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¿Qué se considera suelo?
Aunque aluviones de ciertos valles y terrenos
planos pueden tener veinte pies de espesor (casi siete metros), se acostumbra calcular
como suelo lo que el arado (donde se usa) profundiza, o sea nueve pulgadas en promedio, y
un buen suelo puede tener tres pies de espesor (Fox, 1951, 35-36). Esto aun sería
excelente en regiones montañosas ecuatoriales, donde el suelo no excede de 30 cm, si es
que ya no se laboree el propio subsuelo, como acontece en muchos casos.
Suelos tropicales
Por regla general, la fertilidad inherente de la
mayor parte de los suelos tropicales es baja (Moormann: NAS-NRC, 1972, 45; Gourou, 1969,
38-39).
En las regiones ecuatoriales andinas los suelos
andosoles o volcánicos conocidos en Centroamérica como tepetates tienen
importancia por su fertilidad y en ellos domina el material básico (Mohr et alii, 1972, 444).
Se cree que las altas
temperaturas favorecen la formación de laterita, muy común en climas tropicales. En
varias de estas regiones el calor del suelo hasta 1.10 m de profundidad, excede al de la
atmósfera en unos 340 C, aumentando la diferencia
con la densidad de la vegetación. Durante las quemas, tan frecuentes y casi imperativas
en el sistema de agricultura itinerante común en toda la América intertropical, la
temperatura de la superficie puede subir a 500ºC, pero a los 5 cm de profundidad el suelo
es poco afectado (Kalpagé, 1976, 30, 84, 85).
La materia orgánica en suelos tropicales por año
puede ser de 8.500 a 12.000 kg/ha; pero sin transformación biológica tiene poco, si
algún efecto en la estructura del suelo (ibíd., 110, 119). El abono verde es de efecto
moderado, más ventajoso en suelos pobres que en los fértiles (ibíd., 152). A diferencia
de los abonos verdes, el mantillo (mulch) de yerbas, bagazo u hojarasca, no compite con el
cultivo principal por humedad y nutrientes (ibíd., 177).
En los trópicos húmedos la
formación de los suelos es continua (Buringh, 1968, 13). En los verdaderos suelos
tropicales la diferencia entre el promedio de temperatura en verano e invierno, a 50 cm de
profundidad, es de menos de 5ºC; en los subtrópicos llega
de 10 a 15ºC (ibíd., 17).
Las plantas tropicales están adaptadas a suelos
ácidos. Los suelos tropicales no responden a los abonos lo mismo que los de zonas
templadas (Gourou, 1969, 22, 221).
Suelos
orgánicos
Se consideran tales los que contienen desde 20 hasta 90-95%
de materia orgánica, reservándose la denominación de minerales a los que tienen menos
de 20% de materia orgánica. Aquellos pueden ser de dos categorías: 1. Los formados por
causas naturales; 2. Los que resultan de la actividad humana.
1.
Suelos
orgánicos naturales
Están constituidos por deposiciones de diversas clases de
materia orgánica a lo largo de siglos, en presencia de agua léntica o estancada. Se
conocen con el nombre de turbosos, por ser la turba el principal componente. Según el
elemento predominante que la haya formado, se distingue en leñosa, fibrosa, musgosa,
sedimentaria y coluvial, con los subórdenes tolist,
fibrist, hemist y saprist. Son residuos vegetales más bien humificados que oxidados
(López Hoyos et al., 1978, 39, 54, 11).
Son más comunes en el
hemisferio norte, sobre todo en Europa, donde se suelen preparar mediante el fuego y se
utilizan de preferencia para sembrar plantas forrajeras como el alforfón, la poligonácea
Fagopyron sagittatum, por varios años;
revierten a la condición original después de los 25 años o más (Sigaut, 1975, 126). No
faltan en la América ecuatorial, y en Colombia se han localizado desde el nivel del mar
hasta las grandes alturas andinas (López Hoyos et
al., 1978, 85, 86-109, 110-142... hasta 161).
2.
Suelos
orgánicos por agencia humana o antrosoles
Se les ha llamado antrópicos cuando la actividad humana
para formarlos no ha sido intencional, y antropogénicos en el caso contrario (Eidt, 1984;
Cavelier de Ferrero et alii, 1990, 83-84).
Mientras no se establezca que las comunidades o grupos ocupantes tenían una organización
sociopolítica suficientemente compleja para asegurar un trabajo colectivo de la
envergadura que reviste la formación de suelos negros o pardos por agencia humana, la
diferenciación en esas dos categorías quizá no pueda mantenerse.
