La tierra en la América Equinoccial
Víctor Manuel Patiño
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¿Qué se considera suelo?

Aunque aluviones de ciertos valles y terrenos planos pueden tener veinte pies de espesor (casi siete metros), se acostumbra calcular como suelo lo que el arado (donde se usa) profundiza, o sea nueve pulgadas en promedio, y un buen suelo puede tener tres pies de espesor (Fox, 1951, 35-36). Esto aun sería excelente en regiones montañosas ecuatoriales, donde el suelo no excede de 30 cm, si es que ya no se laboree el propio subsuelo, como acontece en muchos casos.  

Suelos tropicales

Por regla general, la fertilidad inherente de la mayor parte de los suelos tropicales es baja (Moormann: NAS-NRC, 1972, 45; Gourou, 1969, 38-39).

En las regiones ecuatoriales andinas los suelos andosoles o volcánicos —conocidos en Centroamérica como tepetates— tienen importancia por su fertilidad y en ellos domina el material básico (Mohr et alii, 1972, 444).

Se cree que las altas temperaturas favorecen la formación de laterita, muy común en climas tropicales. En varias de estas regiones el calor del suelo hasta 1.10 m de profundidad, excede al de la atmósfera en unos 340 C, aumentando la diferencia con la densidad de la vegetación. Durante las quemas, tan frecuentes y casi imperativas en el sistema de agricultura itinerante común en toda la América intertropical, la temperatura de la superficie puede subir a 500ºC, pero a los 5 cm de profundidad el suelo es poco afectado (Kalpagé, 1976, 30, 84, 85).

La materia orgánica en suelos tropicales por año puede ser de 8.500 a 12.000 kg/ha; pero sin transformación biológica tiene poco, si algún efecto en la estructura del suelo (ibíd., 110, 119). El abono verde es de efecto moderado, más ventajoso en suelos pobres que en los fértiles (ibíd., 152). A diferencia de los abonos verdes, el mantillo (mulch) de yerbas, bagazo u hojarasca, no compite con el cultivo principal por humedad y nutrientes (ibíd., 177).

En los trópicos húmedos la formación de los suelos es continua (Buringh, 1968, 13). En los verdaderos suelos tropicales la diferencia entre el promedio de temperatura en verano e invierno, a 50 cm de profundidad, es de menos de C; en los subtrópicos llega de 10 a 15ºC (ibíd., 17).

Las plantas tropicales están adaptadas a suelos ácidos. Los suelos tropicales no responden a los abonos lo mismo que los de zonas templadas (Gourou, 1969, 22, 221).

Suelos orgánicos

 

Se consideran tales los que contienen desde 20 hasta 90-95% de materia orgánica, reservándose la denominación de minerales a los que tienen menos de 20% de materia orgánica. Aquellos pueden ser de dos categorías: 1. Los formados por causas naturales; 2. Los que resultan de la actividad humana.

 

1.  Suelos orgánicos naturales

 

Están constituidos por deposiciones de diversas clases de materia orgánica a lo largo de siglos, en presencia de agua léntica o estancada. Se conocen con el nombre de turbosos, por ser la turba el principal componente. Según el elemento predominante que la haya formado, se distingue en leñosa, fibrosa, musgosa, sedimentaria y coluvial, con los subórdenes tolist, fibrist, hemist y saprist. Son residuos vegetales más bien humificados que oxidados (López Hoyos et al., 1978, 39, 54, 11).

Son más comunes en el hemisferio norte, sobre todo en Europa, donde se suelen preparar mediante el fuego y se utilizan de preferencia para sembrar plantas forrajeras como el alforfón, la poligonácea Fagopyron sagittatum, por varios años; revierten a la condición original después de los 25 años o más (Sigaut, 1975, 126). No faltan en la América ecuatorial, y en Colombia se han localizado desde el nivel del mar hasta las grandes alturas andinas (López Hoyos et al., 1978, 85, 86-109, 110-142... hasta 161).

 

2.   Suelos orgánicos por agencia humana o antrosoles

 

Se les ha llamado antrópicos cuando la actividad humana para formarlos no ha sido intencional, y antropogénicos en el caso contrario (Eidt, 1984; Cavelier de Ferrero et alii, 1990, 83-84). Mientras no se establezca que las comunidades o grupos ocupantes tenían una organización sociopolítica suficientemente compleja para asegurar un trabajo colectivo de la envergadura que reviste la formación de suelos negros o pardos por agencia humana, la diferenciación en esas dos categorías quizá no pueda mantenerse.

