La tierra en la América Equinoccial
Víctor Manuel Patiño
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LIBRO CUARTO  

 

PROPIEDAD Y TENENCIA DE LA TIERRA EN LA EPOCA COLONIAL  

 

 

Capítulo XIV  

DERECHO DE ACCESIÓN

 

Apartir de la dominación española, las concepciones sobre la propiedad que predominaban en la península —con las modificaciones impuestas por la situación y por el medio— fueron las que se aplicaron en América. Pero desde el aspecto jurídico, lo que operó aquí no fue en conjunto una concepción peninsular más o menos ecléctica, sino solamente la legislación castellana, que en muchos particulares era diferente de las otras provincias españolas (Costa, 1944).  

Los reyes de Castilla defendieron y aplicaron la doctrina de que al conquistar las tierras del Nuevo Mundo y suplantar en el mando a los caciques o señores indígenas a cualquier título, por derecho de conquista y con carácter de dominio eminente o regalía, accedían a las tierras, entendiéndose por tales el suelo y el subsuelo, con más los montes, aguas y pastos.

Esta interpretación concitó la repulsa de los reyes de Francia y de Inglaterra. Francisco de Francia solía decir que le mostraran el testamento de Adán donde constara que América era para los españoles, y organizó expediciones en el norte de ese hemisferio para disputarles la posesión (Guernier, 1948, 19-57 etc.). Lo mismo hicieron los ingleses con la expedición de Juan Caboto.

 

 

Capitulo XV  

TIERRAS DE LOS INDIOS.

MECANISMOS DE APROPIACIÓN

 

Desde el principio aflora la dificultad de que, no siendo la tierra por sí misma un bien para el indio, o sea una cosa transferible por un precio determinado, sino apenas el sustrato de las plantas que cultivaba (o de los animales domésticos que tenía en la parte meridional), no era ella, sino sus productos, lo que representaba valor.  

De este modo, los antecedentes para estudiar la posesión y el dominio del indio sobre las tierras, tienen necesariamente que empezar por donde empezó el conflicto entre los dominadores o conquistadores y los dominados: por los productos agropecuarios y los otros bienes personales (joyas, adornos).

El proceso coercitivo de la obtención de la tierra por los europeos, se operó merced a tres clases de medios: directos: 1º.El expolio o rancheo; 2º.La lucha por las cosechas; 3 º. Las talas; 4º.Incendios de viviendas; medios indirectos, o sea 5º.Ganados en sementeras; y medios mixtos; 6º.Picada de cercos, muertes de animales y otros actos tentatorios contra el dominio de los indios sobre un área dada; 7º.Acaparamiento notarial de ejidos y resguardos.  

 

MEDIOS DIRECTOS  

1-Expolio o rancheo

  Hacer la historia de la rapiña de productos agrícolas en América, sería la historia de los cinco siglos que han pasado desde su descubrimiento, y no es ese el propósito de esta obra. Los que se sienten orgullosos de la herencia llamada “civilización occidental” que trajeron los europeos al Nuevo Mundo, tendrán que reconocer que esa herencia no se conformó sino sobre la base de obtener por fuerza, más que de grado, los mantenimientos necesarios. El pueblo español estaba espacialmente preparado para este tipo de ejercicio, después de una guerra secular contra los moros, en la que se ejercían por ambos contendientes, la rapiña, la tala, el incendio. Hay que señalar también aquí, aunque de modo pasajero, que ya varios autores han desmontado la maquinaria maravillosa del heroísmo español, y la han reducido a sus verdaderas proporciones: o sea, que aun con la superioridad de sus armas, de su estrategia, de sus caballos y de sus perros de presa, los españoles ni ningún europeo hubieran podido dominar y conquistar a los pueblos americanos, sin la ayuda de éstos mismos, representada en la desunión y en las luchas de tribus enemigas, una de las cuales buscaba la alianza del intruso; y sin los mantenimientos producidos y acaneados por los indios.

Desde los primeros tiempos se acuñó la palabra rancheo, ranchear, para aludir a este proceso de apropiación de bienes ajenos. Refiriendo un autor la entrada de la gente de Vasco Núñez de Balboa al río Negro cerca de la boca del Atrato, con Rodrigo de Colmenares, en que los indios fueron derrotados, añade: “y porque no podían estar ociosos, y el ejercicio suyo no era ni suele ser en estas Indias sino ir a saltear y robar y captivar los que están quietos en sus casas, que ellos le pusieron por nombres ranchear, prendieron alguna gente que andaba por los montes huída...” (Casas, 1951, II, 582).

Otro al relatar una de las expediciones de Pedro Fernández de Lugo a la región de Bonda, cerca de Santa Marta, afirma: “(...) donde los indios tenían muchas labranzas y sementeras para su sustento, en donde hizo y situó su alojamiento, muy por su orden, y puso sus tiendas y pabellones y toldos. Estos alojamientos se suelen comúnmente, a lo menos en el Nuevo Reino, llamar rancherías, y lo mismo llaman a cualquier sitio o fortaleza donde los indios, dejada su antigua población, se recogen con el miedo de los españoles, y al saquear algún pueblo y tomar todo lo que en él ha habido, llaman oro de rancheo; y de esta suerte van colorando los actos de la avaricia y rapiña con vocablos exquisitos e inusitados” (Aguado, 1956, I, 190).

