(continuación CUARTA SECCION)  

Semejante a la de los de Nemocón fue la suerte de los indios de Fontibón. Las rentas de sus tierras entraban al bolsillo del Fiscal, por ironía su Protector. Imposibilitados los indios de presentarse ante aquella cruel divinidad, que les miraba siempre con desdén y altanería, no osaban pedir cuenta de sus haberes. Temerosos de recibir un insulto y una larga prisión en lugar de dinero, dejaron correr muchos años sin pedirlo. El Fiscal Protector se aprovechaba de esta cobardía, jamás alargó su mano para pagarles lo que justamente les debía, y el día en que le sacaban preso para Cartagena salieron al camino los indios de Fontibón a demandarle sus caudales. Esta fue la única vez que tuvieron resolución para hacerlo, pero el Fiscal no tuvo con qué poderles satisfacer, y don José Acevedo, generoso patriota, olvidando los agravios que había recibido del Gobierno, se ofreció a pagar por el Fiscal a fin de conservarle la vida. También los indios de Coyaima y de Natagaima... Pero la brevedad de este papel no sufre el infinito número de ejemplares que pudiéramos añadir.

Mas no son estos solos los males que ha sufrido del Gobierno la pública utilidad. Este despótico Gobierno, para obtener de la América una obediencia ciega a la arbitrariedad de sus leyes, procuró mantenerla en una profunda ignorancia así de las obligaciones de un Gobierno justo, como de los derechos sagrados del hombre. La Corte de España consiguió persuadir al vulgo que era un delito razonar sobre estos asuntos (1) . Lejos de la América el conocimiento del derecho público y de gentes (2) lejos de ella cualquier libro que pudiera dar luz sobre la libertad de los pueblos; la lección de Roverson fue prohibida con pena de muerte (3) , y la reimpresión de los Derechos del Hombre fue castigada con expatriación del noble americano D. Antonio Nariño, el que después de una dura prisión fue como un criminal conducido a España, como arrastrado ignominiosamente; a los presidios de Cartagena el impresor D. Diego Espinosa... Lejos también de esta cautiva y desgraciada parte del mundo aquel precioso vehículo por donde se difunden los conocimientos del hombre, por donde se propagan sus ideas, y se facilitan los recursos para su felicidad. La imprenta, digo, no era permitida a los americanos. El noble y generoso patriota D. Manuel Pombo compró en Filadelfia una imprenta, la presentó al Consulado de Cartagena; el Virrey Amar consiguió real orden para que no se usase de ella, fue sepultada y condenada a perderse, hasta que en 1808 fue puesta en uso para reimprimir los mentirosos papelotes que traía Sanllorente, a fin de deslumbrar a las gentes sobre el verdadero y fatal estado de la Península.

¿Pero qué diremos de los perjuicios que las artes y la agricultura han recibido de este fatal Gobierno? Nada se permitía hacer a los americanos. El D. Lazo plantó el lino en Bogotá, el Gobierno reprobó aquel plantío. El doctor Neira puso algunas cepas en Sutatenza, el Gobierno las arrancó. Girón costeó la fábrica de paños de Quito, el Gobierno dio en tierra con la fábrica y con Girón. En Santafé puso D. Juan de Illanes un batán, el gobierno lo perdió; Chavarría intentó fabricar losa para el servicio de mesa, el Gobierno se lo impidió y quiso desterrarle. Pierri estableció fábrica de sombreros, el Gobierno puso mil trabas a su proyecto, y si aún subsiste, es a la sombra del nuevo Gobierno. Así los americanos se veían precisados no solamente a no emprender, a no trabajar, a no manifestar sus luces y talentos, sino también a comprar todos los géneros a precios más caros, pues en los años pasados han recibido la resma de papel a veintiséis pesos fuertes, el quintal de fierro a treinta pesos, y cuarenta y ocho pesos la arroba de vino para la celebración de las misas (4) , y así de los demás.

