AMBROSIO DE ALFINGER.

 

I

 

Descubiertas las costas de Venezuela desde el fin del siglo xv; no habian sido exploradas con cuidado, porque se tenía noticia de que en ellas no se encontraba oro, único cebo que llamaba la atención de los descubridores. Pero si no halagaban aquellos territorios por su riqueza, los visitaban los piratas con frecuencia para saltear las poblaciones indígenas y llevar grande acopio de cautivos, que vendían como esclavos en las Antillas.

En 1527 un buen hombre llamado Juan de Ampués, había tratado de fundar una población española en un sitio que llamó Santa Ana de Coro, que aun subsiste. Enviado por la Audiencia de Santo Domingo para que procurase amparar a las tribus indígenas perseguidas por los salteadores, cumplió con su deber religiosamente. Por desgracia, apenas tenía un año de vida la iniciada colonia, cuando el Emperador Carlos V tuvo á bién sacar fruto de ella para llenar sus arcas reales, vaciadas por las guerras que sostenía contra la mayor parte de los reyes europeos. Con el objeto de conseguir el dinero sonante que ofrecía una compañía de ricos comerciantes flamencos (1os Rothschild del siglo XVI), cedió á éstos, como feudo de la corona, todo el territorio de Venezuela, desde el Cabo de la Vela hasta Maracapana; con derecho á conquistar en la tierra adentro, y con la condición de fundar dos ciudades y tres fortalezas bajo el mando de un Gobernador ó Adelantado; que nombraría la compañía que llamaban de los We1zares ó Belzares, de Ausburgo.

En cambio de todo esto se daba permiso al que nombrasen Adelantado para recorrer el país á su antojo y sacar el quilo á los infelices naturales.

El primer Adelantado que nombraron los Belsares se llamaba Ambrosio Alfinger, el cual llegó á Coro á fines de 1528. El apellido de este hombre no era, sin embargo, Alfinger,. y Castellanos dice que Míser Ambrosio era natural de Alfinger, Una ciudad alemana. ¿Cuál es esa ciudad de Alemania? No hemos podido descubrir ninguna que lleve un nombre que se lo parezca siquiera. Pero si no sabemos en dónde nació realmente, ni cuál era su verdadero apellido, el mismo cronista dice que vivía en la isla Española, en calidad de factor de la compañía Belzar, y que cuando pasó á Coro yá tenía experiencia de los trabajos que se pasaban en las tierras del Nuevo Mundo. (1 )

Alfinger traía para atender a sus expediciones descubridoras unos 400 infantes y 80 de caballería, todos hombres de nacimiento español, según las Órdenes del Rey, pero por sn segundo llevaba otro alemán llamado Bartolome Sailler. Apenas se hizo cargo el Adelantado del Gobierno, cuando se apresuró a recorrer el país, deseoso de no perder tiempo y reembolzar lo más presto posible lo que había entregado al Emperador la Compañía. Sabiendo que los habitantes más ricos eran los de las orillas del magnífico lago de Maracaibo, país que Ojeda había bautizado con el nombre de San Bartolomé y los aborígenes llamaban Coquibacoa, resolvió empezar sus correrías por aquel lado, mandando labrar varias embarcaciones propias para navegar por las aguas del lago. (2 )

Bajo el dominio de Alfinger, capitanes y soldados todos tenían facultad cumplida de saltear y robar á su sabor, asolando el país, quemando caseríos, y cautivando cada cual para sí á los míseros indígenas que enviaban á vender como esclavos á las Antillas. De aquel botín daban una parte al Adelantado y otra guardaban para ser entregada después á la Compañía alemana.

Volvióse el Adelantado á Coro en 1530, a rehacerse y preparar una nueva expedición por el lado de occidente, la cual en breve aparejó, llevando baquianos ó expertos que conocían la lengua de los indígenas de aquellas partes. El idioma de todas las tribus de aquel litoral era casi el mismo (el cumanagoto), y aunque cada caserío tenía palabras diferentes, se conocía que el tronco había sido uno sólo, y bastaba conocer una lengua de aquéllas para entenderlas todas. Entre los baquianos que acompañaban á Alfinger se cuentan muchos de los que después se hicieron notables en la conquista del Nuevo Reino de Granada y cuyas hazañas referiremos adelante.

No había finalizado el año de 1530 todavía, cuando Alfinger emprendió camino deliberadamente hacia territorios que pertenecían á lo que fué después Provincia de Santa-Marta, sin cuidarse de la usurpación, puesto que creía dificilísimo que lo llegasen a, descubrir en el fondo de aquellos bosques salvajes, no hollados por hombres civilizados.

