CUARTA SECCION

DOCUMENTOS POSTERIORES AL 20 DE JULIO
1810 - 1815

PAGINAS DEL ESCRIBANO VICENTE DE ROJAS

Agosto 18 de 1810. — En este día se hicieron presentes a la Suprema Junta por don N. Carbonell y otros representantes del pueblo de esta capital varios puntos, entre otros la deposición de don Pedro Lastra del encargo que por ella se le había hecho del ex-Virrey don Antonio Amar, mediante hacerle sospechoso y por el mal trato que daba a los de la guardia de su Excelencia tratándolos de borrachos, con otras cosas por este tenor. Que a dicho ex-Virrey se le trasladase a la cárcel poniéndosele grillos. A su consorte que se le sacase del Monasterio de La Enseñanza, donde estaba, y pusiese en El Divorcio. Que al abogado doctor Ignacio de Vargas se le pusiese preso y mandase al Socorro, de donde se le pedía por los cargos que contra él resultaban de haber sido contrario nuestro en tiempo del antiguo gobierno. En cuanto a lo primero se vio haber sido Lastra conducido a la Junta donde no se sabe lo que se le diría; pero sí, que cuando se disolvió la Junta de ese día salió con el Magistral Rosillo para la casa de éste. En cuanto a lo segundo se accedió poniéndose al ex-Virrey en la cárcel con grillos, y no menos que a la Virreyna en la cárcel de Divorcio, siendo ya como las 6 de la tarde. En cuanto al abogado Vargas, se le condujo a la Junta, en donde se dice habló difusamente acerca de su indemnización. Y por último se condujo a su casa, porque su suegro don José Martín Paris, se obligó a responder de su persona. Otra de las pretensiones del pueblo es: Que a todos los presos se les pongan grillos y se les prive de comunicación, cuyo punto no se resolvió, como ni tampoco el de que se hagan notorios al pueblo todos los delatores, que ha habido, consiguiente al bando que con este objeto se publicó en esta capital, y el que sin duda abrió la puerta a venganzas, odios, resentimientos, y demás que ha resultado contra muchos infelices que padecieron en el anterior gobierno.

Respecto al ex-Virrey también hizo presente el pueblo no permitir la salida de la capital, que en ella debía de estar preso, seguírsele la causa y castigársele conforme a la ley.

Agosto 14 de 1810. — En este día se juntó en la plaza el Venerable Clero, los prelados de las religiones, muchas señoras y toda la nobleza, con el objeto de manifestar a la Junta Suprema, que el procedimiento del populacho del día antecedente, respecto a los ex-Virreyes se había aclamado para exigir el consentimiento de ella, par en, y demás injustas e infundadas pretensiones que se habían propagado en la ciudad, la voz del pueblo; siendo así que los autores de esta novedad no podían con verdad señalar un solo vecino principal, ni tampoco se le había visto en la muchedumbre: Que lejos de tales pretensiones, venían hoy en las justas de que en lo posible se lavase la mancha de tanta consideración y obitancia como había caído en esta capital, sacando al intento con concurrencia de todos y de la misma Junta a los ex-Virreyes de las prisiones donde se hallaban y se les había puesto por la violencia con general sentimiento de todos los hombres sensatos y se les condujese, no a las que antes tenían, sino a su mismo Palacio, por no ser lo contrario honor de los habitantes, mediante a que en él podrían estar custodiados ínterin la Junta determinaba con arreglo a justicia y mérito resultante de Autos lo que tuviése por conveniente: Habida consideración a que una vez que el pueblo sensato había depositado en ella toda su confianza, y dado para proceder todo el poder y autoridad necesaria, no debía mezclarse en esto, ni en cosa alguna de cuanto deliberase; y antes bien para que se llevase a efecto cuanto dispusiese y mandase, se le sostendría y defendería... (1) .

