La tierra en la América Equinoccial
Víctor Manuel Patiño
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Capítulo IX

LA POBLACIÓN

 

América equinoccial es un mosaico de grupos étnicos diferentes, unos convivientes apenas, otros en un proceso de fusión muy adelantado, otros en un proceso de fusión incipiente. A los distintos grados y características diferenciales de cultura se agrega una complejidad de biotipos, que no sólo se superponen en sentido vertical o altitudinal, por la conformación montañosa de una parte del territorio, sino que para cada piso térmico hay diversidad de acuerdo con el clima. Por ejemplo, aunque la costa del Pacífico y la península guajira estén a una altura semejante (nivel del mar a 200 metros, por ejemplo), la primera es lluviosa y húmeda en extremo, poblada por elemento negro en su mayoría, mientras que La Guajira es zona semidesértica, con lluvias escasas y eventuales, y con una población predominantemente de indígenas del grupo arawak. En la primera región son básicas las actividades forestales especialmente extractivas y una agricultura muy limitada por el rigor del clima (lluvias excesivas) que sólo permiten la “siembra tapada”; mientras que la población guajira es de pastores, que cuando el año es bueno suelen sembrar granos a chuzo.

América equinoccial puede considerarse nuclearmente como un área chibcha; pero en sus límites geográficos se presentan intrusiones muy notables de otros grupos evolucionados, tanto del norte como del sur. A la llegada de los europeos, en la región ístmica el elemento mejicano había avanzado por tierra hasta los actuales límites de Costa Rica y Panamá, sin contar con los contactos más antiguos que pudieron haberse presentado vía marítima, como parecen demostrarlo recientes investigaciones de algunos estudiosos venezolanos (Acosta Saignes, 1961, 93-120). Otra influencia mesoamericana sería la mayoide, cuyo punto de penetración más conocido y relativamente mejor estudiado es la costa ecuatoriana.

Por la parte del sur, América equinoccial presenta intrusiones tanto en la porción costera, como en la altoandina y en la amazónica, de sendas influencias culturales de la mayor importancia, pues estaban todas ellas dotadas de un alto grado de cultura material. Son los pueblos chimúes y mochicas costeros, que casi con seguridad han debido dejar algunas huellas de su penetración hacia el norte de los llanos secos del Perú, por lo menos hasta la cuenca del Guayas y en los valles transversales de los Andes occidentales.

En la meseta interandina, la influencia, históricamente conocida, es la de los Incas procedentes del sur, actuante todavía a la llegada de los españoles, y que era más antigua en la parte ecuatoriana al sur de la provincia de Chimborazo (Pérez, 1947,401), mientras que fue incompleta hasta el área de los pastos y quillacingas, y evidentemente precaria entre estas dos agrupaciones. Se ha demostrado que casi todos los elementos de cultura incaica que en la actualidad se encuentran al norte del nudo de los Pastos fueron aportados a partir de la época de la conquista europea.

La tercera ola marginal, ya en la parte amazónica, es la de los Tupí-guaraníes. Se sabe mucho menos de la expansión prehispánica que pudo haber alcanzado esta penetración; quizá, como la incaica, era entonces incipiente y aumentó de ritmo en virtud de la compulsión de los europeos, en este caso los portugueses (Métraux, 1928, 7, 20-34; 290-313).

El grupo caribe-arawak no se considera extraño a la América equinoccial, aun en el caso de que el núcleo original debiera buscarse, como creen algunos autores, al sur del Amazonas.

De todo esto resulta que la América equinoccial no sólo deba considerarse complejamente constituida por la presencia de grupos tan avanzados y en contacto tan estrecho, como los chibchas y los caribe-arawaks, sino que a esto se agregan conexiones marginales con otros grupos de alta cultura, como los mejicanos y mayas del Norte y Mesoamérica, y los chimú-mochicas, incas y tupís del sur de la línea ecuatorial.  

Los aportes de población europea estuvieron representados en el período colonial, de modo sustancial, por los españoles peninsulares. Aunque una estadística completa quizá sería imposible, se han hecho varias tentativas de cuantificar la población española que vino a la América equinoccial, por provincias. Numéricamente predominaron los andaluces, castellanos y extremeños en general en toda el área. La cuota de los vizcaínos, aragoneses, valencianos y catalanes parece haber sido menor.

Pero aun en esto hay una distribución subregional. Por ejemplo, los canarios fueron más numerosos en Venezuela que en cualquiera otra de las provincias ecuatoriales. Del mismo modo, los andaluces, especialmente dedicados al comercio, eran abundantes en Panamá (Peralta, 1883, 529-530; Patiño, 1993, VI, 112).