¡ Americanos! Los hechos que apresuradamente os presenta este escrito, son hechos verídicos, notorios e innegables del Gobierno en estos últimos años, pero son la mínima parte de los que pudiéramos presentaros si la brevedad, que pide un papel que debe circular con prontitud, no detuviera nuestra pluma. Hechos en verdad que provocan a indignación a todo el mundo, pero que en nuestros compatriotas deben excitar aquel placer que experimenta el cautivo cuando ve rotas las cadenas de su esclavitud. Ya dieron fin nuestros trabajos! ¡Ya somos libres! Ya es el americano dueño de sus derechos, ya puede leer, escribir, estudiar, comerciar, trabajar, emprender y gozar del fruto de su lección, de su estudio, de sus escritos, de su comercio, de sus trabajos y de sus intereses. Ya no tiene necesidad de que una mano avara y mezquina le dé para su sustento un bocado de pan, ya no le arrancará el poder codicioso el dinero que ha adquirido con su sudor para trasmitirlo por sus mares a manos de unos amos déspotas acostumbrados a prodigar en el lujo la sustancia de los trabajadores, ya en fin sabrá que el premio se hizo para su virtud, y que permaneciendo sin crimen, no tiene por qué temer el más ligero agravio. Apreciad, pues, como debéis, el preciosismo don de nuestra libertad; disponeos a morir, primero que perderla; y para conservarla eternamente, observad las siguientes máximas:

Uníos en un solo cuerpo a fin de haceros fuertes e invencibles, porque el lazo de tres cuerdas dificultosamente se rompe. Si vuestras Provincias y pueblos se separan unos de otros, caeréis sin duda en manos de vuestros enemigos. El arte victorioso de Napoleón es la desorganización de las Cortes, y la desunión de los pueblos. No es aún tiempo de adoptar el sistema federativo. Nuestro Norte no entró en él, hasta no tener muy consolidad su libertad.

Olvidad vuestros resentimientos. Si no os estrecháis con el vínculo de la paz, y de la fraternidad, vosotros mismos labraréis vuestras cadenas, seréis vuestros propios destructores, y lo que habéis alcanzado con tanto placer, lo perderéis con indecible dolor. Las etiquetas, las rivalidades, las venganzas, labraron los grillos con que yacen cautivas Holanda y Polonia.

Asegurad vuestros puertos, y no déis entrada por ahora a los enemigos de Europa. Napoleón no os hará guerra con soldados franceses. Enemigos españoles serán los que él enviará a sujetarnos, no con fusiles y bayonetas, sino con seducciones y engaños. La constitución Napoleónica será un contagio funesto, que apestará nuestros pueblos. Perseguidla, quemadla, y quemad vivo al que quiera introducirla, o publicarla entre nuestros hermanos. Los más distinguidos oficiales del ejército enemigo vendrán a sorprendernos, disfrazados en hortelanos, peluqueros y aún cocineros. Nada les parece ruin y vil a estas gentes seductoras, como consigan dividir las opiniones, propagar la constitución Napoleónica, y engañar a los incautos. Aquel Belmon que apareció en nuestra capital poco tiempo hace, aquel que ya decía ser comerciante, ya músico, aquel que fue expelido del antiguo Gobierno, y permaneció muchos meses con nosotros (5) , este es un español, emisario francés, compañero de aquellos, cuyo retrato y filiación describió en Balthimore don Bautista Bernaben al Consulado de España (6) . Este desapareció poco antes de nuestra revolución.

Amad a los buenos y fieles europeos, de los cuales hay muchos y muy conocidos entre nosotros que han cooperado a nuestra libertad. Desconfiad de los facciosos y enemigos de nuestro actual Gobierno. Distribuid indiferentemente entre chapetones y criollos virtuosos y beneméritos, los empleos y las gracias. Nada nos es tan pernicioso como el no hacer distinción entre la virtud y el patriotismo de los peninsulares, y el vicio e injusticia del antiguo Gobierno.

Sed justos en vuestras deliberaciones, porque la Justicia consolida los imperios, y no os dejéis arrastrar del amor, ni del odio, ni de la ambición, ni de la codicia. Platón dice en las Gorgias que estos vicios son una lima sorda, que arruina y despedaza los Estados.

Desterrad de vuestro suelo el juego y la ociosidad, principios de la cobardía y medios para la servidumbre. Si cultivareis la tierra, si os ejercitareis en las artes, si premiareis los talentos y la industria, sereis ricos, felices, inexpugnables.

