(continuación CUARTA SECCION)  

España e Indias. Logró hacerse reconocer por tal a beneficio de los Virreyes, Gobernadores y Ministros que la prestaron obediencia al mismo tiempo que recibieron de ella la confirmación de sus empleos, no pudiéndose entender, cuál de estos dos actos hubiese sido el primero, o si este contrato, ocurriese lucrativo, no fue otra cosa que un círculo vicioso. La América entonces fue criminalmente engañada, así por que la Junta de Sevilla se dio a conocer bajo el aspecto de Suprema, y habida por tal en la Península, como porque se dio por hecha la expulsión de los franceses, y la pronta reposición de nuestro Soberano a su trono. ¡De cuántas fraudulencias usó aquella Junta entonces para engañarnos! Ya fingió triunfos por parte de España, pérdidas de parte de los franceses, ya supuso una declaración de la Rusia contra Napoleón, ya la revolución de la Prusia, ya las divisiones interiores del Estado francés, ya...

Introducida bajo de aquel falso aspecto la Junta de Sevilla, los Jefes y Ministros de este Reino hallaron el medio de sostener las representaciones que hasta aquel punto habían tenido, o la recompensa del reconocimiento de la Junta de Sevilla. Engaños sobre engaños, ilusiones sobre ilusiones formaron el plan de sus maniobras para perpetuar su denominación. La Junta de Sevilla es un Tribunal erigido en una parte de Andalucía, y con todo se atribuye el pomposo título de Suprema de España e Indias. Se hace en España la creación de Juntas Provinciales, y se priva de este derecho a las Américas. Se proclama allí la confraternidad de los americanos, su igualdad con los europeos, la identidad del uno con otro hemisferio; pero esta proclama es dolosa, y destinada a deslumbrar a la América, y jamás llega el caso de que ésta goce de una representación activa en los negocios nacionales. Las Provincias de España erigen libremente sus Juntas; en la América se ha mirado como un delito, como una insurrección el solo pensar en erección de Juntas, y los calabozos, y los cuchillos se prepararon para los que han tomado en su boca el nombre de Junta. Las Provincias de España nombran libremente sus Diputados para la Junta Suprema Central; en América es coartada esta libertad, y depositada substancialmente, en las manos del Virrey y de los Oidores. Napoleón penetra libremente hasta Madrid; en América se publica por el Gobierno su derrota, y aun se añade que el ejército español le había hecho prisionero. Zaragoza cae en manos del francés; en América se niega este hecho, y se inventan diferentes fábulas para desmentirlo. Mil infortunios habían desconcertado nuestras operaciones en la Península desde la batalla de Talavera; y en la América se trabajaba por ocultarlos, y por fingir sucesos favorables. El ejército de la Mancha había sido derrotado en la acción de Ocaña; en el Nuevo Reino de Granada era un crimen decirlo, y sus moradores se veían precisados a diferir a las imposturas de los enemigos de la verdad. El ejército de Castilla había sucumbido a las armas francesas en la batalla de Alba de Torres y Tamames; en América se trataba de hacer creer que se había reconquistado a Madrid. En España se disponía la celebración de Cortés, y no se había contado con la América. La América es parte integrante de la Nación, conforme a lo que dijo la Junta Central; la Junta Central se disuelve, y el Consejo de Regencia se instala sin el consentimiento y sin el voto de los pueblos americanos. ¡Qué tejido de falsedades y de contradicciones!

Castaños vindicándose de los zaherimientos de sus perseguidores, ha dicho que España no será feliz mientras no arroje hasta la última semilla de los secuaces del despotismo. ¿Qué otra cosa puede decir la América? Estos secuaces son los que viendo frustrados sus infames designios, adoptaron el plan de acomodadores a los sucesos de la fortuna, y llegaron a proferir por boca de la mujer del Virrey (1) , del Fiscal D. Diego Frías, y del Secretario D. Josef de Leyba, que la América seguiría la suerte de la Metrópoli y se sugetaría a la dominación de cualquiera que reinase. Estos son los que sin alguna consideración hacia las leyes de la equidad, no tuvieron escrúpulo de ser jueces de su propia causa, y de echar el fallo contra los patriotas, que celosos levantaban la voz en tono de acusadores. Estos en fin los que siendo entre sí enemigos al parecer irreconciliables cuando con más ardor hacia el Virrey la guerra a los Oidores, y los Oidores al Virrey, repentinamente se unieron e hicieron la paz entre sí, para acordar la pérdida de los más celosos americanos. ¿Qué prueba esta serie de medios torcidos que emplearon los gobernantes de este Reino para conservar su dominación despótica, sino que ella no encontraba algún apoyo en los principios de equidad y de la justicia? Pero pasemos adelante.

