La tierra en la América Equinoccial
Víctor Manuel Patiño
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La población de la provincia de Caracas en 1800 según una detallada estadística, era como sigue:

Blancos 99.642 25.6%
Indios 47.605 12.2%
Pardos 147.136 37.9%
Negros: libres            33.632  
esclavos                    60.880 94.512   24.3%
388.895  

 

(Arcila Farías, 1957, 66-70, 70).

El historiador José Manuel Restrepo, advirtiendo que la ausencia de censos confiables en América equinoccial impedía conocer la composición exacta de la población, calcula ésta en 1810 al producirse la declaración de independencia, en las tres grandes provincias que después constituirían la Gran Colombia, como sigue:

 

Venezuela   Nva. Granada Quito Totales
Blancos 200.000   877.000  157.000 1.234.000
Indígenas     207.000   313.000  393.000   913.000
Pardos libres 433.000  140.000  42.000 615.000
Esclavos  60.000  70.000  8.000 138.000
900.000   1.400.000  600.000 2.900.000  

                                             

(Restrepo, J. M., 1942, (i, xix, xx).

     

Capítulo X  

APROPIACIÓN DE RECURSOS NATURALES

   

La primera actividad del hombre sobre la tierra fue extractiva o apropiativa, cónsona con su habilidad tecnológica limitada.

 

Minerales  

Las piedras ya enteras, ya talladas en formas de utensilios, fueron recursos de primera instancia. Simultáneamente, piedras o gemas vistosas se extraerían también para adorno personal u ofrenda. La obtención de metales se produjo en una etapa más avanzada de la evolución.

 

Plantas  

El hombre se ha apropiado de las plantas por dos vías. Utilizándolas después de un proceso de prueba y error con carácter extractivo, como cuando cogía un palo para usarlo como arma de caza, o bien sometiéndolas a cultivo y domesticación de modo permanente. La línea divisoria entre las dos es borrosa en muchos casos, porque existen plantas que son simultáneamente silvestres y cultivadas. Pero en otros casos la división se ha mantenido y las silvestres se usan sólo de modo estacional, en las épocas de fructificación.

Se sospecha que algunas plantas pudo emplearlas el hombre primitivo por motivos mágicos o medicinales (y estos dos conceptos marchan estrechamente unidos en sociedades primitivas), y después para usos que entonces se consideraron secundarios pero que después se volvieron principales. Con el cacao en Mesoamérica, del uso puramente ritual por las clases altas, se derivé mediante la adopción por gentes de otra cultura, al consumo generalizado como bebida alimenticia. En el caso de la marihuana del Viejo Mundo lo más probable es que el uso alucinógeno precedió al empleo de la fibra, aunque la selección para uno u otro propósito parece ser muy antigua.

 

Animales  

Es más fácil dominar a las plantas, que son inmóviles, que a los animales dotados de locomoción y capaces de desplazarse a veces a grandes velocidades, sea en el agua, en la tierra o en el aire. Por eso la caza y la pesca han sido siempre al través de la historia más aleatorias que el cultivo. El hecho es que el hombre ha domesticado más de un millar de especies vegetales en todos los continentes, mientras que en todo el mundo no existen más de dos docenas de animales domesticados, y la civilización humana se ha basado en sólo una veintena de ellos.

Otra diferencia consiste en que varios de los animales domésticos facilitaron su amansamiento, acercándose al hombre para aprovechar los despojos alimentarios de éste o su orina, mientras que a las plantas hubo que buscarlas ex profeso, por su incapacidad de moverse.

Pero quizá el hombre no domesticó más animales porque su caza brindaba la oportunidad de ejercer una actividad hedonística, tan apreciada como el mismo producto alimentario, y que le permitía mantenerse en buenas condiciones físicas para repeler cualquier agresión.  

 

Zonas reservadas y luchas por su defensa  

El hombre reservó ciertas zonas sin permitir que accedieran a ellas individuos de otros grupos o comunidades, en un ejercicio de la territorialidad. Unas áreas tuvieron fines utilitarios, como las reservas de caza y pesca, y los conflictos por evitar o rechazar la usurpación en América están registrados desde temprana época. Hablando de los tainos antillanos dice un autor: “Pocas veces tenían guerras sino era sobre los términos o por las pesquerías, o con extranjeros, y entonces no sin respuesta de los ídolos o sin la de los sacerdotes, que adevinan” (Gómara: Vedia, 1946, I, 173). Todavía lo hacen los cubeos, que guardan celosamente sus derechos de pesca (Lowie: Steward, 1949,5: 355), y otras tribus americanas (Métraux: Steward, 1949, 5: 385). Casos adicionales se han presentado en ocasión anterior (Patiño, 1992, V, 75).

Los incas tenían dominio eminente sobre las muyas, o sea dehesas, montes, arboledas y cotos, que han venido a ser los pastos comunales (Quiroga, 1922,82-83; Guardia Mayorga, 1980, 100).

Otras reservas —especialmente bosques, cerros, nacimientos de agua— tenían carácter sacro y estaban dedicadas a las divinidades, similares a los alsos y témenos1 de los griegos (Hughes, 1982, 84-86).

  En esto las tribus americanas pensaban como Sócrates:

“Observaba también que los lugares muy elevados y muy poco frecuentados convenían a los altares y a los templos. Es grato al rogar tener una luz pura, y acercarse a los templos sin haberse manchado” (Jenofonte, 1944, 109).

En Guatemala los indígenas mayas adoraban los ríos, fuentes, árboles hojosos, cerros (Ximénez, 1929, I, 360). En el pueblo Chocahan sacrificaban a cerros, montes, encrucijadas, grandes remansos de ríos (ibíd., 1930,II,19). Se hacían ofrendas de copal al cerro Xcamuchan, y al río Maitol (ibíd., 362, 363, 368). El dios del monte era Rahual-Huyub (Cortés y Larraz, 1958,II, 268).

Los muiscas tenían bosques sagrados (Cuervo, 1892,II,215; Friede —1960—, NR, 269; Simón, 1981-1982, III, 368-369; Hernández Rodríguez, 1975, 163, 176-178; 181; Langebaek, 1987, 31, 103-105).

En otra oportunidad se ha tratado de la dendrolatría o fitolatría de varios pueblos americanos [Patiño, 1975 (1976), 23-25].

Los misioneros y sacerdotes de la religión católica apelaron a todos los medios para erradicar de las mentes de los indígenas dichas prácticas, como ocurría en el Perú con los sacrificios de mollo o mullu (conchas) que continuaban ofrendando a las fuentes y manantiales, así como a otros sitios especiales (Morúa, 1946, 13; 172).  

Ya no con fines religiosos sino conservacionistas, empezó en los países americanos de origen latino, el proceso de adherir varios de ellos a la Convención de Washington sobre fauna, flora y bellezas escénicas, que se esbozó en la Octava Conferencia Internacional de Lima, en diciembre de 1938. Esto amplié el movimiento empezado en los Estados Unidos desde la segunda mitad del siglo XIX, de establecer parques nacionales o reservas de gea, fauna y flora para preservar aspectos naturales de carácter único. Colombia adhirió a dicha Convención en 1941 y de allí en adelante data la creación, por lo menos en el papel, de unos 44 o 45 establecimientos, cuyas características se estudiarán en el capítulo XXXIII.

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