Alfinger comandaba una tropa compuesta de ciento sesenta Españoles de infantería y cuarenta de á caballo, y acompañábales una turba de indios cargueros que llevaban los pertrechos, armas, comestible, ropas y cuanto pudiera necesitar la Expedición en un largo viaje. Aunque la fragosidad de los caminos era tal que los caballos iban casi siempre vacíos, jamás se procuró aliviar un tanto á los míseros indígenas cargando los caballos con algo de lo que ellos llevaban. Alfinger pensaba que los naturales no eran dignos de la menor señal de compasión; llevábales, para que no se le huyesen, ensartados en dos cadenas (como lo hacían en España para trasladar los galeotes de una parte á otra) (1*) y atados de manera que pudiesen pasar las cabezas por los anillos, é iban todos unos en pos de otros, como las cuentas de un rosario. Se jactaba aquél de su invención, por ser sumamente económica, puesto que dos guardas, uno al principio y otro al fin de la cadena. bastaban para custodiar los esclavos. Pero perfeccionó aquella bárbara invención un criado de Alfinger, cuyo nombre no sabemos; pues en lugar de desatar al desgraciado á quien el cansancio ó la indignación no permitía caminar, le cortaba la cabeza, quedando los cuerpos tendidos en los caminos en señal de la crueldad de aquellos invasores. Sin duda, también se valieron de aquel horrible castigo para. evitar que muchos se fingiesen cansados con el objeto de que les dejasen atrás.

Cada vez que la Expedición de Alfinger entraba en un caserío indígena, no se tomaba la pena de pedir lo que necesitaba, sino que se apoderaba de cuanto encontraba, mandaba matar á los desgraciados que procuraban huir, y antes de dejar el lugar lo incendiaba, y talaba las sementeras qué no estaban en sazón. De esta manera llegaron al sitio que hoy llaman Río de la Hacha, nombre que le pusieron por habérsele perdido una hacha a un soldado en aquel lugar (2*). De allí pasaron al Valle-Dupar, que atravesaron librando batalla á algunas tribus de feroces Chimilas, y bajaron hacia las márgenes del río Magdalena por la laguna de Tamalameque. En aquellos lugares consiguieron muchas chagualas de oro, joyuelas é ídolos, lo que les proporcionó un tesoro tan pesado, que les hacía mucho estorbo en el tránsito. Entonces resolvió Alfinger descansar en aquel lugar algún tiempo, mientras que enviaba á Coro los 60,000 castellanos de oro que llevaba, con un oficial seguro, acompañado de veinticinco hombres y de los indígenas que necesitase para cargar todo aquello¡ Estos debían conseguir algunos efectos que ,necesitaban y devolverse en busca de Alfinger inmediatamente. Pero aquellos desgraciados jamás volvieron: perdiéronse en el camino, en lugares tan escasos de comestibles, que acabaron por matar uno a uno á los indios cargueros para comérseles. Cuando hubieron devorado a todos los esclavos, los feroces conquistadores se tuvieron miedo y se separaron, no quedando vivo sino uno solo, llamado Francisco Martín, quien vivió algunos años en medio de una tribu indígena que le protegió en su desamparo.

 

II

 

Cansado Alfinger de aguardar el regreso de los que había mandado á Coro, resolvió continuar su viaje de descubrimiento por las orillas del río Magdalena. Pero viendo que aquella ruta era dificilísima, torció sobre la izquierda y se internó por las agrias serranías que forman hoy los departamentos de Vélez y Soto en Colombia.

Felizmente para los indígenas de las mesetas de Bogotá, no tocó á Alfinger ser su primer descubridor, pues aquel nuevo Atila las hubiera dejado asoladas. Cuando la Providencia no permitió que la raza muisca fuera destruida, sus designios tendría. Continuando su marcha, siempre á la izquierda, en demanda de Venezuela, Alfinger subió con su tropa medio desnuda y sin tener con qué abrigarse, de las ardientes márgenes del río Magdalena á los helados páramos de lo que hoy día se llama Estado de Santander, algunos de los cuales miden más 4,400 metros sobre el nivel del mar. "La soledad es completa en aquellas frías regiones. (3*) Horrorosos precipicios formados por cúmulos de rocas amontonadas confusamente, raídas ó agujereadas, y envueltas en nubes que las bañan desatadas en aguaceros, ú ocultas entre una densa cortina de nieblas. Llenan la extensión del paisaje; y si alguna vez las ráfagas de vlento que allí soplan con furia descorren el telón de vapores y permiten caer sobre la escena los rayos del sol, queda manifiesto un conjunto de almenas, paredones y colosales masas de calizas, que remedan las formas de grandes ruinas y restos de fortificaciones levantadas hasta donde la vegetación no ha podido subir. A sus piés se extienden llanuritas inclinadas, siempre verdes y vestidas de menudo pasto; más abajo hay otras, y otras inferiores á éstas y dispuestas en escalones. Humedecen el suelo multitud de lagunas que, ora permanecen contenidas en recipientes de peña viva, ora en el centro de tremedales peligrosos para el ganado que los pisa, las cuales vierten unas entre otras el sobrante de su caudal, ó lo envían directamente á los valles profundos, por chorros que á veces saltan precipitados en un vacío de más de mil metros y se pierden divididos en menuda lluvía; y á veces ruedan de escalón en escalón por los estratos que constituyen las trastornadas faldas de los cerros.

