Relación de las persecuciones que yo José González Llorente, natural de la ciudad de Cádiz, vecino de la de Santafé de Bogotá, capital del Reino de la Nueva Granada, he sufrido de los revolucionarios, con noticia de los escandalosos sucesos que han ocurrido y motivado la emigración que he tenido que hacer con mi esposa doña Maria Dolores Ponce, tres hijos pequeños y un hermano.
Aunque yo vivía en Santafé en la pacífica ocupación de mis asuntos de comercio y sin ninguna representación pública, los revolucionarios de aquella capital comenzaron el 20 de julio de 1810 la escena de la rebelión con el atropellamiento hecho a mi persona en mi tienda de comercio maltratándome de palabra y de obra a presencia de los Tenientes Coroneles el honrado americano D. Rafael Córdoba, D. José María Moledo y D. Francisco Vallejo, y acaudillando el primer tumulto popular motivaron este insulto en la falsedad de que yo en una conversación privada había vertido expresiones indecentes contra los americanos, y no bastando a aplacar el encono y el furor la satisfacción que di desmintiendo el hecho y asegurando que era una impostura, tuve que acogerme a la casa inmediata de un amigo, de donde mudándome la ropa que me habían hecho pedazos, después de curarme el brazo izquierdo contuso de los palos que en él me dieron, seguí en una silla de manos a mi casa, y perseguido en el camino y a la entrada por gentes desconocidas y armadas, logré con dificultad y con auxilio de mis domésticos refugiarme y encerrarme en ella, y aumentada la turba del populacho cercan mi casa con algaraza y vocería, que puso en consternación a mi desgraciada mujer, entonces recién parida, a mis hermanos y criados, y cuando las puertas de mi casa estaban a punto de ser derribadas toca a ellas el Alcalde ordinario U. José Miguel Pey, que entró y siendo informado por mí de la ocurrencia me manifestó iba con comisión del Virrey para disipar la reunión del pueblo, pero como sus intenciones y las de sus agentes que obraban fuera eran siniestras, sus aparentes peroraciones desde el balcón de mi casa no hacían más que encender la irritación pública de manera que tuve que resignarme a la prisión que Pey decretó y realizó sacándome de mi casa y conduciéndome a la cabeza del gran tumulto que otros facciosos habían con su acuerdo hecho aumentar, me llevó a la cárcel pública y mandándome poner los más pesados grillos me dejó encerrado en un estrecho, húmedo y oscuro calabozo custodiado de dos centinelas, y quitándome a pocos días los grillos me mantuvo preso en estos términos y privado de comunicación hasta el punto de mi salida, 170 días. En la noche de mi prisión se presentó Pey en mi negra habitación con el Alguacil mayor D. Justo Castro y el escribano Eugenio Elorga, y me hizo el cargo de que yo con el objeto de hostilizar a los americanos conocidos con el nombre de criollos depositaba en mi casa doscientos fusiles que de orden del Virrey se me habían entregado del parque de Artillería y que constaba de un recibo que yo había dado. Contesté negando en todas sus partes el cargo, y refiriéndome al testimonio del Virrey y Jefes de Artillería me aventuré hasta asegurar que no habría una persona en el lugar que atestiguase semejante calumnia, añadiendo además la reflexión de que 200 fusiles no podían contenerse en menos de treinta o cuarenta cajones, que éstos no se podían ocultar fácilmente, y que para conducirlos era necesario que alguno los hubiese visto entrar o ayudado a cargarlos.
Supe después que en la misma noche del 20 de julio, después de verificada mi prisión y la de otros españoles igualmente inocentes, volvieron a cercar mi casa y presentándose en ella el otro Alcalde ordinario, D. Juan Gómez, con tropa armada y reunión de pueblo, se verificó un prolijo reconocimiento de almacenes, cuartos, salas y artesonados de toda la casa; no se reservaron baúles ni alacenas, y las cómodas y tocador en que mi mujer guardaba sus vestidos y adornos mujeriles todo se franqueó, se abrió y se examinó, y por último se registró nuestra cama matrimonial y hasta la cuna en que actualmente dormía uno de mis inocentes hijos, sin que se encontrasen armas ni cosa que pudiese hacerme sospechoso, como que en realidad en mi casa no había ni jamás ha habido sino los malos y miserables cuchillos de mi mesa. Para justificar los rebeldes estas persecuciones publicaron por bando y por carteles fijados en los parajes acostumbrados que estaban nombrados Jueces de pesquisa contra los españoles presos por sospechosos, previniéndose al público que a ellos debían ocurrir con las delaciones y demandas que tuviesen que hacer. Por consecuencia formaron una causa que llamaron general, en que aglomeraron cuantas vulgaridades les sugirió su depravación y el empeño malicioso que tomaron de presentarnos con el carácter de criminales en el concepto público para paliar sus violencias y persecuciones. De aquí resultaron tres cargos que se me hicieron: el primero referente al dicho de una mujer para mí desconocida, que aseguró haber oído a dos albañiles que expresó no conocía en ocasión que pasaban conversando por la calle de su casa, que yo había enterrado en los suelos de la mía dos baúles sumamente pesados; el segundo que en una carta de D. José Trillo y Agar, escrita a D. Pedro Lago, de Tunja, tratándole de la invasión de los franceses en las Andalucías, le manifestaba sus recelos o sus miedos de una insurrección en Santafé y por posdata le decía que yo escribía a Jover sobre estas noticias; y el tercero que yo invité a D. Juan Buenaventura Ortiz (Alias Bucaramanga) a que firmase una representación dirigida al Virrey, ofensiva a la libertad y derechos de los americanos.
