(continuación CUARTA SECCION)  

El Consejo de Regencia se instaló, y a la manera que los escorpiones recién nacidos se convierten contra la madre que les dio el sér y la devoran, así el nuevo Consejo de Regencia procedió contra los miembros de la Junta Central que la habían engendrado y erigido en Soberanía. Lo primero que hizo el Consejo de Regencia fue descubrir al mundo las faltas de su Creadora. ¡Cuán grande debe ser la torpeza de una madre, cuando no la puede encubrir ni el honor ni el cariño de un hijo a quien ha dado el ser! A consulta del Consejo de Castilla resolvió el de Regencia que “los Vocales de la Junta Central extinguida fuesen dispersos por las Provincias libres de España; que no se les permitiese juntar unos con otros en un mismo lugar, que hubiesen de dar parte a su hijo el Consejo del lugar de su domicilio, que estuviesen, aunque no arrestados, a disposición del Capitán General de la Provincia, que por ningún caso pudiesen venir a América; que fuesen emplazados para dar cuenta de su conducta durante su vocalidad, que estuviesen prontos a dar razón de la inversión de los caudales que gastaron y pruebas de la justificación con que procedieron, y que todos y cada uno de los vasallos, pudiesen pedir contra los Vocales de dicha Junta Central, para que fuesen según las Leyes juzgados y castigados, conforme se debía hacer con los Vocales Calbo y Tilli (1) ¿Qué prueba con este Decreto el Consejo de Regencia? Que los Vocales de la Junta Central estaban sindicados de colusión contra el Estado, de fraude y mala inversión, de los tesoros que la América había remitido para sostener la guerra contra el francés, y de sospechas y aun pruebas de traición contra la Patria. ¿Tendría, pues, razón el pueblo de Sevilla para irritarse contra la Junta Central, para disolverla y perseguirla? ¿Y se espera mejor procedimiento de un Consejo, hechura de los dispersos miembros de aquella Junta?

El Consejo de Regencia se instaló y sus primeras atenciones se convirtieron a la América. Dijo: que ésta formaba parte integrante del Estado, que los destinos de los Americanos ya no dependían ni de los Virreyes, ni de los Ministros, ni de los Gobernadores, sino que estaban en nuestras manos. (2) ¡Gracias a Dios, que ya después de tres siglos hemos oído decir por una vez que somos libres, o a lo menos, que somos hombres! Pero esta declaratoria del Consejo de Regencia venia acaso revestida del carácter de buena fe, de sinceridad y de justicia? El coloca nuestra libertad en la elección de Diputados para las Cortes, y esta elección queda al arbitrio de los Virreyes y de las Audiencias. ¿Y cómo, pues, no depende ya de éstos la suerte de los derechos de la América? Cómo es que somos ya libres y no encorvados bajo el pesado yugo de su indiferencia, de su codicia y de su ignorancia? El Consejo de Regencia halaga a la América reconociendo, y declarando sus derechos, y al mismo tiempo la tiraniza arrebatándoselos.

Finalmente el Consejo de Regencia se instaló, y habiendo observado la crítica situación de la América, y el gran e inminente peligro de su separación de la Europa, meditó el modo de contentarla y de retardar su emancipación. Para hacerlo con toda la finura y delicadeza de la política, destinó un comisionado para cada Provincia, este debía ser americano y oriundo del mismo suelo a que se dirigía su comisión, anticipó la voz de que las comisiones eran pacíficas, que se reducían a hacer gracias, e indultar si acaso hubiese delincuentes. Nombró para este Reino a D. Carlos Montúfar y a D. Antonio Villavicencio, ambos nacidos en Quito y el segundo educado desde su niñez en Santafé. ¡Qué asombro! ¡Los comisionados son americanos! ¡Vienen a tratar los negocios e intereses de sus propios países! ¡Los únicos americanos que en tres siglos han tenido una tal confianza del Gobierno! Los europeos miraron esta Comisión como un insulto que el Consejo de Regencia irrogaba al derecho exclusivo que juzgaban tener sobre la suerte del Nuevo Mundo.

