XLII
Trabajos en el istmo de Panamá.-El Obispo y su cascada.-Matachino, Mamey, San Pablo y el mercado de las bananas.-Vuelta á Francia.
Para la completa terminacion de nuestros trabajos nos falta sólo un
estudio que realizar, y es el del Chagres y del río Grande, lo
cual, si bien se mira, no podía constituir una exploracion en el
recto sentido de la palabra.
Como quiera que la línea férrea sigue en un todo las depresiones que en el terreno determinan estos dos ríos, no nos veremos obligados á realizar grandes y forzadas marchas corno las que en las operaciones anteriores nos han mortificado tanto, así como tampoco habremos de vernos obligados á los indispensables cuidados que nos ha irrogado hasta aquí el trasporte de los útiles y equipajes necesarios, y el aprovisionamiento para que en el camino no nos faltaran los alimentos: un reducido número de trabajadores nos será suficiente, por lo que nos limitamos á los traídos por M. Lacharme y dos ó tres indígenas que, nos han acompañado en nuestras expediciones al Darien y á las orillas del Caimito.
Los estudios del trazado probable del panal nos entretuvieron algunos días. En los puntos en que habrá de seguir paralelamente la vía férrea y en aquellas por donde atravesará las tierras bajas, tenemos los estudios hechos, gracias á los trabajos realizados por el ilustre ingeniero Tolten, sin que tengamos que realizar nuevos estudios sinó en los puntos en que el paso con que soñamos se separe mucho de la vía.
El lunes 11 de Abril quedaron terminados los trabajos preparatorios, y nuevamente hicimos nuestros sacos de viaje. En aquel tiempo se observa una inusitada animacion en la ciudad, que llama extraordinariamente la atencion, por ser cosa á la que no se está acostumbrado. Los hoteles están completamente llenos de pasajeros, unos para el Perú, otros para Francia, que se detienen allí algunos días ántes de tomar el paquebot á la línea ferrea que debe conducirlos el punto de su destino. A la mañana siguiente emprendimos la marcha, juntamente con estos últimos, hasta la estacion de Emperador, situada sobre poco más ó ménos á la tercera parte del camino.
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Gran cascada del río Obispo. |
Allí recibimos la más galante acogida por parte del Sr. Carranza y su familia, nuestro guía intérprete en el Darien, sin que nos detuviéramos más que el tiempo indispensable para reposar un poco, dado que el tiempo urgía y estábamos obligados á no perder ni una hora siquiera. Así, pues, tan pronto como los hombres que nos acompañaban hubieron comido su saucoche, que casi inmediatamente les fué preparado, emprendimos de nuevo la marcha. Despues de haber seguido durante largo rato la línea seguida por él ferro-carril, llegamos á la choza más asquerosa y sucia que puede imaginarse. El propietario se encuentra en un estado completo de embriaguez, y su mujer y sus hijos están cubiertos de harapos, así como tambien llenos de asquerosas llagas, cuya curacion debe hacerse más difícil á causa del completo desaseo en que se hallan. Como bien mirado era imposible permanecer allí sin sentirse malo, casi inmediatamente que vimos en el estado que aquello se encontraba, no quisimos aceptar la hospitalidad que dentro de la choza nos ofrecían, y fuimos á acampar en un terraplen bastante reducido, que se conocía había estado destinado á los animales domésticos. Organizado aquel modesto vivac, donde dejamos cuanto no nos había de ser necesario por el momento, volvimos sobre nuestros pasos y comenzamos los trabajos necesarios para abrir las trochas que eran menester para levantar los planos trasversales. Por la noche, cuando volvimos, nuestro patron y sus amigos están ménos ébrios que cuando llegamos; se conoce que han cesado sus libaciones, mas á pesar de todo los últimos no se atreven á marcharse: en medio del camino que conduce hasta las casas hay un árbol en el que se ahorcaron un número considerable de chinos de los contratados cuando los trabajos del ferro-carril ístmico, y aquellas gentes son por demas supersticiosas; así es que afirman que todas las noches las sombras de aquellos infelices vagan por aquellos contornos, y desgraciados los que vayan á interrumpirlas.
Detras de la habitacion cerca de la que habíamos pasado la noche, se abre el cauce del Obispo, seco durante la estacion de la sequía, y en la que sólo algunos pozos fangosos atestiguan su existencia. Cuando las lluvias finalizan y desde las alturas se desprenden las aguas, se convierte en un torrente salvaje, que corre de rápido en rápido, saltando de piedra en piedra para precipitarse por fin desde una altura de más de trece metros. Aquella noche misma el curso de nuestros trabajos nos conduce al pié de aquella cascada, seca ahora, y que por tanto carece de interes y de todo cuanto pudiera hacerla agradable: en el fondo de un corte vertical, negro, unido y liso, se hallan aglomerados enormes bloques, cuyos ángulos apénas se han desgastado. Por aquel caos, que no de otra manera podemos llamar aquel lugar, no puede ménos de caminarse con alguna desconfianza; aquellas rocas que desafian todo el poder destructor de los meteoros, parece que fueron arrancadas ayer, y difícil de todo punto sería, no ya determinar, pero ni áun calcular el número de siglos que hace se desgajaron de los puntos de formacion. Un pequeño islote de verdura, situado en el ribazo, divido á la cascada en dos, dándole una anchura considerable y desproporcionada para tan pequeña corriente. En el tiempo ordinario, el Obispo cae desde la altura que hemos mencionado por cuatro ó cinco derramadores de escasa importancia; pero despues de las violentas tempestades es tal el caudal de las aguas que arrastra, que en muchas ocasiones cubre los dos brazos de la cascada.

