XVIII
Un baile en casa del Sr. Insiguare.-Orquesta detestable.-Los gallos de combate y las luchas de gallos.
Terminado el reconocimiento que sobre el terreno tenía que
practicar y los estudios de hidrografía que me eran de absoluta
necesidad para el mejor desarrollo del plan general que se estaba
levantando, volvimos á La Palma, donde inmediatamente me ocupé de
poner en órden mis notas y desarrollar los cálculos que con ellas
podía formar. Uno de los más encopetados habitantes de la bella
poblacion donde accidentalmente me encontraba había llegado casi al
mismo tiempo que nosotros, procedente de la selva, y altamente
satisfecho de la gran cantidad de cautchouc que había podido
recoger. En otros tiempos esto no hubiera llamado la atencion, á
causa de la abundancia con que este producto se encontraba, y el
bajo precio en que aún era pagado; pero hoy que la demanda es
considerabilísima por la mucha aplicacion que del cautchouc se
hace, y que por esta razon la explotacion se ha hecho mayor y del
modo bárbaro que hemos mencionado, siendo causa de que se destruya
tan importante fuente de riqueza, volver á la poblacion tras corto
tiempo en la selva con un regular cargamento, constituye un hecho
digno de ser celebrado; así es que el Sr. Insiguare (que tal era el
nombre del afortunado) se creyó en el deber, inesperado para todos
sus amigos, de obsequiarlos con un baile, noticia que circuló
rápidamente, colmándolos de alegría cuando más aburridos y tristes
se hallaban, considerando lo poco celebradas que las fiestas iban á
ser á causa de la gran escasez de metálico que venía notándose
desde hacía algun tiempo. La Palma tiene muchos ménos habitantes
que Chepigana, mas no por esto los que allí viven muestran ménos
ardor en celebrar con borracheras continuadas la Pascua de
Navidad, la Pascua de los Reyes y la Semana Santa. Acordada como
decimos la celebracion del baile, el señor me hizo el honor
de invitarme á la soirée, y yo por mi parte, deseoso
de estudiar aquella sociedad bajo todos aspectos, no dejé de ir,
sobre todo cuando, por ser para mí la cosa de todo punto
inesperada, excitaba grandemente mi curiosidad.
La sala mayor que en la casa había, barrida convenientemente como lo exigían las circunstancias, habia sido desocupada del infinito número de objetos que, confundidos y revueltos, la ocupaban de continuo.
Únicamente de esta manera podía en ella darse una reunion á la que asistieran y pudieran estar con comodidad un buen número de personas, pues ya hemos visto cómo se hallan de ordinario las salas de aquellas casas donde todos los lugares son buenos para depositar los aperos de labranza y los útiles del trabajo. Aquella noche sólo había en la estancia una mesa sobre la que habían colocado un gran jarro de agua, algunos vasos y tres ó cuatro bandejas; ocupadas por simétricas pilas de bizcochos Albart. A lo largo de las paredes, y completamente pegados á ella, se ven algunos bancos y todas las sillas disponibles que en la casa había. Las bujías, de no muy buena calidad por cierto, se veían pegadas á los tabiques, unas bien y otras mal, segun habían podido, sustituyendo de esta manera los candelabros y arañas, que regularmente no se hubieran encontrado en todos aquellos contornos, y que áun nos atrevemos á afirmar que serían muebles desconocidos para el mayor número de aquellos individuos.
Juzgando por los preparativos que allí podían advertirse, vista la simplicidad de lo que podemos llamar buffet, cualquiera hubiera podido esperar que la tertulia estaría animada y los concurrentes alegres y satisfechos con los mil accidentes que son propios de los bailes en todas partes y que la velada pasaría sin tenerse qué lamentar ningun accidente desagradable, promovido por algun ébrio. Por desgracia, allí las costumbres son muy distintas, y cada convidado puede llevar las botellas que guste, ó pedirlas por su cuenta; con ellas obsequian á las bellas y al dueño de la casa, sin olvidarse de lo que á cada cual se refiere. Cuando el anfitrion es traficante, establece en cualquier sitio de la casa una cantina, en la que cada uno de los invitados por su cuenta, sin que los precios sean muy elevados, puede tomar lo que guste; pero en la casa del Sr. Insiguare las cosas se hacen de un modo más decoroso, y sin que los invitador tengan que llevarlas de fuera, ni abonar nada por el consumo, él de vez en cuando pone á la disposicion de sus amigos una botella del apetecido anisado.
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LaPalma. |
En el momento en que yo hice mi entrada en la sala, el baile estaba en su período álgido: llevaban ya algun rato de estar reunidos, y sin gran temor de equivocarme puedo asegurar que una cuarta parte de las mujeres allí reunidas, y más de la mitad de los hombres, se encontraban un poco más que alegres, hasta el punto de que, sin reserva de ninguna clase y sin género alguno de miramientos, se hablaba alto, se increpaba á los músicos duramente, á un cholo (mestizo de indio), sobre todo, y por lo demas buena persona, acusándolo de no batir el tambor con la gracia particular que es propia de La Palma; pues segun pude enterarme, allí cada pueblo tiene su manera especial de tocar tan desagradable instrumento.
La orquesta era de lo más raro y sorprendente que puede imaginarse: se componía de algunos morteros de los que se emplean para triturar el arroz, cubiertos con una piel de buey ó de cerdo, amarrada fuertemente; una calabaza hueca, provista de un largo mango y llena de guijarros, una caja aplastada, cuyos mayores lados están formados por un tejido sumamente apretado de varillas conchadas, que chocan produciendo ruido los granos que contiene cuando la agitan cadenciosamente. Estos utensilios, en los que golpean con gran fuerza, ó que agitan violentamente, producen un ritmo tan desagradable, que al poco tiempo de haber entrado me sentía ya atolondrado y casi sin saber lo que por mí pasaba. Músicos y danzantes tarareaban ó cantaban á media voz la monotona cancion de La Palma. Siendo muy reducido el número de las coplas, éstas se repiten una vez y otras sin tregua ni descanso, concluyendo por cansar al más distraído, que no sabe para su bien cuándo terminará aquella insoportable canturía, tan agradable, sin duda, á aquellas gentes, que no sabemos cómo no la olvidan á fuerza de repetirla tanto.