En su satisfacción expresé en cuanto al primero, que el cargo estaba destruído por sí mismo, pues los supuestos baúles dado que fuera cierto su ocultación, que yo negaba, contendrían armas o dinero, y en cualquiera de los dos casos no era presumible me valiera yo de personas extrañas siendo más natural que en esta diligencia delicada y peligrosa me ayudasen más bien los domésticos de mi confianza; que si acaso los fusiles, que era lo que se quería dar a entender encerraban los tales baúles era cosa que podía doblarse como un pliego de papel, porque solo de esta suerte podían caber en ellos, que si lo que contenían se quería inferir era dinero, no sería delito el que usase yo de medios de precaución para tenerlo seguro y más en circunstancias en que por medio de continuados pasquines en los días anteriores a la revolución nos vimos alarmados y amenazados a muerte los españoles que vivíamos en Santafé; al segundo dije que yo no era el autor de la carta escrita por Trillo a Lago, y que en cuanto a la posdata era verdad que yo siempre escribía a D. José Jover enviándole cuantos impresos de España, de Cartagena o de Santafé llegaban a mis manos, persuadido de que los papeles que se publicaban o se permiten imprimir por el Gobierno son para su comunicación y circulación, para que sepamos la suerte de los hombres todos y veamos los peligros y los males de los Estados, y que el que no se interesa o mira con indiferencia esta especie de publicaciones acreditadas, que no es sensible en el destino de sus semejantes; y en cuanto al tercero confesé, que era cierto había invitado a Ortiz a que firmase la representación mencionada dirigida al Virrey que se reducía a manifestar los sentimientos de fidelidad hacia el Soberano de los muchos vasallos españoles y americanos que la suscribíamos, y entre los últimos se contaba el nombre de algunas personas que entonces obtenían la confianza en el nuevo gobierno, que no contenía otra cosa que la testificación de nuestro amor y fidelidad para con un Rey desgraciado, bajo cuya dominación habíamos jurado vivir y morir y que no era cierto hubiese yo compulsado ni apremiado a Ortiz para que la firmase como lo hizo voluntariamente y no como supone intimidado con la lista de proscripción que falsamente asegura llevaba yo para anotar a los que no se suscribían. En punto a la acusación que se me hacía hasta en los papeles públicos de mi adhesión al Gobierno real, expuse: que ella en vez de probar en mí un crimen detestable me honraba de una virtud que me haría siempre apreciable, pues yo por mis principios que jamás variaría había sido fiel al Rey, había obedecido a las leyes y respetado a los Magistrados, que estaba escrito y yo había leído “que no solamente estamos obligados a obedecer al Príncipe y a sus Ministras, sino que también lo estábamos a no hablar contra ellos”.
No hables mal de los dioses, dice la Escritura, ni maldigas a los Príncipes de tu pueblo, y que San Pablo dijo a los romanos:
“dad a cada uno lo que se le debe, el tributo a quien se debe el tributo, la alcabala a quien se le debe la alcabala, el temor a quien se le debe el temor, y el honor a quien se debe el honor”; cuya doctrina enseñaba el Apóstol a los fieles que vivían bajo la dominación de Emperadores y Magistrados paganos, de un Nerón monstruo de la tiranía nacido para vergüenza del género humano. Y en orden al último cargo que se me hizo en la confesión que se me tomó de que mi prisión había provenido de mi declarada aversión a los americanos manifestada con hechos, cuales son, que habiéndose tratado en la Capital de Santafé en el Congreso que se formó de mandato del Virrey sobre la Junta de Quito con deposición de los Magistrados que eran europeos con el objeto de reclamar sus justos derechos y libertad, sacudiendo el yugo de opresión y habiendo sido algunos individuos del dicho Congreso del dictamen que indemnizaba el procedimiento de la referida Junta, se formó después el papel o representación que sonó en el público con mi firma y las de otros, el cual era diametralmente opuesto y subversivo de la libertad y derechos de los americanos, contesté que no me había mezclado en las providencias de las autoridades, que siempre había respetado y respetarla, pues que creía ser esta la obligación de todo vecino pacífico, y que era falso el odio que se me atribuía profesaba a los americanos, con quienes siempre habla mantenido mis relaciones más íntimas de amistad y buena correspondencia, justificadas con documentos auténticos que presenté y acreditaban que generalmente lo había yo servido con mis buenos oficios, con mi crédito, con mi dinero y con toda especie de obsequios y atenciones, con limosnas considerables a familias desvalidas del país y que no especificaba porque estaban cubiertas con el velo de una modestia cristiana y con otros actos de generosidad y beneficencia pública notorios a las personas que entonces tenían la autoridad, y constantes de documentos fehacientes que también presenté en su comprobación; que estaba casado con una apreciable joven española-americana, natural de aquella misma capital, de cuya unión tenía dos tiernos hijos que me eran más amables que la vida, y que mi