La tierra en la América Equinoccial
Víctor Manuel Patiño
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LIBRO SEGUNDO

LA TIERRA COMO PATRIMONIO

 

  Capítulo VII

TERRITORIALIDAD Y DOMINANCIA

 

Estos dos conceptos andan de la mano, si la territorialidad consiste en la apropiación y dominación de un espacio; el territorio es un área distinguible por su dueño y defendida por él. Ambos fenómenos se han registrado en los animales, aun los más inferiores.

 

Territorialidad

No necesariamente el territorio es una superficie de terreno más o menos vasta, sino que puede limitarse a la red de vías que el animal usa en sus desplazamientos. Estos mismos obedecen a una serie de pautas de conducta, que permiten al animal una vez llegado a los límites de su territorio, regresar por sus pasos contados al nido o albergue permanente o estacionario o al sitio de reproducción (arena). Animales migratorios que regresan al hogar a veces a través de distancias de miles de kilómetros, son algunos insectos, peces, tortugas marinas, ballenas, focas, aves y murciélagos.

Existe la incompatibilidad de dos especies vivientes distintas en la misma ubicación territorial. Los peces y reptiles demarcan óptimamente sus territorios; las aves, así óptica como acústicamente; los prosimios y algunos monos del Nuevo Mundo, predominantemente en forma olfativa (García —y García—, 1976, 34-35).

Los monos aulladores tanto usan la voz con radio de casi dos kilómetros, como con la orina, y con ésta demarcan los lobos y otros carnívoros; algunos simios con los excrementos.

En el hombre la territorialidad, según el zoólogo Hediger, sería el primer capítulo de la historia de la propiedad. Es el único animal que puede cambiar intencionalmente su ambiente. El proceso de incorporar el espacio y los objetos que contiene ha ayudado al hombre a dominar la tierra. Un psiquiatra halla analogías entre la defensa territorial por el animal y los mecanismos de defensa del ego en la terminología sicoanalítica (Es ser, 1971, 1-8). Según Williams, los introvertidos necesitan un territorio corporal más amplio que los extrovertidos (García—y García— 1976, 135).

El lazo entre el hombre y el suelo es más poderoso que el que tiene con la mujer con quien duerme. ¿Cuántos hombres murieron por su país y cuántos por una mujer? El patriotismo es una demostración de territorialidad (Ardrey, 1966, 6-7, 232).

Cuando el territorio se satura y la población animal o humana, llega a límites intolerables, se generan varios mecanismos para permitir la convivencia pacífica. Los roedores en tales casos rechazan a los intrusos y obligan a los jóvenes a emigrar (Cohen, 1975, 12).

Cuando las bandas humanas primitivas saturaron el espacio, aumentó la mortalidad fratricida entre grupos y el infanticidio dentro del grupo (Calhoun: Esser, 1971, 329-387; 358).

La emigración es, sin embargo, el mecanismo más ordinario, y puede ser voluntaria o coercitiva (véase capítulo VIII).

 

Dominancia

Existen jerarquías entre los animales. En las aves esto se manifiesta en la orden del picoteo. El dominio se ejercita contra individuos de la misma especie; las otras son toleradas por no considerarse rivales (Carthy, 1970, 50-51, 71). La agresividad disminuye también en la periferia del territorio (Fichtelius et al., 1972, 167).

El despliegue agresivo en los animales raras veces llega al ataque efectivo; es sólo para impresionar. Los rapaces generalmente atacan a los animales más débiles, en un tácito respeto por la territorialidad (Meyerriecks 1972, 145). Los animales más fuertes mantienen mayores distancias con los otros a su alrededor (Ley Hausen: Esser, 1971, 23).

El derecho de propiedad territorial es en las bestias el del primer ocupante y va hasta los límites materiales que el individuo o la comunidad pueden defender: hay relación entre la fuerza muscular de los animales y las dimensiones del territorio que poseen (Hachet-Souplet, 1912, 258).

Los machos adolescentes, los débiles viejos son rechazados fuera del territorio del macho dominante, y quedan relegados a vivir en grupos pequeños o a solas en la periferia del territorio de aquél (Dobzhansky, 1962, 198).

