(continuación TERCER A SECCION)  

Por el contexto del acta verá Vuestra Merced la consideración y respeto que me merecen la libertad e independencia de las Provincias. Ojalá que todos los Vocales provisionales de esta Junta tengan igual consideración, porque si se pretende consolidar el sistema antiguo y mantener el coloso que gravitaba sobre todas las Provincias, estas solo habrán conseguido multiplicar el número de funcionarios, que tarde o temprano vendrán a ser odiosos, sin haber podido hacer ningún bien a su respectiva Provincia. Esto es muy natural, porque para mantener una corte de lujo como la antigua, unos Tribunales que se extiendan a todas las Provincias, es necesario que éstas sean continuamente feudatarias de la capital. Aunque en ningunas circunstancias puedo lisonjearme de poner un papel correcto, mucho menos en las de la noche del 20, en que extendí todas las diligencias adjuntas. Considéreme Vuestra Merced rodeado de un pueblo numeroso y conmovido, fatigado de hablar tanto y a gritos para que me oyera toda la multitud que cubría la plaza, sobresaltado a cada instante por las voces de que ya traían la artillería, que ya venía el regimiento auxiliar, que la caballería acometía al pueblo, y desanimado muchas veces al ver a los hombres más ilustrados y patriotas sorprendidos de asombro y tan azorados como los mismos delincuentes a quienes perseguía el pueblo. Por esto creo que el público tendrá la bondad de disimular el cansado y tosco estilo del acta y diligencias, pues no es lo mismo componer sobre el bufete y con seguridad, que producirse en medio de los peligros. También pido perdón por la expresión que puse en el acta de que la Junta, compuesta de miembros provisionales, dictase el reglamento para las elecciones en las Provincias. Esto aunque parece contradictorio con el principio que senté antes en la misma acta, de que cada una quedase en libertad de obrar, mi intención fue la de precaver por este medio toda duda o disputa que pudiese retardar la elección del Representante, y no la de dar leyes a pueblos tan libres como el de Santafé. Ya está enmendada en la convocatoria, pues no se prescriben reglas ningunas.

Luego que se hicieron las prisiones del 25 empezó a serenarse el pueblo, y hoy vivimos ya en esa calma que inspira una confianza nacional, pero que no es una apatía vergonzosa y característica del pueblo de la capital, con cuya nota le injuriaban los que antes le despreciaban para oprimirle. Se ha restablecido el orden, pero sin embargo todos los ciudadanos están armados, y fuera de las tropas veteranas tenemos cuatro Escuadrones de caballería, un Batallón de guardia nacional y dos Compañías de artillería que se levantaron de pronto. Estas tropas, con las veteranas y paisanos, hacen el servicio en esta ciudad sucesivamente, contando con todas las Provincias inmediatas, que se han resig nado ya a la Junta y tienen a su disposición crecido número de hombres.

La Provincia del Socorro, después que derribó a su tirano don José Valdés, escribió a la Audiencia que venía con dos mil hombres a exigir que se hiciera la Junta. Hasta ayer no se les pudo escribir y es regular que se detengan sin soltar las armas hasta que se afirme la Constitución.

El pérfido Gobierno peninsular, asustado con las primeras noticias de Quito, mandó a Montúfar de pacificador; pero luego que este Virrey y Audiencia le avisaron que ya habían sujetado aquella Provincia, viene tratándola de insurgente y premiando a sus asesinos. Así consta la correspondencia de oficio que recibimos ayer. También manda informes muy secretos, que los Jefes de estos dominios y la Inquisición prohíban todo papel que no sea la Gaceta de Regencia, y hasta los que se escribieron y circularon en España al tiempo de su revolución. Si esto hace cuando ya está dando la última boqueada de su existencia política, ¿qué habrá hecho en lo pasado y qué deberíamos esperar hiciese en lo venidero si no hubiéramos sacudido ya un yugo tan infame? Sí, lo hemos sacudido después de trescientos años de esclavitud y de ignominia, y lo hemos sacudido para siempre. Que no se lisonjeen de podernos engañar, como a la ilustre Quito, pues hemos dado un golpe mortal a la hidra, y ya sus cabezas no pueden causar daño a las Provincias del Nuevo Reino, pues no existe el tronco que las reproducía. La España en lo venidero será nuestra aliada, pero ya no nos dará leyes; los vínculos de la sangre que nos unen a ella dejarán de ser cadenas pesadas, y la igualdad, la justicia y la razón serán las que únicamente podrán hacerlos permanentes; pero si fuere tal su orgullo que no pueda sufrir la emancipación de unos hombres a quienes no ha tratado como a hijos sino como a esclavos abyectos y miserables, y desdeñase nuestra alianza, nosotros podemos subsistir sin la Europa entera, y la Europa no puede subsistir ya sin nosotros.

Hoy ha concurrido la Junta Suprema a la misa de acción de gracias, y el pueblo parecía componerse solo de locos, según el entusiasmo y alegría que manifestó al ver un Congreso tan respetable, del que esperaba su felicidad.