matrimonio podía presentarse al público como un modelo de los mejores, y que extendía mi interés a la familia de mi suegra, viuda de D. Luis Ponce y a sus tres hijos menores, que debían su cómoda y decente subsistencia a mis generosos auxilios sin los que perecerían y aumentarían las miserias del lugar, cuyos hechos, mi conducta quieta y pacífica y la convicción en que vivía de que había hecho todo el bien que había podido, que a nadie había causado mal y que no se encontraría en la alta ni baja clase uno siquiera que se quejase de la menor extorsión que yo le hubiese ocasionado, desmentían el cargo generalizado que se me hacía. El Tribunal de Justicia que me juzgó decretó en 13 de noviembre de 1810 “que no habiendo mérito para “ulteriores procedimientos se cortaba mi causa en su “actual estado, declarándoseme indemne de los cargos” que se me hicieron y por inocente y buen vecino sin “que obstase el procedimiento y carcelería que sufrí a “mi honor, estimación y buena conducta, y que se diese “cuenta a la Suprema Junta donde podría yo ocurrir “tanto para mi pública satisfacción, como para la impresión de mi defensa que solicité verbalmente”. Pasado el expediente a la Junta, el Poder Ejecutivo de que era Presidente Pey, principal autor de los alborotos y el más interesado en que no se convenciese el público de la injusticia y de sus tropelías, lo devolvió al Tribunal judicial para que uniéndolo a la causa general obrase con ella y se siguiese por los debidos trámites hasta su conclusión, encargando al Fiscal el celo y eficacia con que debía promover los derechos del público y la justificación de sus procedimientos. La Sala de Justicia sostuvo su auto de 13 de noviembre y mandó se representase a la Junta como lo hizo en informe que corrió en calidad de reservado “que mi causa era de las más peregrinas en “el foro, que el auto de proceder y el cuerpo del delito “comenzaron por las acciones y violencias de un pueblo “irritado que me arrebaté a la prisión como a un reo de “estado.., que no se me formaba la defensa por ser “personal, pero que era propio de los Jueces que me habían juzgado el hacer patentes los motivos que influyeron a la determinación que pronunciaron el 13 de noviembre de 1810, sin recordar pasajes que convenía “se silenciasen, que tales eran el haberse iniciado la “causa por las injurias verbales de hecho, que sonaban “haberse irrogado en mi tienda el memorable 20 de julio, que difundidas en el público dimanaron el estrépito “que sufrí yo, hechos que puestos en discusión, y en la “palestra juidicial, se recordarían pasajes que convenía “se sepultasen en eterno olvido, pues a haberse de tocar “y promover en juicio se sustanciarían algunos nada “decorosos y tal vez detestables, y que solo podían mirarse con aspecto favorable por los prósperos resultados, y que no habiendo otros datos para el arresto que se emprendió y ejecutó con violencia, parecía ser necesario el que no se trajesen a colación por ser tal vez ofensiva su memoria, consideración que había parecido juiciosa y que había influido para cortar la causa comenzada por la prisión del que no era ni remotamente iniciado”. En vista de lo cual el Cuerpo legislativo decidió que el Poder Judicial determinase definitivamente mi causa y en consecuencia el 4 de enero de 1811 se llevó a efecto el auto de excarcelación.
Restituído a mi casa y recluso en ella me dediqué a cuidar a mi familia y a tratar de cubrir mis créditos, que siendo de alguna consideración no me dejaban libertad para salir de una capital en donde una continuada serie de desórdenes hacia la vida demasiado insoportable a los desgraciados españoles que teníamos que sufrir de lleno en los choques de la ambición y furia de los rebeldes una persecución tras otra. Sus victorias y sus reveses no nos producían más que terrores, proscripciones y muertes.
Los piadosos y útiles establecimientos públicos que daban lustre a aquella capital se ven hoy arruinados o casi arruinados: tales son el Monte Pío ministerial, los Hospicios, los Colegios, los Fondos públicos, los de las Casas de monedas y de Cajas reales y hasta los archivos y monumentos antiguos y preciosos han desaparecido. Un reino pobre que no contaba para su más económico sostenimiento con otros recursos que con los productos de los Estancos, Aduanas, Diezmos y Tributos, se halla reducido a la nulidad; abolidos los Estancos, disminuído el ingreso de los derechos por lo miserable del comercio, malversados y robados los diezmos y extinguidos los tributos se han sustituído enormes contribuciones y derramas, embargos, confiscaciones y saqueos. Aquellas personas que se creían de talento y de alguna probidad, cubriendo su ambición con un simulado patriotismo, no han hecho más que mantener una guerra civil destructora de los pueblos ilusos, y cometer los crímenes más horrendos, al mismo tiempo que su ineptitud se ha manifestado ser tan grande que parece han nacido con el don de errarlo todo y solo a propósito para destruír en un momento el orden que han visto establecido en los 300 años que llaman de esclavitud y de paz sepulcral, entronizando en el reinado de la libertad que han proclamado el más horrible terrorismo.