2

La Junta de Sevilla, Junta Provisional, que se arrogó el título de Suprema de España e Indias, como hemos dicho, envió comisionados a la América para engañarla y empobrecerla. De repente se apareció en este Reino D. Juan Pando Sanllorente. Este impostor que solo podía ser admitido como enviado de aquella Junta por los enemigos de la América, ya porque no había sido destinado por aquella Junta para la Comisión, ya porque solos dos Vocales de ella le habían subrogado en Cádiz en lugar del Brigadier Justiniani, que había recibido su misión de Sevilla. Este impostor, menospreciando con altanería las disposiciones que se habían tomado para recibirle y hospedarle, se introdujo a la manera de un ladrón bajo las sombras de la noche en el Palacio del Virrey. A este primer paso correspondieron los demás de una misión que a nadie menos que al público parecía dirigida. Los estilos personales de él eran más los de un señor que venía a hacerse obedecer, que las de un amigo que venía a estrechar los vínculos sociales entre uno y otro hemisferio. Negado a toda comunicación, trataba solo con el Virrey sobre los objetos de su embajada, los que jamás se revelaron al pueblo. Por inspiración de la Audiencia, que quería entonces deprimir al Virrey, se formó una Junta de multitud de Vocales para que se reconociese la dominación de la Junta de Sevilla, y se oyese a su Representante. Presidió el Virrey con los Oidores el día cinco de septiembre de ochocientos ocho. Apareció Sanllorente colocado en un asiento casi igual al del Virrey. La actitud del gran enviado de Sevilla era la de un Príncipe otomano, inmodesta, y ridícula al mismo tiempo que acompañada de un aire chocante de elación y superioridad. Sus labios no pronunciaban alguna palabra. La Junta se abrió con una pequeña arenga del Virrey tan misteriosa y confusa como dirigida a sofocar la voz de los circunstantes. Se leyó el manifiesto de Sevilla por el Secretario Leyva, y se cerró la Junta sin oír a los Vocales, los que sospechaban como había sospechado la Provincia de Cartagena de la dicha Junta, de Sevilla y de su Enviado. Tal fue la farza con que se dio a conocer la Junta Sevillana. ¿Queréis saber cuáles fueron los resultados? Perpetuarse el Virrey y los Oidores en sus destinos, doblar las cadenas que oprimían al Reino, y partir Sanllorente cargado de los tesoros de la hacienda Real, de las rentas eclesiásticas y de todas las preciosidades de los individuos del Reino, que recogió con nombre de donativo.

¿Quién no había de pensar que esta deferencia del Reino había de ablandar los corazones de los gobernantes para con los americanos, y que su generosidad y condescendencia, nos había de merecer, ya que no la gratitud, a lo menos la indiferencia del Gobierno? Mas no fue así. Después de habernos burlado, insultado y empobrecido, pensose en deprimirnos más y más. Erigióse la Junta Central, aquel Tribunal defectuoso en su establecimiento, donde se erigieron en Gobernadores los que solo tenían voz de las Provincias para establecer un Gobierno (2) . Sin esperar el consentimiento y aprobación de la América, a aquel nuevo Cuerpo, sin que tampoco se le ofreciese alguna ventaja, o a lo menos algún alivio con su establecimiento; allí se redujo a problema la representación que la correspondía en el Congreso Nacional; se resolvió la cuestión a favor de nuestros derechos, pero en calidad de pura gracia, y no como de justicia; se la coartó su libertad para la elección de sus representantes, limitando a solos ocho el número de ellos, para que la voz de éstos quedase siempre ahogada con la de treinta y seis de la Península; se convocaron las Cortes nacionales, y no fue requerida en tiempo para enviar sus Diputados.

De este modo trabajaba la Junta Central desde su instalación contra la América, y el Virrey de Santafé con los Oidores la acompañaban en este empeño por su parte. Hechuras de Godoy, tramaban asegurar todas las Provincias a su partido. Desconfiados de que los americanos entrasen en sus ideas, arrancaron de los Gobiernos y Corregimientos a todos los Patricios para sustituirles europeos de su partido. Así fue que el benemérito Camacho se vio arrojado de Pamplona, y poco después de la Provincia del Socorro. El respetable Sanmiguel fue expulsado de la Gobernación de Neiva; Popayán halló colocado en su Provincia a otro cuyas relaciones con Godoy se dejan ver por la próxima afinidad de su mujer con la famosa Tudó. La Provincia de los Llanos sufrió el enorme peso de la vara gobernante de Bobadilla. Planes, uno de los dependientes del Virrey, fue a ocupar el partido de Casanare. La ilustre Provincia de Quito vio por árbitro de su fortuna al inútil y anciano Conde Ruiz de Castilla al tiempo que D. Felipe Fuertes, sobrino del Virrey, fue a acompañarle acompañado de una de las Togas de aquella Audiencia. D. Juan Aguirre, primo de la Virreina, fue destinado a mandar en el Chocó, y tomó por su cuenta el exterminio de aquella preciosa Provincia. En fin, el sistema de aquel Gobierno fue el dar el último golpe a los americanos, y en reconocimiento a los donativos cuantiosos con que habían socorrido a la Península en sus necesidades, meditaba el modo de no dejar con qué subsistir a los americanos, y declaró con el hecho, que todo cuanto fuese útil debía pasar a manos europeas, ya fuesen joyas, ya Gobiernos, ya Corregimientos, ya Administraciones de Rentas, ya Prebendas a excepción de las que se daban por oposición, porque éstas no se adquieren sino con ejercicios literarios, y por oposiciones en concurso.

