La tierra en la América Equinoccial
Víctor Manuel Patiño
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S. Relegamiento de los indios a zonas marginales  

Con la llegada de los europeos vino también un nuevo concepto de la propiedad privada, que tuvo entre otras consecuencias el despojo de las tierras comunales de los indígenas, llamadas resguardos. Aunque este proceso no fue súbito sino gradual, trajo por resultado desde el segundo tercio del siglo XVI y de allí en adelante, que los indígenas fueran empujados hacia terrenos cada vez más accidentados y empinados, con el consiguiente incremento de la erosión y la contaminación de las aguas de ríos y quebradas.

En este movimiento de expulsión fueron tan eficaces las maniobras de los hacendados, hábilmente secundados por abogados venales, como los ganados de los blancos, que eran dejados intencionalmente sueltos para que destruyeran las parcelas de los indios, obligándolos a emigrar.

Este proceso generó dos males. Por una parte el latifundismo, casi siempre a base de explotación ganadera, y el minifundismo, este último perjudicial, tanto por el aspecto físico, pues aumentó la erosión, como por el social, pues no permitía producir lo suficiente para una familia normal, con el resultado de la subalimentación de las clases pobres.  

 

T.  Introducción de nuevas enfermedades  

Con los españoles y los negros vinieron varias enfermedades nuevas, como las virosas (viruela, sarampión, varicela, influenza); el paludismo; insectos hematófagos (piojos, pulgas, chinches); la mosca doméstica; las ratas y ratones, y varios parásitos intestinales. Los indígenas no tenían anticuerpos ni defensas orgánicas para luchar contra esos males, y así perecieron por millares, en un proceso que duró desde la época de la conquista hasta mediados del siglo XVII, cuando la situación se estabilizó, en parte a consecuencia de que la población puramente aborigen fue gradualmente suplantada por la mestiza, mulatos y zambos, dotados de resistencia contra aquellos agentes patógenos. La vacuna antivariolosa sólo se introdujo a las posesiones españolas en la primera década del siglo XIX   (1803-1806).        

La merma notable de la población indígena tuvo como resultado el abandono de muchas tierras, que recuperaron las condiciones primitivas. Tal ocurrió por ejemplo en la cuenca del Cauca medio, donde por la extinción de quimbayas, carrapas, picaras, pozos y otras tribus del sector, se reconstituyó la vegetación nativa, hasta tal punto que cuando a partir de la segunda mitad del siglo XIX avanzó la marea de agricultores antioqueños que colonizaron las tierras del sur de Sonsón, halló sólo bosque virgen, con reducidos relictos de indios. Para fundar las ciudades de Manizales, Pereira y Armenia hubo que tumbar selva. Los ejemplos se pueden multiplicar en América ecuatorial.

 

 

Capítulo XXIII

TENDENCIAS DEL USO.

ASPECTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS

 

Los pueblos indígenas americanos del intertrópico en el momento del encuentro de culturas, se caracterizaban por un predominio de las sociedades agrarias. La agricultura había alcanzado un notable desarrollo. Se practicaba en un gran rango altitudinal, desde el nivel de mar hasta los 3.500 metros, con unas 650 especies de plantas adaptadas a cada piso altitudinal y a cada enclave; en todo tipo de suelos desde los encharcables e inundables, hasta los más secos, en este último caso a base de irrigación, tan bien lograda como en cualquier otra parte del mundo; y con métodos eficaces para evitar o disminuir la erosión, como las terrazas y andenes de varias regiones. Las técnicas utilizadas se han descrito y analizado en forma detallada en otra ocasión (Patiño, 1965-1966).

Hubo ausencia de cría en grande escala de animales domésticos, con la sola excepción la de la llama en las altiplanicies andinas y los flancos cordilleranos meridionales, hasta uno o dos grados al norte de la línea ecuatorial. Aunque fueron criados animales como el perro mudo, el cui y el pavo, y se amansaron el pato mosqueado, la danta, el pecarí y aves de vista y canto, en forma discontinua, esto sólo ocurrió a nivel casero y sin fines económicos, sino más bien como una distracción.

En materia de transformación industrial de productos, sólo se puede registrar la metalurgia del oro, la plata, el cobre y el platino por los pueblos andinos, y en el caso del oro también por los ístmicos. Otros logros incluyen elaboración de adornos, tejidos, cerámica, transformación de alimentos, como la yuca en cazabe y la papa en chuno, que se han descrito aparte (Patiño, 1992, V, 151-156).

Al llegar los europeos trajeron consigo su bagaje tradicional de plantas (unas 274 especies) y costumbres asociadas con ellas, y los procedimientos industriales para beneficiar algunas como la caña de azúcar; pero lo más característico fueron los animales domésticos, desde la abeja melífera, gallinas, gansos, patos y pintadas, pasando por los perros, gatos, cerdos, cabras y ovejas, hasta las vacas, caballos y burros. Con ellos se importó la mentalidad pastoril o ganadera que faltó en América —con la sola excepción mencionada— y que consistía en el predominio social que se adquiría con la posesión de hatos o rebaños, punto de vista que relegaba la agricultura a un nivel inferior, como se demostró durante siglos con la institución de la Mesta, dotada de privilegios y exenciones de que no disfrutaba el cultivo de plantas. El hombre montado, el caballero, tenía una categoría social superior a la del peón.