Los americanos presentíamos que esta Comisión era un nuevo lazo que el Consejo de Regencia tendía a nuestra libertad. Los europeos meditaban los modos de eludir la Comisión, de detener a los comisionados, y aun de barrenar los barcos o champanes en que subían el río Magdalena. El Conde Ruiz de Castilla se explicó al Virrey con asombro, de que hubiese permitido a Montúfar seguir camino para Quito (3) y da a entender, que le tiene en sumo cuidado su aproximación a la ciudad. Los americanos, aunque desconfiados y maliciosos sobre la comisión, como que no tenían motivo para esperar del Gobierno alguna conmiseración, se apresuraron a recibir con pompa a los comisionados, más bien a título de paisanaje, que porque los juzgasen libertadores de la Patria y ángeles tutelares de su fortuna. Estas desconfianzas tenían por apoyo las operaciones de este Gobierno, las que no se podían combinar con lisonjeras esperanzas. El Virrey decía que aguardaba al Comisionado para arreglar con él sus disposiciones, pero al mismo tiempo preparaba calabozos y potros; tenía a punto de servir los cañones del parque, había prevenido la fusilería, cantidad de granadas, de bombas y otras armas de fuego; había fabricado y seguía fabricando muchas lanzas, sables, desgarraderas y cuchillos; había interceptado, y con vigilancia recogía del comercio toda la pólvora, los machetes y aun los pedernales de chispa, para que no cayesen en manos americanas. Al mismo tiempo veía los europeos armados de puñales, de pistoleras, de sables, con un denuedo y aire amenazador. ¿A qué fin, decían los americanos, a qué fin todo este aparato guerrero, si se aguarda al Comisionado para pacificar el Reino?

Poco tardamos en descubrir, que las voces del Gobierno eran de paz, pero que las ideas eran hostiles y sanguinarias. Muchas noticias que recibimos en aquel tiempo, nos afirmaron en el concepto de que todos los Jefes del Reino estaban de acuerdo con la Regencia para perdernos. Vamos a hacer la enumeración de todas ellas. Tuvimos la noticia de que con palabras pacificas había el corregidor de la Provincia del Socorro desarmado y asegurado aquellas gentes para fusilarlas y derramar su sangre sin alguna razón, sin el más leve motivo y con la más villana crueldad el día 9 de julio. (4) Supimos que en Guayaquil sin alguna causa ni sentencia habían sido aprisionados por D. Francisco Baquerizo algunos paisanos de Quito que vendían y compraban en la Bodega, que les habían rematado las mulas de su carruaje al precio de tres pesos, siendo de treinta su valor legítimo; que les habían conducido a los cepos, dejándoles perecer de hambre, y que D. Pablo Chica, por orden de Cucalón había también sepultado en calabozo otras ocho personas distinguidas de Cuenca, sin permitirles comunicación, ni cama, ni alimentos, aunque entre aquellas víctimas se contaban un Oficial Real y un Alcalde Ordinario, y D. Joaquín de Tovar, Interventor de Torricos, el que murió en la prisión y con los grillos. (5)

Supimos que estas violencias eran muy meditadas y sistemáticas para destruír la gente americana y satisfacer la sed de oro y plata que devoraba a los mandantes; que D. Pedro Alcantar Bruno y Cucalón ya el ingreso de la persecución de los quiteños en cien mil pesos, y que este último había ofrecido al Presidente Ruiz de Castilla, todos sus auxilios para reponerlo en su empleo, con tal que lo renunciase a su favor, supuesto que por sus muchos años ya no podía mandar.

Supimos que D. Juan Falquez y D. Sebastián Puga sorprendieron en Pueblo Viejo a D. Juan Ponce, a D. Agustín Revolledo, a sus criados y familiares, que los cargaron de cadenas, les desnudaron de sus vestidos, les quitaron de sus pies el calzado, les expusieron desnudos a la vergüenza y al terrible aguijón de infinitos moscos, de que abunda la tierra, teniéndoles las manos cautivas con esposas y aseguradas al cuello por medio de un canuto; que se pregonaron sus bienes y que se refundieron en calabozos con cuatro centinelas vista y dos cañones de custodia, todo su delito fue haber nacido americanos. (6)

