(continuación segunda sección)

VI — AMPLIACION DE LA DECLARACION

En fecha del anterior Decreto (5 de diciembre de 1809) y en su cumplimiento, el doctor don Pedro Salgar compareció ante el señor Regente y juró in vervo sacerdotis tacto factore et corona, decir verdad y guardar secreto en lo que fuere preguntado; y siéndolo sobre las especies que insinuó haber olvidado en su declaración anterior, dijo que en la segunda conversación que tuvo en su casa con su sobrino don Carlos, habiéndole preguntado con qué auxilios contaban, le respondió que con la tropa de aquí; que contaban con mucha de ella ofreciéndoles dar una onza mensual fuera de las mil onzas de don Antonio Nariño; que contaban igualmente con los negros de estos lados de La Mesa y villa de Purificación, a quienes había ido a ganar don Domingo Caicedo con ofrecerles libertad; que con el mismo objeto salió para este otro lado, hasta Charalá el cadete sobrino de Rosillo; que el declarante creyó uno y otro, porque este cadete le trajo una carta de Charalá y el doctor Caicedo (pidió licencia) dejó un substituto en el Vicerrectorado del Rosario, como se lo había anunciado don Carlos. Otra de las especies olvidadas fue que don Sinforoso Mutis ofrecía cuatrocientos fuertes al que matara al señor Oidor Alba, verificado que fuera el proyecto del nuevo sistema de Gobierno, cuyo particular ha declarado en otro expediente. Otra especie fue haberle preguntado el declarante que si había algún plan sobre el particular, a que le respondió don Carlos que si le aguardaba un poco iría por una copia que tenía don Manuel Pardo, del plan, el cual era una cosa buena, y luego salió, pero no volvió. Finalmente añade que fuera de las personas nombradas en su anterior declaración, también dos niños Sernas, de la Villa de Leiva, estuvieron aquella tarde en casa del Magistral, adonde entraron estando ya en ella el que declara. Que todo lo dicho es la verdad y lo que tiene que añadir a su anterior declaración, so cargo del juramento, y firma.

(Hay una rúbrica).

PEDRO SALGAR

 