Los portugueses aunque no muy abundantes en número, se destacaron en varias actividades, tanto durante la Conquista como en la Colonia. Uno, Jerónimo Melo, con Rodrigo Llano fueron los primeros que navegaron Magdalena arriba en 1532. Otro, Antonio Cardozo, el cirujano de la expedición de Jiménez de Quesada hacia el interior, es el probable autor de una de las más detalladas memorias sobre esta hazaña.

La presencia de extranjeros es innegable, a pesar de las prohibiciones sobre el particular. Pero el escaso número de ellos no permite afirmar que hayan dejado herencias culturales diversas de las españolas, entre otras cosas porque los extranjeros que hubieran podido dejarlas, como holandeses, alemanes, ingleses, estaban tachados de herejes y era muy difícil para ellos establecerse en las Indias. De todos modos, no faltan ejemplos.

Durante el siglo XIX, la afluencia de extranjeros fue también muy escasa en las repúblicas ecuatoriales.

El caso de inmigración en masa más importante de europeos a un país ecuatorial americano es el de Venezuela, a partir de 1945-1950. En el curso de los años transcurridos desde entonces han ingresado más extranjeros europeos a Venezuela que los que entraron a toda la región ecuatorial durante tres siglos. Pero el proceso de miscegenación apenas está en marcha, y es muy difícil prever cuáles serán sus tendencias y resultados.

Cuando se hizo la historia de la mano de obra, se dio una indicación preliminar sobre la procedencia y características culturales de los negros africanos introducidos como esclavos (Patiño, 1965-1966, 483-486; ,1993, VIII, 242-256).

La mayor parte de ellos procedía de la costa occidental al Africa al sur de la línea ecuatorial; pero fue sustancial, si no por el número, sí por la calidad, el aporte de los grupos nigerianos y otros del norte del Ecuador.

La población negra predominó en las costas y en los valles calientes, menos en el amazónico y en el orinóquico. Su adaptación a los climas rigurosos ha jugado un gran papel en la reocupación de los valles y costas, de los cuales desapareció la primitiva población indígena. La miscegenación ha sido mayor en unas regiones que en otras. Por ejemplo, en la costa del Pacífico al norte del río Esmeraldas, la población es como el ochenta por ciento negra o mulata; en la costa Atlántica de Colombia y en la de Venezuela, predomina el mulato; en el Valle del Cauca la miscegenación está más avanzada (cuarterón).

Autores de la época republicana han visto con temor la difusión de la raza negra, como un peligro para estos países. Bolívar mismo, en la época en que organizaba la campaña del Perú, quería extraer como combatientes el mayor número posible de negros, para disminuir o paliar los efectos perjudiciales que él creía se derivarían de su excesiva multiplicación. Manuel Pombo arriesga también algunas tímidas opiniones sobre esto, refiriéndose al caso concreto del Valle del Cauca (Pombo, 1936, 101-102). Son más perentorios otros autores (López de Mesa, 1934, 86).

La historia reciente de las convulsiones políticas en Colombia ha demostrado que en las áreas donde el negro o el mulato predominan la violencia política ha sido casi inexistente; muchos casos ocurridos en tales áreas se han debido, no a la gente nativa, sino a la procedente de otros departamentos donde predominan los grupos blancos o mestizos. Esto es particularmente cierto en el Valle del Cauca, donde la violencia política o político-económica ha estado a cargo de gentes procedentes del área de la “civilización de vertiente”. Una estadística de los genocidas y delincuentes comunes o políticos que en los últimos diez años han ocasionado cerca de 200.000 muertos, sería altamente ilustrativa si se organizara de acuerdo con el origen de los actores  1 .

Desde otro punto de vista, la pujanza industrial de ciudades como Barranquilla y Cali, y la capacidad que el negro y el mulato han mostrado para el trabajo en talleres y fábricas, es otro ejemplo que contradice las pesimistas lucubraciones de los autores mencionados atrás.

Los inmigrantes asiáticos no empezaron a llegar a América equinoccial en número apreciable sino en el período republicano. Los hindúes, javaneses y malayos están concentrados en Trinidad y en las Guayanas. Por ejemplo, en Guyana en 1960 la población de poco más de medio millón de habitantes tenía la siguiente composición porcentual: hindúes 48.6; africanos, 33.1; mezclados 11.5; amerindios 4.0; portugueses, 1.3; otros europeos 0.9; chinos, 0.6; éstos con un total de 3.540 y los hindúes con 279.460 (King, 1968,71). Los japoneses, los últimos en llegar a América, se han localizado en el Amazonas brasileño por una parte, y en el Valle del Cauca por la otra. Aquí la miscegenación con la población nativa es apreciable.

