XII

 

Mujeres que fuman el cigarro por la punta encendida.-Niños y pilluelos.-Trajes y costumbres.


En el Darien no deja de haber mujeres que llaman la atencion por su belleza ; pero es comun y corriente que la que un día se hallaba bien, al siguiente haya cambiado: lo que podemos llamar flor de la vida pasa en ellas muy pronto, y cuando tienen los años en que se diría en cualquiera otro país que una mujer comienza á vivir, allí están ajadas y parecen decrépitas. Tales efectos son hijos de la precoz y frecuente maternidad, del exceso de fatiga que les causan los rudos trabajos á que de ordinario se dedican, la falta de cuidado, el absoluto desconocimiento de la higiene, la mala alimentacion y la aficion que tienen tambien al anisado, que, aunque mucho ménos que en los hombres, las domina tambien. Resultado de esto son las grandes alteraciones que inutilizan por completo á la mujer ántes de tiempo, causandole frecuentes enfermedades y dando lugar a que, según la sangre que en ellas domine se hagan obesas ó se tornen flacas como esqueletos. Por regla general, todas las mujeres de aquellas regiones abusan extraordinariamente del trabajo, teniendo la curiosa manía de aspirar el humo por la parte encendida del cigarro, pues pretenden y afirman que de ninguna manera más que de ésta es como se le puede tomar el gusto al tabaco. El aprendizaje comienza muy pronto, pues yo he visto no pocos muchachos que tiran el cigarro para tomar el pecho de la madre; debiendo advertir que los negrillos no dejan de mamar sinó cuando tienen ya algunos años.

Mujer Zamba y niño enfermo.

Más galantes que en muchos países civilizados, los hombres no consienten ni permiten jamas que sus compañeras se ocupen de los duros trabajos del campo, ni de ninguna otra tarea dura ó penosa. Jamas se ha visto ni es posible ver á una mujer cargada con bultos de algun peso, por corta que sea la distancia, y mucho ménos remar en una piragua. Aunque sus dueños y señores pasen la mayor parte del tiempo léjos de sus hogares, ocupados en coger caoutchouc y haciendo la recoleccion de la tagua, vuelven siempre á la aldea para las siembras y los trabajos que tienen que realizar luégo que el arroz ha granado; por muy léjos que estén los terrenos en que hayan de permanecer más ó ménos tiempo, nunca llevan á sus mujeres, que no tienen otra cosa que hacer sinó cuidar de la casa y la cocina, layar la ropa y atender á sus hijos; pero tal vez por cuestion de clima son pocas las que los limpian, viéndose algunos por las calles que hacen pensar si faltará el agua en absoluto en toda aquella zona. Todos los deberes de la mujer como madre de familia en aquel país están reducidos á los siguientes: amamantar á sus hijos hasta que lleguen á la edad de tres ó cuatro años, lavar las ropas de las hijas pequeñas, castigar alguna que otra vez á los muchachos, y llevar cargado á la cadera al qué aún no anda ; con esto están limitados todos sus deberes: la que tal hace se la considera como una buena madre, y nunca ellas se preocupan de más. Es muy frecuente ver por las calles á los chicos que aún no pueden andar, gateando por cima de los montones de basura, revueltos con los perros y los cerdos, que los muerden ó los revuelcan en sus carreras, todo lo cual puede servir á explicar por qué es tan excesiva la mortalidad de los niños en el Darien, y el poco crecimiento de la poblacion, que apénas se hace sensible, á pesar del exorbitante número de los que nacen. He conocido allí mujeres que han tenido doce hijos y que no han sabido conservar uno siquiera: las viruelas, los accidentes de la vida que se les deja hacer y las insolaciones, producen en las criaturas de corta edad más bajas que cualquiera de las terribles epidemias que azotan á una region, y los que llegan á conservar la vida se ven con los miembros deformes, efecto de las caídas y de la total falta de precaucion, y con todo el cuerpo cubierto de cicatrices de heridas que se infirieran ó de mordeduras que de los animales que por todas partes pululan recibieran, siendo lo más repugnante que presentan un enorme y abultado vientre, gravitando sobre unas piernas torcidas y flacas. El observador que ménos atencion preste á esta clase de asuntos, no podrá ménos de extrañar el considerable número de niños afectados por hernias umbilicales. Son feos y repugnantes; pero, alcanzando más precoz desarrollo que los blancos, su fisonomía brilla por la vivacidad que los anima, sin que pasen de aquí, pues desde la edad de siete ú ocho años, en que sus cuerpos se forman y fortifican, el espíritu se paraliza y la inteligencia deja de desenvolverse. El poco cuidado que á los niños se dedica tiene ademas otras causas, aparte de las que enumeradas dejamos, como resultados del clima y de lo poco atendidas que son por su s padres, pues en ello entra por mucho la gran relajacion de costumbres que se advierte, y la facilidad con que las uniones y las separaciones se llevan á cabo.