Adiós, mi querido amigo: de repente me veo convertido en hombre público, y tengo mucho que hacer. Luego que vengan los Diputados saldré a descansar, y entonces podré escribir a Vuestra Merced muchos pormenores importantes de la Revolución.

Su afectísimo amigo que besa su mano,

JOSE DE ACEVEDO Y GOMEZ


CARTA DE D. JOSE ACEVEDO GOMEZ A D. CARLOS MONTUFAR DE QUITO

(Copia de esta Carta perteneció al Archivo del historiador venezolano Eloy O. González. El doctor Raimundo Rivas último dueño de esa copia la publicó en el 
Boletín de Historia y Antigüedades. Vol. XX. Bogotá 1933).

Santa Fé, agosto 5 de 1810.

Señor don Carlos Montúfar.
Mi estimado amigo:

“Acompaño a usted copia autorizada del acta constitucional que extendí la noche del 20 anterior por comisión y formal encargo de este Pueblo, en el momento en que por un movimiento simultáneo tuvo energía para reunirse a proclamar sus más Sagrados Derechos. Los asesinatos que acaba de efectuar el tirano Valdés, corregidor del Socorro, los que se decía premeditaban hacer aquí en la persona de Villavicencio y en la de 19 ciudadanos en cuya fatal lista ocupaba yo el tercer lugar (aunque en las actuaciones de la Audiencia he visto que mi primo don Miguel Tadeo Gómez Administrador de Aguardientes del Socorro, con el Magistral Rosillo y el Regidor don José Acevedo eran los primeros) todo esto unido a la brusca repulsa del Virrey, manifestada a nuestros Alcaldes cuando por las novedades ocurridas en el Socorro le exitó de nuevo al Cabildo a que convocase la Junta; todo esto digo, tenía al Pueblo de Santa Fe en una agitación tan grande que la menor chispa vasto para prender un fuego tan activo que en diez y ocho horas consumió el edificio del antiguo Gobierno.

“A las 12 del día 20 fue don Luis Rubio a pedir prestado un ramillete a don José González Llorente comensal del Fiscal Frías; Llorente lo negó con excusas frívolas; se le dijo que era para disponer la mesa que se preparaba en obsequio del Diputado regio don Antonio Villavicencio, y respondió que se c... en Villavicencio y en todos los americanos. El joven don Antonio Morales, su hermano don Francisco, y el padre de ambos, también don Francisco, Administrador de Aguardientes, cayeron sobre el miserable Llorente, que aquí hacía el personaje de caballero, lo confundieron a golpes hasta que se entró en casa de Marroquín su paisano. Como la escena fue a las 12 en la primera Calle Real y en día de mercado, a la una ya se había comunicado la electricidad por todos los americanos principalmente del medio pueblo que tenía una idea rápida de las cosas. A esta hora se supo que Trillo, Infiesta y otros europeos (que sonaban hacía días como jefes de la conspiración contra nosotros de acuerdo con Valdés del Socorro), estaban sumariados por el Alcalde ordinario Pey, y que su delito constaba de cartas originales que se les habían aprehendido en Tunja dirigidas a convocar a los europeos de aquel partido en Zipaquirá para dar el golpe en ésta contra los principales americanos. Enfurecido el pueblo con esta noticia que hasta allí se había ocultado aguardando la llegada de Villavicencio, cargó sobre la casa de Truxilio, Infiesta y Llorente; las forzó allanando todas sus puertas. El Virrey dio auxilio al Alcalde y así se libertaron los perseguidos de ser arrastrados por el Pueblo. Yo observaba estos movimientos desde el balcón de mi casa, pues toda la manzana de la de Truxilio, estaba rodeada de Pueblo y de soldados a quienes hicieron fuego los perseguidos, pero no hubo desgracia. Serían las cinco de la tarde cuando quedaron en la cárcel esos hombres, y cuando ya la conmoción era generalísima: no había calle en la ciudad que no estu viese obstruída por el pueblo; todos se presentaban armados y hasta las mujeres y los niños andaban cargados de piedras pidiendo a gritos la cabeza de Alba, Frías, Mansilla, Infiesta, Trillo, Marroquín, Llorente y otras con la libertad del Magistral Rosillo. Yo observé que si el Virrey no manda a la Tropa que se esté quieta en los cuarteles sin ofender al Pueblo, el primer paso hostil del Gobierno habría sido la señal para que no quedase un europeo ni ninguno de los americanos aduladores del antiguo sistema. Todo era confusión a las cinco y media: Los hombres más ilustres y patriotas asustados por un espectáculo tan nuevo se habían retirado a los retretes más recónditos de sus casas. Yo preví que aquella tempestad iba a calmar, después que el pueblo saciase su venganza derramando la sangre de los objetos de su odio y que a manera del que acalorado por la bebida cae luego en languidez y abatimiento, iba a preceder un profundo y melancólico silencio, precursor de la sanguinaria venganza de un Gobierno que por menores ocurrencias mandó cortar las cabezas del cadete Rosillo y de Cadenas, sobrinos del Magistral. Veía levantada la fatal cuchilla sobre la garganta de tanto joven ilustre que mezclado en el tumulto, hacía ostentación de un valor y de una resolución que no hallaba objeto donde estrellarse. Penetrado de estas ideas salí de mi casa a las cinco y media dejando a mi desolada familia sumergida en el llanto y el dolor; apenas estuve en la calle cuando el pueblo empezó a llamarme su libertador: Viva nuestro Regidor Acevedo el que iba a ser asesinado por estos pícaros, decían: y chocándose los patriotas unos con otros, todos querían cubrir mi cuerpo sin que se presentase enemigo que me acometiese. Por el aire me condujeron a la plaza que estaba cubierta de gentes armadas gritando al Virrey que hiciese Cabildo extraordinario; pero S. E. abandonado por sus directores Alba y Frías a nada se resolvía. Estos malvados en aquel momento perseguidos por las sombras vengadoras de Rosillo y Cadenas, no hallaban un punto sobre la tierra capaz de sostener su miserable existencia.