Combinemos ahora todos estos procedimientos de la Junta Central con los que gobernaban entonces este Reino. Estos restos miserables de la Tiranía recibieron bajo de un oscuro velo los manifiestos de la misma Junta Central hicieron menos solemne su reconocimiento que el de la Junta de Sevilla; escondieron de la vista del público los requerimientos de la Corte del Brasil; mantuvieron las gentes en perpetua ilusión respecto de los sucesos de la Península; interesados en asegurar el plan que se habían formado, aumentaron, el número de los Regidores del Cabildo con desprecio de las leyes, y dieron a conocer que el fin de sus operaciones era, el, de aumentar su partido, el de colocar al frente de los pueblos personas dispuestas a sacrificar a los americanos, e instruídas en el modo de perder este Reino. ¿Qué otra cosa podíamos pensar en vista de estos preparativos ordenados por la Junta Central, que meditaba hacernos la burla que anunció la Junta Provincial de Valencia (3) y a que cooperaban un Virrey, y unos Oidores y Gobernadores, aquél rodeado de franceses y adictos de la persona de Godoy, y éstos criaturas del mismo Godoy, o hechuras de sus criaturas, unidos todos en sentimientos, y en deliberaciones con el fatal Gobierno?

3

Tal, como hemos dicho, era el estado deplorable del Reino, cuando a pesar de la vigilancia del Gobierno en ocultarnos las infaustas de la Península, se llegaron a traslucir las de la toma de Madrid por los franceses, y sus conquistas en la Mancha. De cuántos ardides usó entonces el Gobierno para desmentirlas y engañarnos. ¡Cuántos terrores fulminó para imponer silencio, y para ahogar el eco de la verdad!

Valga por, todos la prisión que se hizo, y el sacrificio que se intentó hacer en Pamplona de un americano (4) que se atrevió a comunicar tales noticias. Pero ellas no obstante obraron en los corazones americanos todo lo que podía el celo de la Religión y de la Patria. La muy ilustre ciudad de Quito levantó la voz: Dijo que era ya llegado el caso de no dejarse sorprender del enemigo, el que se aproximaba ya a los puntos marítimos de España, y que de repente podía dar un salto a la América; representó que sus puertos se hallaban sin guarnición, y sin defensa; que su Presidente y Oidores en nada pensaban menos que en la seguridad y salud del pueblo; y que en esta misma inacción daban vehementes sospechas de que deseaban recibir al enemigo, y le abrían todas las puertas. Desengañados de que en el Gobierno no encontraban remedio a este mal gravísimo, e instruídos por el ejemplo de México, y por la Proclama de Sevilla que decía a los americanos: si entre vosotros se esconden venales, y bastardos españoles, estad alertes y corra la sangre de los malvados hasta el Betis; resolvieron hacer el último esfuerzo a servicio de su Dios, de su Rey y de su Patria. Depusieron las autoridades sospechosas, usaron con ellas de una generosidad noble, o más bien diremos, de una demasiada indulgencia que les ha costado muy cara; y sancionaron oponerse a los designios de los partidarios de Bonaparte, y sacrificarse por conservar su Provincia a la Religión Católica, a Fernando VII, y a la felicidad de sus paisanos. ¡Generosa resolución, si hubiera sido mejor dispuesta, y más detenidamente ordenada!

Para no invertir el orden cronológico de los sucesos, pasemos ahora del Gobierno de Quito al de la Capital. En el momento en que se supo en ésta la revolución de Quito, se conmovieron todas las Autoridades; y para descubrir si en la ciudad de Santafé reinaban las mismas ideas de los quiteños, dispuso el Virrey con anuencia de los Oidores convocar una numerosa Junta de todos los Cuerpos. Junta falaz y sospechosa, Junta en que sin razón, y con oposición a las leyes, fueron los militares representantes de ella (5) ; en que fueron también Vocales el Marqués de Valdehoyos hombre transeúnte, y que no tiene vecindad ni oficio en ella, el Gobernador de Rio Hacha, sujeto separado de su Gobierno por el mismo Virrey, y acusado en su propio Tribunal por el Fiscal Frías de los crímenes de contrabandista, y de comunicación con los ingleses (6) , con otros que no debían, según las leyes, presentarse en aquel Congreso, Junta en fin formada en medio de las bayonetas de una Compañía entera de soldados con los fusiles cargados, llevando cada uno de ellos ocho cartuchos con bala, al mismo tiempo que toda la tropa estaba en los cuarteles sobre las armas. En esta Junta parecida a la de Bayona, no temieron los verdaderos patriotas sacrificarse al furor de sus enemigos, y manifestaban con ingenuidad sus opiniones. Veintiocho fueron los votos que pedían la erección de una Junta Provincial, que reuniese las voluntades y sentimientos de todas las Provincias, y. que atrajese con blandura a los quiteños sin el estrépito de las armas. Pero después de muchos altercados de los que contradecían estas ideas de prudencia, se disolvió la sesión sin algún escrutinio de los sufragios, y sus actas, a pesar de haber sido muchas veces reclamadas por el Cabildo, jamás se vieron ni firmaron; antes bien fueron desatendidas con despotismo las instancias que sobre el particular hizo el muy ilustre Ayuntamiento.

