SEGUNDA SECCION

ANTECEDENTES INMEDIATOS AL 20 DE JULIO

INFORME DEL FISCAL D. MANUEL MARIANO DE BLAYA
AL VIRREY AMAR Y BORBON EN 1808

(Archivo de la Biblioteca Nacional. Boletín de Historia y de Antigüedades. 
Año I.
Nº 1º Bogotá, septiembre de 1902).

(Muy reservado).

“Excmo. Sr.:

“Posee V. E. el hermoso arte de obligar a favor de la razón, para que sencilla, y como es en sí, se la representen a su elevada autoridad. Como me cuento en el número de estos obligados por dobles títulos de agradecido, esto, y la nueva confianza que merezco a V. E. en su muy apreciable de 9 del corriente, me animan a poner, pero pausadamente, más claro en mis ideas a su superior justificación, sobre nuestras actuales tristes ocurrencias, que exigen el más acendrado cumplimiento de nuestras obligaciones a Dios, al Rey y a la Patria.

“La Historia antigua, ni moderna, no nos presenta un ejemplar semejante de perfidia y tiranía tan atroz como la que con nuestro legítimo soberano y la Nación española ha ejecutado el indigno y obscuro corso Bonaparte, que se ha hecho infamemente famosa, como lo llama cierto libro anónimo. Ni el mismo detestable Maquiavelo se atrevió a enseñar a su malvado Príncipe máximas tan injustas y tiránicas para reinar, según sabe cualquiera que lo haya leído.

“No hay autor publicista, ni los mejores maestros del Derecho de Gentes, cuyas leyes reconocen todas las naciones para sus diferencias y derechos recíprocos entre sí, que no califique de atrocísima la injuria que aquel pérfido usurpador tan descaradamente le ha hecho a nuestra Nación, a su más fiel y generosa aliada. Un Atila, a quien la posteridad ha dado, con justicia, el renombre de azote del género humano, no cometió tantas ni tan abominables crueldades, perfidias, asesinatos y robos. Los papeles públicos de Europa, que ya se han quitado la máscara, exceptuando su despreciable adulador, El Monitor Francés, se los justifican con pelos y señales, cometidos en todas partes de Europa y Asia; en Asía, donde hasta renegó de Jesucristo (!oh execrable iniquidad!) y adoró a Mahoma por su infame política, para engañar y conquistar. Desde Adán a Noe, y desde Noé a nuestros días, no ha habido hombre que haya perpetrado tan negra y criminal acción, como lo es el arresto de nuestro amado soberano, si se analizan bien que los engaños, vilezas, trampantojos y traiciones, lo precedieron, acompañaron y subsiguieron; solo la de Judas Iscariote se levanta, porque fue traidor con el Hombre-Dios, y el indigno corso lo ha sido, so capa también de amigo, con la sagrada persona y con un ungido del Señor. Así llama la Sagrada Escritura a los reyes legítimos, no a los aventureros y usurpadores, como el Atila fue un gentil y el corso es un ateísta, como todos saben. ¿ Pues quién, sino un ateo es capaz de iguales atrocidades y delitos? ¿Quién sino un ateo dejaría de castigar, como merece, la indigna llaneza y falta de santa veneración que tuvo su Ministro en Roma, presentándose a la cabeza visible de la Iglesia, Vicario de la invisible de Jesucristo, a quien sin besarle el pie apenas le hizo una desatenta, ligera cortesía, cual se hace en un baile de mujeres, bajando, al entrar, algún tanto la cabeza? Pero el virtuosísimo Pío VII lo corrigió solo haciéndole esta pregunta: ¿ Sois catolico? Con que quedó enmudecido y señalado. Así lo afirman los papeles públicos de Roma, con la tirana orden que dio para que se dispersasen todos los cardenales del Sacro Colegio. ¡Oh religión santa y adorable! ¡como si tu origen divino pudiera temer a los viles y vanos poderosos del mundo, quiere también perseguirte el más miserable de la tierra! porque tal es el que endurecida su razón a fuerza de delitos, las costumbre de cometerlos lo ha hecho ya un monstruo abominable de ellos, en todo el rigor de esta palabra. El no tiene religión; abraza y publica, se cree la que más le conviene en las circunstancias, pero no cree ni sigue ninguna. Con Italia, Francia y España ha manifestado ser católico; con los musulmanes, mahometano; con los prusianos, protestante; con los rusos protestante y tolerante; con los judíos, que no forman ni formarán la nación, no se sabe, pero los protege y coloca en los primeros empleos de su servicio. Muchos de sus más inmediatos generales, y otros no generales, se sabe que lo son, y se sabe que un protervo judío fue a quien puso por jefe en la guardia que en Bayona custodiaba a nuestro amado Fernando VII.