Supimos que el sistema antiamericano hizo que el Pastor de Cuenca se convirtiese en General de armada, que conmutase por la espada el cayado, y que el órgano del Evangelio y la Paz se transmutase en trompa marcial y de muerte. ¡Qué asombro! ver a un Obispo dar lecciones de guerra al cruel Aymerich, levantar una compañía de clérigos con el sobrenombre de Muerte, con uniforme de luto y en oposición a las leyes municipales! ¡Qué espanto! ver prodigar las rentas del Seminario, la sustancia de los pobres, los tesoros de las obras pías, entre gentes brutales, entre una multitud de asesinos que han asolado la fertilísima Provincia de Quito. ¡Qué deshonra! Oír a Fray Josef Balleno, Lego de la Merced predicar al lado de un Obispo, persuadir la desolación de la América y exhortar a derramar la sangre de los quiteños! (7) ¡Pero qué vergüenza! Cuando estas tropas se disponían a conquistar la América, cuando el Gobernador y Oficiales se disputaban ya las propiedades y haciendas de los quiteños, se oyó un grito que decía: Enemigos se acercan. Este trueno aterró a todo el Ejército, Aymerich se encerró en su palacio, poniendo en la puerta y en la galería fusileros que le guardasen; los soldados morlacos corrieron despavoridos a buscar escondrijos en que ocultarse y el Sr. Obispo, General del Ejército, salió corriendo, tomó la ruta de la hacienda de San Josef que dista de la ciudad dos leguas, y con un pie descalzo no paró hasta meterse en una zanja.  ¡Oh valor! ¡Oh impavidez marcial!

Supimos que D. José Vrigüen había destruído el pueblo de Piti, quemado sus casas y conducido a Barbacoas a todos los habitantes como cautivos; que D. Fernando Angulo, acaudillando a los regidores de Barbacoas, procedió con su innata bestialidad a aprehender a todos los criollos, a despojar de su beneficio al Cura de San Pablo de Guaiguez, a nombrar con su autoridad otro Sacerdote por Cura, a darle las facultades espirituales de administrar Sacramentos, y la jurisdicción para presenciar y bendecir matrimonios; a prohibir que se diese en colecta y canón de la misa conmemoración al Prelado Diocesa no, a procesar a los Clérigos y a atropellar, como se practicó en esta ciudad, la inmunidad eclesiástica. Supimos que reunidos en Pasto, D. Gregorio Angulo y D. Miguel Tacon, con un Asesor, un director, y un formidable ejército de cien fusileros, y algunos mulatos sin honor y sin disciplina, sorprendieron a los descuidados quiteños, pusieron a unos en fuga y aprisionaron a otros, conduciéndolos arrastrados hasta Popayán con crueldad y tiranía. Esta es la gran victoria, el triunfo singular, que los pastusos alcanzaron sobre los cándidos quiteños, el que se quieren apropiar aquellos dos Gobernadores y por el cual les ha rengraciado el Consejo de Regencia. (8)

Supimos también, que habiéndose sosegado los ruidos de Quito por sus mismos naturales, fue restituído a la Presidencia el Conde Ruiz, bajo ciertas capitulaciones juradas y publicadas por bando, ofreciéndoles seguridad y prometiendo éste interesarse con el Virrey y aun con el Soberano para que tratasen con equidad y dulzura a los que intervinieron a la formación de la Junta ya disuelta, que este juramento, esta capitulación, este bando fue recibido por las gentes de Quito como un padrón, y cédula de seguridad; que en esta confianza entró Salinas en la simulada privanza de aquel Jefe, hasta visitarse mutuamente, que los vecinos nobles hacían la guardia a éste con candor y sinceridad, que fueron recibidas las tropas de Lima como auxiliares y amigas, que se sirvió un banquete en casa del Presidente a que asistió la ciudad; que al tercero día hubo un refresco en casa de los Aguirres, al cual siguió un baile al que asistió el Comandante Arredondo con la Oficialidad, y se concluyó con un juego (Profesión de aquella gente), en el cual perdieron los quiteños mil onzas de oro. (9) ¡Ay! qué caras han pagado los generosos quiteños su buena fe y su credulidad! ¡Ay! !Nuestros hermanos no advirtieron que trataban con tigres que alhagan con la cola, para hacer presa con las uñas!

Apenas se habían desarmado los quiteños, apenas les consideraban indefensos y descuidados con el engaño, se dio principio a las hostilidades. ¡Cobardes! ¡No os atrevisteis a entrar a Quito, no osasteis quitaros la máscara, no mostrasteis valor hasta que no hallasteis con quién lidiar!