El resultado de la Junta fue decretar la perdición de todos los que en ella manifestaron patriotismo. Ante todas cosas se despacharon rayos contra Quito; se llamaron las tropas de Cartagena; se dieron órdenes para que éstas unidas a las de Popayán, Pasto, y parte de las de Santafé entrasen desolando aquella rica Provincia, que había jurado conservarse fiel a su Soberano, y defenderle aquel país que el Gobierno exponía a la irrupción de los franceses; los Jefes de Cuenca y Guayaquil fueron provocados igualmente, no a pacificar la revolución sino a apoderarse de la Presidencia, y despreciando con arrogancia todos los medios suaves, que se habían pronunciado en la Junta para tranquilizar, aquella tierra, se prefirieron todas las medidas hostiles y destructoras. Solo D. Felipe Fuertes, sobrino del Virrey, hombre idolatrado en Quito, distinguido y honrado por los Representantes de aquel pueblo, aparentó no solo indiferencia sino adhesión al designio de los quiteños; pero luego renunció con desdén el honorífico empleo de Regencia que le había dado la Junta, se quitó la máscara, descubrió la hipocresía de su conducta, y es hoy el mayor enemigo de aquella gente. Quito, por fin fue la presa de los furores del Gobierno, y padeció todas las violencias de las tropas, a quienes el Comandante había ofrecido cinco horas de saqueo, el que se conmutó en el disimulo de los robos, públicos estupros, y otros atentados. Asombra leer la condescendencia con que aquel Gobierno autorizaba la insolencia de las tropas limeñas. ¡Baste decir que a los quejosos que ocurrían al Tribunal por remedio a sus males, se les respondía fríamente: id a pedir remedio  la Junta! (7) lo aseguran.

No habla así a un pueblo rendido y pacífico, sino el Organo de la tiranía. Alerta ciudadanos de Santafé! Que este ejemplo os enseñe a ser más cautos, menos confiados, y más atentos a la política de Machiavelo!

Como el fin de la Junta era envolver a Santafé en las ruinas de Quito, no se preparaba una mejor suerte a esta Capital. Dolosamente se nos presentaba la oliva de la paz; y a la sombra de una seguridad aparente, se proyectaba en quietud el arte de ligar nuestras manos para conducirnos al sacrificio. Se nos empezó a mirar ya con un ojo irritado que no podía desmentir el disimulo; se publicaron y difundieron en papeletas los sufragios de los Vocales de la famosa Junta, todos desfigurados y alterados en la substancia. Clandestinamente fueron sumariados los Vocales que abiertamente habían pronunciado el dictamen pacífico; y se publicó un bando tan impolítico como el de la Junta Central en Sevilla, abriendo la puerta a los denuncios con la calidad de encubrir los nombres de los delatores. Máxima nueva del despotismo que no ocurrió a la inquieta imaginación de Tácito, ni al genio maldiciente de Bocalino! Máxima detestable, que por sí sola y sin necesidad de otra prueba demuestra el exceso a que había llegado la tiranía!

Pero esto solo no les pareció bastante a asegurar el plan que se habían propuesto. Juzgaron que era también necesario deprimir el Cabildo de esta capital, y colocar en él sujetos que siguiesen sus máximas, y cuyos votos sofocasen los sufragios de los Patricios. Desde luego, sin temor de hollar todas las leyes introdujeron en aquel Cuerpo otros seis Regidores, nombrados por el Virrey en calidad de interinos, oponiéndose a la Ley que prohíbe semejantes nombramientos, y que previene que en caso de hacerlos, sea a propuesta del Cabildo y sin exceder el número de los de ordenanza. Este paso se dio con el fin de asegurar a los de su partido la elección próxima de Alcaldes, la que les era interesante. Con el mismo fin se había ya introducido en el Ayuntamiento a D. Ramón Infiesta, y aún desconfiando del éxito de su maniobra, convidaron a D. Bernardo Gutiérrez con el empleo de Alférez Real, que se le había negado por el Virrey en otro tiempo, en que no era necesaria su persona para asegurar sus designios. No importa que el Cabildo se oponga abiertamente a la recepción de este sujeto: el Virrey lo ordena con soberanía. No importa que se representen al Gobierno las causas que le excluyen de aquel empleo distinguido. D. Diego Frías pronuncia en su vista fiscal, que aun cuando Gutiérrez se hallase comprendido en aquellos casos, debía ser admitido en el Cabildo; dice más que el Cabildo mismo es reo de desobediencia, y que por haber representado, como se ha dicho, está comprendido en el mal caso de la Ley. Finalmente, no importa que el día destinado a violentar al Ayuntamiento sea un día festivo, el día más sagrado para la Iglesia y para España, cual es el día ocho de diciembre, en que se celebra la Purísima Concepción de la Santísima Virgen María. El Virrey habilita este gran día para trabajar en la grande obra de hacer Alférez Real a D. Bernardo Gutiérrez, despacha a favor de éste la patente, y conmina con multa de quinientos pesos y otras penas arbitrarias a los que se opusiesen a su recepción. Veis aquí en un solo acto violadas las leyes sagradas de la Iglesia, las leyes de la Justicia, y las leyes de la Nación.

