La tierra en la América Equinoccial
Víctor Manuel Patiño
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II.        AGUA DULCE

 

Las aguas dulces se llaman así, aunque no estén totalmente libres de sustancias en solución, sino que la proporción de sales minerales que contienen es sólo de 0.175 partes por mil (Fox, 1951, 13).

América está bien provista de agua dulce. Tiene dos de los ríos más largos del mundo, el Mississippi-Misouri, con 6.730 km y el Amazonas con 6.080, éste el más caudaloso de todos.

En cuanto a la porción intertropical que es nuestro asunto, los principales sobre el Atlántico son de norte a sur los siguientes:

En Guatemala, Cahabón, Polochic, Río Dulce, Motagua; en Honduras: Chamelecón, Ulúa, Colorado, Aguán, Patuca, Wanks (Coco o Segovia); en Nicaragua, Wawa, Cucaloya o Wonta, Bambana, Prinzapolca, Grande de Matagalpa, Koringuas, Bluefields (con sus afluentes Rama, Mico y Siquía); Maíz, San Juan o Desaguadero; en Costa Rica, Negro, Reventazón, Matina y Sixaola (Fernández, 1949, 74-80); en Panamá, Changuinola, Viara, Ahuyama, Calovéboras, La Concepción, Palmea, Cocle del Norte, río Indio, Salud, Lagarto, Piña, Chagres, Cascajal, Cuango, Piedra (Alba C., 1950,27-30). En Colombia los principales ríos del mar Caribe son: Atrato, Sinú, Magdalena, Ranchería. En Venezuela, Catatumbo, Zulia, Motatán, Escalante y Santa Ana, todos los cuales vierten al lago de Maracaibo; Tocuyo, Aroa, Yaracuy, Tuy, Unare, Neverí, Guarapiche, Guanipa, San Juan y Orinoco. Guyana es irrigada por Cuyuni, Essequibo, Berbice y Courantyne. En Surinam los ríos son de corto recorrido. La Guayana Francesa tiene entre otros el Maroni y el Oyapoc. El Brasil se extiende desde este último río, Araguarí, Cunaní, Amazonas, Araguaya-Tocantíns, Itapecurú, Mearim, Paranaíba. Los que quedan al sur están fuera del área de estudio.

En el mismo orden de norte a sur por el Pacífico, existen los siguientes ríos principales: en Guatemala: Suchiate, Naranjo, Tilapa, Samalá, Nahualate, Madre Vieja. Covolate, Guacalate, Michatoya, Los Esclavos y Paz; en El Salvador: Grande de Sonsonate, Joboa, Lempa, Grande de San Miguel y Guascarán; en Honduras: Nacaome, Choluteca y Negro; en Nicaragua no hay ríos importantes por el occidente; en Costa Rica: río Grande con sus afluentes Tempisque y Tenorio, Grande de Tárcoles, Pirris y Grande de Térraba (Fernández, op. cit., 80-82). En Panamá de occidente a oriente desaguan Chiriquí Viejo, David y Chiriquí, Fonseca, Tabasará, Bubí, Cate, San Pablo, La Villa, Santa María, Grande, Lagarto, Capira, Río Abajo y Matías Hernández, Juan Díaz, Tapia, Tocumen, Pacora, Chico, Matungati, Chepo o Bayano, Chimán, Congo, Chucunaque, Tuira (Alba C., op. cit., 20-27).

Quien desee consultar un estudio más detallado de las corrientes de agua sobre el Pacífico en Panamá, podrá apelar al de Diego Ruiz de Campos de 1631 (Cuervo, 1892, II, 11-52). Y en cuanto a todos los accidentes geográficos, incluyendo golfos, bahías y bocanas de ríos, hallará el material desde Maracaibo hasta la Mosquitia inclusive en (Cuervo, 1891, 1-1-542) y para otros sectores de la costa centroamericana en (Serrano y Sanz, 1908, 257-328).

