XXXVIII
Un caciquillo lento en los cálculos-El gran cacique.-La vuelta.-Subida y bajada de la cordillera.-Llegada al puerto Tiati.-Hechos y hazañas del morocoi.-Yaviza.-Panamá.
Manolito, indio rico é influyente, que tiene el alto honor de
pertenecer á la ilustre familia de los caciques, tiene su casa en
la otra orilla del río, frente al establecimiento de los
cautcheros. Algunas palabras que del español sabe, y otras cuantas
del ingles, han dado lugar á que de él se haga el intérprete
obligado entre todos aquellos individuos y los capitanes de las
goletas norte-americanas que llegan con objeto de hacer el comercio
de que hemos hablado. Como lo honradez no es aquí una virtud muy
sobresaliente, y ademas parece que se tiene en muy poco la buena fe
llevando á cabo estos tráficos en que necesariamente se le ha tomar
por intermediario, ha conseguirlo lucrarse de tal manera, que ha
hecho una regular fortuna á costa de sus infelices compatriotas,
que no son más que sus explotados. Desgraciadamente para él, los
cartageneros, que en general han perjudicado tanto á los individuos
de aquellas, tribus han interrumpido tambien el curso de su
fortuna: es de creer que en más de una ocasion habrá pensado
seriamente en expulsar á los intrusos por las armas, mas se ha
descuidado bastante y ha dejado pasar el momento oportuno, en que
tal vez hubiera podido conseguir algun resultado: hoy los
cautcheros son más en número que los guerreros que pudiera reunir,
y lo único que conseguiría, en el caso de intentar un movimiento,
sería perjudicarlos á todos.
Como quiera que desde luégo hubiera yo comprendido la necesidad absoluta en que me hallaba de proporcionarme un guía conocedor de aquellos terrenos que pudiera conducirme por un camino más corto y fácil á la cima de la cordillera, me avisté con Manolito, pero no puede conseguir resultado alguno, pues por más que me esforcé no logré conseguir de él otra cosa sino que me manifestara que durante toda la noche los indios no habían hecho más que ocuparse de nosotros y de los fines que nos habíamos propuesto conseguir de aquella expedicion: que el cacique deseaba que sin intérprete compareciera ante el Consejo para dar algunas claras y precisas explicaciones acerca de nuestro viaje, cosa á que yo me negué, haciéndolo por mí mismo. Bien mirado, todo lo que hice fue en vano, pues aquel pobre hombre no podía entender nada de mis explicaciones, á pesar de los términos en que exponía lo que allí nos había llevado: un indio que jamas había salido de la comarca, no podía comprender lo que era un canal ordinario, y mucho ménos un canal que había de pasar por debajo de una montaña. Lo poco que entendía se negaba á creerlo, y de continuo, apartándose del órden de ideas que implicaba mi conversacion, hacía recaer la suya en lo que más le importaba, como eran la tagua, el cautchouc, las bananas que le robaban los negros, y los destrozos que éstos le causaban en las plantaciones: á propósito de lo cual hacía largas digresiones, encomiando el estado de prosperidad y riqueza en que la tribu se encontraba ántes de que los cartageneros fueran á vivir en el terreno que habían usurpado, y lo mucho que todo entre ellos había decaído con su llegada. No dejó tambien de darme conocimiento de los medios que habían cruzado por su mente para librarse de los que tanto abusaban de ellos, y justo es que confiese que, aunque en el fondo le sobraba razon para querer emplearlos, en la forma eran de lo más descabellados que podían concebirse. En estas condiciones y con estas circunstancias, la conversacion terminó pronto, separándonos de buena manera, aunque sin haber yo conseguido lo que me proponía, ni mucho ménos, si bien me prometió formalmente que presentaría al Consejo de la tribu mi solicitud de guías, á la que contestaría el gran cacique. Tanta tramitacion no dejaba de molestarme en verdad, mucho más cuando comprendía que por aquellos medios me había de ser difícil conseguirlo; los indios estaban muy prevenidos en contra nuestra; creían que el objeto que allí nos había llevado era apoderarnos de los escasos elementos de riqueza que les quedaban, y que para la mejor explotacion de ellos era para lo que querían un guía que nos enseñara los medios más fáciles de recorrer el país. Sea como quiera, no había más remedio que aguardar la decision del Consejo, pues el otro término de la disyuntiva, ó sea volvernos por donde habíamos venido, era doblemente malo, y arbitrable sólo en el caso en que no pudiéramos conseguir nada que nos favoreciera.