"El mugír de los vientos, frecuentemente superior á todos los ruidos, el de las cascadas, que aumenta ó se desvanece según la posición que ocupa el espectador, lo yeromo y agreste de aquella comarca, desolada sin duda por terremotos cuya huella quedó estampada en tánto escombro: todo esto imprime al lugar un sello, de grandeza melancólica que se graba en la memoria con el recuerdo de los peligros á que se ha visto expuesto el expectador de esos páramos solitarios.

"Consiste uno de los peligros, y no el menor, en la furia con que soplan los vientos á lo largo de los desfiladeros y gargantas, cuando se camina por la orilla de los precipicios, Produce estos fenómenos la configuración de la serranía, que arroja estribos casi paralelos hacia los valles de Cúcuta, al Oriente, y hacia, la hoya del Lebríja, al Poniente; y la diferencia de la temperatura que hay entre la cumbre de la serranía y el final de los estribos sobre las tierras bajas. Enrarecido el aire en las regiones inferiores, constantemente iluminadas por un sol ardoroso, se difunde y ocupa las gargantas de la serranía, determinando la rápida inmersión de las capas condensadas por el frío en lo alto de los páramos; mientras que la estrechez de las quiebras contribuye á dar el ímpetu del huracán á este aire desquiciado por falta de apoyo y comprimido en su corriente por los angostos y prolongados boquerones."

Caminando por enmedio de aquellos riscos y serranías, pasando en pocas horas del clima más ardiente al frío más intenso, y rodeados de peligros de todo género, los compañeros de Alfinger marchaban sin cesar en solicitud de tierras más propicias, y animados siempre por la esperanza de descubrir oro y más oro, en el cual consistía toda su ambición y su único anhelo.

Semejantes penalidades acabaron con la existencia de algunos Españoles, que no pudieron resistir á un cambio tan repentino de temperatura, y cerca de trescientos indígenas, que habían llevado como esclavos desde las ardientes márgenes del mar y que andaban enteramente desnudos, perecieron también en los páramos.

Cuando después de algunos días de sufrimientos cruelísimos empezaron á bajar á climas más benignos, encontró Alfinger que su fama le habla tomado la delantera, y en tanto que unos naturales abandonaban sus caseríos y huían delante de él, otros le atacaban por diferentes partes y le hostilizaban sin cesar. Al fin llegaron á las vegas y llanuras fértiles de Chinácota, en donde los indígenas, más denodados que los que habían encontrado hasta entonces, trataron de hacerles una resistencia tan imponente, que Alfinger creyó prudente detenerse y aguardar entre unos riscos hasta el día siguiente.

A la madrugada salió Alfinger á caballo con el baquiano Esteban Martín á hacer un reconocimiento, cuando de repente, y sin las algazaras de costumbre, les acometió una tropa de indígenas, los cuales hirieron levemente á Martín y atravesaron con una flecha la garganta del Alemán, quien cayó moribundo al suelo; recogiéronle los suyos, y a pesar de los cuidados que parece le prodigaron, murió al tercer día. Enterráronle en un vecino valle que conserva el nombre de Míser Ambrosio, y dice Castellanos que lo hicieron debajo de unos árboles umbrosos, y en la corteza de uno de ellos le pusieron este epitafio:

 

En Alfinger fué nacido

Una ciudad de Alemania;

Tierra bárbara y extraña

Tiene su cuerpo abscondido

Enmedio desta montaña. (3 )


 

Hay quien crea que no fué la mano alevosa de los dueños de la tierra la que puso fin á la carrera de aquel cruel invasor, sino que fué muerto por sus propios compañeros, que estaban hartos de sangre y de injusticias. Así acabó su carrera aquel descubridor monstruo! Por lo demás, la Expedición continuó su marcha de regreso á Venezuela, después de haber nombrado Capitán á Sanmartín y como guía a Esteban Martín.

 

 

(1 )
Castellanos--Elegías. Parte II--Elegía I--Canto II.
(2 )
“El lago de Maracaibo es el más hermoso y el más grande que existe en el país comprendido entre el mar Caribe y la apartada Patagonia. La grande elevación de las montañas circunvecinas y la espesura de los antiguos bosques que lo rodean, atraen sobre su hoya una inmensa cantidad de lluvias. Caen éstas en un espacio de cuatro mil leguas cuadradas, y todas se reunen en el lago, entrando también en él, por ciento veinte bocas, muchos ríos considerables. Son en gran trecho navegables algunos, ricos otros por las preciosas maderas de sus orillas, y discurren todos en tierras deleitosas y fecundas."
Historia de Venezuela, -por Rafael M. Baralt. Cap. VIII, primer vol., pag. 150.
(3 )
Elegías de varones ilustres.--Parte II.-- Elegía I.-- Canto IV.
(1*)
Don Quijote alzó los ojos y vió que por el camino que llevaba, ventan hasta. doce hombres á pie, ensartados, como cuentas en una gran cadena de hierro, por los cuellos, y todos con esposas á las manos. ...Así como Sancho Panza los vido dijo: esta es cadena de galeotes, gente forzada del Rey, que va a las galeras—Don Quijote—Part. I—Cap. XXII.
(2*)
Castellanos. – Parte II. –Elegía I.—Canto III.
(3*)
Véase "Geografía física y política del estado de Santander," por Felipe Pérez.
 
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