Luego que subí al balcón del cabildo cuya espaciosa galería y sala estaba cubierta de gente reconocí al Secretario de Cabildo don Eugenio Melendro, a don Luis Rubio, a don Manuel Pombo, Contador de la R. Casa de Moneda, al Dr. D. Miguel Pombo, Abogado de la R. Audiencia y al Teniente Coronel del Regimiento auxiliar de esta ciudad don José María Moledo, les llamé para que con el Secretario fuesen testigos de la arenga que iba a hacer el pueblo. En efecto, después de varios esfuerzos para que se hiciera silencio, hablé con todo el entusiasmo y calor que demandaban las circunstancias y por una especie de prodigio resoné mi voz por todos los ángulos de la plaza según me ha dicho después el Oidor don Francisco Cortázar que se hallaba en uno de ellos, y pasó luego a Palacio a enterar al Virrey de cuanto me había oído, y de la favorable impresión que había hecho mi voz en el Pueblo. Luego que tenga lugar escribiré esta oración que aunque desnuda de las flores de la elocuencia creo que abrazó los puntos esenciales para que el pueblo usase con moderación de sus derechos y se fijase la suerte de todo el Reino comprometido en el resultado que tuviese este movimiento de la Capital. Concluída mi primera filípica, y los vivas y aplausos que mereció del Pueblo al tiempo que me iba a extender el acta, quiso hablar el Dr. Pombo, joven ilustrado, elocuente y patriota, pero la multitud lo hizo callar llamándome para que la arengase de nuevo: Repetí mis exhortaciones dirigidas a evitar toda violencia, ofreciéndoles que muy pronto estarían asegurados y consignados sus Derechos en el Libro Capitular.

Las continuas alarmas que se esparcían a cada momento causadas por el justo recelo que tenía el Pueblo al ver todo el Regimiento sobre las armas, la caballería sobre sus bridas, y ardiendo las mechas en la artillería, no pudieron conmover la firmeza de mi corazón. Cada instante tenía que salir de la Sala a serenar al Pueblo interrumpiendo el acta, que había comenzado a extender en el Libro Capitular. La multitud de gente que me rodeaba, la vocería de todos y la grandeza del negocio era un obstáculo para su pronta conclusión. Como el Pueblo solo había proclamado por sus Diputados al doctor don Frutos Joaquín Gutiérrez, al doctor don Emigdio Benítez, al doctor don Camilo Torres, al doctor don Ignacio Herrera, al doctor don Joaquín Camacho, al doctor José Miguel Pey, y a mí, le hice ver que eran pocas personas y que en atención a la constancia que había manifestado la presente sala del Cabildo por sostenerle sus Derechos, parecía justo que el depósito provisional de la autoridad se hiciese en este Cuerpo y los Diputados; se contentó aprobando mi propuesta, diciéndome que eligiese yo los más Diputados que fuesen de mi confianza. Lo hice así recomendando el patriotismo del Teniente Coronel Moledo y del Alcalde Ordinario don Juan Gómez, ambos europeos. Formé la lista de los Diputados en medio del tumulto y de la confusión: la vocería e importunidad de muchos, me confundió la idea de algunas que son dignas de esta confianza sin que fuese posible fijarla a los sujetos por más que apuraba mi memoria para que me recordase sus nombres. Después me ocurrieron esos nombres queridos para causarme el mayor pesar, y muy particularmente respecto del distinguidísimo patricio doctor don José Gregorio Gutiérrez y Moreno que sostuvo en las Juntas de 6 y 11 de Septiembre anterior con la mayor energía, solidez y dignidad la justa causa de los ilustres quiteños. Este ciudadano por su virtud, por su delicado gusto en la literatura, y por el complejo de circunstancias que le adornan es digno de ocupar los primeros puestos de su patria.