Pero la primera de las máximas que debemos observar, es postrarnos humildes delante del Dios de los Ejércitos, darle toda la gloria, porque sólo Dios con repetidos prodigios nos ha dado la libertad, y a él solo debemos adorarle con afectuosa acción de gracias, y cuidar escrupulosamente de servirle, de honrar su santa Religión, la sola verdadera Religión, la Religión Católica, y guardar su santa ley, para que consolide la obra que ha empezado. Acordémonos de que las calamidades y esclavitud de la mayor parte de Europa, debemos atribuirlas a las causas a que el gran lírico atribuía las calamidades de Roma.

Unde manus juventus
metu Deorum continuit?
Delicta Mayorum inmeritus lites.
Romane, donec templa refeceris.
Aedesque labentes desrum, et
Foeda, nigro simulacra fumo
Düs te minorem, quod geris imperas,
Hinc omne pnincipium, huc refer exitium,
Dii multa neglecti dederunt
Hesperie mala luctuose.
(7)

La Suprema Junta en Acuerdo del día de hoy ha aprobado este Manifiesto y sancionado su publicación.

Santafé de Bogotá, septiembre 25 de 1810.
FRUTOS JOAQUIN GUTIERREZ
Vocal Secretario
CAMILO TORRES
Vocal Secretario.



ACTA DE INDEPENDENCIA DE LA PROVINCIA DE CARTAGENA EN LA NUEVA GRANADA

(Es este un documento de suma importancia así por su redacción, como por el espíritu que informa la declaración de Independencia absoluta de la Metrópoli española. Se toma del Papel Periódico Ilustrado, Año II, Bogotá, 1882-1883).

En el nombre de Dios Todopoderoso, Autor de la Naturaleza, nosotros los representantes del buen pueblo de la Provincia de Cartagena de Indias, congregados en Junta plena, con asistencia de todos los Tribunales de esta ciudad, a efecto de entrar en el pleno goce de nuestros justos e imprescriptibles derechos que se nos han devuelto por el orden de los sucesos con que la Divina Providencia quiso marcar la disolución de la monarquía española, y la erección de otra nueva dinastía sobre el trono de los Borbones; antes de poner en ejercicio aquellos mismos derechos que el sabio Autor del Universo ha concedido a todo el género humano, vamos a exponer a los ojos del mundo imparcial el cúmulo de motivos poderosos que nos impelen a esta solemne declaración, y justifican la resolución tan necesaria que va a separarnos para siempre de la monarquía española.

Apartamos con horror de nuestra consideración aquellos trescientos años de vejaciones, de miserias, de sufrimientos de todo género, que acumuló sobre nuestro país la ferocidad de sus conquistadores y mandatarios españoles, cuya historia no podrá leer la posteridad sin admirarse de tan largo sufrimiento; y pasando en silencio, aunque no en olvido, las consecuencias de aquel tiempo tan desgraciado para las Américas, queremos contraernos solamente a los hechos que son peculiares a esta Provincia, desde la época de la revolución española; y a su lectura el hombre más decidido por la causa de España no podrá resistirse a confesar que mientras más liberal y más desinteresada ha sido nuestra conducta con respecto a los gobiernos de la Península, más injusta, más tiránica y opresiva ha sido la de éstos contra nosotros.

Desde que con la irrupción de los franceses en España, la entrada de Fernando VII en el territorio francés, y la subsiguiente renuncia que aquel monarca y toda su familia hicieron del trono de sus mayores en favor del Emperador Napoleón, se rompieron los vínculos que unían al Rey con sus pueblos, quedaron estos en el pleno goce de su soberanía, y autorizados para darse la forma de gobierno que más les acomodase. Consecuencias de esta facultad fueron las innumerables Juntas de gobierno que se erigieron en todas las Provincias, en muchas ciudades subalternas, y aun en algunos pueblos de España. Estos gobiernos populares que debían su poder al verdadero origen de él, que es el pueblo, quisieron, sin embargo, jurar de nuevo y reconocer por su Rey a Fernando VII, bien sea por un efecto de compasión hacia su persona, o bien por una predilección al gobierno monárquico. El primer objeto de la Junta de España fue asegurarse de la posesión de las Américas, y al efecto se enviaron Diputados a estas Provincias, que procurasen mantener una unión considerada casi imposible. La orgullosa Junta de Sevilla, que usurpó por algunos meses el título de “Soberana de Indias”, fue la que más se distinguió en darse a reconocer en estos países. Dos enviados suyos llegaron a Cartagena. Ya les habían precedido, por algunos días, las noticias de los sucesos que ocasionaron la ruina de la monarquía española, y en la sorpresa y en el desorden de espíritu que causan los acontecimientos imprevistos, Cartagena, aunque tuvo bastante presencia de ánimo para conocer sus derechos, tuvo también bastante generosidad para no usar de ellos en las circunstancias más peligrosas en que jamás se halló la nación de que era parte. Sacrificólos, pues, a la unión con su metrópoli, y al deseo de concurrir a salvarla de la más atroz de las usurpaciones. La Junta de Sevilla fue reconocida de hecho, a pesar de la imprudente conducta de sus enviados, y a pesar de las vejaciones e insultos que los agentes del gobierno prodigaron al ilustre Cabildo, y a algunos de sus dignos miembros. Este cuerpo verdaderamente patriótico, elevó sus quejas al Gobierno de España en los términos más sumisos, y pidió una satisfacción de los agravios que se le habían hecho; pero en cambio de nuestra generosidad, solo recibimos nuevas injurias, y en recompensa de las riquezas que les enviamos para sostener la causa de la nación, vino una orden inicua dirigida al Virrey de este Reino para hacer una pesquisa a varios individuos del Cabildo, y a otros vecinos.

