El domingo lo pasamos del todo agradablemente en la hacienda: fué un día de descanso y de verdadero recreo. El Sr. Hurtado nos enseñó, no diremos su propiedad, para lo que hubieran sido necesarios muchos días, dado el considerable número de hectáreas que contiene, pero sí nos hizo ver hasta en sus menores detalles algunas delas particulares construcciones de aquella explotacion rica y próspera. La casa del propietario contiene sólo cinco ó seis habitaciones, pero todas ellas anchas y espaciosas, muy limpias y perfectamente situadas, gozando de bastante luz, que toman de una larga galería que mira al N., y desde la que la vista disfruta el más hermoso paisaje que se puede imaginar; desde allí se alcanza la extensa planicie de la sabana, la selva con su eterno manto de verdor oscuro, el cerro del Tigre y las cordilleras. Al lado se extiende el corral, vasto circuito de muros, donde reunen todos los rebaños para ver las bestias y hacer la saca, ó sea la separacion de las que se destinan al mercado de Panamá. Detras del corral se levantan la casa del mayordomo y las demas dependencias que son necesarias para llevar á cabo las operaciones de la labranza y cría de ganados, que son los dos ramos principales que en la hacienda se explotan; el inmenso patio está plantado de totumas y cocoteros; al N. puede verse un precioso jardin lleno de flores, y en todo el circuíto que ocupan las construcciones, hay plantados árboles del pan, cuyas hojas se parecen á las aralias del Japon. Mi atencion se excitó grandemente, viendo una inmensa pila tallada en la piedra viva uno de esos timbres de nuestras provincias del Sudoeste. Por más averiguaciones que quise practicar, y á pesar de las muchas preguntas que hice, nadie supo darme razon del origen de aquello: sin duda alguna fué trasportada allí en los tiempos en que el camino real era un verdadero camino bien conservado, y no como hoy, que no pasa de ser un caos de vertientes y pedregales casi erizados de peñas, por donde los caballos y los bueyes pasan con gran trabajo.
El terreno propio del Sr. Hurtado, y que constituye la extension de la hacienda, alimenta más de mil cabezas de ganado. El rebaño vaga libremente por aquellas soledades, y al rededor, como quiera que la finca está cercada ó por arroyos profundos ó por selvas casi impenetrables, no se hace necesario un cierre continuo; basta sólo cerrar estos pasos cortando árboles y superponiéndolos convenientemente para que obstruyan el agujero.
Por aquí es muy escaso, por no decir ninguno, el cuidado que se toman en la educacion del ganado; compran los rebaños enflaquecidos y agotados que vienen de Chiriqui en largas caravanas, y ellos mismos engordan despues en los extensos prados que tienen por suyos. Apénas los animales han recobrado algunas fuerzas con la abundante alimentacion de que pueden disfrutar, cuando procuran escaparse, para lo que buscan una salida por todas partes: su admirable instinto los conduce al lugar de su nacimiento, por distante y separado que esté, y ésta es la razon por que procuran con gran cuidado tapar todas las salidas y obstruir todos los pasos por donde pueden efectuar su huida. A pesar de todas las precauciones que toman, las fugas son muy frecuentes, por lo que cada propietario se ve obligado á imprimir sobre el animal de su pertenencia un signo ó marca especial, siendo ésta tan respetada, que una vaca encontrada á centenares de kilómetros es devuelta á su posesor legítimo de hacienda en hacienda.
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M. Armando Reclus. |
El aumento natural de los rebaños no sería muy difícil de conseguir; pero exigiría grandes cuidados y mucho más tiempo del que estos naturales parecen dispuestos á emplear en cualquier cosa, por grande que sea la utilidad que pueda reportarles. Desde luégo sería necesario aumentar el número de los vaqueros ó encargados de recorrer las sabanas para poner en seguridad los terneros recien nacidos y untarles los ombligos con cierto ungüento, sin el que las moscas y gusanos los infestarían con sus larvas, dando lugar á que perezca el mayor número de ellos. Estos hombres pasan toda la vida á caballo, y es prodigiosa su habilidad para tirar el lazo: con las largas correas que llevan enrolladas al arzon de la silla sujetan uno á uno todos aquellos animales á fin de poderlos reconocer, y tan pronto como advierten bajo la piel algun tumor que les revele la presencia de los inmundos gusanos que tantas bajas causan entre aquellos, los conducen á un determinado corral, donde los operan extrayéndoles lo que es causa de su mal, y los curan, no dejándolos en libertad hasta que no tienen nada que temer. Sin estos detestables parásitos y las garrapatas, los rebaños del istmo serían de todo punto magníficos. Las sacas del Sr. Hurtado son en el mercado de las de más importancia, gracias al beneficio de que disfruta el terreno en que su hacienda está enclavada, y que no tienen las demas: queremos referirnos á la existencia allí de los garrapateros, especie de mirlos que se posan sobre los rumiantes, y en pocos minutos lo limpian por completo de la plaga que puede diezmarlos. Cada buey tiene su pájaro protector, que siempre es el mismo; miéntras que el amigo está pastando, el mirlo permanece en quietud absoluta, posado entre sus cuernos, investigando con atenta mirada el terreno; tan pronto como apercibe un nido de garrapatas, salta á tierra delante del hocico de su compañero y en un momento quita de en medio todos aquellos terribles bichos.
Teniendo en cuenta lo exiguo de las proporciones de los toros en los países cálidos, las de los del istmo son bastante considerables. Aunque armados de un par de cuernos agudos y bien colocados, son bastante tranquilos y muy apacibles: muchas son las veces que hemos atravesado por en medio de aquellos numerosos rebaños, sin que uno solo de aquellos animales haya hecho el más ligero movimiento que pudiera indicarnos deseos de acometer; pero á pesar de esto, lo más prudente es no repetirlo muchas veces y caminar por la orilla del bosque, por los riesgos que naturalmente pueden ocurrir aventurándose entre unos animal estan fuertemente armados. En las distintas ocasiones en que, como dejamos dicho, nos hemos visto obligados á pasar por entre el ganado, teníamos buen cuidado de cerrar nuestros quitasoles, objeto que muy particularmente irrita á los toros. Nuestro amigo Sosa, que para el trabajo gastaba habitualmente una camisa y unos calzones de un color rojo subido, no dejaba nunca de ocultar su llamativo vestido bajo un pantalon de más modesto color siempre que se veía obligado á pasar por donde había alguna manada de dichos animales, pues el color rojo llama vivamente su atencion, excitándolos á acometer: por otra parte, siempre que nos veíamos en tales apuros, procurábamos rodearnos de los hombres que nos acompañaban, á fin de que los cornúpetos se calmaran con el olor propio de la gente de color, que les es tan familiar. La gente del país no se les acerca más que á caballo, y esto haciendo voltear el lazo que siempre llevan, y con lo que se les excita un saludable terror; todos los toros sin excepcion corren á cual más pueden tan pronto como ven aparecer al vaquero blandiendo la larga correa, al extremo de la cual llevan sujetos unos plomos; pero el pastor ha divisado ya al animal que buscaba, y tan pronto como se asegura de ello lanza á escape su caballo, y aunque se encuentre entre los demas es bien pronto enredado con el lazo, y sin hacer el menor esfuerzo, sin procurar conseguir de nuevo su perdida libertad, se deja mansamente conducir al punto donde lo lleven. Cuando se trata de verlos á todos reunidos, un solo vaquero y dos ó tres perros bastan para hacer entrar en el corral la manada entera.