Sucedió a Pey en la Presidencia D. Jorge Tadeo Lozano, que fue derribado de su silla por medio de una revolución que contra él fraguó D. Antonio Nariño en 19 de septiembre de 1811. Este ocupó su lugar y se hizo nombrar Dictador, y entre las cosas notables del tiempo de su gobierno sucedió la guerra que le hizo el Congreso con el objeto de reducir a Santafé a la federación en que entraron las otras Provincias del Reino, acontecimientos de que los papeles públicos han hablado bastante aunque con la política de ocultar las muchas vidas que se sacrificaron el memorable 9 de enero de 1813 en las mismas calles de aquella Capital. Prevaleció felizmente Nariño y en la reunión de un Colegio electoral hizo decretar a fuerza de sus intrigas la independencia absoluta del Rey y de la Nación española, que publicó el 20 de julio de 1813. Entre tanto el Congreso, obra de una facción que subsistía en Tunja casi sin figura política, meditando los planes de su venganza logró engañar a Nariño que en 21 de septiembre de 1818 partió de Santafé con la principal de las tropas, armas y pertrechos que allí había, y engreído éste con la derrota que causó en Popayán al Brigadier D. Juan de Sámano, se adelantó a Pasto donde terminó su carrera militar, siendo hecho prisionero, y su ejército rebelde batido y dispersado completamente por un corto número de tropas realistas que mandaba el jefe D. Melchor Aimerich y por los siempre fieles y valientes pastuosos. Los parciales de Nariño en Santafé sostuvieron su partido, y mantuvieron a su tío D. Manuel Alvarez al frente del Gobierno que le había dejado encargado aquél. La derrota de Nariño, acaecida el 3 de mayo de 1814, produjo la prisión de los más de los españoles que estábamos en Santafé, pero duró pocos días, y se nos puso en libertad sin dársenos otra razón que la de que este paso se había tomado para seguridad de nuestras personas, y cubrirnos de la furia popular. Así juegan con el nombre del pueblo los malvados revolucionarios en sus maniobras y maquinaciones políticas.
Poco después de este tiempo se apareció en Cartagena el traidor Simón Bolívar, que fue recibido allí con honores de Capitán general y con aplausos de Libertador de Venezuela; en recompensa de este buen acogimiento trató de alzarse con el Gobierno y hacerse nombrar Dictador del Reino. D. Manuel Castillo, Comandante de las armas, contuvo su ambición y le obligó a salir de la plaza. Subió Bolívar el río de la Magdalena con sus compañeros de armas, que eran unos 30 oficiales que escaparon con él de Caracas, y habiéndose introducido por Ocaña a Tunja el Congreso le nombró Generalísimo de la Nueva Granada, y le confió el mando de sus tropas compuestas de 60 socorreños y tunjanos y el del Cuerpo que estaba a las órdenes del excecrable Rafael Urdaneta que consistía en 1.200 negros venezolanos, que era de reserva del ejército grande que tuvo Bolívar en Caracas y que Urdaneta logró salvar de la derrota de San Carlos replegándolo primero a Trujillo, luego a Mérida y últimamente a Pamplona, de donde lo hizo pasar a Tunja el Congreso para realizar sus miras de hostilizar a Santafé. El cruel Urdaneta abrió su campaña infame en la Provincia de Tunja; allí el honrado y virtuoso valenciano D. José Jover, que dormía en la casa de su hacienda de Soconsuco, y otros ocho fieles españoles, fueron despertados de su reposo a media noche el 27 de noviembre de 1814, sacados de sus casas, y de su orden fusilados y matados a sablazos por varias escoltas de sus tropas en los caminos extraviados de Santa Rosa, sin concederles ni aun tiempo para hacer sus preparaciones cristianas. Estos asesinatos escandalizaron al pueblo y Provincia de Tunja y empezaron a crear el descontento público. El Congreso para no incurrir en la detestación general y remover la idea de complicación en estas atrocidades, requirió a Bolívar y este satisfizo con decir se habían ejecutado sin su orden ni conocimiento, no obstante el Jefe que lo mandó y el oficial ejecutor quedaron en sus empleos y sin improbación el procedimiento.
Semejantes hechos, las noticias individualizadas que fueron de Cartagena sobre el carácter de Bolívar de que no variaba el sistema de inmoralidad, de robo y exterminio que había practicado en Caracas y la injusticia de esta nueva guerra que hacía el Congreso a Santafé hizo conciliar los partidos, exaltó el entusiasmo público y dispuso el ánimo de todos los de esta Capital para que se preparasen gustosos a su defensa. Se presentó Bolívar el 8 de diciembre del año pasado con su ejército de 1.800 hombres en las cercanías de Santafé, intimó la rendición a nombre del Congreso, y habiéndosele contestado negativamente por la resolución que todos manifestaron de defenderse hasta el último extremo, se trabó el combate, y Santafé, reducida en guarnición y artillería a encerrarse en la plaza principal, tuvo que rendirse bajo una capitulación en que se estipuló el reconocimiento del Congreso y la seguridad y garantía de personas y propiedades de todos, sin distinción de origen. Entró Bolívar en Santafé el 12 de diciembre con la comisión civil del Congreso, compuesta de D. Camilo Torres, D. Antonio Baraya y D. José María Castillo que recibió los homenajes y juramentos de obediencia de las corporaciones y autoridades de la Capital degradada y consternada.