 

INFORME DEL OIDOR D. JOAQUIN CARRION Y MORENO AL CONSEJO DE REGENCIA

(Este documento fue encontrado por el historiador José María Restrepo Sáenz en el Archivo General de Indias de Sevilla (estante 117, cajón 3, legajo 8) y publicado en el Boletín de Historia y Antigüedades, Vol. XIX. Bogotá, 1932).

“Señor:

“A principios del mes de noviembre último la Audiencia de Santafé hizo presente a Vuestra Majestad la urgentísima necesidad que había en este Reino de un Virrey dotado de las calidades necesarias para un destino de tanta confianza. Poco tiempo después dirigió a Vuestra Majestad una relación circunstanciada y bien documentada de todo lo ocurrido en aquella capital con motivo de las novedades de Quito, incluyendo copia de todos los dictámenes que había dado en el asunto al Virrey; y hoy me veo yo en la dolorosa necesidad de manifestar a Vuestra Majestad cómo, a pesar de los esfuerzos que ha hecho aquel Tribunal para evitar el trastorno de gobierno que hace mucho tiempo meditaba el Cabildo Secular de aquella ciudad, se verificó al fin, y atropellados los Ministros de Vuestra Majestad, la Junta que con título de Suprema del Nuevo Reino de Granada se formó, se ha declarado independiente de Vuestra Majestad, aunque protesta gobernar a nombre de nuestro deseado Rey Fernando.

“En las juntas que con motivo de las citadas ocurrencias de Quito se convocaron en Santafé, (contra mi dictamen, que por desgracia fue singular), en los días seis y once de septiembre, del año pasado manifestó decididamente cuasi todo el Cabildo, apoyado por una turba de doctores que, con pretensiones de sabios, quieren dirigirlo todo, sus deseos de que se formase una Junta semejante a las establecidas en España, en las capitales de las Provincias. Desde que el Tribunal supo los manejos que se habían empleado para proporcionar votos a este partido, y oyó los diferentes modos con que se propusieron los dictámenes, conoció que se trataba de recibir las antiguas ideas de independencia que repetidas veces se han manifestado en aquel país. Desde entonces dobló su vigilancia y principió con más vigor a adoptar todos los medios de precaución que estaban en su alcance, algunos de los cuales elevó a noticia de Vuestra Majestad en la citada relación circunstanciada; otros omitió, y omito yo también ahora por la grandísima incomodidad con que estoy escribiendo, pero no puedo dispensarme de hacer presente a Vuestra Majestad que el Tribunal creyó como de la mayor importancia que en las elecciones de oficios que se aproximaban para este año, se nombrasen para Alcaldes ordinarios, Síndico Procurador y Asesor del Cabildo, personas que mereciesen toda la confianza del Gobierno, y para ello aconsejó al Virrey que nombrase seis Regidores en calidad de añales, a pretexto de que faltaban mucho más para completar el número de los que deben componer aquel Cabildo, y haber ejemplares de haber usado en semejantes casos otros Virreyes de esta facultad.

“Hizo el nombramiento, y en todo caso ofreció que suspendería confirmar para los tales destinos a cualesquiera personas que no conceptuase a propósito para ellos en las presentes críticas circunstancias, como lo había practicado, con aprobación de Su Majestad, en semejantes el Virrey que era de este Reino el año de noventa y cuatro. Así creyó el Tribunal contener el mal que amenazaba, porque su principal origen estaba en el Cabildo.

“Pero se engañó, y por las intrigas de este se eligieron los sujetos de quienes más debía temer, a los que el Virrey, sin ningún examen ni consulta, confirmó en el momento, desatendiendo las reclamaciones que hacían los Regidores nuevos, fundadas en impedimentos legales que obstaban a algunos de los nombrados.