Tan atroz conducta de parte de un gobierno reconocido solo por conservar la integridad de la nación, no fue capaz de desviarnos de nuestros principios; nosotros, fieles siempre a las promesas que habíamos hecho, continuamos manteniendo esta unidad política tan costosa, y tan contraria a nuestros verdaderos intereses.

Entre tanto el desorden, el choque de las diversas autoridades y los males que de aquí eran de temerse, obligaron a las Provincias de España a reunirse en un cuerpo común que fuese un gobierno general. Instalóse en Aranjuez la Junta Central, y desde este momento comenzaron a renacer nuestras esperanzas de una suerte mejor. Triunfó la razón de las envejecidas preocupaciones, y por la primera vez se oyó decir en España que los americanos tenían derechos. Mezquinos eran los que se nos habían declarado; eran sujetos a la voz de los ayuntamientos dominados por los gobernadores; eran los Virreyes, nuestros más mortales enemigos, los que tenían influjo en la elección de nuestros representantes, pero al fin la España reconocía que debíamos tener parte en el gobierno de la nación; y nosotros olvidándonos del carácter dominante de los peninsulares, confiábamos en que nuestra presencia, nuestra justicia y nuestras reclamaciones, habrían al fin de arrancar al Gobierno de España la ingenua confesión y reconocimiento de que nuestros derechos eran en todo iguales a los suyos.

La suerte desgraciada de la guerra, no dio lugar a la llegada de nuestros representantes. Los enemigos entraron en Andalucía, y la Junta Central, prófuga, dispersa, cargada de las maldiciones de toda la nación, abortó bien a su pesar un gobierno monstruoso conocido con el nombre de Regencia.

Dominada por los franceses casi toda la Península y confinado este débil gobierno a la isla de León, volvió sus ojos moribundos hacia la América y temiendo ya próximo el último período de su existencia, oímos de su boca un decreto lisonjero, que le arrancó el temor de perder para siempre estos ricos países, si no lograba seducirlos con las más halagüeñas promesas. Ofrecíamos libertad y fraternidad, y al mismo tiempo que proclamaban que nuestros destinos no estaban en manos de los Gobernadores y Virreyes, reforzaba la autoridad de éstos, dejándolos árbitros de la elección de nuestros representantes.