Numéricamente, los chinos sólo han tenido importancia en las posesiones guayanesas, y en la costa del Perú. Pero las migraciones de chinos no parecen haber introducido en masa, sino en individuos aislados, nuevos rasgos genéticos o culturales en América ecuatorial.  

Sobre los sirios-libaneses se ha dicho algo antes (Patiño,1993, VIII, 357-371).

 

 

Los degradados como elementos de población  

Aquí también obró mucho la política gubernamental en ciertos casos, para deshacerse de personas de escasos recursos a las que se achacaban ociosidad, robos y otros actos reprobables. Desde luego todos no eran vagamundos, sino que el sistema socioeconómico reinante los había marginado como una consigna.

Recuérdese que ya en los viajes colombinos a raíz del Descubrimiento, se echó mano de condenados para llenar las filas. Un autor brasileño ha llamado la atención de que los degradados y condenados por la Inquisición no provenían del campo, pues si éste no da criminales, menos herejes (Amaral, 1939, I, 180).

Durante el régimen colonial reiteradamente se dictaron disposiciones contra los vagos y ociosos, sin actividad o profesión definidas. Estas medidas eran más bien suasorias y tendían a inducir a los vagamundos a que se redujeran a pueblos o se engancharan a trabajar con familias o con encomenderos; pero a todos, españoles, mestizos e indios, se les procuraba dar asistencia social (Herráez de Escariche, 1949,92-97). Ocurría a veces —sin embargo— que esclavos liberados eran procesados como ociosos y vagos, para justificar su reenganche (Mellafe, 1973, 162-163).

El poblamiento de áreas alejadas de los centros de actividad económica y administrativa se trató de hacer y en algunos casos se hizo con ese tipo de personas. En el recién fundado San Fernando De Atabapo en 1760 había 20 familias de vagos y entretenidos, todos pobres, procedentes de Caracas y Margarita. Por orden de José de Iturriaga, director de la Comisión de Límites con Portugal, se pedía enviar al mencionado San Fernando, vagamundos de Caura, Cucbivero y Paragua en el Orinoco, en refuerzo de la población (Cuervo, 1893, III, 321-322; 341; 343-344).

Este mismo propuso enviar a los Llanos vagamundos de ambos sexos de Santafé, Tunja y Santiago de los Atalayas para poblar en 1759 (ibíd., 399-402). La medida parece que dio resultados, porque en 1805 se decía que malhechores y desarreglados de provincias extrañas iban poblando el Meta (ibíd., 1894, IV, 376).

Conocido es el caso del presidio de Araracuara, ya descontinuado, para la colonización del Caquetá, y del de Acacías, todavía en funciones, para la del Meta.

Muchos maleantes se han convertido en colonos en áreas selváticas. El asunto de la colonización como tal se tratará en el capítulo XXV.

   

Densidad de población  

No terminan las controversias sobre la densidad de la población prehispánica. Mientras algunos autores (Las Casas, etc.) quizá exageraron al principio sobre esto, para exaltar la capacidad española de dominar a pueblos numerosos, el péndulo volvió a mediados del siglo XX a reducir drásticamente el número de los indios. En las dos últimas décadas, sin embargo, se retorna gradualmente la primitiva posición, pues con base en la disminución de los indios encomendados, de las visitas para las retasas y de otros cálculos, se ha comprobado la drástica baja de la población indígena, con punto culminante en la primera mitad del siglo XVII. Quede este tema en suspenso, mientras se produce documentación suficiente y fidedigna.

Se puede decir que el territorio americano estaba poblado  que medianamente en el momento de arribar los europeos, aunque la distribución poblacional no era uniforme en toda la superficie, sino que hubo tendencia a ser más densa en ciertas regiones especialmente favorecidas con recursos naturales, mientras las zonas intermedias permanecían deshabitadas. Esto se puede apreciar en los relatos de los expedicionarios españoles, muchos de los cuales atravesaron durante varios días tramos desiertos, y aun los indios baquianos no acertaban a localizar otras concentraciones que las muy vecinas. De todos modos, esto sólo será resuelto cuando la Arqueología haya producido un mapa ocupacional del territorio. En general, hubo bastante tierra desocupada, casi siempre cubierta de selva (Patiño, 1975-1976).

Para estimar la población total poco sirve tomar como base sólo los indígenas sujetos a tributo o a mita. Como se sabe, ésta absorbía 1/7 de los indios de una comunidad con tierras bajo el mando de un cacique, contando sólo los varones de 18 (en unos casos de 14) años hasta los de 50. Las 6/7 restantes eran teóricamente indios libres.

 

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1 Esto fue escrito en 1972  (regresar1)


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