“Con esta victoria cobró brío el partido de los novadores y se desanimaron los Regidores que en algún modo pudieron haber contenido las maquinaciones del Cabildo. El Síndico Procurador, en escritos que sobre asuntos indiferentes presentaba al Virrey; sugería ciertas enunciativas de que había traidores en el Reino y de que tenía pedido a Vuestra Majestad un Juez pesquisidor para que los castigase, y como jamás el Jefe tomó con energía la providencia necesaria para poner en claro la verdad y castigar, como era justo, tal calumnia, de esta inacción misma sacaban argumentos para persuadir lo que se proponían y difundir en el público la desconfianza, de manera que ya en el vulgo se hablaba de la traición de las autoridades, como en la citada relación documentada lo enunció a Vuestra Majestad el Tribunal. Así, contra la Nación en general, contra Vuestra Majestad y contra nosotros, principalmente, sembraban en el pueblo ignorante las calumnias que debían producir el odio de que pensaban sacar partido algún día.

“La Audiencia veía estos males, pero como aquellas especies de dominios no se hacían en su Tribunal, ni tampoco podía usar de facultades económicas con que sin estrépito de juicio los remediase, porque las leyes las conceden privativamente a los Virreyes, en quienes reside la fuerza, tenía que limitarse a aconsejar, como lo hacía por medio de su Regente, los remedios que conceptuaba más a propósito para contener el mal que amenazaba; a pesar de ser el Virrey sordo, y de no separársele del lado su mujer, que hacía empeño en manifestar a cuantos concurrían a su casa lo que aconsejaba el Tribunal, y de persuadirles que los Golillas ostigaban a su marido para que tomase providencias.

“Despreciando estas especies, apuraba el Tribunal todos los medios que estaban en su arbitrio; pero le faltaba el principal que era un jefe que supiere sostener sus deliberaciones; por esto fue que teniendo formada la causa y conociendo claramente a todos los novadores, no pudo atreverse a decretar más prisiones que las de los tres que conceptuó más peligrosos, dos de los cuales había remitido presos a esta ciudad para que fuesen dirigidos a la Península, a donde el Tribunal remitía testimonio de sus causas para que Vuestra Majestad se sirviese disponer de ellos, y el Cabildo los puso en libertad luego que llegaron los Comisarios Regios don Antonio de Villavicencio y don Carlos Montúfar; y el tercero, que por haber sido preso mucho tiempo después, permanecía en el Convento de Capuchinos, fue sacado de allí para Vocal de la Junta de Santafé. Con éste, y con los demás que aún estaban en libertad, pensaba la Audiencia tomar el temperamento que adelante diré a Vuestra Majestad.

“Tal era el estado de las cosas cuando por mano de su Regente se recibió el aviso que con fecha de 22 o 24 de febrero se sirvió darle Vuestra Majestad de hallarse nombrado Virrey de este Reino el Teniente General don Xavier Venegas, encargando entretanto al Tribunal de quien se manifestaba Vuestra Majestad satisfecho, la continuación de su celo para conservar la tranquilidad pública. Esta providencia llenó de consuelo y confianza al Acuerdo, porque en su concepto era la única que podía salvar el Reino y conservarlo en la justa dependencia de Vuestra Majestad, creyó ver realizadas en parte las grandes esperanzas que había concebido con la anhelada creación de un Consejo de Regencia compuesto de personas tan dignas.

“Poco tiempo después, por haber sido detenidos en Caracas, llegaron a este puerto los Comisarios Regios don Antonio de Villavicencio, para el Distrito de esta Audiencia, y don Carlos Montúfar, para el de la de Quito, cuyas comisiones aún son misteriosas para mí, porque a pesar de la orden comunicada al Virrey para que procediese de acuerdo con ellos, el primero, por sí solo, se conceptuó autorizado para aceptar, como aceptó, a nombre de Vuestra Majestad, la nueva forma de gobierno establecida en esta plaza, como lo avisó a Vuestra Majestad la Audiencia por el mes de junio último, manifestando también los nuevos temores que había concebido con tales novedades.