Eran estas circunstancias muy críticas para Cartagena. El estado lamentable de la España, sin más territorio libre que Galicia, Cádiz y la isla de León, Valencia, Alicante y Cartagena, el temor de ser envueltos en las ruinas que la amenazaban, y de caer en las asechanzas de Napoleón, el deseo de concurrir a salvarla por una parte, el conocimiento de nuestros derechos, las pocas esperanzas que veíamos de que éstos se reconociesen, los males que nos acarreaba un gobernador insolente, por la otra, hacían un contraste bien difícil de decidirse. Quisimos, sin embargo, abundar en moderación y en sufrimiento, y aunque tomamos medidas de precaución para alejar de nosotros los peligros que temíamos, nunca rompimos la integridad de la monarquía, ni nos separamos de la causa de la nación. Nuestra seguridad exigió imperiosamente prepararnos de todos modos para no caer en la común calamidad, y al efecto quisimos que el Cabildo, como un cuerpo compuesto de patricios, interviniese con el Gobernador en la administración del gobierno, y cuando ya no bastaba esta providencia fue preciso deponer a este mismo Gobernador entrando en su lugar el que las leyes llamaban a sucederle. Las causas que nos movieron a este hecho estaban legalmente justificadas con todas las formas jurídicas; el comisionado que la Regencia nos envió no pudo menos de aprobarlas, y además sometíamos a aquel Gobierno nuestra conducta. Le ofrecimos fraternidad y unión, le enviamos cuantiosos socorros de dinero para sostener la guerra contra la Francia, le protestamos sinceramente que nuestros sentimientos serian inalterables, siempre que se atendiese nuestra justicia, se remediasen nuestros males y hubiese esperanzas de que se salvara la nación. Nada bastó, nada conseguimos. La Regencia, orgu llosa con un reconocimiento que apenas se atrevió a esperar, mostrase indiferente a nuestras reclamaciones, y en vez de escucharlas como merecían, dictó órdenes dignas del favorito de Carlos IV. A nuestras sumisiones, a nuestras protestas de amistad, correspondió con palabras agrias e insultantes; y para acallar nuestras quejas, para darnos las gracias por los tesoros que le prodigamos, improbó nuestras operaciones en los términos más insolentes y nos amenazó con todo el rigor de la soberanía mal reconocida aun en el mismo recinto de Cádiz. En la corta época que duró el Consejo de Regencia, su conducta fue en todo consiguiente a los tiránicos principios que había adoptado con nosotros; los efectos fueron en todas partes casi iguales. Varias Provincias de América declararon su independencia; la capital de este Reino y muchas de sus Provincias internas siguieron los mismos pasos. Tan seductor como era este ejemplo, y tan justos los motivos que teníamos para imitarlo, no pudo, sin embargo, alterar nuestra conducta, a pesar de que los agentes del Gobierno de España ponían todo su conato en disgustarlos. Las sangrientas escenas de la Paz y de Quito, los crueles asesinatos de los Llanos pusieron nuestro sufrimiento a la última prueba; más a pesar de esto, obró la moderación. Nosotros formamos una Junta de gobierno para suplir las autoridades extinguidas en la capital, pero no negamos la obediencia a los gobiernos de España: nuestra Junta tenía, es verdad, facultades más amplias que las de los Virreyes; pero la Regencia había obstruído todos los canales de la prosperidad pública, declarando que solo atendía a la guerra, y era menester que nosotros mirásemos por nuestra suerte.

Acercose entre tanto la época en que iban a realizarse nuestras esperanzas y a fenecer nuestros males. La España justamente disgustada del ilegal gobierno de la Regencia, apresuró la instalación de las Cortes generales. Se anunció este cuerpo al mundo con toda la dignidad de una gran nación, y proclamó principios e ideas tan liberales, cual no las esperaba la Europa de la ignorancia en que creía sumidos a los españoles. Declarada la soberanía de la nación, la división de los poderes, la igualdad de derechos entre europeos y americanos, la libertad de la imprenta y otros derechos del pueblo, nada más nos quedaba que desear sino verlo todo realizado; y seducidos con unas ideas tan halagüeñas, creímos que empezaba ya a rayar la aurora de una feliz regeneración. Reconocimos, pues, las Cortes; pero, hechos más cautos con las lecciones de lo pasado, y convencidos por nuestra propia experiencia de que un gobierno distante no puede hacer la felicidad de sus pueblos, las reconocimos solo como una soberanía interina, mientras que se constituían legalmente conforme a los principios que proclamaban, reservándonos siempre la administración interior y gobierno económico de la Provincia. Mas, presto conocimos que las mismas Cortes no estaban exentas del carácter falaz, que ha distinguído a los gobiernos revolucionarios de España. La libertad, la igualdad de derechos que nos ofrecían en discursos, solo eran con el objeto de seducirnos y lograr nuestro reconocimiento. En nada se pensó menos que en cumplir aquellas promesas; los hechos eran enteramente contrarios, y mientras que la España nombraba un representante por cada cincuenta mil habitantes aun de los países ocupados constantemente por el enemigo, para la América se adoptaba otra base calculada de intento para que su voz quedase ahogada por una mayoría escandalosamente considerable, o más bien diremos que las inconsecuencias que se cometieron en este particular, asignando unas veces un diputado por cada Provincia y después veintiocho por toda la América, indicaban un refinamiento de mala fe respecto de nosotros. Siendo la nación soberana de sí misma, y debiendo ejercer esta soberanía por medio de sus representantes, no podíamos concebir con qué fundamentos una parte de la nación quería ser más soberana y dictar leyes a la otra parte, mucho mayor en población y en importancia política y cómo siendo iguales en derechos no lo eran también en el influjo de los medios de sostenerlos.