“Estas y otras semejantes ideas, o más bien verdades que ya sabemos, conviene extenderlas y esparcirlas, pintándolas en los papeles públicos nuestros, con los vivos colores de que son susceptibles, para fijar, digámoslo así, la opinión pública de nuestra nación y de estas colonias; así como por el contrario, conviene obstruir y tapiar, si es posible, todo conducto por donde pueden llegar a los pueblos cualesquiera papeles seductivos, engañosos y que hagan dudar o balancear la opinión pública contra el tirano corso. De esta clase he leído aquí solo dos: un diario de Madrid, 8 de mayo último, en el gobierno del infame peluquero Murat, gran Duque de Berg; y una carta, 13 de abril de este año, fechada en Toledo, de un oficial que se dice retirado, y se atribuye a un abate que acompaña al peluquero. Esta arma fina de la pluma, de que diestramente han sabido usar siempre los franceses, será embotada en sus filos con la correspondiente providencia de V. E., que pudiera ser:

“1ª Providencia. Un edicto o bando público mandando que toda persona que en su correspondencia de dentro o fuera de España y América recibiese cualquier papel impreso, en cualquier idioma, relativo a las actuales concurrencias de nuestro actual gobierno y la conducta de la Francia o su jefe Bonaparte, lo presente a la superioridad de V. E. o al Sr. Juez revisor nombrado para esto, en el concepto de que si fuere corriente se le devolverá inmediatamente al interesado, y también en el de que, si así no le ejecutase, se procederá contra el ocultador como corresponda y haya lugar.

“Este Juez revisor, cuyo nombramiento no tiene otro objeto que el de no ocuparse V. E., si no quisiese, en ese pormenor debe ser un sujeto caracterizado, de bastante instrucción, y de la suma confianza de V. E., y pudiera ser elegido el Sr. Fiscal de lo Civil en esa Audiencia, a quien por su oficio le corresponde esta incumbencia, que lo conceptúo del juicio necesario para el caso, pero en el supuesto de que merezca la confianza de V. E. Con el mismo puede V. E. acordar los puntos de su encargo, que por no dilitarme más no especifico, pero siempre será el principal retener todo papel extranjero, nacional o americano, de cualquier modo seductivo, sedicioso o contrario a nuestro gobierno.

“2ª Providencia. En todas las capitales de provincia convendría que V. E. tuviese una persona de muchísima confianza, integridad e inteligencia, secretamente comisionada para formar las competentes diligencias del sumario contra cualquiera, de cualquier estado o condición, que se propale, extienda o publique proposiciones o máximas subversivas contra nuestro presente Gobierno, nuestro legítimo soberano y nuestras autoridades establecidas, etc. Aquí se ha dicho por hombres que no debían proceder tan indignamente, que los despachos de la Junta Suprema de Sevilla no eran más que una letra de cambio endosada a favor del comisionado Bacaro; se ha dicho que era muy dudosa la autoridad para declarar, como se declaraba, la guerra a los franceses; se ha dicho que las rogaciones y súplicas a Dios que encargaba se hiciesen, la misma suprema Junta, por nuestras actuales ocurrencias, más bien parecían sermones que otra cosa, porque contra el enemigo lo que se necesitaba eran fusiles; y se han dicho otras cosas desatinadas, a cuyos autores es necesario contener. Es verdad que esta obligación deben llenarla los Gobiernos respectivos pero más confianza podrá tener V. E. en los sujetos que elija, y con más celo deberán estos portarse para el desempeño del superior y primero del Reino, que dignamente reside en V. E. Si llegara el caso de estos nombramientos, era también necesario acompañar a cada uno la competente orden auxiliatora y reservada, para los Gobiernos respectivos, a quienes sólo en el caso de necesitar algunos auxilios, para su co misión, la presentarían los comisionados, a fin de que se les franqueasen.