Serían las 9 de la noche cuando concluí el acta, y ya se hallaba en Cabildo, el Oidor don Juan Jurado comisionado por el Virrey para presidir el acto a nombre de S. E.; los diputados nombrados, propuestos, confirmados y conducidos por el mismo Pueblo, muchos empleados, los Gobernadores del Arzobispado, los curas del Sagrario y de las Parroquias, los Rectores de los Colegios y Universidad, los Prelados Eclesiásticos, Seculares y Regulares, el doctor don Martín Gil, Canónigo de esta Santa Iglesia en representación de su cuerpo, con muchos vecinos distinguidos y notables de esta Capital. Por las primeras expresiones que oí al Oidor comprendí que solo tenía comisión verbal del Jefe para autorizar las deliberaciones que se dirigiesen a calmar al Pueblo. En este momento eché una mirada rápida sobre el Continente; penetré hasta Quito, se presentó a mi imaginación la pérfida política de los actuales funcionarios respecto de aquella y esta ciudad, hice al Secretario extender la certificación jurada que consta del acta; pedí su lectura: Animado del espíritu de Bruto y consagrándome enteramente a los intereses del Pueblo, como otro Tiberio Graco, declaré reo de lesa Majestad a quien se opusiese a la voluntad del pueblo soberano consignada solemnemente en el Libro Capitular: Me erigí en Tribuno, en virtud de la facultad con que había extendido este Documento Sagrado, mientras que era reconocida su autoridad por los que iban a expirar con la posesión de los Diputados. El pueblo auxilió mi resolución, los oradores la apoyaron con discursos dignos de las tribunas de Atenas y de Roma en los tiempos felices de esas célebres ciudades maestras del Universo. La opinión pública da el primer lugar a la Filípica que pronunció el doctor don Frutos Joaquín Gutiérrez de Caviedes. Se pidió al Virrey comunicase las facultades por escrito al Oidor Jurado. En ella desenvolvió todos los artificios y maldades con que los funcionarios del Gobierno habían conspirado contra la autoridad soberana de estos pueblos para alzarse con ella o entregarlos a Bonaparte después que conquistase la Península. Se pidió al señor Virrey comunicase las facultades por escrito al Oidor Jurado, bien contra mi voluntad y por ceder a las instancias de mis distinguidos amigos, pues mi empeño era que se instalase sin más dilación la Junta. Al fin venció mi firmeza la oposición, y a las tres y media de la mañana ya estaba reconocida la Junta Suprema de la capital del Nuevo Reino por el Exmo. Virrey don Antonio Amar, por los Jefes Militares y políticos y por casi todos los cuerpos y autoridades. A las 9 del mismo día la prestó el mismo Ex-Virrey el mismo juramento de obediencia y en acto continuo hizo él de Vocal Presidente: En seguida practicó igual diligencia el Tral. de la Rl. Audiencia y los demás empleados que no lo habían verificado.

Desde este día, sin interrupción, se ocupa la Junta en tomar medidas de seguridad interior y exterior, pues esparcieron voces no muy infundadas de que las autoridades depuestas y sus partidarios meditaban una contrarrevolución. El 26 estábamos ya perfectamente seguros, y hoy solo tiene el Gobierno los cuidados de la felicidad pública complacido de ver que nuestras ideas están de acuerdo con todo el Estado de Venezuela, con nuestras Provincias de Cartagena, Socorro, Pamplona y Tunja, donde antes habían ya sacudido el yugo de sus respectivos Bajaes, y que siendo las que forman el corazón de este cuerpo político, en todo sentido han arrastrado a las de Mariquita, Neiva y Llanos: hemos recibido iguales solicitudes que dirigían al ex-Virrey las nobilísimas ciudades de Cali y Buga en la Gobernación de Popayán: Sabemos que la misma ciudad de Popayán, la Provincia de Chocó, y la de Antioquia solo aguardaban nuestra deliberación para unirse a nuestra causa. La insigne Quito jamás perderá la primacía en el orden cronológico de nuestra revolución americana, y sus pequeños tiranos temblarán cuando sepan que la nueva Esparta, el Socorro, se halla disciplinando ocho mil combatientes que se proveerán en nuestra magnífica Sala de Armas de los pertrechos necesarios, sin olvidar los onderos, (sic) para que guiados por oficiales hábiles purguen el Continente de todos los monstruos que la infestan desde el lado de la cordillera de Guanacas, hasta el Cabo de Hornos. Esta no es una fanfarronada: Bien notorio es el valor y esfuerzos de los Socorreños, y que Francisco Fonseca, de Simácota, en aquella Provincia, acaba de manifestar a los soldados del tirano Valdés que no es inverosímil lo que refiere Ercilla en un poema de la Araucana, que Andrés Doria dividía a un hombre de un sablazo.