No penséis que Gutiérrez fuese ingrato a su benefactor; el Gobierno causó muchas violencias al Cabildo por colocar a Gutiérrez; Gutiérrez recíprocamente quiso violentar al Cabildo mismo, por servir y corresponder al Gobierno. En los poderes que se dieron al Excmo Sr. Diputado del Reino para la Junta Central se habían limitado sus facultades para el caso en que la Península fuere ocupada por los franceses, Gutiérrez hizo empeño para que se borrase esta cláusula; alegó y sostuvo, que la América debía seguir la suerte de España, conforme lo había dictado ya el Fiscal Frías y obstinándose en esta pretensión, tuvo el atentado gravísimo de poner manos violentas en una persona distinguida y respetable, como la del Procurador General. ¿Y no descubre este hecho que Gutiérrez obraba de acuerdo con el Gobierno, que el apresuramiento de éste en colocarle al frente de la capital, era para ahogar en ella los sentimientos de fidelidad, que descubría en sus miembros, y para engrosar el partido de los que pensaban en preparar los caminos a los enemigos de la Nación?

Sí: esta era la idea que habían formado, la que les traía inquietos, y afanosos, y la que deseaban verificar en el momento, temiendo que algún contratiempo se la arrebatase de entre las manos. Solícitos y bulliciosos, los Oidores miraban como muy lentos los pasos que el Virrey daba sobre el plan acordado; les parecían muy tardías sus operaciones, se quejaban de su inacción que les parecía perezosa, y pensaron avivar por sí solos la maniobra. Volvieron a adoptar el medio que antes se habían propuesto de defender al Virrey para deshacerse de un hombre que aunque iba de acuerdo con ellos, pero no trabajaba con la precipitación que les parecía conveniente. Para conseguirlo, le desacreditaron difundiendo por el pueblo especies muy odiosas contra su opinión, proyectaron llamar al Gobernador de Cartagena, hombre más vivo y enérgico, para que ocupase su lugar, y tomase las riendas del Gobierno de todo el Reino: consta que muchos europeos del bando de los Oidores se armaron para prenderle, y aun se preparaban a asesinarle. Los Oidores convidaron a algunos americanos a que tuviesen parte en esa maniobra, y la resistencia de éstos fue la fortuna del Virrey y el desenlace de la tramoya del modo siguiente:

D. Joaquín de Ricaurte denunció ante el Alcalde Ordinario la sumaria que los Oidores habían hecho al Virrey; el Alcalde dio noticia a este Jefe y le pidió auxilio para escudriñar los papeles del Oidor Alba, en cuyo poder, decía el denunciante, paraba el sumario.  

En la perplejidad de si doy o no doy el auxilio, eligió el Virrey el medio de conciliar los dos extremos igualmente arriesgados y peligrosos. Fingió recibir con indiferencia este aviso: dijo que el tal denuncio debía darse al desprecio, y negó el auxilio que se le pedía para el escrutinio. Mas al cabo de tres días, cuando ya esta noticia se había difundido en el pueblo, y cuando ya Alba había tenido sobrado tiempo para ocultar sus papeles, llamó el Virrey a los Oidores y al Alcalde, y ordenó que se hiciese el escrutinio indicado, ¿quién no se había de reír de semejante pantomima? El pueblo se confirmó entonces en la opinión de que el Virrey y los Oidores eran igualmente culpables, de que aquél había temido que apareciese el sumado que le había formado Alba, que Alba había temido también ser recíprocamente descubierto por el Virrey, y que de acuerdo de entrambos se había representado aquella farsa con que, a su pesar, quedaban ambos a cubierto. El resultado de todo fue que el sumario no apareció, que se hicieron las paces entre el Virrey y los Oidores, que aquél empezó a obrar con más viveza en los proyectos comunes de uno y otros, y que a pesar del bando en que habían ofrecido seguridad y secreto a los denunciantes, D. Joaquín Ricaurte fue perseguido con furor por esta denuncia, solicitado con suma diligencia y se vio precisado a emigrar y refugiarse en Caracas.