Se hizo de la noble biblioteca un cuartel, y otro de la casa de la Universidad. Tal es la oposición que tiene aquel Gobierno con las letras! De repente fueron sorprendidos los principales de la ciudad con otras muchas gentes; fueron sepultados en calabozos, se comenzó el proceso, fueron Jueces Arechaga, Fuertes, y Arredondo. ¡Qué Tribunal! Cuatro meses y medio corrieron en evacuarse el sumario, y en proponerse la más inicua y contradictoria vista Fiscal, en que indistintamente se acusa a los inocentes, a los culpados, a los niños, a las mujeres, sin atender a sexo, carácter, ni representación, pero ni al mérito de los autos. Pidiose por Arechaga que no se diese traslado a los presos y que con un breve y perentorio tiempo se recibiese la causa a prueba con todos los cargos. Solicitud con que se pretendía impedir que saliese a luz los vicios del proceso. Fuertes, el gran letrado Fuertes, conocido en esta Capital, Fuertes recibió la causa a prueba con el término de veinte días, y todos los cargos, ordenando que no se manifestase la acusación Fiscal, sino en la parte que a cada uno correspondía, y prohibiendo que se dejasen ver los autos, de los que solo les permitía dar a cada interesado una breve relación por el escribano (10) . ¡Nueva Jurisprudencia que deshonra para siempre a los Jueces de Quito! Desde que recibimos tan funesta noticia, desde que entendimos que Arechaga, Fuertes y Arredondo eran Jueces de aquella causa, dimos por perdidos a nuestros caros hermanos de Quito, y nosotros mismos advertimos que estábamos comprendidos en la proscripción, por haber hablando en favor de ellos en la Junta del 11 de septiembre.

Oportunamente vinieron a nuestras manos algunas cartas que un europeo de los de esta Capital remitía a los de otro lugar del Reino, en la que les convocaba a reunirse en Zipaquirá para que todos juntos entrasen en esta ciudad. En efecto, estando nosotros atentos a descubrir, si se verificaba esta proclama de nuestros enemigos, vimos que los europeos de los alrededores y aun de lugares distantes, como de Chiquinquirá, La Mesa y otros, se reunían en Santafé; que andaba en patrullas y en corrillos misteriosos, y que se dejaban ver inquietos, taciturnos y demudados. Teníamos presente el denuncio que se nos había dado, de que éstos disponían sacrificar a todos los patricios en una sola noche, y sospechamos que ya estaba muy cerca la hora fatal de nuestra inmolación.

Por fortuna cayeron en nuestras manos en aquel momento las últimas órdenes expedidas por el Consejo de Regencia contra los hijos de América; y reconocimos que el agua venía turbia desde su fuente; que las operaciones crueles y sanguinarias de este Gobierno eran no más, que la ejecución de lo que el tal Consejo de Regencia dictaba; y que ya ni los funcionarios de América tenían a quién temer, ni nosotros a quién ocurrir, ni a quién quejamos. Absortos quedamos al leer las órdenes dirigidas con fecha 15 de marzo último a los Gobernadores de Cartagena y de Popayán, y las de 25 de abril al Virrey de este Reino. En ellas apareció el sistema del engaño y de la felonía, con que a la sombra de los comisionados pacificadores con que nos deslumbraba, había asegurado el golpe e iba a descargar el cuchillo sobre nuestras inocentes cabezas. Los tales comisionados, según se nos había prometido, venían destinados por la Regencia a pacificar, indultar y hacer gracias a los americanos. Con este supuesto objeto los comisionados mismos eran americanos también, para que tuviésemos de ellos más confianza, y fuesen recibidos por nosotros con alegría, sin temor y sin armas. Talvez los mismos comisionados creyeron al Consejo de Regencia, y teniendo por sincera su misión, llegaron a mirarse como unos genios benéficos y consoladores de su Patria. ¡Engaño! Con ellos había salido, y aun había llegado antes que ellos el rayo exterminador. El Consejo de Regencia en los papeles citados, declaraba insurgentes a los habitantes de Quito, aprobaba las operaciones hostiles con que les habían perseguido, daban gracias a los que les habían sacrificado; provocaban a las autoridades y a los pueblos a que les escarmentasen y condujesen al exterminio. Felonía que deshonrará para siempre al tal Consejo de Regencia, y que lo hace indigno de apropiarse el nombre augusto de nuestro Soberano.