“Estos comisarios, desde el momento en que arribaron, culpaban alta y públicamente la conducta de los Magistrados que solo habían tratado del mejor servicio del Rey Nuestro Señor, alucinados por las relaciones falsas de los novadores, que trataban de atraerlos a sí, elogiaban a estos y culpaban a los que por servir a Vuestra Majestad lo desprecian todo. Don Carlos Montúfar ridiculizaba hasta el extremo todas las providencias a que se debe el restablecimiento del orden en Quito, y de que oportunamente se dio cuenta a Vuestra Majestad, publicaba que Vuestra Majestad solamente exigía el reconocimiento supremo en esa Metrópoli, y hacía la apología de Quito, comparando su conducta con la de algunas Provincias de España. Detenido por muchos días en Santafé, tenía secretas y frecuentes conferencias con las personas que más se han señalado en esta revolución con que aumentaba mucho los temores del Tribunal que cada día conocía nuevos caminos en los novadores.

“Esperaba, sin embargo, por momentos el remedio con el arribo del nuevo Virrey a quien había formado un plan de contemporización y de separar con pretextos honestos a los sujetos más temibles, que sin duda hubiera conservado por mucho tiempo este Reino en la justa dependencia de Vuestra Majestad. Esperaba también al Arzobispo, y no dudaba que mejor informado el Comisario Regio don Antonio Villavicencio, a su arribo a la capital, cooperaría a los justos designios que se había formado. Con estas miras aconsejaba al Virrey que entretuviese al Cabildo, que por momentos instaba a la formación de la Junta, hasta la llegada del Comisario Regio.

“Pero todos tardaban demasiado, y el Cabildo temía ver frustrados sus proyectos, así fue que en la tarde del 20 de julio se aprovechó de una incidencia de poca importancia, a la verdad, pero que atrajo alguna gente de la que ya estaba prevenida para la primera ocasión; con esta, el Procurador General, que siempre estaba bien provisto de papeles, se presentó al Virrey solicitando la celebración de un Cabildo extraordinario, que después exigió que fuere abierto; en nada encontró dificultad, y para que presidiese autorizó el Virrey, con todas sus facultades, al Oidor don Juan Jurado.

“Este Ministro, que aún no hacía quince días que había tomado posesión de su empleo, y que apenas había asistido tres al Tribunal, carecía de los antecedentes necesarios para manejarse en tal caso; pidió que se le concediese una garantía para él, su familia y empleo y obtenida, convino, como el Virrey, en que toda la tropa y los depósitos de armas que había quedasen a disposición del público, que inmediatamente se apoderó de todo y puso una compañía de naturales del país, al mando del Capitán del Auxiliar, don Antonio Baraya, para custodia del Cabildo.

“Así el Tribunal quedó privado de aquellos recursos de que en el último apuro esperaba sacar partida, sin necesidad de derramar sangre, y las armas, que indudablemente eran bastantes, para sostener la autoridad, por lo menos hasta el indicado tiempo, sirvieron para sojuzgarla, pudiendo yo asegurar a Vuestra Majestad, como testigo ocular, que la gente que se había juntado en la plaza, y a la que se honra con el respetable título de pueblo, llegaría apenas el número de setecientas a ochocientas personas, casi todas desarmadas y la mayor parte engañadas, porque tocaban a fuego, y había gentes en las calles que a palos llevaban a la plaza a los que de buena fe salían a apagarlo, y servían luego para aumentar el número y la grita.

“Por esta gente miserable, que sola la compañía de caballería de la guardia del Virrey hubiera dispersado con facilidad, se sancionó la formación de la Junta que usa el pomposo título de Suprema del Nuevo Reino de Granada, y se hizo el nombramiento de Vocales, que desde un balcón de las salas capitulares proponía un Regidor, y ellos respondían con vivas. Sin embargo de todo, señor, esta noche se instaló la Junta, sujeta al Gobierno de Vuestra Majestad y con protesta de defender los sagrados derechos del Rey Nuestro Señor Don Fernando VII y su augusta dinastía, y por asegurarse más del Virrey, de quien todavía debían temer, le nombraron Presidente.