“3ª Providencia. Es necesario cuidar mucho de la correspondencia pública, y retener y quemar, con un secreto como el de la confesión sacramental, toda carta dirigida a cualesquiera persona de algún modo sospechosa, por amistad, parentesco u otras relaciones, que probablemente se conjeturen y calculen, según las noticias e informes que ya se tengan o se procuren. ¡Dios no lo permita! pero puede ser que algunas se dirijan a este Reino, para disponer o persuadir los ánimos a favor del tirano Bonaparte. La prueba perentoria de mi dictamen es lo que ya se lee en una gaceta inglesa (y V. E. no ignorará) cap. del París (sic) de que el pícaro y vil. D. Ignacio Sánchez de Tejada, oficial farolón de la Secretaría de V. E. se presentó en la Junta,, de Bayona, como representante de este Nuevo Reino de Granada, donde presentó un discurso (seria como suyo) en que entre otras cosas hablaba del mal gobierno español y la seguridad de que este Reino se uniría siempre con la Metrópoli. Este farolón, que nunca pudo sacar nada de mí porque lo conocía, tiene ahí y en todo el Reino, muchos amigos. Ahí tiene hermanos, parientes y amigos íntimos, y puntualmente un hermano (yerno de ese administrador de correos, que es circunstancia muy notable al presente). Lo mismo se dice del otro criollo antioqueño N. Zea, que estaba en Madrid (aunque esto no lo he visto en gaceta, y de cuyas ideas y papeles que se le ocuparon, tuve conocimiento por los cuentos de insurrección soñada, para ejecutarla ellos en, el año pasado de 94, siendo Fiscal). Todo esto sabrá pesarlo y mandarlo la suma prudencia, juicio y secreto impenetrable de V. E., si estimase que así conviene. Las providencias precautorias, cuales son éstas, si se saben ejecutar con pulso y medida, nunca traen perjuicio sino auxilios para vencer.

“Me meto a bachiller, pero V. E. me previene a ello, y solo lo hago en obsequio suyo y por el amor al Rey a la Patria, como buen español, de que me glorío, dispensándome su bondad todos mis desaciertos.

“Dios guarde a V. E. muchos años.
“Cartagena, 20 de octubre de 1808.
“Excelentísimo señor:

MANUEL MARIANO BLAYA”.

Excmo. Sr. Virrey D. Antonio Amar.

P. D.—Ya tenía escrita ésta cuando recibí la muy estimada de V. E., 19 del corriente, y hoy me veo acometido de la jaqueca, con que pongo estas cuatro letras. V. E., con su bondad, me dispensará no le conteste hasta el inmediato correo.

B.
(Hay una rúbrica).



CARTA DE D. CAMILO TORRES A D. IGNACIO TENORIO,
OIDOR DE QUITO

(Esta Carta que se publicó por primera vez en el Nº 5 del Repertorio Colombiano (1884), aunque incompleta por faltarle las fojas 8ª y 9ª, encontradas más tarde por don Jorge Roa, es un documento de primera importancia en los anales de la Independencia de Colombia, por las ideas, francamente separatistas, que allí se expresan en vísperas de la revolución).

Santafé, 29 de mayo de 1809.

Mi querido tío:

He recibido la de usted de 80 del pasado abril con el impreso que la acompaña. Por éste y por el papel cuya copia remitió a usted D.N., he visto confirmadas las funestas noticias de España que habíamos tenido aquí desde el correo pasado por cartas de Cartagena y por gacetas inglesas. Ni podíamos esperar otra cosa después de la derrota que sufrieron nuestros ejércitos en las acciones de Ocaña y Alba de Tormes. La desorganización y casi destrucción que ellos padecieron, la desconfianza en el Gobierno y los partidos que se levantaban por todas partes; nuestros ejércitos pequeños, mal armados, peor disciplinados, y obligados a luchar con legiones formidables, acostumbradas hace mucho tiempo a la victoria, y mandadas por los primeros generales de Europa, todo, todo pronosticaba que la ruina de España era inevitable y que era preciso un milagro para que ella pudiera salvarse.

