PRIMERA SECCION

DOCUMENTOS
RELACIONADOS CON LA SITUACION DE LOS
INDIGENAS Y COLONOS DURANTE LOS
SIGLOS XVI, XVII Y XVIII

MEMORIAL QUE DIO EL BACHILLER LUIS SANCHEZ, RESIDENTE
EN CHILLARON DE PAREJA, AL PRESIDENTE ESPINOSA,
EN MADRID A 26 DE AGOSTO DE 1566

(Archivo de Indias. Patronato. Est. 2 Caj. 1, leg. 19.
19. En Colección de Documentos Inéditos, relativos al descubrimiento, conquista y organización de las Posesiones Españolas sacados de los
Archivos del Reino, y muy especialmente del de Indias, por D. Luis Torres de Mendoza. Tomo XI. Imprenta de J. M. Pérez. Madrid, 1869).

Muy ilustre señor: Si bien se mira, es cierto que todas las cosas y negocios que de las Indias se pueden decir y tratar, vienen a parar y resumirse en solo un punto, y es, en favorecer alma y cuerpo de los indios o destruírlos y acabarlos como hasta hoy se ha hecho y hace. Los que los favorecen de veras —que es con obras y con palabras—, son tan raros, que en diez y ocho años que he estado en las Indias, no he visto cuatro. Todos los demás, son sus contrarios y los asuelan y destruyen. De aquí viene que daré por cuenta mil quinientas y algunas más leguas despobladas en las Indias por medio de españoles que estaban llenas de indios; y en las más de ellas no han dejado criatura, y en las otras, tan poca gente, que se pueden llamar despobladas.

La causa de este mal es, que todos cuantos pasamos a las Indias, vamos con intención de volver a España muy ricos, lo cual es imposible —pues de acá no llevamos nada y allá holgamos— sino a costa del sudor y sangre de los indios.

La manera como se han despoblado tantas tierras, —no hablo de México, porque allí entiendo ha habido siempre un poco de justicia y favor para los indios— creo no quedará nada si no se remedia.

Lo primero ha sido las crueles e injustas guerras que los españoles han hecho y hacen a los indios, matándolos, robándolos, talando y ahuyentándolos de sus tierras. Todo contra la orden e instrucciones muy cristianas que de nuestros Reyes llevaban. En estas guerras y jornadas, —que llaman— en sola la gobernación de Popayán, después que yo estoy allá, he visto conquistar y poblar once pueblos de españoles con cada 20 y 30 leguas de término cada uno, y otras cinco jornadas; y en ello he visto, con estos ojos, cosas y crueldades nunca vistas, que no las sufriría a oír ningún cristiano, cuanto más V. S.: pues que será en otras infinitas partes que lo he oído a personas que se hallaron presentes.

Lo segundo que ha destruído las Indias, fue los esclavos, que con muy falsas informaciones, y no entendiéndose los negocios, se hicieron hasta que S. M., siendo desengañado, los dio por libres; y aunque las dos dichas causas han destruído mucho, pero la que viene, ha asolado más que ambas, y casi las dos, son ya pasadas, y esta es como una carcoma y asuela hoy más que nunca, y no se siente y es el repartimiento de los indios, porque no usan los españoles de ellos como vasallos, sino como esclavos y enemigos. En minas, cargas y servicios personales y en las más partes no guardan más tasa y viven tan sin ley como si no fuesen sino cristianos; esto no se puede bien entender si no platicar.

Ha ayudado mucho a la destrucción de tanta multitud de gentes, ser los indios de su natural, tan débiles y ruín complexión, que con poco mal, y trabajo que les den, se mueren, especialmente sacándolos de sus tierras y provincias, como los han sacado muchas leguas, y pocos volvían a sus casas; y así se dice, que el indio es como el pescado, que en sacándolo del agua muere.

Todos los daños y robos dichos, y cuantos se han hecho en las Indias, los ha causado la insaciable codicia de los españoles, la cual creció mucho, porque no ha habido freno de parte de la justicia; también de esta han nacido tantas guerras civiles, unos españoles con otros en el Perú y otras partes, mil a mil y quinientos a quinientos, y ciento a ciento hasta acabarse unos a otros, y esto con grandísimo daño de los indios, que siempre es mal para el cántaro que es el indio; que mientras hay guerras que casi no han faltado, todos hacen lo que quieren en los indios, y acontece llevar el tirano en su campo ocho o diez mil indios de carga, y los leales otros tantos. Lo dicho sea cuanto al cuerpo del indio.