“Mientras esto pasaba, por disposición del Regente se había juntado el Acuerdo porque el Virrey se había ofrecido que nada haría en tan grave negocio sin su consulta; pero todo lo hizo sin contar para nada con el Tribunal, que se disolvió muy tarde porque ya estaba concluido el asunto.

“A la mañana siguiente juró el Virrey, como Presidente de la Junta, con lo que se creyó seguro, y en seguida la gente que la había formado se dirigió en tropel a las casas del Oidor decano y del Fiscal de lo Civil, a quienes con la mayor ignominia y no poco riesgo de sus vidas condujeron a la cárcel pública, sin que sobre ello tomase el Virrey ninguna providencia, ni aun de aquellas que contemporizando con el pueblo hubieran puesto a cubierto a estos dos desgraciados Ministros.

“Así estaban las cosas cuando una diputación de la Junta llegó a mi casa y me llevó con el Regente y el Fiscal del Crimen a reconocerla, no creí prudente resistirme, no por el peligro que indudablemente hubiera corrido en un pueblo que ya había comenzado a hacer atentados, sino es porque hasta entonces no se había separado de la debida dependencia de Vuestra Majestad, y aunque era una novedad muy grave, creí que a la llegada de las personas que esperábamos podría modificarse la cosa, lo que me prometía con algún fundamento, porque me aseguraron que la Audiencia quedaría en el mismo pie que hasta entonces y porque manifestando una entereza fuera de tiempo, me imposibilitaba de llevar adelante mis designios.

“Como la Junta y el Cabildo, que ya todo es una misma cosa, tenía la facilidad de hacer que el pueblo pidiese lo que le acomodaba, porque según he podido saber, aunque no con bastante certeza, se pagaban dos reales diarios a cada uno de los que concurrían a gritos a la plaza, hicieron aquella tarde que pidiesen se pusiesen grillos y esposas a los dos Ministros presos, a lo que luego se accedió y presentaron a estos dos desgraciados en un balcón de la cárcel, con las prisiones, y por ser ya cerca de noche les arrimaron luces a las caras para que fuesen bien vistos.

“El día 23 se publicó el bando que acompaño señalado con la letra A, en que ya se nota diferencia del acta de instalación de que no he podido proporcionar un ejemplar. “El 25, para aumentar el partido, se abrieron las cárceles, y sin conocimiento de causa fueron puestos en libertad todos los presos, sin excepción ninguna.

“Hasta las once y media de este día había yo estado presentándome en todos los sitios públicos de la ciudad, recibiendo las mismas y aun acaso mayores demostraciones de respeto que antes de la instalación de la Junta; pero sorprendido a aquella hora por dos Vocales de ella, acompañados de clérigos y de otras personas, al salir de la casa del Regente, se me dijo que la Junta, temerosa de que se me hiciese algún insulto, había determinado ponerme a cubierto de todo con el decoro correspondiente, y que los siguiese sin cuidado; yo no lo tenía, porque a pesar de las calumnias de que le he hablado, como no había hecho ningún mal al pueblo, nada temía, y para manifestarlo así a los que me conducían pude adelantarme pocos pasos y preguntar a la gente que había acudido a la novedad si habla alguno que tuviese que quejarse de mí, a lo que todos callaron y se quitaron los sombreros, lo mismo que hacían antes. Sin embargo, me encerraron en un calabozo de la Cárcel de Corte, me privaron de luz y de comunicación y me pusieron un par de grillos.

“Seguidamente se dirigieron a mi casa, se llevaron sin examinar todos mis papeles, sin exceptuar ninguno de ninguna clase, me mancharon la ropa que había en mi despacho y, según me dice un criado que estaba presente, se llevaron algunas cosas de mi mujer, lo que aun no he podido averiguar a punto fijo, porque no he podido ver lo que me han dejado.

“No se hizo inventario ni se exigió que se rubricase ningún papel por apoderado mío; del mismo modo recogieron todos los de la Audiencia, quitando para ello, a la fuerza, las llaves del archivo, según al Regente, y nos imposibilitaron de este modo de poder manifestar documentalmente a Vuestra Majestad nuestros procedimientos.