VII — REAL ACUERDO

En la ciudad de Santafé, a 20 de octubre de mil ochocientos y nueve años, juntos en Acuerdo Extraordinario los señores Regente, Oidores y Fiscales de esta Real Audiencia Pretorial, a saber: don Francisco Manuel Herrera, Regente; don Juan Hernández de Alba, Decano; don Francisco Cortázar, don Joaquín Carrión y Moreno, Oidores; don Diego de Frías y don Manuel Martínez Mansilla, Fiscales, aquél de lo civil y éste de lo criminal, dijeron: que sabida en esta capital la insurrección de Quito, temieron su propagación, instruídos de que sus asesores la procurarían por medios sediciosos; que estos temores se aumentaron con las observaciones que hicieron en las sesiones de 6 y 11 de septiembre próximo, en las que varios, tratándose de los medios de remediar los males de la citada insurrección, así de palabra como por escrito, vertieron especies poco conformes a nuestro sistema de nuestro Gobierno, bajo la garantía que se les ofreció; que por esta razón se abstuvieron de proceder, estando a la mira con la mayor vigilancia de sus operaciones, hasta que el señor Fiscal de lo civil, en el día 12 del corriente en la posada del señor Regente, donde se juntaron todos los referidos señores por la noche, manifestó que don José de Leiva, Secretario del Virreinato, de orden de Su Excelencia le comunicó habérsele dado denuncio de una conspiración contra el Gobierno, reducida en sustancia al establecimiento de una Junta Suprema, deposición de las autoridades constituidas y ocupación de los caudales de Su Majestad, siendo cabezas principales del proyecto el Canónigo doctor Andrés Rosillo, el Alcalde Ordinario don Luis Caicedo, el Oficial Real don Pedro Groot y los abogados don Joaquín Camacho y don Ignacio Herrera, con otras particularidades contenidas en dos medios pliegos de papel de letra del mismo Secretario, a quien se lo había participado don Andrés Rodríguez, Oficial de la Secretaría del mismo Virreinato; que en este punto se resolvió que por el mismo conducto del señor Fiscal se contestase al Secretario que Su Excelencia diese providencia para que se remitiese el denuncio al Acuerdo, pues que el asunto merecía toda atención y no se debía quedar en pura combinación; que en el mismo auto que el señor Fiscal hizo la manifestación antecedente, recibida de boca del mismo señor Secretario para el Acuerdo, a saber: que en comprobación de las sospechas que había contra el Canónigo Rosillo, éste, en uno de los días del mes de septiembre anterior, que se calcula el veinticinco o veintiséis, había estado con el Mayordomo de los señores Virreyes, preguntándole por las cosas de España y su estado, expresándole que no se decía cuál era el verdadero, y que quería hablar a la señora, quien le mandó entrar; que mirando con extraordinario cuidado a las puertas reducidas de la alcoba y gabinete, por si alguno entraba o escuchaba, muy zozobroso, se expresó en estos o equivalentes términos: el señor Fernando VII ya habrá muerto por el acero, por el veneno o por la cuerda; es preciso tomar aquí partido: 
Vuestra Excelencia y el señor Virrey están amados y queridos extremadamente; el pueblo o el Reino los adora y proclamaría por Rey a Su Excelencia, pues contaba con cuarenta mil hombres, armas y artillería que suministraría un amigo; que tenía cartas de muchos que guardaban el suceso, sacando una cuyo apelativo era como de inglés muy retumbante, Charrortón; que escribiría, y antes del mes vendría contestación; que la señora Virreina, asombrada, le despidió, diciéndole que no quería más reino que el de los cielos; que evacuada esta relación, entonces el señor Decano expuso: que le constaba lo mismo por la que le hizo el señor Provisor Vicario General y Gobernador del Arzobispado don Domingo Duquesne, a quien se lo había confiado la propia señora Virreina, de modo que este señor Ministro persuadió al Provisor que volviese a ver a la señora Virreina, para que hecha cargo de la gravedad del cuento, no lo despreciase, y diese forma de comunicarlo a quien correspondía, a fin de que, haciéndose uso de esta especie tan extraordinaria, y horrenda, se procediese a lo que hubiese lugar; que en virtud de esta persuasión volvió el mismo Provisor a Palacio, hizo sus esfuerzos para con la señora Virreina, y no pudo recabar que hiciese lo que se la propuso, expresando que se lo había dicho el señor Virrey, quien talvez no lo habría comprendido por su impedimento de oído; que en estas circunstancias los señores...  por Su Excelencia se remitía el denuncio, encargaron al señor Fiscal del crimen que valiéndose de la amistad que tenía con el Canónigo Rosillo procurase sacar de él lo que pudiera por medio de prudencia y sagacidad; que los dos señores Fiscales cumplieron con exactitud sus respectivos encargos, de que inmediatamente dieron cuenta en otra Junta, que se hizo también en la posada del señor Regente, exponiendo el de lo civil haber expresado al propio Secretario, para que éste lo ejecutara con Su Excelencia, que se dirigiese el sumario al Acuerdo; y el de lo criminal, que valiéndose de la oportunidad de pagar a Rosillo la visita de bienvenida, entabló conversación, introduciéndose por las novedades de Quito, recayendo después a los temores de que ellas podrían producir aquí malas consecuencias; que con este motivo se explicó Rosillo, ponderando mucho la tiranía de los españoles en América, incomodándolas del de la conquista, por cuya razón lo estaban pagando ahora allá; que no querían dar empleos honoríficos a los americanos, y por miedo ahora los llamaban hermanos; que hacía mucho tiempo que el marqués de Selva Alegre tenía formado el plan de la independencia de la América, temiendo que los quiteños  la superioridad a esta capital; que habló muy mal de los Excelentísimos señores Virreyes, exponiendo vendían los empleos; que él tenía mucha estimación en el pueblo y entre los principales, por cuya razón depusiera todo temor, pues en caso de alguna novedad pediría por él; que preguntándole al señor Fiscal qué partido tomaría, les respondió, por salir de semejante inopinado apuro, que esperar encerrado en una casa, cuyo pensamiento aprobó, añadiendo contase con su intercesión hasta salvarle, porque sin embargo de que el pueblo era bueno, estaba muy disgustado, concluyendo: “Belona se vino a América; es preciso que vuestra Majestad se haga popular”; que con estos antecedentes se esperaba la remisión del denuncio por el señor Virrey, y verificada en quince del corriente según su oficio, como en el se reservare la persona del denunciante, desnuda además de toda formalidad, se le devolvió al instante para que lo formalizase como convenía; y admitiéndose también que en el citado oficio no se intentaba cosa alguna relativa a la propuesta de Rosillo a la señora Virreina, por el mismo conducto del señor Fiscal de lo civil por quien se recibió según ha expuesto, se hizo entender esta substancial emisión, para que cuando volviese el denuncio formalizado se incluyese esta especie, que hasta entonces no constaba al Tribunal más que por relación; que el señor Fiscal cumplió este nuevo encargo por medio del Secretario, a quien requirió por dos o más veces, expresando que no había tenido oportunidad de hacerlo presente a Su Excelencia, hasta que por último contestó éste al señor Fiscal que el señor Virrey había respondido que como la conversación había sido con la señora y no con Su Excelencia, no le parecía regular hacer uso de la especie; que a este mismo tiempo, para no perder alguno en el asunto, se instó al señor Fiscal del crimen continuase su encargo con el Canónigo Rosillo, y habiéndose excusado a causa de las peligrosas dificultades que le podrían sobrevenir en una materia tan delicada, en que talvez se vería complicado por la malignidad de los culpados, propuso que seguiría en el encargo siempre que por el Acuerdo se le diese la seguridad y resguardo convenientes, expresándose en él los antecedentes que la Audiencia había tenido presentes para hacer esta confianza. En fuerza de ellas, teniendo consideración además que por este medio se descubrirá la verdad que se desea con mayor brevedad y certeza, que por las diligencias judiciales y ... a continuación del denuncio, en que hasta ahora no hay un dato, o principio seguro, acordaron que el mismo señor Fiscal del crimen continúe en el mencionado encargo, por los medios de prudencia y sagacidad que estime conducentes, sin hacer de su parte comprometimiento alguno que sirva a los delincuentes de fomento a sus perversas intenciones; y que de este acuerdo se le dé copia autorizada por el señor Ministro más moderno.