Cuanto a su alma, bastará decir que de tantas provincias despobladas y millones de gentes que por la codicia de españoles han sido muertos, no han ido la centésima parte cristianos, sino así los echaban al infierno y los mataban como si fueran brutos; pues en los que hemos convertido y son bautizados, yo prometo a V. S. que no hay en ellos onza de fe, si se pudiera pesar, —dejo aparte lo de México que entiendo hay algo más— porque no se levanta el entendimiento del indio dos dedos del suelo en lo que toca a su alma, y de su natural, son como monas en las apariencias, muy diligentes, muy amigos de disciplinarse y ofrecerse confesar, llorar en la confesión, oír misas y sermones, que parece vienen de buena gana a todo; y si los dejan, de allí a dos horas no hay nada; esto entiendo, por más que publiquen por ahí gentes, que yo también he gastado mi tiempo en ello predicando y doctrinando indios; y creo que no he hecho de fruto valía de un real, pero de esta poca fe y cristiandad de los indios, echemos la mitad de la culpa a los ruines predicadores y a su mal ejemplo, —que es lástima verlo— que les decimos una cosa y hacemos otra, y el pobre del indio, ignorantísimo, mira muy bien lo que hago y olvida lo que digo.

Si V. S. me preguntare todos estos daños y crueldades, etc. que en el alma y cuerpo de los indios se han hecho ¿cómo en 74 años que ha que se descubrieron las Indias no se han remediado? Digo, que porque no sea entendido ni creo se acabará de entender, aunque está bien claro, y lo vemos por los ojos y podrá ser sea juicio de Dios, sino que no lo alcanzamos; que quiere Nuestro Señor castigar a estos indios por sus enormes pecados, y no quiere se entiendan las Indias para ponerse el remedio hasta que él sea servido; dejémoslo a su divina voluntad.

Pero humanamente hallo yo tres causas, por donde las Indias no se han entendido; la primera es, que como son tantas las tierras de las Indias y tan remotas de España, tantas provincias tan diferentes unas de otras, y en nada se parecen a las de acá, cada una tiene necesidad de sus particulares leyes, y cada día acontece que dan una misma ley para todas; y así, lo que aprovecha a una daña a otra; y también como los que de acá las gobiernan no las han visto, han de gobernar forzoso por lo que otros dicen o escriben; y también cuando un Señor del Consejo comienza a entender las Indias, luego le mudan, por lo cual no se entienden, y si se acierta, es acaso.

Lo segundo, casi todos los que vienen de Indias y desde allá escriben, informan mal y a su gusto, que es el interés, el cual han de sacar forzoso de los indios, y en esto todos son a una, todos desean vivir en aquella libertad y anchura, y que nadie les vaya a la mano; y no han de informar lo que a ellos les está mal, porque no se remedie; y como se han gobernado por estas informaciones hanse errado muchas veces, y ya ha caído en esto el Consejo, y con razón no sabe a quién crea.

Lo tercero, vienen también de las Indias personas de bien y religiosas, huyendo de los grandes males que allá hay, con gran fervor y celo de informar acá la verdad para que se remedie. Estos son muy pocos y conocerse han, en que vienen pobres y no bien quistos de gente de Indias. Estos con gran calor, comienzan a decir verdades y a desengañar de las cosas de Indias, y como acá, todos y el Consejo, están escarmentados de las mentiras que a todos los demás han oído, no saben a quién crean; y como a los buenos no les dan crédito, ni a las veces oídos, y si los oyen tibiamente, cánsanse y déjanlo; y también cuando echan ojo en lo que trabajó el buen Obispo de Chiapa, y en su gran constancia y en lo que padeció mi buen amo el Obispo de Popayán; y como ambos murieron con este pío, de que se supiese la verdad de lo que en las Indias pasa, y se remediase y ambos sacaron poco fruto de sus trabajos, como ven esto, desanímanse y déjanlo, y así no se acaba de averiguar la verdad de lo que en las Indias pasa.

Quien tenga la culpa de tantos males y daños, yo le diré, y no la tiene nuestro buen Rey y señor como algunos atrevida y malamente, sin entenderlo, hablan; porque bastantísimamente descarga con poner un Consejo tan cristiano y de tantas letras, y él, tan de buena gana oye a todos, y lo que a su noticia viene, manda remediar y a hecho y hace tan grandes limosnas en las Indias, edificando iglesias, monasterios y hospitales y colegios, y gastando tantos dineros enviando allá frailes y clérigos que prediquen el Santo Evangelio. Pues el Consejo de Indias, tampoco tiene culpa de estos males, pues con diligencias hace lo que en sí es, procurando de enviar allá Obispos y Jueces los mejores que puede hallar y si allá se pervierten, ¿qué culpa tiene? basta hacerles tomar residencia y castigarlos, pues las provisiones, cédulas instrucciones que envía y lo que allá manda, santísimo es.