Ya he dado a usted amigo y señor una idea ligera pero cierta de las principales cosas que ocurrieron en esta Capital la noche del 20 anterior, y que tienen una inmediata relación con el trastorno del Gobierno antiguo, acompañándole el documento original que comprueba mi relato, y en el que no pude poner cuanto ocurrió. Las anécdotas particulares desde el 20 al 1º de este son tantas y tan varias respecto del Pueblo, y respecto de los antiguos funcionarios que es necesario escribir una historia particular de ellas. En el acta verá usted la consideración que me merece la dignidad política de las Provincias del Nuevo Reino, que pueden centralizarse dentro de sí mismas, siendo esta la primera que se presentó a mi imaginación, y la de Cartagena, la segunda, únicas que creo capaces de organizarse por sí mismas considerando su riqueza, su población y distancia de la Capital. Ellas podrán mandar uno o dos Diputados federativos para que unidos a la sección diplomática entiendan en los grandes intereses exteriores del nuevo Estado del nuevo Reino de Granada: Las demás mandarán un Diputado, como se les ha pedido, para que nos reemplacen a los provisionales en la Junta Suprema de Gobierno. Yo cederé gustoso mi lugar, por retirarme al seno de mi familia, contento con la gloria de haber servido a mi patria con felicidad y suceso en la crisis más importante de la segunda época de la América. Hágame usted el honor de dar mis expresiones acompañadas del ósculo fraternal Americano, a los señores Marqués de Selva-Alegre digno padre de usted, Morales, Quiroga y Salinas, y usted tenga la bondad de recibir todas las consideraciones y respetos que merece su persona de este su apasionado amigo S.S.Q.B.

JOSE ACEVEDO GOMEZ


PAGINAS DE D. MANUEL MARIA FARTO

(Este curioso documento fue encontrado en la Biblioteca Nacional. — Archivo Histórico, Vols. 28 y 2, por el historiador Guillermo Hernández de Alba y publicados en el 
Boletín de Historia y Antigüedades. Vol. XX. Bogotá, 1933).

“..... ción y al mismo tiempo uno que al pronto y en medio de la oscuridad de la hora me pareció el regidor don José Acevedo, tan acérrimo revolucionado como V. S. sabe, dando fuerte palmadas sobre la baranda para llamar la atención de algunos pocos de la plebe que habían quedado por allí y se iban retirando ya, les gritaban que no se fueran, pues importaba más que antes su reunión y permanencia para lo que aún faltaba. Seguidamente, con el breve intermedio de completar el alumbrado del balcón y de hacer agolpar debajo a los referidos plebeyos, entre quienes se veían andar algunos individuos de poca mayor esfera como tenderos y revendedores, amagando y conteniendo a los que intentaban dejar el puesto, o pasando rehusaban tomarlo en el montón, principio el Acevedo desde arriba a perorarles y proclamar un caterva de sujetos de viso para miembros o vocales de la junta que dijo debía e iba establecerse y a encargarse de Superior Gobierno, nombrándolos uno por uno y esperando que los del pelotón, precedidos y guiados de las voces sobresalientes de algunos, que después me dijeron había entre ellos confabulados con el proclamador y sus concomitantes, prestasen levantando como levantaban una confusa o indistinta y destemplada gritería, su aprobación y condescendencia sobre cada proclamado.

Duraría esto hasta cerca de las doce de la noche, y se finalizó ofreciendo y asegurando Acevedo que inmediatamente pasaría el nuevo señor Oidor don Juan Jurado, de quien hizo sus encomios, a autorizar, en nombre y representación del excelentísimo señor Virrey, aquel ímprobo y desconcertado acto y las instalación de la Junta emanada de él, para tomar luego otras providencias de seguridad pública. De la plaza en que, acabado lo antedicho, nada ocurría de particular nota, sino el murmullo de los agolpados y retenidos delante del Cabildo, viendo que no había la menor apariencia de abrirse la Secretaria, me fui a recorrer una de las principales calles y sin descubrir en ninguna ronda, patrulla, ni otro medio de los oportunos y adecuados para infundir respeto y contener la perversión y desenfreno popular, o por lo menos para explorar y cerciorarse experimentalmente de que el mal estuviese en su colmo, advertí que uno u otro individuo de la misma media esfera de aquellos que habían procurado el amotinamiento y permanencia del populacho debajo del balcón del Cabildo para la proclamación de Acevedo, practicaba igual diligencia con los transeúntes del vulgo, incitándolos y aun amedrentando para que concurriesen a la plaza, y a otros vi que acercándose al pie de las torres o campanarios gritaban que tocasen sin dejarlo a rebato, como en efecto se había principiado ya en una u otra iglesia y después continuó generalmente toda la más de la noche.