Desde principios del siglo XX
se observaron en algunas partes de la cuenca amazónica suelos negros o pardos que se
atribuyeron a actividad humana (Nimuendajú, 1949, 103-104). Gradualmente se han ido
encontrando en una gran extensión a ambas riberas del gran río y algunos de sus
tributarios (Andrade Pérez, 1983, mapa, 22-23). También se han adelantado estudios
arqueológicos, palinológicos y químicos sobre ellos. Aparece bien definida la
asociación de esos suelos con relictos de viviendas humanas, restos de cerámica y
lítica, y evidencias de que no sólo desechos de cocina y otras actividades caseras son
detectables, sino también la incorporación que hay que considerar
intencional de limos extraídos de cursos de agua. Se les ha atribuido una
antigüedad dentro del primer milenio de la era cristiana (Herrera, L., 1981; Cavelier de
Ferrero et alii, op. cit.).
La presencia de suelos negros y pardos cerca a viviendas en
la cuenca amazónica riñe con la costumbre generalizada de gran parte de las tribus del
sector, de mantener completamente limpio el entorno doméstico, para controlar entre otros
perjuicios el acceso de comejenes que destruyen las maderas de las habitaciones (Patiño,
1965-1966, 123-125).
De todo lo anterior
resulta que cuando el hombre apareció sobre la Tierra, el suelo ya estaba formado y
produciendo los granos, las semillas y los frutos que dieron origen a las plantas de
cultivo. El suelo es más antiguo que el hombre.
Capítulo V
ESPACIO Y PAISAJE
Concepto
Espacio. Lo define así una lingüista:
Magnitud en que están contenidos todos los cuerpos que existen al mismo tiempo y en
la que se miden esos cuerpos y la separación entre ellos. Viene del latín spatium: campo para correr y entre sus
afines está ámbito (Moliner, 1986,I, 1196). Es
un fragmento de la biosfera o toda ella, y comprende en el espacio político la extensión
y la posición. Se refiere generalmente al terrestre, que se puede encuadrar en
coordenadas geográficas (Rouge, 1947, 55; 47).
Paisaje
viene
del latín pagus,
pueblo, aldea, distrito, comarca pequeña, pero en castellano data solamente
de 1708, tomado del francés paysage (Corominas,
1985, IV, ME-RE, 338-339).
En efecto, la noción de paisaje empezó a tomar cuerpo con
Rousseau y su seguidor Bernardino de Saint Pierre, pero sólo se impuso en la literatura
durante el siglo XIX (Azorín, 1942, 7, 14).
A propósito del espacio, el
conocimiento abstracto de éste existiría en los animales superiores para casos simples;
pero sólo los chimpancés tendrían inteligencia suficiente para calcularlo
(Hachet-Souplet, 1912,272). Se ha hablado de la personalidad de las regiones (Vagaggini,
1978, 12). El concepto del espacio se apoya en la experiencia, la más elemental por la
vista y el tacto. Los niños progresan automáticamente percibiendo características
topológicas de los objetos, como proximidad, separación, orden, delimitación y
continuidad, mediante percepciones que contienen relaciones prospéticas y proyectivas.
Este concepto ha cambiado desde la antigüedad. El típico usado por los geógrafos es el
de la latitud y la longitud. Lo que no puede ser cartografiado no puede ser descrito
(Harvey: Vagaggini, 1978, 28-78).
Es probable que distintos grupos culturales se representen
de distinta manera las relaciones espaciales (Harvey: Vagaggini, 1978, 83-91), y aun los
individuos (Yi-Fu Tuan: Vagaggini, op. cit., 92-130).
La personalidad del lugar se compone de propiedades naturales (estructura física del
suelo) y de las modificaciones producidas por sucesivas generaciones humanas (ibíd.,
117). La prosperidad material del hombre siempre ha estado asociada con la alteración del
paisaje (Harris, Ch. D.:Thomas, 1960, 885).
La división del espacio en
paisajes o unidades fisionómicas compartiría tres niveles: 1º. Medio
físico, con datos climáticos y edáficos, plantas y animales. 2º. Niveles tróficos
diferentes, concurrencia entre individuos y especies, parasitismo, comensalismo; 3º.
El hombre, que vive de plantas y animales,
explota minerales, altera paisajes; su acción depende de sus conocimientos técnicos y de
su organización socioeconómica (Tricart, 1972, 116-117, citando a G. Bertrand).
Para los fines prácticos, el
juego social se manifiesta del individuo al grupo o entre grupos, según relaciones
llamadas tensiones, oposición, lucha, o bien solidaridad, colaboración, compromiso. La
apropiación de los medios de producción se traduce mediante la apropiación material del
espacio (Frémont:
Vagaggini, op. cit., 181-190).