También vimos con horror la orden del mismo Consejo de Regencia, con fecha 30 de abril último, renovatoria de la de 19 de noviembre de 1808, dirigida a los Virreyes, Gobernadores y demás autoridades, para que mantuviesen los pueblos en una perpetua ilusión; para que se sofocasen todas las noticias que pudiesen descubrir el verdadero estado de la Península; y para que no permitiesen publicar otras gacetas, que las que el mismo Consejo imprimiese, a fin de engañar nuestra confianza y de darnos tiempo para defendernos del enemigo.

Finalmente, recibimos el Decreto del mismo Consejo de Regencia de 28 de abril último, en que ordena que todos los propietarios de Cádiz hayan de pagar veinte por ciento de todas las fincas inmuebles, diez por ciento los inquilinos sin excepción de casas religiosas ni de hospicios, casas de niños expósitos y demás obras pías. ¿Qué debía esperar la América siempre tiranizada, si el Consejo de Regencia tiraniza de un modo tan cruel a los habitantes de la Península?

Pues en vista de tántas mentiras, de tántos engaños del Gobierno, de tántos hostiles preparativos con que nos amenazaban; viéndonos abatidos, desarmados, entregados en manos del furor, y del odio de nuestros enemigos; sin tener a quien recurrir con la queja de nuestros agravios, ni a quien representar nuestra inocencia, ni de quién implorar nuestra justicia, ya nos conformábamos con morir. El pavor de la muerte se dejó ver en nuestros semblantes, a cada paso volvíamos el rostro temiendo el cuchillo que nos amenazaba por la espalda; encerrados en nuestras casas, el menor ruido nos hacía esperar la hacha que derribase nuestras puertas, y el cuchillo que cortase nuestras gargantas. En tal conflicto recurrimos a Dios, a ese Dios que no deja perecer la inocencia, a este nuestro Dios justo que defiende la causa de los humildes; nos entregamos en sus manos, adoramos sus inexcrutables decretos, les protestamos que nada habíamos deseado sino defender su santa fé, oponernos a los errores de los libertinos de la Francia, conservarnos fieles a Fernando, y procurar el bien y libertad de nuestra Patria; nos ofrecimos con resignación al sacrificio por tan nobles y santas causas, y le dijimos, que si era su voluntad castigar nuestras culpas con el despiadado furor de nuestros enemigos, recibiríamos contentos el castigo y besaríamos su adorable mano que nos hería. Los sacerdotes, las sagradas vírgenes, la nobleza, la plebe, todos clamamos a una voz, como lo había hecho en semejante consternación el Macabeo; y dijimos a Dios que nuestros contrarios confiaban en sus armas y en sus caballos, pero que nosotros no teníamos confianza sino en el auxilio de su diestra. Y ¡oh prodigio! Una palabra injuriosa e indecente que profirió un europeo contra los americanos, fue la chispa con que prendió el gran fuego de la Revolución, el Dios de los Ejércitos. Al instante conocimos que había sido oída nuestra oración y que el cielo volvía por nuestra causa. Irritose la gente que había oído el insulto contra la Nación; progresivamente se conmovió toda la capital, ocurrieron apresurados los pueblos; los pechos de los americanos se encendieron del fuego de la libertad; sus brazos se sintieron robustos y dotados de una fuerza gigante, respiraron el aire del patriotismo y del valor, por tantos siglos reprimido, al mismo tiempo que un humor frío corría en vez de sangre por las venas de nuestros enemigos, a quienes el susto hizo caer de las manos la pluma, que pretendía dictar órdenes de fuego y de sangre. En fin, del Cielo nos ha venido el laurel.

¡Americanos! ¡ Pueblos todos del mundo! Dignaos de arrojar una mirada rápida sobre todo lo que hemos dicho, y sentenciar con imparcialidad y con justicia, si hemos tenido bastantes y sobrados motivos para desconocer cualquiera otra autoridad que no sea la inmediata de nuestro amado Soberano el Sr. D. Fernando VII!

Mirad por una parte las intrigas de Napoleón, las infinitas artes seductoras de los franceses, el riesgo de ser acometidos por sus satélites, el descuido o malicia de los Jefes del Reino, la indiferencia con que se miran los puertos, la aniquilación del erario en empresas frívolas y la perfidia de gran parte de los europeos españoles, su adhesión a Bonaparte tan comprobada y auténtica, la correspondencia de muchos de los que viven en América con aquel tirano o con sus dependientes.

