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S.
Relegamiento de los indios
a zonas marginales
Con la llegada de los europeos vino también un
nuevo concepto de la propiedad privada, que tuvo entre otras consecuencias el despojo de
las tierras comunales de los indígenas, llamadas resguardos. Aunque este proceso no fue
súbito sino gradual, trajo por resultado desde el segundo tercio del siglo XVI y de allí
en adelante, que los indígenas fueran empujados hacia terrenos cada vez más accidentados
y empinados, con el consiguiente incremento de la erosión y la contaminación de las
aguas de ríos y quebradas.
En este movimiento de expulsión fueron tan
eficaces las maniobras de los hacendados, hábilmente secundados por abogados venales,
como los ganados de los blancos, que eran dejados intencionalmente sueltos para que
destruyeran las parcelas de los indios, obligándolos a emigrar.
Este proceso generó dos males. Por una parte el
latifundismo, casi siempre a base de explotación ganadera, y el minifundismo, este
último perjudicial, tanto por el aspecto físico, pues aumentó la erosión, como por el
social, pues no permitía producir lo suficiente para una familia normal, con el resultado
de la subalimentación de las clases pobres.
T.
Introducción de nuevas enfermedades
Con los españoles y los negros
vinieron varias enfermedades nuevas, como las virosas (viruela, sarampión, varicela,
influenza); el paludismo; insectos hematófagos (piojos, pulgas, chinches); la mosca
doméstica; las ratas y ratones, y varios parásitos intestinales. Los indígenas no
tenían anticuerpos ni defensas orgánicas para luchar contra esos males, y así
perecieron por millares, en un proceso que duró desde la época de la conquista hasta
mediados del siglo XVII, cuando la situación se estabilizó, en parte a consecuencia de
que la población puramente aborigen fue gradualmente suplantada por la mestiza, mulatos y
zambos, dotados de resistencia contra aquellos agentes patógenos. La vacuna antivariolosa
sólo se introdujo a las posesiones españolas en la primera década del siglo
XIX (1803-1806).
La merma notable de la
población indígena tuvo como resultado el abandono de muchas tierras, que recuperaron
las condiciones primitivas. Tal ocurrió por ejemplo en la cuenca del Cauca medio, donde
por la extinción de quimbayas, carrapas, picaras, pozos y otras tribus del sector, se
reconstituyó la vegetación nativa, hasta tal punto que cuando a partir de la segunda
mitad del siglo XIX avanzó la marea de agricultores antioqueños que colonizaron las
tierras del sur de Sonsón, halló sólo bosque virgen, con reducidos relictos de indios.
Para fundar las ciudades de Manizales, Pereira y Armenia hubo que tumbar selva. Los
ejemplos se pueden multiplicar en América ecuatorial.
Capítulo XXIII
TENDENCIAS DEL USO.
ASPECTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS
Los pueblos indígenas americanos del
intertrópico en el momento del encuentro de culturas, se caracterizaban por un predominio
de las sociedades agrarias. La agricultura había alcanzado un notable desarrollo. Se
practicaba en un gran rango altitudinal, desde el nivel de mar hasta los 3.500 metros, con
unas 650 especies de plantas adaptadas a cada piso altitudinal y a cada enclave; en todo
tipo de suelos desde los encharcables e inundables, hasta los más secos, en este último
caso a base de irrigación, tan bien lograda como en cualquier otra parte del mundo; y con
métodos eficaces para evitar o disminuir la erosión, como las terrazas y andenes de
varias regiones. Las técnicas utilizadas se han descrito y analizado en forma detallada
en otra ocasión (Patiño, 1965-1966).
Hubo ausencia de cría en grande escala de
animales domésticos, con la sola excepción la de la llama en las altiplanicies andinas y
los flancos cordilleranos meridionales, hasta uno o dos grados al norte de la línea
ecuatorial. Aunque fueron criados animales como el perro mudo, el cui y el pavo, y se
amansaron el pato mosqueado, la danta, el pecarí y aves de vista y canto, en forma
discontinua, esto sólo ocurrió a nivel casero y sin fines económicos, sino más bien
como una distracción.
En materia de transformación industrial de
productos, sólo se puede registrar la metalurgia del oro, la plata, el cobre y el platino
por los pueblos andinos, y en el caso del oro también por los ístmicos. Otros logros
incluyen elaboración de adornos, tejidos, cerámica, transformación de alimentos, como
la yuca en cazabe y la papa en chuno, que se han descrito aparte (Patiño, 1992, V,
151-156).
Al llegar los europeos
trajeron consigo su bagaje tradicional de plantas (unas 274 especies) y costumbres
asociadas con ellas, y los procedimientos industriales para beneficiar algunas como la
caña de azúcar; pero lo más característico fueron los animales domésticos, desde la
abeja melífera, gallinas, gansos, patos y pintadas, pasando por los perros, gatos,
cerdos, cabras y ovejas, hasta las vacas, caballos y burros. Con ellos se importó la
mentalidad pastoril o ganadera que faltó en América con la sola excepción
mencionada y que consistía en el predominio social que se adquiría con la
posesión de hatos o rebaños, punto de vista que relegaba la agricultura a un nivel
inferior, como se demostró durante siglos con la institución de la Mesta, dotada de
privilegios y exenciones de que no disfrutaba el cultivo de plantas. El hombre montado, el
caballero, tenía una categoría social superior a la del peón.