Así lo mandaron y rubricaron.

(Hay seis rúbricas).

CARRION


“MEMORIAL DE AGRAVIOS”

Representación del Cabildo de Santafé, capital del Nuevo Reino de Granada, a la Suprema Junta Central de España, en el año de 1809.

(El texto de este célebre documento, conocido con el nombre de Memorial de Agravios, fue redactado por Don Camilo Torres, en su calidad de Asesor del Cabildo de Santafé y se publicó por primera vez en folleto en 1832. El doctor Manuel José Forero lo transcribió con valiosos comentarios en su obra Camilo Torres. 
Editorial ABC. Bogotá, 1952).

Señor: Desde el feliz momento en que se recibió en esta capital la noticia de la augusta instalación de esa Suprema Junta Central, en representación de nuestro muy amado soberano el señor don Fernando VII, y que se comunicó a su Ayuntamiento, para que reconociese este centro de la común unión, sin detenerse un solo instante en investigaciones que pudiesen interpretarse en un sentido menos recto, cumplió con este sagrado deber, prestando el solemne juramento que ella le había indicado; aunque ya sintió profundamente en su alma, que, cuando se asociaban en la representación nacional los diputados de todas las provincias de España, no se hiciese la menor mención, ni se tuviesen presentes para nada los vastos dominios que componen el imperio de Fernando en América, y que tan constantes, tan seguras pruebas de su lealtad y patriotismo, acababan de dar en esta crisis.

Ni faltó quien desde entonces propusiese ya, si sería conveniente hacer esta respetuosa insinuación a la soberanía, pidiendo no se defraudase a este Reino de concurrir por medio de sus representantes, como lo habían hecho las provincias de España, a la consolidación del gobierno, y a que resultase un verdadero cuerpo nacional, supuesto que las Américas, dignas, por otra parte, de este honor, no son menos interesadas en el bien que se trata de hacer, y en los males que se procuran evitar; ni menos considerables en la balanza de la monarquía, cuyo perfecto equilibrio sólo puede producir las ventajas de la nación.

Pero se acalló este sentimiento, esperando a mejor tiempo, y el Cabildo se persuadió que la exclusión de diputados de América, solo debería atribuirse a la urgencia imperiosa de las circunstancias, y que ellos serían llamados bien presto a cooperar con sus luces y sus trabajos, y si era menester, con el sacrificio de sus vidas y sus personas, al restablecimiento de la monarquía, a la restitución del soberano, a la reforma de los abusos que habían oprimido a la nación, y a estrechar por medio de leyes equitativas y benéficas, los vínculos de fraternidad y amor que ya reinaban entre el pueblo español y americano.

No nos engañamos en nuestras esperanzas, ni en las promesas que ya se nos habían hecho por la Junta Suprema de Sevilla en varios de sus papeles, y principalmente, en la declaración de los hechos que habían motivado su creación, y que se comunicó por medio de sus diputados a este Reino, y los demás de América. “Burlaremos, decía, las iras del usurpador, reunidas la España y las Américas españolas...somos todos españoles: seámoslo, pues, verdaderamente reunidos en la defensa de la religión, del rey y de la patria".

Vuestra Majestad misma, añadió poco después en el manifiesto de 26 de octubre de 1808: “nuestras relaciones con nuestras colonias, serán estrechadas más fraternalmente, y por consiguiente, más útiles”.

En efecto, no bien se hubo desahogado de sus primeros cuidados la Suprema Junta Central, cuando trató del negocio importante de la unión de las Américas por medio de sus representantes, previniendo al Consejo de Indas, le consultase lo conveniente, a fin de que resultase una verdadera representación de estos dominios, y se evitase todo inconveniente que pudiera destruírla o perjudicarla.

