XXXII
Nuestro nuevo personal: los trece contratados. -Ascension del Tupisa.-Sobre el Tiati.-La nueva trocha.-Treinta académicos en lugar de cuarenta.-Cómo fuí momentáneamente jefe de la expedicion.
El personal de que disponíamos se dividió convenientemente entre
las cinco piraguas de que disponíamos, las que inmediatamente se
dirigieron al lugar en que habíamos de comenzar las necesarias
operaciones para la apertura de la trocha. Contábamos con trece
trabajadores, de los que cinco eran llevados por M. de Lacharme,
José, Pedro, Hipólito, Mercedes, bastante viejo ya para sernos de
grande utilidad, y Manuel, un poco enfermo, al que hubiéramos
querido dejar atras, pues sólo se hallaba para recibir cuidados y
atenciones que en manera alguna le podíamos dispensar: sin duda
alguna ha perdido por completo su salud en la sedentaria vida que
hizo durante el último viaje, cosa bien triste tratándose de aquel
rudo trabajador, uno de los más fuertes y de más agradable carácter
que he visto. Estaba grandemente acostumbrado á la vida del bosque,
era un excelente cazador, un buen trochero, y sólo con ayuda de su
machete hacía obras admirables de carpintería.
Los otros contratados con quienes contábamos eran: Pedro Soler, hombre que bajo todos puntos de vista inspiraba confianza, y que jamas se embriagaba; Nicolas y su concertado, ó por mejor decir su esclavo Solario, Mercedito, Domingo, en quien es de admirar siempre el constante buen humor; Lisandro, que forma parte de la anterior expedicion y que está ya al corriente de muchos de los trabajos que hemos de ejecutar, y, por último, mi fiel Eugenio, mi sirviente del año pasado, que me acompañó durante toda la exploracion del Mamoni, hombre inteligente, activo, franco y cariñoso, pero que tiene el defecto de embriagarse con una frecuencia tal, que siempre es de temer se halle en tan lamentable estado.
Aprovechando un momento de flujo que aún quedaba, pudimos remontarnos hasta la embocadura del Tupisa, en el que entramos despues de realizar esfuerzos sobrehumanos durante más de tres horas, ayudándonos del remo y de la palanca. Tras tanto sufrir, el descanso se hacía muy necesario; así es que nos detuvimos un rato con objeto de almorzar, siguiendo inmediatamente nuestro camino: á cosa de las tres de la tarde pasamos por cerca de una ranchería habitada por una familia de indios del río Sambú. Todos ellos están completamente desnudos, son gruesos, linfáticos y muy feos. Deben ser de sangre mezclada, porque las mujeres, aunque muy jóvenes aún, no conservan la pureza de formas de los aborígenes del Choco. Nada hay que pueda presentar un aspecto más pobre y miserable que una ranchería de aquella clase; no tienen casas, ni siquiera chozas, disponen para preservarse de la inclemencia del tiempo, de unos simples sotechados que en modo alguno pueden llenar su objeto, y que más que nada sirven para dar abrigo á una multitud de insectos que constituyen constante amenaza para los que están debajo: el mobiliario es para ellos artículo desconocido, y que de todo punto habíales de parecer supérfluo; algunos pedazos de estera para echarse, gruesos troncos de madera por asientos, y nada más. Su alimentacion la constituye los frutos escasos que pueden recoger, y algun animal que cacen; la organizacion de la familia es rudimentaria, y todo el poder reside en el padre, que es á la vez jefe de la ranchería ó tribu. De esté modo, sin más ocupación que atender á su subsistencia y sin más necesidades que satisfacer, viven tranquilos, sin guerras y sin luchas, pues nada hay que su ambicion despierte ni que los mueva á las luchas y disensiones.
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Los mangles del río Tuyra. |
Hasta llegar á la quebrada Sucia, la corriente del Tupisa y el aspecto general de las orillas cambia muy poco, y lo mismo en un punto que en otro, dispuesto todo de igual manera, parece, á juzgar por la uniformidad, que no se avanza: las aguas, encauzadas entre orillas cortadas á pico, dejan al descubierto un suelo arcilloso á una altura de dos ó tres metros; por encima los árboles de la selva inclinan sus verdes ramas sobre la corriente, formando una bóveda que si bien nos beneficia librándonos un tanto de los ardientes rayos del sol, otras veces nos crean obstáculos, por rozar con las aguas de un modo tal, que nos cierran el paso dificultando nuestra marcha; los meandros y las curvas son muy poco violentas y todo hace creer que la pendiente de aquel valle por el que el río se desliza, es muy poco sensible. Bien pronto la escena se modifica y cambia de aspecto; unas veces el río se extiende en una ancha sabana, otras salta por estrechas gargantas que se ha abierto entre las rocas. Estas se suceden exactamente en el mismo órden que en el Tuyra: despues siguen las arcillas compactas, más tarde los terrenos de acarreo formados por esos guijarros azulados que se aglomeran en bancos, y á los que los indios temen mucho, peor creen que su solo contacto es causa de que se padezcan fiebres. Durante nuestros viajes, las supersticiones y aprensiones de aquellas pobres gentes nos dieron muy malos ratos, pues en vano era que nos esforzáramos en demostrarles que sus temores carecían de fundamento, mucho más cuando no estaban explicados por ninguna razon; ellos insistían, y aunque muchas veces prescindían de ciertos escrúpulos y se aventuraban en aquello que más temían, hacíanlo de mala gana y con visible repugnancia, dando lugar á que la operacion no se ultimara debidamente, ó á que tuviéramos que hacerla por nosotros mismos. Este primer día de trabajo fué de los más agradables; á la hora conveniente nos bañamos todos, sintiéndonos reanimados en aquella atmósfera vivificadora, y comimos con un apetito que bien podemos llamar de exploradores.
A la hora de cenar, Nicolas, que, como hemos dicho, desempeñaba las funciones de cocinero, preguntó á M. Wyse si nos agradaría un asado de conejo, animal que como en ninguna parte tiene allí la carne sabrosa y suculenta. Habiendo recibido una respuesta afirmativa, se separó algunos pasos de nosotros, y despues de cortar y arreglar convenientemente la hoja de un árbol, la colocó entre sus labios, imitando á la perfeccion el grito de uno de estos animalillos: al escucharlo, todas las hembras que han hecho cría y tienen pequeñuelos, hasta las hembras del tigre, segun dicen, se apresuran siempre á correr al sitio de donde parten los quejidos. Cinco minutos despues de que Nicolas hubiera puesto en práctica su estratagema, oímos el disparo de un arma de fuego, y vimos reaparecer á nuestro cocinero trayendo un magnífico conejo. Esta hazaña le valió el que desde entónces fuera conocido entre nosotros como excelente cazador, cosa que algun tiempo despues nos arrepentimos de haberle alabado tanto, pues más tarde en la trocha, en tanto que los demas trabajaban, el, simulando que iba á cazar á fin de disponernos mejores alimentos, se echaba á dormir bajo la fresca sombra de los copudos árboles, no haciendo ni una cosa ni otra.