En Colombia empieza cerca de la frontera con Panamá el Juradó-Jampabadó, y otros menores hasta el Valle, Nuquí, Baudó, Docampadó, San Juan, Dagua. Anchicayá, Raposo, Cajambre, Yurumanguí, Naya, Micay, Timbiquí, Guapi, Iscuandé, Tapaje, Sanquianga-Satinga, Patía-Telembí, Rosario, Mira, que nace en el Ecuador, y Mataje. En la costa ecuatoriana vienen como principales Santiago, Esmeraldas, Chone, Guayas y Jubones. En el Perú el limítrofe Túmbez y una serie de ríos pequeños que son apenas flotables y a la altura de Lima el Rímac.

Si de las aguas corrientes se pasa a las aguas lénticas, América intertropical está abundantemente provista. Empezando siempre en el norte y contando sólo las principales, se pueden mencionar los lagos de Petén-Itzá, Atitlán, Amatitlán e Izábal en Guatemala; Ilopango en El Salvador; Yojoa o Taulabé y Caratasca en Honduras: Managua, Nicaragua y las lagunas de Las Perlas y Bluefields en Nicaragua. No hay lagos importantes en Costa Rica ni en Panamá, con excepción de los artificiales Gatún de la cuenca del Chagres y Bayano en la de su nombre en esta última república. Tampoco en Colombia, pues el geógrafo Vergara y Velasco sólo con reluctancia eleva a esa categoría Tota y La Cocha, que actualmente se consideran lagunas. Otras que tales son Unguía, Ayapel, Guájaro, Zapatosa, Caucagua, Suesca, Fúquene y La Ciénaga Grande de Santa Marta. En Venezuela el lago de Maracaibo es el más importante, y le sigue el de Valencia. Lagunas han sido registradas 204, clasificadas en cenagosas, aluvionales, saladas y dulces (Coya, 1952, 40-41). En el Ecuador el lago de San Pablo, la laguna de Yaguarcocha, y el lago Agrio.

 

Bocanas

 

La parte ecuatorial de América es particularmente dotada de ríos caudalosos. Sus aguas en las desembocaduras se adentran en el mar por grandes trechos. Esto dificultó la exploración del Amazonas por Diego de Lepe y Martín Alonso Pinzón. El Orinoco regula la navegación en gran parte del golfo de Paria y en ciertas épocas llegó a afectar la pesca de perlas en la isla de Margarita. Desde los primeros tiempos de la navegación del Magdalena se comprobó que penetraba en el mar unas 5 leguas según la creciente (Friede, —1960—, NR, 226), y esto dificultó al principio las expediciones de los españoles hacia el interior. Parecida situación se vive en las bocas del Atrato, del San Juan (Dochara) y del Guayas, para hablar sólo de los ríos principales.

 

Crecientes

Si del mar se pasa al continente, también es conocido el fenómeno de las avenidas o crecidas estacionales de los grandes y pequeños ríos, ocasionadas por las lluvias. Esto ha condicionado las actividades humanas como la navegación, la pesca y las labores agrícolas.

La navegación en ríos crecidos se dificulta porque, a pesar de la vigilancia, se pueden presentar choques con árboles o troncos y palizadas arrastradas por el agua, con peligro de que zozobren las embarcaciones. La pesca, por el agua revuelta y turbia, se hace prácticamente imposible, porque no se divisan los peces. En cuencas como el Orinoco y el Amazonas, con ritmo estacional de crecientes, las labores agrícolas de siembra en playones sólo se pueden ejecutar al retirarse las aguas, dejando el suelo barrido de malezas.

En otra obra se ha hecho un resumen de las crecientes de ríos y lluvias excesivas en la América ecuatorial (Patiño, 1972, 25-31).

 

Lluvias

En otra oportunidad al estudiar la agricultura, se ha presentado la documentación colonial sobre la precipitación en el área de este estudio (Patiño, 1965-1966, 15-32), que condiciona el ritmo de las cosechas.

En los últimos años en los países ecuatoriales se han creado y se mantienen servicios de meteorología y pluviométría, y se publican anuarios donde el interesado puede hallar los datos pertinentes.

Pero el total de las precipitaciones no es tan importante como el porcentaje que es absorbido por el suelo.