Mirad por otra parte una infinidad de injusticias, de violencias, de atentados contra la humanidad; una espantosa infracción de todas las leyes, de todos los principios de la política, de todos los sagrados derechos del hombre, un cúmulo asombroso de procedimientos despóticos, de opresiones tiranas y de pruebas auténticas del sistema caprichoso que se había formado el fatal Gobierno.

Mirad, cómo donde quiera que se junta un grupo de europeos, se erige una Soberanía sin tener autoridad, ni poderes para ello; que se hace reconocer por tal a favor de la mentira, de la intriga y de la violencia; y que sucesivamente nos quieren hacer vasallos y de la Junta de Sevilla, ya de la Central, ya del Consejo de la Isla de León; y que quizá mañana nos querrán hacer esclavos de Mallorca, de Ibisa, de Tenerife o de cualquier otro lugar en donde se les antoje unir un puñado de gentes ambiciosas de denominación. Acordaos que en la Junta de 11 de septiembre se sostuvo públicamente en esta Capital, que donde se hallase un solo vocal de la Junta de Sevilla, allí estaba la Soberanía.

Mirad cómo esas Juntas no aspiran sino a extraer todo el oro y plata que recogen con sudor y fatiga los labradores, los artesanos, los mineros, los pobres de este suelo, y que con diversos pretextos, con nombres espaciosos ya de contribución, ya de donativos dejan perecer de hambre las tres partes de nuestros compatriotas, exportando los caudales para sostener el lujo y entretener las pasiones de los que se erigen en Soberanos. Buen testigo es Sanllorente, lo es también el decreto de los cuarenta millones, que la Junta Central exigía de la América, si no queréis volver los ojos a los tiempos de Godoy, cuando con nombre de Consolidación arrebató los tesoros de las iglesias y la substancia con que se mantenían los Ministros del Santuario.

Mirad la maniobra con que los Jefes de América sostenían por su interés aquellas Soberanías, y el interés con que aquellas Soberanías sostenían a los Jefes de América, ayudándose recíprocamente a mantenerse en su elevación. De otra manera ni aquellos hubieran sido legisladores de América, ni éstos hubieran obedecido sus sanciones. Ya visteis que no fueron reconocidas en este Reino la Junta de Sevilla, ni la Junta Central, hasta que por estos mismos tribunales se decretó la continuación del Gobierno de este Virrey y de los Oidores; y que cuando se dijo, que la Regencia criaba nuevo Virrey y Audiencia, se retardó su reconocimiento hasta asegurarse de lo contrario.

Mirad el escándalo que se ha dado al mundo con los atentados del Gobierno contra la Iglesia de Jesucristo. A la ocupación que Godoy había hecho de todas las propiedades de la Iglesia y Monasterios, se han seguido innumerables actos contra su inmunidad. Se arrancó de la puerta de la iglesia el Edicto de un Obispo (11) en que exhortaba a orar por la felicidad de las armas de España. Se insultó este mismo Obispo con un oficio escrito con la pluma más atrevida que la de Dupin, y con tinta más negra que la de Voltaire (12) . Se procesaron los clérigos, se redujeron a duras prisiones, se dictaron sentencias de muerte contra ellos, se derramó en Quito su sangre (13) . Se habilitaron los días más sagrados para acordar negocios ridículos, se lidiaron toros en Lunes y Martes Santo, y el Jueves y el Viernes Santo, se ocuparon en enseñar a las milicias el ejercicio militar por el Comandante cristiano D. Gregorio Angulo (14) . Se hizo cuartel general de la iglesia de Capuchinos del Socorro, se puso la batería en la tribuna del Coro, y desde allí se dispararon los fusiles contra los inocentes y desarmados paisanos (15) . Se fingieron censuras de la Inquisición para oprimir a los Sacerdotes, se ocultaron por mucho tiempo las declaraciones de aquel Tribunal que protegían la inocencia y se pretendió abusar de sus providencias para hostilizar con las armas de la fe... (16)