Desde principios del siglo XX se observaron en algunas partes de la cuenca amazónica suelos negros o pardos que se atribuyeron a actividad humana (Nimuendajú, 1949, 103-104). Gradualmente se han ido encontrando en una gran extensión a ambas riberas del gran río y algunos de sus tributarios (Andrade Pérez, 1983, mapa, 22-23). También se han adelantado estudios arqueológicos, palinológicos y químicos sobre ellos. Aparece bien definida la asociación de esos suelos con relictos de viviendas humanas, restos de cerámica y lítica, y evidencias de que no sólo desechos de cocina y otras actividades caseras son detectables, sino también la incorporación —que hay que considerar intencional— de limos extraídos de cursos de agua. Se les ha atribuido una antigüedad dentro del primer milenio de la era cristiana (Herrera, L., 1981; Cavelier de Ferrero et alii, op. cit.).

La presencia de suelos negros y pardos cerca a viviendas en la cuenca amazónica riñe con la costumbre generalizada de gran parte de las tribus del sector, de mantener completamente limpio el entorno doméstico, para controlar entre otros perjuicios el acceso de comejenes que destruyen las maderas de las habitaciones (Patiño, 1965-1966, 123-125).

 De todo lo anterior resulta que cuando el hombre apareció sobre la Tierra, el suelo ya estaba formado y produciendo los granos, las semillas y los frutos que dieron origen a las plantas de cultivo. El suelo es más antiguo que el hombre.

 

 

Capítulo V

ESPACIO Y PAISAJE

 

Concepto

 

Espacio. Lo define así una lingüista: “Magnitud en que están contenidos todos los cuerpos que existen al mismo tiempo y en la que se miden esos cuerpos y la separación entre ellos”. Viene del latín spatium: “campo para correr” y entre sus afines está ámbito (Moliner, 1986,I, 1196). Es un fragmento de la biosfera o toda ella, y comprende en el espacio político la extensión y la posición. Se refiere generalmente al terrestre, que se puede encuadrar en coordenadas geográficas (Rouge, 1947, 55; 47).

Paisaje viene del latín pagus, “pueblo, aldea, distrito, comarca pequeña”, pero en castellano data solamente de 1708, tomado del francés paysage (Corominas, 1985, IV, ME-RE, 338-339).

En efecto, la noción de paisaje empezó a tomar cuerpo con Rousseau y su seguidor Bernardino de Saint Pierre, pero sólo se impuso en la literatura durante el siglo XIX (Azorín, 1942, 7, 14).

A propósito del espacio, el conocimiento abstracto de éste existiría en los animales superiores para casos simples; pero sólo los chimpancés tendrían inteligencia suficiente para calcularlo (Hachet-Souplet, 1912,272). Se ha hablado de la personalidad de las regiones (Vagaggini, 1978, 12). El concepto del espacio se apoya en la experiencia, la más elemental por la vista y el tacto. Los niños progresan automáticamente percibiendo características topológicas de los objetos, como proximidad, separación, orden, delimitación y continuidad, mediante percepciones que contienen relaciones prospéticas y proyectivas. Este concepto ha cambiado desde la antigüedad. El típico usado por los geógrafos es el de la latitud y la longitud. Lo que no puede ser cartografiado no puede ser descrito (Harvey: Vagaggini, 1978, 28-78).

Es probable que distintos grupos culturales se representen de distinta manera las relaciones espaciales (Harvey: Vagaggini, 1978, 83-91), y aun los individuos (Yi-Fu Tuan: Vagaggini, op. cit., 92-130). La personalidad del lugar se compone de propiedades naturales (estructura física del suelo) y de las modificaciones producidas por sucesivas generaciones humanas (ibíd., 117). La prosperidad material del hombre siempre ha estado asociada con la alteración del paisaje (Harris, Ch. D.:Thomas, 1960, 885).

La división del espacio en “paisajes” o unidades fisionómicas compartiría tres niveles: 1º. Medio físico, con datos climáticos y edáficos, plantas y animales. 2º. Niveles tróficos diferentes, concurrencia entre individuos y especies, parasitismo, comensalismo; 3º. El hombre, que vive de plantas y animales, explota minerales, altera paisajes; su acción depende de sus conocimientos técnicos y de su organización socioeconómica (Tricart, 1972, 116-117, citando a G. Bertrand).

Para los fines prácticos, el juego social se manifiesta del individuo al grupo o entre grupos, según relaciones llamadas tensiones, oposición, lucha, o bien solidaridad, colaboración, compromiso. La apropiación de los medios de producción se traduce mediante la apropiación material del espacio (Frémont: Vagaggini, op. cit., 181-190).

