siempre con aquella sangre inocente, y mientras dure la historia del Nuevo Mundo subsistirá la memoria de aquel hecho, que no purgó el criminal, en este mundo al menos, porque le protegía el Patriarca de las Indias, quien impidió fuese castigado.

 

(1*)
Véase Herrera,--Década XI-Lib: I.
(2*)
Algunos años después, el fundador y conquistador de Cartagena, don Pedro de Heredia, sacó grandes caudales de aquellas sepulturas de que habían hablado á Enciso los intérpretes.
(3*)
Curioso es lo que aconteció al mismo Valdivia en un viaje subsiguiente. Refieren los cronistas que habiéndose dado á la vela en 1511, en tiempo borrascoso, fué acometido en las cercanías de Jamaica por un terrible huracán; su embarcación se hizo pedazos, pero él se pudo salvar en una lancha con sus veinte compañeros. Durante trece día permanecieron navegando sin rumbo ni alimentos ningunos por aquellos mares hasta que pudieron arribar los que quedaban vivos, que eran unos catorce, a las costas de Yucatán. Allí fueron apresados por los naturales, que les llevaron á su cacique, quien les tuvo encerrados, pero les daba alimentos en abundancia, como que á poco los indios notaron que engordaban á ojos vistas. Apenas Valdivia y cuatro más estuvieron en buenas carnes, cuando les sacaron á sacrificarles á los ídolos, y sirvieron después para el opíparo banquete del cacique. Horrorizados los demás Españoles, rehusaron comer, á fin de permanecer flacos, y al cabo pudieron escaparse, sufriendo mil penalidades. Siete años después, en 1519, yendo Hernán Cortés para Méjico, uno de estos desgraciados, llamado Gerónimo de Aguilar, logró escaparse de la tribu en que permanecía como esclavo y reunirse á los Españoles, lamentando que un compañero Gonzalo Guerrero, el único que había que dado vivo, rehusara volverá tierra de cristianos, pues prefirió vivir entre los indios, más bien que presentarse á sus compatriotas, desfigurado con pintura indeleble el rostro, horadadas las narices y picadas las orejas, y también porque tenía mujer e hijos entre los salvajes.
(4*)
Entre los perros que fueron en aquella expedición, el más conocido era el de Balboa, llamado "Leoncico," hijo de otro, "Becerro," que hizo muchas proezas cruelísimas con los Indios de las Antillas. Los dueños de los perros recibian una parte del botín, en recompensa de los servicios que prestaban aquellos animales en los combates con los indígenas
(5*)
Citada en la “Historia Eclesiástica” de don José Manuel Groot.
 
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