Mirad cómo se despreciaban las ciudades, esos ilustres cuerpos que representaban los pueblos. ¡Con qué desdén se volvía la espalda a los Alcaldes! ¡Con qué despotismo se sofocaba su voz! ¡Con qué arrogancia se desatendían las representaciones de los Cabildos! Se quitaban y se ponían, se aumentaban y se disminuían los Regidores por capricho. Se colocaban contra el voto de las ciudades nuevos empleados en los Ayuntamientos (17) , se amenazaban, se multaban, se reducían a nada los representantes del pueblo (18) hasta denegarles el esculpir en las monedas que se fundieron para la Jura de Fernando VII las armas de esta ciudad, sustituyendo en lugar de ellas una cifra ridícula. Tan cierto así es, que los amigos de Godoy no les era muy grato el reinado de Fernanda.

Mirad a la injusticia dominante sobre el tesoro que le había levantado la tiranía. Allí había abierta una puerta franca para los denunciantes con calidad del secreto de sus nombres, a fin de que las venganzas y los resentimientos diesen materia para encabezar el proceso de los que pretendían proscribir. Allí se abrían calabozos para sepultar a los americanos, olvidándoles por largo tiempo, sin oírles, sin permitirles defensa, sin compadecerse de sus enfermedades, hasta dejarles morir de hambres y de miseria (19) . Por todas partes se oía resonar la trompeta del terrorismo; los caminos estaban atemorizados por las continuas correrías de soldados armados que buscaban a los proscritos; las calles de los lugares se veían llenas de patrullas; los ciudadanos eran arrastrados a los Tribunales sin constar algún delito; la inocencia era confundida por la calumnia; la defensa de los presos era artificiosamente dilatada, entorpecida con disimulo, sofocada con terceros fingidos, con estratagemas capciosas, con especiosas acusaciones (20) . Los testigos eran intimidados con amenazas, seducidos por sofismas, preguntados con prevención, asombrados con pretextos y quimeras. Las preocupaciones del pueblo se tenían por acusaciones jurídicas, los denunciantes infieles y apasionados, eran admitidos como acusadores legales; los vivos eran comprendidos en los errores de los muertos (21) . Ya no había Ley, ya no había un juicio maduro y detenido para condenar a muerte: bastaba para ello los clamores de la prevención, las invectivas de la calumnia, las solicitudes del rencor, y un solo Letrado rural conocía, sentenciaba y hacía ejecutar. (22)

Finalmente, mirad las heridas que se dieron a la fé pública, y a la común utilidad. La fé pública se quejaba de una infinidad de mentiras, de suposiciones, de noticias falsas que se esparcían en el pueblo para tenerle deslumbrado con papeletas y gacetas impresas por el Capricho (23) . Se quejaba de la violación de las promesas ofrecidas en bandos públicos, de los juramentos más solemnes quebrantados con escándalo (24) , y de la interceptación de las cartas de correspondencia, la que llegó al atrevimiento de abrir, de copiar y comunicar no solamente los pliegos oficiales, sino también las cartas familiares que D. Carlos Montúfar (este comisionado de una Autoridad a quien estos Jefes se fingían reconocer cuando les convenía) había escrito a sus parientes (25) .

La pública utilidad se quejaba también de que el Gobierno había obstruído todos los canales de la felicidad del Reino. En tiempo de guerra, cuando España no podía suministrar géneros ni efectos para el consumo, vio que se cerraron los puertos al comercio de las potencias neutrales, a pesar de las reclamaciones del Consulado de Cartagena, dando lugar al contrabando y causando al Erario la pérdida de muchos millones de pesos en los derechos de Aduana (26) que se prohibió la salida de las canoas para el Chocó, causando la pérdida de los comerciantes que tenían acopios de quinas y frutos, con improbación del Consulado (27) , que cuando a repetidas instancias del comercio se abrieron los puertos, se recargó un derecho de un cuarenta y cinco por ciento (28) a los efectos, dejando seguir el contrabando y fomentando la mala fe, y la inmoralidad de las costumbres. Vio tam bién, que siendo de primera necesidad para el comercio la apertura de caminos, y la composición de canales y lagunas, entorpeció el Gobierno la graciosa composición del Canal de las Flechas que a su costa trabajaba el patriota don José Ignacio de Pombo, que multó al Consulado de Cartagena sobre una simple queja del Marqués de Valdehoyos (29) , que amenazó a don Ignacio Ugarte, porque a costa del citado Consulado promovió la composición del arriesgado paso del Pretel en el Río Magdalena y le precisó a abandonar obra tan útil (30) , que incomodó y cansó al patriota Francisco Javier Roel, quien a su costa trabajaba en la apertura del camino que va de Opón al Magdalena, hasta obligarle a desamparar su trabajo tan benéfico, y que teniendo detenidos los caudales del ramo del Camellón, destinados a la composición de caminos, se abandonaba absolutamente, este cuidado de policía, permaneciendo los caminos de Honda, de La Mesa y generalmente, todos los del Reino tan ásperos e intransitables, que no solamente morían en ellos las mulas de los carruajes, sino también muchos trajinantes y arrieros.