4

La combinación de todos estos tiránicos y maliciosos procedimientos abrió los ojos del pueblo y derramó un golpe de luz, que le hizo ver el precipio a cuyo borde estaba descansando. Empezaron las gentes a desconfiar de su seguridad, temieron que se les preparaba la sorpresa de los franceses, y comenzaron ya a hablar, a difundir sus temores, y a buscar unos de otros el consejo y el remedio. Se aumentaban cada día las infaustas noticias que venían de Europa, y a esta medida crecían también los temores y recelos de los americanos; y desesperando de la reconquista de España, se estremecían al acordarse de las proposiciones vertidas y sostenidas por algunos europeos, de que las Américas debían seguir la suerte de la Metrópoli. No pudieron ocultarse al Gobierno estos temores del pueblo, y entonces, a pretexto de remitir fuerzas contra Quito, hizo venir nuevas tropas de Cartagena, llamó de Río Hacha al Teniente Coronel D. Juan Sámano con la guarnición de aquel Puerto, la que fue recibida en tiempo con vivas y aclamaciones de los Oidores, que se prometían engrosar con ella su partido; dio la Comandancia del Batallón Auxiliar al mismo D. Juan Sámano, continuó en el grado de Mayor de la plaza el cuñado de Alba, en el de Oficial del propio Batallón al cuñado de aquél, dio los cordones de Cadetes a dos hijos del mismo Oidor, los que dentro de pocos días fueron Oficiales, como lo fueron también Llorente, Girardot y otros de aquella facción antiamericana. Se declararon sospechosos todos los Patricios, y se les miraba con un ojo amenazador. Se sumariaron los hombres de bien, las sospechas se graduaron de realidades, las denunciaciones de pruebas, las apariencias de principios, la posibilidad de testimonio. El terrorismo se dejó ver en su propia figura, la tropa se mantuvo siempre sobre las armas, se difundieron por las calles patrullas diarias y nocturnas, se llenó todo el Reino de espias y vigilantes, y aguardaban los hombres sensatos una próxima ruina. Veían el preñado de la nieve y esperaban los rayos. Véislos aquí:

De repente sorprendieron en esta capital a D. Baltasar Miñano de las Casas, y a D. Antonio Nariño. Inmediatamente fueron conducidos a Cartagena como unos criminales. Sepultaron a Nariño en la bóveda de un castillo, le cargaron de cadenas y grillos tan pesadas como las que sufrió hace poco el Barón Trenk; le negaron no solo la comunicación, sino el pan y el agua, le embargaron todos sus bienes y dejaron en la mendicidad a su ilustre familia. ¿Cuál ha sido el delito de este hombre desgraciado? El no lo sabe, el público lo ignora; después de seis meses de prisión de cadenas, de hambre y de enfermedad, aún no se le ha hecho saber la causa de su arresto, no se le ha confesionado, no se le ha pedido ni una declaración. El no habló en la Junta de 11 de septiembre, pero se sospechó, que en caso de haber hablado, se habría declarado a favor de la humanidad. Este es su delito y el de todos los de esta capital. ¿Y no podíamos ahora preguntar si hay leyes en España, o si estamos en Constantinopla?

Igual a esta fue la suerte de los Presbíteros Estévez, Gómez y Azuero. Los dos últimos fueron arrancados de sus curatos, reducidos a prisión y privados de comunicación por largo tiempo. El primero (Estévez), había predicado en la Capilla del Sagrario, sobre la caridad y perdón de los enemigos. Nada había dicho contra el dogma, nada que no fuese ortodoxo, nada que pudiese aparecer subversivo. La Inquisición de Cartagena lo ha declarado, pero como no era del parecer de los tiranos, la malignidad acusó sus sermones de impíos y sediciosos, se denunciaron como tales al Tribunal de la Fe, se fingieron decretos del mismo Tribunal contra su persona, se le intimó orden por el Provisor y por el Doctoral Lazo (entonces Comisario de la Inquisición), de que no volviese a predicar jamás; se pretendió sorprender al propio Tribunal para arrancarle de esta ciudad y sepultarle en sus cárceles, y no habiendo conseguido este proyecto tan ofensivo al honor de un sacerdote de probidad y de literatura, se procedió contra él de mano armada en el silencio de la noche, fue rodeada su casa por los soldados capitaneados por el Provisor y por el Doctoral de esta Iglesia, se pretendió forzar las puertas de su habitación, se llenó de insultos a su inocente familia, se pronunciaron contra ella anatemas por el Provisor y Comisario, y Estévez se vio precisado a saltar por sobre los muros de su casa, a huír del furor de sus enemigos, y a emigrar a Maracaibo. ¿No podíamos decir que aquel Gobierno había adoptado las visitas domiciliarias de Robespierre en los tiempos de la anarquía de Francia? ¿Cuál fue el delito de estos tres sacerdotes? ¿ Cuál fue la causa que movió a tanto escándalo? La Inquisición de Cartagena como imparcial, y a donde no habían podido penetrar las maquinaciones del despotismo, declaró a Estévez por inocente, decretó su reposición a su ministerio, procuró que se subsanase su honor y su fortuna, y privó de la Comisaría al Doctoral Lazo, que por su adhesión al sistema tiránico había cooperado al escándalo. Al doctor Azuero después de las violencias dichas, y de una larga prisión, se puso en libertad y se dictó la sentencia de que se abstuviese de ir a bailes, suponiendo contra la verdad, que este fuese un motivo para tan grave escándalo. Al doctor Gómez se le quiso hacer creer que su prisión había sido una pesadilla que había tenido durmiendo, y jamás se supo por orden de quién ni por qué causa había sido sorprendido por los soldados, conducido como un criminal a las prisiones, y detenido en ellas sin comunicación por largo tiempo. Falta aún añadir la pesquisa, y las patrullas que salieron armadas en solicitud del Magistral de esta Iglesia, doctor Rosillo, que se hallaba ausente de la capital, y que fue conducido a ella en medio de doce soldados y sepultado por muchos meses en una prisión como la Bastilla de Francia, o como la Rambla de Granada. Ya se había decretado la muerte de este sacerdote, la que se evitó con la mutación de Gobierno. ¿Queréis saber cuál era su crimen? El de oponerse a la sorpresa de los franceses, el de defender los derechos de Fernando VII y la justicia. de su patria.