Negrillo fumando y mamando.

Las mujeres llevan aún, el antiguo traje de las criollas, ó sea una ligera enagua de algodon, blanca y ligera, adornada con uno ó más volantes, sobre los que hay estampadas algunas guirnaldas de colores chillones. Sobre los corpiños, de mangas muy cortas, van tres guarniciones parecidas, pero tan descotadas de una parte y otra, que generalmente llevan el pecho y las espaldas descubiertos. Sus cabellos, partidos por medio de una raya abierta sobre la cabeza, caen formando dos trenzas, cuando no son muy crespos ó lanudos, y si son de esta clase, de modo que no puedan trenzarse, los dividen en diez grandes mechones, y los arrollan formando cocas. Muchas de ellas ostentan grandes peinas de oro, zarcillos macizos fabricados en el Choco y guarnecidos con perlas de insignificante valor, procedentes de las pesquerías de Panamá, y algunas flores naturales entre el cabello constituyen el tocado favorito de aquellas mujeres, á las que la falta de aseo é higiene hace desmerecer tanto. Frecuentemente gastan un sombrero de paja muy parecido al de los hombres, y el mayor número de ellas andan descalzas, reservando para los días de gala pequeñas zapatillas de color verde ó rosa.

En la ciudad el traje que los hombres gastan es sumamente sencillo : una camisa de algodon blanca ó listada, un pantalon, y rara vez zapatos. Cuando van al trabajo su traje es más sencillo aún: apenas han pasado de la última casucha, se despojan de las ligeras prendas que hemos enumerado, las ocultan cuidadosamente en cualquier escondrijo reservado, que sólo ellos conocen, para recogerlas cuando vuelvan, y marchan llevando sólo un modesto paño rodeado á la cintura, sujeto con un cordon cualquiera y unas abarcas, consistentes en unas suelas sujetas al pié por tiras de cuero, que anudan á la pierna, sustituyendo el sombrero de paja por un pañuelo enrollado y bien apretado á la cabeza. Es de advertir que, sea cualquiera el traje que lleven, nunca se separan del machete, y muchos en el bosque llegan hasta á prescindir del traje tan primitivo que hemos descrito, conservando sólo un pequeño pedazo de tela, al que llaman la pampilla, y muchas veces hasta éste desaparece, quedando sólo en su lugar el cordon que una ú otra cosa sujetaba.

Este cordon es la parte más importante de la vestidura de un darienita; es el primer calzon de los chicos, pues de cinco y diez años no llevan sobre su cuerpo otra cosa, y necesario es que se acostumbren á este económico cinturon, y que endurezca y apergamine la piel de las caderas, porque más tarde aquélla servirá para sostener el pedazo de tela de que hemos hablado, el eslabon la bolsa del tabaco, y, en una palabra, todos los objetos que nosotros llevamos en la mano ó en los bolsillos.

Darienita con su hijo.

A pesar de todo, la cuerda roza muchas veces la piel, y como si fueran viejos rocines matados por el aparejo, los hombres tienen en los flancos un considerable número de cicatrices.

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