Pero si en este estado de debilidad y desorden de la España han entrado 300.000 franceses para atacarla por todos los puntos y en todo sentido, no hay remedio; la conquista es hecha, y la obra de Napoleón en España ha sido concluída en toda esta primavera. Cádiz, que ha sido el último asilo de los patriotas, y en donde se dice que están reunidos más de 150.000 españoles, es imposible que pueda resistir por mucho tiempo. Una reunión tan considerable de gentes en una ciudad que hasta el agua la recibe de afuera, es preciso que tenga que sufrir la sed, el hambre y las enfermedades que son consiguientes a esto, y al fin Cádiz, como las demás ciudades de España, habrá tenido que rendirse al poder irresistible del tirano.

Y bien. ¿Cuál será entonces nuestra suerte? ¿Qué debemos hacer, qué medidas debemos tomar para sostener nuestra independencia y libertad, esta independencia que debíamos disfrutar desde el mes de septiembre de 1808? ¡Ah! Yo abro los ojos, y no miro por todas partes sino nubes negras que amenazan con una tempestad terrible. Hay buenos patriotas, ciudadanos ilustrados y de virtudes, que conocen sus derechos y saben sostenerlos; pero es muy considerable el número de ignorantes, de los egoístas y de los quietistas. Fluctuamos entre esperanzas y temores. Nuestros derechos son demasiado claros, son derechos consignados en la naturaleza, y sagrados por la razón y por la justicia. Ya está muy cerca el día feliz, este gran día que no previeron nuestros padres cuando nos dejaron por herencia una vergonzosa esclavitud. Sí: está muy cerca el día en que se declare y reconozca que somos hombres, que somos ciudadanos y que formamos un pueblo soberano. La cadena se ha roto, y el yugo que nos abrumaba, sin que nosotros lo sacudamos, se ha caído por sí mismo. Así es la verdad; pero los mandones, estos enemigos domésticos, estos sátrapas crueles, miran con horror estas ideas; y ellos quisieran sellar eternamente nuestra esclavitud y evitar a todo riesgo nuestra independencia.

La conducta de estos hombres ciegos, ya sabe usted cuál ha sido en estos dos años. Terror ha sido su sistema; terror y opresión han sido los medios con que han hostigado y exasperado a este inocente pueblo. Pesquisas, prisiones, calabozos, cadenas, destierros, y últimamente la efusión de sangre de nuestros hermanos, son los medios de que se han valido para ahogar el grito de la razón, para intimidarnos y llevar a cabo sus inicuos proyectos. ¡Qué horrible espectáculo el que estos hombres nos dieran el día 13 de este mes! Cuando nadie se acordaba ya del ridículo suceso de los llanos, y cuando todo el mundo esperaba que los autores de aquel acontecimientos serían castigados con moderación y con atención a las actuales circunstancias, de repente nos hallamos en Santafé con dos cabezas, la una del cadete Rosillo y la otra de un Cadena primo suyo, ambos muchachos y ambos mártires de la libertad del Reino; causa horror el modo y los términos con que han sido juzgados y sentenciado estos dos infelices jóvenes, con otros tres que igualmente han sido víctimas y compañeros en su suerte desgraciada! El delincuente más abominable, el reo cargado de los delitos más atroces, es juzgado y sentenciado según todas las formalidades de las leyes, y su sentencia no se ejecuta hasta que se ha apurado el último recurso. Pero aquellos infelices no han gozado de este beneficio. Con un breve sumario y con el dictamen de un abogado de Tunja, doctor Nieto, fueron condenados a la pena de horca, y por falta de verdugo fueron arcabuceados sin haberse siquiera consultado la sentencia. Toda esta precipitación en un delito tan difícil de calificarse en las presentes circunstancias, fue indispensable para llegar cuanto antes al fin que se proponían, cual era traer las cabezas a Santafé para fijarlas en lugares públicos.

Pero las noticias de España que habíamos recibido por el correo, y las fuertes reflexiones del humano e ilustrado Cortázar, obligaron a sus compañeros a variar el plan meditado y a acordar que se enterrasen las cabezas, como en efecto se enterraron, por la noche del día catorce.