La entrada del ejército de Bolívar en Santafé se marcó con el saqueo que hicieron sus tropas en las haciendas de la Provincia y muchas casas de la ciudad y con los asesinatos de seis infelices españoles, entre ellos el septuagenario oficial real D. Joaquín Quintana que fue asaltado en su casa, extraído de ella, arrancado del seno de su numerosa familia, y muerto a sablazos en su misma calle, y el anciano D. Juan Manuel Fernández, un honrado, pobre vecino, padre de once hijos, que andaba fugitivo de estas fieras huyendo de pueblo en pueblo y en el altozano de la iglesia del de Guachetá fue fusilado a vista de sus hijos por los malvados venezolanos. Decretó Bolívar un donativo voluntario, seguidamente puso embargo a los almacenes y tiendas de la ciudad, y con fuerza armada extrajo cuantos paños, casimires, bretañas, puntivies etc., encontró en ellos para vestir lujosamente sus tropas, y por último mandó un donativo forzoso que se exigió de españoles y americanos con la intimación a los primeros de pena de la vida, y a los segundos de ir en el ejército en las primeras filas en caso de negativa, y se tuvo cuidado de recargar las cuotas a los españoles. Todo esto se hacía por Bolívar a vista del Congreso, cuyos miembros no perdieron tiempo en trasladarse de Tunja a Santafé al instante que supieron la victoria de sus tropas. Se reunió el Colegio electoral de Santafé, o más bien la facción que en él tenía el Congreso, solo con el objeto de deponer a Alvarez del Gobierno y Dictadura y nombrar en su lugar de Gobernador interino a Pey y de su Teniente o Asesor al abogado doctor D. Ignacio de Vargas. Este es aquel que al principio de la revolución habló y escribió tanto contra ella, el que ofreció a patrocinar las causas de los Oidores y españoles que estábamos presos, y que tanto se documentó entonces con certificaciones de los europeos en la calidad de un buen realista; fingió serlo pero sus paisanos que lo conocían mejor atribuyeron sus procedimientos a despecho o venganza de que la primera Junta no le hubiese tenido presente para nada. Ahora que logró figurar en la farsa se quitó la máscara que cubría su hipocresía y se declaró un perseguidor el más acérrimo de los españoles. Su casa era la fragua donde se forjaban nuestras persecuciones y prisiones, y como si los caraqueños necesitasen de incentivo, él soplaba la llama del odio, y fomentaba la guerra a muerte que estos nos hacían. Muchas de las desgracias que lamentamos se deben a sus consejos, y su amistad con Bolívar y su Mayor General Carabaño produjo el derramamiento de no poca sangre española.
Bolívar despachó para Pamplona el 10 de enero de este año al cruel Urdaneta con 500 hombres de tropa de Santafé para reforzar y tomar el mando del ejército que allí tenía Santander y se componía de 1.300 hombres. Seguidamente partieron aumentadas en número las tropas de Bolívar a Honda para conquistar, según se decía, a Santa Marta, aunque otros mejores calculadores inferían que su objeto era apoderarse de Cartagena, vengarse de Castillo, despotizar al Reino entero, y renovar allí las escenas de Santafé. De esta Capital salió Bolívar para Honda el 23 del propio enero, dejando a su Mayor Carabaño para que le siguiese con la retaguardia y cumpliese una comisión reservada. Se realizó ésta en aquella media noche asaltando las casas de casi todos los españoles numerosos escoltas de venezolanos, que sacándolos de sus camas, los llevaban al cuartel y al día siguiente los condujeron amarrados de pies y manos y de dos en dos en número de 40, en medio de los dragones del ejército.
Yo tuve poco antes aviso de estas prisiones y en el momento fugué de mi casa, abandoné mi familia y me oculté evitando así el golpe de la requisición que también se hizo en mi casa en aquella misma noche. Se procedía de tan mala fe que los españoles presos habían recibido en el día de su prisión y en el antecedente, pasaportes del Gobierno provincial que obtenía Pey para salir de la ciudad dentro de ocho días. No valió el carácter a los beneméritos Curas D. Pedro Bujanda y D. Joaquín Pichoni la clausura a los respetables religiosos franciscanos Fray Juan Antonio Gutiérrez, Fray Francisco Pugnett, Fray Antonio González, Fray Manuel Benito y Capuchino Fray Serafín de Caudete, todos sacerdotes, para que unos y otros sin más delito que ser españoles hubiesen sido igualmente presos en aquella propia noche, paseados con ignominia por las calles públicas de Santafé en la mañana del día siguiente, rodeados de los dragones de Bolívar, y llevados a Honda con otros cinco religiosos Franciscanos, americanos, aunque estos últimos se quedaron en Guaduas por orden del Gobierno general. Este se componía de D. Custodio García Rovira, D. Miguel Pey y D. José Fernández de Madrid, y por la promoción de Pey, el Colegio electoral de Santafé nombró de su Gobernador interino a don José María Castillo quien con sus providencias tranquilizó aquella capital que de resultas de la entrada de Bolívar quedó llena de luto y cubierta de desolación.
