La tierra en la América Equinoccial
Víctor Manuel Patiño
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Capítulo XIX

TIERRAS DE PARTICULARES LAICOS

 

 

Encomiendas de propiedad  

Aunque la encomienda propiamente dicha no daba derecho sobre la tierra en la teoría, sino que era el usufructo del trabajo de los indios de un área dada, en la mayor parte de los casos el encomendero, no sólo por su vida o por dos o tres, sino de modo indefinido, adquirió el dominio de las tierras que ocupaban los indios que le habían sido asignados. Después pudo componerlas o adquirirlas de la Corona mediante algunos de los medios indicados por la legislación o por el uso consuetudinario. Pero muchas volvieron a la Corona.

Todas las apariencias indican que estos encomenderos usaban las tierras de los indígenas tal como si fuesen propias (Arcila Farías, 1957, 307-314; 315-316; Hernández Rodríguez, 1975, 209-210).

En un principio, como es natural, para un conquistador o fundador, la tierra por sí sola valía poco, puesto que no la iba a trabajar con sus manos. Lo que valorizaba la tierra era el trabajo del indio. Lo relativo a las encomiendas se trató anteriormente (Patiño, 1993, VIII, 87-146).  

La encomienda llevaba anexo e implícito el uso de la tierra sobre la cual vivían los indios, con las casas de éstos. Lo demuestra el hecho de que no se quitaban si no era por causas muy graves: “Estas encomiendas no pueden ser removidas ni quitadas a los que justamente las tienen, sino es por traición, o por malos tratamientos de indios, o por herejes, que en todos los casos aunque el primer encomendero corneta algún delito, por donde merezca pena de muerte, no por eso se le quita a su sucesor el derecho y merced que el Rey le ha hecho y hace por la encomienda”. Así se dispuso en 1511 (Aguado, 1916, I, 92; 89-94; Arcila Farías, 1957, 184).

Había dos formas de conceder las encomiendas: “Porque suélense dar las suertes de los indios por límites o por casas: Cuando es por límites pocas veces hay necesidad de contadores, mas cuando es por casas sí, porque se dan tantas casas al primero y tantas al segundo, y así van discurriendo por las poblaciones o valles hasta rematarse: y estas suertes se van a contar por estos contadores que la justicia nombra, los cuales, en contando la primera suerte de ciento o doscientas casas, o las que han de ser conforme a su encomienda, luego amojonan y señalan los términos hasta donde llegan aquellas casas, y lo mismo hacen en las demás; y aunque en esta cuenta se dividan los sujetos de un cacique en dos suertes o partes, no vuelven más al señor, si no así divididos se quedan, y cada cual acude a su encomendero” (Aguado, 1917, II, 702-703). Esto se dice a propósito de los muzos. El mismo autor, refiriéndose al repartimiento hecho por Domingo Lozano de los indios de Páez entre los conquistadores y fundadores de San Vicente, que eran unos cincuenta, anota: “... es de uso y costumbre en todos los más pueblos de las Indias, que no se reparten o hacen los repartimientos iguales, sino en tres maneras: unos buenos o mejores y otros no tales y otros peores, y desta manera se reparten entre los soldados, conforme a la calidad y trabajos y gastos que cada cual ha hecho en la conquista...” (Aguado, 1917, II, 799; Arcila Farías, 1957, 181-182).

El repartimiento no sólo exigía ocupación real y efectiva, sino residencia por un tiempo dado (Ots Capdequí, 1946, SD, 43).  

  Haciendas  

Hacienda, de hacer ; de la acepción primitiva asuntos, ocupación, trabajo, faena, se pasó a la de bienes, riquezas y su administración por una parte, y por la otra a la de ganado, bienes pecuarios, como es lo común en otros idiomas romances (Corominas et al., 1984, III, G-MA, 298).

Estancia , de estar, ya utilizada en el siglo XIII, en el sentido de mansión (CE-F, 1984, II, 777), o sea la parte por el todo. Estancia fue también una medida de superficie.

En las ordenanzas de Zaragoza de 1518 con instrucciones a Rodrigo de Figueroa para aplicar en las encomiendas de la isla española, la número 17 estatuye: Cuando vacare una encomienda, el nuevo encomendero quedaba obligado a comprar la estancia de su antecesor, a éste o a sus herederos (Arcila Farías, 1957, 90; 1966, 88).

La mayoría de los tratadistas establecen una vinculación estrecha de la encomienda con la hacienda. La primera no implicaba derecho de propiedad sobre el suelo; la segunda sí. La primera se apoyaba en los pueblos de indios; la hacienda crecía a costa de ellos (Zavala: Zavala et alii, 1987, 42). Esta relación con el trabajador indígena se ejercitó también cuando a pesar de las leyes, al comprar una propiedad se adquirían simultáneamente los obreros, pues éstos estaban adscritos a ella y no al propietario (Casas, 1958, V, 434; Oberem: Zavala et alii, 1987, 56, 60-61).

Otros creen que la hacienda sustituyó a la encomienda, y que tanto el encomendero como el hacendado se disputaban los indios de servicio (Ruiz Rivera, 1975, 136-137; 272; 285; Cárdenas Acosta, 1947, 93).

Un principio de distinción entre la encomienda y la hacienda lo constituye el carácter de la masa laboral. En la primera la mano de obra era primordialmente indígena y tenía un carácter permanente, por lo menos durante la vida del encomendero. En la hacienda la mano de obra pudo ser indígena, negra o blanca, pero sin carácter permanente, sino eventual, porque aun en caso de negros esclavos, éstos podían venderse a terceros. Había, pues, mayor movilidad en la mano de obra de la hacienda y mayor estabilidad en la encomienda. Cuando la fuerza laboral era insuficiente para el encomendero o el hacendado, se presentaba la puja entre ambos para hacerse a trabajadores suplementarios, mediante mecanismos como el sonsaque, oferta de mejores salarios, anticipos de dinero, otorgamiento de pegujales para cultivos de pan coger, y otras ventajas.

Por eso, aunque la hacienda existió desde los primeros tiempos de la conquista, por ejemplo con los ingenios de azúcar y los cultivos de jenjibre en la isla de Santo Domingo, lado a lado con las encomiendas, cobró notable impulso al suprimirse éstas en 1712, cuando quedó disponible una gran masa laboral. En efecto en el Ecuador ya en el siglo XVIII la hacienda estaba consolidada (Moreno Yánez, 1977, 320), y en la Nueva Granada se concentró entonces mucha tierra en un número reducido de familias (Tovar Pinzón, 1980, 35), aunque en otros lugares esto ocurrió mucho antes.

También rivalizaron encomenderos y hacendados para la adquisición de tierras, especialmente de las asignadas a los indios. El proceso de disolución de las propiedades indígenas se ha estudiado aparte (véase Capítulo XV).

Con referencia al tema se han publicado muchos trabajos sobre varios países de América Latina (Florescano, 1975, recopilación de 21 autores; Keith, 1977, contribuciones de 20 autores, algunos de ellos de índole literaria; Jara et alii, 1969, colectánea de 7 autores; Macera, 1966, 1975, etc.).  

Adquisiciones por compra  

Los métodos de adquisición que se han visto atrás no excluyeron la compra y la permuta. Estas operaciones constituyen la mayor parte de lo actuado ante las notarías que hubo desde los principios de la dominación española. Algunos predios cambiaron muchas veces de manos a lo largo de los siglos, especialmente a partir de 1591 cuando se empezaron a hacer efectivas las disposiciones sobre composición de tierras.

En algunas de las varias historias de haciendas que se han publicado el lector podrá hallar ejemplos de compraventas sucesivas.  

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