La lluvia en los trópicos es caliente, no como en la zona templada; el agua que percola es por lo general de 24-25º C, en promedio 15ºC más que en Europa del centro y del norte; el suelo también es más caliente. Los resultados de esta situación son: 1º. Ionización del agua 4 veces más alta que a 10º C; 2º. La sílica es 8 veces más soluble; 3º. Las soluciones proceden más rápidamente; 4º. Menos CO2 penetra al suelo; 5º. El poder hidrolítico de la solución que atraviesa el suelo es más alto; 6º. El agua del suelo es menos viscosa; 7º. Lo más del agua penetra más profundamente en el suelo (Buringh, 1968, 13-15). Aun en regiones planas la lluvia efectiva es a menudo menos de ¾ de la precipitación (ibíd., 16).

Cuando la lluvia por la sequedad de la atmósfera no alcanza a llegar al suelo, se llama virga (Griffiths, 1976, 15, 102). La vegetación de desierto se presenta cuando la lluvia es de menos de 400 mm. Hay más erosión en climas bimodales que cuando la lluvia es bien distribuida a lo largo del año (Kalpagé, 1976, 15; 81-82).

En ecosistemas frágiles como las regiones de bosques superhúmedos, las lluvias aportan cantidad apreciable de nutrientes, que hay que buscar más en la vegetación misma que en el suelo.

Lo relativo al uso del agua por el hombre se verá en el libro octavo.  

 

Capítulo III

CLIMATOLOGÍA

 

La masa terrestre como se ha descrito en el Capítulo I, en virtud de su exposición al sol, los geógrafos la han dividido en zonas o anillos con características variables desde el punto de vista climático y astronómico, según su menor o mayor alejamiento del centro o ecuador hacia los polos. A ambos lados de la línea ecuatorial, a 23º27’, pasan los trópicos, el de Cáncer al norte y el de Capricornio al sur. Luego siguen fajas paralelas hasta 66.5º, que se llaman zonas templadas, y finalmente desde allí hasta los polos están los círculos polares. Cada grado mide 112 km.

Esta división esquemática sobre el papel o sobre el mapa o la esfera no siempre corresponde exactamente con las líneas ideales de los paralelos, sino que climáticamente pueden serpentear a uno y otro lado en proporciones variables, según el relieve, la dirección de los vientos y otros fenómenos naturales.

Dentro de la zona intertropical existe la ecuatorial, que por lo general llega a los 13º al norte y sur del Ecuador, pero que también oscila. El ecuador climático, el térmico y el magnético no siguen una línea paralela al ecuador astronómico o geográfico. Por ejemplo, el térmico atraviesa el istmo de Panamá por su extremo oriental y sigue más o menos fuera de la costa colombiana con rumbo N E entre 9 y 10°. El ecuador climático también ondula entre los 4 y 5º al N del ecuador geográfico en territorio colombiano. Otros han pretendido que la zona ecuatorial no está sujeta a los paralelos sino a líneas isotermas e isoyetas (Gourou Boadas, 1979, 13).

Es conocida la constancia de las mareas barométricas en la porción ecuatorial, con un ritmo diario regular.

Las cuatro estaciones anuales características de las zonas templadas (porque en los círculos polares sólo hay invierno y verano), primavera, verano, otoño e invierno, no ocurren como tales en la zona ecuatorial, aunque sí se hacen sentir en los trópicos. En el ecuador esas estaciones son reemplazadas por las temporadas de lluvias y sequías, que también por accidentes geográficos, especialmente por la existencia de cordilleras, pueden ser monomodales o bimodales, según que las precipitaciones se prolonguen por una parte del año, en forma sostenida, o que se subdividan y alternen con dos períodos trimestrales de tiempo seco.

 

Estacionalidad

 

Las actividades humanas han estado condicionadas al ritmo de las estaciones. Para los trabajos agrícolas se conocen calendarios que se acomodan al régimen climático: épocas de sembrar y de cosechar, para tumba y quema de vegetación y para todas las operaciones del cultivo, incluyendo la cosecha (Patiño, 1965-1966,33-48). Desde los tiempos de la conquista se consignaron las épocas en que los indígenas realizaban ciertas operaciones en virtud de una experiencia secular. En el golfo de Panamá no se pescaban perlas de septiembre a noviembre por el estado de la mar (Gómara: Vedia, 1946,I, 195). En Puerto Carreto del archipiélago de San Blas la pesca de careyes se extendía de mayo a agosto, y en Chiriquí la de tortuga iba de marzo a junio (Cuervo, 1891,I,207; 410). Los chacos o cazas colectivas en la sierra del Perú se hacían cada cuatro años para no espantar los animales, y cada vez tenían lugar en un sitio distinto (Garcilaso, 1963,II,201-202; Pizarro P., 1944, 97).