La culpa de todos los males cometidos en las Indias, a mi juicio, reparto yo en tres géneros de personas, la tercia parte de esta culpa —y aunque le echara la mitad no errara— tienen todos los Jueces eclesiásticos y seglares, desde el mayor hasta el menor que han estado y están hoy en las Indias, porque jamás han ejecutado a derechas, lo que el Consejo desde acá santamente les manda; ni las nuevas leyes, ni otras mil provisiones e instrucciones que para el buen gobierno de las Indias, cada día les envían; los unos, especial, inferiores no lo hacen por estar hechos a la tierra y corrompidos con los comenderos, con codicia; los otros muy prudentazos, a los cuales alaban mucho por no ejecutar nada, dicen no conviene de quitar; esto yo informaré a S. M., no es tiempo, no conviene para esta tierra, no la entiende el Consejo, y así se quedan los delitos sin castigo, y no se ejecuta justicia; y por esto y no por otra causa se han levantado allá tantos tiranos en el Perú y otras partes; porque el fin de la justicia, bien vemos que es la paz, y los buenos Jueces que hay que son pocos como sus compañeros y todos son contra ellos, no prevalecen ni llega su voto al fogón; de todo esto pondré grandes ejemplos que he visto y oído allá.

La segunda tercia parte de la culpa de estos males, echo a todos los clérigos y frailes que están y han estado en las Indias, que por hacerse ricos se han conformado con todos los malos que asuelan las Indias, y los confiesan y absuelven sin restituir lo que han robado a los indios, y absuelven a los tiranos, dejándolos a todos en su propio estado, sobre sanándoles sus pecados.

Viendo claramente consumirse los indios y acabarse por servirse de ellos hasta que mueren, y declarar esto, es un abismo.

La última tercia parte representa entre si los propios conquistadores y encomenderos de indios y sus criados y los soldados que son todos los moradores de las Indias, por ser ellos los perpetradores de estos delitos, que si los hubiese de contar, sería de no acabar y me mandaría V. S. callar, porque no podrían orejas tan cristianas, oír tan graves delitos como españoles han cometido y hoy cometen contra los indios.

El remedio para que no pasen adelante tantos males, délo Dios Nuestro Señor, que los hombres poco alcanzan. Pero seria algún medio y entender seria que se quiere remediar, si estas cosas de las Indias se procuran presto de entender, lo cual no se puede hacer sin hacer una grande junta, como conviene a negocio tan importante, donde esté presente S. M. o V. S. y el propio Consejo de Indias, y otros grandes teólogos, todos por Jueces, y allí en medio como en un coso, a una parte poner todos los buenos religiosos y otras personas que hay de gran virtud y tratan este negocio, que tengan todos experiencia de las Indias; y de la otra parte, poner un hato de esta gente, que ha venido de Indias, y cada uno de lo que ha visto y sabe de cada provincia, por sí, averíguese allí delante de tan buenos Jueces, la verdad, y harán confesar los buenos a la gente de Indias, lo que allá pasa; y así, clara y abiertamente se verán los males que allá hay, y averiguado esto, que es lo que toca al hecho, V. S. y el Consejo determinen el derecho, y den la orden, cual que convenga, y váyase a ejecutar, que poco a poco se hará mucho en el servicio de Dios y en la conversión de los indios; y no haciéndose, siempre andaremos a tiento.

V. S. me perdone si he sido largo, que no convenía con persona tan ocupada; la cualidad del negocio me disculpa y habérmelo mandado V. S. etc.

Este memorial dio el bachiller Luis Sánchez, que vive en Chillarón de Pareja. Diolo al señor Presidente Espinosa, en Madrid a 26 de agosto 1566 años.


DENUNCIOS SOBRE LA MALA ADMINISTRACION COLONIA
POR EL PRESBITERO JUAN BAUTISTA DE TORO

(De: El secular religioso. En Madrid: Por Francisco del Hierro. Año de 1721).