Este hecho representó un cambio profundo y estructural en el uso del suelo en América, porque al ser preferido el animal dentro de las concepciones políticas, económicas y sociales, se destinaron extensos terrenos a la cría. Hay que tener en cuenta que cabras, ovejas, vacunos y équidos son todos herbívoros, y necesitan por consiguiente abundante provisión de pastos para poder subsistir. La mira entonces consistió en inducir la formación y extensión de praderas, aunque fuera a expensas de la destrucción de bosques. La ganadería, como lo demuestra la historia de los cinco siglos que tiene en América, ha sido la principal causa de la desaparición de la cobertura arbórea, que caracterizaba la mayor parte del territorio del Nuevo Mundo.

A los principios, cuando no había suficientes extensiones abiertas ex profeso, se apeló al expediente de echar los animales a las parcelas o conucos de los indios a comer el maíz, tanto por la hoja como por el grano (cerdos). Este proceso se ha presentado en el Capítulo XV, numeral 5, y constituyó uno de los mecanismos para apoderarse de las tierras.

Durante todo el período colonial los animales introducidos dispusieron de los llamados pastos naturales, o sea gramíneas americanas, porque las únicas forrajeras importadas fueron la cebada, la alfalfa y algunos de los tréboles. De las leguminosas de la cuenca del Mediterráneo, la alfalfa se mantuvo como un cultivo muy restringido, generalmente bajo riego, pero los tréboles se convirtieron en escapes en climas fríos (Patiño, 1969, IV, 449-452).

Se podría alegar que la cría de animales no conllevaba mayor destrucción, porque el pasto se regenera dejándolo libre de interferencia unos meses. Pero no siempre ocurrió así, porque lo que distingue a los ganaderos tradicionalistas —sean africanos, asiáticos o españoles y sus descendientes— es el deseo de poseer el mayor número posible de cabezas, pues su prestigio personal aumenta en proporción a las cifras de los animales poseídos. Así se presentaba y aún se presenta el fenómeno del sobrepastoreo, y su consecuencia inmediata la erosión.

También es de tenerse en cuenta la compactación del suelo, causada por el pisoteo al deambular centenares o millares de vacas o caballos sobre una determinada superficie de terreno. La ganadería vacuna por causa de la holladura crea disclímax e induce el nacimiento de nuevas malezas.

No se diga del impacto en la vegetación arbustiva por cabras y ovejas, y del efecto de la hozadura de los cerdos sobre el suelo.  

 

Prestigio social de la propiedad  

Las afinidades y diferencias entre la encomienda y la hacienda se vieron en el Capítulo XIX de esta obra y se verán aspectos adicionales en el Capítulo XXVII. Una y otra representaban para el titular un motivo de satisfacción personal y de orgullo, que en la práctica se traducía en prestigio social. Los encomenderos y hacendados de Popayán en los siglos XVI y XVII, mediante sus conexiones familiares con personas de figuración, constituyeron la clase dominante (González Rodríguez: Padilla Altamirano, 1977, 260, 301, 311, 331-332, 341-342, 348-351, 353, 359, 355, 357).

Los grandes cacaos de Caracas eran los sempiternos integrantes de los cabildos y detentaban las posiciones honoríficas.

El hacendado, el patrón, adquiría prestigio por la mano de obra que tenía bajo su control, mediante instrumentos como la tienda o pulpería, donde todos los peones debían obligatoriamente adquirir las cosas necesarias. En el Ecuador al hacendado le hacen sus subordinados cada año, para el domingo de carnaval, un regalo—el camari—, relicto del camarico colonial (Galarza-Zavala, 1973, 40-42).

La casa del hacendado por lo general tiene lujos que no se hallan fuera de allí. Así lo consigna Humboldt sobre algunos azucareros del Aragua en Venezuela, y en la Nueva Granada otro viajero en la hacienda Japio del Cauca, terminada la guerra de Independencia.

El prestigio social ha sido señalado como una característica del dueño de haciendas, a diferencia de los accionistas de plantaciones, entre los cuales esto no se tiene en cuenta (Wolf et al. Florescano, 1975,493; 502; 503; 504-509; 514), y más bien se prefiere influir en la maquinaria política del país huésped.

Esta condición social del propietario es tema muy ventilado en la novela hispanoamericana.

Se ha hecho notar que la política de la Ilustración con las facilidades a los terratenientes para acrecer sus feudos dio carta blanca a la oligarquía. Sólo ellos estaban en condiciones de participar en la producción para el mercado externo (Mc Greevey, 1975, 59; 140; Le Rivered, 1945, 28).

En Venezuela eran más influyentes los terratenientes o hacendados que los encomenderos, para los efectos de obtener mano de obra indígena (Arcila Farías, 1957, 140-141). Después de la independencia, el latifundio permaneció intacto como institución; sólo que hubo transferencia de la gran propiedad de manos de la nobleza colonial a las de los jefes militares de origen popular (Brito Figueroa, 1966, I, 220, etc.).

Fenómeno similar se presentó en la Nueva Granada, donde simplemente se conformó una nueva feudalidad (Camacho Roldán,1923, 293).

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LIBRO SEXTO


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