Luego que llegó a Guaduas el titulado Generalísimo Bolívar, mandó fusilar a un soldado inválido de Alabarderos y al un sargento que fue de la guardia de caballería de los Virreyes, únicos españoles que allí existían. El pardo Alcántara, oficial venezolano conductor de los españoles presos, hizo fusilar a 18 de ellos, casi todos soldados inválidos y ancianos, casados en Santafé desde el punto de las Lajas hasta Bodeguita, camino de Guaduas a Honda, sin concederles el menor auxilio de cristianos. El 30 de enero de este año, precedido un bando que hizo publicar el día antes Carabaño, invitando al pueblo a presenciar la ejecución de los que aquel criminal llamaba reos, fueron fusilados en la plaza pública de Honda, el Capuchino sacerdote Fr. Pedro de Corella, D. Gregorio Martínez Portillo, D. Bartolomé Fernández, D. Juan Calvo, D. Francisco Serrano, D. Joaquín Gómez, y otros dos españoles, y en el sitio que llaman de Caracolí, cerca de las bodegas de Honda, D. Ramón de la Infiesta Valdez. Estos asesinatos se hicieron con formación de tropas, en medio de músicas, vivas y aclamaciones, hasta de las mujeres prostitutas que siguen este ejército de bandidos, las que con sus panderetas, bailes y vocinglería infernal celebran en los mismos lugares en que la humanidad se estremecía y hasta temblaba la tierra estas matanzas de los ilustres mártires de la lealtad española. Carabaño, al frente de las tropas con sable en mano bailaba y se regocijaba de este triunfo infame. Tales excesos se cometían a la faz de los gobiernos que proclaman los derechos del hombre, que se llaman liberales y justos, y que tanto decantan las supuestas crueldades y tiranías de los españoles, y un siglo que se decía de ilustración ha excedido en barbarie a las edades precedentes con los ejemplares de esta negra conducta de nuestros desnaturalizados hermanos de América. El Gobierno de Tunja, que regía el infame Capitán de Fragata D. Antonio Villavicencio, y el de Santafé cuando era Gobernador el bárbaro Pey, se invitaban uno a otro para el exterminio de los españoles y tuvieron la imprudencia de imprimir en sus papeles públicos sus oficios sanguinarios, y como si no fueran bastante estos horrores, procuraban fomentarlos empleando para ello todos los resortes de su autoridad.
Estos acontecimientos llenaron de espanto a los pueblos, y pusieron en una consternación que no puede describirse a los pocos españoles que quedábamos en Santafé. Ninguno de nosotros podía salir a la calle, ni aun a misa; vivíamos prófugos de nuestras casas, escondidos en las de algunas personas caritativas, y amenazados de muerte a cada instante. En situación tan triste y lamentable formé la resolución aventurada de salir del Reino con mi mujer, mis tres hijos pequeños y mi hermano con un salvo-conduto que había podido conseguir. Felizmente en las desavenencias de Bolívar con Cartagena, cuyo Gobierno no quería reconocerle en la calidad de Generalísimo ni permitirle entrar en su Provincia, nombró el Gobierno general de la Unión al Presidente del Congreso, Canónigo Penitenciario de Cartagena y D. Juan Marimón y Enríquez, con el carácter de mediador y pacificador. Esta proporción facilitó mi salida de Santafé que verifiqué el 10 de febrero, con la mayor precipitación, lleno de angustias y sobresaltos y con un montón de trabajos. Dejé abandonados mi casa, mis muebles, mis efectos y bienes, que según inventario que acababa de hacer ascendían por sus principales a 48.000 pesos; dejé mis dependencias que no importaban menos de 20.000 pesos, y dejé a la madre de mi mujer y a sus 11 hijas que siempre han vivido a mis expensas en una orfandad y miseria espantosa. Ni el salvo-conducto de Bolívar, ni el pasorte del Gobierno provincial, ni el que se me dio por el Gobierno general para que no se me hostilizase, ni incomodase en el camino, y ni aun el respeto del carácter y representación de Marimón que me había prometido salvar a todo trance, nada podía sosegar mis inquietudes y fundados temores. En la jornada a Guaduas recibí dos extraordinarios de personas bien intencionadas que me aconsejaban regresase a Santafé porque no había probabilidad de que escapase yo con vida de Mompóx, donde públicamente decían los venezolanos no dejarían pasar a ningún godo (así nombraban a los españoles), aunque llevase pasaportes y recomendaciones de la corte celestial. Pero nada era capaz de arredrarme en mi decidida resolución de salir del Reino; yo no podía soportar más una vida tan funesta; la muerte, temible cuanto era, la miraba como un bien que pondría término a mis padecimientos, y así continué mi viaje. Llegué a Honda el 15 de febrero en el momento terrible en que la retaguardia de Bolívar celebraba con tumultos y en la embriaguez la noticia que acababa de llegar de la muerte del valiente español Boyes, que había sido espanto de todos los caraqueños y la oficialidad y soldadesca pedían se les entregase uno de los españoles