Este hecho de crueldad y de fiereza ha irritado en gran manera los ánimos de los buenos que claman al cielo por la venganza. Los tiranos están sobrecogidos a manera del tigre, que después de haber despedazado a un inocente cordero, se retira al fondo del bosque para lamerse las uñas; ellos se han retirado al fondo de sus casas para meditar los medios de evitar el golpe que les amenaza y asegurar su proyecto de dominación. ¿Y después de esto quiere usted que estos hombres continúen en sus empleos, que no se haga variación alguna con estas autoridades, y que no se altere en nada el actual orden de cosas? ¿Y después de esto será justo y conveniente que se adopten los medios políticos que usted propone para evitar aquí la anarquía en el caso que la España sea subyugada?

He leído el papel que usted ha escrito sobre esa materia, y después de haberlo leído y meditado voy a manifestarle a usted mi dictamen con todo el respeto y moderación que debo a usted, pero con la ingenuidad que hace mi carácter y sin perder de vista un solo momento los sagrados deberes que me impone la Patria.

En primer lugar yo hallo mucha analogía entre el papel de usted y otro que había leído pocas horas antes con mucho secreto, habiéndomelo manifestado un confidente de los Oidores. Es un plan de Gobierno para el caso que se pierda la España, concebido por los mismos Oidores en estos términos: quieren que se convoquen las cortes generales de América, como se iba a hacer en España, y que estas elijan un Regente del Reino, que no debe ser otro, según ellos, sino Carlota, que está en el Brasil, o su hermano el infante D. Pedro; que como es indispensable que pasen cinco o seis años antes que se celebre esta convocación de las Cortes, para evitar la anarquía en todo este tiempo quieren que el Virrey y los Oidores continúen con la autoridad, y que con ellos se entiendan todos los asuntos diplomáticos de paz, guerra, comercio, alianza etc., que para esto deben obrar en virtud de despachos de la misma Carlota, o a semejanza de lo que se hizo en España en tiempo de la minoridad de Enrique III; pues entonces, según dice Gregorio López, el Reino no se gobernó por Regente sino por Consejo y Consejeros del Rey. Todo el proyecto, según ellos, está fundado en la L. 2ª, T. 15, P. 3ª, que habla de la minoridad y fatuidad de los reyes y cuya disposición creen que es aplicable al caso en que nos hallamos. Como el Sr. Florida-Blanca y otros Sabios de la nación han manifestado que dicha ley de partida es inoportuna y que el caso del T. 7º, no está previsto en ninguna de nuestras leyes, desprecian el voto de aquellos sabios, llaman papelotes sus escritos, sostienen que todas las Juntas de España, hasta la central, fueron ilegales; y últimamente dicen que el que se opusiere a sus ideas, será tratado y castigado como rebelde.

¿No es muy bello el proyecto? Lo cierto es que él está fundado en la misma ley de partida que usted llama constitucional, y que sin duda alguna es la misma que usted tuvo presente para concebir su proyecto. Usted la recuerda para evitar la anarquía formándose las cortes, y los Oidores quieren que se celebren cortes y se nombre Regente, para usurparse ellos entre tanto la soberanía del pueblo. Sin embargo, para evitar generalidades, voy a hablar sobre cada uno de los puntos del papel de usted y según el orden con que usted los propone.

“1º Que se establezca un gobierno supremo elegido por el voto de los Reinos y provincias de toda la América, para que la gobierne a nombre del señor. D Fernando VII, y que este gobierno sea una regencia compuesta de tres o cinco personas

Una convocación de Diputados de todos los reinos y provincias de la América Española es una cosa la más difícil, por no decir imposible, que puede imaginarse. Ella no podrá verificarse en ocho o diez años, y en todo este largo tiempo estaríamos en la anarquía que usted quiere evitar, o por lo menos tendríamos una forma de gobierno incierta y precaria. Cerca de año y medio hace que vino la real orden para la elección de Diputados de América en la Junta central, y hasta ahora sólo de Mosquera he oído decir que llegó a España como Diputado de Caracas.