Pero lo que acaba de descubrir el Gobierno es la tragedia de Pore. Allí fueron presos dos jóvenes de edad de veinte años, con otros mozos que alarmaron al Gobernador declamando contra el despotismo, y asustando a la ciudad. Diose parte al Virrey, y éste de acuerdo con la Audiencia dividió la causa, hizo conducir a esta ciudad a algunos de los cómplices y dejando a los dos jóvenes Rosillo y Cadena en Pore, y que omitiendo el seguimiento formal de una causa que debía presentar en todo su aspecto el delito, sentenciase; y que sin necesidad de consultar el Tribunal, les hiciese ejecutar. Así se hizo: un solo letrado les juzgó, les sentenció y sin permitirles defensa, sin darles abogado, sin oír sus descargos, les arcabucearon y cortaron las cabezas. Nosotros no nos quejamos de que se castiguen los crímenes sino de que se profanen las leyes. Preguntamos ahora: ¿Las leyes no piden tres votos de toda conformidad para la imposición de la última de las penas? ¿A beneficio de los procesados las mismas leyes no exigen su formal audiencia, ensanchando los términos y vías que en causas de otra naturaleza estrechan? Aun en la milicia, en cuyos consejos las ejecuciones son más prontas, ¿no se forma un Tribunal? ¿ No se oye al reo? ¿No se le da un defensor, no se exige la uniformidad y conveniencia de muchos votos para dar muerte a un delincuente? y en Pore, un solo letrado pronuncia, y sin oír, sin necesidad de consultar al Tribunal, sentencia y quita la vida a dos muchachos! ¿Hay leyes? Ya aquí no había sino caprichos. Las cabezas fueron conducidas a esta capital, se pensó por los Ministros levantarlas públicamente en escarpias para insultar al pueblo, y lo hubieran ejecutado así, si no hubiera habido consideraciones que lo impidieron. ¿ Qué más hicieron en Francia los asesinos marselleses asalariados por el infeliz Egalité?

5

Estos, y otros muchos sucesos que omitimos por la brevedad con que debemos instruír a nuestros hermanos, y que daremos a luz cuando escribamos sin la precipitación a que ahora nos obligan las circunstancias del tiempo, todos estos sucesos formaban la escena, y el escándalo del Reino en los últimos momentos de la Junta Central y en los días en que empezó a balancear el Gobierno de esta capital y sus Provincias, cuando recibimos noticias de la disolución de dicha Junta Central, y formación del nuevo Consejo de Regencia. A la manera que, en el helado invierno, cuando el cielo está obscurecido con densas y negras nubes, suele aparecer de cuando en cuando un rayo de sol pálido, que aunque no calienta, ilustra a lo menos, y alegra la faz desnuda de la tierra; así por un instante, se consoló la América con la fausta novedad de la aniquilación de aquel Tribunal, que perpetuaba en sus empleos a nuestros opresores, para que éstos asegurasen la dominación de aquél sobre nosotros. Alucinados con la esperanza de mudar de Jefes, no advertíamos que el mal no estaba en los Representantes, sino en el sistema del Gobierno. Pero en fin el Consejo de Regencia nos dijo: que desde aquel momento éramos ya libres, que no éramos ya los que encorvados bajo un yugo mucho más duro, mientras más distantes estábamos del Trono, habíamos sido mirados con indiferencia, vejados por la codicia y destruídos por la ignorancia... (8)

Esta confesión que la necesidad arrancó al Gobierno, dio a la América el triste consuelo de que los opresores reconociesen su injusticia y condenasen sus propias operaciones. ¡Qué dulce es para el hombre el testimonio de su inocencia, y más cuando lo suscribe su enemigo! Pero al mismo tiempo advertimos en esta forzada confesión el dolo y la maña sutil con que se confesaba un delito para cometer otro mayor, y con que al reconocer la injusticia con que se nos había oprimido, se intentaba hacer más dura y más duradera la opresión. Tratemos con método sobre el Consejo de Regencia y descubriremos esta verdad.