La dominancia también se ha conocido en la historia humana, que no es sino un rosario de episodios de apropiación y predominio  de unos grupos, etnias o pueblos sobre otros. Este hecho está consagrado en el dicho popular: “El que tiene más saliva traga más hojaldre”. En América indígena los caribes se distinguieron por esa tendencia dominadora, hasta que una etnia más poderosa los sojuzgó a su vez.

 

Capítulo VIII

ECÚMENE

 

Definición y concepto

Ecúmene es la tierra habitada por el hombre, o sea el ámbito geográfico hasta donde éste ha llegado y persistido. La palabra viene del griego oikos, casa, la misma raíz del nombre economía, “el manejo de la casa”. Para que un lugar sea habitado se requieren agua, tierra cultivable, bosque y seguridad (Money, 1972, 1). La competencia por comida, abrigo, pareja o recursos puede traer ajustes a la población. Sobrevivir significa éxito en dejar descendencia (Meyerriecks, 1972, 15; 27-29).

Los especialistas han creado varios matices, como el subecúmene, área formada por tierras con densidad de población menor a un habitante por kilómetro cuadrado, o las de ocupación periódica o estacional, como la tundra, la alta montaña, las selvas pluviales y las estepas secas. El antiecúmene es el desierto (Guhl, 1991, 301-302).

Pese a esa afirmación, el Almirante descubridor durante su permanencia de varios días en 1502 en las costas de Veraguas, comprobó que era tierra muy cultivada y poblada (Colón, H., 1947,286). Ceracuna(Urabá) lo era igualmente antes de la llegada de Pedrarias.

En las selvas pluviales del Chocó, los indígenas de su nombre lograron crear un ecúmene, hecho señalado desde el arribo de los españoles. Así lo indican los relatos de las primeras exploraciones hechas por Pascual de Andagoya, Francisco Pizarro y Diego de Almagro por la costa colombiana y ecuatoriana del Pacífico, en los cuales se señala la presencia del hombre ya asentado allí. “...tierra montusa, siempre empantanada por las continuas aguas y que parece la mira de mala gana el sol, según siempre está sombría, defensas todas a que sea habitada de mucha gente que le desvuelva sus entrañas buscándole las muchas venas de oro que oculta en ellas; con todo eso la muchedumbre de naturales que se fue acrecentando en sus principios por allí, abrió caminos y dispuso estalajes a la vivienda humana para que la habitasen, como en especial la cultivaban y gozaban de sus ricas venas los indios chocoes convencidos a los cirambiraes y noanamaes” (Simón, 1953, VI, 212).

 

Hábitat natural y hábitat artificial

Existe un hábitat natural y uno artificial. Este último es el que resulta de la acción del hombre sobre las fuerzas prístinas de la naturaleza, especialmente cuando la acción es persistente y conlleva cambios en el ambiente y por reflujo en el hombre mismo. El hábitat artificial no siempre se convierte en ecúmene, porque varias causas pueden retraer al hombre de ocupar de seguido un área dada, por ejemplo la insalubridad, tema que se estudiará aparte.

El ecúmene en la parte ecuatorial americana empieza al nivel del mar, testigos los pueblos hallados en la época de la conquista en todas las costas y en tierras bajas. En la porción occidental acordonada por la cordillera Andina, el ecúmene sube en líneas generales hasta los cuatro kilómetros. Aunque algunos sectores cordilleranos exceden ese tope, el hombre suspendió su asentamiento a ciertas alturas más moderadas. En el Ecuador interandino, o sea poco al norte y al sur de la línea equinoccial, no había viviendas arriba de los 3.700 metros y las más iban desde allí hasta los 2.000 en las altiplanicies, en fajas con una anchura entre 20 y 50 km (Larraín Barros —1980—, 198; 205). De 310 poblaciones serranas, 267 están entre 2.000 y3 .500 m, la mayor proporción entre 2.500- 3.000 (García, Ant. 1939, 139). Más al sur en la puna propia, la ocupación subió hasta los 4.000 metros yen algunos lugares hasta poco abajo de las nieves perpetuas, que grosso modo están hacia los 4.700 metros. Allí la rarefacción del aire y los recursos biológicos más limitados en comparación con los de menores alturas, hacen la vida humana más difícil. Potosí a 3.960 m es ejemplo de una comunidad urbana que ha perdurado a través de cuatro siglos largos.