“En mi casa pusieron una guardia que privó de comunicación a mi mujer y registraba la comida que se me mandaba a la cárcel.

“Igual conducta observaron con el Regente y el Fiscal del Crimen a excepción de que al primero (sin duda por su edad) no le pusieron grillos, pero ambos fueron encerrados en distintos calabozos, del mismo modo que yo.

“Aquella tarde pusieron preso al Virrey en la Aduana y a la Virreina en el Convento que llaman de La Enseñanza y quedó de Presidente el Alcalde de primera vara.

“El día 26 acabaron con el disimulo, y formaron el acta, de que acompaño ejemplar, señalado con la letra C, estableciendo, ya sin contradicción, la independencia, único objeto que se habían propuesto para solicitar la formación de la Junta, y que fue el motivo más poderoso que tuvo la Audiencia para contradecirlo.

“El día 30 un Vocal fue a mi calabozo, y de orden de la Junta me hizo saber que se habla determinado trasladarme a esta plaza con el Regente y el Fiscal del Crimen, y que teniendo consideración a que yo soy el Ministro más pobre, se había resuelto pagarme el viaje mío y el de mi mujer, satisfacerme sin los descuentos ordinarios el alcance que resultase a mi favor en Tesorería, y regalarme mil pesos para que desde aquí me dirigiese a donde gustase. Así creí yo terminados mis padecimientos, pero me engañé, porque nada me han cumplido. Mi mujer, criando una niña de seis meses, ha tenido que recibir algunas limosnas para seguirme y mantenernos en esta ciudad; por lo poco que importa el menaje de mi casa, que ha sido preciso malbaratar, lo reservo para tener con qué conducirme si algún día se me deja la libertad de salir de este Reino.

“Al Regente, al Fiscal y a mí nos sacaron de la cárcel el día primero del corriente mes, entre diez y once de la mañana, por medio de la plaza, rodeados de soldados al mando de dos hombres ordinarios que llaman patriotas, y que traían buena provisión de prisiones con qué asegurarnos en caso de la menor sospecha de fuga; pero felizmente no llegaron a tenerla. Sin embargo, fuimos conducidos sin ninguna consideración, sufriendo soles, aguas y mil necesidades de cuyas resultas murió el Regente el día 28 del presente mes.

“El 18, a media tarde, llegamos a esta ciudad, y fuimos conducidos al cuartel del Regimiento Fijo; el día siguiente llevaron al Regente a San Juan de Dios; al Fiscal, a uno de los Castillos de Bocachica, y yo permanezco en el primer destino, privado de comunicación aun con mi mujer, con centinela de vista, con tanto rigor, que para escribir este parte estoy precisado a permanecer en la cama y cubrirme con el pabellón, sufriendo el insoportable calor de este país y el molestísimo ruido de los soldados, aprovechándome del papel y tintero que acosta de sacrificios ha podido introducirme mi mujer.

“Al Decano y al Fiscal de lo Civil los sacaron de la cárcel después que a mí, con grillos y esposas, una argolla al cuello y un cinto de hierro con cadenas al cuerpo, en fin, en la misma manera que se pinta el barón de Trenk. Así los pasearon a las doce del día por las principales calles de la ciudad, y los condujeron al Socorro sin duda con el objeto de que fuesen asesinados por algún pueblo del tránsito como traidores (que era la voz con que habían alarmado al vulgo), para verse así libres de la prueba de tales calumnias.

“El día 13 llevaron al Virrey a la cárcel y lo encerraron en un calabozo, con grillos, y a la Virreina en otro calabozo de la cárcel que llaman Divorcio, que solo sirve para las mujeres de ínfima clase, después de haberles hecho a los dos mil insultos; el 14, para desagraviarlos, dispuso la Junta que fuesen restituídos a su palacio entre aclamaciones que prodigó el pueblo, colmando las calles del tránsito y rociándolas de flores; por último, el 15 los hicieron salir para esta plaza, donde parece que se les prepara prisión en la Popa.