Con objeto de tenerle más propicio, compré al intérprete de la tribu tres pollos y algunos frutos, ascendiendo el precio de todos á unos veintidos reales, ó sean seis francos próximamente; y no obstante, aquel hombre infeliz, por más que hace, no puede ajustar su cuenta con exactitud; no sabe contar arriba de diez, por lo que despues de mucho titubear, no logrando tampoco entenderla, á pesar de nuestras reflexiones, manifestó que prefería seis piezas de á diez á sous una moneda de cinco francos. Justo será que manifieste tambien, en alabanza suya, que había intentado venderme lo que indicado dejo á un precio exorbitante; pero no se le ocurrió la idea de aumentar la adicion, pues en el total, que repasó durante más de un cuarto de hora, variaba de diez y seis á dos, diez y uno.
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Llegada á la casa de Ouisapilele. |
Una hora despues de la entrevista que acabo de mencionar, ví llegar, rodeado de sus notables, al gran cacique, personaje extraño y raro al que aun no había visto ni una vez siquiera, pues Ouisapilele, con quien primeramente hablé, y el que me entregara una de las cartas que M. Wyse había dejado para mí, no era más que el jefe de la aldea situada sobre el Guati. En vano será que en el Almanaque de Gotha se busque el nombre de este soberano y la extension de sus dominios; pues de enumerar tantos como en parecido caso se encuentran, infinito sería el número de los que habrían de contarse. El soberano que nos ocupa es un anciano, fresco aún, enjuto, y de una estatura más elevada que la generalidad de los hombres de la tribu. Su fisonomía sería regularmente bella sin una repugnante llaga que le cubre un ojo, desfigurándole la cara: al primer golpe de vista me agradó, á pesar de las prevenciones que abrigaba, y ántes de terminar la conversacion que nos vimos obligados á sostener, se me hizo muy simpático. Sentóse con gran dignidad, como quien tiene perfecta conciencia de las altas funciones que desempeña, y poco despues comenzó á leriar, esto es, á cantar con voz gangosa el largo discurso que la noche ántes había preparado en el Consejo de la tribu; preparacion para la que había entrado por mucho la absorcion de una buena cantidad de chicha. El ritmo de aquella canturía es de lo más raro que puede darse, y llama extraordinariamente la atencion, divirtiendo por la extrañeza que causa; la primera parte de la frase la pronuncian con una lentitud excesiva, acentuando sobre todo las últimas sílabas de cada palabra; despues, sin ninguna transicion que pueda ser advertida, terminan con gran volubilidad el resto, bajando el tono cada vez más. Cada frase se la hace seguir de una larga pausa, durante la cual los asistentes, en señal de aprobacion, pronuncian un hum ó un bee prolongado. El granuja de Eugenio, que, como sabemos, me hacía algunas veces muy malas pasadas, estaba aquel día borracho, como un buen darienita; así es que desempeñaba todo lo mal posible sus funciones de intérprete. Aquel notable cacique nos preguntaba en los mejores términos qué causas nos habían impulsado á emprender aquel viaje ni qué motivo ó interes nos guiaba para haber llegado á un país tan pobre, á una tribu tan aislada, donde tan poco era lo que podíamos conseguir; despues se extendía en grandes quejas contra los cartageneros; ponderando, como Manolito lo había hecho anteriormente, los grandes males que habían causado, y lo mucho que aún tenían que temer de tan malos enemigos. Hice que le respondieran que no tenía nada absolutamente de comun con los cautcheros, añadiéndole que nada me importaban las bananas ni la tagua; que sólo habia ido allí á practicar investigaciones y estudios, que no entraba á detallar porque no había de entender ni una palabra, y que por tanto podía estar completamente tranquilo, pues nuestra presencia allí no les podía ser perjudicial, ni en nada podía ser parte de que su situacion y la de los suyos se agravara; y más que nada le hice comprender lo muy necesario que me era el que al día siguiente me proporcionara los guías que para salir de allí habíamos pedido desde un principio. Los indios son como los niños; ceden á una cuestion hecha en forma clara y terminante, y jamás han sabido negar nada que se les exija en forma categórica. El cacique intentó comenzar á feriar de nuevo; mas comprendiendo yo que, de seguir de esta manera, la entrevista no iba á tener fin y que no lograría lo que tanto deseaba, le interrumpí bruscamente para hacerle entrar en la cuestion, exigiéndole que sobre ella respondiera terminantemente si ó no; y sólo cuando comprendió que nada con sus subterfugios conseguiría, fué cuando accedió á mi demanda, prometiéndome formalmente que tendría lo que había pedido. Le ofrecí una botella de vino, regalándole unas tijeras que me pidieron, y unos cuantos bizcochos para un hijo pequeño que había traído consigo, y nos separamos cómo los mejores amigos del mundo.

