Ruinas del colegio de jesuitas en Panamá.

Más léjos, entre el camino y el mar, están situados dos cementerios. La vista de uno de esos lugares del reposo eterno, evoca pensamientos de los que no se puede prescindir; pero el primero que hallamos, el de los extranjeros, es tan umbrío, tan pintoresco, tan florido y hasta podríamos decir tan encantador, que distrae y hace pensar en todo ménos en la muerte.

Con el cementerio de los panameños sucede todo lo contrario, pues éste impresiona lúgubremente. Una enorme puerta monumental, negra, pesada, maciza, sin duda alguna entrada de iglesia que no pudo acabarse, cierra un patio cuadrado, rodeado de anchas murallas, en las que se han construido nichos en que se encierran los féretros. Esto es todo.

A la entrada de la ciudad, la gente desocupada no deja de detenerse en el hotel del Paraíso, casa de M. Clement, un francés, hombre notable, cuya historia es semejante á la de muchos aventureros que se hallan en el Nuevo Mundo. Habiéndole devorado un incendio su primera fortuna, de alguna consideracion, supo proporcionarse una segunda con el paso de los millares de mineros, en la edad de oro de las colocaciones. Esta, y dispénsesenos la frase, se la bebió, á fin de no tener nada que temer del fuego; realizó despues la compra de un pequeño establecimiento, y dedicóse á engrandecerlo con todas sus fuerzas y cuidados. Por fortuna el sitio está tan bien, escogido, los árboles de su jardin prestan una sombra tan fresca y tan agradable, que es hoy uno de los grandes puntos de paseo; mucha gente acude allí á tomar un refresco, y sobre todo, á dormitar en las hamacas colgadas bajo los grandes árboles. ¡Las hamacas, amigos pérfidos, más peligrosos que el clima, la prostitucion y la embriaguez! Se las encuentra por todas partes, en todas las habitaciones de la casa, ó ya suspendidas de las ramas en los bosques. Parece que os llaman, que os convidan; ellas os mecen deliciosamente en aquella cálida atmósfera durante la pesadez que despues de la comida se apodera del cuerpo. ¡Se estira uno en ellas con tanta satisfaccion, despues de una excursion por la selva! ¿Dónde mejor que en aquel lecho áereo puede lucharse con cualquier importuna idea, en tanto que con los ojos entornados se miran ascender las azuladas aspirales dé humo que despide el cigarro?

Las lavanderas del Chorrillo, en Panamá.

¡Desgraciados de vosotros si vuestra alma no está lo bastante bien templada para resistir la molicie de aquel lugar de perdicion, porque bien pronto pasaréis allí los días enteros, sin tener, fuerzas para salir; el hombre más activo se convertirá en un indolente, soñoliento siempre, al que minará la anemia. El primer deber de todo aquel que quiera conservar su energía física y moral, es declarar una encarnizada guerra á la hamaca. El dictador que dispusiera de bastante poder para hacerlo y decretara la inmediata destruccion de todas ellas, haría al país el servicio más grande y digno de tenerse en cuenta cuando se hablara de los realizados en pro del mejoramiento moral y material del país.

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