En consecuencia de lo que expuso aquel supremo tribunal, se expidió la real orden de 22 de enero del corriente año, en que, considerando V. M. que los vastos y preciosos dominios de América, no son colonias o factorías, como las de otras naciones; sino una parte esencial e integrante de la monarquía española, y deseando estrechar de un modo indisoluble, los sagrados vínculos que unen unos y otros dominios; como asimismo, corresponder a la heroica lealtad y patriotismo, de que acababan de dar tan decisiva prueba en la coyuntura más crítica en que se ha visto hasta ahora nación alguna: declaró que los reinos, provincias e islas, que forman los referidos dominios, debían tener representación nacional inmediatamente a su real persona y constituir parte de la Junta Central gubernativa del Reino, por medio de sus correspondientes diputados.

No es explicable el gozo que causó esta soberana resolución en los corazones de todos los individuos de este Ayuntamiento, y de cuantos desean la verdadera unión y fraternidad, entre los españoles europeos y americanos, que no podrá subsistir nunca, sino sobre las bases de la justicia y la igualdad. América y España son dos partes integrantes y constituyentes de la monarquía española, y bajo de este principio, y el de sus mutuos y comunes intereses, jamás podrá haber un amor sincero y fraterno, sino sobre la reciprocidad e igualdad de derechos. Cualquiera que piense de otro modo, no ama a su patria, ni desea íntima y sinceramente su bien. Por lo mismo, excluír a las Américas de esta representación, sería, a más de hacerles la más alta injusticia, engendrar sus desconfianzas y sus celos, y enajenar para siempre sus ánimos de esta unión.

El Cabildo recibió, pues, en esta real determinación de V. M., una prenda del verdadero espíritu que hoy anima a las Españas, y deseo sincero de caminar de acuerdo al bien común. Si el gobierno de Inglaterra hubiese dado este paso importante, talvez no lloraría hoy la separación de sus colonias; pero un tono de orgullo, y un espíritu de engreimiento y de superioridad, le hizo perder aquellas ricas posesiones, que no entendían cómo era que, siendo vasallos de un mismo soberano, partes integrantes de una misma monarquía, y enviando todas las demás provincias de Inglaterra sus representantes al cuerpo legislativo de la nación, quisiese éste dictarles leyes, imponerles contribuciones que no habían sancionado con su aprobación.

Más justa, más equitativa la Suprema Junta Central ha llamado a las Américas, y ha conocido esta verdad: que entre iguales, el tono de superioridad y de dominio, solo puede servir para irritar los ánimos, para disgustarlos, y para inducir una funesta separación.

Pero en medio del justo placer que ha causado esta real orden, el Ayuntamiento de la capital del Nuevo Reino de Granada, no ha podido ver sin un profundo dolor, que, cuando de las provincias de España, aun las de menos consideración, se han enviado dos vocales a la Suprema Junta Central, para los vastos, ricos y populosos dominios de América, sólo se pida un diputado de cada uno de sus reinos y capitanías generales, de modo que resulte una tan notable diferencia, como la que va de nueve a treinta y seis.

Acaso, antes de proceder a otra cosa, se habría reclamada a V. M. sobre este particular; pero las Américas, y principalmente este Reino, no han querido dar la menor desconfianza a la nación en tiempos tan calamitosos y desgraciados, y antes sí llevar hasta el último punto su deferencia; y reservando todavía a mejor ocasión cuanto le ocurría en esta materia, pensó solo en poner en ejecución lo que le correspondía en cuanto al nombramiento de diputados. Lo hizo; pero al mismo tiempo, y después de haber dado este sincero testimonio de adhesión, de benevolencia y amor a la Península, entendió el Acta, que acompaña a V. M.

En ella se acordó, que, pareciendo ya oportuna la reclamación meditada desde el principio, se hiciese presente a V. M. por el Cabildo, como el primer Ayuntamiento del Reino, lo que se acaba de expresar en orden al número y nombramiento de diputados, dirigiéndola por el conducto de vuestro virrey, o inmediatamente por si mismo, si lo creyese del caso, y a reserva de especificarlo también en el poder, e instrucciones que se den al diputado.

Todavía, sin embargo, el Cabildo ha diferido este paso, hasta que se verificase, como se ha verificado, la última elección y sorteo de aquel representante, y cuando ha visto que se trata ya tan seriamente de la reforma del gobierno y del establecimiento de las Cortes, que se deben componer de toda la nación, según su primitivo instituto, su objeto y su fin.

V. M. misma ha convidado a todos los hombres instruídos de ella para que le comuniquen sus luces, en los puntos de reforma que puedan conducir a su bien, y en los medios importantes de lograr el establecimiento de un gobierno justo y equitativo, fundado sobre bases sólidas y permanentes, y que no pueda turbar un poder arbitrario. Pero en esta grande obra, ¿ no deberán tener una parte muy principal las Américas? ¿No se trata de su bien igualmente que del de España? ¿Y los males que han padecido, no son, talvez, mayores en la distancia del soberano, y entregadas a los caprichos de un poder sin límites?

