XXIII

 

Pisisi.-La barra del golfo de Uraba.-Vuelta á Paya.-Muerte de M. Brooks-Un toldo.


Este inmenso caudal de agua de que hemos hecho mencion desemboca en el mar por trece bocas, de las que la más corta es la que llaman el Caño de Coquito, derivacion del brazo de Barbacoa, y que es al mismo tiempo la que tiene mayor profundidad, y la que por su fijeza y poca agitacion parece más segura. El canal, cuya extension será de unos treinta metros, determina en el golfo una estrecha calzada, cubierta de paletuvios y palmeros, y la barra que forma el límite tendrá, cuando más, unos dos metros de agua. Este fué el camino que escogió el patron como más seguro, ó por ser en el que más práctica tenía, por haberlo recorrido muchas veces en el tiempo que hacía se hallaba dedicado á la pesca en que lo sorprendimos. El viento había arreciado un tanto; así es que en atravesar el golfo no empleamos más que dos ó tres horas, precisamente la mitad del tiempo que hubiera sido necesario imperando la calma que tan comun es allí. Al medio día próximamente abandonamos las costas del Pisisi, aldea casi tan pobre y miserable como las que en el Darien hemos recorrido, y que se compone sólo de un corto número de chozas, construidas como es costumbre en toda aquella region, pero que disfrutan de la ventaja de hallarse en una abrigada caleta, muy segura. Esta aldea, aunque hoy se encuentra casi reducida al último extremo, ha gozado de su época de prosperidad y riqueza. En aquellos alrededores criábanse tambien abundantes cautcheros; pero las mismas causas que ya en distintas ocasiones hemos mencionado, las grandes demandas y el inmoderado afan de lucro, han dado lugar á que los agoten ó destruyan, siendo hoy muy cortas las cantidades que pueden obtenerse de este producto. De la tagua consiguen áun algunos buenos resultados, aunque tambien es de temer que, siguiendo como van, no tarden mucho en verse privados de este recurso; hoy lo que más rendimientos les hace conseguir son los aprovechamientos que les ofrece el frecuente paso de las grandes barcas que hacen el comercio entre Cartagena y el valle del Atrato.

Por mucho á que esto ascienda, fácil es comprender que una aldea que sólo tiene un artículo de comercio, y no muy abundante, para la exportacion; aldea á la que no pueden importarse más que los artículos de primera necesidad, y donde la industria, no ya carece de desarrollo, sinó que no se conoce, la vida tiene que ser miserable, las comodidades han de faltar, y la estancia en ella debe ser, si no imposible, al ménos muy difícil para los que se hallan acostumbrados á diferente género de existencia.

Posicion horizontal en una hamaca.

Ademas de esto, á los pocos momentos de hallarnos en Pisisi, viendo las malas condiciones higiénicas en que se encuentra, comprendimos cuán malsano tiene que ser, y el género de enfermedades que más víctimas debe causar. En la estacion de la sequía los dos arroyos que corren cerca del lugar en que aquellas chozas están emplazadas, se convierten en canales de pútrido cieno, y sólo el agua de que disponen para beber es la que pueden conservar en unos agujeros practicados en tierra arcillosa. Desde los primeros días los efectos que experimentamos nos hicieron comprender cuán perniciosos son los resultados de aquel insoportable y nauseabundo brebaje.

Un vecino de Cartagena, amigo de M. Recuero, y que sin duda alguna era el principal negociante del lugar, fué quien nos ofreció hospitalidad, que nosotros aceptamos con verdadera fruicion. Despues de una suculenta comida, que nos hizo olvidar todo lo que habíamos sufrido en la travesía, y con la que nuestros estómagos se sintieron fortalecidos, el señor Búrgos, que así se llamaba nuestro amable anfitrion, nos condujo á una verdadera habitacion, que comparada con la selva, los ranchos, la piragua, la barquetoña y todo lo en que nos había sido preciso permanecer, nos pareció el límite extremo de lo cómodo y de lo confortable. Las paredes estaban blanqueadas con cal; dos catres de tijera formaban las camas que, permitiéndose el lujo de las colchas, iban á recibir á los afortunados viajeros, quienes jamas agradecerán como es debido todas aquellas comodidades, proporcionadas donde menos lo esperaban y cuando más necesidad tenían de ellas para desentumecer los miembros y adquirir de nuevo el vigor que en tantos trabajos habían perdido. Por ninguna parte se veía un mosquito; así es que contábamos pasar una noche tranquila, como hacía mucho tiempo no teníamos otra. Por desgracia, al tiempo que nos recreábamos en admirar la estancia que tan magnífica nos parecía, advertimos que en las junturas del tabique del techo había un considerable número de arañas negras; una, sobre todo, con un vientre grueso como un huevo, y de muy largas patas, nos inspiró un asco indecible, y desde luégo nos pareció muy mala compañía para pasar la noche. Así, pues, armado, quién de una escoba, quién de un machete, emprendimos una batida para darla caza; mas procedimos con tan poca prudencia, llevados de la gran repugnancia que nos causaba, que tuvo tiempo de descender del lugar en que se encontraba y comenzar á correr por debajo de las sillas adosadas al muro. Por fin, despues de mucho perseguirla, conseguimos alcanzarla con un machetazo, que partiéndola en dos, salpicó nuestras ropas con un líquido viscoso y negruzco.