Geomorfología

 

El espacio terrestre se manifiesta en aspectos o accidentes cuyo estudio compete a la Geomorfología, parte de la geografía que estudia el relieve y su evolución y los procesos del modelado terráqueo (Derruau, 1970) y que comprende la orografía, la hidrografía, y otras ramas de la Corografía y de allí sus relaciones con el espacio y con el paisaje.

En efecto, afectan de forma distinta a la percepción humana las masas líquidas que las terrestres; entre aquéllas las aguas lénticas y las cascadas o cachoeiras; entre éstas las llanuras y las montañas, todas con una gran variedad y cada una con su propia ‘‘personalidad’’.

 

Toponomástica

 

Lo relativo a los nombres de los lugares no es una cuestión de poco momento.

La tendencia de los pueblos dominadores de cambiar arbitrariamente los nombres de los lugares no es nueva. Ya la practicaron los pueblos de la antigüedad (Sédillot, 1961, 118). Los españoles no fueron la excepción (Sandoval, 1955, I, 162-163). Así se le ordenó a Pedrarias en 1513, que impusiera nombres a los lugares en Castilla del Oro (Serrano y Sanz, 1918, 280), y esto desesperó a varios geógrafos y cronistas, por los errores a que conducía la aplicación de nombres postizos a regiones o accidentes geográficos que tenían los suyos indígenas. El 1º de junio de 1533 en Calamarí nombró Pedro de Heredia regidores y mandó que el nuevo asiento se llamase Cartagena, nombre disparatado (Oviedo y Valdés, 1959, III, 160). Este cronista, pese a ser poco inclinado a aceptar las culturas americanas, se expresó contra los nombres geográficos acomodaticios (ibíd., 1959,II,252; 334; III,300-301; V, 8). A propósito de Tocuyo, al cual no se le cambió el nombre, se hacen consideraciones sobre esto (Aguado, 1918, I, 343;1957, III, 233; Baralt y Díaz, 1939, I, 187). Los topónimos constituyen la primera etapa en la toma de posesión (Acosta Saignes, 1955, I, 10-13).

Muchas ciudades, pueblos y lugares en América llevan nombres españoles, generalmente porque sus conquistadores o fundadores quedan conservar el recuerdo de sus patrias. Tales Santafé, Monserrate y Guadalupe, en Bogotá; Talamanca en Costa Rica, que hay uno en Manresa y otro en Madrid; Menchique (Monchique) del Algarbe portugués, un cerro en el departamento del Cauca en el sector que al tiempo de la conquista se llamaba Chisquío; Puerto Wilches, reminiscencia de dos lugares españoles que llevan ese nombre (Corominas, 1972, II, 187; I, 56-57, 65). Villa de Leiva desplazó el nombre indígena Saquenzipa, totalmente olvidado (Cárdenas Acosta, 1947, 250-251). El valle de Vélez se llamaba Chipatá (Aguado, 1956,I, 335). Santamarta desplazó los nombres indígenas Saturma y Durcino (Alvarez Rubiano, 1944, 83). Málaga era Tequia.

Un autor habla de la hipocresía de los conquistadores españoles consistente en poner nombres de santos a lugares (Mier: Gerbi, 1978, 340-341), por ser descubiertos en días que el calendario católico atribuía a determinado santo, santa o devoción.

Otra manera de deturpación consistió en conservar nombres indígenas pero alterando su ortografía (Garcilaso, 1963, II, 11-15). Si algunos han ganado en eufonía, especialmente con lenguajes de difícil pronunciación como el náhuatl y el chibcha, no siempre ha ocurrido así.

Pero esto no sólo operó con los españoles, sino con indígenas que hablaban lenguas generales. Según Teodoro Sampaio, la ola de mamelucos que invadieron el interior del Brasil impuso nombres tupís a los sitios donde llegaban, y así se quedaban (Ribeiro, Berta, 1987, 147). Lo mismo ocurrió con el quechua, que después de la dominación española fue adoptado como instrumento de evangelización muy al norte y al oriente del área primitivamente ocupada por los incas peruanos (Jaramillo Alvarado, 1925,I, 25-27). Esto es notorio en el occidente de Colombia, el alto Magdalena, el alto Caquetá y el alto Putumayo, para no hablar del oriente ecuatoriano y peruano, donde los nombres quechuas fueron difundidos por los misioneros católicos.

Algunas tribus ponían a otras nombres que han perdurado (Hernández Rodríguez, 1975, 95). Los colimas —que quiere decir matador cruel—fueron llamados así por sus vecinos panches; pero ellos mismos se denominaban tapazes, “cosa hecha de piedra ardiente o encendida” (RGNG, 250).

Un investigador caucano recogió unos 104 nombres de lugares con duplicaciones, derivados de plantas (Yepes Agredo,1946, 28-29).

 

 

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