Si el Cabildo, pues, hace ver a V. M. la necesidad de que en materia de representación, así en la Junta Central, como en las Cortes Generales, no debe haber la menor diferencia entre América y España, ha cumplido con un deber sagrado que le impone la calidad de órgano del público, y al mismo tiempo, con la soberana voluntad de V. M.  

No, no es ya un punto cuestionable, si las Américas deban tener parte en la representación nacional; y esta duda sería tan injuriosa para ellas, como lo reputarían las provincias de España, aun las de menor condición, si se versase acerca de ellas. 
¿Qué imperio tiene la industriosa Cataluña, sobre la Galicia; ni cuál puede ostentar esta y otras populosas provincias sobre la Navarra? El centro mismo de la monarquía, y la residencia de sus primeras autoridades, ¿qué derecho tiene, por sola esta razón, para dar leyes con exclusión de las demás? Desaparezca, pues, toda desigualdad y superioridad de unas respecto de otras. Todas son partes constituyentes de un cuerpo político, que recibe de ellas el vigor, la vida.

Pero, ¿cuál ha sido el principio que ha dirigido a la España, y que debe gobernar a las Américas en su representación? No la mayor o menor extensión de sus provincias: porque entonces, la pequeña Murcia, Jaén, Navarra, Asturias y Vizcaya no habrían enviado dos diputados a la Suprema Junta Central. No su población: porque entonces, estos mismos reinos, y otros de igual número de habitantes, no habrían aspirado a aquel honor, en la misma proporción que Galicia, Aragón y Cataluña. No sus riquezas o su ilustración, porque entonces las Castillas, centro de la grandeza, de las autoridades, de los primeros tribunales y establecimientos literarios del reino, habrían tenido, en esta parte, una decidida preferencia. No, en fin, la reunión en un solo continente: porque Mallorca, Ibiza y Menorca, están separadas de él, y su extensión, riqueza y población, apenas puede compararse con la de los menores reinos de España. Luego la razón única y decisiva de esta igualdad, es la calidad de provincias, tan independientes unas de otras, y tan considerables, cuando se trata de representación nacional, como cualquiera de las más dilatadas, ricas y florecientes.

Establecer, pues, una diferencia en esta parte, entre América y España, sería destruír el concepto de provincias independientes, y de partes esenciales y constituyentes de la monarquía, y sería suponer un principio de degradación.

Las Américas, Señor, no están compuestas de extranjeros a la nación española. Somos hijos, somos descendientes de los que han derramado su sangre por adquirir estos nuevos dominios a la corona de España; de los que han extendido sus límites, y le han dado en la balanza política de la Europa, una representación que por sí sola no podía tener. Los naturales conquistados y sujetos hoy al dominio español, son muy pocos o son nada, en comparación de los hijos de europeos, que hoy pueblan estas ricas posesiones. La continua emigración de España en tres siglos que han pasado, desde el descubrimiento de la América: la provisión de casi todos sus oficios y empleos en españoles europeos, que han venido a establecerse sucesivamente, y que han dejado en ella sus hijos y su posteridad: las ventajas del comercio y de los ricos dones que aquí ofrece la naturaleza, han sido otras tantas fuentes perpetuas, y el origen de nuestra población. Así, no hay que engañarnos en esta parte. Tan españoles somos, como los descendientes de Don Pelayo, y tan acreedores, por esta razón, a las distinciones, privilegios y prerrogativas del resto de la nación, como los que, salidos de las montañas, expelieron a los moros, y poblaron sucesivamente la Península; con esta diferencia, si hay alguna, que nuestros padres, como se ha dicho, por medio de indecibles trabajos y fatigas, descubrieron, conquistaron y poblaron para España este Nuevo Mundo

Seguramente que no dejarían ellos por herencia a sus hijos, una distinción odiosa entre españoles y americanos; sino que, antes bien, creerían que con su sangre habían adquirido un derecho eterno al reconocimiento, o por lo menos, a la perpetua igualdad con sus compatriotas. De aquí es que las leyes del código municipal, han honrado con tan distinguidos privilegios a los descendientes de los primeros descubridores y pobladores, declarándoles, entre otras cosas, todas las honras y preeminencias que tienen y gozan los hijosdalgo y caballeros de los reinos de Castilla, según fueros, leyes y costumbres de España.

En este concepto hemos estado y estaremos siempre los americanos; y los mismos españoles no creerán que con haber trasplantado sus hijos a estos países, los han hecho de peor condición que sus padres. Desgraciados de ellos, si solo la mudanza accidental de domicilio, les hubiere de producir un patrimonio de ignominia. Cuando los conquistadores estuvieron mezclados con los vencidos, no cree el Ayuntamiento que se hubiesen degradado, porque nadie ha dicho que el fenicio, el cartaginés, el romano, el godo, vándalo, suevo, alano y el habitador de la Mauritania, que sucesivamente han poblado las Españas, y que se han mezclado con los indígenas, o naturales del país, han quitado a sus descendientes el derecho de representar con igualdad en la nación.