230 — Hallándome en un pueblo de indios, fue a deshora una india ciega a llamarme, para que pasase a la iglesia, y oyera lo que quería referirme. Fui a la iglesia y postrada ella de rodillas, derramando copiosas lágrimas me dijo: sabed Padre, que llegaron a mi casa la otra noche dos blancos (así llaman los indios a los españoles) y me dijeron que yo tenía santuario, (este es el nombre, que se le da a los lugares, en que solían depositar y esconder los indios su oro) y que si no decía donde estaba, me quitarían la vida; pero como yo les dije con verdad, que no tenía santuario alguno, trataron de atormentarme para que confesase, y de tal manera me apretaron los ojos con sus dedos, que me los reventaron, y dejaron ciega, como lo está viendo. Fuéronse y dejáronme tan afligida de pensar, que ya para pasar mi vida había de pedir limosna, que queriendo más el morir, dejé tres días de comer para acabar; pero mi madre (así llamaba siempre a nuestra grande Reina) vino, oh qué hermosa, Padre mío! Oh, qué linda! Yo no he visto acá cara tan linda y hermosa, y me riñó mucho, porque me quería dejar morir, y no quería comer; me mandó que viniera, que me confesara, y pasara mis trabajos con paciencia. Por esto he venido. Yo le pregunté dos cosas entre otras. La primera, que era lo que hacía en reverencia de su Madre la Virgen? A que respondió, que los sábados le llevaba una o dos velas de sebo a la iglesia, las encendía ante una imagen suya, y estaba por algún tiempo acompañándola. La otra pregunta fue, que cómo, si estaba ciega, podía haber visto a su madre la Virgen? A que respondió de este modo, y con estos propios términos suyos: miren esto del Padre! Si me ves ciega, cómo había de ver? Pero yo vi a mi Madre la Virgen acá dentro. No le pregunté acerca de los efectos de la visión, porque yo le estaba palpando con su ternura, en el agradecimiento a Nuestra Señora, en la humildad, en el resignarse ya a pasar con el trabajo de su ceguera, y en el venir a confesarse. O Madre de Dios Santísima, decía yo entonces en el secreto de mi corazón y digo ahora por escrito, como es verdad, que a ninguno desamparas, ni desechas y por la salvación de todos miras! Mirad Señora mía por mi salvación. Mirad por mi salvación dueña de mi alma.

231 — No puedo menos, lector mío, a mi vista del agravio que recibió esta pobre india por manos de la codicia, que lamentarme de lo mucho, que por la codicia de los españoles padecen los indios. Perdóneseme la digresión por caridad. A esta pobre le quitó la vista del cuerpo la ajena codicia; mas a los españoles, que el amor del oro y plata, trae a las Indias, comúnmente les ciega las almas su codicia propia. A esta pobre india le quitaron la vista que Dios le había dado; pero son innumerables a los que les estorba la vista espiritual, que podía Dios darles, porque son sin número los indios gentiles, que hay en contorno de la Provincia, donde estoy escribiendo de esto, los cuales se resisten al cristianismo, por las noticias que tienen de lo que los oprimen los españoles corregidores, encomenderos, etc. cuando son cristianos y los tienen debajo de su obediencia por sacarles plata. Quien pudiera imprimirles en sus memorias a estos señores encomenderos y a los corregidores, y los demás, que llevados del demasiado apetito de riquezas, pretenden oficios para estas partes de las Indias, lo que les dificulta San Francisco Javier su salvación. Y en otra parte dice, que de estos se entienden aquellas palabras: Deleantur de libro vite, etc. cum iuftis non fcribantur. Sean borrados del libro de la vida y no se escriban con los justos, o tengo para mí, por cosa muy cierta, que son pocas las almas de corregidores, encomenderos, presidentes, oidores o gobernadores en las Indias, que se salvan. No porque juzgue yo, que no pueden los seculares ser muy justos, y aún santos en sus oficios, pues el fin del trabajo en formar este libro, no es otro, que persuadirles con razones y ejemplos que pueden ser en sus estados y oficios, ante los ojos de Dios muy agradables, y señalarles las Reglas, con cuya observancia cumplan con sus obligaciones; sino porque regularmente hablando, es dificultosísimo el que un corazón, en quien reina encastillada la codicia, se sujete a Regla. La prueba es evidente. Porque Reglas, ni leyes más justas, más conformes a razón, ni más santas, que las que nuestros Reyes, y señores tienen dispuestas y prevenidas en orden a evitar las extorsiones, los malos tratamientos e injusticias que dichos ministros pueden ejecutar contra los indios miserables? ¿Pero cómo ni cuándo se observan? Lo que lloran nuestros ojos es el que los de nuestro Rey, señor de España, estén tan lejos y que solo lleguen a sus oídos informes de los mismos interesados en los agravios contra los indios.