Un tercero, contando la entrada de Jorge Robledo a Quimbaya, donde el cacique Tucurumbi y otros dieron joyas, añade: “...todo lo cual aplicaba el capitán para sí sin más razón que quererlo hacer, cosa muy usada en estos descubrimientos donde los soldados se lo hurtan a los indios (porque esto que llamamos ranchear es lo mismo que hurtar, dicho con vocablo menos infamado...)” (Simón, 1953, VI, 72).

Sin hablar de las incursiones del propio Colón en su viaje por la costa de Veraguas, en que varias veces se rapiñaron el maíz y los otros mantenimientos de las tribus de ese sector; y sin referirse tampoco a los rebatos que se dieron desde principios del siglo XVI en toda la costa de Tierra Firme para robar perlas, oro, esclavos y mantenimientos, cora los casos de Nicuesa y de Núñez de Balboa (Casas, 1951 II, 425; 582), se citarán apenas algunos ejemplos de cada área, a partir del momento en que se manifestó el deseo de sentar pie de modo permanente.

 

América ístmica

  Hernán Cortés arrasó la comida de los naturales en su expedición a Honduras (García Peláez, 1943, I, 84-85).

Así ocurrió en Costa Rica cuando las rivalidades de Rodrigo de Contreras con Hernán Sánchez de Badajoz por apoderarse de las tierras del río Sixaola en 1540 (Fernández, 1907, VI, 97-176; 177-198; 236-323; 324-405), y como era la tradición en Talamanca según documento de 1703 (ibíd., 1886, V, 417).

Las primeras referencias, desde luego, proceden de Castilla del Oro y Panamá. En las expediciones que hacia el interior y mediodía del istmo hizo el bachiller Espinosa, desde 1516 hasta 1520 o cosa así, los indios fueron despojados de las comidas; y en Natá en grado tal, que éstos no tuvieron con qué sostenerse, sino que venían a merodear al campamento de los españoles a ver cómo podrían obtener algún maíz (Espinosa: Cuervo, 1892, II, 466, 468, 470, 473): “Hice luego recoger maíz en el real, de manera que túvose allí la hueste todo lo que hubimos menester para cuatro meses que allí estuvimos, e aun sobraron más de quince hanegas” (ibíd., 466). “A causa e porquel dicho cacique Natá decía que los cristianos que lo fuesen a buscar, pues que ellos eran bellacos, iban los cristianos algunas noches a ranchearle” (ibíd., 468). Cuando llegó Espinosa a Parisi, confiesa él mismo que “lo de atrás dejábamoslo tan esquilmado, que no quedaba qué comer" (ibíd., 470). Desbaratados los indios de Parisi, envió el bachiller a Diego Albites a la provincia vecina de Usagaña, donde encontró bastimentos en abundancia: “entendimos en llegar toda la comida posible, e en fortalecer nuestro real e hacer nuestra palizada, e recoger toda la comida posible en ella” (ibíd., 473).

 

Santa Marta

  A diferencia de otros puertos de la costa Caribe donde solían aportar barcos, Santa Marta fue desfavorecida por este aspecto desde el principio, y sólo muy de tarde en tarde llegaban suministros de cazabe y carne desde las Antillas. Por consiguiente, allí los españoles dependían casi exclusivamente de los indios para la alimentación, lo más común por medio del rancheo. Fr. Tomás Ortiz Berlanga, el controvertido obispo, acusa en enero de 1531 a García de Lerma de asolar más de 30.000 fanegas de maíz de los indios (Friede, 1955,II, 178-179). El mismo inculpado, en carta al Emperador de 28 de junio de 1532, se descarga con todos: “que los pobladores que acá vienen y están, algunos de ellos o la mayor parte, se podrían mejor llamar robadores, porque el intento que tienen no es de servir a Dios y a Vuestra Majestad, sino de robar y desollar estos indios, y así robados irse y desamparar la tierra...” (ibíd., II, 268). En el acápite Nº. 2 se hablará de las talas de mantenimientos.

Pero fuera de los españoles que merodeaban por el piedemonte de la Sierra Nevada, los que por el mismo tiempo entraron con Ambrosio Alfínger a la provincia meridional de los Pacabueyes, no menos robaron las comidas y el oro a los indios, y de ello han quedado bastantes testimonios. En su permanencia de 10 meses acabó con el maíz que tenían y aun mandó echar tormento a un cacique que guardaba un poco para obligarlo a que lo entregara (Friede, 1961, W., 226). Pero también se lo acusó de haber hecho castigar a un soldado que se atrevió a despojar indios de sus comidas (ibíd., 227-228).

 

Cartagena

  Fr. Tomás Ortiz, obispo, en carta de hacia 1535, dice que los españoles y negros que tenían los Heredias sacando sepulturas en el Sinú, se les comían a los indios comarcanos sus mantenimientos; cosa que repite después sugiriendo que se trajera cazabe de las islas (Friede, 1955, III, 281; 1956, IV, 38). En continuas expediciones los de Santa Marta robaban a los de Cartagena río de por medio, y viceversa (ibíd., 1958, V, 333).