A las diez volví por la plaza a donde reparé bastante aumento de concurrentes a beneficio, sin duda, de la alarma del campaneo y demás esfuerzos de los facciosos, y poco después, reconociendo que no había indicios de asistencia a la Secretaría, me recogí a casa, quedando ya en el Cabildo, según me dijeron, el señor Oidor Jurado con los capitulares amotinados y muchas otras personas de ambos sexos; pero no vi que hubiese en él tropa alguna. Esta, según supe al otro día, se puso allí después que el señor Jurado a contentamiento y predilección de los novadores, obtuvo del excelentísimo señor Virrey y desempeñé lo más esencial de su extraordinaria comisión, aviniéndose su señoría a que los mismos novadores usurparan y se revistiesen de la autoridad que anhelaban con la institución pro forma de la proclamada Junta de Gobierno a que fue consiguiente pedir y alcanzar no solo el que se les franqueara, como franqueé sobre la media noche una gran guardia, sino también que permaneciendo en absoluta inacción con la fuerza armada, se les facultara expresamente para disponer de ella, apoderarse y entregar el parque de artillería al manejo y custodia de sujetos de su devoción y confianza.

Unos principios y progresos tan rápidos y satisfactorios para los revolucionarios les dieron rienda e hicieron lugar a cuanto era de temerse señaladamente para un Ministro como el señor Jurado que acababa de llegar de Caracas, en donde se había experimentado poco antes cuán vano, cuán ilusorio era, fue y será siempre el partido de contemporizar con los sediciosos, desentendiéndose y posponiendo la observancia de las disposiciones legales tan próvida y sabiamente dictadas para reprimirlos y contrarrestar sus maquinaciones y designios. Continuaron, pues, el 21 y el 22 a todo vuelo y con toda impunidad los desafueros y tropelías contra los adictos al legítimo gobierno, a quienes cargados de insultos y vilipendios arrastraban a la prisión, al mismo tiempo que libraban de ella a los criminales enemigos y perturbadores del buen orden, como el Canónigo magistral doctor Andrés Rosillo y Meruelo, que fue extraído de La Capuchina, en que estaba recluso, con el mayor aparato y algazara para que entrase a llenar el hueco que su digno primo el proclamador Acevedo cuidó de hacerle en la nueva Junta, y aun llegaron a dar puertas y poner en libertad indistintamente a todos los presos de una de las cárceles, sinembargo, de que algunos tenían delitos y causa de pena capital.

De los primeros que sufrieron las primeras vejaciones e ignomina fueron los señores compañeros del señor Jurado, el Ministro Decano de la Real Audiencia don Juan Hernández de Alba, y el Fiscal de lo Civil don Diego de Frías, sucediéndole también al de lo Criminal don Manuel Martínez Mansilla, tener que refugiarse y permanecer en el Palacio del Excmo. señor Virrey y al abrigo de la guardia de S. E., hasta el día 23, en cuya mañana se publicó el bando de que acompaño ejemplar, a nombre y sobre la institución y primeras medidas de la Junta del señor Jurado, ofreciendo en él lo que si acaso pensaban en cumplir sus autores no cumplieron ni por ceremonia, pues el mismo día 23, el 24 y el 25, celebridad del santo apóstol patrono de la monarquía, prosiguieron los desórdenes, verificándose en el último, que habían designado para la concurrencia al templo, en vez de esta religiosidad, por la mañana las prisiones del señor Regente don Francisco Manuel o Manuel Francisco de Herrera, del señor Oidor don Joaquín Carrión y Moreno y del ya citado Fiscal Mansilla, en sus casas que cubrieron de gente armada, y por la tarde la de Excmos. señores Virrey, don Antonio Amar y su esposa doña María Francisca de Villanova, que fueron trasladados el primero al edificio del Tribunal de Cuentas con igual custodia de armados, y la segunda al convento de su sexo, llamado de La Enseñanza. Todo esto en la propia forma y con la propia descompostura y alboroto de campanas y demás, que habían empleado antes del bando los tumultantes. Prendieron también a V. S. y a mi inmediato jefe el Secretario del Virreinato, Teniente Coronel don José Ramón de Leyva, en el cuartel de la compañía de Caballería y alabarderos de la guardia virreinal, y al oficial Teniente don Agustín Capdevila, que la hacía el referido día 25 en el Palacio del Excmo. señor Virrey. De modo que con semejantes procedimientos vinieron los nuevos intrusos gobernantes a deshacerse de los legítimos antiguos, sin haber exceptuado sino al señor Oidor Francisco Cortázar, de quien por paisano o criollo se les figuraría que no había que recelar, ni dejarían de entrar en lo que quisieran, y al señor Jurado, que a los motivos que concurrirían para la predilección de comisionado del Excmo. señor Virrey en la asamblea nocturna del día 20, había aumentado el mérito su acomodamiento o aquiescencia a la instalación de la Junta Suprema de Gobierno.