232— Lo peor de todo es, que si algunos Curas, llevados del celo de la caridad y compasión, tan propia de los Sacerdotes, quieren alguna vez defenderlos, o ir a la mano a los corregidores, estos entonces, como cada día se experimenta tiran con la venganza, hasta quitar a los Curas la honra. ¡O Dios Eterno! ¿Qué remedio podrá tener este daño? Solo el que puede dar vuestra misericordia. Pues, Señor, de vuestra misericordia venga el remedio. Yo no he sido, ni soy Cura de indios, y así no digo esto por pasión alguna, sino por compasión, nacida de lo que muchas veces en los pueblos de indios he visto, cuando en ellos he estado, aunque de paso. Basta de digresión y paso a nuestro principal intento, apuntando otros ejemplos, en que se ha mostrado Nuestra Señora Protectora muy amante de los pecadores.

QUE ES LA VIDA

61 — Es la vida una carrera inquieta; un movimiento continuo, y una caída hacia la muerte; es un vuelo hacia el sepulcro; es un aliento prestado, y un soplo incierto; es una respiración, que si corre es aire y si falta es muerte; si continúa, respira el hombre; y si se detiene, espira el hombre. Esta es la vida, por cuyo amor se cometen tantas culpas mortales. Es la vida según dice el profeta de los Reyes, no otra cosa que un poco de humo. Es un vapor ligero, dice el Apóstol Santiago. Es un leve viento, dice Job.  Es una sombra que pasa, dice David. Esta es la vida, que tanto cuidamos; esta es la vida, por cuyo regalo tantos  delitos cometemos, ofendiendo y enojando al Autor de ella misma, y a los prójimos, en tanto grado, que llegan muchos hasta comerse las carnes de otros, como se lamentaba la misma Paciencia; palabras, que parece las dijo tan sentidamente este pacientísimo Rey en nombre de los miserables Indios de este nuevo Reino de Granada, donde escribo lo que estoy escribiendo. Que es ver y considerar como por pasar la vida regalada muchos de los que tienen el nombre de Cristianos, tan indignos de este nombre como yo; muchos Corregidores digo, y Encomenderos, que se sustentan de la sangre de estos desdichados, como en este mismo Reino lo mostró aquel asombro de perfección San Luis Beltrán, cuando hallándose en la mesa de uno de estos y tomando en su mano una arepa (que así se llama un género de pasta o pan, que hacen de maíz los Indios) y exprimiéndola, sacó de ella bastante sangre, y dijo: “Esta es sangre de los Indios, con que os sustentáis. Qué provecho podrá hacer a vuestras almas”. Y si entonces cuando los señores Corregidores y señores Encomenderos se contentaban con el sustento de las arepas, sacaba sangre de ellas aquel celosísimo Valenciano; que sacara ahora cuando no sé quiénes tratan a veces con más vilipendio que a los brutos, y más desprecio que si fuesen vilísimos esclavos, solo por conocer que son sus espíritus tan pusilánimes, y naturalmente tan humildes, que jamás levantan ni aún la voz, sino es cuando a fuerza de azotes) (con que por ligeras causas los atormentan muchas veces) les obliga a que levanten hasta los cielos; que penetrados ya de sus gemidos van contra todos despidiendo justos castigos? De sus desnudas y trabajadas carnes sacan con infernal tiranía el sudor que clama al cielo, para tener sembrado para el regalo, la vanidad y el juego; y para tener siempre sus trojes abastecidas, solicitan mil estratagemas, haciéndose dueños de sus pequeñas sementeras; y para vestirse ellos de seda, no les permiten a estos tristes ni aún ser dueños de una vestidura de que usan de muy basta lana. Oh, quién pudiera hacer, que los piadosos ojos de nuestro muy Católico Monarca viesen, como los nuestros están viendo, las inhumanas extorsiones, que padecen estos pobres! Mirad misericordiosísimo Padre, la innumerable multitud de infieles, que no lejos de estas partes, se resisten a recibir el bautismo, solo porque tienen noticia del mal tratamiento, que padecen los que de los suyos se han hecho cristianos y sujetándose a estos tratamientos; y socorred, Dios mío, a los que redimiste con tu sangre preciosísima y a estos que tanto los afligen, dadles luz, apagad su insaciable codicia y haced que entiendan cuán pocos de ellos son los que se salvan.