Nosotros debimos someternos a tan degradante desigualdad. Reclamamos, representamos nuestros derechos con energía y con vigor, los apoyamos con las razones emanadas de las mismas declaratorias del Congreso nacional; pedimos nuestra administración interior fundándola en la razón, en la justicia, en el ejemplo que dieron otras naciones sabias, concediéndola a sus posesiones distantes aun en el concepto de colonias que estaba ya desterrado de entre nosotros; y últimamente ofrecíamos de nuevo, sobre estas bases, la más perfecta unión, y para mostrar que no eran vanas palabras enviamos los auxilios pecuniarios que nos permitían las circunstancias. Los que llamaban diputados de la América, sostuvieron en las Cortes con bastante dignidad la causa de los americanos; pero la obstinación no cedió; la razón gritaba en vano a los ánimos obcecados con las preocupaciones y la ambición de dominar; sordos siempre a los clamores de nuestra justicia, dieron el último fallo a nuestras esperanzas, negándonos la igualdad de representantes, y fue un espectáculo verdaderamente singular e inconcebible ver que al paso que la España europea con una mano derribaba el trono del despotismo, y derramaba su sangre por defender su libertad, con la otra echase nuevas cadenas a la España americana, y amenazase con el látigo levantado a los que no quisiesen soportarlas.

Colocados en tan dolorosa alternativa, hemos sufrido toda clase de insultos de parte de los agentes del gobierno español que obrarían sin duda de acuerdo con los sentimientos de éste; se nos hostiliza, se nos desacredita, se corta toda comunicación con nosotros, y porque reclamamos sumisamente los derechos que la naturaleza, antes que la España, nos había concedido, nos llaman rebeldes, insurgentes y traidores, no dignándose contestar nuestras solicitudes el Gobierno mismo de la nación.

Agotados ya todos los medios de una decorosa conciliación, y no teniendo nada que esperar de la nación española, supuesto que el gobierno más ilustrado que puede tener, desconoce nuestros derechos y no corresponde a los fines para que han sido instituídos los gobiernos, que es el bien y la felicidad de los miembros de la sociedad civil, el deseo de nuestra propia conservación, y de proveer a nuestra subsistencia política, nos obliga a poner en uso de los derechos imprescriptibles que recobramos con las renuncias de Bayona, y la facultad que tiene todo pueblo de separarse de un gobierno que lo hace desgraciado.

Impelidos de estas razones de justicia que solo son un débil bosquejo de nuestros sufrimientos, y de las naturales y políticas que tan imperiosamente convencen de la necesidad que tenemos de esta separación indicada por la misma naturaleza, nosotros los representantes del buen pueblo de Cartagena de Indias, con su expreso y público consentimiento, poniendo por testigo al Ser Supremo de la rectitud de nuestros procederes, y por árbitro al mundo imparcial de la justicia de nuestra causa, declaramos solemnemente a la faz de todo el mundo, que la Provincia de Cartagena de Indias es desde hoy de hecho y por derecho Estado libre, soberano e independiente; que se halla absuelta de toda sumisión, vasallaje, obediencia, y de todo otro vínculo de cualquier clase y naturaleza que fuese, que anteriormente la ligase con la corona y gobierno de España, y que como tal Estado libre y absolutamente independiente, puede hacer todo lo que hacen y pueden hacer las naciones libres e independientes. Y para mayor firmeza y validez de esta nuestra declaración empeñamos solemnemente nuestras vidas y haciendas, jurando derramar hasta la última gota de nuestra sangre antes que faltar a tan sagrado comprometimiento.

Dada en el Palacio de Gobierno de Cartagena de Indias, a 11 días del mes de noviembre de 1811, el primero de nuestra independencia.