En los Llanos Orientales el verano (noviembre a marzo) ha sido la época de recoger yopo y miel por las tribus nómadas (Gómez G., 1991, 251).

Para la minería de oro y plata se adoptaron las épocas que la tradición indígena había consagrado como las más propicias. En Santa Rosa de Osos, en la época colonial, sólo había actividad extractiva durante seis meses, porque en los otros faltaba el agua, y en toda Antioquia los mazamorreros llevaban una vida dual: en tiempo de las lluvias buscaban oro; el resto del año se concentraban en sus parcelas de pan coger (Twinam, 1985, 81-83). Lo mismo ocurría en Ecuador y Perú (Patiño, 1992, V. 43).

Las estaciones han influido no menos en la incidencia de las enfermedades. Desde temprana época los españoles, no bien consolidado el proceso urbanizador y poblador, se percataron de esto. Por ejemplo, Guayaquil era enferma especialmente en verano (Espada, 1965, I, 127), y en Quito, más sano, los catarros se presentaban con más frecuencia a la entrada y a la salida del verano (ibíd., III,205). Del mismo modo Lima era más enferma en verano (Vázquez de Espinosa, 1948, 413-414). El asunto se retomará cuando se trate de la ocupación de la tierra en el capítulo VIII.

Así mismo, antigua es la consignación de fenómenos marinos, entre ellos las mareas y las corrientes (véase Capítulo II).

 

Vientos

 

En las regiones montañosas los vientos calientes que se desplazan valle arriba en el día se llaman anabáticos; y los nocturnos fríos que bajan de las alturas hacia los valles se llaman catabáticos (Chandler: Clark et alii, 1971,46). Este fenómeno, la alternancia de vientos entre el día y la noche, es muy común en la región Andina.

La América equinoccial está bajo el efecto de los vientos alisios del nordeste y del sudoeste, con efecto marcado en la agricultura y en otras actividades humanas. Aun algunos vientos afectan el comportamiento de los pobladores como se observó en Potosí a principios del siglo XVII, que los ponientes inducían pendencias y alborotos (Espada, 1965,II,374). Al sur del Trópico de Capricornio, en la sierra argentina, el viento sonda se dice que ocasiona trastornos en la conducta de las personas, hecho que ha sido recogido en la novelística.

Los vientos regulaban la navegación de forma muy marcada en el Pacífico: “Donde digo que el navegar de Panamá para el Perú es por el mes de enero, febrero y marzo, porque en este tiempo hay siempre grandes brisas y no reinan los vendavales, y las naos con brevedad allegan donde van, antes que reine otro viento, que es el sur, el cual gran parte del año corre en la costa del Perú (...). También pueden salir por agosto y septiembre, mas no van tan bien como en el tiempo ya dicho (...). El viento sur, y no otro, reina mucho tiempo, como he dicho, en las provincias del Perú desde Chile hasta cerca de Túmbez, el cual es provechoso para venir del Perú a la Tierra Firme, Nicaragua y otras partes, mas para ir, es dificultoso” (Cieza, 1984, I, 1O).

En el área del Caribe son periódicos los ciclones tropicales, que se llaman depresiones cuando los vientos son menores de 64 km por hora, y tormentas tropicales entre esa cifra y la de 118 k.m por hora, y a partir de éste se les designa en orden alfabético. El verdadero huracán de más de 118 km por hora sólo afecta o localidades que están a más de 11 o 12º al norte del ecuador y azotan de preferencia a las Antillas Mayores.

   

Capítulo IV

EL SUELO MÁS ANTIGUO QUE EL HOMBRE

 

No se darán aquí en forma detallada las nociones de Pedología, que estudia el origen, características, descripción y clasificación de los suelos como cuerpos naturales, ni aun de la Edafología, entendida como el estudio del suelo desde el punto de vista de substrato y sustentáculo de las plantas. El interesado puede consultar los textos que sobre ambos aspectos se han escrito. Sin embargo, no se pueden pasar por alto algunos hechos fundamentales.