presos en aquella Villa para matarlo en su celebridad. Los que existían en aquella cárcel eran D. José María Márquez, D. José Trillo y Agar, D. Primo González, D. Tirso González y D. Manuel Jimeno, todos vecinos acomodados de Santafé, parte de los españoles extraídos de aquella capital, que quedaron vivos aunque temblando en cada momento por su suerte. El 28 de febrero llegamos a Mompós, y Marimón comenzó sus conferencias con Bolívar; el objeto de ellas era principalmente la invasión a Santa Marta. Bolívar en consecuencia de las órdenes del Gobierno general pretendía que Cartagena le aprestase gente, armas y municiones, y señaladamente estos dos últimos artículos que le hacían más falta. Su ejército, con lo que sacó de Santafé y lo que aumentó allí en Guaduas y Honda, ascendería a tres mil hombres, mitad fusileros y mitad lanceros. El Gobierno de Cartagena fuese por la detestación general con que corría el nombre de Bolívar en toda su Provincia, fuese por el temor de que aspirase a apoderarse de la plaza, y despotizarse desde allí el Reino entero o porque según las condiciones con que estaban concebidas las órdenes del Congreso, no debía dar los tales auxilios con perjuicio de la necesaria defensa se denegó a las demandas de Bolívar. Marimón siguió a Cartagena a ajustar estas diferencias; yo le acompañé con mi familia y entramos allí el 11 de marzo. Marimón, que aun venía alucinado acerca de las ideas de Bolívar, tuvo sus cesiones con el Gobierno y Comandante de armas de Cartagena, pero no pudo reducirlos al objeto de su misión. A este tiempo Bolívar comenzó a mover sus tropas, llegó con ellas a Barranca, se adelantó a Mahates, pasó a Turbaco y se adelantó con ellas al pie de la Popa, media legua de Cartagena, después de apoderarse de la línea del bajo Magdalena, y de haber despachado con quinientos hombres a uno de los Carabaños al Sinú para asediar la plaza. Castillo, que mandaba en ellas las armas, dispuso su defensa, y la del castillo de San Lázaro, o como otros llaman de San Felipe de Barajas; dejó sin artillería las fortificaciones de Manzanillo y Pastelillo, hizo alistar a todo el vecindario y puso presos a 80 criollos sospechosos de ser partidarios de Bolívar. El 21 de marzo, en que se tuvieron avisos positivos de estar en Barranca Bolívar, precipité mi embarque con mi familia en una pequeña y mala goleta que estaba pronta a navegar para este puerto. El 25 salimos de Bocachica después de haber ya oído roto el fuego de Cartagena contra Bolívar.
De las noticias posteriores a mi salida de Cartagena, recibidas en esta Isla resulta que Bolívar no había logrado realizar la conquista de aquella plaza con su asedio, porque siendo incapaz de establecer el bloqueo por mar no había podido estorbar la entrada de víveres que han llevado los buques mercantes norteamericanos y los barcos españoles que han sido apresados por los corsarios piratas de Cartagena; que los pueblos aun los más indefensos de aquella Provincia, detestando hasta la memoria de Bolívar, hacían a sus tropas la más viva guerra, ya hostilizándolas con partidas armadas, ya privándolas de los recursos de subsistencia en el país; que cuando las desavenencias entre Castillo y Bolívar estaban en la mayor efervescencia recibió el Gobierno de Cartagena intimación del Capitán general del Nuevo Reino, Montalvo, para que reconociese la autoridad Real ofreciéndole en tal caso auxiliar contra Bolívar; que contestó Cartagena despreciando esta intervención con el orgullo e insolencia que distingue el idioma y política de los Gobiernos revolucionarios; que en consecuencia Bolívar y Castillo estuvieron muy a punto de convenirse en sus discordias; que convencido aquel de la imposibilidad de sus proyectos, disminuidas considerablemente sus tropas, sin poder contar con otras que con las venezolanas, y casi consumida su caja militar, trataba de levantar el sitio de Cartagena y de emprender la invasión de Santa Marta, a cuyo fin pedía pasavante para que los pueblos de la Provincia de Cartagena que lo tenían casi encerrado, no le hostilizasen a su salida, y antes le prestasen los auxilios necesarios para su retirada; que en este estado las tropas Realista de Santa Marta dirigen sus operaciones contra la provincia de Cartagena ocupando la línea del bajo Magdalena, y tomando por la fuerza la Villa de Mompós con lo que se aumentaron los embarazos de Bolívar, y éste y los de Cartagena quedaron en incomunicación con lo interior del Reino, y que en situación tan crítica reciben la noticia positiva de la feliz llegada a la costa de la Tierra-firme de la gran expedición del mando del general Morillo destinada por el Rey para la reducción del Reino, y que finalmente Bolívar después de haber convenido con el Presidente del Congreso Marimón, dejar el mando de las tropas, se embarcó en un bergantín de guerra inglés con los dos Carabaños, y otros de sus satélites y llegó antes de ayer a este puerto de Jamaica.