“El día 26 acabó esta de descorrer el velo que ya que no en las obras había procurado echarnos en las palabras o escritos como el bando del 23, cuyo encabezamiento e introducción en medio de su visible artificiosidad y versátil sentido, daba campo a la buena fe y justo deseo de los sensatos, para creer subsistente y respetado de la tal Junta el reconocimiento y obediencia al gobierno de regencia de la monarquía. Nos sacó, digo, de esta engañosa aunque tan razonable persuasión, con el acta de que también acompaño ejemplar, calificando en ella de inválido y no obligatorio el juramento que no antes hablan prestado generalmente las autoridades y el pueblo por medio de sus representantes del Ayuntamiento, sobre dicho reconocimiento y obediencia. En esta.., de las cosas y estado de la revuelta de la capital que nada de bueno prometía, ni dejaba duda sobre su carácter verdadero de rebelión o levantamiento, me resolví a emigrar de allí con dirección a la Península, quedando el señor Jurado tan corriente y amañado con los mandantes como lo había estado siempre.

“Antes de concluir esta exposición se volvió a presentar el señor Jurado y se le mandaron dar por Escribanía, según parece, los documentos, por lo cual se ha suspendido continuarla.

 

REVOLUCION DE SANTAFE DE BOGOTA DIA 20 DE JULIO DE 1810

(Relación de testigo anónimo publicada por el historiador Eduardo Posada en su libro 
El 20 de Julio. Biblioteca de Historia Nacional. Vol. XIII. 
Imprenta de Arboleda y Valencia. Bogotá, 1914).

A las 12 de este día don José González Llorente, en el acto de prestarle un ramillete para el recibimiento del comisionado regio don Antonio de Villavicencio, produjo en la calle real algunas infames expresiones contra aquél y todos los americanos. Oídas éstas por algunos patriotas que pasaban, en el momento se le echaron encima; y si el teniente coronel don José Moledo no lo hubiera defendido e introducido en la casa inmediata de don Lorenzo Marroquín, desde luego lo habrían despedazado en unión del pueblo que en el momento se congregó, y tomó el asunto como suyo.

Llorente se estuvo hasta por la noche en dicha casa, y a las 3, creyendo apaciguado el tumulto, lo sacaron en silla de manos y lo llevaron a la suya. A esta hora ya el pueblo había pedido su prisión ante el alcalde con un furor extraordinario, y el juez don José Miguel Pey, unido con su compañero don Juan Gómez, se vio precisado a ir a ejecutarla. Era inmenso el pueblo, de todas partes y clases, de modo que temiendo los alcaldes lo matasen, no se atrevían a sacarlo. Al fin lo hicieron bajo la protesta del pueblo de que no le harían daño alguno.

Verificada esta prisión, pidió el pueblo la del regidor Infiesta y de don José Trillo, expresando tenía Llorente tramada con ellos cierta conjuración para matar a los patriotas americanos. Este denuncio, y el pasquín de pocos días antes pidiendo al Virrey las cabezas de diez y nueve patriotas para que no hiciesen lo que los de Cartagena, obligó a emprender sin tardanza las prisiones referidas. Sacaron a Infiesta de un sobrado de su casa en donde se había escondido, y fue conducido a la cárcel entre el inmenso pueblo. A Trillo no le encontraron en toda la manzana; pero a las oraciones se presentó él mismo al Virrey, y lo llevó al señor Cortázar con todo silencio y extravío de calles a la cárcel de corte.

Todo el pueblo se había comenzado a armar desde por la tarde, y había pedido al Virrey cabildo abierto. Llegada la noche parecía el juicio, y habría en la plaza más de sesenta individuos: hasta las señoras habían tomado partido, y armadas algunas con chafarotes, y otras con su buen par de pistolas. Comenzaron a gritar ante el cabildo por la seguridad de las armas, a pedir nuevo gobierno y a nombrar por sus diputados y representantes a don Manuel Alvarez, don Luis Azuola, don Manuel Pombo, don José Santamaría, don Camilo Torres, don Fruto Gutiérrez, don Miguel Pombo, don Emigdio Benítez y otros cuyas preciosas cabezas habían pedido los traidores. En esa misma tarde había sido pedida por todo el pueblo, y concedida por el virrey la libertad del magistral don Andrés Rosillo; pero éste no quiso salir, exigiendo satisfacciones con vista de su inicua causa.

Nombrados los diputados, fueron llamados a cabildo el señor Arcediano Pey, gobernador del arzobispado, los rectores de los colegios y de la universidad y los prelados de todos los conventos. Se había exigido desde por la tarde que su excelencia viniese a presidir el cablido; pero hallándose indispuesto, había comisionado al señor Oidor don Juan Jurado, confiriéndole últimamente a este magistrado por escrito, todo lleno de sus facultades militares y políticas, como lo exigieron los diputados del pueblo y el ilustre consejo antes de comenzar la sesión. Toda la noche fue una confusión en cabildo y continuos sobresaltos, teniendo mil desgracias; principalmente cuando se supo que el pueblo se había apoderado de la artillería, sin embargo de haberse puesto a las órdenes del patriota don José Ayala desde las siete y media de la misma noche. El entredicho de las campanas duró hasta el amanecer y en todos los balcones y ventanas se pusieron luces hasta el día.