21 — Medite las virtudes de un Rey Josaphat, de que se hace mención en el Texto Sagrado. Su fe fue admirable. Su esperanza en Dios prodigiosa, y tan Religioso Rey, que esmeró todo su cuidado en enviar varones doctos a todas las partes del reino, para que enseñasen y predicasen a todos los pueblos la Ley de Dios y los preceptos Divinos. Así lo hacen también y con notable celo nuestros muy religiosos y muy católicos reyes de España, enviando y costeando Misioneros a estas partes de las Indias. Infórmense por la sangre de Cristo, de lo que se ejecuta en orden a este santo deseo, porque son innumerables los indios, que pudieran ser conquistados, si los Ministros suyos, esto es, los Presidentes, Gobernadores, etc., pusieran para este fin los hombros. Pero lo que sucede es, que por la mayor parte de los Misioneros que costean nuestros príncipes se hallan acá sin fomento, porque los Ministros Superiores de estas partes, más vienen a buscar oro para sí, que almas para Jesucristo. Oh, quién pudiera postrado a los pies de nuestros príncipes de España, significarles cuánto importa, así para la mayor exaltación de la Iglesia y honra de la Majestad Divina, que fuesen escogidos los mejores entre los buenos, los más temerosos de Dios, los más desinteresados, los más religiosos católicos, los más rectos y justos, para Jueces de estas partes de las Indias! Porque como el recurso a nuestro Rey está tan dilatado en no siendo los Presidentes, Gobernadores, Oidores, etc., de lo mejor, todo sucede por acá muy mal. Muchas veces sus órdenes no se observan, sus cédulas no se si se ocultan, los Obispos no se respetan, la Iglesia es ultrajada y todos lloramos de ver que no puede nuestro Rey y Señor ver las lágrimas de nuestros ojos, ni nosotros decir nuestros sentimientos. Pero qué es lo que hago con escribir esto? Cuándo había de ser este humilde libro tan dichoso, que llegase a besar las manos de nuestros reyes, ni percibir estos lamentos sus oídos? Vuestra Majestad Suprema, oh! Rey de Reyes y Señor de los Señores, en cuyas manos están sus corazones, compadeceos de nosotros, ilustrad, regid y gobernad a nuestros Monarcas, para que logren en los reinos que les encomendáis felices aciertos. Pero si acaso llegare a tener entrada hacia algún Palacio este libro prosigo.

 

RELACION VERDADERA DE LOS HECHOS OCURRIDOS EN
LA SUBLEVACION DE LOS PUEBLOS, CIUDADES Y VILLAS

EL AÑO DE 1781

(Manuscrito. Biblioteca “Luis Angel Arango”. Publicado por primera vez en: Colección de documentos inéditos sobre la Geografía y la Historia de Colombia, recopilados por Antonio E. Cuervo. Sección 2ª Geografía, Viajes, Misiones, Límites. Tomo IV. Bogotá, 1894).

Relación verdadera de los hechos y pasajes ocurridos en la sublevación de los pueblos, ciudades y parroquias y que dio principio por la del Socorro y San Gil, y a que se agregaron las de Zufija, Sogamoso, Ciudad de la Palma, parroquias de Monguí, Tabio, Socotá, Chita, Socha, Santa Rosa, Cerinza, Gámeza, Firavitoba, Tópaga, Ibajosa, Isa, Nausa, Cocuy, Salima, Sátiva, Chiquinquirá de la Capilla, San Diego de Guacamayos, Betéitiva, Chaba, Soatá, Mongua, Lenguazaque, Mogotes, Cincelada, Sopó, Valle de San José, San Vicente Rocamonte, Riachuelo, Mongui de Chazala, Paipa, Onzaga, Pueblo Viejo, Sutamarchán, Tloiba, Moniquirá, Belén, Culatas, Pesca, Ciudad y Puente Real de Vélez, con otros muchos pueblos de su demarcación extensiva a casi todo el reino; con advertencia que de todos los pueblos arriba mencionados, concurrieron a los campos de Zipaquirá y Nemocón, multitud de gentes armadas de cada uno, con sus respectivos capitanes y comandantes en jefe de todos los comunes, D. Juan Francisco Berbeo, natural y vecino de la Villa del Socorro, y uno de los principales que ellos nombraron, y se apellidaban generales, los cuales llegaron a acamparse primeramente en el campo de Nemocón el 26 de mayo, y después trasladados al de Zipaquirá en los parajes llamados el Mortiño y Casa de Teja, que por su extensión, y según resultó de la información recibida y el cómputo que se hizo, pasaban de más de 15.000 hombres con lanzas, machetes y puñales y un resto de ellos como de 200 a 800 hombres de fusilería, trabucos y escopetas y sus sables y como unos 500 de a caballo con lanzas y espadas según que claramente se definió en la desfilada que hicieron al tiempo de levantar el acampamento del Mortiño y trasladarse a la Casa de Teja circunvalando la sitiada parroquia de Zipaquirá y ocupando sus extensivos campos que se hallan como a 6 horas del camino a la capital de Santa Fe; a donde se dirigían con el fin de apoderarse de los caudales y efectos de S. M. y de los particulares, zaqueándola enteramente y con el objeto de sitiarla en el caso de resistencia y acomodar sus ideas en los términos que anunciaban en sus pasquines fijados en varios pasajes de la capital a principios de abril y que se encaminaban a destruir las providencias dadas par el Sr. Regente Visitador General, y de que se prevaliesen para sublevar los pueblos, con lo demás que se omite, y cuya fermentación dio principio en la forma siguiente.