Por otra parte, ¿quién nos asegura que México, Perú, Buenos Aires, en fin, que todos los virreinatos y capitanías generales de América quieran entrar por esta convocación? Tantos reinos tan distantes de nosotros, y cuyas miras e intereses son tan diversos de los nuestros, ¿Querrán acordarlos con nosotros? ¿Querrán ellos sujetarse a una Regencia y formar su gobierno según la ley de partida? Cuando en efecto se realizase la Regencia, ella engendraría celos, discordias y disensiones entre los diversos reinos; porque cada uno se creería con derecho para que el gobierno supremo de la Regencia se fijase en el centro de sus provincias. Si se fijara en este reino, ¡cuántas incomodidades para México y el Perú! Y si en éstos, ¡cuántas incomodidades para nosotros! Las ventajas serían inciertas y los inconvenientes serían inevitables. Los recursos serían tan dilatados y tan difíciles como han sido hasta aquí; las leyes perderían su vigor en razón de la distancia de su origen, y sobre todo los reinos de América quedarían dependientes de aquél con quien estuviese el gobierno supremo. Seriamos colonos de colonos, y éste vendría a ser el mayor de los males.

Además, yo no puedo conciliar la independencia de América que usted confiesa, perdida la España, con la necesidad que se quiere imponer a las cortes de que nombre una Regencia y con la necesidad también de que ésta gobierne a nombre de Fernando VII. ¿Serán compatibles estas restricciones con los derechos sagrados de un pueblo libre que se reúne por medio de sus representantes para formar y organizar el gobierno que mejor le convenga a sus más preciosos intereses? Si Fernando VII existe para nosotros, si vivimos todavía bajo su imperio, entonces que no se altere el orden de cosas, que continúen las autoridades y demás funcionarios públicos; y no diga usted que estos han cesado en sus funciones; y no proponga usted medios para evitar la anarquía. Pero si Fernando VII no existe para nosotros, si su monarquía se ha disuelto, si se han roto los lazos que nos unían con la Metrópoli, y últimamente, si en lugar de la dinastía que habíamos jurado, entra a reinar otra a quien detestamos, ¿por qué quiere usted que nuestras deliberaciones, nuestras juntas, nuestros congresos y el sabio gobierno que elegimos se hagan a nombre de un duende o un fantasma? Si somos libres e independientes, no necesitamos de cubrirnos con el nombre de un Rey para formar la mejor, la más conveniente constitución, ni mucho menos necesitamos para esto de una ley bárbara hecha en tiempos bárbaros y que no es aplicable al caso presente, como lo han demostrado el señor Mollino y la Junta de Valencia. La ley de partida habla de minoridad o fatuidad del Príncipe y no de un caso como el presente, en que se disolvió la monarquía, en que la dinastía reinante ha sido arrojada de España. En este caso la soberanía que reside esencialmente en la masa de la nación la ha reasumido ella y puede depositarla en quien quiera, y administrarla como mejor acomode a sus grandes intereses. Pero seria destruir esta libertad y este derecho sagrado de la nación convocarla para cierta y determinada cosa y precisarla a nombrar necesariamente una regencia, es decir, a que elija un gobierno que tal vez no acomoda a sus intereses que siempre ha sido funesto a las naciones, como lo manifiesta su historia.

Sobre todo la ley de partida en que se quiere fundar el gobierno de Regencia para la América, o fue hecha por algunos de los antiguos reyes sin consentimiento de la nación, y entonces ella no es ley fundamental del Estado, o fue hecha por la misma nación, y entonces ésta puede revocarla si trata de reformar su constitución o de establecer otro orden de cosas con que creía conseguir más fácilmente las ventajas que se propone toda sociedad política en su establecimiento. Las naciones, los pueblos libres, tienen derecho a todo aquello que es necesario a su conservación y perfección, y en virtud de este derecho pueden mudar el gobierno y reformar la constitución siempre que de estas reformas y mutaciones resulte su felicidad. ¿ Y será posible que todas las naciones gocen de este derecho esencial e imprescriptible, que el negro de Haití, al tiempo de recobrar su libertad, estableciese libremente su constitución y su gobierno, y que la Española Americana, en el momento feliz de su independencia, no goce del mismo derecho y se le haya de sujetar a la forma que le prescribe una ley que se hizo ahora quinientos años, cuando los pueblos no eran nada, cuando sus derechos eran aniquilados por el despotismo feudal, cuando las cortes, lejos de ser una verdadera representación nacional, no eran otra cosa que una reunión de tiranos que solo trataban de sus propios intereses y de aumentar su poder y su grandeza a expensas de la libertad de los pueblos? Medite usted estas cosas y pasemos al segundo punto.