Ignacio Cavero, Presidente — Juan de Dios Amador — José María García de Toledo — Ramón Ripoll — José de Casamayor — Domingo Granados — José María del Real — Germán Gutiérrez de Piñeres — Eusebio María Canabal — José Maria del Castillo — Basilio del Toro de Mendoza — Manuel José Canabal — Ignacio de Narváez y la Torre — Santiago de Lecuna. José Maria de la Terga — Manuel Rodríguez Torices — Juan de Arias — Anselmo José de Urreta — José Fernández de Madrid — José María Benito Revollo, Secretario.



INDEPENDENCIA ABSOLUTA DEL ESTADO DE CUNDINAMARCA MANIFIESTO DE D. ANTONIO NARIÑO, TENIENTE GENERAL DEL ESTADO DE CUNDINAMARCA, ETC.

(Se considera este documento como confirmación del Acta del 20 de julio de 1810, en que los próceres de la Independencia no pudieron consignar la totalidad de sus aspiraciones por las circunstancias políticas que pesaban sobre sus determinaciones. Se toma del Boletín de Historia y Antigüedades, Vol. VI. Bogotá, 1909).

Hago saber a todos los vecinos estantes y habitantes de esta ciudad y en toda la comprensión del Estado, que el 16 del corriente ha sancionado y decretado el serenísimo Colegio Electoral y Revisor la siguiente declaración de independencia:

“Nós los Representantes del pueblo de Cundinamarca, legítima y legalmente congregados para tratar y resolver lo conveniente a su felicidad, habiendo tomado en consideración el importante punto de si era o no ya llegado el caso de proclamar solemnemente nuestra absoluta y entera independencia de la Corona y Gobierno de España, por la emancipación en que naturalmente hemos quedado después de los acontecimientos y disolución de la Península y Gobierno de que dependíamos; habiendo tenido largas y maduras discusiones en que se trajeron a colación las antiguas obligaciones que por solemnes juramentos nos unían a la Madre Patria, los que nuevamente se habían hecho; el espacio de tres años en que nos hemos mantenido en un estado de expectación y neutralidad respecto a los sucesos de la España europea; y finalmente la necesidad en que nos ponía de deliberar y tomar un partido activo la aproximación de tropas mandadas por el Gobierno de España, y a nombre de un Rey que en el dilatado tiempo de cinco años no se sabe haya hecho el menor esfuerzo para salvar a España de los males que la abruman, y mucho menos para librar la América de correr igual suerte, hemos decretado:

“Que en atención a que por haber los Reyes de España desamparado la Nación pasándose a un país extranjero, a la abdicación que sucesivamente hicieron de la Corona, renunciando el padre en el hijo, éste luégo en el padre, y ambos en Napoleón Bonaparte; a la ocupación por las tropas francesas de la mayor parte de la Península, en donde ya tiene un Rey de la misma Nación, las Américas se han visto en la precisión de proveer a su seguridad interior, dándose un Gobierno provisional, entretanto que con el transcurso del tiempo y el curso de los sucesos deliberaban el partido Definitivo que debían tomar; y que habiendo pasado el tiempo de tres años sin que esta moderada conducta les haya valido para que los españoles peninsulares, desconociendo en América los mismos principios que ellos han proclamado en Europa, no solo no hayan dejado de molestarlos, sino que declarándoles una guerra abierta los han tratado por todas partes como a insurgentes, armando al hermano contra el hermano, al ciudadano contra el ciudadano, al padre contra el hijo, confiscando sus bienes, derramando por todas partes la consternación, y manchando el suelo americano con la sangre de los mismos españoles, americanos y europeos, que debería haberse conservado para derramarla contra cualquiera nación extranjera que quisiera privarnos de los derechos que nos eran comunes; y a que estos males se acercan ya sobre la Provincia de Cundinamarca, que no solo no había hecho un desconocimiento del Rey Fernando, sino que era el asilo de cuantos españoles europeos se veían perseguidos en otras partes, y a lo impolítico y bárbaro que sería seguir en el mismo estado, y a la aproximación de tropas enemigas mandadas por españoles que violando la santidad del juramento vienen a atacarnos en el nombre de un Rey y una Nación que en el orden político ya no existe;