La Junta Central se disolvió, no por las armas francesas, sino por el pueblo español que no tenía confianza en ella, y la acusaba de criminal. Los miembros de que se componía habían sido sindicados de venalidad y de traición desde el momento en que se descubrió que habían dejado brecha a los franceses para que entrasen en Sierra Morena. Todos estos Vocales fueron dispersos por el pueblo que les aborrecía, fueron perseguidos y proscritos. Todos ellos huyeron precipitadamente de Sevilla huyendo del furor del pueblo que quería castigarlos con muerte, y afortunadamente algunos de ellos escaparon con vida a favor del ejército del Duque de Alburquerque, que, les escolté hasta conducirles a la Isla de León. Allí unos miembros muertos quisieron engendrar un cuerpo vivo: las reliquias de una Junta proscrita, se juntaron para formar otra, que querían hacer que pareciese legítima, y unos hombres sin autoridad intentaron dar la que no tenían al Consejo de Regencia, contra las protestas de Granada, de Valencia, de toda la Nación. Veintitrés Vocales de la extinta Junta Central, veintitrés Vocales fugitivos, acusados y aborrecidos, como diremos adelante, veintitrés Vocales sin autoridad y sin representación nacional, instalaron el Consejo de Regencia y le dieron los poderes de que ellos mismos estaban desnudos. Verdaderamente el presente siglo es el siglo de las paradojas y de los engaños! Quizá ya se habrá disuelto el Consejo de Regencia y mañana sabremos que el Excelentísimo o sea Serenísimo Sr. Saavedra, como se explica en una carta al Gobernador de Cádiz (9) acostumbrado a la dominación de Caracas y de Sevilla, ha levantado otro Cuerpo que se llama Soberano de España y de las Indias.

El Consejo de Regencia se instaló por fin con todas las nulidades que hemos visto. Se dio la residencia en él a un Obis po anciano, el que por sus muchos años no hará otra cosa en venir desde Orense hasta la Isla de León, que ocupar inútilmente el lugar de su nombramiento. El Excelentísimo o sea Serenísimo Sr. Saavedra, por esta razón tiene el Gobierno de tal Consejo, y dice, que ya es llegado el caso de hacer revivir la Junta de Sevilla, aquella Junta se usurpó el título de Junta Suprema de España e Indias. (10) En vista de esto parece, que no nos engañamos cuando dijimos que no tardaría mucho el tiempo en que veamos sustituír otro Cuerpo Representante al nuevo Consejo de Regencia. ¿Y la América le prestará también obediencia, como con violencia la presté a la Junta de Sevilla en su nacimiento primero? El Gobierno de este Reino tardó mucho tiempo en sancionar su reconocimiento al Consejo de Regencia. ¿Sería acaso porque tenía presente la ilegitimidad de su origen? Sería porque guardaba su obediencia para prestarla a la nueva Junta Sevillana, cuyo renacimiento anunciaba Saavedra? Tal vez fue porque desconfiaba de que el dicho Consejo de Regencia quisiese perpetuar las autoridades que actualmente gobernaban, como las habían perpetuado la primitiva Junta de Sevilla y después la Junta Central. Los que gobernaban en uno y otro Continente se daban siempre las manos, y éstos no habían obedecido a aquellos, sino al precio de su estabilidad. En efecto: cuando se anunció la creación del Consejo de Regencia, se anunció también la creación de nuevos Virreyes, y la mutación de los Jefes que dominaban. De aquí nació la frialdad e indiferencia con que se miró este nuevo Representante, de aquí el silencio y la falta de aquel apresuramiento con que se nos había exigido el reconocimiento a los dos primeros extinguidos Tribunales, de aquí el no hacer Junta, el no conocer a todos los Cuerpos, el no avisar prontamente a las Provincias, el no comunicar esta noticia de oficio a los Tribunales interiores, como se había ejecutado antes, cuando se erigieron las otras Juntas de Sevilla y la Central. Entonces este Cabildo provocó al Virrey para que se explicase sobre este asunto, y apenas consiguió, el que se anunciase esta novedad al pueblo por medio de un simple bando. El Consejo de Regencia debe estar quejoso de los antiguos Jefes de este Reino, por no haberlo recibido con el ruido, la pompa y aparato magníficos con que habían sido reconocidos y publicados sus predecesores.


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(1) Sumar. Decl. 1. (regresar 1)
(2) Aviso importante a los Españoles por un celoso Patriota, en Cádiz año de 1810. (regresar 2)
(3) Proclama de Valencia. (regresar 3)
(4) D. Manuel Silvestre.
(regresar 4)
(5) El Mayor de la Plata, los dos Capitanes de Guardias de Alabarderos. (regresar 5)
(6) Causa seguida en el Superior Gobierno. (regresar 6)
(7) Carta del Ilustrísimo Sr. Obispo de Quito.  (regresar 7)
(8) Papel del Consejo de Regencia a los americanos españoles. (regresar 8)
(9) Colección de Ordenes, etc., Edicto. (regresar 9)
(10) Carta del 24 de enero de 1810 al señor don Francisco Venegas. (regresar 10)

 
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