“2. Que mientras se forma la Regencia se establezcan provisionalmente en los reinos y provincias de América juntas supremas compuestas de diputados de las provincias y partidos de su territorio y que ellas tengan a sus cabezas al virrey o capitán general de cada reino o provincia”.

Semejante idea es contraria a la libertad y felicidad de la América. Yo creo que ella se opone a la única forma de gobierno que seria más conveniente para nosotros. Una junta suprema en cada reino o provincia concentraría allí todas las miras políticas, todos los recursos y todos los beneficios de la asociación civil; se lograría ver realizada la sabia máxima de que el centro político no debe estar fuera del centro físico; los sabios, los hombres de mérito y de virtudes serian los miembros de dichas juntas, y esto seria un nuevo motivo para hacer amar las ciencias y la virtud, y últimamente nos iríamos acercando a la forma de gobierno de los norteamericanos, a esa constitución que, según sentir del doctor Price, es la más sabia que hay bajo el cielo; a esa constitución, en fin, de la cual dice un político que si Montesquieu resucitara hoy, arrancaría dos hojas de su obra inmortal del Espíritu de las Leyes en que hace el elogio de la constitución inglesa. Pero usted quiere que dichas juntas sean provisionales, y quiere también que los virreyes y capitanes generales sean los presidentes de ellas.

Unos jefes nacidos y criados en el antiguo despotismo, imbuídos en sus perversas máximas y acostumbrados a considerar a los pueblos como viles esclavos y a mandarlos al son del tambor; estos jefes, digo, no son buenos para gobernar hombres libres ni para presidir a unas juntas compuestas de los representantes de un reino a quien ellos habían oprimido. Acostumbrados a la lisonja y a los inciensos, ellos no podrían sufrir que se hablase con libertad, y se opondrían a todo aquello que no conviniese a sus propios intereses. Por otra parte, yo no creo justo que los pueblos, en el momento de su independencia, sigan contribuyendo con su sangre para conservar el lujo y la opulencia de unos visires, de unos déspotas que lo han sacrificado todo a su avaricia, a su ambición y a sus caprichos. Traiga usted a la memoria en este momento la historia de todos los virreyes de América.

Y vea usted si será justo y conveniente que al tiempo de una feliz reforma constinúen ellos en su autoridad y gozando de las enormes rentas que disfrutan. Acuérdese usted que la de este Virreinato es una de las más moderadas, y sin embargo, ella pasa de $40.000; reflexione usted que con esta cantidad se puede hacer felices a 40 familias, y que a este Reino le faltan todos los establecimientos necesarios para su fomento y prosperidad. Ha llegado la época de nuestra regeneración, y es preciso remediar los males que en tres siglos han hecho nuestra ruina, y conquistar los bienes, sin los cuales no podemos ser felices. Consilium futuri ex preteterito venit.

“3. Que mientras se elige dicha Junta Suprema se forme una representación legítima de los pueblos que teniendo la confianza de éstos, pueda tomar su voz y continuar a nombre de Fernando VII a todas las autoridades, y que esta representación se constituya de los Cabildos de todas las ciudades y villas, por elección y nombramiento de sus vecinos; y esto por que los capitulares actuales no tienen la confianza de los pueblos, ni menos pueden llamarse sus representantes