 

Climas propicios e impropicios. Geografía sanitaria

Cuando llegaron los europeos, América estaba poblada aun en climas y condiciones que actualmente se consideran desfavorables, como los de tierra caliente. Basta recordar cómo todo el curso del Magdalena desde arriba de Gua-   cacallo o Timaná hasta casi la desembocadura, en un ambiente de selva de galería, tenía habitantes. Cuando Ambrosio Alfínger llegó a Tamalameque donde permaneció varios meses en 1532, comprobó que era lugar sano, donde se criaban muchos niños (Oviedo y Valdés, 1959,III, 12; Nectario María, 1959, 498). Lo mismo el Amazonas y el Orinoco cuando fueron visitados primero, para no hablar sino de los ríos más grandes, aunque muchos grupos humanos han preferido los ríos pequeños y las quebradas para establecerse.

El geógrafo colonial Padre Acosta, cuando ya habían transcurrido tres cuartos de siglo de la presencia española, se expresa así: “La tierra baja es la que es costa de mar, que en todas las Indias se halla, y ésta de ordinario es muy húmeda y caliente, y asi es menos sana y menos poblada al presente. Bien que hubo antiguamente grandes poblaciones de indios, como de las historias de la Nueva España y del Perú consta, porque como les era natural aquella región a los que en ella nacían y se criaban, conservábanse bien” (Acosta, 1954, 78).

No es que los amerindios hubieran estado del todo libres de enfermedades, pues el hombre de todas las épocas las ha tenido. Hay constancia de una gran epidemia del llamado cocolitztli, sobre cuya identidad no se ponen de acuerdo los autores, en el Méjico precortesiano (Molina, 1944, 23 y ; Robelo, s. f., 362-363, 372). Los incas peruanos presidían las ceremonias del Coyaraymi, la fiesta del décimo mes, que se celebraba para ahuyentar las enfermedades, ceremonias que incluían la ofrenda de mazamorra de maíz molido que llamaban sanco o sango (Cobo, 1895,1V, 116). Era temida por éstos la enfermedad de los Andes productores de coca, o sea la leishmaniasis.

¿Cuándo se rompió el equilibrio de la salubridad americana? No siempre a medida que el hombre blanco fue penetrando de las costas al interior del continente. El panorama es muy confuso y en las actuales condiciones, casi imposible indicar en cada sitio cuáles fueron las causas del cambio.

En cuanto a los españoles, puede decirse que las primeras enfermedades que dieron cuenta de varias docenas de hombres no fueron debidas al clima, sino a otras causas. De los 2.500 que vinieron con Ovando en 1501-1502, murieron más de mil en las primeras semanas, de fiebres y otras enfermedades no especificadas, al ir a recoger oro en las quebradas y ríos de Santo Domingo sin saber ni tomar precauciones (Moya Pons, 1987, 33-34).

Al desembarcar Pedrarias en Santa María del Darién en junio de 1514, a poco perecieron de los 2.000 recién llegados unos 700 hombres de lo que se llamó modorra, “que unos no podían curar a otros” (Andagoya: Cuervo, 1892,11, 80-8 1). Un médico se inclina por la salmonelosis, a causa de ir corrompidas las harinas y otros alimentos (Figueroa Marroquín, 1957, 20).

Están mejor averiguadas las causas de las primeras muertes masivas de indios durante la dominación española en Santo Domingo. Una gran epidemia de viruela en 1519 diezmó los 30 pueblos organizados por los jerónimos; en diciembre y enero casi pereció una tercera parte. Aquí el error político-administrativo de concentrar los indios en pueblos sin los requisitos adecuados debió ser causa predisponente, y es casi seguro que si los indios hubieran vivido como antes dispersos, la mortandad no habría sido tan grande. En Puerto Rico ocurrió casi simultáneamente lo mismo, pero pocos españoles fueron afectados (Moya Pons, 1987, 161). Dos años después también la viruela, o alguna otra enfermedad viral afín, barrió con millares de indios en Méjico, y en este caso se admite por la generalidad de los historiadores que el vector fue un negro vaholoso de los que iban con Pánfilo de Narváez. Ello es que por la viruela se despoblaron las islas de Puerto Rico y Jamaica (Oviedo y Valdés, 1959, II, 116; 184). Una revisión más detallada sobre epidemias con los datos disponibles hasta entonces se hizo en otra oportunidad (Patiño, 1972, 223-291).