Los suelos tienen dos propiedades o condiciones físicas fundamentales: una es la estructura y otra la textura. La primera puede ser laminar, prismática, columnar, terronosa, nuciforme, grumosa o granular, de acuerdo como se hayan acomodado o aglutinado los elementos componentes. La textura se mide por procedimientos gravimétricos, y puede ser de arena gruesa, arena fina, limo o arcilla, en el orden decreciente del tamaño de las partículas componentes, gradación que varía según los autores.

La reacción del suelo puede ser alcalina, salina, neutra o ácida, según la menor o mayor proporción del pH o grado de acidez.

En cuanto a la clasificación, por cuanto los estudios iniciales se hicieron en Europa y en los Estados Unidos, se basaron en las condiciones de la zona templada del norte, en series, familias y tipos.

En los últimos cincuenta años se ha prestado atención a los suelos tropicales, pero no termina la discusión sobre los criterios que deben predominar en la catalogación. La clasificación de los suelos es permanentemente revisada y mejorada (Buringh, 1968, 58).

 

Edad del suelo

 

Una secuencia de los diversos períodos que conformaron la corteza terrestre la da un autor así: 1. Desde la formación de las rocas más antiguas (unos 3.000 millones de años) hasta la aparición de las plantas; 2. Entre el Siluriano y el medio Mesozoico parte de la Tierra estaba cubierta de diversas formas de plantas inferiores; los suelos eran incipientes; se redondearon los picos; se formó la arcilla; 3. Aparecen árboles en el Mesozoico tardío; se forman los suelos; en el Terciario aparecen los pastos. 4. a) Durante lo más del Terciario se forman las montañas; hay presencia de lava; existe glaciación localizada; b) Fenómenos todos ellos acentuados en el Pleistoceno (Russell: Thomas Jr., 1960: 454).

Según esto, fueron millares los años transcurridos antes de la aparición de las primeras plantas y de los primeros animales, período durante el cual la roca estuvo desnuda, sujeta solamente a la acción de los fenómenos naturales, tanto de la misma litosfera (tectonismo, vulcanismo etc.), como de la atmósfera (temperatura, lluvias y erosión, vientos, etc.), que dieron por resultado la desintegración parcial por acciones físico-mecánicas, y la meteorización o descomposición química.

Esto se aplicó en minería y en construcción de caminos desde el período colonial, haciendo hogueras sobre las rocas que se querían remover, y luego echándoles agua fría; el resultado es que se rajan en pedazos más manejables.

Los altibajos de la temperatura tienen un efecto desintegrador. La expansión del hielo de 14 kg/cm2 , acción que se llama crioclastia (o gelivación), rompe las rocas, cualesquiera que sean. La nieve también influye porque contiene gases activos (ácidos carbónico y nítrico) que pueden descomponer rocas propensas a la erosión, como las calcáreas. Los glaciares tienen acción erosiva poderosa, lo mismo que las aguas corrientes (Fouet et al., 1965, 68-76). En una palabra, el agua en sus distintas formas ha sido uno de los factores más enérgicos de meteorización. El viento por su acción dinámica de arrastre de arenas y otras partículas abrasivas, contribuyó también a la formación de los suelos. Así mismo, es factor importante en fenómenos de vaporización y transpiración.

La biosfera incidió así mismo, en este proceso (Griggs et al . , 1977, 274), cuando empezó a hacerse manifiesta hace unos 600 millones de años (Lanham, 1981, 68), con lluvia de materia orgánica, penetración de raíces en el terreno, que extraen soluciones minerales de las capas inferiores y respiran (Tricart, 1972, 93).

Esta mezcla compleja de elementos minerales y biológicos tiene cuatro componentes principales: materia mineral; agua, que es otro mineral; aire, y materia orgánica. Pero mientras la materia mineral predomina y es más o menos estable, el agua y el aire oscilan de acuerdo con las precipitaciones en el primer caso, y con la mayor o menor permeabilidad del substrato, en el segundo. La materia orgánica es inestable y debe renovarse de seguido, pues es continuamente degradada por microorganismos.

 

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