Geomorfología
El espacio terrestre se
manifiesta en aspectos o accidentes cuyo estudio compete a la Geomorfología, parte de la
geografía que estudia el relieve y su evolución y los procesos del modelado terráqueo
(Derruau, 1970) y que comprende la orografía, la hidrografía, y otras ramas de la
Corografía y de allí sus relaciones con el espacio y con el paisaje.
En efecto, afectan de forma distinta a la percepción
humana las masas líquidas que las terrestres; entre aquéllas las aguas lénticas y las
cascadas o cachoeiras; entre éstas las llanuras y las montañas, todas con una gran
variedad y cada una con su propia personalidad.
Toponomástica
Lo relativo a los nombres de los lugares no es una
cuestión de poco momento.
La tendencia de los pueblos
dominadores de cambiar arbitrariamente los nombres de los lugares no es nueva. Ya la
practicaron los pueblos de la antigüedad (Sédillot, 1961, 118). Los españoles no fueron
la excepción (Sandoval, 1955, I, 162-163). Así
se le ordenó a Pedrarias en 1513, que impusiera nombres a los lugares en Castilla del Oro
(Serrano y Sanz, 1918, 280), y esto desesperó a varios geógrafos y cronistas, por los
errores a que conducía la aplicación de nombres postizos a regiones o accidentes
geográficos que tenían los suyos indígenas. El 1º de junio de 1533 en Calamarí
nombró Pedro de Heredia regidores y mandó que el nuevo asiento se llamase Cartagena,
nombre disparatado (Oviedo y Valdés, 1959, III, 160). Este cronista, pese a ser poco
inclinado a aceptar las culturas americanas, se expresó contra los nombres geográficos
acomodaticios (ibíd., 1959,II,252; 334; III,300-301; V, 8). A propósito de Tocuyo, al
cual no se le cambió el nombre, se hacen consideraciones sobre esto (Aguado, 1918, I,
343;1957, III, 233; Baralt y Díaz, 1939, I, 187). Los topónimos constituyen la primera
etapa en la toma de posesión (Acosta Saignes, 1955, I, 10-13).
Muchas ciudades, pueblos y
lugares en América llevan nombres españoles, generalmente porque sus conquistadores o
fundadores quedan conservar el recuerdo de sus patrias. Tales Santafé, Monserrate y
Guadalupe, en Bogotá; Talamanca en Costa Rica, que hay uno en Manresa y otro en Madrid;
Menchique (Monchique) del Algarbe portugués, un cerro en el departamento del Cauca en el
sector que al tiempo de la conquista se llamaba Chisquío; Puerto Wilches, reminiscencia
de dos lugares españoles que llevan ese nombre (Corominas, 1972, II, 187; I, 56-57, 65).
Villa de Leiva desplazó el nombre indígena Saquenzipa, totalmente olvidado (Cárdenas
Acosta, 1947, 250-251). El valle de Vélez se llamaba Chipatá (Aguado, 1956,I, 335).
Santamarta desplazó los nombres indígenas Saturma y Durcino (Alvarez Rubiano, 1944, 83).
Málaga era Tequia.
Un autor habla de la hipocresía de los conquistadores
españoles consistente en poner nombres de santos a lugares (Mier: Gerbi, 1978, 340-341),
por ser descubiertos en días que el calendario católico atribuía a determinado santo,
santa o devoción.
Otra manera de deturpación consistió en conservar nombres
indígenas pero alterando su ortografía (Garcilaso, 1963, II, 11-15). Si algunos han
ganado en eufonía, especialmente con lenguajes de difícil pronunciación como el
náhuatl y el chibcha, no siempre ha ocurrido así.
Pero esto no sólo operó con
los españoles, sino con indígenas que hablaban lenguas generales. Según Teodoro
Sampaio, la ola de mamelucos que invadieron el interior del Brasil impuso nombres tupís a
los sitios donde llegaban, y así se quedaban (Ribeiro, Berta, 1987, 147). Lo mismo
ocurrió con el quechua, que después de la dominación española fue adoptado como
instrumento de evangelización muy al norte y al oriente del área primitivamente ocupada
por los incas peruanos (Jaramillo Alvarado, 1925,I, 25-27). Esto es notorio en el
occidente de Colombia, el alto Magdalena, el alto Caquetá y el alto Putumayo, para no
hablar del oriente ecuatoriano y peruano, donde los nombres quechuas fueron difundidos por
los misioneros católicos.
Algunas tribus ponían a
otras nombres que han perdurado (Hernández Rodríguez, 1975, 95). Los colimas que quiere decir matador
cruelfueron llamados así por sus vecinos panches; pero ellos mismos se denominaban
tapazes, cosa hecha de piedra ardiente o encendida (RGNG, 250).
Un investigador caucano recogió unos 104 nombres de
lugares con duplicaciones, derivados de plantas (Yepes Agredo,1946, 28-29).
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