A medida que pasaba el tiempo, regiones que antes fueron sanas adquieren fama de enfermas. Es aconsejable indicar este aspecto cronológico en las fuentes consultadas, pero la mayoría de los que registran este hecho datan de la segunda mitad del siglo XVI.

Malsanos por excepción eran Nombre de Dios, Panamá, Veraguas, Tabasco y Guacacualco (Casas, 1909, 52). Como todas estas localidades estuvieron habitadas en la época prehispánica, no se volvieron impropicias para la vida solamente a causa del clima. Un conocedor es terminante: “Aquella tierra —Veraguas— es áspera en la mayor parte de la provincia, e muy arbolada, e publícanla por enferma los que escaparon de aquellos que fueron con Felipe Gutiérrez; y no me maravillo, porque como dice aquel proverbio antiguo de los vulgares: ‘Cada uno dice de la feria como le va en ella’. Pero yo hallo que la mayor enfermedad de Veraguas es no entender los que allá han ido la forma que se había de tener en la población y pacificación de la tierra. Otras ha habido tan trabajosas e más, y se han poblado” (Oviedo y Valdés, 1959, III, 203).

Una de las causas de la real o presunta morbosidad de la mayoría de las tierras calientes americanas se debió sin duda a la mayor difusión en ella de mosquitos y zancudos que devinieron huéspedes y transmisores de enfermedades introducidas, como las distintas malarias y la fiebre amarilla selvática. De las varias docenas de mosquitos anofelinos, sólo unos pocos son transmisores. Los indígenas mismos usaban en algunas regiones toldos para protegerse, por lo menos durante la noche. A esto deben agregarse los parásitos vectores de varias enfermedades, introducidos por españoles y portugueses colonizadores. Y no se hable de las ratas y ratones del Viejo Mundo.

Ello es que ya a partir de la segunda mitad del siglo XVI, cuando se conocieron y experimentaron mejor las tierras altas cordilleranas de Méjico, Centro América ylos Andes, se comprobó que eran más salubres. No indican la causa los autores contemporáneos y parecen atribuirlo sólo a la altura. En las ordenanzas de 1573 sobre población se recomienda que el temperamento sea medio y si tiene que declinar, es mejor que sea a frío (Ots Capdequí, 1946, SD, 49; Aguado, 1918, I, 82; López de Velasco, 1894, 11-12; 359).

En el área de este estudio, las primeras tierras con esas características fueron la parte alta de la Sierra Nevada de Santa Marta (1525-1530), la del Perú (1531), Ecuador (1534), región cundiboyacense (1539) y Sierra de Mérida (1550). He aquí algunos ejemplos.  

Costa Rica

  Según la descripción de Costa Rica de Estrada Rávago en 1572, las sierras en Indias son más apacibles y sanas para la conservación de la vida humana, por experiencia de los indios (Fernández, 1883, III, 2).

Perú

  La bondad del clima en el Perú, en general, hace que los indios vivan sin enfermedades (Córdova Salinas, 1651, 6).

Ecuador

  No hay en el mundo región más templada y apacible que debajo de la línea equinoccial; su bondad para mantener la salud esproverbial [Acosta, 1954,47; 52; Espada, 1881,I,20; Albenino, 1959 (1960), 460].

Nuevo Reino

  Según los oficiales reales que acompañaron a Jiménez de Quesada, la meseta cundiboyacense era tierra sana, hasta el punto que en dos años después del arribo ningún español había enfermado, lo que se confirma en el Epítome (Friede —1960-, NR, 196; 265):

Templanza tan a gusto y a medida que da más largos años a la vida

(Castellanos, 1955,I,62; Simón, 1963,I, 120; Pérez de Barradas, 1950, I, 354-356; 365).

 

Pamplona  

“Es este valle tan fértil y apacible, que por el muy templado temple que tiene se dan en él naranjos e higueras, cañas y guayabas y muy buen trigo”; aunque el llamado páramo era frío (Aguado, 1956, I, 465, 466).

 

Sierra Mérida  

El tercero y definitivo establecimiento de la ciudad fue “frontero a la propia Sierra Nevada, en parte muy acomodada y de mejor temple que donde la había asentado el capitán Juan Rodríguez...” (Aguado, 1956-1957, II, 172).

 

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