A los principios de abril del presente año (de 1781) amanecieron fijados en distintos parajes de esta capital varios pasquines, los más en verso, en que reprobaban y se oponían a las providencias dadas por el Señor Regente Visitador General y como dictados por don Francisco Antonio Moreno, fiscal de la Audiencia de Santa Fe y provisto a la de Lima sobre los cuales y aunque para indagar su autor, se hizo la más exacta indagación, practicándose las más vivas diligencias, no tuvieron el resultado que se apetecía.

En el entre tanto fueron llegando avisos de varios pueblos, especialmente de las villas de San Gil y Socorro y Ciudad de Tunja y Sogamoso, pueblos y parroquias de sus demarcaciones, comunicados por los cabildos, justicias y regimientos, administradores y recaudadores de rentas reales, en que daban cuenta de la novedad ocurrida de unos pocos hombres sucesivamente, que se creían ser de las citadas villas y sus parroquias se iban apoderándose de los tabacos y aguardientes que eran de S. M. quemando los primeros y derramando los segundos; lanzando los administradores y guardas, removiéndolos de su custodia y manejo, y publicando bandos contra el mal manejo, providencias y reglamentos de visita, sin que en estos movimientos hubiesen inferido el más leve daño a persona alguna, respecto a no haber encontrado oposición.

Estos desórdenes se fueron progresivamente extendiendo; de suerte que los más días se recibían chasquis, con noticia de los quebrantos que sufría la R. Hacienda en sus ramos. Lo que obligó al Señor Regente Visitador a dar parte al R. Acuerdo, para acordar con los S.S. ministros las diligencias que debería acordar para sostener su comisión.

Nombró el señor Regente Visitador al señor oidor don José Osorio a quien se auxilió con 50 soldados de la compañía de alabarderos de los 75 de que se componía, dejando para custodia de la capital los 25 restantes y a que después se agregó la compañía de Corazas que recibió con este motivo compuesta de unos 40 vecinos, como también la de Milicias en que se incluyen de todas clases y estados, creando nuevos empleos para la dirección y manejo, incluyendo en su formación mercaderes, relatores, abogados y empleados en los demás tribunales y para soldados toda clase de artesanos, ya fuesen españoles o naturales aunque el número completo de todas las compañías con las de voluntarios no excedía de 200 y entre todos se hallaban muy pocas armas de que poder usar en el caso de defensa.

Salió el Sr. Oidor Osorio de la capital de Santa Fe para las Villas de San Gil y Socorro el día 16 de abril, llevando los 50 soldados que iban al mando del capitán que fue de la guardia del Virrey don Joaquín de la Barrera y por ayudante a don Francisco Ponce, teniente y ayudante que había sido de la misma compañía y que estaba separado el cual se convidó para ir a dicha expedición y el Sr. regente visitador admitió gustoso porque confiaba de su valor el buen sentido de la empresa; para auxiliar esta expedición iba también don Antonio Arjona administrador de tabaco de la capital, con 22 guardas empleados los más en los pueblos de fuera de donde los removieron los mismos de afuera y a que se agregaron unos cuatro voluntarios, que por todos componían unos ochenta hombres; se les anticiparon sus pagas y se les entregaron hasta unos 20 cartuchos con bala, según se decía, llevando a prevención algunos quintales de pólvora y balas y un fuerte acopio de bastimentos y equipaje con sus tiendas de campaña y 80.000 pesos en plata para lo que pudiera ocurrir, con más de 700 fusiles para los que quisieran alistarse.

La expedición llegó el 22 y el 26 de abril al Puente Real de Vélez, distancia cuatro jornadas de Santa Fe, donde se mantuvo por las continuas lluvias y habiendo ocupado los soldados con el Sr. Oidor y sus criados y algunos voluntarios una casa grande de tapia y teja que está a la caída del pueblo contigua a la iglesia, inmediata a esta por un costado, ocupó otra el Administrador Anona con sus guardas para custodiar los caudales y pólvora y obrar de común acuerdo. En este estado y para emplear los cien fusiles que iban a prevención, mandó el Sr. Oidor que saliera el ayudante Ponce con unos ocho soldados de Vélez con el fin de aliar gente; comisionando a otros varios que se dirigieron a Tunja y a otros pueblos con el mismo objeto. El ayudante Ponce volvió aceleradamente con muy poca gente y los otros encontraron iguales dificultades, de modo que se vinieron a quedar los mismos que se salieron de Santa Fe, pues ni aún del Puente Real se les quisieron unir.