Un toldo.

El 29 por la mañana volvimos á pasar la bahía casi sin llevar provisiones para el regreso, y despues de practicar un detenido estudio de todos aquellos puntos que podrían ser utilizables para la apertura del canal con que soñábamos, entramos nuevamente en el Atrato. Uno de nuestros amigos del Darien, que había salido en nuestra busca, nos encontró en la Loma de Cristal, entregándonos las cartas que de Paya traía, y en las que nos comunicaba la triste nueva de que M. Brooks se encontraba gravemente enfermo; apresuramos nuestra marcha todo cuanto nos fué posible, y el día 1o de Febrero dimos un adios á las piraguas en el punto en que el sendero abierto por los indios cae en el río Tulegua.

Por la mañana, el lejano y melancólico són del cuerno de M. Lacharme nos guió hacia la trocha que nuestro amigo se encuentra abriendo en compañía de M. Celler. ¡Triste nueva! Allí supimos que M. Brooks había sucumbido el 26 de Enero. Lo avanzado de su edad, el poco cuidado que tomaba en lo que á el se refería, y la falta de precauciones, hablan dado lugar á que se fueran resintiendo hasta el punto de que, acometido por una disentería, no pudo resistirla, muriendo de ella, si bien es cierto que á acelerar su fin contribuyó tambien la mordedura de un vampiro. Era el segundo de nuestros amigos que sucumbía, y sentimos su muerte con toda el alma; animoso y trabajador como pocos, en nada se paraba, ni para él existían peligros, á pesar de sus años; buena prueba de ello su decision de acompañarnos á tan remotas regiones, á pesar del conocimiento que tenía de las malas condiciones en que se encontraba, y de las muchas y grandes fatigas que tenían que sufrirse.

M.Wyse.

Llevados á cabo por nuestras brigadas de ingenios los estudios necesarios, por los que se vino en conocimiento de que era imposible abrir un canal interoceánico á nivel del valle de Paya, M. Wyse se dedicó á estudiar la gran depresion del terreno que, partiendo de Pinogana, se dirige hacia el Nordeste, cortando perpendicularmente el istmo en una parte bastante estrecha. Estábamos plenamente convencidos de que en manera alguna podríamos encontrar un punto por donde el paso fuera expedito; pero abrigamos la confianza de encontrar, en la direccion que nos proponíamos seguir, un contrafuerte cuyo espesor no fuera de mucha consideracion, y en el, que se pudieran practicar los trabajos necesarios para que sin grandes gastos fuera atravesado por un túnel. Al propio tiempo M. Wyse se proponía la exploracion del Tuyra, que los indios y dos cautcheros más inteligentes, que habían comprendido el objeto de nuestra mision, habían manifestado ser un río de franca y expedita corriente y de muy suave inclinacion, y cuyo cauce por cuellos de muy poca elevacion, comienza con los de los tributarios del Atlántico; cosa que, de ser cierta, simplificaría mucho nuestros trabajos y nos haría conseguir una circunstancia en pro del objeto que allí nos había llevado.

Nuestro jefe se reservó la primera de estas exploraciones, y tuvo á bien confiarme todo lo referente á la segunda. Tanto para una como para otra, nos fué necesario volver á Pinogana, que era donde podíamos realizar los preparativos necesarios, y así lo hicimos. Como necesariamente en nuestras expediciones anteriores habíamos tomado nota de lo que más nos había hecho sufrir y no podía pasar desapercibido para nosotros, y bajo esto punto de vista debíamos colocar en primera línea á los mosquitos, que tan malos recuerdos nos dejaron en la playa que por tan justos motivos apellidamos de las Plagas, lo primero que hicimos fué proveernos de un toldo que nos librara de sus crueles picaduras. Un toldo es una pequeña habitacion de tela, un poco más largas que las hamacas: las cuerdas de suspension pasan al traves de estrechas mangas, que una especie de jareta cierra. En todo su al rededor, por medio de otras cuerdas y palos que forman sus accesorios, se sostiene el toldo, pudiendo armarlo en cualquier lugar. Estos aparatos, que la necesidad ha improvisado, son sumamente útiles en aquella region, y en los puntos en que abundan los dípteros se duerme, se come, se trabaja y se hace todo, pues de otra manera sería punto ménos que imposible.

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