Pero volvamos los ojos a otras consideraciones que acaso harán parecer los reinos de América y principalmente éste, más de lo que se ha creído hasta aquí. La diferencia de las provincias, en orden al número de diputados en el cuerpo legislativo, o en la asamblea nacional de un pueblo, no puede tomarse de otra parte, como decíamos antes, que de su población, extensión de su territorio, riqueza del país, importancia política que su situación le dé en el resto de la nación, o, en fin, de la ilustración de sus moradores. ¿Pero quién podrá negar todo, o casi todas estas brillantes cualidades de preferencia a las Américas, respecto de las provincias de España? Sin embargo, nosotros nos contraeremos a este Reino.

Población. La más numerosa de aquellas es la de Galicia; y con todo solo asciende a un millón, trescientas cuarenta y cinco mil, ochocientas tres almas, aunque tablas hay que solo le dan en 1804, un millón, ciento cuarenta y dos mil, seiscientas treinta; pero sea millón y medio de almas. Cataluña tenía en aquel año, ochocientas cincuenta y ocho mil. Valencia, ochocientas veinticinco mil. Estos son los reinos más poblados de la Península. Pues el de la Nueva Granada, pasa, según los cómputos más moderados, de dos millones de almas.  

Su extensión es de sesenta y siete mil doscientas leguas cuadradas, de seis mil seiscientas diez varas castellanas. Toda España no tiene sino quince mil setecientas, como se puede ver en el Mercurio de enero de 1803, o cuando más diez y nueve mil cuatrocientas, setenta y una, según los cálculos más altos. Resulta, pues, que el Nuevo Reino de Granada, tiene por su extensión, tres o cuatro tantos de toda España.

En esta prodigiosa extensión, comprende veinte y dos gobiernos o corregimientos de provisión real, que todos ellos son otras tantas provincias, sin contar, talvez, algunos otros pequeños: tiene más de setenta, entre villas y ciudades, omitiendo las arruinadas: de novecientos a mil lugares: siete u ocho obispados, si está erigido, como se dice, el de la provincia de Antioquia; aunque no todos ellos pertenecen a esta iglesia Metropolitana, por el desorden y ninguna conformidad de las demarcaciones políticas con las eclesiásticas; y podría haber tres o cuatro más, como lo han representado muchas veces los virreyes al ministerio, si la rapacidad de un gobierno destructor, hubiese pensado en otra cosa que en aprovecharse de los diezmos, con los títulos de novenos reales, primeros y segundos, vacantes mayores y menores, medias anatas, anualidades, subsidio eclesiástico, y otras voces inventadas de la codicia, para destruír el santuario y los pueblos.

En cuanto a la riqueza de este país, y en general de los de América, el Cabildo se contenta con apelar a los últimos testimonios que nos ha dado la misma metrópoli. Ya hemos citado la declaración de la Suprema Junta de Sevilla, su fecha en 17 de junio de 1808. En ella pide a las Américas: “la sostengan con cuanto abunda su fértil suelo, tan privilegiado por la naturaleza”. En otro papel igual que parece publicado en Valencia, bajo el título de manifestación política, se llama a las Américas “el patrimonio de la España y de la Europa toda”.

“La España y la América (dice V. M. en la circular de enero del corriente, a todos los virreyes y capitanes generales), contribuyen mutuamente a su felicidad”. En fin, ¿quién hay que no conozca la importancia de las Américas por sus riquezas? ¿De dónde han manado esos ríos de oro y plata, que, por la pésima administración del gobierno, han pasado por las manos de sus poseedores, sin dejarles otra cosa, que el triste recuerdo de lo que han podido ser con los medios poderosos que puso la Providencia a su disposición, pero de que no se han sabido aprovechar? La Inglaterra, la Holanda, la Francia, la Europa toda, ha sido dueña de nuestras riquezas, mientras la España, contribuyendo al engrandecimiento de los ajenos Estados, se consumía en su propia abundancia. Semejante al Tántalo de la fábula, la han rodeado por todas partes los bienes y las comodidades; pero ella siempre sedienta, ha visto huír de sus labios, torrentes inagotables, que iban a fecundizar pueblos más industriosos, mejor gobernados, más instruídos, menos opresores y más liberales. Potosí, Chocó, y tú suelo argentífero de México, vuestros preciosos metales, sin hacer rico al español, ni dejar nada en las manos del americano que os labró, han ido a ensoberbecer al orgulloso europepo, y a sepultarse en la China, en el Japón y en el Indostán. ¡Oh! ¡Si llegase el día tan deseado de esta regeneración feliz, que ya nos anuncia V. M.! ¡Oh! ¡Si este gobierno comenzase por establecerse sobre las bases de la justicia y de la igualdad! ¡Oh! ¡Si se entendiese, como lleva dicho y repite el Ayuntamiento, que ellas no existirán jamás, mientras quiera constituírse una odiosa diferencia entre América y España!