Este hecho representó un cambio profundo y
estructural en el uso del suelo en América, porque al ser preferido el animal dentro de
las concepciones políticas, económicas y sociales, se destinaron extensos terrenos a la
cría. Hay que tener en cuenta que cabras, ovejas, vacunos y équidos son todos
herbívoros, y necesitan por consiguiente abundante provisión de pastos para poder
subsistir. La mira entonces consistió en inducir la formación y extensión de praderas,
aunque fuera a expensas de la destrucción de bosques. La ganadería, como lo demuestra la
historia de los cinco siglos que tiene en América, ha sido la principal causa de la
desaparición de la cobertura arbórea, que caracterizaba la mayor parte del territorio
del Nuevo Mundo.
A los principios, cuando no había suficientes
extensiones abiertas ex profeso, se apeló al
expediente de echar los animales a las parcelas o conucos de los indios a comer el maíz,
tanto por la hoja como por el grano (cerdos). Este proceso se ha presentado en el
Capítulo XV, numeral 5, y constituyó uno de los mecanismos para apoderarse de las
tierras.
Durante todo el período colonial los animales
introducidos dispusieron de los llamados pastos naturales, o sea gramíneas americanas,
porque las únicas forrajeras importadas fueron la cebada, la alfalfa y algunos de los
tréboles. De las leguminosas de la cuenca del Mediterráneo, la alfalfa se mantuvo como
un cultivo muy restringido, generalmente bajo riego, pero los tréboles se convirtieron en
escapes en climas fríos (Patiño, 1969, IV, 449-452).
Se podría alegar que la cría de animales no
conllevaba mayor destrucción, porque el pasto se regenera dejándolo libre de
interferencia unos meses. Pero no siempre ocurrió así, porque lo que distingue a los
ganaderos tradicionalistas sean africanos, asiáticos o españoles y sus
descendientes es el deseo de poseer el mayor número posible de cabezas, pues su
prestigio personal aumenta en proporción a las cifras de los animales poseídos. Así se
presentaba y aún se presenta el fenómeno del sobrepastoreo, y su consecuencia inmediata
la erosión.
También es de tenerse en cuenta la compactación
del suelo, causada por el pisoteo al deambular centenares o millares de vacas o caballos
sobre una determinada superficie de terreno. La ganadería vacuna por causa de la
holladura crea disclímax e induce el nacimiento de nuevas malezas.
No se diga del impacto en la vegetación arbustiva
por cabras y ovejas, y del efecto de la hozadura de los cerdos sobre el suelo.
Prestigio
social de la propiedad
Las afinidades y diferencias entre la encomienda y
la hacienda se vieron en el Capítulo XIX de esta obra y se verán aspectos adicionales en
el Capítulo XXVII. Una y otra representaban para el titular un motivo de satisfacción
personal y de orgullo, que en la práctica se traducía en prestigio social. Los
encomenderos y hacendados de Popayán en los siglos XVI y XVII, mediante sus conexiones
familiares con personas de figuración, constituyeron la clase dominante (González
Rodríguez:
Padilla Altamirano, 1977, 260, 301, 311, 331-332, 341-342, 348-351, 353, 359,
355, 357).
Los grandes cacaos de Caracas eran los sempiternos
integrantes de los cabildos y detentaban las posiciones honoríficas.
El hacendado, el patrón, adquiría prestigio por
la mano de obra que tenía bajo su control, mediante instrumentos como la tienda o
pulpería, donde todos los peones debían obligatoriamente adquirir las cosas necesarias.
En el Ecuador al hacendado le hacen sus subordinados cada año, para el domingo de
carnaval, un regaloel camari, relicto del camarico colonial (Galarza-Zavala,
1973, 40-42).
La casa del hacendado por lo general tiene lujos
que no se hallan fuera de allí. Así lo consigna Humboldt sobre algunos azucareros del
Aragua en Venezuela, y en la Nueva Granada otro viajero en la hacienda Japio del Cauca,
terminada la guerra de Independencia.
El prestigio social ha sido señalado como una
característica del dueño de haciendas, a diferencia de los accionistas de plantaciones,
entre los cuales esto no se tiene en cuenta (Wolf et al. Florescano, 1975,493; 502; 503;
504-509; 514), y más bien se prefiere influir en la maquinaria política del país
huésped.
Esta condición social del propietario es tema muy
ventilado en la novela hispanoamericana.
Se ha hecho notar que la política de la
Ilustración con las facilidades a los terratenientes para acrecer sus feudos dio carta
blanca a la oligarquía. Sólo ellos estaban en condiciones de participar en la
producción para el mercado externo (Mc Greevey, 1975, 59; 140; Le Rivered, 1945, 28).
En Venezuela eran más
influyentes los terratenientes o hacendados que los encomenderos, para los efectos de
obtener mano de obra indígena (Arcila Farías, 1957, 140-141). Después de la
independencia, el latifundio permaneció intacto como institución; sólo que hubo
transferencia de la gran propiedad de manos de la nobleza colonial a las de los jefes
militares de origen popular (Brito Figueroa, 1966, I, 220, etc.).
Fenómeno similar se
presentó en la Nueva Granada, donde simplemente se conformó una nueva feudalidad
(Camacho Roldán,1923, 293).
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LIBRO SEXTO
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