“Los que más se han señalado en esta revolución, así en prepararla como en ejecutarla, han sido don José Acevedo, Regidor de Santafé cuñado de don Ignacio Tejada, que sirve en Madrid al intruso Rey en una de las Secretarías del Despacho, y todos los parientes de éste, y como tal, el Canónigo Magistral don Andrés Rosillo; don Baltasar Miñano, Oidor de la Audiencia de Quito, confinado a Santafé por su Presidente, Barón de Carondelet; el Contador de la Casa de Moneda, don Manuel Pombo y toda su familia de Santafé y Cartagena; el Agente Fiscal del Crimen, don Frutos Gutiérrez; los dos Alcaldes Ordinarios y muchos doctores que aspiraban a ocupar las togas, y todos los procesados por la Audiencia, por haber intentado otra revolución semejante en el año de 94, los cuales, remitidos a Madrid por el Tribunal, consiguieron la protección del Embajador de Francia, y por ella ser restituídos a su país, muchos de ellos con empleos. Estos siempre conservaron sus ideas y el odio contra el Tribunal que los contuvo, y particularmente contra don Juan Hernández de Alba, Oidor Decano, Ministro comisionado entonces para el seguimiento de aquella causa.

“Tales son fielmente los sucesos que he podido recordar y adquirir en mi prisión. Si llego a conseguir mi libertad podré informar a Vuestra Majestad con más extensión de todo, pero si mi suerte fuere perecer a manos de estos desleales, cosa de que no me considero seguro, yo espero de que Vuestra Majestad se persuadirá de que he procurado socorrerle con celo y lealtad, y a su consecuencia si en mi conducta hubiese alguna cosa (que no creo), que no merezca la aprobación de Vuestra Majestad, por lo menos merecerá su piedad en favor de un Ministro perseguido por su fidelidad. Así pues, yo confío que Vuestra Majestad acogerá bajo su poderoso amparo a mi virtuosa mujer y a mi inocente hijita.

“Si, por el contrario, yo logro escapar, me dirigiré a La Habana a esperar órdenes de Vuestra Majestad; allí espero la necesaria para que se me abonen los sueldos devengados desde el día 19 de mayo, por no habérseme satisfecho desde entonces, y su continuación, hasta que Vuestra Majestad tenga a bien destinarme, porque yo absolutamente no tengo proporciones ni para mantenerme ni para costear otro viaje, por ir a buscar un pariente en aquella isla, que me sostenga con su escaso sueldo de Capitán, ínterin recibo órdenes de Vuestra Majestad.

“Si Vuestra Majestad considerase que las pérdidas tan considerables que he sufrido y mis padecimientos merecen su compasión, me determino a suplicarle se sirva destinarme a la Real Audiencia de Méjico, única que por la proximidad pudiera acomodarme, así por el estado de salud de mi mujer, que no le permite emprender largos viajes como por mis pocas proporciones para costearlos; además, que siendo ya el tercer Oidor de una Audiencia Pretorial, y no habiendo desmerecido por mi conducta, no parece debo ser trasladado a otra de inferior orden. Ni tampoco parece conveniente que aun en el caso de ser restablecida la de este Reino, volvamos a ella los mismos Ministros. Con todo yo siempre estaré pronto a obedecer ciegamente, como debo, las órdenes de Vuestra Majestad.

“Cartagena de Indias, 31 de agosto de 1810”.

JOAQUIN CARRION Y MORENO. 
(Rubricado).