Pero no son las riquezas precarias de los metales, las que hacen estimables las Américas, y las que las constituyen en un grado eminente sobre toda la Europa. Su suelo fecundo en producciones naturales que no podrá agotar la extracción, y que aumentará sucesivamente, a proporción de los brazos que lo cultiven: su templado y vario clima, donde la naturaleza ha querido domiciliar cuantos bienes repartió, talvez con escasa mano, en los demás; he aquí ventajas indisputables que constituirán a la América, el granero, el reservatorio y el verdadero patrimonio de la Europa entera. Las producciones del Nuevo Mundo, se han hecho de primera necesidad en el antiguo, que no podrá subsistir ya sin ellas; y este Reino generalmente, después de su oro, su plata, y todos los metales, con la exclusiva posesión de alguno, después de sus perlas y piedras preciosas, de sus bálsamos, de sus resinas, de la preciosa quina, de que también es propietario absoluto, abunda de todas las comodidades de la vida, y tiene el cacao, el añil, el algodón, el café, el tabaco, el azúcar, la zarzaparrilla, los palos, las maderas, los tintes, con todos los frutos comunes y conocidos de otros países.

¿Más para qué esta larga nomenclatura, ni una enumeración prolija de los bienes que posee este Reino, y de que no ha sabido aprovecharse la mezquina y avara política de su gobierno? ¿Acaso podrán compararse con él, los otros de América, ni los mismos Estados Unidos, cuya asombrosa prosperidad sorprende, aunque una potencia todavía nueva? No, España no creerá jamás, que por razón de las riquezas de sus provincias, pueda llamar dos representantes de cada una de ellas a la Suprema Junta Central, y que el nuevo y soberbio Reino de Granada, no sea acreedor sino a la mitad de este honor.

Su situación local, dominando dos mares, el océano Atlántico y el Pacífico: dueño del Istmo, que algún día, talvez, les dará comunicación y en donde vendrán a encontrarse las naves del oriente y del ocaso, con puertos en que puede recibir las producciones del norte y mediodía: ríos navegables, y que lo pueden ser: gente industriosa, hábil, y dotada por la naturaleza de los más ricos dones del ingenio y la imaginación, si, esta situación feliz, que parece inventada por una fantasía que exaltó el amor de la patria, con todas las proporciones que ya se han dicho, con una numerosa población, territorio inmenso, riquezas naturales, y que pueden dar fomento a un vasto comercio; todo constituye al Nuevo Reino de Granada, digno de ocupar uno de los primeros y más brillantes lugares en la escala de las provincias de España, y de que se gloríe ella de llamar íntegramente, al que sin su dependencia sería un Estado poderoso en el mundo.

En cuanto a la ilustración, la América no tiene la vanidad de creerse superior, ni aun igual a las provincias de España. Gracias a un gobierno despótico, enemigo de las luces, ella no podía espera hacer rápidos progresos en los conocimientos humanos, cuando no se trataba de otra cosa que de poner trabas al entendimiento. La imprenta, el vehículo de las luces, y el conductor más seguro que las puede difundir, ha estado más severamente prohibido en América, que en ninguna otra parte. Nuestros estudios de filosofía, se han reducido a una jerga metafísica, por los autores más oscuros y más despreciables que se conocen. De aquí nuestra vergonzosa ignorancia en las ricas preciosidades que nos rodean, y en su aplicación a los usos más comunes de la vida. No ha muchos años que ha visto este Reino, con asombro de la razón, suprimirse las cátedras de derecho natural y de gentes, porque su estudio se creyó perjudicial.           ¡ Perjudicial el estudio de las primeras reglas de la moral que gravó Dios en el corazón del hombre! ¡Perjudicial el estudio que le enseña sus obligaciones, para con aquella primera causa como autor de su ser, para consigo mismo, para con su patria, y para con sus semejantes! ¡Bárbara crueldad del despotismo, enemigo de Dios y de los hombres, y que solo aspira a tener a éstos como manadas de siervos viles, destinados a satisfacer su orgullo, sus caprichos, su ambición y sus pasiones!

Estos son los fomentos que han recibido las Américas para su ilustración, y tales son los frutos que se deben esperar de las cadenas y del despotismo. “Pugnan siempre los tiranos, (dice una ley de partida), que los de su señorío sean necios o medrosos, porque cuando tales fuesen no osarían levantarse contra ellos, ni contrastar sus voluntades”.