En 1543 se acusa a Alonso de Heredia de que para reponer unos maíces robados a indios rebelados de Mompós, se obligó a unos solados a replantarlos, cosa no vista en Indias (ibíd., 1960, VI, 331-332). Pero aun funcionarios como Díez Armendáriz tomaron maíz de los indios para su casa, y el rey lo obligó a que lo pagase en 1546 [ibíd., 1960 (1962), VIII, 192].  

 

Venezuela

  En la expedición de Jorge Spira hacia el interior, encontrándose en Barinas, donde escaseaba la comida, mandó a su teniente Francisco de Velasco hacia las montañas; se hallaron en un bohío más de 1.500 hanegas de maíz. Instalados allí, salían partidas a los alrededores a prender indios “rancheándoles esas miserias que tenían”; y “enviando de este buhio redondo la gente que pudieron cargada de maíz y otras raíces y sal...” (Aguado, 1918,I, 139). Lo mismo hizo Federmán poco tiempo después (Federmán, 1958, 112-113).

En la expedición de Alonso Pérez de Tolosa por el alto Apure y sus afluentes, saquearon un pueblo de “maíz y otras menudencias” (Aguado, 1918, I, 348). En 1647-1648, cuando se hizo la primera navegación Apure abajo se repitieron estas prácticas (Carvajal, J. 1956, 125, 127-128; 132-133).

En el Orinoco, Alonso Herrera hizo recoger todo el maíz que encontró en unas cuevas, despojando a los indios (Aguado, 1918,I,611).

En la costa de Maracapana, Antonio Sedeño permitía a sus soldados que al cacique Alboligoto, de Mauyare, le hicieran víctima de toda suerte de robos y desafueros (Aguado, 1918, I, 699).

Que esta era práctica usual, aparece en las ordenanzas dadas en 1552 por Juan de Villegas en Barquisimeto (Arcila Farías, 1957, 123, 340).

 

  Nuevo Reino

  Las relaciones del viaje de Quesada al Nuevo Reino están llenas de episodios sobre rancheos de comida (Castellanos, 1955, II, 450, 495).

Estos rancheos por de contado que se ejercieron también en las tribus más belicosas del flanco de la Cordillera; concretamente panches, muzos y otros, en este último caso no sólo con motivo de la expedición de Cepeda de Ayala (Aguado, 1917, II, 477, 462), sino en diversas ocasiones.

Durante la expedición de Hernán Vanegas a los guacanaes o panches, se obtuvieron arrebatados de los cuerpos, chagualas y patenas, y aparte catabres o canastos de chaquira y otros adornos, habiéndose quedado allí los españoles dos días para festejar el despojo (Aguado, 1956, I, 449).

Entre los paeces, aunque de las primeras entradas de Belalcázar y sus tenientes no ha quedado mucha crónica, de la segunda, hecha por Domingo Lozano a mediados del siglo XVI, sí: llegados a Tarabire, “se comenzaron a esparcir por una y otra parte con los indios anabeymas, sus amigos, a buscar qué robar y juntar maíz para comer los días que allí habrían de estar” (ibíd., 1917, II, 722, 759, 764), y lo mismo en la Mesa de Páez (ibíd., 766).

  Popayán

  Si se quiere recusar por apasionada la relación de Palomino, donde se expresa que Belalcázar ponía oídos sordos a las quejas de los indios vecinos de Cali por los robos de comidas que les hacían los soldados (Palomino: Casas, 1958, V, 177, 178, 179), otros testimonios no dejan duda de que las cosas ocurrieron así.  

Quito

  Aquí donde las cosechas estaban en graneros fue más fácil arrasarlas, sin el despojo a las sementeras frescas, y la destrucción de las llamas, a veces sólo para comerles los sesos.  

Amazonas

  Tanto en el viaje de Orellana (Carvajal G., 1894, 34,47;71), como en el Orsúa-Aguirre, los indios del Amazonas sufrieron también del rancheo. En el último de ellos, los españoles, a pesar de las órdenes en contrario, robaron a los indios toda la comida que pudieron (Aguado, 1919, II, 284) en Machifaro.

Más adelante cuando se establecieron las misiones católicas, los soldados de las escoltas consumían las sementeras y los víveres guardados por los indios (Maroni, 1889, 165).

Perú

  Pedro Pizarro achaca a los españoles acompañantes de Pedro de Alvarado haber enseñado la costumbre del rancheo en el Perú (Pizarro, P., 1944, 32, 104; Durand, 1953, II, 21-22). Esto no es del todo verdad, porque antes que llegase Alvarado el rancheo estuvo entronizado, por ejemplo, en la región de Jauja, siendo víctimas de él los propios indios huancas, amigos y aliados hasta la degradación de los españoles [Espinoza Soriano (1973) 1974, 121-123; 138), aunque también participaran después en la rapiña las fuerzas de Alonso de Alvarado en 4 o 5 meses que estuvieron en Jatunsausa (ibíd., 183-185).

Continuar

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