La felicidad pública se quejaba también de ver a los indios bajo el yugo de un injusto y tiránico tributo. Después de exigirles todo el precio de sus labores, se les abandonaba como a bestias; no había en sus pueblos una escuela pública para educarlos, ni un hospital para curar sus enfermedades, pero ni tenían cama en qué dormir, ni pan qué comer, pereciendo las tres partes de ellos de necesidad y miseria. Los indos de Nemocón tenían más de cien mil pesos estancados en la Tesorería de esta ciudad, pero siendo dueños de este caudal, no pudieron jamás conseguir que el Virrey les diese de su haber ni un solo real para la fábrica de su Iglesia, que está arruinada, ni para provisión de herramientas y de semillas para labrar sus tierras, ni para el sustento de sus familias que se hallan hambrientas y desnudas. En vano reclamó su benéfico Cura D. José Torres, en vano instó, y suplicó que se socorriese a esos infelices. El duro corazón del Virrey no se movió a la triste pintura que de los miserables hizo el citado Cura y les denegó todo auxilio. Esta negativa cruel dio motivo para que aquel piadoso sacerdote abandonase aquel curato.


CONTINUAR

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(1) Resolución a resultas de las consultas del C. de Castilla, Cádiz, 20 de feb. de 1810. (regresar 1)
(2) Papel del Consejo de Regencia a los españoles americanos. (regresar 2)
(3) Oficio del Conde Ruiz al ex-virrey, y recibido en la Suprema Junta.
(regresar 3)
(4) Acta del Socorro. (regresar 4)
(5) viaje de las Provincias limítrofes.
(regresar 5)
(6) Viaje de las Provincias.
(regresar 6)
(7) Viaje de las Provincias. (regresar 7)
(8)   Decreto de 25 de abril de 1810.  
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(9) Viaje imaginario. 
(regresar 9)
(10) Viaje imaginario. 
(regresar 10)
(11) Acuerdo de la Audiencia de Quito. (regresar 11)
(12) Oficio de D. Gregorio Angulo al señor Cuero. Obispo de Quito.
(regresar 12)
(13)   Azuero, Gómez y Rosillo. Una murieron en Quito.
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(14) Viaje Imaginario.
(regresar 14)
(15)   Relación de los sucesos del Socorro. (regresar 15)
(16) Causa del D. Estévez.
(regresar 16)
(17) Seis se aumentaron en Santafé.
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(18)   Expediente sobre el Alférez Real Bernardo Gutiérrez.
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(19) U. Joaquín Tobar y otros en Cuenca, y en el Socorro.
(regresar 19)
(20) Cauca de los quiteños, de Rosillo, Gómez, etc.
(regresar 20)
(21) Se trajo a la vista la causa del año de 781.
(regresar 21)
(22) Tragedia de Pore. (regresar 22)
(23) Decreto de 30 de abril de 1810.
(regresar 23)
(24) Bando publicado en Quitó.
(regresar 24)
(25) Carta del Presidente Ruiz de Castilla, de 21 de julio de 1810. Copia de las cartas de Montúfar a su hermana doña Rosa, fecha en Cartagena a 10 de mayo, y otra fecha en Santafé a 21 de junio de 1810.
(regresar 25)
(26) Representación de D. Manuel Pombo.
(regresar 26)
(27) Orden de 27 de septiembre de 795.
(regresar 27)
(28) Con los aforos de la Plaza resultaba la contribución en su total.
(regresar 28)
(29) Expediente en la Secretan a año de 1805.
(regresar 29)
(30) Ibid. Expediente con plano D. Vicente Tallad.
(regresar 30)

 
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