Serían las once de la propia noche del 20, cuando los miembros del Congreso a puerta abierta y oyendo al pueblo, comenzaron a entrar en materia. Se oyeron discursos bellísimos acerca de la tiranía con que se había gobernado al pueblo; las consecuencias de ella que se estaban experimentando en las provincias y los posteriores males que nos amenazaban si no se ponía remedio en el momento. Se alabó la sabiduría y previsión de los patriotas, que desde las ocurrencias de Quito, pidieron el establecimiento en esta capital de una Junta Superior compuesta con Diputados de las Capitales de todo el reino y se vituperó la conducta inicua de varios Ministros y mandones de él. Por último, concluyeron todos sus vocales resolviendo establecer conforme a la voluntad decidida del pueblo y la necesidad urgente, una junta suprema del Nuevo Reino de Granada, compuesta del mismo ilustre cabildo y de los diputados del pueblo y presidida por el excelentísimo señor Virrey; gobernando la propia junta hasta la formación de la suprema representativa del reino, compuesta de los diputados de cada una de sus provincias que se convocaron al instante.

DIA 21

A las 5 de la mañana se concluyó la sesión, quedando instada la suprema junta, reconocida y jurada por todos los cuerpos militares, políticos y de la real hacienda.

A las ocho, entre las mayores vivas, aclamaciones y fuegos artificiales, pasó aquélla en cuerpo, al antiguo Palacio del Estado Soberano Virrey a recibirle los respectivos juramentos.

Restituída la Junta a las casas consistoriales, comenzó a dictar varias providencias relativas a la seguridad y tranquilidad pública, mandó se quedase Talledo en Honda, escribió a su cabildo y a su comisionado regio, etc.

A las once del día el mismo pueblo trajo sobre sus brazos con música y voladores al magistral don Andrés Rosillo, y lo presentó a la junta como uno de sus diputados. El magistral luego que subió a la junta, le hizo al pueblo desde la galería una elocuente y tierna oración, dándole las más expresivas gracias por su libertad y exhortándolo al amor a la patria. A esta hora vino el Regente con otros Ministros y empleados a prestar el juramento; y en cuanto al Fiscal Frías, ya el pueblo lo había pillado y traído a la cárcel con toda la furia que merecían sus maldades. No había podido encontrar al tirano Alba para verificar lo mismo; y en circunstancias en que sería talvez despedazado si el pueblo lo hallaba, se constituyó fiador de entrega de su persona en la cárcel, el señor don Francisco Cortázar, y así lo verificó a las dos de la tarde, con todas las precauciones posibles para que no lo matasen en el camino.

Desde las ocho de este día 21, ya vio la ciudad con asombro el patriotismo con que empezaron a venir a su socorro los pueblos comarcanos, enviando a sus Ministros con respetables partidas de gente a caballo, armada con sables, puñales, cuchillos, lanzas, etc. En todos los restantes días hasta la fecha, se ha tenido igual satisfacción con las partidas que sucesivamente se han presentado de otros pueblos un poco más distantes, a la defensa de la patria, y a libertarla de la tiranía.

La suprema junta conforme han ido llegando estas partidas, les ha dado gracias muy expresivas y las ha mandado retirar a sus pueblos, expresándoles el inexpugnable estado de defensa en que se halla la ciudad, donde cada patriota es un soldado de infantería, caballería o artillería, y hay compañías arregladas de milicias de las tres clases, además de las vivas en esta capital como de Cartagena, y que todas manifiestan sus nobles sentimientos por la libertad de la patria. En este día habiéndole traído el pueblo a presentar dos bastones al capitán don Antonio Baraya, vocal de la junta, fue preciso concederle el grado de teniente coronel con la comandancia del batallón de voluntarios patriotas que se mandó levantar de milicias.

DIA 22

Fue preciso a instancias del pueblo relevar del mando del regimiento a don Juan Sámano; pero se hizo en términos honoríficos, se le dejó su sueldo, y se le dio su pasaporte. También se les quitaron las charreteras a los dos hijos de Alba, al hermano de Llorente, y a un catalán Capdevila, devolviendo su dinero a éstos por haberlas beneficiado. Se mandó posesionar en la comandancia de artillería al patriota don Mateo Esquiaqui: y viendo la junta que el pueblo irritado por no haberles puesto grillos a los tiranos Alba y Frías, iba a derribar la cárcel para despedazarlos, fue preciso suspender las sesiones a las cinco de la tarde, y salir a defenderlos haciéndoles poner los grillos sobre un balcón que cae a la plaza, para que los mirase el pueblo como deseaba, con las prisiones que tanto merecen. La junta se retiró a las siete de la noche, y a las nueve de ella, era la ciudad una confusión. Tocaban las campanas entredicho y los patriotas hombres y mujeres, corrían armados por todas partes, con motivo de la falsa noticia que había corrido de que iban a entrar contra ella una multitud de negros del trapiche de don Clemente Alguayacil, distante una media jornada de Santa Fe.


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