“En atención también al peligro que corre nuestra santa y adorable Religión si permanecemos más tiempo en este estado, tanto porque al riesgo de finalizarse la conquista de España por los franceses nos quieran éstos obligar a reconocer la dependencia de José Bonaparte, o la de trasladarnos a América al Rey Fernando imbuído ya en sus máximas y quizás rodeado de Ministros y fuerzas francesas, como la falta bien sensible que en el día se nota de pastores y eclesiásticos, no habiendo quedado en toda la Nueva Granada un solo Arzobispo ni Obispo que pueda ejercer las funciones de su ministerio, cuya falta nos iría insensiblemente reduciendo a la nulidad de Ministros que prediquen el Evangelio, administren los sacramentos y atiendan a la conservación y aumento de la Religión, y que por lo mismo es de absoluta necesidad el que saliendo del estado de pupilaje nos pongamos de acuerdo con otras Provincias que han hecho o hagan igual declaratoria, en el de poder ocurrir al Padre Santo solicitando el remedio que cada día se hace más urgente".

“En consecuencia de todo esto y en atención finalmente al derecho incontestable e imprescriptible que tienen todos los pueblos de la tierra de proveer a su seguridad y de darse la forma de Gobierno que crean más conveniente a labrar su felicidad, nosotros los Representantes del pueblo de Cundinamarca, usando de este derecho y compelidos a adelantar este paso por los esfuerzos de nuestros impolíticos y crueles opresores, declaramos y publicamos solemnemente, en nombre del pueblo, en presencia del Supremo Ser y bajo los auspicios de la Concepción Inmaculada de Maria Santísima, Patrona nuestra, que de hoy en adelante Cundinamarca es un Estado libre e independiente; que queda separado para siempre de la Corona y Gobierno de España, y de otra autoridad que no emane del pueblo o sus Representantes; que toda unión política de dependencia de la Metrópoli está rota enteramente, y que como Estado libre e independiente tiene plena autoridad para hacer la guerra, concluír la paz, contraer alianzas, establecer el comercio y hacer todos los otros actos que pueden y tienen derecho de hacer los Estados independientes. Y llenos de la más firme confianza en el Supremo Juez que conoce la rectitud y justicia de nuestros procedimientos, nos obligamos al sostenimiento de esta declaratoria con nuestras vidas, nuestros bienes y nuestro honor, que después del solemne juramento que prestamos nos es lo más sagrado sobre la tierra.

Santafé de Bogotá, a diez y seis del mes de julio de mil ochocientos trece.

Manuel Bernardo Alvarez, Presidente — José de Leyva, Vice-presidente — José Ignacio Sanmiguel, Designado — Juan Bautista Pey — José Domingo Araoz — Fernando Caycedo —Pablo Plata — Fray Juan Antonio Buenaventura y Castillo —Fray Santiago Páez y León — Juan Agustín Matallana — Fray Diego Antonio de la Rosa — Luis Eduardo de Azuola — Luis Ayala — José María Carbonell — José Sanz de Santa María —José María Chacón — Lorenzo Ley — Pantaleón Gutiérrez —Manuel de Santacruz — Pedro Núñez — Ramón Calvo — José Ortega — Antonio Patiño de Aro — Rafael Araque Ponce de León — Fernando Rodríguez — Ignacio Calderón — Vicente Santamaría — Tomás Barriga y Brito — Santiago de Vargas —José María Domínguez de la Roche — Tomás Ginés de Cos —Antonio Viana — Miguel José Montalvo — Jerónimo de Mendoza y Galavis — Manuel María Alvarez Lozano — José Antonio de Torres y Peña — Vicente Antonio Benavides — José Antonio Castro — José Arrubla — Enrique Umaña — Vicente Ronderos — Juan Martínez Malo — Bernardo Pardo — Juan Zalamea — Pedro Ronderos, Secretario — José María Hinestrosa, Secretario.


CONTINUAR

REGRESAR AL ÍNDICE

(1) Carta dirigida a los americanos. Londres, 1801. (regresar 1)
(2) Se suprimió en Santafé la Cátedra en 1801. (regresar 2) 
(3) Cédula Real que se conserva en el archivo de La Mesa de Juan Díaz. (regresar 3)
(4) Libros de gasto de Boyacá y del pueblo de "X sa", y hasta cien pesos.
  (regresar 4)
(5) Orden a las Justicias de Facatitivá. etc.
(regresar 5)
(6) Oficio de 3 de enero de 1810.  (regresar 6)
(7) Horat. lib. III, Od. 6. (regresar 7)

 
Comentarios () | Comente | Comparta c