 

EXPOSICION DE MOTIVOS DE LA INDEPENDENCIA
MOTIVOS QUE HAN OBLIGADO AL NUEVO REINO DE GRANADA
A REASUMIR LOS DERECHOS DE LA SOBERANIA, REMOVER
LAS AUTORIDADES DEL ANTIGUO GOBIERNO, E INSTALAR UNA
SUPREMA JUNTA BAJO LA SOLA DENOMINACION Y EN NOMBRE
DE NUESTRO SOBERANO FERNANDO VII Y CON INDEPENDENCIA
DEL CONSEJO DE REGENCIA Y DE CUALQUIERA OTRA

REPRESENTACION

(Este precioso documento, redactado por D. Camilo Torres y D. Frutos Joaquín Gutiérrez, ha pasado casi ignorado. Se hizo una edición de él, en folleto, en 1811 y otra en 1910, con ocasión del centenario de la Independencia, en los Anales de Jurisprudencia de Bogotá, a solicitud del historiador Eduardo Posada por considerar esta Exposición de sumo interés para el estudio de la época de la emancipación).

El día 20 del último julio se instaló la Junta Suprema de esta ciudad y los contornos, que el 26 se declaró independiente del Consejo de Regencia con el auxilio y favor de Dios, con alegría de la América, y con espanto y desesperación de sus enemigos. Pusiéronse en seguridad el Virrey y los Oidores, cesaron en sus ejercicios todos los funcionarios del antiguo Gobierno, y se arrojaron los cimientos de una nueva representación.

Este hecho hará época en la historia y causará al mundo novedad y admiración, ya porque no se crea posible atendiendo a la imponderable paciencia y sufrimiento de los americanos; ya porque la contradecían con todo su poder el genio dominante de las potestades que regían, las intrigas, y cábalas del Consejo de Regencia, y la fuerza de las armas. ¿Queréis saber cuáles han sido los motivos que nos han impelido a esta crítica y arriesgada empresa? Vamos a darlos para gloria de Dios, único Autor de ella, para justificación de nuestra causa, y para satisfacción del mundo.

No pensamos remontarnos a los motivos que ha habido en esta obra tardía en más de trescientos años de trabajos para los americanos. El Abate de Prades, citado por Noguer decía con razón, que la antigüedad, y distancia de los tiempos disminuye la sensibilidad de los agravios, como la distancia de los lugares disminuye la grandeza de los cuerpos. Trescientos años ha que este Reino, como los demás de la América, sufre en silencio la más espantosa injusticia, los más dolorosos agravios y las injurias más negras que se pueden abominar en los decretos de los Musulmanes y en los registros de los Visires. Apartados del trono por enormes distancias, y rodeado el trono mismo de nuestros contrarios, en cuyas manos estaba depositada nuestra suerte, casi nunca llegaban a los oídos del Soberano nuestras quejas y gemidos. Por esto los americanos siempre se han visto privados de los empleos de honor, excluídos de las plazas de renta completamente, impedidos para comerciar con ventaja, precisados a perder sus talentos para la ilustración, siempre abatidos, siempre menospreciados, aborrecidos siempre y degradados. Ellos se han visto constreñidos a hacer una vida oscura, pobre, y desgraciada a pesar de sus talentos, de su aptitud y de sus esfuerzos. Bastaba ser americano para que no fuese atendido su mérito, para que no fuese recompensado su servicio, y para que fuese insultada su pretensión. Bastaba nombrar a la América, para saber que se hablaba de un país inmenso en donde el Gobierno no permitía las ciencias, ni las artes, ni 14 agricultura, ni el comercio; en donde eran delito las escuelas, las fábricas, la industria, y el trabajo; en donde, finalmente, las gentes reducidas al estado servil, no eran libres sino para sembrar un poco de trigo, y maíz, y para criar y sebar algún ganado. Así es que Roverson se admira de que en tres siglos apenas haya habido uno, u otro que se haya visto colocado en lugar distinguido. Pero ya hemos dicho que no pensamos alegar con motivos de esta novedad los agravios antiguos.

Tomamos, pues, el hilo desde que se erigió la Junta de Sevilla. Esta que no fue otra cosa que una Junta Provincial, se abrogó para con la América el nombre de Junta Suprema de


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(1) Biblioteca Nacional. Archivo Histórico. Historia vol. II (regresar 1)

 
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