Pero qué mucho, si España misma se queja hoy de estos males. “Proyectos (dice V. M. convidando a los instruídos de la nación para que le comuniquen sus luces, en el manifiesto antes citado) proyectos para mejorar la educación pública tan atrasada entre nosotros. Reformas necesarias (vuelve a decir en su real orden de 22 de mayo del corriente) en el sistema de instrucción y educación pública”. En efecto, no hay hombre medianamente instruído y capaz de comparar los adelantamientos de las otras naciones con España, que no conozca estos atrasos, por más que la vil adulación haya querido alguna vez ponderar conocimientos que no tenemos.

Mas, no está lejos de reformar su error el que lo conoce, y se puede decir que tiene andada la mitad el que lo desea. Estos no son defectos de la nación, cuyo genio y cuya disposición para las ciencias es tan conocida. Son males de un gobierno despótico y arbitrario, que funda su existencia y su poder, en la opresión y en la ignorancia. ¡Con cuánta gloria y con qué esplendor renacerá hoy España en el mundo científico y literario, no menos que en el político!

Pero el Ayuntamiento se distrae, y conducido de estas ideas lisonjeras, pierde el hilo de su discurso. No es este el punto del día. Lo que hoy quiere, lo que hoy pide este cuerpo es, que no por la escasez de luces que puedan llevar los diputados de América, se les excluya de una igual representación. Es verdad que ellos no podrán competir con sus colegas los europeos, en los profundos misterios de la política; pero a lo menos llevarán conocimientos prácticos del país, que éstos no pueden tener. Cada día se ven en las Américas los errores más monstruosos y perjudiciales, por falta de estos conocimientos. Sin ellos, un gobierno a dos y tres mil leguas de distancia, separado: por un ancho mar es preciso que vacile, y que guiado por principios inadaptables en la enorme diferencia de las circunstancias, produzca verdaderos y más funestos males que los que intenta remediar. Semejante al médico que cura sin conocimiento y sin presencia del enfermo, en lugar del antídoto propinará el veneno, y en vez de la salud, le acarreará la muerte.

En vano se diría que las noticias adquiridas por el gobierno podrían suplir este defecto: ellas serán siempre vagas e inexactas, cuando no sean inciertas y falsas. Trescientos años ha que se gobiernan las Américas por relaciones, y su suerte no se mejora. ¿Ni quién puede sugerir estas ideas benéficas a un país, cuando sus intereses no le ligan a él? Los gobernantes de la América, principalmente los que ocupan sus altos puestos, han venido todos, o los más, de la metrópoli; pero con ideas de volverse a ella, a establecer su fortuna, y a seguir la carrera de sus empleos. Los males de las Américas no son para ellos, que no los sienten; disfrutan solo sus ventajas y sus comodidades. Un mal camino se les allana provisionalmente para su tránsito; no lo han de pasar segunda vez, y así nada les importa que el infeliz labrador, que arrastra sus frutos sobre sus hombros, lo riegue con su sudor o con su sangre. El no sufre las trabas del comercio, que le imposibiliten hacer su fortuna. El no ver criar a sus hijos sin educación y sin letras, y cerrados para ellos los caminos de la gloria y de la felicidad. Su mesa se cubre de los mejores manjares que brinda el suelo; pero no sabe las extorsiones que sufre el indio, condenado a una eterna esclavitud, y a un ignominioso tributo que le impuso la injusticia y la sin razón. Tampoco sabe las lágrimas que le cuesta al labrador ver que un enjambre de satélites del monopolio, arranque de su campo, y le prohíba cultivar las plantas que espontáneamente produce la naturaleza, y que harían su felicidad y la de su numerosa familia, juntamente con la del Estado, si un bárbaro estanco no las tuviese prohibidas al comercio. El, en fin, ignora los bienes y los males del pueblo que rige, y en donde solo se apresura a atesorar riquezas para trasplantarlas al suelo que le vio nacer.

En fin, si no son necesarios estos conocimientos, con el amor y el afecto al país, que sólo pueden hacer anhelar por su prosperidad; y si todo esto se puede suplir por relaciones, bien pueden excluirse también de la Suprema Junta Central los diputados de las diversas provincias de España, y reconcentrarse el gobierno en dos o tres que pueden tener muy fáciles conocimientos de ellas, o adquirirlos sin dificultad. Pero con todo, lo que vemos es que ninguna ha querido ceder en esta parte: que todas se han reputado iguales; y que la Suprema Junta de Granada, tratando de la reunión de vocales de que se debía componer la central, en oficio de 24 de julio del pasado, le dice a la de Sevilla que nombre dos de sus individuos como lo hacen todas las demás, para guardar, por este orden, la igualdad en el número de representantes, evitar recelos que de otra manera resultarán, y porque nunca es justo que una provincia tenga mayor número de votos que otra; pero que si la Junta de Sevilla no estaba conforme con este medio adoptado por todas las demás, separándose de la propuesta de que aquella ciudad fuese el punto central, señalaba a la de Murcia, y provocaba a todas las del Reino para que nombrasen la que juzgasen más oportuna.

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