Las Juntas provinciales debieron establecerse en todas las provincias de América, desde el momento que estas supieron el estado de revolución en que se hallaba España. Lo primero, para seguir el ejemplo de la metrópoli, en donde se formaron aquellos cuerpos, no obstante existir en sus provincias gobernadores, intendentes, audiencias, etc. Lo segundo, porque las leyes de Castilla ordenan que en los casos arduos se convoquen los diputados de todos los Cabildos, y por las de Indias se previene que el Gobierno de estos Reinos se uniforme en todo lo posible con el de España. Y últimamente, porque la necesidad y la fuerza de las circunstancias exigían imperiosamente la creación de dichas Juntas. Ellas habrían servido para conciliar los intereses de los diferentes Cabildos del Reino, y para evitar que sus poderes y sus instrucciones fuesen tan opuestos entre sí como lo son sus pasiones y sus necesidades. Ellas habrían contribuído a mantener el orden y la tranquilidad de los pueblos, porque éstos descansarían en paz bajo la protección de una Junta compuesta de sabios y virtuosos patriotas, que al mismo tiempo que tomasen todas las medidas para alejar todo motivo de temor del enemigo, habrían sido un antemural respetable contra los ataques de la tiranía. Si desde el año de 808 se hubieran formado estos cuerpos nacionales, no habríamos visto en todo este tiempo perseguidos a los buenos patriotas, a los amigos del pueblo y de la humanidad, a los defensores de nuestros derechos; no los habríamos visto tratados con las mismas penas, o, si puede ser, más crueles que las que las leyes reservan a los más famosos delincuentes; y, en fin, si estuvieran ya formadas las Juntas provinciales, como se pidió por la mayor parte de los votos de la Junta del 11 de septiembre, con motivo de las ocurrencias de Quito, tendríamos hoy las bases fundamentales de nuestra organización política; y al tiempo de nuestra independencia, no tendríamos que temer los terribles efectos de una horrible anarquía.

Pero ya que los mandones, contra la razón, contra las leyes y contra el grito universal del Reino, se opusieron al establecimiento de dichas Juntas, es llegado ya el caso de formarlas aunque ellos no quieran, supuesto el estado deplorable de las cosas de España. ¿Y para establecerlas esperaremos la última noticia y que se nos diga que ya estamos en perfecta anarquía? ¿Quién convocaría entonces a los diputados de las provincias? El Virrey y demás funcionarios públicos no pueden hacer la convocación, porque su autoridad ha cesado enteramente y los pueblos ya no querrían reconocerla. Todo poder, toda autoridad ha vuelto a su primitivo origen, que es el pueblo, y este es quien debe convocar. Pero como sus deliberaciones serían hechas en medio del tumulto y del desorden, y como, por otra parte, la voluntad de una ciudad o de una provincia sola no puede explicar la voluntad general de todo el reino, es preciso, para evitar aquellos inconvenientes, y mientras se organiza una verdadera representación nacional, que los Cabildos, por lo menos los que son de las cabezas de provincias, levanten la voz y convoquen a los padres de familia y a los hombres de luces de sus respectivos distritos. Estas Juntas así formadas serán otros tantos cuerpos representativos de cada provincia o distrito, que deben subsistir hasta que se haga la instalación de un Congreso general en la capital del Reino, y hasta que el tiempo y la opinión pública, que deberá formarse por buenos escritos públicos, hagan conocer la forma de gobierno que mejor conviene a cada provincia y el modo con que deben dividirse y administrarse en ella los tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial.

Convengo con usted en que los individuos que hoy componen nuestros Cabildos no son unos verdaderos representantes de los pueblos, porque estos no los han nombrado y deben sus oficios a la compra que han hecho de ellos, o a la elección de los demás capitulares. Sin embargo, aquí es preciso olvidar el origen de las cosas y atender solamente a sus efectos. Nada importa que los Cabildos no sean unos verdaderos cuerpos municipales, con tal que los pueblos los consideren, por ahora, como depositarios de sus derechos y como único órgano por donde pueden explicar su voluntad. Consigamos los fines, y no nos paremos en unos medios que, aunque no son legales, no son injustos, y que, por otra parte, nos redimen de grandes males. Queremos evitar la anarquía, y sería caer en ella anular la única representación que tenemos; o, por mejor decir, la única por donde podemos comenzar la convocación, ya sea de cada provincia para formar las Juntas provinciales, o ya sea de los diputados de cada provincia para establecer el Congreso o Juntas Supremas. Esta marcha parece la más natural, la más sencilla y la menos expuesta a inconvenientes, y puedo asegurar a usted que esta es la opinión de los hombres sensatos y de luces de la capital, que piensan sobre nuestra próxima suerte.

“4. Usted dice que su “plan propuesto está concebido en el caso de que el actual Gobierno Supremo de España sea destruido o subyugado; pero que si todo gobierno se traslada a estos dominios (como es de esperar y desear) o a otros de la monarquía, debemos continuar obedeciendo sin hacer novedad”.


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