Con este motivo y desconfianza ya de todos los pueblos, resolvieron no pasar de allí; por tener noticias que los sublevados venían a buscarlos y así acordaron atrincherarse como lo hicieron, poniendo parapetos y estacadas y colocando la tropa en sus respectivos lugares.

En esta situación se mantenían el día 6 de mayo por la mañana, en que se comenzaron a descubrir algunos pelotones de gente por los cerros, de los cuales se desprendían en cuadrilla para el pueblo, con el fin de insultarles y ver si por este medio se les obligaba a salir del parque donde estaban atrincherados, que era la dicha casa de teja que tenía comunicación con la iglesia, la que miraban con respeto y por lo tanto no querían que en ella hubiese efusión de sangre.

Al siguiente día, 7 de mayo, en aquella tarde, se acercó uno en calidad de embajador de los sublevados, los cuales según se dijo no pasaban de 200 hombres, sin otras armas que las de 3 o 4 escopetas, algunas lanzas, palos y hondas, el cual manifestó al Sr. Oidor que el objeto de los pueblos y la venida de aquellas gentes se dirigía a que se aliviase la situación de los Pechos y contribuciones impuestos por el Sr. Regente Visitador, respecto a no poder soportarlos según la miseria del Común, que eran los más recargados y que si su señoría se hallaba con facultades pasase al campo con él y oiría a sus gentes sin riesgo del mayor insulto.

El Sr. Oidor pasó esa tarde asociado del citado embajador, del cura y de otro eclesiástico; y habiendo oído los clamores de aquellas gentes que decían querían más bien morir que ver perecer de hambre a sus mujeres e hijos; les significó que para acceder a sus ruegos y acomodar las Providencias era forzoso acordarlo con el Sr. Regente Visitador, porque para ello se hallaba sin las precisas facultades.

Con este razonamiento se despidió el Sr. Oidor y se volvió al pueblo confiado en el esfuerzo de su tropa conciliatoria, que se mantenía atrincherada y llena de sobresaltos por los insultos que recibían de los sublevados.

Amaneció el día 8 y como a las 7 de la mañana les despacharon los sublevados otro embajador como de unos 74 a 78 años, andrajoso o de pobre traje, para que le dijera al Sr. Oidor o al comandante Barrera que si no entregaban las armas en breve reducirían la casa a cenizas; y por tener su mediación a la iglesia previnieron al cura que consumiera las especies sacramentales, removiera las alhajas y reliquias y que no de cualquier falta de veneración se hiciese responsable.

Este embajador repitió por dos o tres veces su embajada y en la última sin que se hubiese hecho la menor demostración de defensa, se le rindieron las armas con tanta precipitación y terror que por el balcón de la casa se le arrojaban atropelladamente los fusiles cargados y a este mismo tiempo el administrador Arjona con sus guardas y voluntarios abandonaron el puesto olvidándose de los trabucos y pistolas y poniéndose en fuga se fueron acogiendo en las casas de los vecinos, especialmente de eclesiásticos, que conociendo su timidez y de caridad quisieron alojarlos: el capitán Barrera se mantuvo en el cuarto del señor oidor viendo entregar ignominiosamente las armas, y con este motivo pidieron guardia de los primeros sublevados al citado Sr. Oidor a fin de que no se le insultase. El ayudante Ponce saltó las tapias de la iglesia donde se introdujo hasta la habitación del cura, llegando como un niño, quien le tapó según se dijo con unas mantas o frazadas y así se mantuvo toda la noche hasta el siguiente día en que se ocultó en el Camarín de la Virgen por más seguridad.

En este estado como los sublevados se hubiesen apoderado de todas las armas, pólvora, dinero y equipaje, al abrir uno de los cajones pareciéndoles era pólvora reconocieron ser plata, de los 80.000 pesos que conducían para gastos extraordinarios y aunque algunos de la plebe baja solicitaron tomar alguno y de hecho lo tomaron lo volvieron diciendo: que ellos no habían venido a robar ni a ofender a nadie, sí solo a destruir los estancos por considerar ser providencias gravosas y establecidas por el Regente Visitador.


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