En treinta y un años que llevaba yo de residencia en Cartagena y Santafé, mi conducta me hacía acreedor a mejor suerte. Hice un giro vasto y contribuí al Real Erario con un considerable caudal que importaron los derechos devengados en mi legítimo y lícito comercio. En casi todas las escrituras de fianzas de los situados que por cuenta de Real Hacienda se remitían de Santafé para el socorro de la plaza de Cartagena, se encontrará mi firma. Me he constituído fiador de muchas personas que para esto me han solicitado. Como buen vasallo he ocurrido a las urgencias del Estado en todas sus exigencias, y en la última guerra con el tirano de la Francia, compadecido de la España oprimida, concurrí a los esfuerzos de su libertad, con el donativo de mil pesos fuertes, que se entregaron por mi cuenta en las Cajas Reales de Cartagena. Yo fui quien para eternizar el amor y fidelidad manifestada por el cuerpo del comercio de Santafé a nuestro Soberano en el tiempo de cautividad, promoví la batición de monedas grandes de plata, que se acuñaron y corrieron, contribuyendo como lo hizo el que más con 150 pesos que se distribuyeron en el Reino y fuera de él. Cuando el Virrey me encargó la administración de las casas de los Reales Hospicios y de la de expósitos anexa a ellos en circunstancias de estar empeñadas sus rentas en más de siete mil pesos, serví este encargo por cinco años hasta el día de mi prisión; suplía el dinero necesario para el mantenimiento del crecido número de pobres de ambos sexos, que estaban recogidos y abrigados en ellos; empleé la gratificación de doscientos pesos anuales que como Administrador me correspondía en dar por medio de Capellán y Mayordomos a aquellos infelices, una abundante comida extraordinaria todos los días de las festividades que se celebraban en el año a Maria Santísima, hice la limosna de cuatrocientos pesos para la construcción de los alares del hospicio de hombres que no podían hacerse por la escasez de fondos, y cuya falta amenazaba la próxima y total ruina de aquel nuevo edificio; compraba las lanas para las labores de las casas, fomentando sus manufacturas y haciéndolas producir lo que jamás se había visto, y las amas de los niños expósitos que no debían recibir sus salados hasta fin de año fueron socorridas siempre por mí anticipadamente con la paga mensual, y estando libre de mi prisión, el Gobierno revolucionado de Santafé me exigió las cuentas de mi administración, las que entregué con los libros, archivos, documentos y un saldo de tres mil pesos, después de haberla desempeñado. Cuando se edificaba una iglesia de Predicadores de aquella capital, ayudé a esta obra con la limosna de cuatrocientos pesos, que entregué al Director de ella Fr. Luis Mª Téllez, añadiendo además el costo de doscientos o trescientos pesos que tuvieron las bancas de nogal, que sirven hoy en aquella iglesia y se hicieron a mis expensas. Los pobres de las cárceles de la misma capital han tenido muchos días pan qué comer en abundancia con que los he socorrido por mi mano, por la del Alguacil mayor de Corte D. José Malo y U. Lorenzo Marroquín.
En el sensible suceso del terremoto que en el año de 1805 destruyó la Villa de Honda, distribuí por medio de su Alcalde ordinario D. Nicolás Manuel Tanco, la limosna de trescientos pesos entre aquellos pobres vecinos. Y sin vanagloria puedo decir que he sido uno de los vecinos más benéficos de Santafé, y aun en mis relaciones mercantiles lo he acreditado. En solo el renglón de quinas acopié de propia y ajena cuenta hasta el increíble número de 7.000 cargas, o sesenta y tres mil arrobas que exporté siendo su principal y gastos muy cerca de trescientos mil pesos, que se regaron en los pueblos de Facatativá y Fusagasugá y quedaron en manos de los arrieros que las condujeron. No he sido notado de díscolo ni turbulento, mi trato franco me concilió la estimación general. Los Tribunales y Jueces Reales, testigos de mi conducta, jamás han tenido que notarla, ni reprocharla, y si en el tiempo de la revolución, he sufrido constantemente sumarias, prisiones y persecuciones las más crueles, ellas me honran y me honrarán siempre porque acreditan mi lealtad y mis sentimientos de amor y fidelidad al Rey y a la Nación, que jamás desmentí ni disfracé y que eran bien conocidos a los mismos rebeldes. Yo en tiempo del Gobierno Real le serví siempre traduciendo sin admitir gratificación aunque se me ofreció, cuantos papeles ingleses públicos y de oficio se recibían, y el revolucionario por no tener de quien valerse hizo de mí la misma confianza de que supe hacer un buen uso. Los revoltosos, de lo que yo traducía solo imprimían y publicaban lo que hacía y convenía a su intento; esto es las noticias verdaderas o falsas del mal estado de la España, de sus divisiones y todas aquellas especies alarmantes que contribuían a debilitar la fidelidad de algunos americanos y desesperar a los buenos españoles. Yo en cuanto estaba a mi alcance, procuraba por medio de mis manuscritos circular en Santafé y en todo el Reino las noticias que artificiosamente se ocultaban de las victorias de las armas españolas, del feliz regreso del Rey, del placer y entusiasmo con que había sido recibido por la Nación, y todas las demás especies satisfactorias que contribuían a conservar en los españoles del Nuevo Reino la idea cierta y consolatoria de que teníamos una Patria, una Nación invicta y un Rey dado por Dios, que vindicarían sus derechos, que enjugarían nuestras lágrimas y que sabrían vengar sus ultrajes con el exterminio de los infames traidores, causantes del derramamiento de tanta sangre española.
